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Lo que mola es la gente con ganas (entorno trampolín).

No voy a descubrir nada nuevo si hablo de la importancia del entorno en cualquier aspecto de la vida. Dicen que somos la media aritmética de las cinco personas con las que más tiempo pasamos. Paremos un momento a pensar quiénes son, cómo son y qué hacen con su vida. Si se te tuerce el gesto, mal vamos. Si lo que abunda entre ellos es la falta de motivación, de ilusión y de palante, empieza a plantearte que, si no se te ha contagiado ya el virus de la mediocridad, suerte tienes, pero no la tientes, amigui.

Me gusta la gente con ganas. Ganas en general. Ganas de reír, de quedar con amigos, de embarcarse en proyectos nuevos, de que su vida se parezca peligrosamente a sus sueños. Gente que se levanta cada día con la intención de aportar algo a alguien y de descubrirse un poco más. Gente curiosa, para la que el aprendizaje no es un coñazo, sino la razón última de su existencia, para los que absorber la magia de todo lo que les rodea no es solo una necesidad, sino un placer. 

Rodeémonos de gente con ganas, seamos esa gente. Qué perezón más grande dan esos que miran de reojo a los que caminan entusiasmados por cualquier cosa. El gafapastismo criticón de la risa y el despiporre. Las tribus de mujeres que critican a mujeres, de personas que se pasan la vida observando las vidas de otros porque de la suya ya no queda nada, se deshizo entre las calles amargura y envidia.

Cuántos sueños se desvanecen porque carecen del abono que todos buscamos (o deberíamos), ese compuesto de amigos dispuestos a escucharte, a confiar en ti y a animarte en tus hazañas aunque no las entiendan. Ni falta que hace: con que tú seas feliz, yo lo soy.

A veces es complicado encontrar una panda que te empuje y te eleve. Algunos viven en lugares pequeños, donde el miedo a la crítica y el aburrimiento no son un buen caldo de cultivo, pero amiguis, que ahí tenemos Internet, con su alcance galáctico y una cantidad bestial de personas buscando personas, de mujeres buscando mujeres, ansiosas por contar lo que les pasa para no sentirse únicas y locas, para conseguir ese aliento que no encuentran en los que están al lado.

Huyamos de los entornos castrantes, ya sean padres, hijos o espíritu santo. Hay mil foros, espacios de coworking, reuniones donde contar tu idea, videoconferencias con quien, desde el otro lado del mundo, te cuenta cómo llevar tu objetivo a buen puerto. Tienes la misma estructura genética que ellos, sois capaces de lo mismo. El mundo entero está a un click, literalmente. Nos pasamos la vida con la nariz pegada a unas redes sociales que pueden ser tan dañinas cuando lo que buscas es evadirte, como útiles y milagrosas cuando las usas a tu favor: investiga, pregunta. Te sorprenderá cuántos están dispuestos a compartir su experiencia contigo como antes otros lo hicieron con ellos.

Abogadas que decidieron que vivirían de hacer las mejores tartas del planeta, publicistas que lo dejaron todo para llevar grupos de mujeres a Nueva York, ejecutivos que ahora son expertos en educación socio-emocional. Probablemente no lo hubieran conseguido sin una mano amiga, sin el aplauso de congéneres con tantas ganas como ellos, sin sacudirse miedos propios y ajenos.

A veces miramos el mundo como si sus habitantes fueran alienígenas con superpoderes, mucho más inteligentes que nosotros y con una capacidad fuera de nuestro alcance. Excusas, mentiras que nos contamos a nosotros mismos. Cuando esos extraterrestres forman parte de nuestro círculo y caemos en que algo habrán visto esos seres extraordinarios en nosotros si son nuestros amigos, la existencia se convierte en algo excitante, divertido y lleno de posibilidades que no podemos desaprovechar. Si no es el caso, en nuestra mano está deshacernos del entorno castrante para encontrar el entorno trampolín. Y luego no habrá marcha atrás.

 

250 gilipolleces que me hacen inmensamente feliz.

Porque 225 no son suficiente, ni 250, pero por algo hay que empezar.

226. Descubrir, en un libro, en una obra de teatro, en un escaparate una chispa de inspiración, el inicio del hilo del que tirar para llegar a un lugar que hace mucho que no habitaba. Ese momento en el que noto que el interruptor ha encendido la chispa de la ilusión. Se me ha ocurrido algo y voy a ponerlo en marcha: el tema para un artículo nuevo, me apuntaré a clases de baile, hoy me saco un billete a Edimburgo, voy a ahorrar para tener una cocina monísima, pero monísima de verdad.

