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Ligar ahora vs. ligar en los 90

Andaba yo hablando con mi socia sobre el tema ligoteo. Ella tiene veintiséis, yo cuarenta y siete. Me contaba algo sobre una amiga que había conocido a uno la noche anterior, que no le había encantado y que él había dado con ella a través de Instagram. Le estaba dando la turra a base de bien. Entonces me di cuenta de que mis adoradas redes sociales se convierten en un gran inconveniente a la hora de tontear. Podríamos pensar que es todo lo contrario porque te facilita el contacto, pero es que te dificulta el anonimato y, perdonadme, pero a mí eso me echa para atrás. También es verdad que no le vamos dando el nombre y el apellido al primero que pasa, pero os aseguro que los millenials tienen fuentes de investigación para el resto desconocidas. Es muy lista esta gente.

En mis tiempos (ay, Diosmío, qué mayor me siento escribiendo esto) tonteabas con uno en un bar, la cosa terminaba en meneo, o no, o vete tú a saber y, si no le dabas tu número (y ojo, que en los 90 le tenías que dar el del teléfono de casa de tus padres, ahí es ná) no volvías a verle jamás. No nos planteábamos si eso estaba bien o mal. Era así, punto. Mucho interés habías de tener para repetir. Y voy a reconocer que eso le confería un plus de libertad al ligoteo, sobre todo si lo comparamos con la situación actual: nuestra vida a la vista de uno con el que nos hemos pegado dos morreíllos en la barra del último bareto.

No me gusta, la verdad. Mientras escribo, me planteo si esta será una de las tantas razones por las que las tías de mi edad, al menos las de mi tribu, hemos visto nuestra actividad tonteadora reducida a mínimos alarmantes. También es verdad que para ligar a los bares hay que ir a los bares y, quitando el coronavirus, entre el curro, la maternidad y demás responsabilidades de la mujer de cuarenta, no nos quedan muchas fuerzas para lanzarnos a las calles pasada la medianoche. El inconsciente rige el 95% de nuestras acciones diarias y él debe saber que, lo que para nosotras era un entretenimiento momentáneo, ahora puede convertirse en un coñazo duradero. Que puedes darle un nombre falso, que puedes tener cuentas privadas, que puedes bloquear a todo bicho viviente, pero es un plus de molestia al que no estamos acostumbradas ni dispuestas.

En la cara B de toda esta cuestión, la ventaja de minimizar riesgos. Pongamos que usamos Tinder, ese catálogo interminable de seres enarbolando la bandera verde del amor (o el folleteo, seamos honestis). No sabía yo, pero me lo ha contado la gente que sabe, que lo suyo es empezar la conversación en Tinder una vez que haces match y luego pasar a Instagram para pegarle un repaso a la vida, amigos, ropajes, hobbies y demás datos importantes del ser con el que vas a quedar para tomar algo y/o pegarte un revolcón. Por un lado, se supone que te aseguras de que el individuo en sí no es un asesino en serio o que, al menos, no lo parece. No me queda claro si ellos también se quedan más tranquilos cuando ven que ellas no tienen pinta de descuartizar a nadie.

Por otro lado, y siendo realistas, hay fotos que engañan, pero es más fácil engañar en cinco que en cincuenta. En Instagram compruebas que la realidad corresponde con lo prometido, aunque también os digo que hay gente que hace milagros con Photoshop, lo cual no deja de ser bastante ridículo porque, tarde o temprano, si hay suerte, te darás cuenta del engaño.

Otra pega que le encuentro a las redes cuando hablamos de relaciones varias: seguir viendo el jeto de tu ex no te apetece lo más mínimo, pero te sabe fatal bloquearle. El “Si te he visto no te acuerdo” se convierte en algo prácticamente imposible y a mí eso me mosquea. Por mucha pena que nos dé, hay nexos que deben desaparecer, sobre todo si queremos pasar página.

En fin, amiguis, que no es la primera vez que lo escribo: las moderneces en estos asuntos se me atragantan. Quizás deba indagar más para encontrarle las ventajas. O no.

La intuición: qué es y por qué debemos hacerle caso.

Resumiendo mucho, la intuición es ese conocimiento o percepción en el que no interviene la razón.

Nuestro cerebro conserva, afortunadamente, vestigios de aquel que ayudaba a nuestros antepasados a salir pitando cuando el peligro acechaba, sin pararse a pensar si era mamut, león o tormenta. Hay estímulos que absorbemos sin que pasen por el filtro de lo consciente: no es magia, es ciencia.

A título informativo, os comento que uno de mis cientos de propósitos de año nuevo en el 2016 fue hacerle más caso a mi intuición, porque me ha demostrado que no falla. Lo hice y, queridas, no me puedo quejar.

Una conocida empresa de consultoría reveló que más de la mitad de las decisiones que toman los grandes líderes se basan en la intuición. Llamativo, sobre todo teniendo en cuenta que nos encontramos en la era del big data, del análisis, de los algoritmos que todo lo solucionan. Y es que solo sé que no sé nada, pero la verdad es que sabemos mucho más de lo que creemos saber. A lo largo de nuestra vida hemos acumulado experiencias y vivencias que se han quedado en algún cajón oculto, pero ahí están, indicándonos el camino correcto cuando lo necesitamos. Otra cosa es que hagamos caso a nuestra sabiduría inconsciente.

