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Autor: lasclavesdesol

Me llamo Sol, nací en el 73, tengo dos hijos adolescentes y ahora mismo soy coach, escritora y ponente en temas relacionados con el autoconocimiento y el desarrollo personal. Me encanta mi profesión y me encanta mi vida, pero hasta hace ocho años el panorama era bastante diferente: trabajaba en marketing y vivía inmersa en el bloqueo, el desasosiego y el agotamiento. Me sentía totalmente perdida. La empresa y la maternidad se tragaban toda mi energía y no sabía por dónde empezar para salir de esa situación, así que permanecía inmóvil, dejando que el estrés campara por mi cuerpo a sus anchas, con todo lo que ello conlleva: lumbalgias, anginas, herpes,… Hasta que, aún no recuerdo muy bien cómo, reuní fuerzas y decidí decidir. Y desaprender para aprender. Y formularme preguntas muy incómodas. Y respondérmelas. Seguí un proceso de coaching, empecé a investigar cómo funciona el cerebro humano en general y el mío en particular. Me formé como coach, como Practitioner en PNL. Me convertí en mi propio conejillo de Indias y aquí estoy, sintiéndome capaz, libre y plena. Por fin. En este programa voy a compartir contigo, a través de ejemplos del día a día, pautas claras y muchos ejercicios prácticos, todo lo que he aprendido durante estos años y que ha borrado de mi vida la parálisis y la insatisfacción. Todo lo que me ha llevado a la expansión, a priorizarme, a cuidarme, a saberme suficiente, a sentirme alineada con mis decisiones y con mis acciones. A que me pase lo que quiero que me pase.

El NO que nos define

Dedico algunas tardes a leer y recortar páginas que me llaman la atención, ya sean las que ocupan playas caribeñas, muebles de diseño escandinavo o entrevistas a gente que me inspira. No guardo los recortes, los dejo sobre mi escritorio, porque me gusta ver lo que me gusta.

La inspiradora de hoy ha sido Isabel Coixet, que comienza su presentación contándole al periodista todo aquello que no soporta. Interesante, porque a la mayoría nos cuesta definirnos más allá de nuestro trabajo incluso en términos positivos, ya no te cuento en negativos, con lo feo que queda, con el pie que da a que otros te lleven la contraria. Qué miedito. Ella se queda tan a gusto: que si no me gusta Quim Torra, que si no me gustan las peleas del feminismo.

Lo que no te gusta te define tanto como lo que sí, determina en qué sentido decidir y cuánto de valiente y de autónomo tienes. La Coixet afirma sin esperar a que otros le den la razón, se basta y se sobra, que es lo que todos deberíamos hacer. Hay que ser inteligente para detectar y valiente para manifestar, porque tras el discurso llegan las críticas. Que se lo cuenten a quienes defienden que no quieren ser madres y les cae la del pulpo, como si le negaran su derecho a otras. O a los que rechazan ofertas por las que otros matarían, pero tú quién te has creído que eres. A la Coixet le ofrecieron un ministerio y a la vista está que dijo que no. Con las que algunos lían por estar ahí, hay que ver.

El respeto que el prójimo muestra ante tus aseveraciones tiene mucho que ver con la claridad, el convencimiento y la naturalidad con las que las defiendes. No nos tomamos en serio a quien vive pidiendo perdón, escondido bajo complejos, ansiando contentar al planeta entero, sin éxito, claro. En cambio, no rechistamos ante el que no ofrece resquicio en sus argumentos, y no hay argumento mejor que la absoluta subjetividad cuando el asunto solo te afecta a ti. El “sobre gustos no hay nada escrito” de toda la vida de Dios, ese que no respetan los que se ven atacados por la libertad ajena.