227. Planificar un viaje a Nueva York con Paulo e Igor, pensar en enseñarles mis lugares y que ellos formen parte de mi historia de amor con esa ciudad. Y que esa ciudad forme parte del amor que siento por ellos. 

228. Saber que, en un mes escaso, se estrena “Llámame” una obra de teatro que escribí con Paulo. Imaginar a la gente en sus butacas, contemplando a Marina y Marieta, las actrices y saber que eso se coció en cafeterías de Malasañaa, en pijama, con un moño mal hecho y muchas tardes de risas.

229. Superar la melancolía que me invadió cuando me di cuenta de que habían pasado veinte años desde el 2000 y que en aquella Nochevieja bailé durante dos días seguidos. Tanto bailé que reventé la suela de las medias y llegué a casa con la zona del talón en las rodillas. Estuve enferma una semana, qué bien.

230. Hablando de Nocheviejas: la ilusión por este año que se estrena. Quiero llenarlo de conciertos; de tardes en mi sillón mostaza, libro en mano; de morreos de los buenos (y de los nuevos); de nuevos talleres con nuevas alumnas con nuevas miradas de curiosidad; de viajes a México; de viajes hacia adentro, para ver qué anda cociéndose por ahí. 

231: Voy a cumplir cuarenta y siete tacos en breve y eso, que normalmente me produce urticaria y amargura, se ha convertido en un aplauso. Joder, que aquí estoy, divina, dedicándome a lo que me apasiona, haciendo sonreír a otras que me hacen sonreír a mí, vendiendo libros a troche y moche, trabajando en una oficina que comparto con amigos. Sigo teniendo las tetas arriba y el coco anda mejor que nunca. No se puede pedir más.

232. Me encanta tener planes a largo plazo y emocionarme desde ya con ellos: México en mayo, un festival de música de los ochenta en junio, mi isla con mil amigos en agosto. Y los que quedan.

233. El lunes próximo empiezo a terminar mi próxima novela. Ya tengo clarísima la estructura, lo que voy a rescatar de lo que hay escrito. El éxito de mi recopilatorio, o sea, vosotras que me leéis, me han dado el empujón que necesitaba. Ya no hay excusa: para verano tenéis nueva historia.

235. El orden. Sí, me hace muy feliz el orden físico y el mental. Supongo que lo uno va con lo otro, o no, pero me gustan los dos. Le he pegado un meneo a mi casa bastante importante. He tirado bolsas que no ha sido ni medio normal. Si me ve Marie Kondo me hace un monumento. Mi baño parece el de un hotel, ole con ole.

236. En septiembre me propuse dejar de taparme para vestirme y prestar más atención a la parte de fuera de esto que soy. Y, oye, qué manera de cumplirlo. Me peino (lo nunca visto), me adorno (ojo a las diademis) y pienso por la noche lo que me voy a poner a la mañana siguiente para no acabar con vaquero y sudadera permanentemente. Voy mona, es un hecho.

237. Los ramos de flores. Siempre que los veía en casas ajenas me encantaban, pero no me planteaba comprarlos. Desde que colaboro con la gente de Colvin, mi salón y la Fabulofi rebosan de floripondios y todo es más bonito (os dejo aquí el enlace a su web con un -15% aplicado por ser mis lectoras fabulosas).

238. El perfume “Agua de coral” de Loewe. Me flipa.

239. La tarta de queso del restaurante “La primera”, en Madrid. Y sus anchoas.

240. Desayunar con Leire en “El cafetín”, y contarnos esas cosas para las que no hay sitio en medio de la vorágine laboral.

241. Hablando de Leire: los nuevos planes que ya os contaré y que no son más que el resultado de tomar las decisiones correctas al lado de la gente adecuada. 

242. En un par de semanas estaré con mi amigo Sergi comiéndome unos canelones gloriosos en Barcelona. La felicidad, a veces, es muy sencillita. Casi siempre, de hecho.

243. Encender una vela “Black Vanilla”, hacerme un té negro con leche, ponerme uno de mis diez pijamas grises después de ducharme y sentarme a mirar por mi ventana madrileña. Cómo me gusta Madrid.

244. El olor de la floristería de la esquina al llegar a nuestra oficina. Las coronas de Navidad que han adornado, hasta hace nada, su puerta. No sé por qué coño no las dejan todo el año.

245. Hablando del barrio: ver, desde la calle, a la gente merendando en “La Duquesita”. Qué bonita es esa puerta y ese escaparate lleno de dulces. Qué maravilla su roscón de reyes relleno de nata. Me relamo.