La desconfianza en nosotros mismos, mucho más si hablamos de mujeres, hace que ignoremos ese conocimiento. Nos decimos que esas señales del cuerpo no significan nada y tiramos hacia el lado contrario. Y la liamos, claro. Craso error, amiguis, porque la intuición es un arma poderosa y que, al menos de momento, no puede sustituirse por una máquina, ni por consejos ajenos.

Pero, ¿cómo saber si la vocecita interior es intuición o majaronería? Pues para empezar, si me estás leyendo, llevas unos cuantos años viva y has podido comprobar cuándo acertabas y cuándo no. Analiza ambos tipos de situaciones, ¿qué tenían en común? Probablemente acertaste cuando tomaste decisiones que estaban alineadas con tus valores, eso por un lado. Fácil de comprobar. Y habrá otras muchas en las que algo en tu estómago que dijo que por ahí sí, o por ahí no.

Lo segundo, escucha a tu cuerpo, porque te da pistas según tu sensación sea buena o mala. Eso sí, para escucharla como Dios manda, cálmate, porque en pleno desquicie, difícilmente podemos hacerle caso ni a la intuición ni a nada bueno. Acostúmbrate a vivir conectada, a detectar qué pasa y dónde cuando te invade una emoción. Observa esas punzadas en el costado cuando te pones nerviosa, la carne de gallina ante una canción, la mandíbula tensa si te enfadas, el dolor de tarro que aparece tras un día agotador.

Lo tercero: la intuición se entrena, como casi todo en la vida. Un ejercicio útil es emplear cada día un rato tranquilo en plantearnos preguntas sencillas que se puedan responder con SÍ o NO.

¿Soy castaña? Sí.

¿Nací en Albacete? No.

¿Tengo veinticinco años? No (lástima).

¿Me gusta ir al karaoke? Sí (maldito coronavirus)

Y así una y otra vez, haciéndole caso a las reacciones de nuestro cuerpo ante cada respuesta. Si las apuntamos, mejor.

Cuando lleves un tiempo aprendiendo a observar la relación entre mente y cuerpo y contestando estas preguntas sencillas, empieza a tomar decisiones rápidas ante cuestiones no demasiado importantes de la vida. Haz lo que te salga, apunta lo que pasa. Y de ahí, al resto de tus experiencias.

Somos mucho más de lo que vemos y nadie mejor que nosotras sabe cómo navegar por las aguas de nuestras vidas. Confiemos, entrenemos y actuemos, ¿qué es lo peor que puede pasar?

Hay gente que quiere raro

Hay gente que quiere raro, que entiende el amor como posesión, como expectativa, como surtidor. Hay gente que no sabe que el cariño no se divide, sino que se multiplica. Hay quien dice querer mucho, pero lo importante es querer bien; dar lo que el otro necesita y no lo que a uno le da la gana ofrecer. Y tan importante como el QUÉ es el CUÁNDO y el PARA QUÉ. Hay quien defiende que el amor incondicional existe, y quizás es cierto, pero no debería. No es sano querer a quien nos hace pequeños, a quien nos ignora, a quien nos marea, a quien nos usa para su provecho aunque no se dé cuenta. El desconocimiento de la ley no exime de su cumplimiento y el hecho de que haya ignorantes emocionales no les da derecho a someternos.

Hay quien cree que el autoamor es egoísmo, pero es todo lo contrario. La vida empieza en uno y, desde ahí, hacia su entorno. Coloquémonos nosotras en el lugar que nos corresponde y a los demás no les quedará más remedio que situarse donde no estorben, donde aporten, donde formen parte de un baile armónico y no de una batalla campal.

Hay quien intenta convencerte de que nadie te querrá igual que él. Toda la razón. Y MENOS MAL. Porque el que no desea que elijas a quien querer es que se pasa tu felicidad por salva sea la parte. El amor es, ante todo, LIBERTAD. Nadie te la da, es tuya, aunque lo hayas olvidado. No es que tengas que recuperarla, solo sacártela del bolsillo y mostrársela al resto. Lo mío es mío, no hay manera humana de que me lo robes si yo no te lo entrego. Y no deberíamos entregarnos JAMÁS.  Ni prestarnos. Ni olvidarnos en aras de ocupar esto que somos con otras presencias, por divinas que nos puedan parecer.

Hay quien quiere raro y te quiere a ratos, a trompicones, con horarios y con chantajes. Lo lícito es sentir que intercambias, no que te aplastan, no que te apagan. No a regalar un precio excesivo por unas migajas de quien solo tú has colocado en un pedestal ficticio.

Hay quien quiere raro y se esconde, o se hace omnipresente, o las dos cosas. Hechos y palabras en direcciones opuestas. Grandes carnavales o miseria. Mucha forma sin fondo alguno. Exigencias, demandas, obligaciones, castigos disfrazados. Deberíamos vernos reflejados en el de enfrente. Brillar más cuando aparece. Ser más nosotras que nunca. Quien quiere bien es catalizador, no segadora.

