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Autor: lasclavesdesol

Me llamo Sol, nací en el 73, tengo dos hijos adolescentes y ahora mismo soy coach, escritora y ponente en temas relacionados con el autoconocimiento y el desarrollo personal. Me encanta mi profesión y me encanta mi vida, pero hasta hace ocho años el panorama era bastante diferente: trabajaba en marketing y vivía inmersa en el bloqueo, el desasosiego y el agotamiento. Me sentía totalmente perdida. La empresa y la maternidad se tragaban toda mi energía y no sabía por dónde empezar para salir de esa situación, así que permanecía inmóvil, dejando que el estrés campara por mi cuerpo a sus anchas, con todo lo que ello conlleva: lumbalgias, anginas, herpes,… Hasta que, aún no recuerdo muy bien cómo, reuní fuerzas y decidí decidir. Y desaprender para aprender. Y formularme preguntas muy incómodas. Y respondérmelas. Seguí un proceso de coaching, empecé a investigar cómo funciona el cerebro humano en general y el mío en particular. Me formé como coach, como Practitioner en PNL. Me convertí en mi propio conejillo de Indias y aquí estoy, sintiéndome capaz, libre y plena. Por fin. En este programa voy a compartir contigo, a través de ejemplos del día a día, pautas claras y muchos ejercicios prácticos, todo lo que he aprendido durante estos años y que ha borrado de mi vida la parálisis y la insatisfacción. Todo lo que me ha llevado a la expansión, a priorizarme, a cuidarme, a saberme suficiente, a sentirme alineada con mis decisiones y con mis acciones. A que me pase lo que quiero que me pase.

Cosas que he aprendido (esta semana)

Que amo el silencio por encima de unas cuantas cosas y que por eso voy a perseguirlo. Vale, esto ya lo sabía, pero no hago más que corroborarlo. Que hay un pueblecito en el Baix Empordá llamado Monells que es sumamente medieval, bonito y silencioso donde pienso pasar algunos días de mi vida, porque hay lugares que te abrazan en cuanto los vislumbras y a los abrazos hay que hacerles caso.

Que hay abrazos que no caducan, que no decaen, como esos que me estoy dando sin pausa y sin prisa con las amigas con las que compartí colegio durante tantos años. Que hay personas con las que todo está contextualizado, que son desde siempre, que son familia, que son esa parte de ti que se quedó por el camino mientras crecías o decrecías, según el caso. Que treinta años no son nada si aquel chaval con el que paseabas en moto durante horas sigue siendo igual de amable, de risueño y de tierno que a los quince. El fondo, la forma, lo de siempre.

Que las casas, los cuerpos y los cerebros se estropean si no los usas, si no los aireas, si no los mantienes. Que el cuerpo más bonito del mundo se convierte en escombro cuando lo maltratas y que la mente se derrite con esa misma facilidad. Que eso que haces cada día un poquito es una barbaridad al cabo de treinta años, ni te cuento al cabo de sesenta,  y es lo que define quién eres y quién serás. Puede ser beber, hacer ejercicio, drogarte, leer, pasear, regodearte en tu propia mierda o compartir tiempo con gente maravillosa, tú eliges. Que, lamentablemente, a veces solo te das cuenta cuando ya no hay marcha atrás y que, afortunadamente, muchos estamos aún a tiempo de tomar las decisiones adecuadas: esas que nos harán aplaudir cuando no quede tiempo hacia delante y hayamos celebrado todo el que hay detrás.

Que no hay mayor aprendizaje que observar a los que ya lo han hecho, o a los que no lo han hecho. A los que lo hicieron bien y a los que lo hicieron mal. A los que se dejaron llevar o a los que agarraron el volante.

Que la Sol de cuarenta y ocho le arrearía bastantes más collejas a la de doce que a la inversa. Por qué tan obediente, por qué tan responsable, por qué no seguiste escribiendo, so gilipollas. Menos mal que aquí estás, ensimismada ante el teclado mientras tus adolescentes duermen. Menos mal que un día decidiste preguntarte, chata.

Que la adolescencia va por libre y no tiene nada que ver con tu voluntad o con tus sermones y que mejor es respirar y rezar para que todo salga bien en lugar de darte cabezazos contra muros ajenos. Y mientras tanto disfrutar, ir un poco a tu bola. No te lo están haciendo a ti, solo les está pasando. No tienes la culpa. No hay que empujar todo el rato. Nada es tan grave, ellos tampoco.

Que la sabiduría no es otra cosa que observar, elegir y aplicar. Que la valentía, la creatividad y la ambición se entrenan, como todo. Que la ambición no es querer tener más, sino querer ser mejor. Que ser mejor es saber más.

