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12 razones por las que adoro Nueva York

Por qué Nueva York

12 razones por las que adoro Nueva York

Muchas me preguntáis por qué siento este amor por Nueva York, cuáles son mis lugares favoritos, cuándo empezó este romance. Y os contaría que me apasionan las ciudades, la información constante que recibes en ellas sin darte apenas cuenta, que esa amalgama de humanos de tantos colores, culturas y credos se me antoja apasionante. Podría hablaros de la libertad que sentiré cuando, en pocos días, aterrice allí. Al perderme por tantas calles humeantes en las que inventaré tantos personajes, de cómo allí formo parte de algo más grande que yo, de que la Gran Manzana me abraza nada más llegar. Os diría que hay una paz extraña al sentir que vuelvo, no que voy; al tener mis rutinas en un lugar que está a seis mil kilómetros del Madrid donde vivo.

Podría hacer una lista de lugares gloriosos en los que incluiría mi puente de Central Park, el mercado de Union Square, las estanterías de Strand Books, los bancos de Madison Square Park donde engullo pizzas de Eataly en su caja de cartón mientras disfruto de las luces del Empire State y me muero de risa con mis amigas. Incluiría la caminata sobre el puente de Brooklyn al anochecer, para luego contemplar los rascacielos desde el otro lado, sin prisa, anonadada por esa grandiosidad que me deja sin aire a pesar de que la he observado más de cien veces.

Os diría que es obligatorio ir a  “Sleep no more”, la obra de teatro interactiva y muda en la que te pierdes en un hotel, con una máscara que te tapa la cara, y que puedes repetir actividad cuantas veces quieras porque nunca verás la misma función. En mi lista de recuerdos favoritos está la proyección de “La historia interminable” en Prospect Park y la de “Cocktail” en el Museo Intrepid, que es un portaaviones (espero que este año les den por poner “Top Gun”). Las tardes tirada con mis amigas en el césped de Bryant Park, escribir en la Biblioteca de Nueva York, ir a un musical, caminar desde el Meatpacking hasta el Soho pasando por Washington Square para ver al pianista bajo el arco. Visitar Williamsburg y el barrio judío ortodoxo en Brooklyn para que el contraste me deje ojiplática. Cenar coreano en Gaonnuri, con vistas a la ciudad que nunca duerme. Visitar la Frick Collection, el Guggenheim, el MOMA. Pegarme el lujo de tomar el té en la cafetería de Bergdorf´s. Visitar Barney´s y sus vestidos rollo gala de los Oscar.

Bailar sin pausa en un bar del East Village en el que una señora con pinta de farmacéutica me echa las cartas y, apalancada en la barra, hablar con todo el mundo, porque así son los yankees de comunicativos. Volver a casa de madrugada en un taxi amarillo sin suspensión y con un conductor con turbante. Seguir bailando en casa de mi amiga de la facultad, que se mudó allí hace mil años, con el pijama puesto y dando las gracias a todos los dioses del Olimpo por dejarme ser joven otra vez, por darme un tiempo sin hijos, sin responsabilidades, sin más preocupación que la de no despertar a los vecinos.

Escribir en las cafeterías, que las letras se me salgan del cuerpo sin orden ni concierto, fundirme con la historia que estoy contando. No saber dónde acaba mi protagonista y dónde empiezo yo. Y qué más da.

Tener la seguridad de que se acercan cuarenta días de inmersión en esto que soy, de que algo cambiará aquí dentro, porque así son los viajes, los del cuerpo y los del alma.

las claves de sol

Del estrés positivo y la importancia de un buen par de tetas

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Las necesidades y las tetas.

El otro día una amiga me contaba que no entendía por qué su madre, con 70 años y tras una mastectomía, se iba a reconstruir el pechamen. Qué necesidad, a esa edad, otra operación más. Y es que tendemos a pensar en la edad como algo independiente de nosotros, pero no de los demás. Yo quiero sentirme bien con cuarenta y seis, igual que con veinte, o quizás más. Y si continúa esta tendencia, a los setenta me ocuparé aún más de mi persona. Pero cuando hablamos del de enfrente no nos damos cuenta de que ahí dentro hay ilusión, ganas de renovarse. Porque el partido termina cuando suena el pitido final, nunca antes. Y así debe ser. Y esa madre de setenta está convencida de que será más feliz con su par de hermosas tetas, ni más, ni menos. Y si con treinta, con cuarenta o con ochenta decido tener las tetas más grandes, me someto a un aumento de senos. Si eso es algo superficial o no, a nadie le importa. Seamos libres para descubrir cuales son nuestras necesidades, qué es lo que es importante. Tener tetas, aprender a meditar, correr una maratón, vivir en el campo, vivir en Nueva York, hacer un safari, adelgazar diez kilos, engordarlos, un tatuaje, nadar desnuda en el mar, tomar una cerveza fría. Que eres tuya, solo tuya.

Vogue Business

Gloria al cielo, Aleluya, que al fin una revista femenina incluye una sección de negocios. Sí, amiguis, por fin se han dado cuenta de que, para comprarnos bien de potingues y bien de trapos, tenemos que trabajar y, de hecho, lo hacemos. Como las loquis, además.  Os animo a que le echéis un ojo a la web porque encontraréis artículos la mar de prácticos: información sobre becas, consejos para emprendedoras, o cuál es la importancia de poseer una marca personal son algunos de los temas que encontraréis. No, Vogue no me paga, más quisiera. De hecho, me cobra, pero es que me ha dado una alegría muy grande esto de que nos traten como a seres productivos y no meramente ornamentales y tenía que compartirlo.

