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Etiqueta: lunes con sol

Hay gente que quiere raro

Hay gente que quiere raro, que entiende el amor como posesión, como expectativa, como surtidor. Hay gente que no sabe que el cariño no se divide, sino que se multiplica. Hay quien dice querer mucho, pero lo importante es querer bien; dar lo que el otro necesita y no lo que a uno le da la gana ofrecer. Y tan importante como el QUÉ es el CUÁNDO y el PARA QUÉ. Hay quien defiende que el amor incondicional existe, y quizás es cierto, pero no debería. No es sano querer a quien nos hace pequeños, a quien nos ignora, a quien nos marea, a quien nos usa para su provecho aunque no se dé cuenta. El desconocimiento de la ley no exime de su cumplimiento y el hecho de que haya ignorantes emocionales no les da derecho a someternos.

Hay quien cree que el autoamor es egoísmo, pero es todo lo contrario. La vida empieza en uno y, desde ahí, hacia su entorno. Coloquémonos nosotras en el lugar que nos corresponde y a los demás no les quedará más remedio que situarse donde no estorben, donde aporten, donde formen parte de un baile armónico y no de una batalla campal.

Hay quien intenta convencerte de que nadie te querrá igual que él. Toda la razón. Y MENOS MAL. Porque el que no desea que elijas a quien querer es que se pasa tu felicidad por salva sea la parte. El amor es, ante todo, LIBERTAD. Nadie te la da, es tuya, aunque lo hayas olvidado. No es que tengas que recuperarla, solo sacártela del bolsillo y mostrársela al resto. Lo mío es mío, no hay manera humana de que me lo robes si yo no te lo entrego. Y no deberíamos entregarnos JAMÁS.  Ni prestarnos. Ni olvidarnos en aras de ocupar esto que somos con otras presencias, por divinas que nos puedan parecer.

Hay quien quiere raro y te quiere a ratos, a trompicones, con horarios y con chantajes. Lo lícito es sentir que intercambias, no que te aplastan, no que te apagan. No a regalar un precio excesivo por unas migajas de quien solo tú has colocado en un pedestal ficticio.

Hay quien quiere raro y se esconde, o se hace omnipresente, o las dos cosas. Hechos y palabras en direcciones opuestas. Grandes carnavales o miseria. Mucha forma sin fondo alguno. Exigencias, demandas, obligaciones, castigos disfrazados. Deberíamos vernos reflejados en el de enfrente. Brillar más cuando aparece. Ser más nosotras que nunca. Quien quiere bien es catalizador, no segadora.

Hay quien no respeta cuando decides que hasta aquí y se escuda en la imposibilidad de vivir sin eso que le das. La trampa mortal de creerte importante porque otro te lo cuenta. Somos naranjas enteras, somos el árbol entero. Queramos a pesar de no necesitar, porque necesitar a veces es raro y siempre es mentira. La necesidad es usar, es servir y es no ver al otro. Mejor querer sin carecer: elegir, decir “esto sí y esto no, porque lo quiero y punto”. Hay quien, si te dejas, te arranca la voluntad de merecer. Y te mereces el cielo, no lo dudes. Es preferible que te duela el alma a que te la roben.

Hay quien es y está. Y hay quien no puede estar porque el ser le queda muy lejos. Esos no valen, que se vayan a la mierda, o donde quieran. Cosa suya. Y hay quien te quiere valiente, libre, independiente, resolutiva, inteligente, lista, decidida, guapa, sociable, exitosa, hambrienta de sueños y viajes y belleza y vida. Esos son los que quieren normal. Y normal no siempre es común, a menudo es todo lo contrario.

       

Ocho truquis para mantener la motivación

Y es que no es fácil tener siempre ganas, mirar directas a la diana de nuestros objetivos y llevar a cabo las acciones para llegar hasta ellos. No tengo un buen día, la meta está demasiado lejos, ya no le veo el qué a eso en lo que me empeñé, etc.