Hay quien no respeta cuando decides que hasta aquí y se escuda en la imposibilidad de vivir sin eso que le das. La trampa mortal de creerte importante porque otro te lo cuenta. Somos naranjas enteras, somos el árbol entero. Queramos a pesar de no necesitar, porque necesitar a veces es raro y siempre es mentira. La necesidad es usar, es servir y es no ver al otro. Mejor querer sin carecer: elegir, decir “esto sí y esto no, porque lo quiero y punto”. Hay quien, si te dejas, te arranca la voluntad de merecer. Y te mereces el cielo, no lo dudes. Es preferible que te duela el alma a que te la roben.

Hay quien es y está. Y hay quien no puede estar porque el ser le queda muy lejos. Esos no valen, que se vayan a la mierda, o donde quieran. Cosa suya. Y hay quien te quiere valiente, libre, independiente, resolutiva, inteligente, lista, decidida, guapa, sociable, exitosa, hambrienta de sueños y viajes y belleza y vida. Esos son los que quieren normal. Y normal no siempre es común, a menudo es todo lo contrario.

       

Ocho truquis para mantener la motivación

Y es que no es fácil tener siempre ganas, mirar directas a la diana de nuestros objetivos y llevar a cabo las acciones para llegar hasta ellos. No tengo un buen día, la meta está demasiado lejos, ya no le veo el qué a eso en lo que me empeñé, etc.

Lo primero sería asegurarnos de que quieres eso que crees que quieres y que lo quieres por las razones correctas (para ti, ojo). Un ejemplo fácil: la dieta a la que te sometes para estar monísima de la muerte (ya sea engordando o adelgazando, que parece que el peso ideal solo se consiga perdiendo). No hay semana que no te la saltes. Quizás, en el fondo, a ti te importe un huevo lo de estar mona o quizás tú te ves divina tal como estás y andas a base de lechuga y/o batidos de proteínas porque tu entorno te ha puesto la cabeza como un bombo.

O puede que quieras ganar o perder esos kilos, pero no por estética, sino por salud y ese cambio de perspectiva sea lo que necesitas para mantenerte firme cual roble. No es el por qué, sino el PARA QUÉ lo que hace que nos movamos en la dirección correcta. Apunta tus para qués y échales un ojo cada día. Será por libretas monas…

Lo segundo, una vez definido el objetivo con detalle, es tener claro que es posible y saber cómo vas a medir que lo has conseguido. Ponte siempre un plazo temporal. No me vale “Voy a crear un blog un día de estos sobre algo de comida”, pero sí “Voy a crear un blog con recetas veganas que se cocinan en diez minutos y va a estar listo en un mes”. Si en un mes tu blog está en la red, listo y preparado para que el planeta lea sobre tu arte culinario, lo has conseguido.

Cuéntale tu objetivo a gente con el mismo criterio que tú, para que te apoyen, te aplaudan y te animen. Te quieres mudar a Londres y has de currar un montón para conseguirlo; qué bien que tu amiga es de las que piensan que viajar es lo mejor del mundo y que si eso es lo que tú quieres, palante. El otro lado de la moneda es alejarte de los aguafiestas, qué pesaos. Ni puñetero caso.

La agenda es la herramienta básica y suprema de la organización y, en muchos casos de la motivación: describe los pasos que te van a llevar desde donde estás hasta donde quieres estar y agéndalos. Si quieres ganar cinco kilos en dos meses quizás tengas que 1) Buscar un nutricionista 2) Buscar un entrenador o un gimnasio 3) Ir al súper 4) Organizarte las comidas 5) Agendar los entrenamientos 6) etc.  Si quieres crear una web decidirás 1) Si lo haces tú y necesitas formación para ello o si pides presupuestos a profesionales 2) Qué textos van a aparecer 3) Si necesitas fotos y de dónde las vas a sacar 3) Qué secciones serán necesarias. En este otro post os di varios tips sobre el arte de agendar como las loquis.

Cada una sabe cómo funciona su cabeza y qué necesita para mantener las ganas: hay quien hace deporte con música hipermarchosa, para así motivarse; quien pega fotos en la nevera de cuando tenía un tipazo; quien pega fotos en la nevera del momento actual, con una forma física horrenda; quien tiene un corcho con fotos que le recuerdan aquello que desea, sea una casa con jardín, hacer yoga cada día o mudarse a París. Todos hacemos lo que hacemos porque el beneficio al conseguirlo es mayor que el coste. Recuérdate el beneficio como sea, tenlo en mente a todas horas.

Una cosa detrás de otra: a veces se nos acumulan los pasos unos encima de otros. Elige uno y termínalo. Olvídate de que están todos los demás. Concentración a tope.

Ten un listado de lo ya hecho. Apuntar cada mínimo logro te empuja a seguir logrando. Si esta semana has conseguido leer una hora al día, ir al gimnasio tres veces, estudiar los cinco temas que te propusiste, organizar las comidas divinamente o quedar con esa amiga a la que tantas ganas tenías de ver, escríbelo y tenlo visible. Has conseguido salir puntual de casa cada día y no has corrido como las locas para llegar al trabajo, has ahorrado, hace dos meses que llevas la manipedi impoluta: APÚNTALO.