El estrés positivo

Cada miércoles, a las 21.30, hago un directo de Instagram tratando temas que vosotras me habéis comentado en alguna ocasión. Esta semana tuve un invitado muy especial: Ángel López. Mi Tru, mi amigo del alma, que dejó su trabajo de ejecutivo agresivo para estudiar psicólogia positiva, educación socio-emocional y que, entre otras actividades, ahora se dedica a impartir talleres sobre estrés positivo. En el directo, aparte de descojonarnos vivos con mis anécdotas, hablamos de la importancia de estar presentes para diagnosticar inmediatamente cuando vamos a dejar que las emociones nos gestionen en lugar de gestionarlas nosotros. De lo importante que es entender cómo funciona nuestro cuerpo y nuestra mente para poder manejarnos y no dejarnos manejar. Porque nos pasamos la vida aprendiendo a conducir, a hacer funcionar la lavadora, a trabajar con programas informáticos, pero no tenemos ni puñetera idea de qué hacer con esto que somos.  Hablamos de un libro llamado “Por qué las cebras no tienen úlceras”, que me pienso leer ya mismo. Y es que la cebra se estresa cuando ve al león, porque tiene que salir por patas y necesita ese caudal de sangre asalvajao que provocarán la adrenalina y el cortisol. La cebra corre como las locas para salvar su vida y, cuando el león atrapa a una de sus compis, ella y el resto del rebaño se relajan inmediatamente. Pasean y pastan. La cebra al hoyo y el resto al pasto. No se calientan el tarro pensando lo que podría haber pasado, si mañana volverá el león. Y es que quizás el león mañana tenga ganas de ciervo o de jirafa, para qué martirizarse. Yo, desde que escuché todo eso, solo quiero ser cebra.
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13/5/19. Sobre la marea rosa y la importancia de ponerse triste (a veces).

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Qué van a pensar de mí.

No hay taller de escritura en el que no asome el maldito “Qué van a pensar de mí”. El del sábado pasado no fue una excepción, básicamente porque no hay día en nuestra vida en el que ese pensamiento de mierda no nos golpee la nuca. Qué me pongo. Qué digo. Cómo me peino. Qué no digo. Mejor no escribo. Mejor no opino. Mejor digo que sí a todos. Voy a hacer lo posible para no disgustar a nadie, qué más da si la disgustada soy yo. Intentaré que llueva a gusto de todos, seré su paraguas, ya me mojo yo. No protestaré demasiado, vaya a ser que alguien se ofenda. Me dejaré arrastrar por los estereotipos y nunca iré contra corriente, que eso es de locas y estar loca es algo horrible. Seré normal, signifique lo que signifique, por más que el aburrimiento me achicharre. Me importará lo que todos, incluso gente que ni conozco, opine sobre mi vida. Viviré la vida que alguien, que no conozco ni sé quién es, diseñó hace dos mil años. No me reinventaré, porque me van a criticar. No gritaré “Y a ti qué coño te importa”, sería una falta de respeto.

Solo una cosita, queridas: NO SOMOS ETERNAS.

La Marea Rosa

El domingo caminé la Carrera de la Mujer. Y digo caminé porque eso es lo que hice: pasear tranquilísima junto a mi amiga Juana, disfrutando de esa marea rosa demoledora que recorrió Madrid para recordarnos que juntas hacemos magia de la buena. Paré, como manda la tradición, en La Mallorquina, para zamparme una ensaimada que el camarero, más que entregarnos, nos lanzó cual frisby. Está claro que vamos allí por lo buenísimos que están los bollos, porque hay que joderse con el servicio. Pero en fin, a lo que íbamos: qué subidón formar parte de algo más grande que una misma. Qué ilusión ver a tanta gente apostada a lo largo del recorrido con carteles de ánimo, aplaudiendo, reafirmando lo rematadamente fabulosas que somos. Cuánto me acordé de todas las amiguis que me leen y me escriben mientras luchan cuales salvajas para curarse. Qué conmovedor ver las camisetas color rosa chillón cubiertas con fotos, con los nombres de las que, a pesar de no correr, estaban allí con nosotras. Y nosotras allí por ellas. 

La tristeza. La paz.

Después de terminar mi Caminata de la Mujer llegué a casa, los niños estaban jugando en casa de un amigo, era domingo. No tenía brunch planeado, ninguna peli nueva que me apeteciera. Mil cosas por hacer, tanto en casa como frente a esta pantalla. Ningunas ganas de ponerme al tajo.

Mientras pateaba la Gran Vía con otras treinta y seis mil mujeres, un amigo me mandó un mensaje. Había visto esa marea rosa en mi Instagram: “Hay que ver, no paras, que te gusta un sarao”. Tampoco es para tanto, pensé yo. Hasta que analicé mi última semana, mi último mes, mi último año y porque del resto no me acuerdo. No paro, es un hecho. Y paré cinco minutos, tirada en mi cama, sin ordenar armarios, sin planear mi agenda, con esos nueve kilómetros pegados a las patas, con las tantas horas del taller del sábado en la sesera, con el cansancio normal de estas jornadas maratonianas. Y algo parecido a una tristeza milimétrica me pellizcó. Hostias, que mi cuerpo y mi coco están tan aferrados a esta inercia que, cuando freno, en lugar de relajarme, me entristezco. O eso creo, o yo que sé. Cuántas me preguntáis cómo soluciono mis bajones. Cuántas veces he contestado que con mi música, con mis amigos y con un puñado de perspectiva. Ayer decidí que no hay nada malo en bajar el entusiasmo junto con las revoluciones, que no iba a hacer ninguna llamada para distraerme, que Celia Cruz se quedaba calladita y que quizás debería plantearme más a menudo que lo que una necesita para equilibrarse anda por aquí dentro. Que hay que mirar en los cajoncitos del alma para decidir qué tiramos, qué ordenamos y, algo aún más importante:  qué asuntos nuevos vamos a meter ahí. Y no porque necesitemos novedades, sino porque las queremos. Nuevos amigos, aficiones nuevas, más viajes, más lecturas, más canciones, muchos más besos, aún más ilusión: puedo vivir sin todo eso, pero no me da la gana.

