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Etiqueta: lunes con sol

Lunes con Sol, 1/4/19 (sobre Idris, libros neoyorquinos y mentiras que nos joden la vida)

Nueva York es una ventana sin cortinas

Ando como una loca leyendo libros ambientados en Nueva York. En el próximo viaje que haré con Sola en Nueva York en julio incluiré algunas sorpresillas literarias interesantes y quiero estar preparada. El último que he leído es “Nueva York es una ventana sin cortinas”, de Paolo Cognetti.

“El lugar que he tratado de relatar es una ciudad muy parecida a Nueva York, pero que no es “de verdad” Nueva York. Como Nueva York, está construida sobre el granito, pero también sobre el material impalpable de la imaginación: está hecha de islas, puentes, edificios y de infinitas páginas de papel. La habitan ocho millones de personas, más aquellas que nadie se ha puesto a contar, los personajes que viven en los relatos, las novelas, los poemas.”

Me llamó la atención el título porque me recordó a “Ventanas de Manhattan” de Muñoz Molina, con el que tanto me identifiqué en su momento cuando narraba su proceso de escritura por la Gran Manzana.

El de Cognetti es un libro mezcla de guía histórica, geográfica y literaria clasificada por zonas. Me cautivó cuando, al principio de la novela, leí algo que yo plasmé en mi novela como “Esa ciudad a la que, curiosamente, siempre tengo la sensación de volver, no de ir”. Os la recomiendo si habéis ido o estáis pensando en ir a Nueva York. Y si no también.

Luther

Acaban de estrenar la quinta temporada de “Luther”, la serie policíaca que protagoniza Idris Elba. Como los de Netflix no tienen un pelo de tontos, han hecho doblete con el hombre vivo más sexy del mundo y han lanzado también “Turn up Charlie”, de la que solo aguanté quince minutos. Y mira que me gusta Idris, y mira que está tremendo, y mira que es alto, y mira que madredelamorhermoso, pero la serie, de momento, es intragable. Como no tengo palabra ni nada que se le parezca, fijo que me la zampo en cuanto acabe con “Luther”, que también ha bajado el nivelón, pero que se deja ver, y muy bien, además. Cómo lleva el abrigo este hombre, amiguis.

Como ya nos conocemos, os comento que se quita la  camisa como a los veinte minutos de empezar el primer capítulo, que es algo a lo que no nos tiene acostumbradas, lamentablemente. Ahora que ya sabes lo que nos gusta, danos más, Idris, please.

Todo es mentira

En un espléndido domingo de terraceo me comentaba un amigo muy listo que anda jodido: ha dejado su trabajo para dedicarse a su sueño. La ilusión está muy bien, pero la inseguridad, la ausencia de esa estabilidad que el resto de sus amigos tiene y que él  siempre ha visto como producto de unas creencias heredadas, ahora le afecta. Vértigo, miedo, un poco de todo. Pareja, casa, hijos. Llegar a los cuarenta sin encajar en los patrones acojona hasta al más pintado. 

“Todo es mentira”, le espeté.

Me miró con una mezcla de “Ya lo sé” y “Desarrolla eso”.

Es mentira que en algún momento llegamos a un sitio y ya está todo hecho. Es mentira que los hijos dan la felicidad si no la tenías de antes. Es más, a veces se la devoran sin remedio. Son mentira las familias perfectas de Instagram. Es mentira que el mejor de la clase es el que saca las mejores notas. Es mentira que los mejores de la clase tendrán el mejor trabajo. Es mentira que el mejor trabajo es el mejor pagado. Es mentira que puedes controlar los sentimientos de los otros, así que más te vale dejar de currarte el amor del prójimo o acabarás hecho mierda. Es mentira que eres lo que haces y vales más cuanto más haces. Es mentira que no se puede vivir del arte y es mentira que hay vida sin arte. Debemos sentir que pertenecemos a un lugar, echar de menos lo conocido, no podemos reinventarnos del todo, hay que tener un lugar al que volver: mentira. Es mentira que hay que conformarse con lo que tienes aunque no te satisfaga porque todo el mundo lo hace. Es mentira que todo el mundo se conforma, pero como los quejicas hacen más ruido, los vemos más. Qué coñazo. Los felices van a lo suyo, no te golpean el hombro con su frustración. Son mentira los todos, los nadie, los siempre y los nunca. Es mentira el amor romántico eterno. Son mentira la estabilidad y lo seguro, porque la vida se guarda manotazos inesperados ante los que solo puedes flotar. Es mentira que los que deciden no le tienen miedo a nada, se lanzan a pesar de él.

