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La Soledad ¿necesidad o vicio?

Mi nombre real me define totalmente, de hecho mucho más que el sobrevenido «Sol». A mí lo de los calores y las playas como que no.  Si a mi santa madre se le ocurrió llamarme Soledad por algo sería. Lo de ser hija única acabó de marcar mi destino FOREVER.

Solitaria desde siempre y por el avatar vital, pues más. A menos tiempo libre, menos tiempo de soledad, etc. No voy a dar el coñazo con lo que ya sabemos: las madres no tenemos tiempo bla, bla, bla . Si eres soltera, quizás aún menos. Digo lo de «quizás» porque de todos es sabido que en ocasiones el macho adyacente no solo no quita curro sino que DA MÁS (aquí viene el abucheo masculino, que acepto sin pestañear).

Aclaremos mi concepto de Momento Soledad, que tiene tela. Estar sola no es tener a los niños acostados, NO, NO, NO, es que no hay NADIE en mis dominios. Para mí, la Soledad es un estado mentalzenmaravilloso en el que solo entro cuando:

Caso 1: cualquier ser vivo está más allá de la puerta de entrada cerrada con dos vueltas de llave.

Caso 2: estoy por las calles, sin apenas riesgo de encontrarme con alguien conocido que me chafe el plan.

En los dos casos, el tiempo requerido para que la Soledad haga mella positiva en mi estado de ánimo es de un mínimo de 3 horas. Si no,  no me vale.

El AmoralaSoledad rige mi vida: me voy de viaje sola (no siempre, of course), al cine, a tomarme mis mocca blancos, a pasear. Esa fue una de las principales razones para mudarme a Madrid. En la little isla no doy un paso sin encontrarme con alguien que me saluda y/o en el peor de los casos se sienta conmigo allá donde esté  para hacerme compañía (tócate los pelendengues…). Pero la gran ciudad me permite estar sola entre la multitud y que nadie joda MI MOMENTO.

A estas highers ya deberíamos conocer la diferencia entre «estar» (que mola) y «sentirse» (que no mola nada). Ejemplo claro: cuando estaba en proceso de adopción alguien me dijo «qué bien, nunca más estarás sola». Al borde del Lexatín estuve. Gracias a Dios, al colegio, a los abuelos, a que con el tiempo se pirarán (y me dolerá, claro) ESO NO ES ASÍ. En el otro extremo, os digo que jamás me sentí sola hasta que fui madre. El porqué os lo cuento en otro momento y habrá muchas que estaréis asintiendo con la cabeza ahora mismo (qué ilusión me hará si comentáis algo al respecto aquí abajo).

Me causa fascinación la gente que disfruta SIEMPRE de la presencia de otros humanoides. Les admiro, en serio. Me parece mucho más fácil estar rodeado de otros seres, en el trabajo, en casa. Huir del grupo no siempre es fácil y cada vez menos con tanto Social Media. Además Los Sociables molan, son simpáticos, dan conversación a todo el mundo, organizan actividades, se suman a las ya organizadas sin que ello les suponga analizar al pormenor los pros y los contras de ver a TODA ESA GENTE. Y encima son anormales. NO COMO YO.

Ese fin de semana con las amiguitas:

– Si cuadra, por favor, yo en una habitación SOLA.

– Pero vaya ¿que te da igual si no, VERDAD?

– Hombre pues igual NO me da.

– Pero ¿POR QUÉ?

– Me gusta levantarme SOLA.

– Mira que eres RARITA, hija…

Y así por los siglos de los siglos…

Cuando ya me preocupaba seriamente lo raruno de mis Ansias Solitarias, mi amiga Carmen me lanzó un cable salvador  as usual y me dedicó unas bonitas palabras en la red social «Me ha recordado a tu mente brillante» escribió, y adjuntó un enlace que me ha alegrado la vida. YA ESTÁ, todo solucionado: soy brillante (o algo así). JODER, QUÉ BIEN.

Cuando leí el artículo, por un lado me alivié leyendo que Darwin rechazaba ir a cualquier fiesta y que está demostrado que la soledad fomenta la creatividad entre otras muchas maravillas (ahora debería descubrir algo equiparable a la Teoría de la Evolución, la gravedad o la relación espacio – tiempo, pero no lo veo, la verdad). Por otro, me sentí taaaaaaaan identificada en frases como «la soledad es el aire que respiran» o «solo cuando estoy sola me siento totalmente libre».