Piensa en la persona que serás cuando hayas conseguido eso que deseas: estarás tranquila, orgullosa de ti, con una autoestima acojonante. Date cuenta de que tú eres la única responsable de lo que te pase. Eres poderosa porque tienes el poder de que te pase lo que quieres que te pase. Cuando vengan pensamientos chorras sobre tu posible incapacidad, piensa en qué momento te sentiste así antes. Cuándo alguien te hizo sentir insegura. Eso ya pasó y lo que cuentan los demás tiene que ver con ellos, no contigo. Tatúatelo.

Y, por último, lo primero: te mereces conseguir eso que te has propuesto, vivir con ilusión, sentir que avanzas hacia el lugar que a ti te dé la gana, salir de la rueda de hámster, chorrear autoamor, ser la jefa de tu puñetera vida.

300 gilipolleces que me hacen inmensamente feliz

Porque con las anteriores listas no tengo suficiente. Porque, afortunadamente, cada día hay más.

276. Madrid: las luces de la Gran Vía, las tapas de la Plaza Santa Ana, el karaoke de Mostenses. El camino desde mi casa hasta la Fabulofi, enfrente de ese edificio divino de la SGAE. Ir a ver a Laura a librería Amapolas, comer en el Sr. Ito de la calle Pelayo, oler las flores de “Margarita se llama mi amor”. Observar a la gente, charlando y merendando en “La Duquesita” cuando hace frío en la calle.

277. Esta canción.

278. Ir al cine entre semana, porque sí.

279. Ver Notting Hill por enésima vez.

280. Timothée Chalamet.

281. Los desayunos después de una noche loca, comentando mil jugadas.

282. La conexión con alguien a quien nunca has visto.

283. Renovarse: casas nuevas, olores nuevos, trabajos nuevos, ropa nueva.

284. Salir de noche después de mucho tiempo, los tacones tirados en el sálón a la mañana siguiente, los restos de los espaguetis que te has desayunado bien resecos, la afonía.

285. Las risas con Mabel, meternos la una con la otra y morirnos de la risa. La complicidad.

286. Hacerme amiga de desconocidos simpáticos en los bares.

287. Aprenderme un poco más.

288. Este libro.

289. Esta película.

290. Hacer deporte cada día. La satisfacción de lograr objetivos. Sentir que los pulmones se llenan de aire, que hoy llegas más lejos que ayer. Comprarte mallas divinas porque sabes que las vas a usar.

291. Pensar que en mayo vuelvo a mi amado México en un viaje que, estoy convencida, va a ser un antes y un después. Como todos, pero más.

292. “La jaula de las locas”, el musical. Lo tenéis en Madrid hasta finales de mayo. Y no, no me pagan, me cobran. Qué buen rollo, qué risas, qué buenos están las bailarinas (y no, no me he equivocado en el género de adjetivo y sustantivo). Id.

293. Ir en bus por la ciudad y observar las calles y a la gente. Relax total.

294. La patatera con pan del bueno. No sabía lo que era y una lectora me la envió. Me ha creado una necesidad y me encanta.

295. Seguimos con la comida: el pudding de té verde de Sr. Ito. Tanto me gusta que me lo compro y me lo llevo a la oficina para merendármelo.

296. “Lucifer”, la serie de Netflix. ¿Por el guion? No. ¿Por las tramas? No. ¿Por las localizaciones? No. Por esto:

297. Las comidas de los miércoles en casa de mi amigo Yordo, con su familia. Tan divertidos, tan amorosos, tan mi familia.

298.  “Cádiz”, una obra que podéis ver los sábados y domingos en el teatro Lara. Tampoco me pagan, me cobran. Un texto divertido, realista y ágil de Fran Nortes;  interpretado por el mismo Fran, Nacho López (el hombre más guapo del planeta) y Bart Santana. Conversaciones masculinas desde un punto de vista que encanta a las mujeres. Ya me diréis.

299. Encontrar un boli que escribe solo, con el que tengo una letra divina. Yo, que jamás presté unos apuntes en la universidad porque nadie entendía esos signos satánicos.

300. Que me pasen las cosas que quiero que me pasen.

Regalos de cumpleaños

El lunes cumplí cuarenta y siete primaveras. Me levanté mosqueada, como cada 24 de febrero desde los doce. Ahora la tontería me dura menos que entonces, porque ya sé que es solo un día más, pero también un día menos, así que habrá que aprovecharlo. Nunca me ha  molestado el número, es que lo de ser mayor siempre me ha sonado aburrido. Una especie de camino hacia algo gris que nunca he visto, pero que intuyo. Por más que el color me inunde cada día, yo sigo temiendo al gris. Muy lista no soy.

Para las nueve de la mañana ya había leído algunas felicitaciones. Le caigo bien a bastante gente, qué bien. Y llegó el momento de mi autohomenaje en las redes. Voy a escribir algo bonito y buscare unas fotillos de cuando era pequeña y otras de mayor, por lo de la metamorfosis y tal. De aquella foto que me hicieron en la guardería mostrando orgullosa mis piños centrales inferiores (los únicos que tenía) pasé a las de las playas con mis amigas engullendo sangría; las de los viajes a Nueva York, a Londres, a París, a Sevilla; las de las fiestas con los amiguis; las de las flores en la cabeza (borrosas, que son las mejores); las de los eventos, los Sant Jordis, los premios. Qué bonitas las fotos que no le dirían nada al prójimo pero que a ti te cuentan que ese día estabas muy contenta, o muy triste y ahí estaban tus colegas para compartir o consolar.