“No le veo el qué a este restaurante tan caro y tan famoso”, “el tío ese que cobra un pastón por conferencia me parece un cantamañanas”, “no me gusta el campo”: las afirmaciones que para unos suponen brazadas contra la corriente, para los Coixets del planeta no es más que bañarse despelotado en aguas mansas y cristalinas. Y es que la resistencia nos la creamos nosotros, o nos la han creado los que nos educaron para pertenecer al rebaño y no cuestionar. Y no cuestionarnos.

El rebaño es infeliz mientras mira de reojo a las ovejas negras que campan felices, a su puñetera bola. Las ponen verdes mientras envidian su desparpajo e intentan comprender por qué insisten en no someterse a estereotipos que algún desconocido se inventó cuando estaba aburrido y tenía muchas ganas de joder al prójimo.

Observamos las negaciones para entristecernos, pero las ignoramos cuando suponen una pista de quiénes somos y qué hemos venido a hacer aquí. Las enarbolamos para recordarnos de lo que no somos capaces, lo que no sabemos hacer, lo que no hemos aprendido, pero nos resistimos a ellas cuando se tratan de defender nuestros límites, nuestro tiempo o nuestras opiniones. El no como guillotina o el no como representación de la solidez y la coherencia: voto por lo segundo.

Dispersas o arborescentes: esa es la cuestión

Nos pasa, me pasa, te pasa. Te gastas un empane total que te impide saber qué día de la semana es o para qué has ido a la cocina. En el caso de algunas, como la que escribe, esta nube gris que nos acecha no ha hecho más que incrementar la disgregación mental habitual.

Dónde he dejado las llaves, qué hace el mando de la televisión en la nevera, por qué lleva dos días la ropa mojada dentro de la lavadora.

Cené hace unos días con unas señoras que saben mucho acerca del funcionamiento del cerebro. Comentando con ellas que ando como pollo sin cabeza y que me cuesta la vida centrarme en una sola idea, ya sea escribiendo, impartiendo charlas o hablando con mis queridos hijos, una dijo: “No te preocupes, tienes pensamiento arborescente”.

Ah, vale.

Sin saber todavía si eso es mejor, peor o igual que ser dispersa de narices, el nombre me gustó más. Árbol, ramas, qué bonito. Y tiene lógica, además.

Teniendo en cuenta la influencia que tienen las palabras con las que nos definimos sobre nuestro autoconcepto y autoestima, lo de la ramificación me parece más constructivo que el resto de adjetivos que conocía hasta ahora para describir el solape de ideas, el chorreo de imágenes continuo. El enredo y el olvido, uno detrás de otro.

Qué cruz, Señor. Y qué cansancio.

La solución pasa por saber cómo funcionamos los que, en lugar de caminar sobre una línea, nos conducimos entre un laberinto de emociones, posibilidades, recuerdos y asociaciones mentales. El hemisferio derecho de nuestro coco funcionando a todo lo que da. Para nosotros se convierte en una tortura el darle forma a un proyecto, estructurar una reunión o un discurso, hacer un plan de fin de semana.

Como contrapunto, menos mal, somos capaces de pensar fuera de la caja, expresión americana para definir a los que aportan soluciones diferentes y creativas a problemas de siempre. La ventaja es la velocidad, el problema es el caos y la hipersensibilidad.

Coger esa masa gigantesca e informe para convertirla en palabras se convierte en tarea casi imposible.

Te levantas pensando y te acuestas pensando. Y, a veces, sueñas pensando. Quizás haces más cosas que la mayoría, ya que se te ocurren más cosas que a la mayoría. Pero siempre tienes la sensación de que no has hecho lo suficiente, porque es imposible que el mundo real tome la velocidad de tu pensamiento.

Y maldices cada idea que llega en la ducha porque no puedes apuntarla. Sabes que desaparecerá para siempre jamás, devorada por los otros millones de ideas que están esperando en la cola, histéricas.

Y aguantas la respiración esperando a que salgan. Pero nunca acaban, las muy cabronas.

En los exámenes, lo aprendido llega mucho más rápido de lo que la mano puede reflejar y te da miedo que se te olvide, entonces apuntas palabras sueltas a toda velocidad en los márgenes, y a lápiz, para poder borrarlo.