Lo que yo quiero ser.

Escribo estas letras sobrevolando el Atlántico. Voy hacia mi querida Ciudad de México. Y me leo y me emociono. Hace exactamente dos años andaba yo por tierras mexicanas, en un momento en el que necesitaba estar en casa, arropada por mi familia elegida, que es la mejor familia. Y es que, como comentaba hace poco mi querida Anne Igartiburu, el hogar está donde está tu amor. Y mi mucho de mi amor está esparcido entre Polanco, la Roma, nuestros desayunos en el jardín del Four Seasons y los paseos por la avenida Amsterdam.

Doce horas de avión dan para mucho. Para mucha lectura, mucho pensar y mucha película. Tenía pendiente desde hace años ver “El exótico Hotel Marigold”. Tenía pendiente desde hace meses, también, estar a solas con esta cabeza mía, tan dispersa, tan movida, tan cansada últimamente. Y de la combinación entre película y soledad ha surgido una idea. Qué bien, cuánto hacía que no pensaba sin prisa, que no se encendía esa chispa que me lanza sobre el teclado. Escuchaba el otro día en una charla TED que una idea es cualquier cosa que puede cambiar la manera en la que la gente ve el mundo. Y una idea es, también, cualquier cosa que puede cambiar la manera en la que nos vemos a nosotras mismas. Para vernos es necesario, lógicamente, tomar el tiempo necesario para mirarnos.

En la peli, algunos de los personajes se regodean en la queja, en la amargura. Todos conocemos a algunas personas que pinchan como erizos, ante las que te mantienes en guardia porque no sabes por qué ni para qué, pero alguna razón encontrarán para aguarte la fiesta, por imposible que pueda parecer. Por reprochar e intentar que te sientas culpable. Alejémonos de esos, por favor os lo pido.

También conocemos, menos mal, a otros que deciden (porque es una decisión, que nadie se confunda) ponerse los cristales de colorines a la hora de contemplar el mundo y a sí mismos. Que contagian su dulzura, que son tu casa. Y siento la necesidad imperiosa de posicionarme. Se me olvidan los grises, el enorme abanico, las medias tintas. Solo me apetece el rosa, o mejor el fucsia. El fucsia chillón a más no poder.

Y se me ocurre que mi idea, la de hoy, es que, si la vida va de crear impacto, mejor inventar uno suave, brillante, blandito y divertido.

Mi idea no va de tener una vida fácil, sino una vida grande. Llena. Que se me salgan por las orejas los encuentros, las charlas interminables, los amigos nuevos y los viejos amigos.

Mi idea es que si voy a dejar huella, chorreará purpurina y lentejuelas. Y luz, para saber por dónde voy y para compartirla con otras. Yo quiero ser el abrazo, la sonrisa, el lugar seguro, la sal y la pimienta, el baile y las risas; catalizador, gasolina y trampolín. Y la alegría, siempre la alegría; el aire fresco o el abrigo, según convenga; el ejemplo de lo que sí, la valentía, la libertad; Quiero ser buena y justa; aplaudir, agradecer, perdonar y perdonarme; quiero ser tan sabia como joven, hasta que me muera de vieja.

Mi idea principal, desde ya, es generar cosas que cambien la manera en la que la gente ve el mundo y a sí mismos. Que lo vean mucho y que lo vean bien, porque no podemos elegir algo que no sabemos que existe o de lo que no nos creemos capaces.

En medio de este sarao: celebrémonos

Una de mis ocupaciones, desde que empezó lo que yo llamo «La Mierda Marciana» (en adelante L. M. M.) es leer o visualizar contenido relacionado con el funcionamiento de nuestro coco. Hoy le ha tocado a una charla entre Anne Igartiburu, sabia donde las haya en esto del desarrollo personal, y Elsa Punset en la que hablaban, entre otras cosas, de que el cerebro humano poco ha evolucionado desde que andábamos en las cavernas, por eso está programado para la supervivencia. De ahí que le prestemos mucha atención a todo lo que da miedo, vaya a ser que nos aniquile un mamut o un diplodocus en pleno supermercado.

Pero claro, ese cacharrito que tan útil era cuando los dinosaurios acechaban se ha quedado un tanto obsoleto, porque nos acojona ante lo más nimio, equiparando un atasco en la M-30 con el ataque de una manada de ñus rabiosos. Me da pánico que me despidan, enfermar, que mi vecino se vuelva más majara de lo que está y nos empuje escaleras abajo, que mi pareja me abandone, etc.