246. Bailar en la ducha.

247. Que un amigo llame, inesperadamente, al timbre y me diga que “tenía ganas de estar en casa”. Y que esa casa no sea el edificio, sino yo. Sentir que él es mi hogar. Saber que estas cosas o son recíprocas o no son.

248. Las comidas de los miércoles en casa de mi amigo Yordo, la cantidad exagerada de comida que sirven en esa casa, lo simpáticos que son todos. Las carcajadas contínuas. El amor desde hace más de treinta años.

249. Los masajes tailandeses a dos, rajando con una amiga mientras sientes cómo el relax se te cuela en los entresijos.

250. El satisfyer Pro 2.

Feliz Navidad (pero de verdad)

Las Navidades, según para quien, son el colmo de la felicidad. Bien por las afortunadas. A vosotras poco hay que deciros, disfrutadlo como si no hubiera un mañana. Para otras es la causa de un desasosiego salvaje, un asco. Tengo que cenar con gente que me la trae al pairo, mi tía Paquita volverá a recordarme que no tengo novio y que sigo con esos kilitos de más, mi cuñado beberá y me hinchará los ovarios con sus impertinencias.

Un par de apuntes, así de entrada: quizás el decidir que una pasa las Navidades con quien le apetezca no resulta un drama sideral. Mamá, papá, os amo, pero (fuera peros, que quedan feos y niegan lo dicho justo antes) y este año me he montado una fiestecita con los amigos el 24 y el 25. Ya si eso nos vemos el 26. Dadle recuerdos a la pandilla.

¿Qué es lo peor que puede pasar?

Las creencias se multiplican por cien cuando hablamos de familia y de Navidades. Esto se ha hecho así toda la vida y no hay posibilidad de cambiarlo. O sí. O quizás, así como deberíamos tener claro cuál es nuestro día ideal, nuestro curro ideal, nuestro todo ideal, las Navidades deberían adaptarse a nuestros deseos y no a la inversa. Tenemos un año para pensar si vamos a disfrutar de esas cenas mastodónticas, o si nos queremos ir a la nieve con nuestra mejor amiga, o al Caribe a hincharnos a bailar bachata, o montar un festival contínuo durante dos días a base de jamón, queso y paté. Sin cocinar, sin compromisos, con vídeos antiguos de “Martes y trece”. 

Siguiente cuestión a tener en cuenta: solo son un par de días, pero nos amargamos durante semanas dándole vueltas a lo que va a pasar. Si decides que te compensa ir porque quieres ver a esa prima que vive en Luxemburgo o porque tu madre es feliz a más no poder, estupendo: unas respiraciones abdominales, un pensamiento positivo siempre a mano para abstraerte (un Jason Momoa, un Pol Rubio, los zapatos divinos que vas a comprar en rebajas, ese con el que estás tonteando en Tínder,…)

La semana pasada, en uno de mis directos de Instagram, el glorioso Igor Fernández, psicólogo, hablando sobre la tortura que para algunas suponen estas fechas, nos ofreció un ejemplo divino: Sol, si a ti alguien por la calle te dice “Oye, Alberto”, ¿Tú qué haces?. Yo, evidentemente, no prestaría atención, porque yo no me llamo Alberto.

Lo de la gente soltándote opiniones no pedidas  y que en el fondo son juicios es lo mismo. Una vez más, lo que cada uno dice es consecuencia de sus procesos mentales, no de tu realidad. Tener esto claro es la solución para muchísimos de nuestros males. El comentarles que no tienes ganas de hablar de tu vida sentimental o de si pesas más o menos, es otra. Mandarles a la mierda es, también, una opción de lo más válida. Igor nos recordaba que, cuando esas opiniones escuecen, es porque hay una herida previa. Qué buena oportunidad para hurgar en ella, para resolver asuntos que quizás andan enterrados normalmente y que afloran cuando alguien toca el interruptor adecuado. Resumiendo, que ni nos llamamos Alberto y que nadie puede golpearnos con sus chorradas si nuestros límites andan sanos y funcionales.

Una vez gestionados estos asuntos, comentar a algunas se nos olvida que existimos, no solo en Navidad, sino el resto de año. Las obligaciones, la maternidad y la rueda de hámster se apoderan de nuestro espíritu. Pues a la mierda: tomemos las fiestas como una oportunidad para darnos un masaje interminable, organizar comidas con las amigas que serán también cena, darnos un caprichazo, que para unas será un bolsazo de infarto, para otras un viaje y para otras un paseo tranquilas, sin nadie demandando nuestra atención. El foco en nosotras, que no es egoísmo, es autoamor.

