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Autor: lasclavesdesol

Me llamo Sol, nací en el 73, tengo dos hijos adolescentes y ahora mismo soy coach, escritora y ponente en temas relacionados con el autoconocimiento y el desarrollo personal. Me encanta mi profesión y me encanta mi vida, pero hasta hace ocho años el panorama era bastante diferente: trabajaba en marketing y vivía inmersa en el bloqueo, el desasosiego y el agotamiento. Me sentía totalmente perdida. La empresa y la maternidad se tragaban toda mi energía y no sabía por dónde empezar para salir de esa situación, así que permanecía inmóvil, dejando que el estrés campara por mi cuerpo a sus anchas, con todo lo que ello conlleva: lumbalgias, anginas, herpes,… Hasta que, aún no recuerdo muy bien cómo, reuní fuerzas y decidí decidir. Y desaprender para aprender. Y formularme preguntas muy incómodas. Y respondérmelas. Seguí un proceso de coaching, empecé a investigar cómo funciona el cerebro humano en general y el mío en particular. Me formé como coach, como Practitioner en PNL. Me convertí en mi propio conejillo de Indias y aquí estoy, sintiéndome capaz, libre y plena. Por fin. En este programa voy a compartir contigo, a través de ejemplos del día a día, pautas claras y muchos ejercicios prácticos, todo lo que he aprendido durante estos años y que ha borrado de mi vida la parálisis y la insatisfacción. Todo lo que me ha llevado a la expansión, a priorizarme, a cuidarme, a saberme suficiente, a sentirme alineada con mis decisiones y con mis acciones. A que me pase lo que quiero que me pase.

Lo que no se ve, pero se nota.

En esta semana plagada de Oscar, con los Goya tan cerquita; contanto vestido, tanto diseño, tanto brillo, tanto maquillaje; tanta joya y tanto tratamiento de belleza torpedeándonos, me ha dado por pensar en todo eso que no se ve, pero que se nota.

Se notan la amargura y la maldad por más que intentes ocultarla. Porque por muy optimista y generoso que sea tu discurso, en algún momento se te escapará el veneno que llevas dentro. Se nota la bondad, un poco por lo mismo: porque a muchos se les sale por las orejas. Qué bien.

Se notan el agotamiento, el descanso, los buenos polvos y también los malos, que te dejan cara de haber chupado un limón y la piel verde aceituna. Se notan los tacones, por mucho que no salgan en la foto; son altitud y son actitud. Se notan los morros rojos, que también se ven por fuera, pero sobre todo se sienten por dentro.

Se nota el verdadero lujo, ese que no brilla, que solo se experimenta y es cómodo, tranquilo, cálido, sabroso, honesto. La verdad, el amor de verdad y la ilusión de verdad también se notan, porque impregnan lo que haces, lo que cuentas y cómo respiras. No hay trampa ni cartón, no hay fisuras; coherencia y consistencia hasta la última esquina. Por eso se notan la mentira, la apariencia y la desgana.

Se nota la alegría, la duradera, la que no depende de nada más que de estar sano y estar aquí; de ser parte de algo más grande que tú y de ser solo tú; de no querer ser otra cosa. El aprendizaje se nota porque supone un antes y un después: no repetir, no la misma piedra, no cabezazos contra muros pétreos. Se notan la paz, el descanso, la plenitud porque son suaves, esponjosos, huelen bien y saben mejor; quieres acercarte a ellos para que te mezan y te invadan.

Notamos a los que viven seguros de sí mismos porque caminan descalzos por la vida, ignorantes de críticas, ignorantes incluso de sus propios prejuicios. Libres a más no poder, concentrados en sus asuntos. Y se nota el curro bestial que hay tras cada actuación, cada libro, cada concierto de los buenos. De los que te dejan con la boca abierta y el corazón disparado.

Se nota la paciencia, la obcecación y la voluntad. Y la vagancia, la pereza y la falta de ganas. Qué aburrimiento. Se nota el aburrimiento porque se lo zampa todo: ocupa las miradas, los gestos y los cuerpos, tan aplastados.

