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Autor: lasclavesdesol

Me llamo Sol, nací en el 73, tengo dos hijos adolescentes y ahora mismo soy coach, escritora y ponente en temas relacionados con el autoconocimiento y el desarrollo personal. Me encanta mi profesión y me encanta mi vida, pero hasta hace ocho años el panorama era bastante diferente: trabajaba en marketing y vivía inmersa en el bloqueo, el desasosiego y el agotamiento. Me sentía totalmente perdida. La empresa y la maternidad se tragaban toda mi energía y no sabía por dónde empezar para salir de esa situación, así que permanecía inmóvil, dejando que el estrés campara por mi cuerpo a sus anchas, con todo lo que ello conlleva: lumbalgias, anginas, herpes,… Hasta que, aún no recuerdo muy bien cómo, reuní fuerzas y decidí decidir. Y desaprender para aprender. Y formularme preguntas muy incómodas. Y respondérmelas. Seguí un proceso de coaching, empecé a investigar cómo funciona el cerebro humano en general y el mío en particular. Me formé como coach, como Practitioner en PNL. Me convertí en mi propio conejillo de Indias y aquí estoy, sintiéndome capaz, libre y plena. Por fin. En este programa voy a compartir contigo, a través de ejemplos del día a día, pautas claras y muchos ejercicios prácticos, todo lo que he aprendido durante estos años y que ha borrado de mi vida la parálisis y la insatisfacción. Todo lo que me ha llevado a la expansión, a priorizarme, a cuidarme, a saberme suficiente, a sentirme alineada con mis decisiones y con mis acciones. A que me pase lo que quiero que me pase.

El Día de la Madre (jodida).

Qué de felicitaciones el domingo en las redes, en los hogares.

Qué de colas en las floristerías, en los locales de comida para llevar.

Todo muy comercial, muy bonito y muy festivalero. Oye, a favor: activemos la economía y celebremos, que falta nos hace todo. Pero si buceamos hasta el fondo de la cuestión, o sea, hasta las madres, nos las encontramos jodidas.

Agotadas, agobiadas por la multitarea, con la carga mental reventándoles los sesos y con la culpa aplastándolas a todas horas. No sé por qué hablo en tercera persona, la verdad. Corrijo: mis sesos, mi culpa, mi agotamiento, mi agobio.

Esto es así históricamente y lo damos por válido. Hemos confundido lo normal con lo común y no se percibe el problema, así que no se busca solución. A los hechos me remito.

No querías caldo, pues toma confinamiento. Ya se ha escrito mucho sobre lo que supuso para todos, solo voy a subrayar la parte que me toca, que nos toca: teletrabajando, haciendo de profe, intentando que nuestros adolescentes no se mataran y, para rematar la jugada, coronavíricas perdidas. Es imposible que estas letras reflejen ni la décima parte de la angustia.

En estas que llega Filomena y los colegios se cierran diez días. Otra vez.

Todos, incluso aquellos que a los cuatro días de la tormenta tenían los accesos despejados. Llueve sobre mojado, o mejor, nieva sobre inundadas. Y aquí sólo menciono fenómenos tan modernos e improbables como una pandemia mundial o una nevada siberiana en el centro de España, pero podríamos pasar un buen rato debatiendo sobre todos los días festivos en el colegio, lectivos en lo laboral.

Caos total.

Como nota curiosa, recordaré el día previo al confinamiento, cuando los escolares paseaban de las manos de sus abuelitos o chuperreteaban las barras de los autobuses. Todo de lo más lógico.

Para guinda, las elecciones del 4 de mayo. Que si el artículo 8.2 de la Ley 11/1986 Electoral de la Comunidad de Madrid establece que los comicios deben celebrarse el cuarto domingo de mayo del año que corresponda. A no ser que haya una disolución anticipada, en cuyo caso, las elecciones deberán celebrarse “el día quincuagésimo cuarto posterior a la convocatoria”. O sea, un martes cualquiera.