Adorémonos, tías estupendas, en Navidad y siempre.  

El emprendimiento será femenino o no será.

Queridas mías:

Tengo una buena noticia y una mala. La buena: tenemos un somos el potencial económico más poderoso del planeta. La mala: algunas no nos hemos enterado, a algunos no les interesa. Peor para ellos.

A lo que íbamos: consumimos más, elegimos más y rajamos más. Recomendamos nuestros favoritos como las locas. A nivel mundial, controlamos la mayoría de las decisiones sobre las compras. Eso es un pastón, queridas. Incluso las marcas de bricolaje se han dado cuenta. Desde que nos hablan a nosotras, venden más. Usamos más y mejor las redes sociales.

El mercado laboral avanza poco a poco, pero avanza. Ganamos dinerito y parece que la asquerosa brecha salarial se va a recortar. Leemos más, vamos más al cine, compramos más que ellos. Constituímos la mayoría de la población universitaria, sacamos mejores notas, somos más productivas. Estamos ante una revolución que solo puede ir en una dirección.

Por fin nos hemos pispado de que esto de emprender también es para nosotras. Aún somos una minoría las que hemos optado por montar nuestra nueva empresa, pero ojo: tenemos más exito, o sea, nuestros proyectos sobreviven más y mejor, obtenemos mayores rendimientos. Normal, nuestra tendencia natural a hacer el doble para conseguir la mitad nos sirve de ayuda en esto. Menos mal.

Estamos dispuestas a arriegarnos para conseguir nuestro objetivo. Teniendo en cuenta que somos el elemento más importante en la economía actual, la cosa está clara: creemos productos y servicios enfocados a mujeres. En este nuevo panorama, estamos ansiosas por que nos hagan la vida más fácil, que ya es hora, por cierto. Curramos mil horas y el tema de la casa, lamentablemente, aún depende de nosotras. Empresas que te traen la comida hecha a domicilio, suscripciones de ramos de flores mensuales, empresas de canguros para los niños, supermercados online, personal shoppers, esteticistas a domicilio. Eso lo necesitamos. Luego está lo que queremos: cuidarnos, sentirnos bien por dentro y por fuera, viajar, disfrutar del arte, estar al tanto de lo que pasa en el mundo. Sentirnos valientes, convencernos de que somos capaces.

El emprendimiento de unas es la inspiración de otras. Sepámonos capaces. Mandemos el síndrome de la impostora a tomar por el jander. Formémonos. Elaboremos un plan de empresa, si es necesario, con una mentora que comparta su experiencia con nosotras. Partimos con ventaja: conocemos a nuestro cliente ideal porque somos nosotras mismas. Adaptemos nuestro lenguaje a esta nueva oleada de tías dispuestas a zamparse un mundo que tradicionamente se nos ha zampado a nosotras.

Emprender es sinónimo de jornadas maratonianas, pero construyendo algo para ti, no para otro. Significa decidir cuáles son tus prioridades, hasta dónde estás dispuesta a llegar, cuánto quieres ganar, con quién quieres trabajar. Ser dueña de tu tiempo es ser dueña de tu vida. Ya no te cuento ser dueña de tu pasta. Sí, dejémonos de tonterías: no hay nada de malo en querer ganar dinero. Dinero para vivir como quieras vivir. También es divino saber venderse, ser ambiciosa, disparar alto y lejos. Por mis ovarios que yo lo consigo.

Controlar los riesgos también es necesario. Minimizar los gastos fijos, eliminar intermediarios, aprovechar sinergias, cotillear a todo bicho viviente, que tus ideas sean tu mayor capital. La creatividad al poder.

Nadie nace con el gen de las decisiones valientes, ni con el mapa hacia el país de la plenitud. Tu sueño es válido porque es tuyo. Nadie va a cumplirlo por ti, que nadie te impida lograrlo.              
     

1995: el año de la felicidad

La semana pasada fui a un concierto de Diego Torres. Para muchas, es el creador de “Color esperanza”. Para mí, la banda sonora de unos tiempos muy felices. Le descubrí en un disco homenaje a Serrat, allá por el 95. Diego cantaba una versión de Penélope que se me clavó en el alma y que me despertó durante meses desde un aparato modernísimo que era radio, despertador y reproductor de CD´s. Aquel cacharro dormía junto a mí sobre tres cajas color burdeos, porque yo era muy moderna y no quería mesilla de noche. En mi habitación con vistas a Passeig de Sant Joan esquina Ausiàs March leí, también por aquellas fechas, “Como agua para chocolate” y “La casa de los espíritus”. Y ya nada volvió a ser igual.