       

Lunes con Sol, 25/3/19 (sobre pervertidos automovilísticos y felicidad sobrevenida)

De coches y penes

Me contaba mi amiga Cristina que hace meses usó una plataforma para alquilar coches entre particulares. La cosa fue muy bien, lo alquiló dos veces, se sacó un dinerillo y santas pascuas. El caso es que el lunes pasado recibe un mensaje guarro en su teléfono. Guarro guarrísimo. Que si te haría esto, que si me hago esto pensando en ti, que te voy a poner mirando a Cuenca.

Pues este buen hombre que va tan cachondo se ha confundido de número, qué mal trago. No le digo nada, pobrecico, ya se dará cuenta al ver que no hay respuesta, ni fotos cochinas, ni nada.

Dos días después, más de lo mismo: qué tetas tienes, cómo me pones, vas a ver tú que bien, zascazascazasca.

Mira, chaval, que te has equivocado de número. 

Que no, que no, que tú eres Cristina, que nos alquilaste el coche a mi novia y a mí, y que si te haría esto, que si me hago lo otro pensando en ti, que te voy a poner mirando a Cuenca. Que mira qué foto más hermosa de mi cimborrio.

HOSTIAS.

Pues que me dejes de mandar estas mierdas.

Pues que sigo.

Pues que te denuncio.

Pues que sigo.

Pues que mi pareja te llama y te dice que como vuelvas a mandar un mensaje lo que van a encontrar en Cuenca son tus cojones.

Pues que paro ya, si eso.

Yo escuchaba a Cristina, patidifusa. Le pregunté si hubo tonteo cuando lo del alquiler del coche. Me contestó que si estaba loca, que allá que vino la parejita ideal, se llevó el coche y lo devolvió impoluto (aunque sabiendo lo que sabemos ahora vete tú a saber si el depravado dejó algún resto orgánico para que mi amiga se rozara con él).

Y a mí, con todo este temazo, me asaltan unas cuantas preguntas: ¿de dónde has sacado la idea de mandarle esos mensajes a alguien que no conoces y que no te ha dado NINGUNA señal de cachondismo en absoluto? Vamos a imaginar que tú te has inventado que ella te guiñó un ojo, te tiró un beso, te tocó el paquete, ¿de verdad piensas que mandarle un mensaje-pajote hará que alguien se abra de patas, por muchas ganas que tenga? Y, a partir de ahí, el problemilla de que tu novia se entere, el novio de ella te parta la cara, o publiquen en las redes tu nombre, tu DNI, tu teléfono y tu dirección.

En fin, que colgados hay en todas partes, pero que algunos se llevan la palma y son de lo más desagradables. Quería compartirlo y, de paso, si alguno de ellos me lee, comentarle que se monte las fantasías que quiera pero que no nos toque los ovarios. Chimpún.

Facebook

Soy muy fan de las redes sociales cuando se usan para bien: para estar en contacto con amigos que viven lejos,  para enterarme de eventos que me interesan o, como en este caso, para recordarme que me lo he pasado muy bien en lo que llevo de vida. Y es que el pasado domingo, día de San Patricio, la red social me contó que justo hace un año yo andaba por Nueva York, con mis amigas de allí y con Txiki, un amigo que vive en México. Rememoré la fiesta del pijama que montamos en casa de María, que Txiki nos regaló unas fotos maravillosas que les había hecho a unos niños en un pueblecito cerca de Oaxaca, que nos reímos mucho. Muchísimo.

