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Autor: lasclavesdesol

Me llamo Sol, nací en el 73, tengo dos hijos adolescentes y ahora mismo soy coach, escritora y ponente en temas relacionados con el autoconocimiento y el desarrollo personal. Me encanta mi profesión y me encanta mi vida, pero hasta hace ocho años el panorama era bastante diferente: trabajaba en marketing y vivía inmersa en el bloqueo, el desasosiego y el agotamiento. Me sentía totalmente perdida. La empresa y la maternidad se tragaban toda mi energía y no sabía por dónde empezar para salir de esa situación, así que permanecía inmóvil, dejando que el estrés campara por mi cuerpo a sus anchas, con todo lo que ello conlleva: lumbalgias, anginas, herpes,… Hasta que, aún no recuerdo muy bien cómo, reuní fuerzas y decidí decidir. Y desaprender para aprender. Y formularme preguntas muy incómodas. Y respondérmelas. Seguí un proceso de coaching, empecé a investigar cómo funciona el cerebro humano en general y el mío en particular. Me formé como coach, como Practitioner en PNL. Me convertí en mi propio conejillo de Indias y aquí estoy, sintiéndome capaz, libre y plena. Por fin. En este programa voy a compartir contigo, a través de ejemplos del día a día, pautas claras y muchos ejercicios prácticos, todo lo que he aprendido durante estos años y que ha borrado de mi vida la parálisis y la insatisfacción. Todo lo que me ha llevado a la expansión, a priorizarme, a cuidarme, a saberme suficiente, a sentirme alineada con mis decisiones y con mis acciones. A que me pase lo que quiero que me pase.