Comenzamos a generar cortisol como si no hubiera un mañana, jorobando el sistema inmune en su totalidad, pero eso sí, chorreamos adrenalina, que nos llena de potencia para salir por patas para que no nos devoren. Todo de lo más inservible y de lo más dañino en pleno siglo XXI.

Vivimos aterrorizados mientras nos perdemos lo bueno de la vida (que es la vida misma) y la cabeza nos da vueltas como a Bitelchús, enredados en desgracias que son, o inevitables, o que no pasarán jamás de los jamases, con el cuerpo descuajeringado perdido entre subidones de azúcar, contracturas y úlceras. Conclusión: hay que engañar al cerebro porque lo que se lleva ahora no es sobrevivir, sino vivir.

Sí, en pandemia también.

Dice Elsa Punset que una de las herramientas para hacerlo es celebrar. «¿El qué?», diréis. «Con la que está cayendo». Pues con la que está cayendo celebremos que estamos aquí, escribiendo o leyendo esta columna; el otoño, que nos libra de los cuarenta grados. Celebremos que abrimos el grifo y sale agua potable, maravilla donde las haya.

Y, ante todo, celebrémonos.

Celebrémonos manteniendo los irrenunciables a raya: durmamos ocho horas, comamos equilibrado, movamos el esqueleto. Porque cuando el tiempo apremia, lo primero que tiramos a la basura es nuestro bienestar y, sorpresa, este amasijo de carne y huesos nos tiene que acompañar para los restos, que serán más breves si nos descuidamos.

Celebrarse es también gestionar ese tiempo que, increíblemente, se convierte en nuestro enemigo a medida que crecemos. La vorágine vital arrastrándonos a dormir cinco horas al día, comer cualquier guarrada y no ver a nuestros amigos en meses. Somos el burro tras un zanahoria que ni siquiera identificamos. Yo corro, ya pensaré para qué otro día.

Desde que L.M.M. comenzó, afortunadamente la venta de libros se ha multiplicado por siete, la de cosméticos también ha aumentado considerablemente. Las tiendas de decoración y las empresas de reformas no dan abasto. Algunos queremos nutrirnos intelectualmente, vernos guapetones, que nuestra casa sea bonita de narices, porque es nuestro templo y nos encanta sentirnos a gusto en ella.

Está demostrado que aquellos que mantienen relaciones de calidad viven más años, están más sanos y son más felices. Eso en circunstancias normales, no te cuento en medio de L.M.M. Así que celebremos la amistad, porque nos alegra la vida y también nos la salva.

Engañemos a nuestro coco arcaico y cascarrabias, aplaudamos ante lo más nimio, seamos felices porque aunque no nos lo parezca, podría irnos peor.

El tiempo es oro, pero ¿cuánto oro?

Nos pasamos la vida devanándonos los sesos sobre cómo ganar pasta, sobre cómo invertirla, sobre cómo ahorrarla. Decidimos lo que podemos o no podemos hacer y permitirnos en función de cuánto hay en el banco. Todo esto teniendo en cuenta que el dinero es algo recuperable, no como el tiempo. Un factor al que le prestamos mucha menos atención siendo un bien mucho más escaso y, por lo tanto, extremadamente valioso.

La mala gestión del tiempo es la mala gestión de la vida. Todos caminamos sobre una cuenta atrás de final desconocido sobre la que no recapacitamos. No es común que alguien te diga “no sé dónde han ido a parar los tres mil euros que tenía en el banco”, pero cada semana nos contamos que “no sé en qué se me ha ido el día”. Tres mil euros que puedes volver a ganar; un día que se ha perdido en la alcantarilla de la indecisión y la inacción.

No nos enseñan lo importante de la vida: la gestión de las emociones, quiénes somos y cómo organizarnos para que nos pase lo que queremos que nos pase. Ni siquiera sabemos cómo dilucidar qué queremos que nos pase. Pero las cordilleras y las capitales africanas al dedillo, oiga usted.

Como todo lo importante de la vida, organizar nuestro tiempo va de dentro afuera. Escribir tareas en la agenda es facilísimo, lo difícil es saber si van a llevarnos al lugar deseado; si honrarán nuestro propósito vital, el famoso Ikigai; si, tras su ejecución, seremos quienes queremos ser. Si nos consideraremos personas exitosas según nuestra personal e intransferible definición de éxito. Para unos es tener una casa enorme; para otros, vivir navegando. Disfrutar la libertad de elegir, en el sentido más amplio posible, debería ser un factor irrenunciable.