También me recordó que hace cinco años estaba en el mismo lugar, pero esta vez con Lidia y Javi. Hacía un frío tremendo, el lago frente a Mi Puente estaba congelado y nos dio un ataque de risa cuando nuestro guapo amigo tiró una moneda al agua hielo y sonó clonk clonk clonk. Cenamos en el ruidosísimo Unión Square Café. Comimos muchos hot dogs. Vimos el musical Once, que es de lo más maravilloso de la galaxia.

En el 2017 me fui a Eurodisney con mis pollos. No me gustó nada Eurodisney. Hacía un tiempo de mierda, mis hijos se portaron fatal, acabé hasta el jilguero de tanta cola y los churumbeles concluyeron que lo que más les había molado del viajecito eran los patos del lago y la piscina del hotel. Tócate las pelotas. El último día les metí en un tren y les llevé de ruta por París. Mucho mejor. Viva Montmartre.

Hace cuatro años me fui de boda gay con mi amiga María. Bailé como las locas con docenas de tíos guapísimos, creo recordar que robé algún morreíllo, incluso. Llegué a casa con los zapatos en la mano y el rímel esparcido por toda la cara. Como debe ser.

Hace tres, andaba inmersa en mi segunda obra de Microteatro, que dirigía Manuel Velasco y protagonizaban Lidia San José y Eva Ugarte (las dos nominadas a los Feroz este año, qué buen ojo tengo). Cómo disfruté todos los jueves y viernes hasta las tantas, viendo como los espectadores lloraban de la risa. Qué gusto me daba, al acabar las sesiones, subir caminando por Fuencarral en aquel marzo caluroso, observando a los jovenzuelos que salían de marcha, recordando que yo fui una de ellos. Esperando volver a serlo cuando esto de la crianza llegue a su fin (si es que llega).

Si la felicidad es, como dice Enrique Rojas Marcos, darse cuenta de que uno está haciendo algo que merece la pena con su propia vida, concluyo, desde mi humile opinión, que algo feliz sí soy.

     

Lunes con Sol,1 8/3/19 (sobre los chats de padres y algunos lugares mágicos)

El chat de los padres de fútbol

Ya he escrito varias veces sobre lo que pienso acerca de los chats de madres del cole, pero cuando una piensa que ya nada puede sorprenderla, llega el chat de los padres de fútbol y flipa en colores. Resulta que, por lo que sea, el pasado jueves se cambió el horario de entrenamiento y allá que lo anuncia el entrenador en ese chat que tengo silenciado por los siglos de los siglos. Nos pide, por favor, que le digamos si nuestros hijos podrán ir a esa hora. Y lo que parecía muy sencillo dejó de serlo porque un padre y una madre, entiendo que separados, decidieron exhibir sus batallas campales en nuestras preciosas pantallas. El padre, llamémosle Juan: que si el niño no puede ir porque se levanta a las seis, pero que “le han dicho” (entrecomillado por su retintín) que si no va a entrenar entonces no puede jugar y pide una aclaración sobre el tema. Allá que salta la mujer en plan “Yo no te he dicho eso, te he dicho que si Juanito falta a un entrenamiento no será convocado y blabla”, a lo que el padre contesta “Parece que Juanito irá aunque se vuelva hiperactivo por falta de sueño” y, TACHÁN, ella le contesta “De nuevo, Juan, te pasas de listo, no tomes decisiones por mí”

Imagino al resto de padres, tan flipados como yo, mirando sus teléfonos, ansiosos, para ver cuál es la siguiente salida de tiesto de este par. Lo que, en un momento dado, puede parecer incluso gracioso es, en realidad, una puta catástrofe. Si hacen eso en público, que tendrá que aguantar el pobre chaval en privado. Señores, por favor, un respeto para con los demás integrantes de chat, pero sobre todo, hacia su hijo, que no tiene la culpa de nada.

La magia.