Una verdad que cambió mi vida

Si me sigues en redes, sabrás que llevo varias semanas de viaje. Cuánta perspectiva nos regala la distancia de nuestra rutina. Qué enriquecedor es divagar: ya sabemos que los momentos Eureka, esos que nos proporcionan ideas importantes, se dan cuando la mente salta de un lugar a otro, no cuando estamos concentradas. Me ha dado tiempo a repasar mis 51 añitos sobre el planeta, para comprobar qué historia me estoy contando, para recordarme lo que nunca más voy a repetir y también para alinearme con todo eso que sí me funciona. Que algo me funcione significa que me hace sentir bien, que me acerca a un lugar en el que me expando o me relajo o todo. Y de entre todo lo que he recordado, analizado y sopesado sobresale una verdad que engloba a todas las demás: no puedo ser feliz viviendo una historia que otros han guionizado. Es imposible. Ni yo puedo, ni nadie puede. En ese guion está escrito cómo eres, claro. He reflexionado mucho sobre todo lo que me decían en el colegio y en casa sobre lo que yo era y lo que no era. Era obediente y era buena, lo cual impedía de base que me saliera del tiesto, que dijera un NO, que llevara la contraria. No era nada rebelde, claro, decían. Ni movida, así que estaba quietecita. Tan pequeña, qué lástima. Me describieron tranquila, y por fuera lo parecía, ahora ya sé que era mentira, por eso me dolía tanto la barriga y me salían cosas en la piel. Las mentiras que nos contamos se manifiestan siempre en forma de cosas feas. Es como si la verdad protestase en forma de herpes y estreñimiento. Me decían que no me costaba estudiar, así que yo interioricé que no existía el cansancio. Y cuando eso se mete dentro, se queda para siempre y te cuenta que nunca es suficiente y que no tienes derecho a descansar. Porque a ti no te cuesta, y punto. Si me dieran un euro por cada vez que alguien me ha dicho “A ti no te cuesta…” seguido de cualquier infinitivo. Estudiar, escribir, aprobar, madrugar… Y como crees que no te cuesta, te lo echas todo a las espaldas y a todo dices que sí. Los demás lo huelen, así que te llenan la mochila de piedras. Porque a ti no te cuesta. En ese guion escrito por otros también aparece lo que quieres, ojito. Quieres trabajar de esto o de lo otro, porque eso es lo seguro (lo seguro según otros) y la seguridad es lo que tienes que querer, porque es lo que todos quieren. Y eso que quieres, y no me rechistes, se obtiene solo a base de sacrificio, nunca de gustazo, nunca de libertad. En el guion que otros escriben, sin verte y sin escucharte, quedan enterrados muy abajo tus talentos y tus ilusiones, así que acabas creyendo que ni los tienes ni los tuviste nunca. Menos mal que, a veces, la incomodidad es tan bestia que te planteas que quizás ese guion no mola, que quizás hay otra manera de vivir. Que total, mal ya estás, así que atreverte a indagar y probar otra cosa ya no te da tanto miedo. No falla: cuando aparece la curiosidad, la oportunidad asoma el morro. Y con ella, las preguntas. Sobre lo que te gusta, que no es estar quietecita, sino bailar, caminar, recorrer la vida y el mundo. Sobre lo que se te da bien, que suele ser lo que disfrutas, que no es memorizar, sino inventar y contar historias. Sobre quién eres y cómo quieres vivir, qué de posibilidades infinitas surgen cuando te sabes creadora y no producto. Qué de NOES sueltas con una facilidad pasmosa. Qué desobediente eres ante cualquiera que no seas tú misma. Te invito, mi querida suscriptora, a que cuestiones el guion que estás siguiendo; a que seas honesta sobre su autoría. Nos estamos dando cuenta para poder hacernos cargo. Nunca es tarde si la dicha es buena, y siempre lo es. P.D1.: querida mía, por aquello de que en verano quizás tengas más tiempo para leer, lanzo una oferta durante el 1 y 2 de julio en todos mis libros y audiolibro. Será de un -15% con el código SOYGUAPA y podrás comprarlos aquí . Si estás sucrita a mi membresía “Té con Sol” tendrás un descuento aún mayor y encontrarás tu código en el último correo que te enviamos el pasado miércoles. P.D2.: en REINVÉNTATE, el nuevo programa que lanzo en septiembre, compartiré contigo (si te apetece) todos los recursos y estrategias que he usado durante los últimos años para reenfocarme, para reescribir mi historia y para ayudar a otras a encontrar su camino, a desenterrar sus talentos y a darles forma. Para crear un nuevo rumbo en cualquier ámbito de la vida, no solo en el profesional. Para atravesar los miedos que nos impiden convertirnos en la persona que que queremos ser y vivir la vida que queremos vivir. Para transformar, no solamente lo que haces, sino lo que eres. Porque lo primero es imposible sin lo segundo. En REINVÉNTATE estarás conectada si te apetece, con otras mujeres que quieren cambiar su rumbo. Mujeres con las mismas inquietudes, objetivos y dudas que tú. Mujeres que se apoyan y se impulsan las unas a las otras. En este programa te contaré lo que me habría gustado saber a mí cuando comprobé que mi historia no me pertenecía, todo lo que me habría gustado saber, los errores que he cometido y los aciertos que se han convertido en patrones de vida. Te plantearé las preguntas adecuadas. Te ayudaré a que tú camino sea lo más amable posible. Ya te puedes apuntar en la lista de espera de REINVÉNTATE aquí.

El secreto de la felicidad

El secreto de la felicidad consiste en saber qué nos hace felices y rebozarnos en ello, así de simple. Ojo, y he escrito «simple», no «fácil». La simplicidad se basaría en los escasos pasos que te separan de lo que quieres. Es lo opuesto a complejo. La facilidad estaría relacionada con el esfuerzo que tienes que hacer para conseguirlo. Es lo opuesto a difícil.

Algunos ejemplos de objetivos cuya consecución es simple, pero para algunos nada fácil serían:

Hacer ejercicio es simple, solo hay que elegir qué es lo que voy a hacer: puedo correr, subir escaleras, ir a una clase en el gimnasio, apuntarme a baile, etc. Decido y me muevo. Nada más. Pero a algunos no les resulta nada fácil.

Lo mismo con comer tres frutas y dos raciones de verduras diarias. Simple a más no poder, entonces ¿por qué no lo hacemos?

Para viajar sola solo tienes que comprar un billete e ir al aeropuerto, o a la estación de tren, o ni eso, tan solo coger el coche y enfilar la carretera. Lo mismo con ir sola al cine, o a comer sola. O estar tan a gusto sola. No hay nada más simple, pero para algunas, de tan difícil, se convierte en imposible. O eso creen.