Lo primero sería asegurarnos de que quieres eso que crees que quieres y que lo quieres por las razones correctas (para ti, ojo). Un ejemplo fácil: la dieta a la que te sometes para estar monísima de la muerte (ya sea engordando o adelgazando, que parece que el peso ideal solo se consiga perdiendo). No hay semana que no te la saltes. Quizás, en el fondo, a ti te importe un huevo lo de estar mona o quizás tú te ves divina tal como estás y andas a base de lechuga y/o batidos de proteínas porque tu entorno te ha puesto la cabeza como un bombo.

O puede que quieras ganar o perder esos kilos, pero no por estética, sino por salud y ese cambio de perspectiva sea lo que necesitas para mantenerte firme cual roble. No es el por qué, sino el PARA QUÉ lo que hace que nos movamos en la dirección correcta. Apunta tus para qués y échales un ojo cada día. Será por libretas monas…

Lo segundo, una vez definido el objetivo con detalle, es tener claro que es posible y saber cómo vas a medir que lo has conseguido. Ponte siempre un plazo temporal. No me vale “Voy a crear un blog un día de estos sobre algo de comida”, pero sí “Voy a crear un blog con recetas veganas que se cocinan en diez minutos y va a estar listo en un mes”. Si en un mes tu blog está en la red, listo y preparado para que el planeta lea sobre tu arte culinario, lo has conseguido.

Cuéntale tu objetivo a gente con el mismo criterio que tú, para que te apoyen, te aplaudan y te animen. Te quieres mudar a Londres y has de currar un montón para conseguirlo; qué bien que tu amiga es de las que piensan que viajar es lo mejor del mundo y que si eso es lo que tú quieres, palante. El otro lado de la moneda es alejarte de los aguafiestas, qué pesaos. Ni puñetero caso.

La agenda es la herramienta básica y suprema de la organización y, en muchos casos de la motivación: describe los pasos que te van a llevar desde donde estás hasta donde quieres estar y agéndalos. Si quieres ganar cinco kilos en dos meses quizás tengas que 1) Buscar un nutricionista 2) Buscar un entrenador o un gimnasio 3) Ir al súper 4) Organizarte las comidas 5) Agendar los entrenamientos 6) etc.  Si quieres crear una web decidirás 1) Si lo haces tú y necesitas formación para ello o si pides presupuestos a profesionales 2) Qué textos van a aparecer 3) Si necesitas fotos y de dónde las vas a sacar 3) Qué secciones serán necesarias. En este otro post os di varios tips sobre el arte de agendar como las loquis.

Cada una sabe cómo funciona su cabeza y qué necesita para mantener las ganas: hay quien hace deporte con música hipermarchosa, para así motivarse; quien pega fotos en la nevera de cuando tenía un tipazo; quien pega fotos en la nevera del momento actual, con una forma física horrenda; quien tiene un corcho con fotos que le recuerdan aquello que desea, sea una casa con jardín, hacer yoga cada día o mudarse a París. Todos hacemos lo que hacemos porque el beneficio al conseguirlo es mayor que el coste. Recuérdate el beneficio como sea, tenlo en mente a todas horas.

Una cosa detrás de otra: a veces se nos acumulan los pasos unos encima de otros. Elige uno y termínalo. Olvídate de que están todos los demás. Concentración a tope.

Ten un listado de lo ya hecho. Apuntar cada mínimo logro te empuja a seguir logrando. Si esta semana has conseguido leer una hora al día, ir al gimnasio tres veces, estudiar los cinco temas que te propusiste, organizar las comidas divinamente o quedar con esa amiga a la que tantas ganas tenías de ver, escríbelo y tenlo visible. Has conseguido salir puntual de casa cada día y no has corrido como las locas para llegar al trabajo, has ahorrado, hace dos meses que llevas la manipedi impoluta: APÚNTALO.

Piensa en la persona que serás cuando hayas conseguido eso que deseas: estarás tranquila, orgullosa de ti, con una autoestima acojonante. Date cuenta de que tú eres la única responsable de lo que te pase. Eres poderosa porque tienes el poder de que te pase lo que quieres que te pase. Cuando vengan pensamientos chorras sobre tu posible incapacidad, piensa en qué momento te sentiste así antes. Cuándo alguien te hizo sentir insegura. Eso ya pasó y lo que cuentan los demás tiene que ver con ellos, no contigo. Tatúatelo.