A aquella habitación llegaba yo de mis juergas nocturnas interminables, ya amaneciendo, mientras mi madre pelaba judías verdes y mi padre, vacilón, me alababa el madrugón para hacer deporte (yo con el rímel por las rodillas y unos tacones de medio metro). Me acostaba a las ocho de la mañana y me levantaba doce horas más tarde, dispuesta a salir de nuevo si era sábado y a pirarme al cine si era domingo.

El lunes, entre clase y clase, comentaba el finde con mis compis de la facultad de Derecho. Siempre había novedades, siempre habíamos besado a alguien nuevo, siempre habíamos bailado hasta la extenuación. Cómo reímos en aquellas aulas abarrotadas, cuántas horas pasamos en aquel bar horrendo del que se contaba que era el único bar de Barcelona con facultad. Entre aquellas mesas llenas de servilletas sucias conocí a Bonnie, que ahora es una de mis Golondrinas Niuyorkinas, que inspiró, en parte, el personaje de Clara en mi novela. Ella es la chavala de pelo negro que un jueves preguntó que quién salía esa noche. Y desde entonces hasta ahora.

Algunos años después de toda esa diversión, Diego Torres cantó en Ibiza y, como siempre me pasan cosas peculiares, me lo presentaron. Y yo le dije que, durante mucho tiempo, me despertó su voz cristalina. Y él me dijo que cuando cantó “Penélope” llevaba el pelo más largo que yo. Y ojo al melenón que se gastaba la menda… Esa misma noche coincidimos en el mismo restaurante, nos hicimos unas fotos que, por supuesto, perdí. Y nunca más.

Hasta la semana pasada, en el teatro Häagen Dazs, donde volví a escuchar esa voz de agua, la maravillosa “Penélope” y tantas otras canciones que pasaban de su garganta a mi esófago sin detenerse en mi oído. A mi lado, como tantas veces, mi amado Paulo, que tanto disfruta con la música. Y por eso me gusta disfrutarla con él. Desde mi butaca teatral desperté en mi Barcelona, reí con mis amigas de la facul, olí las judías verdes de mi madre y  regresé a la libertad. Esa libertad que, muy a mi pesar y aunque me resisto con uñas y dientes, se me escapa entre trabajo, hijos y obligaciones que me autoimpongo a veces estúpidamente. La misma que acompaña a la irresponsabilidad de la juventud, tan necesaria y tan inmensamente relajada.

Cuando, al día siguiente del concierto, escuché la Penélope de Diego en Spotify y no en mi cacharro supermoderno del 95, sentí un pellizco doloroso en algún lugar de mis cuarenta y seis tacos. No es ningún secreto, a mí lo de madurar me toca los ovarios soberanamente. Hacerme mayor me parece la mierda más grande del planeta aunque, obviamente, lo prefiero a la alternativa. Entre el bolso de piel marrón y los zapatos de tacón me tropecé con la Sol de veintidós, caminando de madrugada por la Barceloneta,  camino a la discoteca que había en esa Estació de França que bien podía ser la de la canción. Sin medias en pleno enero, sin reloj y sin prisa. Aferrada a la noche, a los bailes y a las risas, en algún momento se quedó, como la otra, sentada en un banco del andén para que esta que escribe ¿avanzara? en eso que llaman la vida adulta. Desde aquí le mando un beso, ojalá no la echara tanto de menos.

 

Gustémonos

Una de mis actividades favoritas cuando paso un finde sin niños es hablar durante horas por teléfono con mis amigas como cuando era adolescente. El domingo, mi amiga niuyorkina me contaba que ha recortado su vida social hasta los mínimos porque está agotada. Las ansias por recuperar el tiempo perdido en un matrimonio de mierda la han empujado últimamente a unos cuantos bares en los que se lo ha pasado de miedo, y ahora ya no necesita más. No tengo ni citas tía, pero eso sí, sigo yendo a boxear como si no hubiera un mañana y esta semana me pincho vitaminas en el jeto. Y bótox. Llevo la manipedi impoluta. Quiero estar divina, pero  por mí, que por fin me quiero.

Menos mal. Aleluya.

El caso es que mi amiga está más guapa, más feliz y más autoamorosa que nunca, y ese autoamor incluye tachar de su agenda todo aquello que no sea importante en este momento, darse tiempo para hacer deporte e inyectarse todo lo que le dé la gana si con ello se siente bien. Porque no nos equivoquemos: somos un ser, compuesto de alma y carne. Muchos opinarían que eso es de tía superficial y vacía. No estoy de acuerdo, en absoluto.

