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Reflexiones de una majara

¿Eres feliz o conformista?

¿Eres feliz o conformista?
Soy una desquiciada de la vida.

Me paso la vida planeando, replanteándome. Cuando he conseguido algo, quiero más y, sobre todo, mejor. Mi coco es un continuo ¿Y si…? Quiero ser ordenada, escribir un post al día y dos libros al año, educar mejor a mis hijos, hacer más deporte, leer un libro a la semana, ver todas las pelis en cartel, ser más feliz, descansar.

Soy un inmenso coñazo para mí misma.

Mis ansias de sosiego se agudizan cuando quedo con algún amigo de esos que todos tenemos, bien zen, con el espíritu en paz total. Uno de esos tótems que hacen que una se vea a sí misma como una histérica absoluta.

Y eso me pasó cuando la semana pasada vi a mi amigo Marcos. No puede ser más tranquilo, el tío. Siempre con la sonrisa puesta, siempre de buen humor, siempre feliz a tope. “Cualquier problema que hoy te parezca la hostia, mañana será menos importante”, es su lema.  Yo, que ando por la vida trastornada perdida, le observo tanta admiración como curiosidad.

Y le interrogo todo el rato, claro.

Yo quiero saber cómo lo consigue, joder.

Hablamos de los hijos, del curro, y de la pareja. Y ahí me ensaño especialmente, porque mi intuición me dice que algo falla:

– ¿Eres superfeliz en tu matrimonio? ¿No cambiarías nada? ¿Es todo un vergel de dicha y armonía?

– Sí.

Y yo me quedo observándole, con mirada inquisidora.

-¿Siempre?

– Bueno, a ver…

En esa mínima duda es dónde yo, mala persona donde las haya, veo esa grieta que lo convierte en humano o, al menos, en un humano más parecido a mí y menos a Buda.

No voy a centrarme en los detalles, porque no vienen al caso, pero sí en el resultado de esa conversación: Marcos casi no folla con su mujer.

– Ah, pero Marquitos, ¿no crees que eso es un problema?

-Bueno, ya me he acostumbrado.

Aish, Dios Santo, que tienes treinta y cinco años, qué coño te vas a acostumbrar a no tener sexo con tu mujer. Y, sobre todo, ¿Por qué quieres acostumbrarte?

Es entonces cuando mi lavadora mental vuelve a su labor favorita: buscarle explicación a todo, cuestionar hasta lo más mínimo, encontrar el fallo, las siete diferencias.

Y lo veo claro.

-Marquitos, amor, ¿y no será que en lugar de ser sumamente feliz es que eres un conformista de tres pares de cojones?

-No, yo soy feliz.

-¿Feliz sin follar con la que duermes?

Porque, amiguis, llegados a este punto yo estaba segura de que ese no era el único problema en la relación, pero en algo hay que centrarse, así que yo me empeciné a lo loco.

-Ya ni lo pienso. Total, para qué.

¡EUREKA!

Ahí está el quid de la cuestión, queridos míos. Porque la felicidad, creo yo, no es anestesia, no es evasión. La felicidad es ser plenamente consciente de quién es uno, cómo vive y decir: ASÍ, SÍ. Lo otro es conformismo: no me gusta y miro hacia otro lado. Y me convenzo a mí mismo de que esa falta de conflicto es lo mejor a lo que puedo aspirar. 

Y ojo que nadie se libra. No solo estamos con parejas que ya no nos gustan. ¿Cuántos años llevamos anclados en ese trabajo que nos hastía, aguantando a esa amiga insoportable, cargando con esos kilos de más?

Zamparte circunstancias que podrías cambiar no es practicar la aceptación, sino tener tragaderas, o pereza, o cobardía. O todo.

Tal cual se lo dije a Marcos que, como aparte de tranquilo es muy buena gente, no tiene en cuenta esos arranques de sinceridad exacerbada míos.

Quién sabe, quizás los Marcos del mundo vivan más plenos, más contentos, más en paz consigo mismos.

O quizás no.

 

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