Busco artículos sobre el sarao que eso supone para las familias, pero sólo se hace hincapié en que los chavales han perdido muchos días de clase entre unos asuntos y otros y que a ver si alargan el curso tres o cuatro días.

Qué sarta de gilipolleces, por el amor de Dios, como si eso fuera a suponer una diferencia en su historial académico.

Eso sí, en ningún lado se mencionan estrategias de conciliación, o qué tienen previsto los que mandan ante los meses de teletrabajo que nos quedan, o qué pasa cuando los currantes y, sobre todo, las currantas, o no pueden ir a trabajar porque han de cuidar a sus hijos, o han de descuidar a sus hijos para poder comer. 

O confiar en alguna amiga o vecina para que se los quede y a la próxima serás tú la que cargue con la reata de criaturas. Sólo había que salir a la calle el martes para constatar esta realidad: una mujer, cinco o seis niños. Otra mujer: otros seis o siete. De eso no habla en ningún lado.

Jodidas e invisibles. Un poco como lo del huevo y la gallina.

Tras el confinamiento escuché a una profesora justificar, ante varias madres que se lamentaban de la situación, que los colegios no eran guarderías, que no estaban para encargarse de los niños mientras los padres se dedicaban a otras cosas. Pues ya me dirán qué pintan entonces los comedores escolares y las extraescolares, señora profe.

La organización de las familias, de la economía, se basa en que alguien se ocupa de nuestros hijos mientras nosotros producimos. Lo que viene siendo levantar el país.

No estaría de más que el país nos levantara a nosotras de vez en cuando o, al menos, intentara no hundirnos.

La Pedroche y los Plastóxicos.

Nada nuevo. La Pedroche ha subido una foto a Instagram. Algunos la han halagado por su forma física y otros la han criticado, aduciendo que está obsesionada con el deporte.

Ella responde que no está obsesionada con nada más que con convertirse en su mejor versión, sea haciendo ejercicio o meditando. Pues muy bien todo.

Nos afectan esas nubes grises con dos patas que, incapaces de mejorar su vida, se centran en empeorar la de los demás. Unos plastas de tres pares de narices, ahora llamados tóxicos, que encuentran la paja en el ojo ajeno aunque no exista, que embadurnan de porquería lo más inimaginable.

Lo suyo sería alejar a estos plastóxicos del resto de la población, pero nos encontramos con dos grandes obstáculos a la hora de llevarlo a cabo. No sabemos decir que no y los plastas no llevan unas antenas que anuncien lo coñazo que son.

A veces, las circunstancias impiden que les mandemos a la tomar por el jander a la primera de cambio porque son nuestro jefe, nuestro hermano, nuestra cuñada…

La energía es finita, así que ellos reservan la suya para disparar y, como te pillen en un día flojo, te hunden, destruyen tu autoestima porque en tu cabeza no cabe que haya alguien tan desquiciado como para ponerte verde sin razón. Así que la culpa es tuya.

Por hacer ejercicio, por no hacerlo, por tener un buen curro, por no tenerlo, por ponerte esa falda, por cambiarte de peinado, por llevar siempre el mismo peinado. Por respirar, por existir.

Y tu energía finita se centra en comerte el tarro, cuando lo acertado sería seguir con tu vida y, si acaso, sentir lástima porque el plastóxico es, además, sumamente desgraciado.

El plastóxico pertenece al 80% de la población que anda preocupada por su puesto de trabajo según el CIS, pero no al 20% que aprovecha esta situación para reciclarse. Al 80% de estresados crónicamente, pero no al 20% que practica yoga, meditación o mindfulness.

El plastóxico encuentra los problemas, pero nunca las soluciones. Nunca aplaude porque está demasiado preocupado en abuchear. A la Pedroche en este caso. A decenas de personas de su entorno cada día.