Se supone que estando solos conectamos con lo que queremos y proyectamos conseguirlo. Yo siempre me he preguntado cómo lo hacían los demás para pensar con gente cerca. Yo no puedo, imposible. Pensaba que era lela pero gracias a Carmen ahora sé que no (o por lo menos no por eso). Sola he planeado mis viajes, he decidido estudiar esto o aquello, dejar a ese tío, llamar a ese otro, crear este blog, tener a mis hijos, sola escribo, sola duermo, sola sueño, sola decido donde voy porque así sé que llegaré donde yo quiera, sola decido si comparto mi tiempo con alguien que igualará la perfección de mi Soledad.

Mi Soledad es perfecta porque la elijo. Tan perfecta como ver a los que me ven (y me miran), oír a los que me oyen (y me escuchan) y hablar con los que me hablan (y me dicen).

Y tú, ¿qué eliges?

Menopáusica o teenager

Menopáusica y Teenager

Menopáusica o teenager

¿Qué creéis? ¿Que no es posible ser menopáusica y teenager al mismo tiempo? Eso pensaba yo hasta que…

Yo…

– ¿Hace calor o estoy menopáusica?

Mis amigas…

– Pero cómo vas a estar menopáusica con lo joven que eres…

Yo…

– Tengo 42 ya mismito.

Mis amigas…

– Pero es muy pronto ¿no?

Vamos a Google, para variar.

Wikipedia me cuenta que sí, que los SOFOCOS pintan mal; ni te cuento de las REGLAS IRREGULARES  (huy, huy, huy…); seguimos con el INSOMNIO (va a ser que sí); SEQUEDAD VAG…, pues mira, esto no sabría decirte; me hablan también de la DEPRESIÓN (esta no, la verdad); La última es el SOBREPESO (hombre, me he pillado unos kilitos, pero me lo he currado a pulso: bien de gluten y bien de azúcar). Resumiendo, tres de cinco.

Se lo vuelvo a comentar a mis comadres.

– Pues no te pega estar menopáusica.

– Pues no me pegará, pero es lo que hay.

¿Y qué pinta tendrá una menopáusica media (en adelante una M.M.)? ¿Quizás unas arruguitas y unas fofeces con un aire de «estoy de vuelta de todo y dejo de menstruar, porque hasta de eso paso»? ¿La M.M. será una tía madura, canosa, que lee sobre temas profundos, ve pelis afganas (en v.o. por supuesto) y que ya no se come el tarro si un tío no le envía un Whatsapp?

Pues no me veo como M.M., la verdad. Entonces ¿¿¿¿¿¿CÓMO PUEDE SER QUE ME ESTÉ PASANDO ESTO A MÍ?????

Igual es que mis Órganosinternosdeabajo ignoran que no tengo arrugas ni flaccidez facial, gracias al pastón que me dejo en cosméticos y a que dejé de tomar el sol en el 83. Tampoco sabrá que mantengo la pechuga en su sitio porque no he parido y el pandero más o menos, sentadilla va, sentadilla viene. Mi útero probablemente desconoce la de majaderías que escribo en este blog, dignas de un ser absolutamente inmaduro intelectualmente. Mis trompas semiatrofiadas no sabrán que me he enganchado a «Juego de Tronos» y a «Suits» no por la profundidad de sus argumentos, sino por lo buenorro de sus protagonistas y, desde luego no tienen ni idea de que lo más trascendental que he leído últimamente es la portada del «Cuore».

Sobre si me como el tarro por los Whatsapps machunos no voy a pronunciarme, PA QUÉ.

O sea, que mis órganos reproductores (¿o era reproductivos?) van a su bola y han decidido desmarcarse del resto de mi body así porque sí.

Esto me hace pensar que la proyección que tenemos de nuestras edades futuras es CIENCIA FICCIÓN. This is clear. De pequeña imaginaba que a mis 20 llevaría siempre taconazos, LO TENÍA CLARÍSIMO. Cumplí los 20 y creo que me quité las Converse para ducharme.

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Mis Converse (1992 -2017)

Entonces piensas en los 30, HOSTIA LOS 30. A los 30 los hijos están al caer si no han caído ya, el novio se ha convertido en marido (no en mi caso, NEVER), y te envuelve un halo de tía interesante MONUMENTAL.

