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Lunes con Sol, 25/3/19 (sobre pervertidos automovilísticos y felicidad sobrevenida)

De coches y penes

Me contaba mi amiga Cristina que hace meses usó una plataforma para alquilar coches entre particulares. La cosa fue muy bien, lo alquiló dos veces, se sacó un dinerillo y santas pascuas. El caso es que el lunes pasado recibe un mensaje guarro en su teléfono. Guarro guarrísimo. Que si te haría esto, que si me hago esto pensando en ti, que te voy a poner mirando a Cuenca.

Pues este buen hombre que va tan cachondo se ha confundido de número, qué mal trago. No le digo nada, pobrecico, ya se dará cuenta al ver que no hay respuesta, ni fotos cochinas, ni nada.

Dos días después, más de lo mismo: qué tetas tienes, cómo me pones, vas a ver tú que bien, zascazascazasca.

Mira, chaval, que te has equivocado de número. 

Que no, que no, que tú eres Cristina, que nos alquilaste el coche a mi novia y a mí, y que si te haría esto, que si me hago lo otro pensando en ti, que te voy a poner mirando a Cuenca. Que mira qué foto más hermosa de mi cimborrio.

HOSTIAS.

Pues que me dejes de mandar estas mierdas.

Pues que sigo.

Pues que te denuncio.

Pues que sigo.

Pues que mi pareja te llama y te dice que como vuelvas a mandar un mensaje lo que van a encontrar en Cuenca son tus cojones.

Pues que paro ya, si eso.

Yo escuchaba a Cristina, patidifusa. Le pregunté si hubo tonteo cuando lo del alquiler del coche. Me contestó que si estaba loca, que allá que vino la parejita ideal, se llevó el coche y lo devolvió impoluto (aunque sabiendo lo que sabemos ahora vete tú a saber si el depravado dejó algún resto orgánico para que mi amiga se rozara con él).

Y a mí, con todo este temazo, me asaltan unas cuantas preguntas: ¿de dónde has sacado la idea de mandarle esos mensajes a alguien que no conoces y que no te ha dado NINGUNA señal de cachondismo en absoluto? Vamos a imaginar que tú te has inventado que ella te guiñó un ojo, te tiró un beso, te tocó el paquete, ¿de verdad piensas que mandarle un mensaje-pajote hará que alguien se abra de patas, por muchas ganas que tenga? Y, a partir de ahí, el problemilla de que tu novia se entere, el novio de ella te parta la cara, o publiquen en las redes tu nombre, tu DNI, tu teléfono y tu dirección.

En fin, que colgados hay en todas partes, pero que algunos se llevan la palma y son de lo más desagradables. Quería compartirlo y, de paso, si alguno de ellos me lee, comentarle que se monte las fantasías que quiera pero que no nos toque los ovarios. Chimpún.

Facebook

Soy muy fan de las redes sociales cuando se usan para bien: para estar en contacto con amigos que viven lejos,  para enterarme de eventos que me interesan o, como en este caso, para recordarme que me lo he pasado muy bien en lo que llevo de vida. Y es que el pasado domingo, día de San Patricio, la red social me contó que justo hace un año yo andaba por Nueva York, con mis amigas de allí y con Txiki, un amigo que vive en México. Rememoré la fiesta del pijama que montamos en casa de María, que Txiki nos regaló unas fotos maravillosas que les había hecho a unos niños en un pueblecito cerca de Oaxaca, que nos reímos mucho. Muchísimo.

También me recordó que hace cinco años estaba en el mismo lugar, pero esta vez con Lidia y Javi. Hacía un frío tremendo, el lago frente a Mi Puente estaba congelado y nos dio un ataque de risa cuando nuestro guapo amigo tiró una moneda al agua hielo y sonó clonk clonk clonk. Cenamos en el ruidosísimo Unión Square Café. Comimos muchos hot dogs. Vimos el musical Once, que es de lo más maravilloso de la galaxia.

En el 2017 me fui a Eurodisney con mis pollos. No me gustó nada Eurodisney. Hacía un tiempo de mierda, mis hijos se portaron fatal, acabé hasta el jilguero de tanta cola y los churumbeles concluyeron que lo que más les había molado del viajecito eran los patos del lago y la piscina del hotel. Tócate las pelotas. El último día les metí en un tren y les llevé de ruta por París. Mucho mejor. Viva Montmartre.

Hace cuatro años me fui de boda gay con mi amiga María. Bailé como las locas con docenas de tíos guapísimos, creo recordar que robé algún morreíllo, incluso. Llegué a casa con los zapatos en la mano y el rímel esparcido por toda la cara. Como debe ser.