De nuevo, el sábado me encontré con algunas de mis lectoras en uno de esos talleres que me dan la vida. Luego organizamos una charla sobre Nueva York. Laura, la creadora de ese espacio glorioso que es la librería Amapolas, y yo recomendamos algunos libros ambientados en la ciudad de mis amores, conté las maravillas del viaje con Sola en Nueva York, divagamos sobre los sueños que se cumplen y concluí, al final de la jornada, que si la felicidad es hacer con tu vida algo que tenga sentido, mi sentido sois vosotras. Por venir desde la otra punta del país para que nos echemos unas risas juntas; por regalarme sobrasadas, velas, libretas; por vuestros llantos de emoción (y los míos); por acompañarme en esta locura de escribir; por compartir lo que os remueve los entresijos; por esas ganas de abrirle las ventanas de par en par a la vida: gracias inmensas, amiguis.

El puente

El viernes me zampé “Los Inmortales” esa peli de los ochenta con banda sonora de Queen que me puede encantar. En ella vi por primera vez mi puente, mi Bow Bridge de Central Park, ese en el que empieza mi novela, que es mi Lugar en el Mundo, donde podría pasarme (y de hecho, me paso) las horas sentada con la mente en blanco, absolutamente conectada con el ansiado aquí y ahora. Al día siguiente, mi puente apareció en una peli chorras de Netflix y, por un instante, sentí que estaba allí, respirando, con los patos nadando tranquilísimos y las señoras del Uptown neoyorquino paseando a sus perritos frente a mí. Viví en mis carnes eso de que rememorar una situación genera en tu cuerpo las mismas sustancias que cuando se produjo, noté como mis telómeros aplaudían. Todos deberíamos tener ese escondrijo que no compartimos con nadie.

El cumple de Paulo

Escoger a los mejores amigos de la galaxia es uno de mis pocos talentos y Paulo, mi gallego favorito, es prueba de ello. Igor, mi vasco favorito, es otra. Nos conocimos los tres estudiando guión. Volcar, semana tras semana, tus miserias íntimas sobre un papel para luego leerlas ante toda una clase de desconocidos es empezar por el final: a los cuatro días les has visto las tripas a todos y te las han visto a ti. Rincones que, en otro contexto, tardarías años en mostrar, se exponen alegremente sobre una pizarra. Yo me enamoré de los rinconcitos de este par nada más olisquearlos. Porque ellos ven lo que hay detrás de una mirada. Son hogar, trampolín y alimento. Cinco años más tarde hemos recorrido varios karaokes, muchas risas y algunos llantos. La mitad de las terrazas de Madrid se han zampado horas y horas de conversaciones inconexas, profundas, estúpidas e inolvidables.  Ayer fue el cumple de Paulo, que se lamenta porque se acerca a la treintena, el muy cabrón. Entre su resaca desbordante por ingestión de brandy caliente y el sarcasmo deslumbrante de Igor estaba yo, adorándoles mucho, soplando mis velas imaginarias y deseando que nos queramos siempre así de bien, así de tanto.

     
lunes con sol

Lunes con Sol, 11/03/19 (sobre mujeres ilusionadas y los temazos de los 90)

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Cómo ser feliz

Ya os hablé de “Cómo hacer que te pasen cosas buenas“, el libro de Marian Rojas que lo está petando mucho. Normal, todos andamos persiguiendo la alegría. O deberíamos. En él recomienda otra lectura que compre ipso facto, no por su título (que no me apasiona en absoluto), sino porque la Rojas es muy lista y me creo todo lo que dice: “5 consejos para potenciar la inteligencia”, de Enrique Rojas. Diría que, entre ambos, nos regalan un resumen bastante completo de lo que es la felicidad y algunas claves para alcanzarla. “La felicidad consiste en estar contengo con uno mismo al evaluar la realidad y darse uno cuenta de que está haciendo algo que merece la pena con su propia vida”. Un factor indispensable: la voluntad, definida como “la capacidad para querer algo y poner todos los medios necesarios para alcanzarlo”. 