La mujer de 30 es un adalid de la cultura contemporánea. La mujer de 30 es la PERFECCIÓN: sabe lo que quiere, cómo conseguirlo, de dónde viene y a dónde va, su vocación no puede estar más clara, sabe elegir macho, aún tiene las carnes prietas y ha desaparecido el acné. La mujer de 30 va SIEMPRE bien peinada y lleva la manicura impoluta, ya se hizo la depilación láser y se operó la miopía. La de 30 tiene tiempo para todo: lee las revistas de moda, todos los best sellers, trabaja mil horas y gana una pasta, va al gimnasio y hace zumba, crossfit y yoga, muuuuuucho yoga…

Y llegan los 30, Y-TE-DES-CO-JO-NAS.

Avistamos los 40. Los 40 SÍ QUE MOLAN. Lo de los 30 era un poco acelerado, pero a los 40 YA SÍ. Has tenido 10 años para cabrearte porque llevabas las mismas Converse que a los 19, el mismo mal gusto para los tíos, las mismas ausencias en el gym y porque no tenías ni idea de qué coño querías hacer con tu vida.

Pero ya está. AHORA SÍ. A los 40 te esperan la estabilidad económica (jua jua jua), esos hijos que te proveen de paz mental interminable (a esta sandez le dedico otro post), madurez intelectual (dicen), equilibrio emocional (cuentan) y lo mejor: PLENITUD SEXUAL, porque las de 40 somos unas fieras desprovistas de todo complejo e inhibición. Vamos, unas cerdacas en toda regla dispuestas a disfrutar y a ser disfrutadas en plan animal porque aún te quedan lo menos, lo menos…12 o 13 años para la maldita menopausia que te secará el jilguero PA LOS RESTOS.

Llegan los 40 y…NO COMMENT.

Ahora surprise, surprise, que hay algo que no sabéis… después de los 40 vienen los 41. «Obvio», pensareis. Pues a mí no se me había ocurrido hasta que llegué a los 40 años y 11 meses.

Porque los 40 molan, ¿pero los 41? ¿Qué coño son los 41? ¿Qué fantasía se puede imaginar con esa mierda de número? Los 40 lo ocupaban TODO y no dejaban ver lo que hay detrás: LA MEDIOCRIDAD DEL 41.

Los 41 son un antes y un después, o te hundes para siempre o lo superas y te pasas por el jander la numerología completa. Lo que no te mata te hace más fuerte. Y en esas estoy yo, a 3 días LITERALES de los ansiados 42, de tenerlo TODO superado.

¡QUE GANITAS TENGO!

Porque a los 42 ya no sufres por  los problemas del curro ni por  la maternidad. Se acabaron las dudas constantes y DESDE LUEGO los machos no te marean, NO HOMBRE NOOOOOOOOO.  A los 42 eres la Estatua de la Libertad, la Torre Eiffel, el Big Ben, la Giralda…Les miras a todos desde ahí arriba con la sabiduría fluyendo por tus venas y con la convicción de que AHORA SÍ QUE SÍ.

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Yo misma en 3 días.

Si soy sincera y realista, o cambia mucho la cosa en 3 días o me veo como a los 19, mucho más Teenager que Menopáusica. El consuelo es que en nada llegan LOS 50 y ya veréis, ya. A los 50 SÍ.

¿O no?

Mi Madrid

mi madrid

Llegué a esta ciudad hace más de 12 años. Tras una larga deliberación conmigo misma de aproximadamente 10 minutos, decidí mudarme para comprobar que esa maravilla que vivía durante un fin de semana al mes (gente por la calle a todas horas, restaurantes y bares llenos, quedadas espontáneas para tomar cañas y tapas…) era una forma de vida y no una alucinación puntual.

 “Una catalana que se va Madrid”, fue lo primero que escuché cuando anuncié mi decisión. Sí, me gustan Madrid, Sevilla, Londres y París, entre muchos otros lugares. Mis gustos no entienden de nacionalismos ni de fútbol.

El segundo comentario fue que cómo iba a renunciar a la calidad de vida de la isla en la que vivía a ratos. Y yo en esa “calidad” me ahogaba sin remedio.

Barcelona y la pequeña isla me cobijaron en el primer tercio de mi vida, Madrid quizás lo haga durante el segundo, espero que Nueva York me acoja durante el tercero y ojalá haya un cuarto tercio en el que me pasee por los cafés de alguna Rue.

Mi vida no cabe en un solo lugar.

Mi Madrid

Me gustan las ciudades, obtener información sin buscarla, y recibirla sin ser consciente de ello. En el trayecto que va de mi portal al metro me ilustro sobre qué películas se estrenan, cuales son los colores de moda, el siguiente concierto, las obras de teatro en cartel y el último bestseller.

Con solo salir a la calle me siento parte de algo.