Y, por último, lo primero: te mereces conseguir eso que te has propuesto, vivir con ilusión, sentir que avanzas hacia el lugar que a ti te dé la gana, salir de la rueda de hámster, chorrear autoamor, ser la jefa de tu puñetera vida.

300 gilipolleces que me hacen inmensamente feliz

Porque con las anteriores listas no tengo suficiente. Porque, afortunadamente, cada día hay más.

276. Madrid: las luces de la Gran Vía, las tapas de la Plaza Santa Ana, el karaoke de Mostenses. El camino desde mi casa hasta la Fabulofi, enfrente de ese edificio divino de la SGAE. Ir a ver a Laura a librería Amapolas, comer en el Sr. Ito de la calle Pelayo, oler las flores de “Margarita se llama mi amor”. Observar a la gente, charlando y merendando en “La Duquesita” cuando hace frío en la calle.

277. Esta canción.

278. Ir al cine entre semana, porque sí.

279. Ver Notting Hill por enésima vez.

280. Timothée Chalamet.

281. Los desayunos después de una noche loca, comentando mil jugadas.

282. La conexión con alguien a quien nunca has visto.

283. Renovarse: casas nuevas, olores nuevos, trabajos nuevos, ropa nueva.

284. Salir de noche después de mucho tiempo, los tacones tirados en el sálón a la mañana siguiente, los restos de los espaguetis que te has desayunado bien resecos, la afonía.

285. Las risas con Mabel, meternos la una con la otra y morirnos de la risa. La complicidad.

286. Hacerme amiga de desconocidos simpáticos en los bares.

287. Aprenderme un poco más.

288. Este libro.

289. Esta película.

290. Hacer deporte cada día. La satisfacción de lograr objetivos. Sentir que los pulmones se llenan de aire, que hoy llegas más lejos que ayer. Comprarte mallas divinas porque sabes que las vas a usar.

291. Pensar que en mayo vuelvo a mi amado México en un viaje que, estoy convencida, va a ser un antes y un después. Como todos, pero más.

292. “La jaula de las locas”, el musical. Lo tenéis en Madrid hasta finales de mayo. Y no, no me pagan, me cobran. Qué buen rollo, qué risas, qué buenos están las bailarinas (y no, no me he equivocado en el género de adjetivo y sustantivo). Id.

293. Ir en bus por la ciudad y observar las calles y a la gente. Relax total.

294. La patatera con pan del bueno. No sabía lo que era y una lectora me la envió. Me ha creado una necesidad y me encanta.

295. Seguimos con la comida: el pudding de té verde de Sr. Ito. Tanto me gusta que me lo compro y me lo llevo a la oficina para merendármelo.

296. “Lucifer”, la serie de Netflix. ¿Por el guion? No. ¿Por las tramas? No. ¿Por las localizaciones? No. Por esto:

297. Las comidas de los miércoles en casa de mi amigo Yordo, con su familia. Tan divertidos, tan amorosos, tan mi familia.

298.  “Cádiz”, una obra que podéis ver los sábados y domingos en el teatro Lara. Tampoco me pagan, me cobran. Un texto divertido, realista y ágil de Fran Nortes;  interpretado por el mismo Fran, Nacho López (el hombre más guapo del planeta) y Bart Santana. Conversaciones masculinas desde un punto de vista que encanta a las mujeres. Ya me diréis.

299. Encontrar un boli que escribe solo, con el que tengo una letra divina. Yo, que jamás presté unos apuntes en la universidad porque nadie entendía esos signos satánicos.