Los plastóxicos, apoltronados en su sillón marrón, eternamente en pijama (feo, por supuesto), critican a los que, en lugar de sobrevivir, viven.

“La envidia les corroe. Mi vida les agobia. Por qué será. Yo no tengo la culpa. Mi circunstancia les insulta” que diría Alaska. Cuánta razón, porque lo que siente el plastóxico al contemplar el abdomen de la presentadora, o cualquier otro bien durito, es un ataque.

Lo mismo con cualquiera que se fije un objetivo y tenga la voluntad de perseguirlo, cueste lo que cueste. No soportan el brillo porque les recuerda su oscuridad.

Dice la Pedroche que cada uno debería buscar su mejor versión. Pero, amiga, a los plastóxicos eso les suena a japonés antiguo. Aquí se suman a la canción de Alaska cuando manifiesta que “nunca cambiaré”, así que no nos queda otra que cambiar nosotros. Porque la tristeza de estos seres se contagia y no está el horno para bollos. Nunca, pero ahora menos.

El antídoto es una media vuelta (como estoy hoy con el cancionero), física si nos es posible. Emocional, en cualquier caso. Mentalizarnos con que, lo que dice Pedroche, ya sabemos de quién es. Poner distancia entre su pesadumbre y nuestra purpurina.

Sonreírles y desearles mucha mierda, que es lo que les gusta.

Hijos adolescentes: el gran festival. 

Este es uno de esos textos que surgen más desde la duda y el desconocimiento que desde la intención de aportar luz. Aquí, la que necesita una bombilla tamaño gigante es servidora. Qué alguien me diga cómo se hace esto, porque yo no tengo ni flores. 

Y es que, por mucho que nos digan, no te imaginas lo dura que puede ser la maternidad en general y la de un adolescente en particular. Dos en mi caso. Toma ya. 

Medito cada mañana nada más despertarme para conseguir un extra de paciencia y rollo zen, para convencerme de que hoy el día transcurrirá en paz. Siempre en mi eje, no gritaré, ejercitaré mi paciencia, practicaré la comunicación no violenta. Tengo herramientas, que soy coach, joder, que yo sé de qué va esto.

Cinco minutos me dura el rollo pacífico, a veces menos. Porque la capacidad de mis retoños para acabar con el silencio y la paz mental es muy superior a la mía por mantenerla. Hay que reconocerles esa habilidad. Es bajarse de la cama y empezar la batalla.

Respira, Sol, respira. 

  Y aquí están los gritos del mayor.     Respira.     Y los golpetazos del pequeño.     Respira, hoy lo vas a conseguir.    Y más gritos.    Ni respiraciones ni hostias, desquicie matinal conseguido. OTRA VEZ. 

Creo que la cosa sería más llevadera si yo lo hubiera sido menos, es decir, cuando uno la ha liado parda entiende mucho mejor que otro lo haga. Supongo. O al menos esa es mi conclusión cuando me desahogo con mis amigos tras la enésima salida de tiesto de cualquiera de mis vástagos y me confirman que ellos también se pasaron las normas por el jander en multitud de ocasiones. Les restan importancia porque sus gamberradas de adolescencia no les han impedido ser adultos felices y responsables, que es todo lo que uno debería querer ser. 

Me pregunto de dónde sale tal impermeabilidad en cuanto a los valores que una les intenta contagiar y tal inventiva a la hora de crear conductas tocadoras de pelotas, ovarios en este caso.  

Cuánta frustración, amigas. Qué sensación de que todo tu esfuerzo y tu cariño resbalan retrete abajo. Qué puto agotamiento. Y la culpa, claro, contándote que podrías hacerlo mejor, que en algo estás fallando; que eres una histérica porque tampoco es para tanto, pero que no te descuides un pelo porque en cualquier momento lo es. La culpa, tan inútil y tan molesta.

Repito: qué puto agotamiento. 

La naturaleza es sabia y me hizo abstemia, porque si no, aparte de harta estaría alcoholizada.