Me distraigo observando a la gente, imaginando sus vidas, de dónde vienen y adónde van. Las estaciones de metro, con sus infinitas escaleras mecánicas, son el mirador perfecto: gente que baja y sube, con cara de sueño, de prisa, de tristeza o de nada.

Adoro el anonimato que me da Madrid. No hay prejuicios ni expectativas. Yo soy yo, sin mis circunstancias.

Mi Madrid

Puedo elegir entre la soledad o la compañía. Voy sola al cine sin que nadie me mire raro, me siento sola en un bar a leer, sin que un conocido inesperado (e indeseado) se siente a a mi lado, camino sola todo lo que yo quiero porque Madrid no tiene fin.

Mi Madrid

Me acompaño de antiguos amigos y gente nueva, personas de todos los tipos y colores con las que comparto diversión y pasiones. Muchos somos de fuera y tenemos tanto en común… Hemos decidido disfrutar esta ciudad que chorrea vida por los cuatro costados.

Madrid me abraza, me alimenta, me divierte.

Adoro la vida de barrio, ver a mis hijos jugar en la plaza, siempre con los mismos niños, que han crecido un palmo tras el verano, y me enternece que el frutero les llame por sus nombres y les cuente historias de su Ecuador natal.

Mi Madrid

A ellos les gustan los columpios de Olavide y Dos de Mayo, la Plaza Mayor con sus artistas callejeros y sus puestos de Navidad, Fuencarral donde todos los domingos tienen carta blanca para invadir la calle con bicis y patinetes.

Yo me pierdo en Las Salesas, en La Latina, en Chueca, en mi Malasaña del alma.

Hay muchas ciudades dentro de Madrid y a mí me apasiona no saber cual descubriré hoy.

1986: el año del último morreo

1986: el año del último morreo.

La obsesión musical de esta semana ha sido Lionel Richie. La semana anterior Stevie Wonder. Estoy muy afroamericana últimamente…

 Escuchando al bueno de Lionel recordé que «Say you, Say me» fue la primera lenta que bailé.

1986: el año del último morreo

Si no sabes lo que eran las lentas es que tienes menos de 40 y  tú no has vivido algo que marcó la adolescencia de toda una generación. Lo siento por ti pero es así: en la vida de todo teenager que se precie hay un antes y un después de Las Lentas.

Yo descubrí este fenómeno allá por 1986 en una disco a la que íbamos los domingos de 5 a 9.

1986: el año del último morreo

Durante toda la tarde te deleitaban con los temazos de Rick Astley, Modern Talking, C.C. Catch, etc. y a las 19.00 en punto, cortaban de sopetón. Silencio tenso de 5 segundos, pulso acelerado, pupilas dilatadas y La Primera Lenta. 

Pista completamente vacía, buscas con la mirada al chaval que te mola esta semana y hostia que no lo ves…

 nervous

Te quedas tiesa como un palo, sin hablar con tu amiga que está sentadita a tu lado y lleva el mismo tupé exagerao que tú. Vaya a ser que si hablas crean que estás demasiado ocupada como para querer bailar. Sueltas comentarios súper cortos y en plan ventrílocuo para que nadie se percate.

Dedos cruzados por debajo de las mangas hiperlargas de tu jersey Privata…

Ruegas al cielo que aparezca y te diga «¿bailas?».

pray

En ese momento tú soltarás un «vale» de lo más relajado, como si no llevaras pensando toda la semana en esa media hora que cambiará tu vida PARA SIEMPRE.

Sudores fríos. No aparece. Esto dura 30 minutos y ya han pasado 3.

Al que sí ves es al número 2 del Ranking Semanal. Se acerca. «Mierda. Y si, ¿mientras bailo con este aparece el número 1?¿ Y sí le digo al 2 que no y el 1 no se presenta? ¿Y si digo que no y el 1 aparece pero no me saca? Mi vida pende de un hilo».

duda

Estoy convencida de que parte de mis canas se deben al estrés acumulado en aquellos domingos del 86.

Y os preguntaréis ¿tanto rollo por un baile? Noooooooooo, lo importante era…¿la conversación? No, no recuerdo cruzar ni una sola palabra en medio de aquella minipista redonda. Lo importante era el momento en el que, usando la bola de espejos discotequera a modo de muérdago, el número 1 o en el peor de los casos el número 2, deslizaba su barbilla desde tu oreja hasta tu comisura con voluntad de morreo inminente. Y te morreaba. Y lo flipabas.