Se notan, y mucho, los interesados; sí, el interés ese que rima con Andrés. Los huelo a la legua y no los soporto. Ellos, a su vez, notan a los que tienen dificultades a la hora de decir que no, por eso no se me acercan. No al aprovecharte de nada mío, no al gorroneo, no al morro. Punto. No.

La falta de interés también se nota, solo que a veces andamos ciegos y sordos, y con muchas ganas de que nos quiera el primero que pasa. Lo nota nuestra intuición y lo nota el silencio en nuestro teléfono. Lo nota también nuestra lavadora mental, pero no le hacemos ni puñetero caso.

Lo fácil y sincero también se nota: tiremos por ahí y nos irá mucho mejor, joder, que parecemos tontos. Se nota el abuso, tanto que hasta se ve, tanto que hasta se oye. Los gritos a otro, a mí me dejas en paz.

El autoamor brilla, ya sea por su presencia o por su ausencia. Es efervescente. Te eleva, te protege y te proyecta. Que se te note el autoamor, aunque sea solo hoy.

La importancia de lo nuevo

Siento la necesidad de escribir esta columna el último día del año. Me gusta que los textos duerman y recuperarlos al día siguiente, con otros ojos. En este caso será, además, el año siguiente. Qué curioso esto de los números y los meses y las vueltas que da la Tierra y la vida con ella.

He comenzado la mañana con una clase de yoga. Desde hace un tiempo, me esfuerzo en terminar y comenzar los años tal y como me gustaría que fueran todos los días, y a mí me encanta estirar, permanecer presente, caminar tranquila, aunque casi nunca lo consiga. Hoy sí, hoy he respirado a fondo, concentradísima, con la firme intención de que lo que no necesito se quede en el 2019 y así dejar espacio para todo lo que quiero en el 2020, que es mucho.

Al llegar a la oficina, más de lo mismo: trapo en una mano, bolsa de basura en la otra. Como una patena la he dejado. Me relaja lo limpio. Hasta el teclado sobre el que escribo reluce. Le he cambiado el agua a las flores y, de paso, he bebido mucha, para depurar al máximo. Hoy voy a comprarme un teléfono nuevo y ya veremos si le traspaso algo del anterior, tengo que pensármelo. Esta noche me frotaré bien con un exfoliante (adiós piel del 2019) y estrenaré vestido, tacones y perfume. Ay, la importancia de los olores. Quiero que mi 2020 huela a descaro, sorpresa y libertad. A nuevo.

No hay nada más excitante que lo desconocido: probar sabores diferentes, vestir como nunca lo hemos hecho, hacer nuevos amigos, besar a desconocidos. No hay nada más extraordinario que estrenar labios, que los besos nuevos cuando son besos buenos.

La mudanza de la piel externa es sencilla: frotar, tirar, ordenar, perfumar. Lo complicado es deshacerse de la casquería, estrenarnos una y otra vez, liberarnos de nosotros mismos, despeinarnos el alma, que ya está harta de tanto estirón, tanta laca y tanto moño incómodo. Lo difícil es abandonar la nostalgia que sentimos incluso de aquello que nos ha jodido la vida. Por favor, que el arrepentimiento sirva para algo y que ese algo consista en no volver a arrepentirnos de lo mismo; que la porquería del 2020, al menos, sea nueva.

A veces, levantarnos y comprobar que ya no somos quienes éramos ayer puede resultar un alivio. De nada sirve reformar lo de fuera si por dentro andamos ciegos y sordos.