Consecuencia de la velocidad en la escritura es la mala letra. Cuántas veces me llamó el profesor en la facultad para que le leyera el examen. Incluso a mí me costaba entenderme.

Cuando llega el momento de analizar una noticia, te aturde la sensación de no saber por dónde empezar. Eres capaz de colocarte en tantos ángulos que te mareas. El de al lado expone su opinión con total claridad, y sabes que la tuya está ahí, oculta en la maraña, pero no la encuentras.

Un arma útil para aliviar esta anarquía es la escritura. Cazar lo que orbita a mi alrededor y plasmarlo en un papel, a mano, porque así obligamos al cerebro a sintetizar y autorregular. A canalizar y regular. Escribir es, en esto como en todo, alivio y exorcismo. Menos mal.

Pequeños gestos cotidianos (o cómo hacer que tu vida sea mierda o maravilla)

En este verano aún pandémico estoy aprendiendo unas cuantas cosas, o mejor, confirmando algunas que ya me olía. Una de ellas es la consabida importancia de los hábitos, esas pequeñas cosas que hacemos o que no hacemos cada día y que, en treinta años, se convierten en una montaña. De mierda o de maravilla, según sea la cosa o la omisión de la cosa.

He vuelto al pueblo en el que crecí tras treinta años sin pisarlo prácticamente. Mis compañeras de clase, que en mi mente siguen teniendo catorce años, llevan coleta y visten un uniforme de pata de gallo azul tienen cuarenta y ocho, como yo, claro.

El contraste entre mi idea y la realidad, entre la de los ochenta y la del siglo veintiuno, es mayor o menor según eso que han repetido hasta la saciedad, ya sea deporte, beber como cosacas, olvidarse de sí mismas, estudiar, viajar, vivir en equilibrio, aprenderse, drogarse lo más grande, hundirse en el sofá o dibujar una sonrisa por jodidos que vinieran los tiempos.

Mentes tan consumidas como los cuerpos que ocupan, o seres de luz: felices, descojonadas, chorreando ganas.

Lo de siempre, las decisiones que un día tomaron y que detonaron el resto de decisiones, el resto de mañanas, de noches, de meses y de años. De décadas. El crecimiento o el hundimiento. La alegría o la degradación. Y entre ambos extremos, un abanico no demasiado variado, la verdad. No hay medias tintas en esto de joderse a una misma o de tratarse la mar de bien.

También he sabido de sus padres, aquellos que tenían nuestra edad cuando nosotras compartíamos pupitre. Los treinta años de repetición se han convertido en sesenta en su caso. Todo multiplicado a la enésima potencia. Dejando de un lado las escasas variables que dependen de la suerte, las existencias y los cuerpos y las almas bien tratadas siguen transitando con ilusión, que es causa y es consecuencia: el pez que se muerde la cola encantado de la vida.

Los que chorreaban amargura a los cuarenta y ocho, son un despojo a los setenta y ocho, como era de esperar.

De nada sirve lamentarse porque lo hecho, hecho está. Ojalá poder viajar al futuro para mirarnos en un espejo que nos cuente la cruda realidad, esa que es producto, casi siempre, de lo que nosotras queremos y nos queremos. De la historia que nos queremos contar. De si hemos sabido evolucionar o hemos dejado tantos vacíos sin llenar que el vacío se nos ha zampado vivas.

Ojalá aprendiéramos de los errores propios y ajenos y nos dedicáramos a pensar un rato al día quiénes queremos ser esta tarde, la semana que viene, dentro de cincuenta años. Y del pensamiento al plan: al paseo cada mañana; a venerar la belleza en toda su extensión, empezando por nosotras; a decir que no a lo que nos jode y perseguir lo que nos abraza. A darnos cuenta, lo primero, y a hacernos cargo, lo segundo.