1986: el año del último morreo

Porque en el 86 el morreo era EL MORREO, no un preludio necesario de lo que va después. El Morreo era un ente en sí mismo, con vida propia. Era el fin y era el medio. Y había que hacerlo bien, porque era lo único que existía en el mundo. Todo desaparecía alrededor de El Morreo. Había tiempo limitado porque Las Lentas duraban 30 minutos. Más allá de eso reinaba la incertidumbre. Morrearse en el minuto 33 implicaba, como poco, que salíais juntos.

A medida que pasaron los años Las Lentas se fueron diluyendo, los 30 minutos se acortaron hasta desaparecer.

El Morreo, pasado el 89, se infravaloró sin remedio. Y así nos va.

Podríamos forzar la máquina y organizar una fiestecita con música de los 80 a ver si lo recuperamos, pero ya no sería lo mismo.

Ya no llevo tupé ni un jersey Privata. No hay bola de espejos discotequera. No me gusta  un Chaval cada semana, ni uno al mes. Con suerte uno al año. Y se supone que después del morreo debería venir el sexo, un noviazgo no muy largo, la boda y/o los hijos…Y eso le quita magia, quieras que no.

Así que me conformaré con escuchar a Lionel hoy a las 19.00 en punto. Cerraré los ojos y me acordaré del número 1 y del número 2 y de todos los números de los que me enamoré cada semana y que me besaron bajo aquella bola, durante media hora, en la minipista de los Domingos del 86.

1986: el año del último morreo

PATO´S LIFE: el ideal de una madre estresada

Pato´s life: el ideal de una madre estresada.

PATO´S LIFE: el ideal de una madre estresada

Empiezo este post en la puerta de embarque número 6 del JFK.

Sí, he vuelto a Nueva York. Lo hago de forma compulsiva o eso quisiera. ¿Algo nuevo? Ahí siguen mi Bow Bridge, el edificio Chrysler y el puente de Brooklyn. Soy yo la que va cambiando y la que, afortunadamente, se renueva en estos lares.

Por lo demás, clásicos que adoro: las visitas de Carmen para rajar despanzurradas en las mega camas del hotel, nuestras quedadas en la puerta del Barnes & Noble de Union Square para decidir donde vamos (qué bonito que te importe un huevo el emplazamiento), las cenas en Craftbar, reír hasta llorar (e incluso soltar gotillas de pis) con la Madre Niuyorkina en cualquier banco callejero…

Algo tenemos en común estas tres personajas: somos de todo menos pausadas, nos zampamos el exceso, pero A LO BESTIA. Curramos hasta enfermar, asistimos a cursos variopintos, proyectamos mil futuros, siempre más y más y más. La vida se nos hace corta.  No tenemos solución en lo que actividad masiva se refiere, y las tres nos planteamos lo mismo again and again: ¿será posible ser una desquiciada sin estresarse? ¿asumir la actividad despiporrada, el trabajo, la maternidad en plan salvaje pero sin que eso nos genere nervios, ansiedades, herpes, granos en el jeto…?

Yo me lo propuse ayer por la mañana en Central Park. Estaba yo en Mi Banco, mirando Mi Puente, el laguito, zampándome un croissant del tamaño de mi cabeza, cuando vi los patos. Esos patos con el cuello verde en grupos de a tres cruzando el lago, deslizándose en paz absoluta, mirando y ADEMÁS VIENDO.

Les miré muuuuuuucho rato y seguían deslizándose y les daban igual los rebaños de japoneses que me tapaban la vista para hacerse 584 fotos (cada uno), las ancianas millonetis con sus perros repeinaos, los deportistas buenorros, los carritos de hot dogs, los estudiantes, los enamorados, yo misma.

Y quise ser pato. PARA MIRAR Y ADEMÁS VER. Para que el móvil, el reloj, la búsqueda de las llaves al salir de casa, el metro que no llega, la bombilla que se funde, el ordenata que no arranca, el cargador olvidado, no me sacaran de quicio nunca más.

¿Jodido? TOMA, CLARO.

En esos momentos una piensa que esta vez sí, que ya sabe lo que quiere y que se va a quedar anclada a la Sensaciónpato forever. Pero eso fue en Central Park y ahora estoy en Chamberí (me encontré con amigos en la puerta 6 del JFK y dejé la escritura para otro momento). Dos semanas después retomo el teclado y la Sensaciónpato. Hoy sí. Hoy no me desquicio. Hoy voy a ver Madrid, voy a escuchar y a escucharme. Hoy no apuraré los minutos para hacer «esa última cosita» antes de salir por la puerta, que me fastidiará irremediablemente la hora siguiente porque, JODER ¡QUÉ MIERDA!, es imposible parar el tiempo por mucho que yo lo intente.