Lo que nos faltaba era el confinamiento del 2020. El planeta andaba de lo más relajado, pero yo curraba doce horas al día, cocinas y limpiezas aparte, mientras recibía llamadas de los tutores porque mis vástagos no se conectaban al puñetero Zoom. Todo ello aderezado por un precioso coronavirus que me robó el gusto y el olfato y la energía. Conectarse al cole no, pero cargarse un iPad y un Mac, eso sí. Ya os digo que el coronavirus en mi confinamiento fue lo de menos. 

Y es que es que querer a veces no es poder cuando entra en juego la voluntad de otro ser humano en edad de comprobar límites a todas horas. Cuando la realidad es que nuestro poder acaba donde acaba nuestra persona y lo único que cabe es seguir en línea recta, machacando las tres famosas ces: coherencia, consistencia y constancia. Y rezar, o lo que sea que hagamos los ateos en lugar de rezar, para que todo eso surta efecto. Y procurarte un entorno que te entienda, te apoye y te abrace y no te juzgue cuando maldigas y despotriques y te desesperes. Y tomarte la vida con humor y autoamor, porque no hay mal que cien años dure (ni cuerpo que lo resista, ojito).

 

Teletrabajo: cómo disfrutarlo todo el rato (o casi)

No sé en qué momento estás leyendo este texto, querida lectora. Si el teletrabajo se habrá extinguido o si se ha convertido en la nueva normalidad. Si, además de imposición es ya un gustazo o si no hemos sido capaces de adaptarnos. O si cada uno hace lo que mejor le parece teniendo en cuenta su productividad, sus circunstancias y qué es lo que le da felicidad. Ojalá esto último. 

 Escribo estas letras el 13 de abril de 2021, os lo cuento por aquello de contextualizar. Mucha gente teletrabaja en el planeta entero y lo que, para unos, es una bendición, para otros es el infierno.  

 ¿Cuál es la diferencia entre unos y otros? 

 En general, los pros del teletrabajo están bastante claros: no se pierde tiempo en traslados, la conciliación es más fácil.  

La mayor desventaja es, en general, la falta de contacto con otros seres humanos que genera sensación de desconexión, soledad, tristeza y, a veces, dejadez en forma de pijama y pelos alborotados. No me cuido, no me veo bien, no me siento bien: un clásico.

Hay quién se concentra más en la oficina y hay quién lo consigue en la soledad del hogar. Hay quien gestiona mejor su tiempo cuando la lavadora y la tele están lejos y otros que consiguen resistirse a las tentaciones hogareñas sin problema con lo que su jornada se alarga hasta el infinito. Hay quién para el teletrabajo es fuente de estrés y para quien es un regalo. A estos últimos: felicidades. Para ti, persona que no disfruta currando en casa, es este artículo. 

Vamos a por unos cuantos consejillos para hacer del teletrabajo algo más llevadero. Lo primero es desmenuzar las razones que te desagradan de esta situación para trazar un plan de acción. Lo de siempre: dónde estoy, donde quiero estar, qué necesito para llegar de A a B, qué herramientas tengo, qué es lo que tengo que conseguir:

  • Para pasar de la sensación de tristeza a la alegría:
    • Baila, chavala. Ya, esto no sale en los demás artículos que has leído sobre este tema, pero es MAGIA. Las canciones veraniegas son anclajes naturales que te llevan al momento en el que las escuchabas; tu hermoso cerebro, que no distingue realidad de recuerdo, se cree que andas en cualquier garito playero y se pone a fabricar sustancias gustosas que te dan buen rollo. El movimiento relaja tus músculos y te regala endorfinas, hormonas de la felicidad. Levántante con tus témazos favoritos y verás el cambio. Te dejo aquí mi lista de Spotify «Bailoteo Pandémico».
    • Rodéate de belleza, llénate de ella: algunas me habéis comentado que os gusta el hecho de vestir cómodas cuando estáis en casa. Una cosa es la comodidad y la otra es el rollo indigente. Otra cosa no, pero modelitos con goma en la cintura y monos, hay por todas partes. Invierte, que aún te queda un rato de teletrabajo, querida. Perfúmate, peínate. Si te apetece, dale al rímel y al pintalabios rojo ¿Cómo que nadie te ve? Te ves tú, que eres la importante aquí.
    • Otra de las ventajas de estar en casa, según mis encuestas, es no tener que llevarte el tupper a la oficina y comer mejor. Pues aplícate el cuento. Porque las cinco claves del autocuidado son comer sano, hacer ejercicio, dormir un mínimo de siete horas, descansar y hacer algo que te guste. Yo añado meditar, de eso hablamos más adelante. Móntate un plato bonito, como si estuvieras en un restaurante, trátate como la reina que eres en cada comida del día.
    • A estas alturas supongo que ya tienes un espacio destinado al curro. Ponle unas florecitas, una vela que huele bien, escoge tu taza favorita para ir bebiendo (hidrátate, por el amor de Dios). Que mires tu mesa y digas Joder, qué bonito. Así da gusto.
  • Para pasar de la mala a la buena gestión de tu tiempo:
    • Crea rutinas: me levanto, hago ejercicio, me ducho, desayuno bonito y a tal hora me siento a trabajar (o cómo a ti te vaya mejor según cómo funciones). Nada de poner lavadoras o limpiar los cristales en medio de la jornada: reservo un tiempo al día para hacerlo, el que mejor me vaya teniendo en cuenta cuál es mi hora de mayor productividad laboral. Ten en cuenta que la buena gestión de tu tiempo es la buena gestión de tu vida y que para conseguirla, has de tomar decisiones y llevarlas a cabo.
    • Destierra el teléfono mientras trabajas, a un armario. Tenerlo sobre la mesa disminuye tu productividad aunque no lo cojas.
    • Programa todo lo programable: correos, publicaciones en redes, etc.
    • Apunta todo lo que tienes pendiente para liberar espacio mental.
    • Una cosa a la vez: no a la multitarea.
    • Usa herramientas que midan el tiempo que te lleva cada tarea para poder agendar siendo realista y para saber en qué se te va el tiempo. Yo uso Toggl.
  • Para pasar del estrés a la calma: 
    • Con la buena gestión del tiempo ganarás mucha,
    • Medita cada día, o practica yoga o mindfulness. Hay que darle un descanso al mono loco que tenemos por cerebro, es salud, es autoamor y es felicidad.
    • Relativiza, ¿este problema te parecerá igual de grave en un mes?
    • Camina cada día. Menear el cuerpo es liberar la mente.
  • De la sensación de soledad a la socialización: según las circunstancias de cada uno, si tienes hijos o no, ayuda en casa o no, pareja que es un 50% o no (de esto ya hablaremos en otro post) quizás puedas quedar para tomar café cada día con amigas que estén en la misma situación y vivan cerca, o bajar a trabajar un rato a la cafetería de debajo de tu casa, o agendar llamadas diarias con gente a la que no ves desde hace tiempo porque la mierda marciana no nos deja movernos. Saber que habrá un rato de charla al final del día, un gustazo, un algo bonito cambia la percepción de toda la jornada.

Contaros que para mí fue crucial, cuando decidí emprender, el encontrar un espacio de coworking donde estar en contacto con gente en mi misma situación. Quién sabe si las empresas, de aquí en adelante, optarán por descentralizar y dar la opción a sus empleados de trabajar cerca de su casa, destinando una parte de su presupuesto al alquiler de espacios de este tipo. Matas varios pájaros de un tiro. Ahí lo dejo. De nada.

