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Amor o boñiga, esa es la cuestión.

Hace unos días, formulé una pregunta en mi página de Facebook, algo así como ¿Qué gilipolleces habéis hecho por un tío? Y MADRE DEL AMOR HERMOSO, qué cositas tan catastróficas me contasteis. Ojo, que yo podría añadir unos cuantas barbaries a esa lista. TODOS podríamos hacerlo.

Ese listado interminable, junto a las charlas cotidianas, me han llevado a escribir sobre un mal mucho más extendido de lo que parece a primera vista.

Ayer hablaba con un amigo, uno de esos que es carne de mi carne, con el que lo he compartido todo y solo con mirarlo sé si le pasa algo. Me confirmó lo que yo me venía oliendo, que se divorciaba, que hacía tiempo que su vida matrimonial era una mierda como un piano. Solo había que verle en los últimos años: tristón, apagado, desilusionado. Sometido a la espiral de la rutina hasta la saciedad o, mejor dicho, hasta que ha despertado del embrujo, GLORIA AL CIELO, ALELUYA. Él no veía lo que para sus amigos saltaba a la vista. Como siempre en estos casos.

En las mismas está otra de mis chicas, más de veinte años con un psicópata. Sí, psicópata, porque no todos son asesinos en serie, pero sí carecen de empatía, de piedad, de remordimientos, de conciencia, de ética. No son personas, son entes. Y molestan MUCHO.

No están tristes  por separarse, sino por la tomadura de pelo, por haber dejado de ser ellos mismos, por la pérdida de tiempo, por haber estado con un cacho de carne con ojos.

Sus relaciones eran tan absorbentes que incluso se distanciaron de mí (y del resto de la humanidad) durante un tiempo y, no voy a mentir, también yo me alejé en un momento dado: ver como alguien a quien quieres se zambulle en semejante montaña de excrementos nunca fue mi hobbie favorito.

En los dos casos guardé silencio durante años, porque de nada habría servido alertarles. Así de poderosa es la magia negra del «Amor tóxico» que yo he rebautizado como » Amor Boñiga», ese que te envuelve, te ciega y, a veces, hasta te cambia, a peor, claro.

A amargado. A insociable. A gris.

Amiguis, no hay vacuna contra el Amor Boñiga. Todos, en algún momento, estamos expuestos a sus tentáculos. Después de leer mucho sobre el tema, creo que puedo resumir en qué consiste y cómo podemos saber si nos acercamos a la caca: Si, al enamorarte, tu mundo se ensancha, es Amor del Bueno. Si, al enamorarte, tu mundo se encoge, es Amor Boñiga. En ese caso, da igual cuánto te cueste abandonarlo, CORRE, MUY RÁPIDO Y MUY LEJOS. Huye antes de que te atrape del todo y te veas compartiendo décadas, hijos y mierdivida con alguien que te resta, te limita y te controla.

Como no quiero que este artículo acabe con tintes dramáticos, desde aquí quiero hacer un brindis por mis amigos y por todos los que en este año van a salir de la boñiga gigante para recuperar el color, las risas, la LIBERTAD que nunca debieron perder.

¡Va por ustedes!

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Llegó el verano y estamos calientes, calientes, eo.

Llegó el verano y estamos calientes, calientes, eo.

Llegó el verano y estamos calientes, calientes, eo.

Lo mismo os cuento que lo de la fornicatio está sobrevalorado como ahora afirmo que el verano, las camisetas de manga corta, las terrazas y el calor ambiental, nos ponen cachondos perdidos.

Llegó el verano y estamos calientes, calientes, eo.

Algunos lo llamarían incoherencia, yo lo denomino «Cachondismo Estacional».

Una está tan tranquila sin acordarse de que existen los tíos como seres sexuales cuando, de repente, llega el veranito con sus sudores, con su disminución de ropajes, con ese rollo festivalero que provocan las chanclas, la canción del verano y la visión de carne por doquier.

Llegó el verano y estamos calientes, calientes, eo.

A principios de junio empiezas a acordarte de los veranos de juventud. Esos en los que te pasabas el día en el chiringuito playero y la noche de bar en bar, de disco en disco, de ligue en ligue. Porque aunque de eso haga ya mucho, es la primera imagen que se te viene a la mente. Así somos: eliminamos el recuerdo de  los últimos diez años en los que no te has comido un torrao, en los que la playa ha sido un cúmulo de cubos, rastrillos, castillos de arena, estrés de la muerte y gritos, y los sustituyes por aquellos viajes a Formentera con tus amigas, donde la máxima diversión era decirles cosas a los italianos y, con suerte, que ellos te hicieran cosas a ti.