Dejar tu trabajo, si no te gusta, no puede ser más simple: carta de renuncia y Ciao, bacalao. Entonces, ¿dónde radica la dificultad?

Por el contrario, hay tareas sumamente complicadas, pero de lo más fáciles. Como el funcionamiento de un ordenador: lo encendemos, abrimos una aplicación y a teclear. Sin tener, la inmensa mayoría, ni puñetera idea de lo que albergan las entrañas del aparato.

¿Por qué insisto tanto en la diferencia entre estas dos palabras? Porque el lenguaje determina cómo pensamos, y nuestros pensamientos definen cómo nos comportamos y, por tanto, cómo somos. Vuelve a leer esta frase, querida lectora, porque puede resultar importantísima en tu camino hacia la felicidad. Paremos a pensar qué significan las palabras que nos decimos, para qué nos las decimos, dónde las hemos aprendido. Determinemos si nuestro lenguaje nos impulsa o nos frena y, desde ahí, decidamos cómo lo vamos a usar a partir de ahora. Cuántas veces vamos a dejar que el vocablo «difícil» nos clave al suelo de la insatisfacción.

Siguiente paso, una vez tenemos la distinción clarita, hemos de conseguir que lo simple nos sea cada vez más fácil. O, al menos, que la dificultad no suponga un freno invencible.

¿Cómo lo consigo?

Pues como se consigue todo, amiga, PRACTICANDO. La práctica consigue que la distancia entre lo simple y lo fácil disminuya. Este «practicando» sería la repetición en la implementación de los hábitos. Practicar sería, también, atravesar el miedo (a viajar sola, a dejar tu trabajo, a decirle adiós a tu pareja, a crear tu propio negocio, a ponerte una minifalda si es lo que te apetece). Porque una vez traspasado el primer miedo, el segundo se nos antoja mucho menos aterrador. Y el tercero, ni te cuento.

Practicar sería detectar qué creencias cercenan mi vida. Darme cuenta de lo que no creo merecer, de lo que no me creo capaz, de lo que creo posible o imposible.

De nuevo, practicar es simple, pero quizás no fácil. Lo sería mucho más si diéramos el tercer paso: imaginar lo que hay al otro lado de la dificultad, del miedo, de las creencias. Lo que hay al otro lado, te lo digo ya, no es más que la felicidad en la que quieres rebozarte. Lo que hay al otro lado es un cuerpo sano y fuerte del que te sientes orgullosa, la calma que llega cuando eres tu mejor compañía, la libertad que acompaña la seguridad en una misma, un trabajo en el que te sientes realizada, una vida en la que te quieres quedar.

La motivación para ponernos en marcha hacia lo que deseamos, solo llega cuando somos capaces de reproducir en nuestra mente lo que seremos, veremos, escucharemos y sentiremos después del esfuerzo, de realizar eso que ahora sabemos que es tan simple, pero que se nos antoja tan difícil. Es necesario desgranar en qué consiste nuestra particular dificultad y generar una estrategia que nos permita ver, a través del muro, la película de nuestra vida, la protagonista que deseamos ser. Conectar tanto con ella que podamos tocarla, observar cada una de sus características, enumerar lo que quiere, lo que no quiere y lo que va a hacer para agarrarse a lo primero y desechar lo segundo.

 

Ante el miedo: movimiento.

Que levante la mano la que no se haya visto bloqueada, totalmente paralizada por el miedo. Un miedo tan enorme como invisible, que te invade y te abate. Tienes miedo a pensar, a decidir, a ser, a hacer. Le tienes miedo hasta al miedo. No quieres ponerle nombre al miedo, por si se hace más grande. No concretas cómo se llama en esa indecisión tuya, con lo que el miedo engorda y crece. No sabes dónde nació el miedo y no alcanzas a ver dónde acaba.

Tu miedo, ya te lo digo yo, nació en las cavernas, dentro del coco de tus antepasados, que sobrevivían gracias a un cerebro diseñado para tener miedo, para estar en alerta constante ante los bicharracos antropófagos y las miles de enfermedades sin solución alguna. Has heredado ese cerebro y lo que a ellos les salvaba la vida, a ti te la jode a base de bien.