La frustración llega con el manido “no llego a todo”, como si eso fuera posible. Todo, a lo bestia, lo que me echen, sin cuestionarme que pretendo ejecutar seis tareas de cuatro horas cada una en un solo día. Porque más valgo cuanto más hago, aunque lo que haga sea, en el fondo, una nada agotadora. Las horas frente a la pantalla por encima de la productividad. La ignorancia de lo que es la eficacia, que no es lo mismo que la eficiencia, que tampoco sé de qué va.

Deberíamos simplificar nuestra vida para sacar el máximo partido a ese temporizador sobre el que vivimos, pero para saber con qué quedarnos necesitamos saber qué es lo importante y deshacernos de todo lo demás. Y lo importante es lo que nos provoca felicidad, o bienestar, o tranquilidad o llámalo como te dé la gana. Vivir no solo con lo que necesitamos, sino también con lo que queremos: el concierto de mi cantante favorito, mis clases de baile, los sábados en bici por la montaña, las tardes de cine, los paseos interminables por las calles de mi ciudad. Validar mis deseos por encima de juicios ajenos, que esa es otra, todos opinando sobre qué haces con tu bien más escaso y valioso.

Es imprescindible detectar cuáles de nuestras tareas son las que provocan el resultado que buscamos, para solo dedicarnos a ellas. Saltar de la rueda de hámster y analizar nuestras horas. Ser creativos en el diseño de nuestra vida. Quizás esos patrones heredados no son los que se ajustan a mi plan, porque quiero trabajar tres días por semana, o hacerlo desde cualquier lugar, o que me paguen por lo que sé y no por lo que hago.

No le damos valor al tiempo porque, entre otras cosas, no sabemos cómo valorarlo: puede ser en euros, en felicidad, en lo que decidamos. Solo si lo medimos podremos gestionarlo.

Las cosas por su nombre

El lenguaje está directamente relacionado con nuestros procesos mentales, con cómo conceptualizamos nuestro entorno y a nosotros mismos. Las palabras que usamos determinan nuestros pensamientos y, por ende, nuestras actuaciones.

Resumiendo, lo que nos decimos nos cuenta cuál es nuestra realidad y nos indica qué hacer ante ella. Una palabra que en español es de género masculino, como sol, para nosotros es potente, mientras para los alemanes, que disfrutan del astro en femenino, es algo más acogedor y gustoso.

Parece que el uso de palabras genéricas en masculino, como piloto o perito, reduce el número de mujeres que recordamos en esa profesión y también influye sobre la proporción de varones o hembras respecto a un grupo que tenemos en mente. Seguro que también tiene algo que ver en nuestras aspiraciones y esperanzas.

No voy aquí a postular por pilota o perita, tranquilos, pero sí por cuestionarnos hasta qué punto generalizamos mentalmente dependiendo de una A o de una O. También por recapacitar sobre las diferencias entre resolutivo y marimandona, o minucioso e histérica, por hablar de otros palabrejos usados a menudo en función de qué letras hay en mis cromosomas.

Ya que lo tenemos claro, la pregunta es por qué no lo usamos a nuestro favor, y no solo cuando hablamos de género. También nos empeñamos en suavizar el lenguaje, en ablandar el pico para caminar sobre unas medias tintas sin demasiado sentido.

Por ejemplo, la conocida zona de confort: ese trabajo que no te gusta, un matrimonio que te hastía, un cuerpo que te pesa más que impulsarte. A qué alma de cántaro se le ocurrió titular a eso confort o, lo que es lo mismo, comodidad.

Probablemente a alguien incapaz de hacer el esfuerzo por escapar de una situación a la que deberíamos denominar cárcel emocional o mierda descomunal o si me quedo un minuto más, me tiro por el balcón. Habría que ver entonces cuantos se quedaban ahí, inertes, viendo la vida pasar. Seguro que muchos, pero sin excusa.

Seguimos con las inexactitudes que son mentira. Como mi marido me ayuda en casa, pues qué ideal es y qué suerte tengo, como si no viviera ahí, como si los niños fueran del portero. Porque si te pones objetiva y numérica y ves que te zampas el 90% de las labores domésticas, te entra un desasosiego extraño, un mosqueo muy molesto. Normal. Pues nada, canto en los dientes si baja la basura, maja.

Lo mismo pasa con las personas. Nos mentimos acerca de ellas porque no nos atrevemos a dejarlas marchar. Porque un novio que te marea quizás en el fondo no es especialito, sino un pedazo de cabrón.

Lo mismo con algunos familiares o supuestos amigos.