Llegó el verano y estamos calientes, calientes, eo.

Y todo eso se entremezcla en tu calenturiento cerebro y no haces más que ver tíos buenos por las calles, en la oficina, en el supermercado. Y, cuando ya pensabas que a ti esto del ligoteo, la guarrería y la depravación te la traía MUY floja, se te despiertan los instintos bajos, y vociferarías barbaridades a todas horas, y le tocarías el culo al camarero del bar del desayuno, a tu portero, al frutero.

Llegó el verano y estamos calientes, calientes, eo.

A mí, que soy muy fan de los morreos, en estas fechas tan señaladas, se me desata una obsesión total por besar compulsivamente. A ver, no al primero que pase, pero sí al segundo y al tercero, ¿no os pasa lo mismo? El morreo es un acto estival, fresco y fácil. No requiere de la preparación de otras tareas ni te hace sudar (normalmente).

Desde aquí, hago un llamamiento. Bueno, dos llamamientos en realidad. Chicas del mundo, os ruego que me confirméis si esto es algo normal o es que yo estoy más p´allá de lo que ya sabíamos. Chicos del mundo, por favor, colaborad, abandonad estas estrecheces que manejáis últimamente, dejad el Tinder a un lado y lanzaos a las calles.

Del resto ya nos encargamos nosotras.

Llegó el verano y estamos calientes, calientes, eo.

Las primeras veces

Anoche conocí a un chico guapo y joven de cojones narices. Le dedicaré otro post titulado «Cómo asaltar cunas en tres pasos» y puede que lo convierta en un curso monográfico que seguro tiene gran aceptación entre mis comadres. Pero eso será otro día.

La conversación con el apuesto mozo, el final de curso de los niños, la llegada del verano y que soy muy del reflexionar, me han empujado hoy hasta este, mi amado blog, que llevaba un mes abandonado.

Una piensa que tampoco ha cambiado tanto desde los 25. Pensamiento estúpido que corroboran tus compis de colegio cuando afirman que «estás igual», probablemente proyectando en ti lo que desean para ellos mismos. Y UNA MIERDA.

Si no te fijas, quizás pueda parecerte que esos pimpollos veinteañeros y tú no sois tan diferentes, pero míralos… Huelen a libro nuevo, a juguete de Navidad, a vacaciones de verano. Ellos están llegando y tú llevas tiempo aquí. Podrías escribir el guión de sus próximos 20 años sin equivocarte demasiado. Pero no lo haces porque ahí está la gracia, en caminar a tientas y dibujar tu propio mapa.

Volviendo al tema, ni para mejor ni para peor, pero NO ESTOY IGUAL que a mis 25, ni que a mis 35. El cambio Porfuera es fácil de ver. Ahí están las fotos: aquellas carnes prietas, la ausencia de ojeras y de estas malditas patas de gallo que NO HAY MANERA de difuminar digan lo que digan los fucking anuncios de Lancôme.

El Pordentro ya es otra cosa. Ay el Pordentro, ese que no se ve, PERO QUE SE NOTA.

Hay Pordentros muy jodidos, que viven de recuerdos y creen que aquellos momentos rollo Verano Azul de los 80 fueron lo mejor que les ha pasado y les pasará. Tendrán que vivir de rentas Veranoazulescas pa los restos. Las ilusiones no existen en esos Pordentros. La vida, para ellos, es una sucesión de rutinas preacordadas entre sus karmas y sus carnes. Para esos Pordentros la Felicidad es la ausencia de conflicto, SIN MÁS.

Y luego están los OTROS Pordentros. Esos que con los años ganan en perspectiva y que, aunque no escarmientan en cabeza ajena (frase favorita de mi amada madre), han tenido tiempo de hostiarse mil veces con su cabeza propia. A esos Pordentros les mueve la ilusión: por ver a un amigo, por hacer un viaje, por ir a un concierto, por cortarse el pelo, por escribir…

Los Pordentros Ilusionados y Escarmentados saben que «También esto pasará», que de mal de amores no se muere, que hay noches en las que es mejor retirarse a tiempo, que hay que perdonar lo perdonable y empezar de cero mientras puedas.