La voluntad es indispensable para recorrer los pasos hasta tu objetivo, ya sea ir al gimnasio, aprobar unas oposiciones, dejar a tu pareja, conservarla, pintarte unos buenos morros rojos, bloquear a ese mareador, comer sano o reamueblar tu vida. La voluntad nos convierte en nuestros dueños. Cultivémosla, porelamordedios

Ingleses rotos

O Broken English, que cantaban aquello de Do you really want me back?, que yo bailaba en una discoteca (¿o era un after?) en la época en la que mi cuerpo carecía de vitamina D porque no veía la luz del sol. Hacía mil años que no escuchaba ese tema, pero mis adorados trenes dan para mucho. Nunca era suficiente, siempre había otro garito, otra canción. Me compré unos zapatos de tacón imposible que me llevaron directa a meter los pies en el fregadero de unos baños donde la gente se drogaba mientras yo me preguntaba cómo volver a calzarme aquellos hijos de satanás tan sumamente bonitos en unos pinreles hinchados hasta límites insospechados. Usaba un pintalabios de un color marrón horrible que compartía con mi prima y que me encantaba. Parecíamos las hijas de la muerte, tan blancas, tan flacas y con aquello en los morros. Durante una temporada, aparte de ese maquillaje horrendo, me dio por hacerme dos coletas larguísimas que ataba con lazos del mismo color que mis vestidos minifalderos. Un cuadro. Un cuadro maravilloso, porque a los veinte todo es maravilloso, al menos para mí.

Boleros y cantautores

El tren no solo da para temas british y disparadores de melancolía. Me lancé sobre unos cuantos boleros mientras miraba la ventana sin hacer nada más que escuchar (que ya es raro). Joder, qué bonitos son. Esperaré, Encadenados, No.

Descubrí, también, a algunos cantautores. A pesar de que no es lo que más me gusta escuchar, me revolqué en algunas frases gloriosas. A ver si a estas alturas voy a darle a las estrofas…

Comprender que hay algunos trenes, pieles, ciertas bocas que no acaban regresando, de Marwan, en “La vida cuesta”, con la voz mexicana de Leonel García, que me gusta tanto como los tacos al pastor.

Dices que, en mitad de una cama, prometer no cuesta nada, son te quieros de ocasión, de Luis Ramiro en “Dices”. Por cierto, canta el 6 de abril en la sala Galileo. Yo voy.

Mis canciones han viajado más que yo, han besado más que yo, sonarán cuando yo no. Esta me la ha descubierto mi amigo Paulo, que es todo él sensibilidad y arte. Es de Andres Suárez en “Tengo 26”.

Los talleres. Las mujeres.

El sábado fui a Zaragoza a impartir uno de mis Talleres de Escritura Digital. No os hacéis una idea de cuánto los disfruto. No es solo conoceros, que también, es que lo que se genera en una sala llena de mujeres ansiosas de motivación, de escritura, de estímulo. La magia que se crea a la que una abre el pico para regalarnos lo que le menea los entresijos es algo muy revelador. Queremos compartir, ser parte de algo más grande que nosotras, saber que no somos las únicas, que no solo me pasa a mí. Necesitamos que entiendan incluso lo que no contamos. Seguramente arrastrábamos aún el espíritu del día anterior, 8 de marzo. Ojalá no lo soltemos en todo el año. Ni nosotras ni ellos.

Y como lo que pasa en el taller se queda en el taller, alguien se confesó sobre aquel primer novio al que quiso tanto. Tanto le quería que consiguió una muestra de la colonia que él llevaba: un sobrecito de Vorago, cuya imagen era un Don Johnson con la americana blanca remangada, todo muy de Miami de los ochenta. Abrió mínimamente aquel sobrecito y cada noche lo olisqueaba, en una cama presidida por un poster de Tom Cruise en Top Gun. Ese alguien confesó que nunca había vuelto a querer a nadie como a aquel primer novio de los quince, y que él, hace un par de años, le confesó lo mismo y aumentó la apuesta: ella fue el único oasis en una vida llena de malas decisiones. Tras la declaración, cada uno se fue por su lado, a vivir la vida real de adulto en la que no existen ya muestras de colonia Vorago. Ella le creyó. A pesar de los cuernos, de todas las mentiras que él le contó durante la adolescencia. Porque es precioso pensar que algo tan grande fue compartido. Y porque ella sabe que él no es mala persona. Simplemente, no sabía (y no sabe) decir que no. La razón de su despiste vital, de su ausencia de personalidad, de los millones de decisiones equivocadas que él sigue tomando a día de hoy darían para un libro. El por qué ninguno de los dos se ha tropezado con un amor parecido en los últimos treinta años, para otro. Y es que la vida está ahí, esperando que la escribamos.