Hace tres, andaba inmersa en mi segunda obra de Microteatro, que dirigía Manuel Velasco y protagonizaban Lidia San José y Eva Ugarte (las dos nominadas a los Feroz este año, qué buen ojo tengo). Cómo disfruté todos los jueves y viernes hasta las tantas, viendo como los espectadores lloraban de la risa. Qué gusto me daba, al acabar las sesiones, subir caminando por Fuencarral en aquel marzo caluroso, observando a los jovenzuelos que salían de marcha, recordando que yo fui una de ellos. Esperando volver a serlo cuando esto de la crianza llegue a su fin (si es que llega).

Si la felicidad es, como dice Enrique Rojas Marcos, darse cuenta de que uno está haciendo algo que merece la pena con su propia vida, concluyo, desde mi humile opinión, que algo feliz sí soy.

     

Lunes con Sol,1 8/3/19 (sobre los chats de padres y algunos lugares mágicos)

El chat de los padres de fútbol

Ya he escrito varias veces sobre lo que pienso acerca de los chats de madres del cole, pero cuando una piensa que ya nada puede sorprenderla, llega el chat de los padres de fútbol y flipa en colores. Resulta que, por lo que sea, el pasado jueves se cambió el horario de entrenamiento y allá que lo anuncia el entrenador en ese chat que tengo silenciado por los siglos de los siglos. Nos pide, por favor, que le digamos si nuestros hijos podrán ir a esa hora. Y lo que parecía muy sencillo dejó de serlo porque un padre y una madre, entiendo que separados, decidieron exhibir sus batallas campales en nuestras preciosas pantallas. El padre, llamémosle Juan: que si el niño no puede ir porque se levanta a las seis, pero que “le han dicho” (entrecomillado por su retintín) que si no va a entrenar entonces no puede jugar y pide una aclaración sobre el tema. Allá que salta la mujer en plan “Yo no te he dicho eso, te he dicho que si Juanito falta a un entrenamiento no será convocado y blabla”, a lo que el padre contesta “Parece que Juanito irá aunque se vuelva hiperactivo por falta de sueño” y, TACHÁN, ella le contesta “De nuevo, Juan, te pasas de listo, no tomes decisiones por mí”

Imagino al resto de padres, tan flipados como yo, mirando sus teléfonos, ansiosos, para ver cuál es la siguiente salida de tiesto de este par. Lo que, en un momento dado, puede parecer incluso gracioso es, en realidad, una puta catástrofe. Si hacen eso en público, que tendrá que aguantar el pobre chaval en privado. Señores, por favor, un respeto para con los demás integrantes de chat, pero sobre todo, hacia su hijo, que no tiene la culpa de nada.

La magia.

De nuevo, el sábado me encontré con algunas de mis lectoras en uno de esos talleres que me dan la vida. Luego organizamos una charla sobre Nueva York. Laura, la creadora de ese espacio glorioso que es la librería Amapolas, y yo recomendamos algunos libros ambientados en la ciudad de mis amores, conté las maravillas del viaje con Sola en Nueva York, divagamos sobre los sueños que se cumplen y concluí, al final de la jornada, que si la felicidad es hacer con tu vida algo que tenga sentido, mi sentido sois vosotras. Por venir desde la otra punta del país para que nos echemos unas risas juntas; por regalarme sobrasadas, velas, libretas; por vuestros llantos de emoción (y los míos); por acompañarme en esta locura de escribir; por compartir lo que os remueve los entresijos; por esas ganas de abrirle las ventanas de par en par a la vida: gracias inmensas, amiguis.

El puente

El viernes me zampé “Los Inmortales” esa peli de los ochenta con banda sonora de Queen que me puede encantar. En ella vi por primera vez mi puente, mi Bow Bridge de Central Park, ese en el que empieza mi novela, que es mi Lugar en el Mundo, donde podría pasarme (y de hecho, me paso) las horas sentada con la mente en blanco, absolutamente conectada con el ansiado aquí y ahora. Al día siguiente, mi puente apareció en una peli chorras de Netflix y, por un instante, sentí que estaba allí, respirando, con los patos nadando tranquilísimos y las señoras del Uptown neoyorquino paseando a sus perritos frente a mí. Viví en mis carnes eso de que rememorar una situación genera en tu cuerpo las mismas sustancias que cuando se produjo, noté como mis telómeros aplaudían. Todos deberíamos tener ese escondrijo que no compartimos con nadie.