Ojalá, poder viajar al pasado para contarnos todo lo que ahora sabemos y conseguir que la de catorce aplauda a la de ahora. Y la de ahora a la de setenta y ocho. Con eso lo tendríamos todo.

             

Reaprender a relacionarme: simple, pero no fácil.

No podemos elegir lo que no sabemos que existe: repito esta frase cada día por varias razones. Porque, para mí, la felicidad radica en decidir, en elegir, y también en avanzar. Y no hay avance sin conocimiento, sobre nosotras mismas, sobre el mundo, sobre el producto de mezclar todos esos elementos.

La frase aplica a un vestido, a un sueldo, a una ciudad o a una manera de vivir y comportarse. Pasarse la existencia encerrado en uno mismo, en tu burbuja, en lo de siempre, en lo que ya sabes solo lleva a la ignorancia de una vida mejor al otro lado del muro. Al humano le encanta lo conocido aunque lo conocido le joda vivo. Le encanta aferrarse a su “Yo soy así” aunque eso le convierta en la mitad de lo que realmente es.

Los patrones en las relaciones no escapan a esta realidad. Nos tratamos y tratamos teniendo en cuenta lo que nos han enseñado, o mejor, lo que hemos aprendido. Si hemos aprendido dulzura y respeto en nuestra familia, así actuaremos. Si hemos aprendido gritos e imposición de poder, tiraremos por ahí, sometiendo o sometiéndonos. O nos enseñan que podemos decir que no, que hasta aquí, que a mí me hablas bien o dejaremos que nos vapuleen por los siglos de los siglos. O vapulearemos. O las dos cosas.

Lo que nos inoculan en nuestras familias, de pequeñas, determinará quiénes somos el resto de nuestra vida. Qué miedito, ¿no? Tranquila, falta la segunda parte: a no ser que descubras otras maneras de relacionarte y decidas aprenderlas, cueste lo que cueste, porque de todos es sabido que aprender un idioma es mucho más difícil a los cuarenta que a los cuatro. Difícil, pero no imposible. Las ganas todo lo consiguen, y la acción, claro. Nadie dijo que rebelarse no doliera.

El mecanismo es simple, que no fácil. Lo primero: interiorizar el hecho de que la mayoría de los “Yo soy” son en realidad “Yo estoy” o “Me han enseñado que soy”, un poco como la caverna de Platón: no veo todo lo que hay, así que me convenzo de que no hay. Lo segundo es estar dispuesto, querer cambiar, ser una esponja en todos los momentos de nuestra vida; olernos que esas sombras de la caverna me ocultan una verdad que quiero explorar, y echarle ovarios, porque la valentía es otro ingrediente indispensable en esto de cambiar, aunque sea para bien. Porque no todos están dispuestos a aceptar que vas a pirarte del lugar en el que te colocaron: pues tú verás si te acostumbras o te piras, en tal caso: ADIOSITO.

Paralelamente, es necesario generar un criterio que nos ayude a filtrar lo que sí nos gusta y lo que no (los gritos, el cariño, la tensión, la paz, la reflexión, el control extremo, la buena gestión), porque no todo vale. Y validar el criterio, claro, porque la inseguridad nos lleva a buscar aprobación ajena y eso es entrar otra vez en la rueda de hámster. Las opiniones son como los culos, cada uno tiene el suyo y el tuyo es tan divino como todos los demás.

Como siempre, la clave para mejorar está en la observación de esas conductas que nos gustan, que nos atraen más que la que hemos practicado hasta ahora: observamos a la que es ordenada porque eso le facilita la vida; a quien respeta; a quien considera a sus semejantes como semejantes y no como esbirros; a quien es capaz de gestionar sus emociones; a quien cumple su palabra; a quien crea belleza con su presencia, en su casa, en sus conversaciones; a quien es detallista y ofrece un regazo blandito y amable; a quien es educado en cualquier situación; a quien es capaz de decir que no y establecer límites. A las familias que se tratan como familia, y no como un enemigo a machacar.