   

#LunesConSol, 6/5/19, sobre picores vaginales y el Día de la Madre

Los picores de ahí abajo.

Has leído el título y has pensado DIOSMÍO, QUÉ COSA MÁS HORRIBLE. Normal, porque lo es. Lo que voy a contar le pasó a mi amiga Estrella la semana pasada, pero le podía haber pasado a cualquiera. Cualquiera con vagina, se entiende.

Nada que no sepáis: aquello empieza a picarte, a arderte, a provocarte ganas de sentarte en una cubitera, de pedir una epidural, de arrancártelo de cuajo. Venga, que no eres nueva, un ovulito contra los malditos hongos y listos. O no.

Esto empeora. No puedo caminar. De ponerme bragas, ni hablamos.

Me voy a urgencias, pensó Estrella, porque esto es urgente. Esto es lo más urgente del mundo. Apártense, accidentados, que lo mío es muchísimo peor que lo vuestro.

El precioso momento de la preguntita “Sí, cuénteme, qué le pasa” solo hace que mejorar cuando el que lo pregunta es un bigardo buenorro. Qué bien todo. Venga, como una tirita: un, dos, ¡tres!

Tengo la zona vaginal inflamada y con mucho picor. Todo con mucha finura y educación. Jeto inexpresivo. Como si no le estuvieras hablando de tu coño. Como si no le estuvieras diciendo que ahora mismo tienes el coño como una hamburguesa: hinchado, deforme y ardiendo.

Él que asiente y sella cuatro papelitos.

Al fondo del pasillo a la derecha, sala de espera, te llamarán.

Y no quieres mirar los papelitos por lo que pueda poner, que bien podría ser “Le pica aquello que no es normal”, “Diosmío la que debe tener ahí liada”, o “Dadle algo que, aunque intenta disimular, se le están saliendo los ojos de las órbitas”.

Te llaman con tu nombre y tu apellido: Estrella Sanchez, pase. La ginecóloga te vuelve a preguntar por los síntomas. Venga, que es precioso esto: inflamación, picor, ardor, me quiero morir, no puedo más, deme algo, acabe con  este sufrimiento, ampute si es necesario.

Quítese las bragas. Despatárrese. (No es lo que dicen, pero es  lo que oyes). Y lo haces sin pensar, porque solo quieres acabar con aquello.

Y cual es tu sorpresa cuando la ginecóloga, mirándote el jilguero, espeta un claro ESTO NO ESTÁ HINCHADO.

Mira, no me jodas, ¿pero cómo lo tienes tú? ¿Qué tipo de bestialidades observas sobre este potro? Porque yo, desde aquí arriba, veo cosas que no sabía ni que tenía. Lo de dentro ahora está fuera. En el rato que hace que no lo veo, de hamburguesa ha pasado a solomillo. ES COLOR BURDEOS. Y no hay úlceras, continúa la señora antipática. A ver, tía, que te he dicho que me pica, no que me haya restregado contra una motosierra. Insisto: ¿pero tú qué tipo de deformidades ves aquí? Esto está normal.

Y además hay una cosa blanquecina que no me deja ver. Y te enseña, con cara de angustia, el pato ese con el que te abren aquello, sin atisbo alguno de sensibilidad o empatía.

Sí, ya le he dicho que me puse un Ginecanestén.

Mire usted, señora, que no he venido aquí para que me riña o niegue la evidencia. ¿Va a ayudarme o esperamos a que me explote el solomillo?

El caso es que la ginecóloga, sumamente desganada, le recetó a Estrella bien de Blastoestimulina por dentro y por fuera. Estrella se volvió a casa cabizbaja y me consta que, una vez su zonas bajas retomaron el tamaño y la tonalidad habituales, se ha hecho una foto para poder mostrarlo en su próxima visita al gine. Por aquello de tener una evidencia gráfica de lo que es normal, un algo con lo que comparar.

El Día de la Madre

Cambiamos de tercio radicalmente, gracias a Dios.

Ayer, 5 de mayo, fue el Día de la Madre. Anteayer, sábado, yo había quedado con mi amiga Asia para ir a desayunar. Su suegra estaba de visita y se podía quedar con el bebé. Sol, tía, no puedo con las ganas de rajar, de reír, de que nos contemos. 

Me despierto a las 9.30 y veo un mensaje de Asia. No puede venir a desayunar conmigo, la nena está malita hace días, llevan sin dormir ni te cuento. No puedo con mi vida. Lo siento, amigui.

Y me supo fatal por Asia. Y recordé una cena la semana pasada, con mi panda de No Madres, y sus risas cuando les contaba que hace unos días me bajé en pijama a la cafetería de debajo de mi casa porque no aguantaba más a mis hijos. Las entiendo, porque como dice Nuria Labari en su último libro “La maternidad es un cuchillo sin empuñadura: imposible agarrarlo sin clavártelo”. No te puedes imaginar cómo es hasta que la experimentas. Por eso mis amigas se reían y yo no. Una podría pensar que el amor maternal todo lo puede, que ese plan de desayuno frustrado no duele porque el quedarte al lado de tu nena es la felicidad suprema. Pues no. Te jode, te jode lo más grande, porque ese desayuno es oro puro, es la libertad, es el volver a ti durante hora y media, es el encontrarte con alguien a quien echas mucho de menos y que no es tu amiga, sino tú misma.