300. Que me pasen las cosas que quiero que me pasen.

Regalos de cumpleaños

El lunes cumplí cuarenta y siete primaveras. Me levanté mosqueada, como cada 24 de febrero desde los doce. Ahora la tontería me dura menos que entonces, porque ya sé que es solo un día más, pero también un día menos, así que habrá que aprovecharlo. Nunca me ha  molestado el número, es que lo de ser mayor siempre me ha sonado aburrido. Una especie de camino hacia algo gris que nunca he visto, pero que intuyo. Por más que el color me inunde cada día, yo sigo temiendo al gris. Muy lista no soy.

Para las nueve de la mañana ya había leído algunas felicitaciones. Le caigo bien a bastante gente, qué bien. Y llegó el momento de mi autohomenaje en las redes. Voy a escribir algo bonito y buscare unas fotillos de cuando era pequeña y otras de mayor, por lo de la metamorfosis y tal. De aquella foto que me hicieron en la guardería mostrando orgullosa mis piños centrales inferiores (los únicos que tenía) pasé a las de las playas con mis amigas engullendo sangría; las de los viajes a Nueva York, a Londres, a París, a Sevilla; las de las fiestas con los amiguis; las de las flores en la cabeza (borrosas, que son las mejores); las de los eventos, los Sant Jordis, los premios. Qué bonitas las fotos que no le dirían nada al prójimo pero que a ti te cuentan que ese día estabas muy contenta, o muy triste y ahí estaban tus colegas para compartir o consolar.

Llegados a este punto ya el mosqueo era sonrisa: me pasa lo que quiero que me pase. Y esto solo va a mejorar. Porque pienso regalarme mucho asunto, y no solo para mi cumpleaños, sino cada día. Ese es uno de los propósitos (sí, otro más) que he apuntado en mi agenda de papel y de espíritu: quiero vivir cada día como un aniversario, porque lo es, básicamente. Me voy a regalar más carcajadas, más masajes, más pensar en mí. Más planes, más sueños y más felicidad. Movimiento, avance, sabiduría. Superficialidad máxima, de esa a la que solo llegas cuando has ido, has vuelto y te has pirado otra vez. Paz, mucha paz, de la de verdad. De la que me cuesta porque quiero que las cosas sean como yo quiero, pero no lo son. Y respiro. Paz, mucha paz. Que solo tengo el poder de controlar lo que hay aquí dentro, aunque me joda. Voy a pasear y a ducharme más aún, porque es entonces cuando me llega la inspiración. Quiero inspiración a raudales. Quiero personas que enciendan interruptores desconocidos. Olores nuevos, canciones nuevas, morreos nuevos. Y buenos, claro. También quiero canciones antiguas. Y, mientras escribo esto, pongo a Mecano y sus amantes. Porque también quiero recordar lo joven que era y lo poco que sabía. Y lo poco que sé, porque mi padre, a modo de felicitación me dijo “Tranquila hija, estás saliendo del cascarón”. Y yo le creo porque quiero creerlo y porque él también se lo pasa muy bien todo el rato. Algo sabrá de la vida.

Me voy a regalar muchas letras, porque no estoy leyendo demasiado y ando hambrienta y sedienta de palabras ajenas que hagan brotar palabras propias. Me tengo que regalar historias para luego contarlas. Vivir para escribir y no al revés. Me regalo libertad, de la que te hace comprar un billete de avión sin pensarlo o quedarte en la cama hasta las diez un martes. De la que te sube a unos tacones o te saca en pijama a la calle. De la que te da la media vuelta ante quien pretende robártela. Ni de coña. Ni de puta coña. Dueña y señora.

Viviré entre conciertos, teatros y cines. Me regalaré todas las pelis en las que salga Chalamet, porque no sé que hacíamos antes de existir él. Y existe desde hace poco. Qué joven, qué listo, qué talentazo, qué barbaridad. Voy a regalarme “Call me by your name” por quinta vez, porque me da ganas de Italia, de besos, de verano, de nadar. Y de Chalamet, claro.