Reconciliarnos con lo que nos ha construido y no dejar que eso mismo nos destruya. La destrucción, a veces, muchas veces, llega por no moverse. Por permanecer anclados a aquellos que no nos cuidan o no nos permiten cuidarnos, porque no sabemos que es nuestro derecho hacerlo. Probablemente, si lo tomáramos como una obligación, lo cumpliríamos, porque así somos, nos corroen los “tengo que”. Ojalá en este año los sustituyéramos todos por millones de “Quiero”. Ojalá queramos mucho y bien. Y nuevo. Esto, mujeres, va sobre todo por nosotras, que nos diluimos en las obligaciones para y por el prójimo hasta unos límites vomitivos. Revolucionémonos contra nuestra propia dictadura. Avancemos descalzas de pies y de sesera. Quedémonos en la queja lo justo y suficiente para escupirla y recuperar el brillo que nunca debimos perder.

Deberíamos inventar nuestra propia historia y que sea nueva cada mañana, con ingredientes frescos y originales. Tomar una silla prestada para percibir la realidad y quedárnosla si nos gusta. Mirarnos con otros ojos, un poquito más amables, pero también más exigentes: mueve el culo, que la vida es corta y ya estamos en el 2020.

  Texto publicado originalmente en El Español (3/2/20)

Campofrío: la verdad aunque duela.

Llegan las Navidades y con ellas los anuncios tiernos, con mensaje, con pellizquito en la tripa. Si el año pasado Campofríonos hablaba del sentido del humor, en este nos da en los morros con una empresa que crea noticias falsas hechas a nuestra medida.

Miénteme, dime lo que quiero oír, dame la razón. Somos el matrimonio perfecto (aunque no te soporte), a nadie le gusta su trabajo (por mucho que vea a mi vecino disfrutar del suyo), debo entregarme en cuerpo y alma a los demás (y olvidarme de mi persona).

Qué línea separa la mentira de las creencias que llevamos incrustadas desde antes de nacer, pocos lo saben. A este cóctel tan usual y extraño se le suman las expectativas e, inevitablemente, la frustración ante su incumplimiento. Y es que cuando uno se centra en ser lo que los demás esperan, acaba viviendo la vida de otros. Las vidas de mentirijillas son una mierda porque no nos tienen en cuenta, básicamente.

Durante un tiempo, quizás la purpurina te deslumbre, pero el día en el que las luces se apagan te das cuenta, como dice el anuncio, de que lo falso te da la razón, pero nada más. Vacío salvaje y desasosiego.

Las peores mentiras son las que nos contamos a nosotros mismos. Nos convertimos en nuestros carceleros y en nuestros verdugos. Lo que un día se nos antojó como el mayor éxito hoy es ceniza. Me he pasado media vida escalando esta montaña porque el resto me aplaudía, porque necesito ese cacahuete que me proporciona la aprobación de los que están fueraque, a su vez, se zampan los que les tiran a ellos.

En ese supuesto ascenso nos vamos despojando de nuestras ilusiones para agarrarnos a la homogeneidad, al postureo y al qué dirán. Cada vez que la realidad se acerca, le giramos la cara, hasta que nos arrea un hostión que no podemos ignorar ¿De qué sirve vivir en la mentira?, preguntan los de Campofrío. Probablemente, durante un tiempo, sirva para algo, pero llegará un punto en que sea insostenible.

Todos, seamos conscientes o no, tenemos una lista de valores en la recámara que debería servirnos como GPS para nuestras acciones, una especie de línea de arcén, que suena cuando vamos a rebasarla. El ruido de alerta, en este caso, serían las ansiedades, las lumbalgias, la tristeza sin motivo aparente. El motivo es que te pasas por el forro lo realmente importante para ti, no disfrutas de las cosas de verdad que, para unos será tener un ramillete de amigos estupendos, para otros dedicar la vida a ayudar al prójimo y, para algún intrépido, buscar la felicidad a cada paso del camino.

No siempre es fácil reconocer esa verdad, entre otras cosas, porque no siempre estamos preparados para ello. Hay verdades que duelen, que te obligan a deshacer el camino recorrido, a comenzar otro muy distinto desde cero cuando ya pensabas que habías llegado a la cima. Al pisarla e ir a clavar la bandera te has dado cuenta de que ese nunca fue tu objetivo, pero les quisiste dar la razón a los que te convencieron de que sí. Creíste que deseabas ese puesto, esa pareja, esta casa enorme en el campo por mucho que te encantara tu estudio en Malasaña.