El sábado mis hijos estaban con mis padres y no pude evitar contrastar el momento de Asia con el mío. Sin duda, me quedo con el mío: con mi día de yoga, de brunch, de lectura en silencio, de ducha tranquila, de mascarillas mil, de charla telefónica de dos horas con mi Golondrina de Nueva York. De paz y felicidad absolutas. Y no, no me siento culpable por pensar así. Lo contrarío me parecería, por decirlo suavemente, raro. Sin suavidad: mentira.

Comienzo el Día de la Madre en soledad, frente a mi Cola Cao, mi vela de vainilla, un silencio solo interrumpido por lo último de Vanesa Martín, el sol que entra por mi preciosa ventana y esta pantalla que compartimos vosotras y yo. Esta tarde mis pollos y yo nos celebraremos viendo la última de “Los Vengadores” y zampándonos un Big Mac. Mientras tanto, me reafirmo en la necesidad imperiosa de ser dueñas de un tiempo para escucharnos, para recuperar a esa que éramos antes de ser las madres de alguien y que la responsabilidad nos devorara, para pensar, para soñar sueños que son solo nuestros.

     

Lunes con Sol, 29/4/19 (sobre Sant Jordi, Nueva York y bibliotecas que salvan vidas)

Los juguetes de Laura

Mi amiga Laura es un no parar de maravillas: lo mismo te baila un tango, que te arregla el coche, que organiza un cumpleaños para quince niños y se los lleva a dormir en tiendas de campaña, que se disfraza de pornoenfermera para sorprender a su novio. Una fenómena paranormal, mi Lauri. Yo, que siempre he tendido a lo básico en esto de las sexualidades, descubro todo un mundo en cada cena con ella. Lo último es que, disfraces aparte, se ha hecho con un arsenal kit de juguetes sexuales. Ella, la Sherlock de Google, ha encontrado una web, sexydream.es, donde lo mismo te compras un traje de policía erótico-festiva, que con con una barra de pole-dance, que con el vibrador más moderno del mercado. Yo de momento le he echado un ojo y la cosa promete, ya os voy contando.

 

Sant Jordi

Ya lo decía Renard, “Cuanto más se lee, menos se imita”. Aplicable tanto a la escritura como a la vida. Cuán necesario es encontrar nuestra voz, quiénes somos, independientemente de las circunstancias, de quién nos rodee. Los que somos lectores desde pequeñitos sabemos que hay libros que nos marcaron, pero no creo que alcancemos a imaginar cuán importantes fueron para construir esto que somos. “Mujercitas”, “La historia interminable”, “Esther” definieron las raíces de mi presente, como persona y como escritora. Mis sueños, mis deseos y el mapa de mi vida se dibujan gracias a lo que he leído.

Hagamos que nuestros niños lean, para que sean felices, para que las vivencias de otros se les filtren, para que aprendan que hay otros mundos en este. Que hay infinitos mundos. Que la curiosidad de descubrirlos pueda más que el miedo a lo desconocido. Ensanchemos su planeta y el nuestro. Abrámosles la mente más allá de las puñeteras pantallas. Convirtámoslos en seres libres. Seámoslo nosotros.

Sepámonos capaces de escribir nuestra propia historia, ya sea en la cotidianidad como en el papel. Las decisiones valientes no son exclusivas de nadie. Nadie nace con el mapa hacia la plenitud bajo el brazo. No hay ningún gen privativo de los que se sientan en esas mesas de Sant Jordi en las Ramblas a firmar libros que ya no son solo suyos, que son de todos. Soñar es gratis. Escribir no tanto, pero ningún esfuerzo es demasiado cuando la recompensa es la felicidad más absoluta.

Nueva York

Qué os voy a contar que no sepáis sobre mi amor hacia esa ciudad en la que transcurre parte de mi novela y que siempre será un personaje de mis historias. Este verano pasaré cuarenta días allí, escribiendo mi tercer libro (ya, aún no esta terminado el segundo, qué más da). Quiero escribirlo del tirón, en Mi Lugar en el Mundo, que destile esa energía del verano neoyorquino, que refleje esos matices que, una vez de vuelta al mundo real, se diluyen. Porque todos deberíamos escribir lo que nos pasa cuando salimos de la rutina, cuando sentimos que chorreamos vida por los cuatro costados y deseamos que se pare el tiempo. Para saber donde volver cuando las obligaciones nos aplastan, para recordar que siempre podemos regresar al lugar donde fuimos felices, aunque sea leyendo sobre él.

Mis últimos días en la Gran Manzana los pasaré junto con Bianca, de Sola en Nueva York, y todas las mujeres que quieran acompañarnos del 20 al 26 de julio. Sé que serán un antes y un después para mí, espero que para ellas también.

Amapolas en La Paz

Muchas ya sabréis de esta iniciativa (#AmapolasEnLaPaz) que estamos llevando a cabo Librería Amapolas y servidora junto con el IdiPaz. Nos hemos propuesto crear las bibliotecas de las salas de hematooncología y hemodiálisis en el hospital de La Paz. Tanto los pacientes como sus familiares pasan mucho tiempo allí y su buen estado de ánimo es fundamental en esos momentos. Hace unas semanas visité la sala de quimioterapia para donar algunos ejemplares de mi novela y me encontré con una panda de luchadores que bien se merecen la alegría de los libros. Esta semana montaremos las estanterías y llevaremos los primeros ejemplares que ya habéis donado. Seguiremos recogiendo libros tanto en Librería Amapolas, de martes a sábado de 12:30 a 20:30, como en La Paz, edificio Idipaz, a la atención de Paloma Gómez, para la iniciativa “Amapolas en La Paz”. También podéis traer libros para niños, que serán llevados a planta.