   
las claves de sol

Lunes con Sol, 4/3/19 (sobre Freddie, el Capitán América y el amor de verdad)

las claves de sol

Freddie

Escribo estas líneas mientras sobrevuelo el océano de vuelta a Madrid desde mi México amado. He vuelto a ver “Bohemian Rapsody” en el avión. Esta ha sido una de esas veces en las que es inevitable lanzarme sobre el teclado, no para escribir, sino para vomitar estas letras. Ojalá fuera siempre así. No voy a repetir aquí lo que ya escribí sobre Freddie y todo lo que esa película supuso para mí. Masticarla como es debido, sin la sorpresa que suponen las primeras veces, me ha hecho admirar aún más a Rami Malek. Lo contenta que me puse yo con su Oscar, la ternura que me despierta su noviazgo con Lucy Boynton. Me gusta imaginar los primeros tonteos entre escenas. Qué bonito todo.

Esta segunda vez (ojalá hubiera sido en pantalla grande), aparte de emocionarme con el talento de Malek, me ha abofeteado con una buena noticia de la que ya tenía algún sospecha: soy una tía con suerte. Con muchas suertes. La primera, que debería ser prácticamente la única que nos importara, es que tengo salud: mental y física. El resto son regalos sin demasiada importancia pero que, quieras que no, se agradecen. Uno de ellos es la capacidad de disfrutar: de la música, del cine, de los amigos, de la comida, de la escritura, del contacto con la gente que me lee y en la que espero despertar esa ilusión sin la que seríamos cuerpos inertes, piedras pómez sin gracia alguna. Antes de darle al play, leía en “Cómo hacer que te pasen cosas buenas” de Marian Rojas (lectura obligatoria) que “Si uno tiene pensamientos y recuerdos constantes relacionados con gente a la que quiere, momentos especiales, o ilusiones por las que vivir será más feliz”. De hecho, cuenta también que recordar momentos felices genera en nuestro cerebro las mismas sustancias que se produjeron cuando pasaron en realidad.

Todos deberíamos tener esos momentos gatillo que recordar cuando la vida se nos echa encima: aquel amanecer en la playa con amigos, esa canción que se te engancha en las tripas, las risas con chorrito de pis, un morreo que te dejó loca.

Con todo esto he decidido que, de ahora en adelante, mi objetivo en la vida será crear momentos deliciosos, recuerdos que hagan que las endorfinas se me salgan por las orejas.

 

El Capitán América

Confieso: a mí los tíos buenos me desatan el instinto animal y salvaje. Ante una buena tableta y unos brazos como los del glorioso Chris Evans se me nubla el entendimiento. Viendo la ceremonia de los Oscar (que hay que ver qué gusto más grande verlo en directo) solo podía imaginármelo quitándose esa chaqueta azul, y luego la camisa, y luego todo. Alguno me dirá ahora que Hay qué ver, si eso lo dijera un tío de una tía. Ya contesté aquí. El caso es que, entre el Capitán y Aquaman, yo andaba bizca. Ese Jason Momoa completamente despeinado, salvaje perdido, con su mujer al lado, que tiene una inexplicable y tremenda cara de asquito. Si yo llevara semejante bigardo pegado al cuerpo, las comisuras me tocarían las orejas. Y es que con la edad me vuelvo cada vez más superficial y, la verdad, me importa un huevo. Me fascinan los cuerpazos, las caras bonitas, las bocas carnosas, las manos grandes y machunas. Oye, que si encima es listo y buena gente, pues mejor. Pero es que yo, para mirar, solo quiero belleza. Ojalá también tocarla. A ver si se dejan un día de estos.

 

El amor, Barcelona, las chimeneas.