Menos mal que nunca es tarde si la dicha es buena, que el partido acaba cuando suena el pitido final, que siempre hay tiempo de abrir la caja de Pandora para dejar que lo importante te golpee donde tenga que golpearte y sanar las heridas a base de coherencia con los propios principios. Deberían enseñarnos en el colegio a diseñar nuestro día ideal, tan distinto para cada uno, haciendo constar cada mínimo detalle: cómo me vestiré para ir a trabajar, qué desayunaré, de quién voy a rodearme en mi día a día, me reiré mucho, no tendré coche, seré dueño de mi tiempo. Que mi premio no sea que me den la razón, sino tenerla.

  Texto publicado originalmente en El Español (20/12/19)

Ara Malikian: una vida entre las cuerdas

Nata Moreno era actriz. Ella actuaba en obras de teatro, se iba de gira, hacía pelis. Todo le iba estupendamente. Un buen día, las ofertas dejan de llegar, un clásico en los oficios artísticos y en los no artísticos. Se queda embarazada y se ve invadida por las maravillas, el miedo y las incertidumbres que ello conlleva, y que se unen a las propias del desempleo.

La pareja de Nata se encontraba en el mejor momento de su carrera: reconocimiento, viajes, triunfos a tutiplén. Él va directo a la luna mientras ella espera en casa, comiéndose el coco, sin reconocer demasiado ni su vida ni su cuerpo. Quién soy y qué voy a hacer. En medio de su maraña mental, Nata se planteó la separación con el padre de su barriga, o no, o sí, o qué.

En una de esas tardes de espera y sarao mental, Nata recibió veinticinco cajas que provenían de Beirut. Su suegro había fallecido y, entre cartones, dormíanmás de cuarenta años de fotos, grabaciones y recuerdos de ese hombre que se lanzaba en cohete camino al estrellato. Ya en el estrellato mismo.

– Lo que me faltaba era una montaña de cosas viejas estorbando en la habitación del bebé. Voy a abrir esto, me quedo con cuatro trastos y el resto lo tiro.

Caja tras caja, Nata desenterró la historia de aquel abuelo armenio que en 1915 se salvó de genocidio gracias al violín que pusieron en sus manos unos músicos. Tú di que eres parte de la orquesta y no tendrás problemas. Rescató la pasión de un padre que, enamorado del instrumento, lo colocó en las manos de su hijo de tres años. Compartió el dolor de una madre que vio como un chaval de quince años emigraba a Alemania para ingresar en uno de los conservatorios más importantes del mundo. Beirut y sus bombardeos no eran lo que un prodigio de la música necesitaba.

Ya sé lo que voy a hacer con mi desasosiego: convertiré mi maraña cerebral y estas cajas en un documental. Contaré la historia del mejor violinista del mundo y quizás así le entienda mejor a él y a todo esto que me está pasando. Mi marido es Ara Malikian y yo necesito reinventarme. No he cogido una cámara en mi vida, no tengo equipo, no sé cómo hacerlo, pero lo haré.

Nata pasó los siguientes cinco años dibujando esa historia que se entrelazaba con la suya incluso antes de conocer al genio del pelo rizado. El violín salvó a aquel abuelo armenio, salvó a Ara en muchos momentos y ahora la salvaba a ella de diluirse entre aplausos ajenos, soledad y biberones.

Ella quería, como muchas, ser feliz. Nada más y nada menos. Para conseguirlo, se agarró a una cámara; escaneó, en su casa, una a una, todas las fotos que aparecerían en su documental. Se sentó al lado de un montador,durante seis meses, diez horas al día: esto sí, esto no. Viajó a Beirut, a Alemania, a Armenia en busca de las piezas que le faltaban a ese puzle que completaba la historia de los antepasados y de los que estaban por venir.