Hagamos que el mundo hoy sea un poco más bonito que ayer. Difundamos. En breve iré anunciando en redes los hospitales de fuera de Madrid que aceptan donaciones como estas. Gracias por adelantado.
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Lunes con Sol, 22/4/19 (Sobre unos días sin niños y la importancia de verse a una misma)

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La música y las duchas

Mis hijos se han quedado con los abuelos unos días y lo que, a primera vista, pudiera parecer algo superficial e irrelevante, unos días de no escuchar el mamimamimami constante, ocuparse de cenas y comidas y pensar (porque lo que no sabe la gente que no tiene hijos es que, cuando los tienes, no hay tiempo para pensar, sobre todo en una misma) se ha convertido en un ejercicio regenerador de efectos supersónicos. Y es que se nos olvida que la maravilla que es escuchar música por las mañanas, el placer que es levantarse con la mente en blanco y sentarte a tomar tu té en ese sillón que ves de refilón durante meses. El no tener nada que hacer al principio te da hasta vértigo porque la rueda de hámster lleva tanto tiempo en marcha y a tal velocidad que pararla es tarea complicada. Tienes tiempo para quedarte en la cama mirando al techo y fantasear sobre un viaje a Australia. Para recordar aquella noche de karaoke, la última vez que pasaste una noche de sexo salvaje. Tiempo para morirte de sueño en el sofá viendo tu serie favorita porque no te da la gana de irte a dormir temprano. Tiempo para ducharte con calma y ponerte todos esos jabones que huelen a gloria bendita uno encima de otro. Tiempo para leer un libro del tirón, para hablar con tu amiga por teléfono durante horas. Para escribir porque sí: tus deseos, tus sueños, tu vida.

La intimidad

La semana pasada organicé firma y charla en mi isla, Ibiza. Hasta allá fueron un ramillete de tías de lo más simpáticas. Que nadie espere en mis reuniones que hable de mi libro si no me lo piden. Yo lo que quiero es saber de vosotras, si sois felices, que os hizo leerme, qué os ha llevado hasta esa librería. Porque la experiencia me ha enseñado que lo que buscamos en compartir sin ser juzgadas, sentir la libertad de que digamos lo que digamos, nos vamos a sentir comprendidas. Así que varias de las amiguis se lanzaron a contar su intimidad, a confesar que se sentían las cuidadoras en su relación, que ellas habían crecido, se habían encargado de ser su mejor versión, de culturizarse y quizás sus compañeros no habían sentido esa necesidad. Se habían apalancado. Contaban, también, que si esa relación se acabara, no se veían viviendo con nadie. Saben disfrutar de su soledad, la llenan con mil planes, con lecturas, con autoamor. Y a mí me encanta saber todo eso.

La estufa de las relaciones

Por alguna razón que no conozco pero que me encanta, me consultáis mucho sobre relaciones sentimentales. A mí, que la última la tuve allá por el 92. El caso es que, aunque ni soy psicóloga ni consejera matrimonial, la lógica me indica que cuando uno no es feliz por las circunstancias que sean, debe solucionarlo. La mayoría de comentarios tratan sobre un tío que a ratos te hace caso y ratos no, o sea, un Mareador de toda la vida de Dios. Pienso que si, al observar la película de tu vida, tu personaje no te encanta, si no es la persona que tú quieres ser, si no sientes orgullo desmedido al verte, algo hay que solucionar. Es duro, sí, la felicidad precisa de decisiones complicadísimas. Una analogía clarísima es esa en la que equiparamos las relaciones (ya sean de amistad, sentimentales, familiares…) a una estufa: tú metes leña y has de sentir calor. En el momento en el que, por mucha leña que metas, sigues congelada, hay que abandonar esa estufa. Y lo más importane: rodéate de amigos fabulosos, que estén ahí para abrazarte cuando lo necesites, para escucharte y abrirte los ojos por más que escueza. Ojalá estas letras hagan reaccionar a alguien que anda jodida, de verdad.

La radio

Sigo incrédula ante la cantidad de sueños cumplidos, amiguis. Y todo gracias a vosotras, que conste. Siempre quise escribir un libro (bueno, muchos), ser columnista y tener una sección en la radio. Y pasado mañana, el miércoles 24 de abril, estreno sección en Radio 4G, se llamará #ConSolTorio y la podeís escuchar aquí. El martes recopilaré temas desde mi cuenta de Instagram, seleccionaré algunos y los trataremos en directo, pero si queréis dejarme alguna sugerencia por aquí, la recojo encantada. Gracias por acompañarme todo el rato, amadas mías.

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Lunes con Sol, 15/4/19 (sobre problemas fabulosos y la importancia del singular)

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Problemas

El otro día un amigo señaló que yo tenía un problema de adicción con las napolitanas de chocolate de La Duquesita. Y con el Cola Cao, añadí yo. Y tengo el mismo problema con las voces prodigiosas, con los párpados carnosos (que me vuelven loca), con los buenos morreos, con Nueva York, con las tazas chulas de borde grueso, con mis maravillosos amigos. Otro problema es mi amor a los potingues que huelen bien, a los potingues en general. Soy adicta a las libretas bonitas, a los bolis de colores y a las pelis de superhéroes super buenorros. Tengo un problema, también, con el sol de abril y de mayo. Con tumbarme en pelotas a notar el calorcito sin que me achicharre. Con sentarme en mi balcón minúsculo, taza chula en mano, para cotillear a los transeúntes e imaginarme sus vidas. Problema es mi incapacidad para salir de una librería sin un libro en mano, aunque tenga treinta sin leer en casa. Tengo un problema con la necesidad imperiosa de reír a carcajadas todos los días, con sacarle la punta humorística a cualquier chorrada, con el rodearme de seres que dicen tantas o más barbaridades que yo. Problemas tenemos todos, y a mí los míos me encantan.