El cumple de Paulo

Escoger a los mejores amigos de la galaxia es uno de mis pocos talentos y Paulo, mi gallego favorito, es prueba de ello. Igor, mi vasco favorito, es otra. Nos conocimos los tres estudiando guión. Volcar, semana tras semana, tus miserias íntimas sobre un papel para luego leerlas ante toda una clase de desconocidos es empezar por el final: a los cuatro días les has visto las tripas a todos y te las han visto a ti. Rincones que, en otro contexto, tardarías años en mostrar, se exponen alegremente sobre una pizarra. Yo me enamoré de los rinconcitos de este par nada más olisquearlos. Porque ellos ven lo que hay detrás de una mirada. Son hogar, trampolín y alimento. Cinco años más tarde hemos recorrido varios karaokes, muchas risas y algunos llantos. La mitad de las terrazas de Madrid se han zampado horas y horas de conversaciones inconexas, profundas, estúpidas e inolvidables.  Ayer fue el cumple de Paulo, que se lamenta porque se acerca a la treintena, el muy cabrón. Entre su resaca desbordante por ingestión de brandy caliente y el sarcasmo deslumbrante de Igor estaba yo, adorándoles mucho, soplando mis velas imaginarias y deseando que nos queramos siempre así de bien, así de tanto.

     
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Lunes con Sol, 11/03/19 (sobre mujeres ilusionadas y los temazos de los 90)

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Cómo ser feliz

Ya os hablé de “Cómo hacer que te pasen cosas buenas“, el libro de Marian Rojas que lo está petando mucho. Normal, todos andamos persiguiendo la alegría. O deberíamos. En él recomienda otra lectura que compre ipso facto, no por su título (que no me apasiona en absoluto), sino porque la Rojas es muy lista y me creo todo lo que dice: “5 consejos para potenciar la inteligencia”, de Enrique Rojas. Diría que, entre ambos, nos regalan un resumen bastante completo de lo que es la felicidad y algunas claves para alcanzarla. “La felicidad consiste en estar contengo con uno mismo al evaluar la realidad y darse uno cuenta de que está haciendo algo que merece la pena con su propia vida”. Un factor indispensable: la voluntad, definida como “la capacidad para querer algo y poner todos los medios necesarios para alcanzarlo”. 

La voluntad es indispensable para recorrer los pasos hasta tu objetivo, ya sea ir al gimnasio, aprobar unas oposiciones, dejar a tu pareja, conservarla, pintarte unos buenos morros rojos, bloquear a ese mareador, comer sano o reamueblar tu vida. La voluntad nos convierte en nuestros dueños. Cultivémosla, porelamordedios

Ingleses rotos

O Broken English, que cantaban aquello de Do you really want me back?, que yo bailaba en una discoteca (¿o era un after?) en la época en la que mi cuerpo carecía de vitamina D porque no veía la luz del sol. Hacía mil años que no escuchaba ese tema, pero mis adorados trenes dan para mucho. Nunca era suficiente, siempre había otro garito, otra canción. Me compré unos zapatos de tacón imposible que me llevaron directa a meter los pies en el fregadero de unos baños donde la gente se drogaba mientras yo me preguntaba cómo volver a calzarme aquellos hijos de satanás tan sumamente bonitos en unos pinreles hinchados hasta límites insospechados. Usaba un pintalabios de un color marrón horrible que compartía con mi prima y que me encantaba. Parecíamos las hijas de la muerte, tan blancas, tan flacas y con aquello en los morros. Durante una temporada, aparte de ese maquillaje horrendo, me dio por hacerme dos coletas larguísimas que ataba con lazos del mismo color que mis vestidos minifalderos. Un cuadro. Un cuadro maravilloso, porque a los veinte todo es maravilloso, al menos para mí.

Boleros y cantautores

El tren no solo da para temas british y disparadores de melancolía. Me lancé sobre unos cuantos boleros mientras miraba la ventana sin hacer nada más que escuchar (que ya es raro). Joder, qué bonitos son. Esperaré, Encadenados, No.

Descubrí, también, a algunos cantautores. A pesar de que no es lo que más me gusta escuchar, me revolqué en algunas frases gloriosas. A ver si a estas alturas voy a darle a las estrofas…

Comprender que hay algunos trenes, pieles, ciertas bocas que no acaban regresando, de Marwan, en “La vida cuesta”, con la voz mexicana de Leonel García, que me gusta tanto como los tacos al pastor.

Dices que, en mitad de una cama, prometer no cuesta nada, son te quieros de ocasión, de Luis Ramiro en “Dices”. Por cierto, canta el 6 de abril en la sala Galileo. Yo voy.