Se enfrentó a las dificultades que conlleva el exprimir las emociones de quien no las manifiesta con facilidad. La comunicación con alguien que se expresa casi exclusivamente mediante unas cuerdas no es fácil, para nada. Nata ensobró, el pasado miércoles, todas las invitaciones que se entregarían en el preestreno de su obra a la puerta de los cines Callao.

En estas historias, la de Nata y la de Ara, rebosantes de amor y de honestidad, sorprende la mirada inocente de un hombre cuya vida da para otras diez películas; la disciplina, la pasión y las ganas de aferrarse a un propósito impregnado de significado. Nata Moreno, ahora directora, ha creado una aventura vibrante, entretenida y conmovedora. Una vida entre las cuerdas nos regala kilos de inspiración, disfrutémoslos.

  Texto publicado originalmente en El Español (25/10/19)

El demonio existe

Hoy, al leer la prensa para decidir sobre qué trataría esta columna, me he encontrado con la amalgama de desastres habituales: los políticos discutiendo, media España inundada y varios titulares relacionados con terribles asesinatos. Ana Julia, el cabrón de Valga y otro que ha apuñalado a su mujer delante de sus dos niñas. Tremebundo todo.

Tan tremebundo como cualquier otro día, solo que hoy prestaba especial atención, un poco porque el mindfulness está inundando mi vida y un bastante porque las ansias de inspiración te sitúan el coco en posición de alerta ante cualquier estímulo. Si no fuera por eso, no sentiría la repulsión que ahora ocupa mi estómago. Ni la incredulidad. Ambas sensaciones se mezclan de una manera extraña: no es posible que exista gente tan malvada, pero existe. Lo estoy leyendo. He conocido a algunos. Pero no puede ser. Y vuelta a empezar.

Y es que ese es un gran problema para los que no somos unos psicópatas: no nos creemos que nadie sea capaz de disfrutar con el sufrimiento ajeno, por eso dejamos que algunos de esos bicharracos se cuelen en nuestro vecindario, en nuestras casas y en nuestras camas, una y otra vez.

Siempre hubo una primera señal que ignoramos por nuestra falta de fe en el demonio. Craso error. Por más que la evidencia nos golpee a diario, ignoramos el hecho de que gente tan similar en apariencia a nosotros maltrate a sus semejantes, abandone a sus mascotas, sea racista y homófoba, abuse de niños.

A bote pronto, no hay ningún rasgo llamativo que señale su crueldad: no tienen antenas, ni escamas. Ninguna letra escarlata nos da la alarma. Si esos engendros fueran el frutero de la esquina, el profe de nuestros hijos o nuestro marido, su perversidad resultaría demasiado dolorosa como para ser apreciada. Nos han dicho que los monstruos no existen, tampoco lo que vivimos en las pesadillas. Pero es mentira. Hay maldad en el mundo y es devastadora.

La mayoría no vamos por la vida odiando, ni sentimos la necesidad de humillar al prójimo para sentirnos más poderosos. No queremos ser más poderosos que nadie. No hacemos del engaño una forma de vida; ni de la falta de respeto, una religión. Nos han enseñado a ser buenos y eso incluye no pensar mal. Pero piensa mal y acertarás.

No hace falta recurrir a los casos extremos que ocupan titulares. Engaños, estafas, traiciones están a la orden del día y nunca lo vemos venir, porque si lo hiciéramos correríamos hacia otro lado. Solo que sí lo vemos venir y decidimos mirar hacia otro lado, ignoramos a nuestra intuición, esa que nos ahorraría tantas calamidades si la tuviéramos más en cuenta. A algunos les salvaría la vida. Ay, el primer gesto amenazante, aquella palabra fuera de lugar, las mentirijillas. Es imposible que una madre odie a un hijo; no puede ser que, el mismo que me dice que me ama, rompa el cristal de la mesa con mi cabeza; no imagino que un amigo pueda robarme.

La paciencia y la resistencia ante los abusos, sean del tipo que sean, no tienen límite, sobre todo si los justificamos continuamente. La capacidad de los satanases para manipular, tampoco. Nos volvemos ciegos y sordos, convencidos de que ojos que no ven, demonio que no ataca. Otra mentira.