Llegados a este punto ya el mosqueo era sonrisa: me pasa lo que quiero que me pase. Y esto solo va a mejorar. Porque pienso regalarme mucho asunto, y no solo para mi cumpleaños, sino cada día. Ese es uno de los propósitos (sí, otro más) que he apuntado en mi agenda de papel y de espíritu: quiero vivir cada día como un aniversario, porque lo es, básicamente. Me voy a regalar más carcajadas, más masajes, más pensar en mí. Más planes, más sueños y más felicidad. Movimiento, avance, sabiduría. Superficialidad máxima, de esa a la que solo llegas cuando has ido, has vuelto y te has pirado otra vez. Paz, mucha paz, de la de verdad. De la que me cuesta porque quiero que las cosas sean como yo quiero, pero no lo son. Y respiro. Paz, mucha paz. Que solo tengo el poder de controlar lo que hay aquí dentro, aunque me joda. Voy a pasear y a ducharme más aún, porque es entonces cuando me llega la inspiración. Quiero inspiración a raudales. Quiero personas que enciendan interruptores desconocidos. Olores nuevos, canciones nuevas, morreos nuevos. Y buenos, claro. También quiero canciones antiguas. Y, mientras escribo esto, pongo a Mecano y sus amantes. Porque también quiero recordar lo joven que era y lo poco que sabía. Y lo poco que sé, porque mi padre, a modo de felicitación me dijo “Tranquila hija, estás saliendo del cascarón”. Y yo le creo porque quiero creerlo y porque él también se lo pasa muy bien todo el rato. Algo sabrá de la vida.

Me voy a regalar muchas letras, porque no estoy leyendo demasiado y ando hambrienta y sedienta de palabras ajenas que hagan brotar palabras propias. Me tengo que regalar historias para luego contarlas. Vivir para escribir y no al revés. Me regalo libertad, de la que te hace comprar un billete de avión sin pensarlo o quedarte en la cama hasta las diez un martes. De la que te sube a unos tacones o te saca en pijama a la calle. De la que te da la media vuelta ante quien pretende robártela. Ni de coña. Ni de puta coña. Dueña y señora.

Viviré entre conciertos, teatros y cines. Me regalaré todas las pelis en las que salga Chalamet, porque no sé que hacíamos antes de existir él. Y existe desde hace poco. Qué joven, qué listo, qué talentazo, qué barbaridad. Voy a regalarme “Call me by your name” por quinta vez, porque me da ganas de Italia, de besos, de verano, de nadar. Y de Chalamet, claro.

Me regalaré más México porque algo me agarra desde las tripas hasta sus cimientos. No sé lo que es ni me importa. Desayunaré en el jardín glorioso del Four Seasons de Reforma. Lloraré de la risa con mi Tru mientras vemos en la cama cualquier chorrada de Netflix, embadurnados en mil mascarillas. Él me comprará tortitas de maiz y yo las meteré en el microondas con jamón y queso cuando me despierto a las cinco de la mañana por el jet lag. Pasearemos por Condesa, por la Roma, por Polanco. Jugaremos a lobos en casa de Txiki. Nos abrazaremos mucho.

Volveré a Nueva York, para que me abrace, que ya es hora. Comeré pizza con mis Golondrinas en Madison Square, con el Flatiron mirándonos de frente, sin entender nada de nuestras conversaciones surrealistas. Pasaremos horas despidiéndonos a las puertas del metro, porque siempre hay algo nuevo que contar, treinta años después.

Me regalaré más Madrid, más noches por Malasaña, más charlas en las terrazas y más brunch de domingo con mis científicos y sus rarezas. Veré amanecer y anochecer desde el Retiro. Me desharé en charlas con Laura de Amapolas. Enloqueceré aún más en esta oficina desde la que Leire y yo imaginamos, planeamos y nos agotamos. Y lloramos de la risa. Y lloramos también.

Seguiré regalándome cuentos que me gusten, como este.

 

Lo que no se ve, pero se nota (2ª parte)

Me quedé con ganas de añadir en mi última columna de El Español más asuntos de esos que no vemos, pero que se notan, porque encajan perfectamente con la gran estima que le tengo a la intuición, porque el ritmo se demuestra andando, porque la mayoría de los asuntos importantes van de dentro a fuera.

Se nota el amor por lo que uno hace, las ganas de ser excelente, por eso hay paquetes que llegan con un envoltorio divino, postres que te elevan al cielo, taxis limpios a más no poder, dependientas de sonrisa permanente. Se nota el orden mental, porque emana paz y da ganas de aprender mucho.

Noto inmediatamente cuando un lugar me pertenece y no le busco más explicación: otras vidas, la energía de los que lo ocuparon antes que yo, algo que está en el aire. Puede ser una ciudad, una casa, una oficina.

Las parejas con química se huelen a la legua, y las que no también. Ese tocarse con cuidado, como explorando un terreno desconocido. Uf, fatal. Con lo que mola la sensación de aprender cada recoveco mejor que si fuera propio, el descaro con el que uno se agarra sin mesura a la carne que vive pegada a tu carne.