Pendulamos entre el miedo al rechazo, el miedo a qué pensarán los demás, el miedo a la incertidumbre, el miedo a la soledad. Hay un miedo especialmente peligroso: el miedo al cambio, por mucho que, paradójicamente, seamos cambio. El miedo nos ancla al suelo sin dejarnos progresar, y la vida va de avanzar, de convertirte en otra que te mole más, cada día, cada minuto. Evolución, descubrimiento, aprendizaje, curiosidad. Libertad lo llaman algunos. Quiero saltar, pero me puede el vértigo. Me siento inquieta, nerviosa, acojonda perdida. Enfadada conmigo, incluso.

A veces, el pánico llega porque estamos mirando el problema demasiado de cerca: un matrimonio en el que ya no soy feliz, un trabajo que me hastía, una ciudad que no es mi escenario ideal, una amistad que hace tiempo que no lo es, un lo que sea que ya no quieres. Sumida del todo en mi minúsculo ecosistema no puedo definir dónde acabo yo y dónde empieza él. Siento que el miedo soy yo. Todo es miedo. Y quiero salir de aquí.

No es que no pueda más, es que no quiero más.

Porque, lamentablemente, el humano puede mucho, es capaz de aguantar cosas que le hacen insoportablemente infeliz. Tu desasosiego está tan próximo que no eres capaz de analizarlo. ¿Y si elevaras el dron? ¿Y si fueras capaz de observar la verdadera dimensión de tu problema en la inmensidad de los problemas de la inmensidad de humanos? ¿Y si colocaras tu problema en el lugar que le corresponde en tu ancha y larga vida? Distancia, amiga, distancia.

¿Y si dejaras de masticar el problema, porque ya se te ha hecho bola? ¿Y si lo escupes y ahora te concentras en buscar la solución? ¿Y si miras a otro lado y al mismo tiempo miras dentro? ¿Y si dejas de rebozarte en la que ya no quieres y empiezas a proyectar lo que sí deseas? Autoconocimiento, amiga, autoconocimiento.

Ojalá tuviera yo el antídoto para le miedo paralizante, pero no. Aunque me huelo que la acción espanta a la bestia. Cuando el canguelo te agarre los tobillos y te cuente que aquí tampoco se está tan mal, múevete. Déjalo atrás, no te creas su mentira, esa que te cuenta que lo que te espera al otro lado es el vacío, el peligro.

El movimiento es curativo, ¿pero, hacia adónde camino? me preguntarás. Hacia algo que te guste, que te eleve. Ahora toca aprender cosas nuevas. Invéntate lo que está por venir.  No tienes que saber lo que es, tienes que decidirlo. Planea, inventa, divaga, fantasea. Y camina. Con el coco y con el cuerpo.

Cuestiónate y cuestiona todo lo que te han enseñado sobre el miedo y sobre su supuesta antagonista: la seguridad. Disecciona las teorías que te cuentan que la seguridad vienen de un trabajo fijo, de un sueldo fijo, de una pareja fija, de una casa fija, de una opinión fija, de unos amigos fijos, de una vida fija. Decide si lo único seguro es lo inamovible. Si lo inamovible te hace feliz. Si el miedo, quizás, es la causa de la inmovilidad y también su consecuencia.

La perspectiva, imprescindible.

Escuchaba hace un par de días a dos amigos hablar sobre la historia de un científico, un señor listísimo, muy reconocido, una eminencia. Al parecer, alguien se inventó que los datos en una de sus publicaciones eran inciertos, o copiados, o algo así. Vamos, aseguraban que la eminencia mentía. Al cabo de unos años se demostró que no estaban en lo cierto, pero para entonces, según mis amigos «ya le habían destrozado la vida». La eminencia perdió su trabajo, cayó en depresión, fue abandonado por su mujer y no sé cuántas cosas más. Por fortuna, la eminencia ahora se encuentra bien. Me alegro mucho por la eminencia.

Me quedé con ese «ya le habían destrozado la vida». Me resonaba como una campana entre oreja y oreja, Mientras intentaba entender el hecho de que cualquier persona tenga el poder de lograr algo tan enorme, tan salvaje, tan definitivo.