La noche anterior a mi charla con Angie, cené con un amigo que es cirujano estético. Cuántas veces me cuenta sobre mujeres que han llegado a su consulta acomplejadas, ya sea por un sobrepeso, unos pechos caídos o enormes, o por una nariz desproporcionada. Que lo de aceptarse está muy bien, pero lo de operarse no lo está menos si con eso ganamos en autoestima, joder. Porque a veces nos sentimos tan felices que nos ponemos guapas y, otras, el camino es a la inversa: me veo guapa y me quiero más. No juzguemos, por Dios.

Aquí, una vez más, el qué dirán juega en nuestra contra: que si no te hace falta, que si meterte en una operación por semejante tontería. Solo que para ti no es una tontería. A no ser que haya un accidente o un traumatismo previo, ahí sí se aplaude al bisturí. Si hablamos de una reconstrucción mamaria, todo bien. Ahora, una operación de pecho así porque sí ya es harina de otro costal. O no, porque el objetivo no deja de ser el mismo: mirarme al espejo y esbozar una sonrisa. 

Para algunas el físico no es importante, igual que para otras no lo es aprender cada día una cosa nueva o profesar una religión. Los términos medios no son dañinos, sí el ignorarnos permanentemente. Esconder bajo el felpudo las razones de nuestra incomodidad no es la solución, vivir pendiente de las miradas de los otros, tampoco. Supongo que el equilibrio es ese que se encuentra tras capas de creencias, despejadas algunas incógnitas de lo que realmente nos mueve, eliminadas los comentarios ajenos y cotillas. Dicen que una manera de hacerse la vida más fácil es diferenciar entre lo urgente y lo importante. Yo diría que lo urgente es reírse, y lo importante, hacerlo cada día. Si para eso hay que aprender a meditar, divorciarse o ponerse unos pechotes gloriosos, a quién le importa. El caso es gustarse.

 

225 gilipolleces que me hacen inmensamente feliz.

Porque estas listas nunca son suficientes y cada semana deberíamos redactar una nueva. Porque esto va de encontrar miles de gilipolleces que nos hagan inmensamente felices.

201. El olor de la vela “Basil y Neroli” de Jo Malone, que inunda mi oficina nueva, esa que comparto con gente que adoro.

202. Las flores. Yo, que jamás había comprado un ramo, ahora los regalo, los recibo y me muero de la felicidad cuando veo ese jarrón lleno de color adornando mis lugares. Gracias a todas las lectoras que nos los mandásteis cuando estrenamos oficina. Os amamos.

203. Esta foto de @drcuerda:

204. Meterme en la cama antes de las diez, recién duchada, leer durante media hora y luego ver “The good wife” por enésima vez.

205. Que cerca de mi casa han abierto un cine “luxury”, con sus asientos abatibles y su diosmíoquégustazo.

206. Mi curso de mindfulness, gracias al cual, durante algún minuto al día paro esta centrifugadora que tengo por cerebro.

207. Este vídeo de Oscar Casas y Begoña Vargas. Para verlo a tamaño completo, haz click aquí. Y flipa en colores.

208. Caminar. Por Madrid. Por donde sea. Con unas zapas bien cómodas, sin otro destino que el de pensar en nada y en todo.

209. Esos días que cunden, en los que ordeno bien la agenda, meto el móvil en el bolso y las musas me hacen caso. Tachar con el rotulador fosforito las tareas ya terminadas me proporciona un placer muy salvaje.

210. Esta canción. Bailarla en el baño.

211. Ya no hace calorazo. Quiero vivir en Islandia.

212. He dejado de morderme las uñas a mis cuarenta y seis palos. Las llevo divinas, pero DIVINAS. Me siento mejor persona.

213. La app “Andjoy” que me permite ir a gimnasios y estudios de yoga por todo Madrid (y no, no me pagan. Me cobran).

214. Esta frase, tan arrebatadoramente bonita:

215. Ir, porque sí, a visitar a Laura, de librería Amapolas. Sentarme en ese Chester divino de terciopelo gris y charlar sobre libros, hombres, chocolate y vidas futuras.

216. Las albóndigas de mi madre. Y las croquetas. Y la sopa de Galets.

217. La López aquí. Ole su toto.

218. El momento en el que termino una sesión con una clienta de coaching y siento que ha dado un paso más hacia su lugar en el mundo. Gracias por confiar en mí, queridas.

219. El chai de vainilla de David Río, muy, muy muy caliente, en una taza ideal de Ikea, transparente y con un posavasos de corcho, todo de lo más nórdico. Siempre quise ser sueca.