Se nota cuando te gusta tu casa, porque la mimas y tienes velas de olores, flores, detalles que denotan que ese espacio es tuyo y solo tuyo. Y se nota también la gente que le da importancia al hecho de rodearse de cosas bonitas, porque así es su ropa, sus muebles y cada detalle que les rodea.

Se nota el ego porque ocupa tanto que no cabe nada ni nadie más. Te impide ver más allá de tus narices y te deja solo, embobado con esa grandiosidad que crees disfrutar pero que, en el fondo, solo sufres. El yo, mí, me, conmigo, a la larga, consume. Déjate de hostias, date cuenta de que no eres la última Coca Cola del desierto y aprende un poquito de los demás. De nada.

La envidia canta y a qué nivel, porque hay quien no se alegra de lo bueno que les pasa a otros, porque algunos se pasan la vida persiguiendo lo que el vecino ha construido y, si consigue alcanzando, no descansa: siempre hay un objetivo ajeno que atrapar. Qué cansancio, por Dios.

Cómo se nota la gente a la que le gusta aprender por el placer de absorber conocimiento nuevo y nada más. Contrastan con esos a los que les encanta “copiar – pegar” para presumir de sabiduría. Los curiosos disfrutan, pero no se regodean. Son discretos, tienen la mirada brillante y un discurso interesante porque sí. Porque todo eso que saben y que sabrán se esconde detrás de cada sonrisa, de cada opinión original.

Me encanta la elegancia natural, porque brota a pesar de que el que la posee vaya en vaqueros y camiseta, se acabe de levantar o esté agotado. Se nota en la mirada, en el buenos días, en la manera de mover las manos o beber el café. Lo ves en lo que comen, en lo que leen, en cómo se peinan y en qué responden ante cualquier pregunta. Se nota mucho, claro, cuando alguien pretende ser elegante pero no lo es. Porque lo fuerza y, sin remedio, se le asoma la ordinariez a la primera de cambio.

Se notan las ganas de ser feliz, porque no hay excusas, ni culpas, ni suertes. Cada acción está enfocada a que les pase lo que quieren que les pase y, ante las negativas, pues otro camino que también disfrutarán. El sofá mental no cabe en ellos. Saben que las decisiones, aunque dolorosas, son necesarias para llegar al norte, así que las toman, le pese a quien le pese.

Los lunes se notan, para bien o para mal. A algunos les supone una cuesta casi insalvable, para otros es la  oportunidad para seguir avanzando. Yo hoy elijo lo segundo, que parece más divertido.

275 gilipolleces que me hacen inmensamente feliz

Porque me he propuesto llegar a las 1.000 gilipolleces, y luego a las 2.000. Y practicarlas. Porque nos merecemos darnos gustazos todos los días de nuestra vida. Por eso todas las listas anteriores no son suficientes. 251. Viajar en tren, ver cómo el paisaje cambia: árboles, niebla, montañas. La emoción de volver a casa o de llegar a mi destino, tan variado últimamente. La ilusión cuando lo que me lleva a esa ciudad es hacer algo nuevo, como este fin de semana en Womprende. 252. Hablar ante decenas o cientos de mujeres ilusionadas, ansiosas por encontrar ese click que les lleve del lugar donde están al lugar que les pertenece. Vuestros abrazos. Sentir que aporto algo. 253. La tranquilidad que me da tener amigos que cuidan gustosos a mis hijos mientras yo cumplo mis propios sueños, la felicidad que me da saber lo que se quieren todos. Que mis hijos me cuenten que mi amigo el cocinitas les ha hecho una comida riquísima. 254. Dormir hasta las diez de la mañana. Levantarme sin prisa. Ducharme tranquilamente. Desayunar tranquilamente. Llegar a ese tren que me encanta sin correr como las locas. 255. La mortadela de Bologna. Con pan del bueno y un poco de sal. 256. Lo bien que me siento después de una hora de gimnasio y unos estiramientos colosales. 257. Reír con amiguis nuevas, como las otras ponentes de este fin de semana. Sentir que nuestra complicidad viene de un lugar mágico del que todas venimos. Reunirme con gente que tiene cara de muchas ganas. 258. Planear mi viaje a México en mayo. Ni en mis mejores sueños aparecía algo tan estratosférico como lo que me lleva hasta allí. 259. Leer textos de personas a las que admiro y que me hacen pensar que, o tan majara no estoy o que hay muchos como yo. 260. Los calcetines divertidos de Jimmy Lion. Mirarme los pies llenos de colorinchis. Y no me pagan, me cobran. 261. La pelota de la escudella que hace mi madre. 262. Los cachorritos peludos. Y los que no son peludos también. 263. Jennifer López y Shakira en la Super Bowl. Ole sus ovarios. Aplausos. Vítores. Admiración absoluta. Inspiración. 264. “Los amantes” de Mecano. Mecano todos ellos enteros. 265. Madrid. 266. Decidir, mientras escribo, que me saco un billete para pasar dos días en París. Porque lo hacía cada año y llevo varios sin hacerlo, qué gilipollas. 267. Los croissants de Pan Delirio. 268. La gente que huele muy bien, a limpio. 269. Restarle importancia a lo que antes la tenía y no la merecía. 270. Esta foto de @fahdesss. 271. Este libro. 272. Este vídeo. 273. Dejar ir, despedir, hasta luegui, esto no va conmigo. Dejar espacio para que lo bueno y nuevo llegue. 274. Hacer limpieza radical. Marcarme un Marie Kondo antológico. 275. Descubrir un perfume nuevo y saber que lo han fabricado para ti, porque es perfecto. Sorprenderte al usar una bufanda que rociaste con él. Olisquearla y ser muy feliz.