Observamos y nos convencemos de que podemos ser así, porque queremos ser así, lo que pasa es que no lo sabíamos. Así que vamos a desgranar cada detalle de esas conductas: cómo se organizan, qué es importante para esas personas, qué es lo que siempre hacen y qué es lo que nunca, qué decisiones toman, sus porqués y sus para qués; podemos, incluso, hacerles preguntas, porque seguro que están dispuestos a ayudarnos. Nos contarán, seguramente, que les sale de forma natural porque así lo han vivido desde la cuna. Y nos daremos cuenta de lo importante que es transmitirles lo correcto a nuestros hijos, si los tenemos.

Una vez observado y desgranado todo ese mogollón de comportamientos que nos gustan y queremos implementar, solo nos queda copiar. Ojo, que no se trata de convertirse en otra, sino de reaprender y adoptar una postura vital que nos acerque a esa que queremos ser, a generar vínculos que sean vínculos y no guerras, y no ignorancia, y no Yo mando y tú obedeces, y no competición. A un camino que tenga que ver con lo que es realmente importante para mí y que he ignorado hasta ahora porque me contaron que solo había una manera de vivir y relacionarme, una que me convertía en esclava de esquemas ajenos, que me obligaba a someterme a designios que no tienen nada que ver conmigo.

Ya va siendo hora de conquistar la libertad, querida.

     

Cosas que he aprendido (esta semana)

Que amo el silencio por encima de unas cuantas cosas y que por eso voy a perseguirlo. Vale, esto ya lo sabía, pero no hago más que corroborarlo. Que hay un pueblecito en el Baix Empordá llamado Monells que es sumamente medieval, bonito y silencioso donde pienso pasar algunos días de mi vida, porque hay lugares que te abrazan en cuanto los vislumbras y a los abrazos hay que hacerles caso.

Que hay abrazos que no caducan, que no decaen, como esos que me estoy dando sin pausa y sin prisa con las amigas con las que compartí colegio durante tantos años. Que hay personas con las que todo está contextualizado, que son desde siempre, que son familia, que son esa parte de ti que se quedó por el camino mientras crecías o decrecías, según el caso. Que treinta años no son nada si aquel chaval con el que paseabas en moto durante horas sigue siendo igual de amable, de risueño y de tierno que a los quince. El fondo, la forma, lo de siempre.

Que las casas, los cuerpos y los cerebros se estropean si no los usas, si no los aireas, si no los mantienes. Que el cuerpo más bonito del mundo se convierte en escombro cuando lo maltratas y que la mente se derrite con esa misma facilidad. Que eso que haces cada día un poquito es una barbaridad al cabo de treinta años, ni te cuento al cabo de sesenta,  y es lo que define quién eres y quién serás. Puede ser beber, hacer ejercicio, drogarte, leer, pasear, regodearte en tu propia mierda o compartir tiempo con gente maravillosa, tú eliges. Que, lamentablemente, a veces solo te das cuenta cuando ya no hay marcha atrás y que, afortunadamente, muchos estamos aún a tiempo de tomar las decisiones adecuadas: esas que nos harán aplaudir cuando no quede tiempo hacia delante y hayamos celebrado todo el que hay detrás.

Que no hay mayor aprendizaje que observar a los que ya lo han hecho, o a los que no lo han hecho. A los que lo hicieron bien y a los que lo hicieron mal. A los que se dejaron llevar o a los que agarraron el volante.

Que la Sol de cuarenta y ocho le arrearía bastantes más collejas a la de doce que a la inversa. Por qué tan obediente, por qué tan responsable, por qué no seguiste escribiendo, so gilipollas. Menos mal que aquí estás, ensimismada ante el teclado mientras tus adolescentes duermen. Menos mal que un día decidiste preguntarte, chata.