Recordé todas las veces en las que he escuchado la misma frase en boca de alguien, refiriéndose a su ex, a su jefe, a su madre.

Resolví que lo que tienen en común todas esas personas es la enorme importancia que le dan a la validación externa, al reconocimiento, al peso de los otros sobre lo que sienten, piensan o hacen. Cuando, encima, su tiempo y su atención se concentran en un solo ámbito, el resultado puede ser catastrófico. Y es que solo puede destrozarte aquel al que le has entregado algo indispensable para ti, cuando tu felicidad, tu dignidad y tu vida se basan en lo que otros dicen o piensan sobre lo que eres o haces.

Ojo, las mentiras, los abusos, las decepciones son una putada y son indeseables y duelen y te revuelven, pero nunca deberían destrozarte. La RAE nos cuenta que destrozar es despedazar, destruir, hacer trozos. Estropear, maltratar, deteriorar. Aniquilar, causar gran quebranto moral. Fatigar o producir gran malestar físico. Derrotar o aplastar al enemigo o contrincante.

El destrozo no nos gusta, el destrozo es una mierda. Evitemos el destrozo.

Y no digo evitemos a los que destrozan, porque, de hecho, no lo hacen. Otra cosa es que hayamos de alejarnos de la mala gente a la máxima velocidad posible.

Vade retro, Satanás. Que te aguante tu tía Rita.

Lo que te destroza es la ausencia de compartimentación en cuanto a las bases de tu vida. Has puesto todos los huevos en la misma cesta, has apostado tus ahorros a un solo número. La cesta se ha caído, han cantado otro número, te han destrozado la vida. O eso dices. O eso sientes.

Si describes cuáles son las áreas de tu vida, tendríamos los amigos, el trabajo, la familia, la pareja, tus aficiones, el estudio, el desarrollo de tu vertiente espiritual y seguro que alguna más. Tu energía se reparte entre todas ellas, al igual que tus ilusiones, tus deseos, tu tiempo (el mental y el físico). Te dedicas a ellas usando la motivación intrínseca, esa que viene provocada por el disfrute y la pasión. Las llevas a cabo aunque nadie te viera, aunque nadie te aplaudiera, aunque nadie te pagara. Las eliges porque potencian lo que eres, porque te acercan a ser la persona que quieres ser (independientemente de que te vean, te aplaudan, te paguen). En algún momento, alguna fallará: lo dejarás con tu pareja, un amigo te fallará, tendrás un problema en el trabajo. Un problemón quizás. En todos esos casos sentirás tristeza, o enfado, o dolor. O todo al mismo tiempo. Pero no te destrozarán la vida, básicamente porque no pueden, porque no les has dado ese poder. Porque el poder es tuyo y está repartido en muchas cestas, has apostado a muchos números. Has decidido no arriesgar nada de lo que es importante para ti: tu esencia, tu dignidad, tu persona en toda su extensión.

Pongamos nuestra atención en lo que es realmente importante para nosotras, tomemos la perspectiva necesaria para vernos a nosotras, a los que nos rodean, al mundo entero. Observemos el diálogo interno y convirtámoslo en uno que nos impulse en lugar de hundirnos y asegurémonos de que nadie nos puede destrozar, porque hemos construido un eje invencible.

Decir(me) que no

Decir que no a lo que no. A lo que no me gusta, a lo que no me nutre, a lo que no me alegra. A lo que no me lleva al lugar que quiero ocupar. No a quien me empuja y no a lo que me aprieta. O a quien me sujeta, a lo que me frena. A quien me grita, a quien abusa. No a quien no intercambia, pero sí usa. A quien  no escucha que ahora no, que así no, que no y punto.

No a lo feo, a lo mediocre, a lo caótico y a lo desequilibrado. A la incoherencia, a la cobardía, al engaño. Al trecho que hay entre lo dicho y lo hecho.