El plural del singular

Estos días hablo mucho con mi amiga Sandra. Después de treinta años con su marido, hace cinco se divorciaron. Ella intenta rehacerse, ya no de la separación, que ahora mismo le sabe a gloria bendita. Con lo cachonda mental que es ella no sé cómo ha podido aguantar a semejante sosainas durante tres décadas. Manda cojones que encima haya sido él el que haya decidido cepillarse a su secre y pirarse con ella. En fin, a enemigo que se va, puente de plata. El caso es que Sandra necesita volver a hacerse, recordar quién es. Recuperar sus gustos, sus manías. Quiere repescar los sueños que se ahogaron entre las obligaciones maternales. Quiere pasarse por el toto los comentarios de los padres del cole super religioso que ven FATAL que a ella le haya dado por plantarse un bikini para ir a la playa en lugar del bañador que tapaba sus preciosas carnes. Una divorciada medio desnuda en la playa. Una divorciada divina con permiso para acostarse con cualquiera, ir a bares con los amigos y salir hasta las tantas los fines de semana en los que el sosainas tiene a los niños. Con cuarenta y muchos, cuando se supone que la vida va cuesta abajo y ya no te mereces ilusionarte, qué mala perra.

De momento, Sandra tiene un objetivo claro: dilucidar lo que realmente le gusta para dedicarse a ello. Necesito recuperar el brillo. A veces, mientras charlamos sobre la vida, ella empieza a llorar. Igual que lloró cuando se cepilló al primer amante PostMaridoSoso. Cuánto tiempo sin que alguien la tocara con ganas, sin ganas de que nadie la tocara. Yo sé que valgo, pero ya no sé para qué. Cómo sería yo sin esos treinta años de anulación completa. La autorespuesta es un silencio, un agujero negro que me río yo del que fotografiaron la semana pasada. No sé cómo tomar decisiones. Me he acostumbrado a que otros las tomaran por mí. Durante años mi opinión no ha contado. Me hacía sentir tonta, inútil. He sido la mujer de, la madre de. He desaparecido. No sé ni por donde empezar a buscarme. No encuentro el principio del hilo para empezar a tirar. Necesito la aprobación constante de cualquiera. Estoy pendiente constantemente de lo que otros pensarán de mí. Ya no sé hablar en singular.

Y a mí se me iban revolviendo los entresijos a escuchar a esa mujer tan despampanante por dentro como por fuera, preguntándome en qué momento decidió entregarle su autoamor a otro. Vaciarse a cambio de que la quisieran, aunque la quisieran fatal ¿Por qué ante el primer “No vales para nada” no desapareció por siempre jamás? Y es que mala gente dispuesta a alimentar su ego a costa de la infelicidad de otros siempre la habido y siempre la habrá, pero joder, huyamos de ellos.

Yo era muy joven, no había conocido a nadie más, pensaba que eso era lo normal.

De ahí la importancia de reeducarnos aferrándonos a la libertad, a la autoestima, a lo que es el verdadero amor: uno que te hace crecer, que amplía tu mundo, que no te juzga, que te acepta como eres y te potencia. Querer mucho no es querer bien. Lo que para algunos es amor, en realidad es afán de posesión, de rellenar carencias. El buen amor no te apaga: te enciende, te eleva, te alimenta. El que te quiere bien no te quita, te da. No te dice “Como yo nadie te querrá” con tono de amenaza. El que te quiere bien no te necesita, te elige. Puedes vivir sin la persona amada, pero decides no hacerlo. El buen amor no te enferma, te cura.

   

Lunes con Sol, 8/4/19 (sobre un divorcio maravilloso, un concierto y algunos finales)

Un concierto

Hace unos días recogí uno de los regalos más maravillosos que me han hecho en la vida: el concierto de Zaz en Madrid, que os anunciaba en otro de mis artículos. Todavía estoy en trance. Qué voz, qué músicos, qué escenario. Qué manera de ver a alguien que disfruta el escenario al mismo nivel que tú alucinas con su garganta prodigiosa. Qué privilegio ser testigo de esa mezcla de talento y sensibilidad. Qué suerte disfrutarlo tantísimo. Me pregunto qué debe sentir esa mujer tan simpática cuando los aplausos no la dejan irse a descansar, si es consciente de que, durante un rato, nos lleva a un lugar que deberíamos visitar más a menudo. La música, amiguis, nos salva la vida. La de verdad.

Una reflexión

Me llama una amiga para contarme que su novio la ha dejado. Que no hay otra, que ella es estupenda. Que ya no está enamorado, nada más. Y ella retorciéndose en el bucle de la culpa: qué he hecho mal, por qué a mí. Como nada es casualidad, en la misma semana, un amigo me confiesa que su relación le hastía, que su novia es una tía majísima, lista de narices, independiente, interesante a más no poder, pero que él ya no quiere estar con ella. Pues déjala. Pero si no ha hecho nada malo, cómo la voy a dejar.

Y concluyo que mi amigo y mi amiga son dos caras de la misma moneda: no sabemos que nuestras decisiones dependen exclusivamente de nosotros, no de cómo sea el de enfrente, así que no podemos entender que el otro decida pirarse por algo tan simple como que le da la gana. De ahí al desastre emocional, un paso.

El divorcio

Recibo un mensaje de mi amiga Carlota desde las Américas. Hoy se celebra el enésimo juicio sobre su divorcio. Enésimo porque él siempre quiere más. Ella le mantuvo durante casi quince años, pero no le basta. Él quiere que, durante la próxima década, Carlota le pague una mensualidad porque ella gana más (normal, teniendo en cuenta que él se ha estado rascando las pelotas mientras ella curraba quince horas al día, cuidaba de los niños y le pagaba las cervecitas). No le basta el maltrato psicológico contínuo. No le basta nada a este individuo que desata mis peores instintos.

A él no le basta, pero a mí sí. Y a ella también.