Que la adolescencia va por libre y no tiene nada que ver con tu voluntad o con tus sermones y que mejor es respirar y rezar para que todo salga bien en lugar de darte cabezazos contra muros ajenos. Y mientras tanto disfrutar, ir un poco a tu bola. No te lo están haciendo a ti, solo les está pasando. No tienes la culpa. No hay que empujar todo el rato. Nada es tan grave, ellos tampoco.

Que la sabiduría no es otra cosa que observar, elegir y aplicar. Que la valentía, la creatividad y la ambición se entrenan, como todo. Que la ambición no es querer tener más, sino querer ser mejor. Que ser mejor es saber más.

Lo que yo quiero ser.

Escribo estas letras sobrevolando el Atlántico. Voy hacia mi querida Ciudad de México. Y me leo y me emociono. Hace exactamente dos años andaba yo por tierras mexicanas, en un momento en el que necesitaba estar en casa, arropada por mi familia elegida, que es la mejor familia. Y es que, como comentaba hace poco mi querida Anne Igartiburu, el hogar está donde está tu amor. Y mi mucho de mi amor está esparcido entre Polanco, la Roma, nuestros desayunos en el jardín del Four Seasons y los paseos por la avenida Amsterdam.

Doce horas de avión dan para mucho. Para mucha lectura, mucho pensar y mucha película. Tenía pendiente desde hace años ver “El exótico Hotel Marigold”. Tenía pendiente desde hace meses, también, estar a solas con esta cabeza mía, tan dispersa, tan movida, tan cansada últimamente. Y de la combinación entre película y soledad ha surgido una idea. Qué bien, cuánto hacía que no pensaba sin prisa, que no se encendía esa chispa que me lanza sobre el teclado. Escuchaba el otro día en una charla TED que una idea es cualquier cosa que puede cambiar la manera en la que la gente ve el mundo. Y una idea es, también, cualquier cosa que puede cambiar la manera en la que nos vemos a nosotras mismas. Para vernos es necesario, lógicamente, tomar el tiempo necesario para mirarnos.

En la peli, algunos de los personajes se regodean en la queja, en la amargura. Todos conocemos a algunas personas que pinchan como erizos, ante las que te mantienes en guardia porque no sabes por qué ni para qué, pero alguna razón encontrarán para aguarte la fiesta, por imposible que pueda parecer. Por reprochar e intentar que te sientas culpable. Alejémonos de esos, por favor os lo pido.

También conocemos, menos mal, a otros que deciden (porque es una decisión, que nadie se confunda) ponerse los cristales de colorines a la hora de contemplar el mundo y a sí mismos. Que contagian su dulzura, que son tu casa. Y siento la necesidad imperiosa de posicionarme. Se me olvidan los grises, el enorme abanico, las medias tintas. Solo me apetece el rosa, o mejor el fucsia. El fucsia chillón a más no poder.

Y se me ocurre que mi idea, la de hoy, es que, si la vida va de crear impacto, mejor inventar uno suave, brillante, blandito y divertido.

Mi idea no va de tener una vida fácil, sino una vida grande. Llena. Que se me salgan por las orejas los encuentros, las charlas interminables, los amigos nuevos y los viejos amigos.

Mi idea es que si voy a dejar huella, chorreará purpurina y lentejuelas. Y luz, para saber por dónde voy y para compartirla con otras. Yo quiero ser el abrazo, la sonrisa, el lugar seguro, la sal y la pimienta, el baile y las risas; catalizador, gasolina y trampolín. Y la alegría, siempre la alegría; el aire fresco o el abrigo, según convenga; el ejemplo de lo que sí, la valentía, la libertad; Quiero ser buena y justa; aplaudir, agradecer, perdonar y perdonarme; quiero ser tan sabia como joven, hasta que me muera de vieja.

Mi idea principal, desde ya, es generar cosas que cambien la manera en la que la gente ve el mundo y a sí mismos. Que lo vean mucho y que lo vean bien, porque no podemos elegir algo que no sabemos que existe o de lo que no nos creemos capaces.