El primer paso para huir del bicho es saber que los bichos habitan en cualquier parte. El segundo, afilar nuestros sentidos porque, tarde o temprano, se dejará ver. Para entonces, debemos ser implacables, abandonar al insecto a su suerte, plantarnos la armadura, el casco y el airbag que nos protegerán de sus patrañas. Contarle a todo quisqui que el demonio existe y está entre nosotros.

  Texto publicado originalmente en El Español (20/9/19)

Sentido del amor

He reivindicado, desde siempre, la importancia del sentido del humor. La necesidad de tenerlo presente en todos los aspectos de la vida, incluido el literario. Me aburren soberanamente los que prescinden de él por postureo, por el temor de que alguien pueda pensar que, escribiendo desde el humor, se le resta importancia a según qué temas. No es así, ni de lejos y ya andamos hasta arriba de dramones. Un poco de purpurina, por el amor de Dios.

El humor nos salva la vida, a veces literalmente. La risa genera endorfinas, serotonina, reduce el estrés, genera conexiones sociales, nos relaja, mejora el sistema inmunológico y, sobre todo, nos convierte en seres felices, que es todo lo que deberíamos querer ser.

A mi necesidad exacerbada de reír cada día, al uso del sentido del humor como brújula existencial y medicina, se le ha añadido en las últimas semanas el sentido del amor. Probablemente ha estado ahí desde siempre y simplemente lo he descubierto al arrancar otra capa de esta cebolla que somos los humanos. Me urge saber qué aparecerá bajo la próxima. En mi diccionario personal, el sentido del amor es mucho más amplio que lo que denominamos amor.

Es la alegría de Benedetti, las mañanas de verano en las que disfrutas de tu café cuando aún hace fresquito, la ciudad donde has elegido vivir, una canción que te recuerda quien eras hace veinte años, la vuelta al cole. El sentido del amor es el que nos conecta con los amigos de verdad, esos que te envían un mensaje aún de noche para que te despiertes contenta, o antes de que aterrices de un vuelo transoceánico, escribiendo las palabras necesarias para protegerte del hostión de realidad, para regalarte un airbag tamaño cama doble en forma de empatía, cariño inmenso y generosidad asalvajada.

El sentido del amor es ese que te adora siempre, seas el alma de la fiesta o una piltrafa llorosa con el rímel corrido, te ama cuando repartes y cuando reclamas, cuando protestas y cuando suplicas.

El sentido del amor nos cuenta que esto va muy rápido y que hay que aprovecharlo, ya sea no haciendo nada o haciéndolo todo. Nos obliga a perseguir nuestra pasión allá donde se esconda, porque la ilusión es lo que diferencia a los vivos de los supervivientes. Nos empuja a buscar la paz, la de dentro, claro. A llenar hasta los topes los pulmones y a confiar en que siempre habrá más oxígeno. A vernos y a escucharnos, aunque a veces no nos guste lo que tenemos que decirnos. Nos asegura que todo está bien aunque no todo esté bien. Nos convence de que nos adoremos cuando somos quienes queremos ser y también cuando no. Andamos por ahí despistados, pero ya volveremos cuando baje la marea. Siempre lo hacemos.

El sentido del amor nos ayuda a distinguir lo que es amor de lo que no lo es, aunque ande bien disfrazado. El amor de verdad es alimento, no aspiradora. No nos exige que pidamos permiso. Nos da fuerza para defender lo que nos gusta, aunque nadie lo entienda. Para pasarnos por el arco del triunfo las opiniones ajenas. Yo me ocupo de mi sentido del amor, ocúpate tú del tuyo, que bastante tienes. Nos cura del síndrome del impostor. Pone el reloj a cero para que volvamos a empezar, cada día si hace falta. No creo que pueda haber sentido del humor sin amor, ni a la inversa. No podemos reír con ganas sin querer y sin que nos quieran. Amemos, riamos, vivamos.

Texto publicado originalmente en El Español 2/8/19)