Decir que no a la postergación, a lo gris, a lo de siempre sin más argumento. A la queja, al victimismo, al pesimismo, a la pesadez, al conformismo y a la resignación. Al pez que se muerde la cola por los siglos de los siglos. No al sufrimiento. No al interés ese de Andrés, a lo hueco, a lo falso. No a los clavos ardiendo, a las soluciones rápidas que ni son solución ni son nada. No a la guarnición que oculta lo realmente importante. No a los vendehumos que se aprovechan de la vulnerabilidad ajena.

No a los trucos, sí a la magia, claro.

Decir que no a la envidia, a la crítica destructiva, a la excusa, a la paja en el ojo ajeno. No a la pereza, a la rendición, a la dejadez, a la inercia, a la sumisión, al agotamiento, a la culpa. No a saltarme la disciplina que me hace libre. Al egoísmo y al egocentrismo, a la prepotencia. Al desorden, el de por fuera y el de por dentro. A la suciedad, la de por fuera y la de por dentro.

Decir que no a aguantar, al «me compensa», a la deriva consecuencia de no agarrar el toro por los cuernos. Decir que no a lo que me apetece ahora mismo para decirle que sí a la persona en la que me quiero convertir. No a la tozudez, al orgullo malentendido.

No a la evasión que acompaña a la inconsciencia, a la irresponsabilidad, al poder sobre una misma. 

Si quieres ser feliz, hazte preguntas.

Como coach, me paso la vida haciéndoles preguntas a mis coachees y también a las alumnas de mis cursos. Como persona, el descubrir la importancia de preguntar y preguntarme, me ha cambiado la vida.

En cuanto a nuestras relaciones, el manido “¿Cómo estás?” toma una nueva dimensión cuando lo preguntas con intención, con interés, con cariño, con ganas de escuchar. Si no lo sientes así, mejor sustituirlo por un “Buenas tardes, te veo bien”, vaya a ser que el de enfrente se sienta con la necesidad de desahogarse. Porque ojo, si nos interesa todo el mundo, quizás no nos interese, en realidad, nadie. El que mucho abarca, poco aprieta, de toda la vida de Dios. La energía y el tiempo son finitos, coloquémoslos en el lugar adecuado.

Y del sincero “¿Cómo estás?” al implícito “¿Qué necesitas?” Por si hay algo en lo que podamos ayudar. A veces, es simplemente escuchar, hacer de espejo, dar perspectiva o conversación. O proponer soluciones, agitar conciencias, arrearle una colleja al apalanque vital de un amigo.

El problema surge cuando estamos siempre dispuestas a preguntarle al prójimo, pero no hacemos lo mismo con nosotras. Es asombroso lo que una autopregunta puede simplificar la vida y, por ende, mejorarla. Qué revelador puede ser algo que siempre ha estado ahí, esperando a que lo destapáramos con una simple pregunta.

En la respuesta al cómo estoy, encontraríamos el reconocimiento de las emociones que estoy sintiendo en ese momento: estoy triste, asustada, alegre, enfadada. Solo identificando puedo manejarme, decidir qué hago con eso que me pasa.

Lo siguiente es qué necesito. Si estoy cansada, necesito descansar. Sí, sí, no mires hacia otro lado. Lo necesitas y, si lo necesitas, te lo procuras, porque no te mereces menos. Punto.

O alejarte de esa persona, cambiar de trabajo, aprender algo nuevo, mudarte, ponerte en forma, hacer un Marie Kondo a lo salvaje, respirar, organizarte mejor, quererte más, simplificar, cortarte el pelo, mirarte y verte.

Quizás necesitas ordenar: mente, casa, escritorio porque has descubierto que la maraña te ataca y ante la pregunta ¿Por dónde empiezo? Te has dicho que por el principio, por colocar cada cosa en su cajón, en el del armario y en el de tu coco. Lo que es dentro es fuera y muchas veces pasa lo mismo a la inversa.

Puede que al llegar al un lugar nuevo te hayas sentido a disgusto sin saber muy bien por qué. O al contrario, qué gustito esta casa, esta ciudad. Y te preguntas. Y te respondes. Recuerdas qué es lo importante para ti, todo eso que es imprescindible para que te sientas divinamente en tu propia piel. Lo que vienen siendo tus valores y tus principios.