Mis canciones han viajado más que yo, han besado más que yo, sonarán cuando yo no. Esta me la ha descubierto mi amigo Paulo, que es todo él sensibilidad y arte. Es de Andres Suárez en “Tengo 26”.

Los talleres. Las mujeres.

El sábado fui a Zaragoza a impartir uno de mis Talleres de Escritura Digital. No os hacéis una idea de cuánto los disfruto. No es solo conoceros, que también, es que lo que se genera en una sala llena de mujeres ansiosas de motivación, de escritura, de estímulo. La magia que se crea a la que una abre el pico para regalarnos lo que le menea los entresijos es algo muy revelador. Queremos compartir, ser parte de algo más grande que nosotras, saber que no somos las únicas, que no solo me pasa a mí. Necesitamos que entiendan incluso lo que no contamos. Seguramente arrastrábamos aún el espíritu del día anterior, 8 de marzo. Ojalá no lo soltemos en todo el año. Ni nosotras ni ellos.

Y como lo que pasa en el taller se queda en el taller, alguien se confesó sobre aquel primer novio al que quiso tanto. Tanto le quería que consiguió una muestra de la colonia que él llevaba: un sobrecito de Vorago, cuya imagen era un Don Johnson con la americana blanca remangada, todo muy de Miami de los ochenta. Abrió mínimamente aquel sobrecito y cada noche lo olisqueaba, en una cama presidida por un poster de Tom Cruise en Top Gun. Ese alguien confesó que nunca había vuelto a querer a nadie como a aquel primer novio de los quince, y que él, hace un par de años, le confesó lo mismo y aumentó la apuesta: ella fue el único oasis en una vida llena de malas decisiones. Tras la declaración, cada uno se fue por su lado, a vivir la vida real de adulto en la que no existen ya muestras de colonia Vorago. Ella le creyó. A pesar de los cuernos, de todas las mentiras que él le contó durante la adolescencia. Porque es precioso pensar que algo tan grande fue compartido. Y porque ella sabe que él no es mala persona. Simplemente, no sabía (y no sabe) decir que no. La razón de su despiste vital, de su ausencia de personalidad, de los millones de decisiones equivocadas que él sigue tomando a día de hoy darían para un libro. El por qué ninguno de los dos se ha tropezado con un amor parecido en los últimos treinta años, para otro. Y es que la vida está ahí, esperando que la escribamos.

   
las claves de sol

Lunes con Sol, 4/3/19 (sobre Freddie, el Capitán América y el amor de verdad)

las claves de sol

Freddie

Escribo estas líneas mientras sobrevuelo el océano de vuelta a Madrid desde mi México amado. He vuelto a ver “Bohemian Rapsody” en el avión. Esta ha sido una de esas veces en las que es inevitable lanzarme sobre el teclado, no para escribir, sino para vomitar estas letras. Ojalá fuera siempre así. No voy a repetir aquí lo que ya escribí sobre Freddie y todo lo que esa película supuso para mí. Masticarla como es debido, sin la sorpresa que suponen las primeras veces, me ha hecho admirar aún más a Rami Malek. Lo contenta que me puse yo con su Oscar, la ternura que me despierta su noviazgo con Lucy Boynton. Me gusta imaginar los primeros tonteos entre escenas. Qué bonito todo.

Esta segunda vez (ojalá hubiera sido en pantalla grande), aparte de emocionarme con el talento de Malek, me ha abofeteado con una buena noticia de la que ya tenía algún sospecha: soy una tía con suerte. Con muchas suertes. La primera, que debería ser prácticamente la única que nos importara, es que tengo salud: mental y física. El resto son regalos sin demasiada importancia pero que, quieras que no, se agradecen. Uno de ellos es la capacidad de disfrutar: de la música, del cine, de los amigos, de la comida, de la escritura, del contacto con la gente que me lee y en la que espero despertar esa ilusión sin la que seríamos cuerpos inertes, piedras pómez sin gracia alguna. Antes de darle al play, leía en “Cómo hacer que te pasen cosas buenas” de Marian Rojas (lectura obligatoria) que “Si uno tiene pensamientos y recuerdos constantes relacionados con gente a la que quiere, momentos especiales, o ilusiones por las que vivir será más feliz”. De hecho, cuenta también que recordar momentos felices genera en nuestro cerebro las mismas sustancias que se produjeron cuando pasaron en realidad.

Todos deberíamos tener esos momentos gatillo que recordar cuando la vida se nos echa encima: aquel amanecer en la playa con amigos, esa canción que se te engancha en las tripas, las risas con chorrito de pis, un morreo que te dejó loca.