220. Han vuelto las diademas y favorecen un montón. Y uno de mis propósitos de este curso era ir mona cada día. Los astros me favorecen, porque además, me ahorro peinarme. Vamos, que nunca lo he hecho, pero ahora se nota menos.

221. Las tías con un par, que han hecho de su pasión, su modo de vida: Ane Hernando, de @lookandchic; Charuca; la misma Laura de librería Amapolas; Paula Babiano, de Balbisiana, que hace tartas divinas, pero divinas de verdad. Y que viva lo de reinventarse.

222. Ya mismito sale mi segundo libro, “Las primeras veces y otros artículos”, un recopilatorio con algunos textos inéditos. Cómo he disfrutado preparándolo, eligiendo esa portada que diseñó Mireia, mi amiga desde la guardería. Ya os lo he dicho varias veces, pero es que la vida es mucho más vida desde que decidí escribirla. Gracias por empujarme a que lo haga cada día.

223. Las zapatillas Hoffbrand, que están bien de precio y tienen unas suelas preciosas, con imágenes de ciudades. Que son preciosas todas ellas, y cómodas. Y están hechas para tías. Vamos, que me encantan. Encima me llamaron para participar en sus historias. Pero ya era fan de antes, lo juro.

224. La crema de tupinambo de Can Domo (Ibiza). Pau me la sigue haciendo aunque esté fuera de carta y yo le amo mucho por ello. 225. Untarme con aceite Nuxe por las noches: el body, el jeto, los pelos. Huelo que da gusto. Mejor sabré.      

Consejos, los justos.

Creo que no todas las opinones son respetables, quizás sí las personas que las emiten. Las que tienen que ver con negar derechos, por poner un ejemplo, son un asco. Las que no pedimos, también. No confundamos sinceridad con intromisión o mala educación. Y las que están basadas en el egoísmo, la envidia y la mediocridad, pues más de lo mismo: una mierda.

Todas pedimos opiniones ajenas en un momento dado. A veces, acertamos al hacerlo. Dudamos y le preguntamos a alguien con quien compartimos criterio o que, por su experiencia, tiene en cuenta asuntos que nosotros ignoramos. Arrojan luz sobre nuestra oscuridad, compartimentan, ponen cada cosita en su cajón. Nos ayudan.

Pero cuando lo de estar pendiente de cómo los demás actuarían se convierte en lo habitual, o en lo de siempre, ahí empiezan los problemas. Para empezar, porque algo dice eso de la confianza en nosotras mismas, en la autoestima. Y también porque cuando una, en lugar de mirar hacia adentro y analizar el propio engranaje, se pasa la vida escuchando lo de alrededor, se pierde sin remedio. Tengamos claros cuáles son los valores que nos mueven, hagamos una lista con ellos y planeemos cómo caminar por la vida usándolos como brújula. Todo lo que me acerque a lo importante, estupendo. Si me empuja en la dirección contraria, vade retro. 

La vida del adulto, ya lo sabemos, es un follón de narices. En el mejor de los casos, nos enfrentamos a decenas de disyuntivas cada día: que si la maternidad, que si el curro, que si la pareja, que dónde está el equilibrio vital. En el peor, otros deciden por nosotros. Qué asco más grande. El estrés que nos provoca tanto reto, lo podemos tomar como una amenaza (qué miedo más grande, me paralizo) o como un reto (yo estoy lo resuelvo por mis santos ovarios). Todo, o mucho, es cuestión de diálogo interno y de darle vitaminas y alegría a tu cuerpo, Macarena.

Cómo saber si andamos a la deriva o llevamos el timón es fácil: ¿te pasas la vida pendiente de cómo el de enfrente resolvería tus saraos? ¿Ante un comentario ajeno se tambalean tus argumentos? Si ambas respuestas son afirmativas, plantéate de quién es la vida que estás viviendo y, recuerda, esto no es un ensayo.

¿Cómo acertar a la hora de pedir consejo? Lo primero, asegúrate de que lo necesitas. Quiero ir a vivir a una ciudad grande por su oferta cultural, la variedad de seres humanos y las oportunidades laborales. Pues fenomenal, lo tienes claro. Y tienes miedo, pero eso no lo va a solucionar nadie más que tú. Cuidado, porque quizás, en un intento de apaciguar tus temores, se los sueltas al primero que pasa, uno con el que no compartes criterios. Ese que te dirá que la ciudad es muy cara (por mucho que tengas pasta), muy insegura (se lo imagina, no es que lo sepa) y muy ruidosa (por más que a ti te importe un huevo el tema sonoro). Y te apropiarás de sus fantasmas y ellos de tus ilusiones. Catástrofe sideral.