Y es que las cosas son lo que son, no lo que se dice que son. Ojo con las patologías que algunos llaman amor en lugar de dependencia, egoísmo o maldad absoluta. Qué miedito.

La diferencia entre ser y estar también daría para un buen debate y para la curación de muchos complejos, así como la confusión entre lo normal y lo común, que nos lleva a vivir la vida de otros que no sabemos ni quienes son. A meternos en cajas que nos aprietan y que huelen fatal.

Lo que percibimos como imposible, razonable o difícil decreta cómo gestionamos nuestra vida. Si en lugar de sueño lo llamamos meta, igual movemos el culo para conseguirlo. Ah no, que estoy la mar de a gusto en mi zona confortable, aunque me pinche y me duela.

No es lo mismo querer, que necesitar, que poder. Lo suyo es querer muchas cosas y necesitar pocas. Y poder hasta donde te dé la gana. Hay cosas que se saben y hay otras que se deciden, entre las unas y las otras anda oculto el criterio y el pensamiento crítico. No estoy tan mal es estar fatal. Mejor saberlo para solucionarlo.

Gloria Steinem (o atreverse a brillar)

Hace un par de años le regalé a una amiga el libro Mi vida en la carretera de Gloria Steinem. Ella ha hecho lo propio con sus conocidas y amigas porque, hoy, sigue agradeciéndome tal chorreo de inspiración y quiere que mucha gente se empape de la libertad y la energía de esta señora superlativa que acaba de ganar el Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades.

Steinem no sólo encarna la lucha por la igualdad de las mujeres, sino también la energía, la perseverancia y la claridad mental que disfrutan las personas que nunca olvidan lo que aprenden ni dejan de lado aquello que consideran justo.

Ella decidió brillar y contagiar su brillo a otras, sabedora de que, al destacar, le caería la del pulpo. Pero es que no hace daño quien quiere, sino quien puede, y nadie puede con semejante intención y con tanto foco colocado en el lugar correcto.

Cada día hablo con mujeres que me cuentan su miedo al cambio, su miedo al fracaso, su miedo a ser ellas mismas. Del miedo como forma de vida. Lógico, teniendo en cuenta que nos criamos convencidas de que la existencia es, por defecto, una línea recta y sosa. Que lo mejor que te puede pasar es que no se desvíe mucho, que no haya grandes desajustes. Nada de sustos. No te muevas que molestas, no hables que te escuchan, no te comportes diferente vaya a ser que otros se ofendan.

El ojo siempre sobre la opinión de los demás, a mí que me den. Nada de ambiciones, chavala, eso es de prepotentes. Mantén un perfil bajo. Ve de puntillas por la vida. Que nadie se entere de que has pasado por aquí.

Pero es que aquí lo importante es crear impacto, dejar huella, recordarte cada día que lo suyo es multiplicar y no dividir, evolucionar y revolucionar. Dar puñetazos en la mesa y golpes de melena. Pasarte por el arco del triunfo lo establecido para dibujar una historia única y sólo tuya, que empuje a otras, no a imitarte, sí a seguirte. Hostión a la mediocridad.

En un mundo complicado, la solución no es ni la inercia ni la inmovilidad, sino la evaluación de la realidad y de aquello que somos; el abandono del conformismo y la resignación. El mundo no avanza gracias a los culos pegados a los sofás.

Gloria se pasó la infancia en la carretera gracias a los viajes en furgoneta con su padre, que se buscaba la vida allá donde fuera. Los viajes y las búsquedas no son más que participación activa, aprendizaje, apertura de mente. Saber de dónde salgo, quizás a dónde llego y, con suerte, qué camino tomar. Liderazgo y autoliderazgo, que lo llaman ahora. Incertidumbre en estado puro, con el pánico que le tenemos, siendo lo único que existe.

Estar dispuesta a hacer las maletas en cualquier momento es una actitud mental que lo cambia todo, que define a los que se saben sólidos, adaptables, inteligentes hasta la médula; valientes. Más aún cuando naciste en un tiempo (que sigue siendo este tiempo, ojo, qué pena) en el que lo común, que no lo normal, era que te agarraras a un matrimonio, a la maternidad, a la cocina y santas pascuas. Nada de inventar una vida apasionante, niña, que eso es para ellos.

Menos mal que algunas cometen la locura de ignorar esos mandatos y se empeñan en abrir camino, en convertirse en un ejemplo al que mirar cuando lo cómodo (llámalo aburrido, llámalo cárcel) no nos sirve, porque nos anula, y a nosotras lo que nos gusta es existir a lo grande, como ha hecho Gloria.