Con todo esto he decidido que, de ahora en adelante, mi objetivo en la vida será crear momentos deliciosos, recuerdos que hagan que las endorfinas se me salgan por las orejas.

 

El Capitán América

Confieso: a mí los tíos buenos me desatan el instinto animal y salvaje. Ante una buena tableta y unos brazos como los del glorioso Chris Evans se me nubla el entendimiento. Viendo la ceremonia de los Oscar (que hay que ver qué gusto más grande verlo en directo) solo podía imaginármelo quitándose esa chaqueta azul, y luego la camisa, y luego todo. Alguno me dirá ahora que Hay qué ver, si eso lo dijera un tío de una tía. Ya contesté aquí. El caso es que, entre el Capitán y Aquaman, yo andaba bizca. Ese Jason Momoa completamente despeinado, salvaje perdido, con su mujer al lado, que tiene una inexplicable y tremenda cara de asquito. Si yo llevara semejante bigardo pegado al cuerpo, las comisuras me tocarían las orejas. Y es que con la edad me vuelvo cada vez más superficial y, la verdad, me importa un huevo. Me fascinan los cuerpazos, las caras bonitas, las bocas carnosas, las manos grandes y machunas. Oye, que si encima es listo y buena gente, pues mejor. Pero es que yo, para mirar, solo quiero belleza. Ojalá también tocarla. A ver si se dejan un día de estos.

 

El amor, Barcelona, las chimeneas.

Ayer fui a Barcelona a comer con un amigo de esos a los que quieres desde un lugar donde hay poca gente. Hablamos de lo guapo que era Paul Newman, de sus párpados, de que me flipan los antebrazos de los tíos, tan fuertes y con venas; de que le encantan las nucas de las tías, las coletas que dejan al descubierto ese trozo de cuello suave y pecaminoso, los gestos indeterminados; de cómo podemos joderles (o no) la vida a nuestros hijos; de lo maravillosas que son las casas con chimenea. Le recordé que uno de mis deseos año tras año es tener una, y que es una pena que no haga más frío en su pueblo, porque en su casa hay chimenea, pero la enciende poco. Subir la leña a un tercer piso no acaba de ser apetecible. Le dije, varias veces, lo bonitas que son sus manos. Le confesé que me enamoré de un puertorriqueño guapérrimo que me dejó hecha mierda y que también tenía unas manos preciosas, y unos ojos preciosos, y una boca preciosa, aunque por dentro no era tan precioso. Decidimos, mirando fotos antiguas, que veinte años pasan volando, que estamos estupendos: él porque hace deporte, yo porque me lleno la cara de cremas y pinchazos. Supimos que la humanidad volverá al campo, porque lo de los móviles puede llegar a ser una mierda muy grande. Me contó que las vacas, por raro que parezca, contaminan mucho, que hay un tío que saca filetes de células madre y eso no pinta nada bien. Y él lo contaba haciendo círculos en la mesa con sus dedos. Porque él lo convierte todo en líneas con esas manos preciosas. En ese mundo futuro nosotros seríamos vegetarianos perdidos porque no podríamos matar ni una mosca, ni un ratolí. Nos quejamos del poco caliu que tiene Andorra, que no se dignan a abrir una cafetería de madera, con sillones blanditos y, de nuevo, chimenea. Las chimeneas son vida, está claro. Siempre nos quedará el hotel Hermitage, con su música sublime. Él afirmó que es el amor lo que mueve el mundo. Le di la razón, asintiendo, pensando en lo muchísimo que le quiero. No se lo dije. Se lo escribí luego. Quizás los móviles no son tan mierda. O quizás yo debería hablar más y escribir menos. Ventilamos las mierdas íntimas, que son muchas y muy malolientes. Y a él se le saltaron unas lágrimas por mis mierdas malolientes. Cómo agradecí esas lágrimas. No se lo dije. Ni se lo escribí. Lamentamos lo cortos que son esos encuentros nuestros que le dan sentido a la vida, que son la vida misma. La felicidad estaba allí, sentada con nosotros en ese restaurante vegetariano de la Barceloneta, aplaudiendo como las locas.

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Lunes con Sol (18 de febrero de 2019)

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Ciudad de México

Llegué aquí hace un par de días y es como si nunca me hubiera ido, estoy en casa. Sin duda, si mis obligaciones no me anclaran a Madrid, viviría aquí la mitad del año. Por su clima maravilloso que ni frío ni calorazo, por su comida, por su riqueza cultural. Porque aquí tengo una pandi de majaras maravillosos con los que me río a más no poder. Es llegar aquí y siento como paso de estar alienada a estar alineada. Hay algo en nuestro imaginario, vete a saber qué, que nos expulsa de unos sitios y nos ancla a otros.