Me regalaré más México porque algo me agarra desde las tripas hasta sus cimientos. No sé lo que es ni me importa. Desayunaré en el jardín glorioso del Four Seasons de Reforma. Lloraré de la risa con mi Tru mientras vemos en la cama cualquier chorrada de Netflix, embadurnados en mil mascarillas. Él me comprará tortitas de maiz y yo las meteré en el microondas con jamón y queso cuando me despierto a las cinco de la mañana por el jet lag. Pasearemos por Condesa, por la Roma, por Polanco. Jugaremos a lobos en casa de Txiki. Nos abrazaremos mucho.

Volveré a Nueva York, para que me abrace, que ya es hora. Comeré pizza con mis Golondrinas en Madison Square, con el Flatiron mirándonos de frente, sin entender nada de nuestras conversaciones surrealistas. Pasaremos horas despidiéndonos a las puertas del metro, porque siempre hay algo nuevo que contar, treinta años después.

Me regalaré más Madrid, más noches por Malasaña, más charlas en las terrazas y más brunch de domingo con mis científicos y sus rarezas. Veré amanecer y anochecer desde el Retiro. Me desharé en charlas con Laura de Amapolas. Enloqueceré aún más en esta oficina desde la que Leire y yo imaginamos, planeamos y nos agotamos. Y lloramos de la risa. Y lloramos también.

Seguiré regalándome cuentos que me gusten, como este.

 

Lo que no se ve, pero se nota (2ª parte)

Me quedé con ganas de añadir en mi última columna de El Español más asuntos de esos que no vemos, pero que se notan, porque encajan perfectamente con la gran estima que le tengo a la intuición, porque el ritmo se demuestra andando, porque la mayoría de los asuntos importantes van de dentro a fuera.

Se nota el amor por lo que uno hace, las ganas de ser excelente, por eso hay paquetes que llegan con un envoltorio divino, postres que te elevan al cielo, taxis limpios a más no poder, dependientas de sonrisa permanente. Se nota el orden mental, porque emana paz y da ganas de aprender mucho.

Noto inmediatamente cuando un lugar me pertenece y no le busco más explicación: otras vidas, la energía de los que lo ocuparon antes que yo, algo que está en el aire. Puede ser una ciudad, una casa, una oficina.

Las parejas con química se huelen a la legua, y las que no también. Ese tocarse con cuidado, como explorando un terreno desconocido. Uf, fatal. Con lo que mola la sensación de aprender cada recoveco mejor que si fuera propio, el descaro con el que uno se agarra sin mesura a la carne que vive pegada a tu carne.

Se nota cuando te gusta tu casa, porque la mimas y tienes velas de olores, flores, detalles que denotan que ese espacio es tuyo y solo tuyo. Y se nota también la gente que le da importancia al hecho de rodearse de cosas bonitas, porque así es su ropa, sus muebles y cada detalle que les rodea.

Se nota el ego porque ocupa tanto que no cabe nada ni nadie más. Te impide ver más allá de tus narices y te deja solo, embobado con esa grandiosidad que crees disfrutar pero que, en el fondo, solo sufres. El yo, mí, me, conmigo, a la larga, consume. Déjate de hostias, date cuenta de que no eres la última Coca Cola del desierto y aprende un poquito de los demás. De nada.

La envidia canta y a qué nivel, porque hay quien no se alegra de lo bueno que les pasa a otros, porque algunos se pasan la vida persiguiendo lo que el vecino ha construido y, si consigue alcanzando, no descansa: siempre hay un objetivo ajeno que atrapar. Qué cansancio, por Dios.

Cómo se nota la gente a la que le gusta aprender por el placer de absorber conocimiento nuevo y nada más. Contrastan con esos a los que les encanta “copiar – pegar” para presumir de sabiduría. Los curiosos disfrutan, pero no se regodean. Son discretos, tienen la mirada brillante y un discurso interesante porque sí. Porque todo eso que saben y que sabrán se esconde detrás de cada sonrisa, de cada opinión original.

Me encanta la elegancia natural, porque brota a pesar de que el que la posee vaya en vaqueros y camiseta, se acabe de levantar o esté agotado. Se nota en la mirada, en el buenos días, en la manera de mover las manos o beber el café. Lo ves en lo que comen, en lo que leen, en cómo se peinan y en qué responden ante cualquier pregunta. Se nota mucho, claro, cuando alguien pretende ser elegante pero no lo es. Porque lo fuerza y, sin remedio, se le asoma la ordinariez a la primera de cambio.