Asumamos que es imposible plancharse los pelos en 2 minutos, hacer la comida en 3 o responder ese maldito mail en 4. Ahora mismo asumo que, aunque seguiría escribiendo y repasando y reescribiendo, el reloj no se va a parar aunque yo apriete los dientes. Y tengo que preparar la cena, ducharme, ponerme mona y salir de casa cagando fostias. Asumiré también que no me da tiempo a colgar todas las fotos que irían bien en este post y que nadie me juzgará por ello.

LA INCONDICIONAL

La Incondicional

LA INCONDICIONAL

Hoy os escribo desde el lejano Chile, donde estoy unos días de vacaciones. He venido a celebrar los 40 de alguien importante y, como el universo me adora por razones del todo desconocidas (creo que os lo había comentado antes), la visita ha coincidido con un par de conciertos de Mi Cantante.

Eso será dentro de dos días y aquí estoy yo a la 1.00 de la madrugada (las 6.00 en las Iberias, ojo jet lag) viéndome un concierto suyo enterito en YouTube a modo de aperitivo y para quitarme el mono que me acecha.

Os voy a contar algo a riesgo de que dejéis de leerme por majara, por desequilibrada o por obsesiva (que lo soy TODO): yo me he zampado 46 conciertos de este señor y cuando vuelva a España el próximo viernes habrán sido 48. No os equivoquéis. Escucho miles de músicas varias y NO puedo ser menos mitómana, ni menos romántica, ni menos nada. «Y UNA MIERDA» estaréis pensando.

Y entonces ¿POR QUÉÉÉÉÉÉÉ? Pues empiezo a tener alguna pista y para cuando acabe de escribir esto, tendré muchas más. Para empezar, Él es el punto que tienen en común mi Yo de hace 20 años con mi Yo de ahora. Es LO ÚNICO de lo que no me he cansado jamás, yo que me harto hasta de mi sombra. Él es mi banda sonora.

Le adoré en la Universidad desde que mi madre trajo su CD a casa, me siguió hasta Puerto Rico durante el año que estudié allí, me ha cantado en mis viajes a Nueva York, a California, a Atlantic City, a Sevilla, a Santiago de Compostela… Me ha acompañado en la radio del coche de camino a mis exámenes y de vuelta a casa de madrugada tras mil marchas descontroladas.

He vivido en varias ciudades, dejé amigos para encontrar otros, tuve varios trabajos, dos hijos, varios y variados amantes, estilos de vestir, el pelo largo, el pelo corto, el pelo de colores. He cambiado el «de dónde vengo» y mil veces el «a dónde voy», siempre quiero más y a veces me quiero menos. Y ÉL sigue ahí, cantándome.

Cuando no me encontraba, escucharle me recordó quien era y donde quería estar. Su voz me ha alejado de lo gris recordándome que mi vida es la hostia y es mi obligación ponerle color cada puñetero día. Si alguien encontró mi grieta y metió los dedazos en ella, tras un par de canciones tuve la fuerza para rebanarle las manazas a quien fuera.

Él ha cumplido conmigo los 20, los 30, los 40… SIN DUDA, mi momento más feliz: cualquiera de esos 46 conciertos (y los que quedan). Y esto, darlings, es maravilloso. Tener una referencia de la felicidad completa te da un GPS muy útil: todo lo que me acerque a esa sensación ES BIEN y todo lo que me aleje PUES QUE VA A SER QUE NO. ¿Infantil quizás? ME IMPORTA UN HUEVO, es más, ME ENCANTA.

Jamás perderé la emoción previa a los conciertos (que es que no puedo ni comer), la tristeza al final de una gira, las mariposas en el estómago cada vez que le escucho en una nueva canción, el trance mientras le veo en directo.

Los que me conocéis sabéis que Mi Cantante es tan parte de mí como mis palabrotas, mi Nueva York, mis coletas despeinadas o mis 4 Cola Caos diarios. Y en dos días, durante dos noches, flotaré hasta pegarme al techo, en mi Momento Más Feliz de la Vida y me recordaré que debo quedarme ahí todo el tiempo posible.

Y he vuelto a poner el concierto en YouTube pero os dejo ya que se va haciendo tarde, más de las 3.00. Y yo que quería madrugar mañana para escribir un post desde Chile…