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Un tren

La semana pasada fui a Barcelona. Bendito AVE. Junto con el tampón, la fregona y la lavadora, es mi invento favorito. Al entrar en el vagón, una señora, parada de pie, atascaba el pasillo. Miraba su billetito del El Corte Inglés, miraba el pequeñísimo cuadradito donde figuran el número y la letra de asiento y volvía a su billetito. Dejó hueco para que pasáramos los varios pasajeros que observábamos la escena. Pasé. Ella seguía allí, sin cambios. Retrocedí. Señora, ¿necesita ayuda? Es que no veo, no sé dónde está el asiento 4B. Está allí, la acompaño. Así de simple. Cuánto podía haber pasado allí aquella mujer, peleándose con los números y las letras, es un misterio. Cuántas personas pasaron por su lado sin tan siquiera plantearse que quizás podían participar y así solucionar: bastantes. Y que conste que no es por echarme flores. Seguramente he vivido esa misma situación otras veces y he andado tan ensimismada en mis propios saras que ni he reparado en las señoras y señores perdidos. Quizás es algo a reflexionar: nuestra lavadora mental, el contacto con el exterior, no sé.

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Se me olvida

Young girls. Se me había olvidado lo mucho que me gusta este tema de Bruno Mars. Se me había olvidado que me apasiona Bruno Mars, que no tiene una sola canción que no sea inmensa. Qué bestia parda. Y en ese tren, mientras volvía a Madrid desde Barcelona, tras comer con un amigo al que adoro, con una melancolía de esa raras, en las que sientes que eres la porción de pizza que se separa del resto y el queso fundido no te deja ir en paz, escuché sin orden ni concierto mis listas de Spotify y me sorprendí con ese temazo agarrado a las tripas. Le siguió Mediterráneo, claro. Porque a veces se me olvida que yo también nací allí y que amontonado en tu arena guardo amor, juegos y penas. Le siguieron un chorro de temazos de los 80 y los 90 que me llevaron a mis hombreras, a mis tupés, a mis años de universidad en los siempre volvía de día a casa con los pies reventados, a mis compañeras de clase con las que lloraba de risa cada lunes mientras nos contábamos la sarta de gilipolleces en las que habíamos ocupado el fin de semana. Volví a la diversión sin límites, a la ausencia de responsabilidades, al solo reír y solo bailar. Y solo besar. A cualquiera, qué más da. Qué importante encontrar esos interruptores que nos llevan a lugares que visitamos poco. No quiero olvidarme más.

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Un sueño majara

No quiero dármelas yo de brujilla, más quisiera, pero como os conté el lunes pasado, lo de las causalidades en mi vida es como para escribir un libro. O dos. El caso es que, antes de anoche tuve un sueño: yo había escrito un musical y el protagonista era el cantante de un grupo de los 80 con el que tengo una historia muy especial (nada sesuá). Yo observaba los ensayos del musical desde un balcón que rodeaba la sala principal del teatro cuando aparece un chico moreno y comenzamos a hablar

Tú eres de mi pueblo, de Lloret.

Ya decía yo que me sonabas de algo.

¿Cómo te llamabas?

Carles no sé qué.

Me quedé pensando en mi sueño que ese no era su apellido real. No me sonaba para nada. Este me miente y no sé por qué. El Carles al cabo del rato, o en otro ensayo o yo qué sé porque en los sueños lo del tiempo no queda nada claro, empezó a tocarme la mano, a tontearme como muy sutilmente. El Carles me encantaba, porque era guapo a rabiar.

Cuando ya iba a terminar el sueño, recordé su verdadero apellido. Pongamos que es Pujol. Me desperté alucinando conmigo misma y colgadísima del Carles. Juraría que ese chaval existió, que se llamaba así, que era de mi pueblo, que ni siquiera lo conocía como para saludarle y que era de la pandilla de guapos tres o cuatro años mayores que nosotras que nos hacían babear. Llamé a Luisa, mi amiga de la infancia. Tía, dime que existe un tío que se llama Carles Pujol, moreno y que nos gustaba de pequeñas. Sí, claro, el hermano del Francesc, que curraba en la radio local. Le vi hace un par de años, sigue guapo.