Ayer fui a Barcelona a comer con un amigo de esos a los que quieres desde un lugar donde hay poca gente. Hablamos de lo guapo que era Paul Newman, de sus párpados, de que me flipan los antebrazos de los tíos, tan fuertes y con venas; de que le encantan las nucas de las tías, las coletas que dejan al descubierto ese trozo de cuello suave y pecaminoso, los gestos indeterminados; de cómo podemos joderles (o no) la vida a nuestros hijos; de lo maravillosas que son las casas con chimenea. Le recordé que uno de mis deseos año tras año es tener una, y que es una pena que no haga más frío en su pueblo, porque en su casa hay chimenea, pero la enciende poco. Subir la leña a un tercer piso no acaba de ser apetecible. Le dije, varias veces, lo bonitas que son sus manos. Le confesé que me enamoré de un puertorriqueño guapérrimo que me dejó hecha mierda y que también tenía unas manos preciosas, y unos ojos preciosos, y una boca preciosa, aunque por dentro no era tan precioso. Decidimos, mirando fotos antiguas, que veinte años pasan volando, que estamos estupendos: él porque hace deporte, yo porque me lleno la cara de cremas y pinchazos. Supimos que la humanidad volverá al campo, porque lo de los móviles puede llegar a ser una mierda muy grande. Me contó que las vacas, por raro que parezca, contaminan mucho, que hay un tío que saca filetes de células madre y eso no pinta nada bien. Y él lo contaba haciendo círculos en la mesa con sus dedos. Porque él lo convierte todo en líneas con esas manos preciosas. En ese mundo futuro nosotros seríamos vegetarianos perdidos porque no podríamos matar ni una mosca, ni un ratolí. Nos quejamos del poco caliu que tiene Andorra, que no se dignan a abrir una cafetería de madera, con sillones blanditos y, de nuevo, chimenea. Las chimeneas son vida, está claro. Siempre nos quedará el hotel Hermitage, con su música sublime. Él afirmó que es el amor lo que mueve el mundo. Le di la razón, asintiendo, pensando en lo muchísimo que le quiero. No se lo dije. Se lo escribí luego. Quizás los móviles no son tan mierda. O quizás yo debería hablar más y escribir menos. Ventilamos las mierdas íntimas, que son muchas y muy malolientes. Y a él se le saltaron unas lágrimas por mis mierdas malolientes. Cómo agradecí esas lágrimas. No se lo dije. Ni se lo escribí. Lamentamos lo cortos que son esos encuentros nuestros que le dan sentido a la vida, que son la vida misma. La felicidad estaba allí, sentada con nosotros en ese restaurante vegetariano de la Barceloneta, aplaudiendo como las locas.

lunes con sol

Lunes con Sol (18 de febrero de 2019)

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Ciudad de México

Llegué aquí hace un par de días y es como si nunca me hubiera ido, estoy en casa. Sin duda, si mis obligaciones no me anclaran a Madrid, viviría aquí la mitad del año. Por su clima maravilloso que ni frío ni calorazo, por su comida, por su riqueza cultural. Porque aquí tengo una pandi de majaras maravillosos con los que me río a más no poder. Es llegar aquí y siento como paso de estar alienada a estar alineada. Hay algo en nuestro imaginario, vete a saber qué, que nos expulsa de unos sitios y nos ancla a otros.

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Un tren

La semana pasada fui a Barcelona. Bendito AVE. Junto con el tampón, la fregona y la lavadora, es mi invento favorito. Al entrar en el vagón, una señora, parada de pie, atascaba el pasillo. Miraba su billetito del El Corte Inglés, miraba el pequeñísimo cuadradito donde figuran el número y la letra de asiento y volvía a su billetito. Dejó hueco para que pasáramos los varios pasajeros que observábamos la escena. Pasé. Ella seguía allí, sin cambios. Retrocedí. Señora, ¿necesita ayuda? Es que no veo, no sé dónde está el asiento 4B. Está allí, la acompaño. Así de simple. Cuánto podía haber pasado allí aquella mujer, peleándose con los números y las letras, es un misterio. Cuántas personas pasaron por su lado sin tan siquiera plantearse que quizás podían participar y así solucionar: bastantes. Y que conste que no es por echarme flores. Seguramente he vivido esa misma situación otras veces y he andado tan ensimismada en mis propios saras que ni he reparado en las señoras y señores perdidos. Quizás es algo a reflexionar: nuestra lavadora mental, el contacto con el exterior, no sé.