Se notan las ganas de ser feliz, porque no hay excusas, ni culpas, ni suertes. Cada acción está enfocada a que les pase lo que quieren que les pase y, ante las negativas, pues otro camino que también disfrutarán. El sofá mental no cabe en ellos. Saben que las decisiones, aunque dolorosas, son necesarias para llegar al norte, así que las toman, le pese a quien le pese.

Los lunes se notan, para bien o para mal. A algunos les supone una cuesta casi insalvable, para otros es la  oportunidad para seguir avanzando. Yo hoy elijo lo segundo, que parece más divertido.

275 gilipolleces que me hacen inmensamente feliz

Porque me he propuesto llegar a las 1.000 gilipolleces, y luego a las 2.000. Y practicarlas. Porque nos merecemos darnos gustazos todos los días de nuestra vida. Por eso todas las listas anteriores no son suficientes. 251. Viajar en tren, ver cómo el paisaje cambia: árboles, niebla, montañas. La emoción de volver a casa o de llegar a mi destino, tan variado últimamente. La ilusión cuando lo que me lleva a esa ciudad es hacer algo nuevo, como este fin de semana en Womprende. 252. Hablar ante decenas o cientos de mujeres ilusionadas, ansiosas por encontrar ese click que les lleve del lugar donde están al lugar que les pertenece. Vuestros abrazos. Sentir que aporto algo. 253. La tranquilidad que me da tener amigos que cuidan gustosos a mis hijos mientras yo cumplo mis propios sueños, la felicidad que me da saber lo que se quieren todos. Que mis hijos me cuenten que mi amigo el cocinitas les ha hecho una comida riquísima. 254. Dormir hasta las diez de la mañana. Levantarme sin prisa. Ducharme tranquilamente. Desayunar tranquilamente. Llegar a ese tren que me encanta sin correr como las locas. 255. La mortadela de Bologna. Con pan del bueno y un poco de sal. 256. Lo bien que me siento después de una hora de gimnasio y unos estiramientos colosales. 257. Reír con amiguis nuevas, como las otras ponentes de este fin de semana. Sentir que nuestra complicidad viene de un lugar mágico del que todas venimos. Reunirme con gente que tiene cara de muchas ganas. 258. Planear mi viaje a México en mayo. Ni en mis mejores sueños aparecía algo tan estratosférico como lo que me lleva hasta allí. 259. Leer textos de personas a las que admiro y que me hacen pensar que, o tan majara no estoy o que hay muchos como yo. 260. Los calcetines divertidos de Jimmy Lion. Mirarme los pies llenos de colorinchis. Y no me pagan, me cobran. 261. La pelota de la escudella que hace mi madre. 262. Los cachorritos peludos. Y los que no son peludos también. 263. Jennifer López y Shakira en la Super Bowl. Ole sus ovarios. Aplausos. Vítores. Admiración absoluta. Inspiración. 264. “Los amantes” de Mecano. Mecano todos ellos enteros. 265. Madrid. 266. Decidir, mientras escribo, que me saco un billete para pasar dos días en París. Porque lo hacía cada año y llevo varios sin hacerlo, qué gilipollas. 267. Los croissants de Pan Delirio. 268. La gente que huele muy bien, a limpio. 269. Restarle importancia a lo que antes la tenía y no la merecía. 270. Esta foto de @fahdesss. 271. Este libro. 272. Este vídeo. 273. Dejar ir, despedir, hasta luegui, esto no va conmigo. Dejar espacio para que lo bueno y nuevo llegue. 274. Hacer limpieza radical. Marcarme un Marie Kondo antológico. 275. Descubrir un perfume nuevo y saber que lo han fabricado para ti, porque es perfecto. Sorprenderte al usar una bufanda que rociaste con él. Olisquearla y ser muy feliz.