No voy a hacer demagogias sobre lo maravilloso de la madurez, qué coño. Me molaba mogollón mi Pordentro (y ni os cuento mi Porfuera) infantil, adolescente, juvenil. Pero sé que no volveré al primer beso de aquel verano del 86, ni recorreré mi el mundo en mi Vespino, ya no me dejaré anochecer en la playa mientras mis amigos juegan al voley con las melenas al viento (actualmente calvicies incipientes). Ya no me matricularé en la Facultad de Derecho ni estrenaré mi carpeta de la Universitat de Barcelona (los de allí sabéis de lo que hablo), tan azul y tan nueva cada septiembre. Ya no descubriré Nueva York ni iré a mi primer concierto.

A este Pordentro le toca buscar otras Primeras Veces. Ahora se tiene que currar la chispa de la vida porque la que venía de serie se agotó hace tiempo.

Sí, mi Pordentro es Ilusionado, pero reconozco que mis momentos de felicidad máxima llegan cuando me subo a la máquina del tiempo y paso un finde sin hijos, con las amigas, enajenándome en el karaoke y volviendo a casa, zapato en mano, a la hora a la que normalmente me levanto.

Ayer le pregunté a aquel chaval qué quería ser de mayor. «Feliz» me dijo Él (que olía a libro nuevo, a juguete de Navidad, a vacaciones de verano). «FELIZ». Quise decirle muchas cosas, como que más le vale serlo YA, desde anoche y para siempre.

Me encantaría decirle, a Él y todos los de su especie juvenil, que la vida está hecha de etapas, que todas tienen su encanto, que con los años uno gana en experiencia, sabiduría, sosiego… y que no echo de menos aquellos años de tersura cutánea y cerebral.

Pero mentiría.

Mañana llega el verano y ahí seguiré, buscando más Primeras Veces, cada vez más difíciles y cada vez más escasas.

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Excusas para no dejarle

  Lo sabes hace tiempo, TIENES QUE DEJARLE. Pasa el tiempo y no tomas la decisión. SIEMPRE tienes una excusa que te sirve para seguir atada a una situación que no te conviene:

No estoy tan mal.

Lo de «tan» mal pone los pelos de punta, pero ahora no te das cuenta. Querida mía, hay algunas cosas que no podemos solucionar. ESTA NO ES UNA DE ELLAS. La vida se trata de ser lo más feliz posible, no de conformarse con lo que hay.

No es un buen momento.

¿Y qué momento lo es? Romper con alguien casi nunca es agradable. Tienes que buscar TÚ la hora y el lugar para hacerlo, de la mejor manera posible. Si sigues esperando a que caiga del cielo, LO LLEVAS CLARO.

Total, no le veo casi.

Nadie te pone una pistola en la cabeza para seguir ahí. No debes conformarte con estar con alguien de quien no estás enamorada. No olvides que quizás hay alguien ahí afuera que te estás perdiendo por estar atada a alguien que no quieres ni ver.

Le quiero demasiado.

Pero no eres feliz. Así que tú sabrás si prefieres seguir ahí, infeliz, amargada y con alguien «al que quieres mucho» o echarle ovarios, irte, pasar el duelo y ser feliz pa los restos. Tú ya existías antes de estar con él, no lo olvides.

No puedo hacerle eso.

Va a sufrir. Vais a sufrir. Pero el camino hacia la felicidad a veces precisa de sufrimiento. Piensa que le haces un favor: nadie se merece que estén con él por compasión.

Los niños lo pasarían mal.

Un clásico en el caso de las parejas con hijos. Nada les hace más daño a los niños que convivir con unos padres que ya no se quieren como antes (por nombrar la menos dramática de las situaciones). Incluso si no os peleáis, los niños lo notan. La intuición infantil está MUY INFRAVALORADA. Precisamente por el bien de tus hijos debes dejarle.

Me da miedo quedarme sola.

Tu problema va más allá de tu relación de pareja. Eres codependiente y tienes que aprender a vivir sola o buscarás pareja por las razones equivocadas: para estar acompañada, para llenar un vacío que seguirá ahí a no ser que TÚ lo evites.

Creo que tiene solución.

Quizás sí, y quizás no. Tú sabrás. Pero sé honesta contigo misma, al resto nos da igual.

El problema no es él, son sus circunstancias.

Di la verdad: antes de estas circunstancias hubo otras, y antes otras, y antes otras… Y además da igual si es él, si eres tú o si es lo que sea. Serías más feliz sin él. PUNTO.

Si le dejo, lo pasaré muy mal.

Eso es así, pero llegará un día en el que empezarás a pasarlo mejor. Si no le dejas, ese día no llegará. Las rupturas son jodidas, amigas mías. Ya lo dice la canción: «No hay finales felices» pero sí pueden ser el camino a la felicidad.