A ella le basta con dormir sola, en paz. Con cenar tranquila con sus amigas sin recibir quince llamadas en dos horas. A ella le basta con pensar que este verano pasaremos muchísimo tiempo juntas, sin niños, Aleluya. Nos basta con saber que volveremos a ser jóvenes durante un mes entero, que nos iremos de bares sin hora límite, como cuando estábamos en la carrera y recorríamos Barcelona en moto. Y conocíamos a tíos guapos en los semáforos y nos besábamos con tantos como nos diera tiempo en una noche. Nos basta con tener la seguridad de que nos reiremos a carcajadas cada puto día, que se nos escapará el pis, que los lagrimones nos destrozarán el rímel. Que bailaremos hasta el amanecer y volveremos a casa con los zapatos en la mano. Que, sin quitarnos nuestros vestidos noctámbulos, comeremos espaguetis directamente del tupper, sin calentar, para después seguir bailando en el salón. Que al despertar nos lanzaremos a las calles para encontrar un brunch en el que ofrezcan Bloody Mary, que es divino para la resaca. Nos basta con que nos dé la medianoche sentadas en cualquier banco del camino entre su casa en la mía, charlando sobre lo divino y lo humano. Que comeremos pizza de una caja de cartón, en la calle, improvisadamente. Nos basta con pasar dos horas despidiéndonos en la puerta del metro porque, después de treinta años, no nos da la vida para contarnos todo lo importante, para planear todas nuestras empresas, para divagar sobre los miles de sueños que, sin duda, cumpliremos.

Lunes con Sol, 1/4/19 (sobre Idris, libros neoyorquinos y mentiras que nos joden la vida)

Nueva York es una ventana sin cortinas

Ando como una loca leyendo libros ambientados en Nueva York. En el próximo viaje que haré con Sola en Nueva York en julio incluiré algunas sorpresillas literarias interesantes y quiero estar preparada. El último que he leído es “Nueva York es una ventana sin cortinas”, de Paolo Cognetti.

“El lugar que he tratado de relatar es una ciudad muy parecida a Nueva York, pero que no es “de verdad” Nueva York. Como Nueva York, está construida sobre el granito, pero también sobre el material impalpable de la imaginación: está hecha de islas, puentes, edificios y de infinitas páginas de papel. La habitan ocho millones de personas, más aquellas que nadie se ha puesto a contar, los personajes que viven en los relatos, las novelas, los poemas.”

Me llamó la atención el título porque me recordó a “Ventanas de Manhattan” de Muñoz Molina, con el que tanto me identifiqué en su momento cuando narraba su proceso de escritura por la Gran Manzana.

El de Cognetti es un libro mezcla de guía histórica, geográfica y literaria clasificada por zonas. Me cautivó cuando, al principio de la novela, leí algo que yo plasmé en mi novela como “Esa ciudad a la que, curiosamente, siempre tengo la sensación de volver, no de ir”. Os la recomiendo si habéis ido o estáis pensando en ir a Nueva York. Y si no también.

Luther

Acaban de estrenar la quinta temporada de “Luther”, la serie policíaca que protagoniza Idris Elba. Como los de Netflix no tienen un pelo de tontos, han hecho doblete con el hombre vivo más sexy del mundo y han lanzado también “Turn up Charlie”, de la que solo aguanté quince minutos. Y mira que me gusta Idris, y mira que está tremendo, y mira que es alto, y mira que madredelamorhermoso, pero la serie, de momento, es intragable. Como no tengo palabra ni nada que se le parezca, fijo que me la zampo en cuanto acabe con “Luther”, que también ha bajado el nivelón, pero que se deja ver, y muy bien, además. Cómo lleva el abrigo este hombre, amiguis.

Como ya nos conocemos, os comento que se quita la  camisa como a los veinte minutos de empezar el primer capítulo, que es algo a lo que no nos tiene acostumbradas, lamentablemente. Ahora que ya sabes lo que nos gusta, danos más, Idris, please.

Todo es mentira

En un espléndido domingo de terraceo me comentaba un amigo muy listo que anda jodido: ha dejado su trabajo para dedicarse a su sueño. La ilusión está muy bien, pero la inseguridad, la ausencia de esa estabilidad que el resto de sus amigos tiene y que él  siempre ha visto como producto de unas creencias heredadas, ahora le afecta. Vértigo, miedo, un poco de todo. Pareja, casa, hijos. Llegar a los cuarenta sin encajar en los patrones acojona hasta al más pintado. 

“Todo es mentira”, le espeté.

Me miró con una mezcla de “Ya lo sé” y “Desarrolla eso”.

Es mentira que en algún momento llegamos a un sitio y ya está todo hecho. Es mentira que los hijos dan la felicidad si no la tenías de antes. Es más, a veces se la devoran sin remedio. Son mentira las familias perfectas de Instagram. Es mentira que el mejor de la clase es el que saca las mejores notas. Es mentira que los mejores de la clase tendrán el mejor trabajo. Es mentira que el mejor trabajo es el mejor pagado. Es mentira que puedes controlar los sentimientos de los otros, así que más te vale dejar de currarte el amor del prójimo o acabarás hecho mierda. Es mentira que eres lo que haces y vales más cuanto más haces. Es mentira que no se puede vivir del arte y es mentira que hay vida sin arte. Debemos sentir que pertenecemos a un lugar, echar de menos lo conocido, no podemos reinventarnos del todo, hay que tener un lugar al que volver: mentira. Es mentira que hay que conformarse con lo que tienes aunque no te satisfaga porque todo el mundo lo hace. Es mentira que todo el mundo se conforma, pero como los quejicas hacen más ruido, los vemos más. Qué coñazo. Los felices van a lo suyo, no te golpean el hombro con su frustración. Son mentira los todos, los nadie, los siempre y los nunca. Es mentira el amor romántico eterno. Son mentira la estabilidad y lo seguro, porque la vida se guarda manotazos inesperados ante los que solo puedes flotar. Es mentira que los que deciden no le tienen miedo a nada, se lanzan a pesar de él.