Y, analizando tu posible desazón, te das cuenta de que esa gente que te rodea no tiene demasiado que ver contigo, porque grita, porque critica, porque lo importante para ellos no es lo mismo que para ti, porque no respetan el espacio que compartís. O porque el lugar al que has llegado no es bonito y a ti la belleza te da felicidad, o aborreces el calor o el frío y aquí te achicharras o te congelas. O lo que sea, pero solo a través de las preguntas lo vas a poder reconocer. Solo podemos gestionar aquello de lo que somos conscientes. Y todo eso que ignoramos nos controla a nosotras, así que cuántas más cosas saquemos de la trastienda, mejor.

Validar tus respuestas es otro de los pasos necesarios para avanzar, para pasar del lugar que ocupas a otro mejor. Cuando te dices que eso que necesitas es una chorrada, mal vamos; cuando te tachas de tiquismiquis o te excusas pensando que tampoco estás tan mal y que hay gente que está peor, no avanzas. También hay gente que está mejor, chavala, y sin duda lo han conseguido validando su voluntad, sus decisiones y sus criterios.

A la hora de ahorrarnos energía y frustraciones, preguntémonos si nuestro esfuerzo en tal asunto tiene alguna posibilidad de crear efecto. Seamos realistas y honestas, porque increíblemente no nos lo planteamos e, increíblemente, nos pasamos la vida dándonos cabezazos contra muros ajenos, pretendiendo que el de enfrente cambie su conducta, su manera de ser y comportarse, olvidándonos de que solo tenemos influencia sobre la persona que somos. Pero yo dejo la vida pasar, agarrada al “Soy perezosa, torpe, desafortunada”, viendo como imposibles proyectos que otras humanas como nosotras demuestran que son de lo más factible: ponerme en forma, llegar puntual, emprender, aprender inglés o divorciarse.

Otras preguntas útiles tienen que ver con los miedos, ¿de dónde viene mi miedo al fracaso?, ¿y mi miedo al qué dirán? ¿Quién me lo ha enseñado? ¿De verdad las posibles consecuencias de lo que sea son tan catastróficas?

Seguimos con las creencias, ¿Qué hechos empíricos demuestran que no soy capaz? ¿Y qué hechos demuestran lo contrario? ¿Hay alguien en mi familia que comparta esas mismas creencias sobre lo que una merece, sobre lo que es posible, sobre cómo se consiguen las cosas y sobre quién las consigue?

Vamos al color del cristal con el que veo la vida ¿Cuál es? ¿Me frena o me impulsa? ¿Conozco a gente que vea la vida de un color más bonito? ¿Qué puedo aprender de ellos? ¿Es mi actitud ante lo que me pasa la que más me ayuda a conseguir lo que quiero?

Y para ir acabando, la madre de todas las preguntas ¿Qué quiero? Porque difícilmente voy a conseguir algo que no deseo, que no sé lo que es. Es más, probablemente, más que encontrarlo, tengas que crearlo. Dejar de esperar para empezar a caminar. Una pista, eso que quieres de verdad te acerca al equilibrio, a la paz, a la estabilidad de la de verdad. No confundamos conceptos: hay gente muy centrada escalando el Everest o siendo funambulista, y gente muy desquiciada frente a un ordenador de ocho a tres.

El secreto es conectarte con tu esencia y, desde ahí, decidir y actuar. Darle al coco, pero para bien, no en un bucle que no lleva a nada. Análisis, creatividad y solución. Saber qué historia te has contado y cuál es la que te quieres contar a partir de ahora.

Muchas me preguntáis cómo saber lo que quieres. Ay, amiga, a veces no hay que saber, sino que decidir, pero no a tontas y a locas, sino después de haber buceado a tope en todo eso que nos hace felices y en todo eso que genera el efecto contrario. Para colmo de complicaciones, esos conceptos son cambiantes y esas marchas interminables que eran la felicidad absoluta a tus veinte, son el infierno a los cuarenta. La persona con la que querías estar a todas horas es una presencia insoportable unos años después. El trabajo con el que soñabas te hastía que no es ni medio normal. Y es que somos cambio. El truco es aceptarlo y navegarlo, saber por dónde sí y por dónde no. Simple, pero no fácil.

La respuesta siempre se esconde en la pregunta correcta.