  • Del no desconectar del trabajo a saber cuándo y cómo hacerlo:
    • Sé obediente a tu agenda y a eliminar los ladrones de tiempo.
    • Comunica cuál es tu horario a las personas que normalmente no lo respetan.
    • Agenda el ocio y coloca en tu agenda alguna actividad al final de tu jornada que te obligue a apagar el ordenador (tu hora de caminar, tu visita al gimnasio, ese café con las amigas, etc.)
    • Si eres de las que no puede evitar mirar el correo en el móvil y esto se convierte en un peso más que en una ventaja, desinstala la aplicación. Así, radicala perdida.
    • Cuando sientas el impulso de seguir trabajando llegada la hora marcada para el final de la jornada, respira y piensa cómo te sentirás si sigues y cómo te sentirás si te obedeces y te dedicas tiempo a ti, reina mora. Descansar te convierte en alguien más productiva y más feliz.

Y esto es todo de momento, amigas. Ojalá nos sirva.

     

Como si no hubiera un mañana.

Me preocupa, a veces diría que me obsesiona, el paso del tiempo. Ni entiendo ni acepto ese concepto tan confuso del hacerse mayor, ni gestiono demasiado bien el equilibrio entre aprovechar el tiempo y vivir relajada. Todavía no he encontrado la manera de compatibilizar mis prisas por avanzar con mi necesidad de descansar. Todo lo que tengo es tiempo, pero no sé cuánto, y eso limita mis posibilidades de control y me pone nerviosa. En estas ando cuando llega a mis manos «Filosofía ante el desánimo», de José Carlos Ruiz, un autor que me gusta porque me provoca ganas de escribir y porque me obliga a debatir conmigo misma. De eso, entre otras cosas, trata la filosofía, supongo.

El caso es que hoy he llegado a la parte en la que habla de mi querido amigo. Nos cuenta cómo, en la antigua Grecia, había tres dioses que representaban el tiempo: Cronos, que marca nuestro tiempo de vida; Aión, que simboliza el tiempo que dedicamos a lo que tiene sentido para nosotros, y Kairós, como estandarte del momento adecuado, de la suerte. Cuánto ayuda poseer una clasificación de lo borroso para trenzar lo que se enreda en la cabeza de una.

Perseguimos aprovechar todas las oportunidades posibles mientras desarrollamos nuestro propósito en nuestra particular e incierta cuenta atrás: de eso va la existencia (o debería). Parece simple, pero no es fácil, porque no lo es la conexión con esto que somos; lograr y mantener la cuadratura del círculo; encajar nuestro puzle interno, con tantas piezas y tan diferentes. Los obstáculos aparecen en forma de pereza, de decisiones basadas en decisiones de otros, de una tozudez estúpida que pretende derribar muros ajenos.

Y mientras tanto, Cronos pirándose sin solución, Aión de vacaciones y Kairós desesperado ante nuestra inutilidad.

Para los que le restan importancia a la fusión con uno mismo, el no disfrute es una constante de lo más llevadera, pero para los que conocemos el ensamblaje perfecto; qué se siente cuando estás dónde, con y cómo deseas, a qué huele y a qué sabe la plenitud lo opuesto es un pellizco asquerosamente doloroso. Te despides de cada hora lamentando que no haya valido la pena y te devanas los sesos para resolver la ecuación: no sé qué he de hacer para desembrollarme, cómo tirar del extremo de un hilo que no conozco.

Hay obstáculos conocidos por todos: un trabajo que me aburre, una pareja que ya no es lo que fue, la ausencia de aficiones. Pero a veces es un lugar, aparentemente sin razón alguna, el que nos roba la inspiración. Idealizamos un pueblo en la costa o en la montaña sin preguntarnos si estamos dispuestos a pagar el precio por el silencio y las vistas al mar. Vida social y cultural limitada, pocas novedades, misma gente y mismas conversaciones por lo siglos de los siglos. Para algunos, esa línea recta es el paraíso; para otros, una losa invisible que no logran identificar. Me pesa la vida y no sé por qué.