Una tía muy cabrona. Y periodista (o algo así)

Lo más difícil en el oficio de escribir es definir el tema: eso que interesa a los demás y te interesa a ti. El inicio del hilo que te dará el pretexto para contar algo: para contar la vida, al fin y al cabo. Una excusa para conectar tus tripas con las del que te lee. Todo magia, todo belleza. Pocas veces las musas te visitan sin avisar, son momentos en los que sientes el impulso irrefrenable de lanzarte sobre el teclado para vomitar todo eso que te arde en el alma. La mayoría de los días te sientas con un ataquito de desesperación porque no tienes ni puñetera idea de nada, no sabes por dónde empezar, pero tienes la seguridad de que no te levantarás hasta que hayas soltado setencientas palabras. Eso le pasa, creo, a la mayoría de escritores. Un sufrimiento enorme, oigan, pero cuánto compensa.

Y luego hay gente, por llamarles de alguna manera que, ante la falta de inspiración, optan por lo fácil: vamos a criticar, a poner verde, a reírnos del prójimo. Si total, cabrones dispuestos a burlarse de los otros siempre va a haber, no irá de uno más. Y escritores sin escrúpulos, pues parece que también.

Fijaos que esta ha sido una de esas escasas ocasiones en las que tengo clarísimo sobre qué, o sobre quién escribir. Porque me pone tan del hígado que no puedo (ni quiero) refrenar el impulso. No voy a dar su nombre, no se merece la publicidad, y lo que quiero, al fin y al cabo es poner de manifiesto una situación que provocan algunas personas y contaros lo que opino sobre ellos. Sí os diré que se trata de una tía que escribe en un periódico muy famoso y que no deja títere con cabeza. Sus víctimas favoritas son las mujeres. Sí, es de esas bicharracas que con una frase le pueden amargar el día al más pintado. Una pena.

La mujer en cuestión empieza columnas con la palabra “odio” y, en la misma frase, coloca un “no puedo soportar”. Esa es su línea. Ella escribe lindezas tales como ” Me cae bien porque no es delgada y le da igual”. También se mete con las que sí están delgadas según ella, porque no comen, dice la enterada de las narices, como si viviera en sus cocinas. Ay, la envidia, qué mala es.

Critica al jurado de los concursos, cuestionando la necesidad que tienen de estar en esas sillas porque no llenan conciertos, habla de “niños gordos” y “niños repelentes sabelotodo”. Tampoco la infancia le merece ninguna piedad. Nunca en mi vida había leído tanto adjetivo infravalorando, insultando y ofendiendo. Se convierte en portavoz de personas que no conoce comentando que “sus fans alucinan” refiriéndose a la pareja de alguien cuyo nombre ocupa el titular de su mierdicolumna. O sea, usas el nombre de alguien que le interesa a la gente (por lo que sea), te metes con ella, con su peso, con su novio y con María santísima y cobras por ello. Ole tu papo, chavala. Prueba a poner tu nombre en el titular, por pura curiosidad, a ver si alguien le da al click. Hablas de alguien que es médico y añades “pero urólogo”, como si por eso fuera menos médico, como si por eso salvara o mejorara menos vidas. Tú, que has hecho del despelleje tu oficio, cómo te atreves. Un respeto, por favor.

Ella descalifica incluso cuando se supone que está hablando bien de alguien. Escribió una columna sobre Leticia Dolera, alabando su serie y añadiendo “le perdono sus arranques feministas”, entre otras perlas. No pierde oportunidad y le arrea, también, a Aina Clotet. Despotrica contra las bodas, contra las vestimentas, contra los peinados, contra los presentadores. Injuria a las actrices por  mirar los precios de las prendas de rebajas, por no responder a un ideal de belleza que ella se ha inventado. Por respirar.

Este ser termina uno de sus escritos justificando su mala leche porque escribe en lunes. Llámame loca, pero juraría que andas llena de bilis de lunes a domingo sin excepción. Es imposible escupir tanta mierda si no es así.

No ofende el que quiere, sino el que puede, ya. Eso no significa que la sarta de bestialidades que escriben esta señora y otras sea algo lícito o moral. No digo su nombre porque creo que nadie debería leerla, pero la leen, y algunos de sus improperios llegan a los protagonistas, que son personas, con sus sentimientos y sus cosas de ser humano. Quiero pensar que, en más de una ocasión se la habrán cruzado y la habrán puesto en su sitio. El mejor desprecio es no hacer aprecio, pero hay límites que no deberían rebasarse y esta se pasa tres pueblos. Sí, “esta”, sin nigún tipo de consideración, porque no se la merece.

Qué pena me da que alguien decida usar una profesión tan útil como esta con fines crueles, que eso sea lo único que pueden presentar ante el mundo, con lo fantástico que es tener la oportunidad de expresar lo que piensas, lo que sientes, lo que has aprendido de la vida y que puede ayudar a otros.