Le busqué en Facebook. Allí estaba la misma cara con treinta años más, los que hace que no me cruzo con él. Probablemente si lo hubiera hecho, no le habría reconocido ni recordado su nombre. Pero los sueños son así. Por qué ha aparecido, qué significa esta majaronería: ni puñetera idea. Quizás tenga algo que ver con que me planteo pasar el verano en mi pueblo, cosa que no he hecho desde hace tres décadas A lo mejor el universo me está empujando en la dirección correcta, esa que ha provocado que, tras muchos años despegada del sitio donde crecí, me esté acercando al Mediterráneo otra vez. Nada es casualidad.

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Lunes con Sol (11 de febrero de 2019)

The Romanoffs

Ya os hablé de esta serie de Amazon Prime Video la semana pasada. Es buena, buenísima. Pero no la menciono aquí por eso, sino porque las coincidencias con mi vida dan hasta miedito.

La trama del capítulo 4 transcurre en Nueva York. Y diréis: vaya una mierda de casualidad, pues no habrá pelis y series situadas en la Gran Manzana. No es eso. La primera localización es el restaurante de Bergdorf Goodman, que me apasiona por sus vistas a Central Park, porque es un nido de mujeres manhattanianas de pura cepa, con manipedis impolutas y bolsos supercalifragilísticos. Sale en mi novela y en mi próximo libro no una, sino varias veces. La prota de The Romanoffs, deja Bergdorf y se va directa a Strand Books, mi librería favorita de Nueva York que, adivinad, sí, sale también en mi novela. Y para tomarse un refrigerio, ¿qué lugar elige? Las mesitas de Madison Square Park, en las que me paso media vida neoyorquina y donde Sofía Miranda, la protagonista de mi novela, y yo misma nos hemos zampado más de una y más de dos pizzas del glorioso Eataly.

La cosa no acaba aquí.

En un momento dado, se ve el fondo de pantalla de Amanda Peet (la prota del capítulo), y aquí es donde la cosa empieza a darme miedito: es una foto de las torres del San Remo. La mismas que ocupan mi propia pantalla desde hace años.

Todavía hay más.

A la mujer la ingresan en el hospital (lo siento por el spoiler) y en la habitación hay un solo cuadro ¿Con qué imagen? la del Bow Bridge, el puente en el que empieza mi novela, mi lugar en el mundo. El paisaje que visito CADA DÍA cuando tengo la suerte de estar en Manhattan. Pegadito a las susodichas torres del San Remo.

Muy fuerte todo. Y sigo.

En el capítulo siete, una pareja viaja a Rusia para adoptar un bebé. Adivinad dónde adopté yo. Vale, no van a Moscú, como servidora, pero viajan a Vladivostok, de donde es oriunda la amiga que me acompañó en mis viajes. Y sus andanzas son igualitas que las mías. Gracias a Dios, no han ofrecido la versión endulzada y falsa de otras pelis. Aquello es áspero, turbio, enemigo. Duro de narices. No he acabado el capítulo porque aparecieron mis propias criaturas rubias y no me pareció pertinente que vieran esa ficción que para nuestra familia no lo es.

Y para mí, que soy de las que cree que la casualidad no existe, este maremoto de señales extrañas me plantea muchísimas preguntas que nunca serán respondidas, supongo. Quién sabe.

Tres libros.

Me he propuesto leer un mínimo de veinticuatro libros en el 2019. No voy mal. De momento me han encantado todos. Ya es raro.

Una educación, de Tara Westover. Autobiográfica. Sobre cómo superar las creencias heredadas y trazar tu camino a pesar de las dificultades. Más que leer, nadas en esas páginas.

Corazón que ríe, corazón que llora, de Maryse Condé . Especial mención a las joyas que son los libros de editorial Impedimenta. Qué bonitos, qué cubierta, qué marcapáginas, qué calidad.

Conversaciones con Karen BlixenMuy cortito, para leer en un par de horas. Qué atemporal es la inteligencia…

La importancia de empezar bien el día

Mi amigo del alma está de visita en Madrid y uno de mis tantos propósitos es empezar el día juntos siempre que podamos y, a poder ser, en un emplazamiento especial. De momento llevamos unas napolitanas de chocolate en La Duquesita (porque si hay que engordar que sea con mucho placer) y un amanecer absolutamente conmovedor en El Retiro con posterior desayuno y permanente descojono. Porque aquí hemos venido a reírnos y a nada más. Porque el resto del día pesa menos y es más dulce cuando saltas de la rueda de hámster. Porque no somos eternos.