       

Lunes con Sol, 25/3/19 (sobre pervertidos automovilísticos y felicidad sobrevenida)

De coches y penes

Me contaba mi amiga Cristina que hace meses usó una plataforma para alquilar coches entre particulares. La cosa fue muy bien, lo alquiló dos veces, se sacó un dinerillo y santas pascuas. El caso es que el lunes pasado recibe un mensaje guarro en su teléfono. Guarro guarrísimo. Que si te haría esto, que si me hago esto pensando en ti, que te voy a poner mirando a Cuenca.

Pues este buen hombre que va tan cachondo se ha confundido de número, qué mal trago. No le digo nada, pobrecico, ya se dará cuenta al ver que no hay respuesta, ni fotos cochinas, ni nada.

Dos días después, más de lo mismo: qué tetas tienes, cómo me pones, vas a ver tú que bien, zascazascazasca.

Mira, chaval, que te has equivocado de número. 

Que no, que no, que tú eres Cristina, que nos alquilaste el coche a mi novia y a mí, y que si te haría esto, que si me hago lo otro pensando en ti, que te voy a poner mirando a Cuenca. Que mira qué foto más hermosa de mi cimborrio.

HOSTIAS.

Pues que me dejes de mandar estas mierdas.

Pues que sigo.

Pues que te denuncio.

Pues que sigo.

Pues que mi pareja te llama y te dice que como vuelvas a mandar un mensaje lo que van a encontrar en Cuenca son tus cojones.

Pues que paro ya, si eso.

Yo escuchaba a Cristina, patidifusa. Le pregunté si hubo tonteo cuando lo del alquiler del coche. Me contestó que si estaba loca, que allá que vino la parejita ideal, se llevó el coche y lo devolvió impoluto (aunque sabiendo lo que sabemos ahora vete tú a saber si el depravado dejó algún resto orgánico para que mi amiga se rozara con él).

Y a mí, con todo este temazo, me asaltan unas cuantas preguntas: ¿de dónde has sacado la idea de mandarle esos mensajes a alguien que no conoces y que no te ha dado NINGUNA señal de cachondismo en absoluto? Vamos a imaginar que tú te has inventado que ella te guiñó un ojo, te tiró un beso, te tocó el paquete, ¿de verdad piensas que mandarle un mensaje-pajote hará que alguien se abra de patas, por muchas ganas que tenga? Y, a partir de ahí, el problemilla de que tu novia se entere, el novio de ella te parta la cara, o publiquen en las redes tu nombre, tu DNI, tu teléfono y tu dirección.

En fin, que colgados hay en todas partes, pero que algunos se llevan la palma y son de lo más desagradables. Quería compartirlo y, de paso, si alguno de ellos me lee, comentarle que se monte las fantasías que quiera pero que no nos toque los ovarios. Chimpún.

Facebook

Soy muy fan de las redes sociales cuando se usan para bien: para estar en contacto con amigos que viven lejos,  para enterarme de eventos que me interesan o, como en este caso, para recordarme que me lo he pasado muy bien en lo que llevo de vida. Y es que el pasado domingo, día de San Patricio, la red social me contó que justo hace un año yo andaba por Nueva York, con mis amigas de allí y con Txiki, un amigo que vive en México. Rememoré la fiesta del pijama que montamos en casa de María, que Txiki nos regaló unas fotos maravillosas que les había hecho a unos niños en un pueblecito cerca de Oaxaca, que nos reímos mucho. Muchísimo.

También me recordó que hace cinco años estaba en el mismo lugar, pero esta vez con Lidia y Javi. Hacía un frío tremendo, el lago frente a Mi Puente estaba congelado y nos dio un ataque de risa cuando nuestro guapo amigo tiró una moneda al agua hielo y sonó clonk clonk clonk. Cenamos en el ruidosísimo Unión Square Café. Comimos muchos hot dogs. Vimos el musical Once, que es de lo más maravilloso de la galaxia.

En el 2017 me fui a Eurodisney con mis pollos. No me gustó nada Eurodisney. Hacía un tiempo de mierda, mis hijos se portaron fatal, acabé hasta el jilguero de tanta cola y los churumbeles concluyeron que lo que más les había molado del viajecito eran los patos del lago y la piscina del hotel. Tócate las pelotas. El último día les metí en un tren y les llevé de ruta por París. Mucho mejor. Viva Montmartre.

Hace cuatro años me fui de boda gay con mi amiga María. Bailé como las locas con docenas de tíos guapísimos, creo recordar que robé algún morreíllo, incluso. Llegué a casa con los zapatos en la mano y el rímel esparcido por toda la cara. Como debe ser.

Hace tres, andaba inmersa en mi segunda obra de Microteatro, que dirigía Manuel Velasco y protagonizaban Lidia San José y Eva Ugarte (las dos nominadas a los Feroz este año, qué buen ojo tengo). Cómo disfruté todos los jueves y viernes hasta las tantas, viendo como los espectadores lloraban de la risa. Qué gusto me daba, al acabar las sesiones, subir caminando por Fuencarral en aquel marzo caluroso, observando a los jovenzuelos que salían de marcha, recordando que yo fui una de ellos. Esperando volver a serlo cuando esto de la crianza llegue a su fin (si es que llega).

Si la felicidad es, como dice Enrique Rojas Marcos, darse cuenta de que uno está haciendo algo que merece la pena con su propia vida, concluyo, desde mi humile opinión, que algo feliz sí soy.

     

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Sol Aguirre · 43679559Y · Fernando VI, 11, 2ºC Madrid 28004 · 911 83 63 03 · Diseño tactic [studio]

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