Para colmo de despropósitos, la escucho en una entrevista decir que le ha sido fácil escribir su libro porque tiene facilidad para redactar. Si redactar es poner una palabra tras otra, pues vale. Ahora, si redactar es transmitir una idea con claridad, va a ser que no, porque tales son sus ansias de escarnio que se evade del tema central contínuamente, sea el que sea. Si redactar es adornar con arte los párrafos y crear algo que valga la pena leer: NI DE COÑA.

Se me olvidaba: ella, que ha escrito un libro, ni siquiera se solidariza con el esfuerzo de sus colegas y también les desacredita, infravalorando sus premios y haciendo cábalas sobre la cantidad de libros que venden. Ni que decir tiene que el de ella ni ha sido un superventas, ni ha sido premiado, ni nada de nada. Hay que ser ruin y gilipollas. Lo siento, alguien tenía que decirlo.

Para terminar y para colmo, en la descripción de su sección en el periódico, afirma que en ella “analiza a los personajes de actualidad en clave de humor”. Chavala, el humor hace reír; lo tuyo es para llorar.

Lo que mola es la gente con ganas (entorno trampolín).

No voy a descubrir nada nuevo si hablo de la importancia del entorno en cualquier aspecto de la vida. Dicen que somos la media aritmética de las cinco personas con las que más tiempo pasamos. Paremos un momento a pensar quiénes son, cómo son y qué hacen con su vida. Si se te tuerce el gesto, mal vamos. Si lo que abunda entre ellos es la falta de motivación, de ilusión y de palante, empieza a plantearte que, si no se te ha contagiado ya el virus de la mediocridad, suerte tienes, pero no la tientes, amigui.

Me gusta la gente con ganas. Ganas en general. Ganas de reír, de quedar con amigos, de embarcarse en proyectos nuevos, de que su vida se parezca peligrosamente a sus sueños. Gente que se levanta cada día con la intención de aportar algo a alguien y de descubrirse un poco más. Gente curiosa, para la que el aprendizaje no es un coñazo, sino la razón última de su existencia, para los que absorber la magia de todo lo que les rodea no es solo una necesidad, sino un placer. 

Rodeémonos de gente con ganas, seamos esa gente. Qué perezón más grande dan esos que miran de reojo a los que caminan entusiasmados por cualquier cosa. El gafapastismo criticón de la risa y el despiporre. Las tribus de mujeres que critican a mujeres, de personas que se pasan la vida observando las vidas de otros porque de la suya ya no queda nada, se deshizo entre las calles amargura y envidia.

Cuántos sueños se desvanecen porque carecen del abono que todos buscamos (o deberíamos), ese compuesto de amigos dispuestos a escucharte, a confiar en ti y a animarte en tus hazañas aunque no las entiendan. Ni falta que hace: con que tú seas feliz, yo lo soy.

A veces es complicado encontrar una panda que te empuje y te eleve. Algunos viven en lugares pequeños, donde el miedo a la crítica y el aburrimiento no son un buen caldo de cultivo, pero amiguis, que ahí tenemos Internet, con su alcance galáctico y una cantidad bestial de personas buscando personas, de mujeres buscando mujeres, ansiosas por contar lo que les pasa para no sentirse únicas y locas, para conseguir ese aliento que no encuentran en los que están al lado.

Huyamos de los entornos castrantes, ya sean padres, hijos o espíritu santo. Hay mil foros, espacios de coworking, reuniones donde contar tu idea, videoconferencias con quien, desde el otro lado del mundo, te cuenta cómo llevar tu objetivo a buen puerto. Tienes la misma estructura genética que ellos, sois capaces de lo mismo. El mundo entero está a un click, literalmente. Nos pasamos la vida con la nariz pegada a unas redes sociales que pueden ser tan dañinas cuando lo que buscas es evadirte, como útiles y milagrosas cuando las usas a tu favor: investiga, pregunta. Te sorprenderá cuántos están dispuestos a compartir su experiencia contigo como antes otros lo hicieron con ellos.

Abogadas que decidieron que vivirían de hacer las mejores tartas del planeta, publicistas que lo dejaron todo para llevar grupos de mujeres a Nueva York, ejecutivos que ahora son expertos en educación socio-emocional. Probablemente no lo hubieran conseguido sin una mano amiga, sin el aplauso de congéneres con tantas ganas como ellos, sin sacudirse miedos propios y ajenos.

A veces miramos el mundo como si sus habitantes fueran alienígenas con superpoderes, mucho más inteligentes que nosotros y con una capacidad fuera de nuestro alcance. Excusas, mentiras que nos contamos a nosotros mismos. Cuando esos extraterrestres forman parte de nuestro círculo y caemos en que algo habrán visto esos seres extraordinarios en nosotros si son nuestros amigos, la existencia se convierte en algo excitante, divertido y lleno de posibilidades que no podemos desaprovechar. Si no es el caso, en nuestra mano está deshacernos del entorno castrante para encontrar el entorno trampolín. Y luego no habrá marcha atrás.

 

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Sol Aguirre · 43679559Y · Fernando VI, 11, 2ºC Madrid 28004 · 911 83 63 03 · Diseño tactic [studio]

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