La casa de mis sueños

El otro día me zampé unos capítulos de Stay here, un programa de Netflix en el que una pareja de diseñadora y planeador de negocios (o algo así) transforman casas para que sus propietarios las alquilen en Airbnb y saquen una pasta gansa. El caso es que, por supuesto, las dejan ideales de la muerte y a mí me entran unas ganas locas de tener una casa fabulosa, no demasiado grande, con chimenea, terraza desde donde ver los tejados de Madrid y una cocina enorme con isla en la que no cocinar porque no me gusta, pero amo los espacios bonitos. Incoherente, ya. Y qué. El caso es que ya estoy coleccionando recortes de revistas de decoración para colocarlas en mi corcho del buen rollo y las proyecciones futuras. Soy feliz con solo mirarlo.

Chenoa, a su manera

Chenoa ha sacado single y me encanta. No es ningún secreto que somos amiguis, pero es que tenéis que ver el vídeo y escuchar esa letra. Ojalá nos entre en la cabeza y en el esternón. Somos todas válidas, somos diferentes y tan parecidas, no tenemos que justificar decisiones que solo nos atañen a nosotras. A quién le importa. Seamos libres y felices. Ya paro. Os lo dejo aquí, para que lo disfrutéis y os peguéis unos bailes, porque bailar como una majara es de las pocas cosas importantes de esta vida, aparte de la risa, claro.

Lo último para el hogar: velas con olor a vagina.

Gwyneth Paltrow ha sacado a la venta en la web de su empresa “Goop” una vela que huele como su vagina. Así como lo lees, amiga. Patidifusas nos quedamos en la Fabulofi cuando leímos el titular y luego nos enteramos de que el producto valía setenta y cinco euros y se había agotado en tiempo récord. Lista de espera y todo.

Asi de entrada, la cosa da un poco de repelús, más que nada porque no es una zona que huela especialmente bien, por mucho que seas una estrella de Hollywood y sigas una dieta vegana, orgánica y rialfudi a tope. Quién está dispuesta a que un perfumista le olisquee la entrepierna para crear algo químico y parecido, es un misterio. Otro es quién en su sano juicio perfuma su salón con el aroma de un coño que, encima, es ajeno. En el caso de que haya algún fan majarón dispuesto a llevar su amor hasta sus últimas consecuencias, ¿quién te asegura a ti que ese olor coñero es el de Gwyneth?, ¿quizás un notario ha dado fe? En ese caso, aparte del perfumista, el notario habría tenido que olisquear. No lo veo, la verdad.

Lo que pasa es que la vela no huele a coño, menos mal. La vela, según su descripción “Está hecha con geranio, Bergamota cítrica y cedro, yuxtapuestos con rosa de Damasco y semilla de Abelmosco que nos hace pensar en fantasía, seducción y un calor sofisticado”. Y perdóname, no sé lo que es la bergamota, pero ni a la actriz, ni a nadie le huele a eso la zona coñil. En los buenos momentos, es inodoro; en los malos, la cosa se parece más a una pescadería que a un bonito jardín tropical.

En qué consiste el calor sofisticado, pues ni idea. A mí me suena a rollo pegajoso, lo normal cuando la temperatura se eleva, cosa que pasa cada vez que una cruza las piernas o vislumbra a Jason Momoa.

Y es que cómo son estos guiris con el tema ventas. La verdad de todo este asunto es que le enseñaron un perfume a la Paltrow y ella, en un alarde de humor asalvajado que se le debió contagiar durante sus estancias en Toledo, dijo “Esto huele como mi vagina” (pussy para los amigos). Y decidieron que iban a fabricar una vela decorativa y que así se iba a llamar. Y hay gente que está dispuesta a pagar setenta y cinco napos por un cirio en el que hay eso escrito y ya está.

Qué listos son los marketinianos yankees, aquí no estamos tan despiertos. Claro, que allí tienen a la Paltrow y aquí se me ocurre lo que podría pasar si hacemos lo mismo con Belén Esteban o Terelu Campos. Estoy segura de que el resultado nos sorprendería, con lo que nos gusta el mamoneo.

Yo creo que la cosa podría dar mucho juego si pudiéramos elegir a qué potorro famoso queremos que huela nuestra vela. Mi elección está clara: Marujita Díaz. No me digáis que no. En paz descanse, pero le pega todo. Ella tan excesiva, con esa sensualidad llena de joyas y lentejuelas. Ya que nos ponemos a crear barbaridades, creémoslas a tope.

La noticia del la vela potorrera ha corrido como la pólvora entre los chats con las amigas: que si a mí el asunto me huele a sobrasada y Cola cao, que yo soy de Mallorca y me huele a ensaimada, que si a mí a cebada porque le doy a la Mahou que no es ni medio normal… Y qué queréis que os diga, que un poquito de cachondeo nunca va mal y que viva la Paltrow por cotizar alto su coño. Aprendamos.

   

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