Cuando se asoman a la civilización, despiertan, brillan, tintinean. Les gusta, pero tampoco vislumbran la razón y se dicen a sí mismos que son raros, que si el paraíso es para unos debe serlo para todos, ignorando su individualidad y qué lo importante es saber qué es lo importante, ya sea respirar aire puro o ir al teatro cada semana, levantarte entre árboles o descubrir una cafetería a la semana. Desmenuzar de qué está hecha nuestra particular chispa de la vida es el primer paso para honrar el regalo que Cronos, Aión y Kairós nos han hecho; validar nuestras singularidades, el segundo; el tercero, aprender a disfrutarlas como si no hubiera un mañana, porque no sabemos si lo habrá, aunque nos gustaría.

 

Lo importante de la vida (2ª parte)

El primer día de primavera en el que abres las ventanas del balcón y así se quedan hasta la noche, porque no hace ni frío ni calor. El primer baño del verano, cada año. La primera vez que visitas Nueva York y luego todas las veces que la redescubres. El día en el que sabes que has aprobado la selectividad. El primer día en la universidad. El último, con la incertidumbre aplastándote el lomo, el orgullo, la nostalgia que sabes que vendrá. El primer viaje a Londres con tu amiga, las noches interminables, el té con leche que te acompañará lo que te queda de vida, porque te gusta y porque te recuerda a las risas frente al Big Ben. El primer beso, en un portal junto a la pajarería de tu pueblo, vestida con el uniforme, nerviosa perdida.

Estrenar agenda. Sentir el olor del jazmín paseando por tu isla sin saber muy bien de dónde viene, buscarlo, coger una florecita blanca y pegártela a la nariz el resto del día. El olor del pelo de tus hijos recién salidos de la ducha, cogerles de la mano, despertarles metiéndote en su cama haciendo cucharita. Los picnics en El Retiro, con tus amigos y tus niños, descalzarte y sentir el solete de marzo en la piel.

Comprarte unas sillas de terciopelo color mostaza que no pueden ser más bonitas. Respirar en paz. El primer día sin abrigo. El primer día con abrigo. Ver vídeos de gente que dibuja muy bien, que baila muy bien, que canta muy bien. Leer a Laura Riñón (y que te abrace desde su metro ochenta), escuchar «A la Folie» de Juliette Armanet, caminar por la calle Fuencarral mientras el mundo se pone en marcha. Descubrir restaurantes nuevos, buenos, bonitos, tranquilos. Comer un helado de coco. Bailar en casa con la esperanza de que pronto será en una pista de baile; en la de un karaoke, por pedir que no quede.

Las hojas nuevas de tus plantas, que increíblemente sobreviven a tu torpeza. La gente que huele a limpio. Las pinturas de Madrazo. Ver amanecer, agradecer que es un día más, también un día menos: habrá que aprovecharlo. Tener, por fin, algunas cosas claras: que esto va de hacerse preguntas todo el rato, que la felicidad está hecha de relaciones sanas y divertidas, que nadie te va a dar más de lo que crees merecer. Los desayunos bonitos, las libretas bonitas, la gente bonita.

La gente con buena letra, como mi socia, porque verlos escribir da paz y gustirrinín. Vivir donde quieres vivir, ser quien quieres ser. Hacer más listas con los «quiero» que con los «tengo que». Eliminar de tu vocabulario la palabra «controlar». Descubrir calles nuevas en tu ciudad. Que una amiga muy amiga se mude a tu ciudad. Que tu ciudad sea una alegre, con mucha oferta cultural, con cafeterías monísimas y que chorree belleza.

Buscar la belleza en cada gesto. Entender su importancia. Darte cuenta de que la infelicidad de algunos momentos la provocó la falta de belleza: en la gente que te rodeaba, en la casa donde vivías, en las gafas con las que veías el mundo. Jurarte que eso no se repetirá porque no se puede desaprender lo que una ya sabe.

Saberte.