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Se me olvida

Young girls. Se me había olvidado lo mucho que me gusta este tema de Bruno Mars. Se me había olvidado que me apasiona Bruno Mars, que no tiene una sola canción que no sea inmensa. Qué bestia parda. Y en ese tren, mientras volvía a Madrid desde Barcelona, tras comer con un amigo al que adoro, con una melancolía de esa raras, en las que sientes que eres la porción de pizza que se separa del resto y el queso fundido no te deja ir en paz, escuché sin orden ni concierto mis listas de Spotify y me sorprendí con ese temazo agarrado a las tripas. Le siguió Mediterráneo, claro. Porque a veces se me olvida que yo también nací allí y que amontonado en tu arena guardo amor, juegos y penas. Le siguieron un chorro de temazos de los 80 y los 90 que me llevaron a mis hombreras, a mis tupés, a mis años de universidad en los siempre volvía de día a casa con los pies reventados, a mis compañeras de clase con las que lloraba de risa cada lunes mientras nos contábamos la sarta de gilipolleces en las que habíamos ocupado el fin de semana. Volví a la diversión sin límites, a la ausencia de responsabilidades, al solo reír y solo bailar. Y solo besar. A cualquiera, qué más da. Qué importante encontrar esos interruptores que nos llevan a lugares que visitamos poco. No quiero olvidarme más.

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Un sueño majara

No quiero dármelas yo de brujilla, más quisiera, pero como os conté el lunes pasado, lo de las causalidades en mi vida es como para escribir un libro. O dos. El caso es que, antes de anoche tuve un sueño: yo había escrito un musical y el protagonista era el cantante de un grupo de los 80 con el que tengo una historia muy especial (nada sesuá). Yo observaba los ensayos del musical desde un balcón que rodeaba la sala principal del teatro cuando aparece un chico moreno y comenzamos a hablar

Tú eres de mi pueblo, de Lloret.

Ya decía yo que me sonabas de algo.

¿Cómo te llamabas?

Carles no sé qué.

Me quedé pensando en mi sueño que ese no era su apellido real. No me sonaba para nada. Este me miente y no sé por qué. El Carles al cabo del rato, o en otro ensayo o yo qué sé porque en los sueños lo del tiempo no queda nada claro, empezó a tocarme la mano, a tontearme como muy sutilmente. El Carles me encantaba, porque era guapo a rabiar.

Cuando ya iba a terminar el sueño, recordé su verdadero apellido. Pongamos que es Pujol. Me desperté alucinando conmigo misma y colgadísima del Carles. Juraría que ese chaval existió, que se llamaba así, que era de mi pueblo, que ni siquiera lo conocía como para saludarle y que era de la pandilla de guapos tres o cuatro años mayores que nosotras que nos hacían babear. Llamé a Luisa, mi amiga de la infancia. Tía, dime que existe un tío que se llama Carles Pujol, moreno y que nos gustaba de pequeñas. Sí, claro, el hermano del Francesc, que curraba en la radio local. Le vi hace un par de años, sigue guapo.

Le busqué en Facebook. Allí estaba la misma cara con treinta años más, los que hace que no me cruzo con él. Probablemente si lo hubiera hecho, no le habría reconocido ni recordado su nombre. Pero los sueños son así. Por qué ha aparecido, qué significa esta majaronería: ni puñetera idea. Quizás tenga algo que ver con que me planteo pasar el verano en mi pueblo, cosa que no he hecho desde hace tres décadas A lo mejor el universo me está empujando en la dirección correcta, esa que ha provocado que, tras muchos años despegada del sitio donde crecí, me esté acercando al Mediterráneo otra vez. Nada es casualidad.

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