Habla con quienes miran y caminan en la única dirección correcta, p´alante. Con los valientes, que no insensatos. Con los que respetan vuestras diferencias. Con los que aprenden de los errores y de los aciertos. Con los que admiras. Con los que saben dónde están y hacia dónde van. Con los que terminan las cosas que empiezan. Con los que predican con el ejemplo. Con quienes tienen claro el precio que están dispuestos a pagar para conseguir lo que quieren y también los límites que nunca rebasarán. Con aquellos cuya ética está por encima de cualquier meta.

Habla con la niña que fuiste antes de que la vida enterrara tus talentos y tus pasiones. Nadie te conoce mejor que ella.

   

Reinvéntate, chavala.

La reinvención, ya sea laboral o en cualquier otro aspecto de la vida, no es algo reservado a algunas privilegiadas. No existe un gen especial ni es necesaria una inteligencia por encima de lo normal para lanzarse de cabeza sobre la felicidad y las decisiones que nos conducirán hacia ella.

Lo primero que necesitas: autoconocimiento. Nadie nos ha enseñado a aprendernos porque lo importante siempre estaba fuera. Y así nos va. Escoge un trabajo seguro. La pasión, el talento y la vocación, para los perroflautas. No acabes con esa relación que te hace infeliz, el que llegue después será igual. No seas inocente. Pirarte es un fracaso. Pero por qué vas a mudarte de este lugar que te deprime profundamente. Esa ciudad tampoco es tan apasionante. Bueno, pues eso, que quizás funcionó para nuestros padres y abuelos (o no), se ha quedado anticuado y de qué manera. Seguro es que hoy el sol se pondrá y mañana saldrá, poco más. El único fracaso es morirte del asco cada día de tu vida y quedarte ahí, sentadita, mirando los años pasar.

La cosa no es fácil, hay mucho ruido ahí afuera y lo de escucharse es complicado. Lo de hablarse, ni te cuento. Pero no es imposible. Escribe cuáles son tus miedos, pregúntate qué es lo peor que puede pasar si cambias de rumbo. Contéstate. La meditación, el mindfulness y el yoga nos ayudan a encontrar la conexión con nosotros mismos. La psicoterapia es necesaria para deshacer los nudos del alma, para encontrar las creencias limitadoras y empezar a ver la luz. Vivimos en la era de Internet: investiguemos. Encontremos nuestro talento y dejemos que invada nuestra existencia.

Desarrolla tu marca personal: todos, queramos o no, dejamos una huella en los demás. Sepamos cuál es, gestionémosla. Desarrollemos lo que nos interese desarrollar. Diferénciemonos porque en la vida y en el trabajo, ser únicos es una ventaja y te da oportunidades. No es cuestión de inventarla, está ya dentro de ti y, además, es gratis.

Busca un entorno propicio: no hay nada más desagradable que tener alrededor personas que te recuerden que la vida es complicada, que lo de soñar es de tontos y que hay que conformarse con lo que elegiste en un momento dado. Complicado florecer entre tanto pedrusco. De nuevo, Internet nos descubre mil foros, conferencias, espacios de coworking plagados de emprendedores, de gente que no hizo caso de sus miedos ni de los castradores a los que les encanta que los demás sean tan grises como ellos. Hay, también, foros de mujeres que conectan con otras mujeres para montar tribu, que no hay nada más feo que sentirse sola y, además, no hay ninguna necesidad, con la de tías majas que hay en el planeta. Rodéate de seres motivados, que sepan que lo único que se necesita para llegar al lugar deseado es un plan de acción y ponerse a caminar de una puñetera vez.

Estudia a quienes lo hicieron antes: Fácil. Instagram mismo es una fuente inagotable de personas que le dieron un giro a su vida, del tipo que sea. Por extraño que parezca, están deseando compartir sus experiencias. Observémoslos, preguntémosles sobre su proceso, sobre cómo superaron sus miedos. Ellos se fijaron en otros antes, seguro.

E imagina tu día ideal, descríbelo con detalle en una de esas libretas maravillosas que nos encantan. Decide que ese sueño es válido porque es tuyo y tuyas las posibilidades de, cada día, dar un paso hacia él. Nadie lo va a hacer por ti, que nadie te impida lograrlo.

Protejamos nuestros cerebros (porque falta nos hace)

El nuestro es un cerebro social. No lo digo yo, sino los neurólogos. Los vínculos humanos son necesarios para tener el coco en forma. Ya lo sospechábamos: las amiguis son vida y protegen nuestra salud mental. Lo escuché ayer en uno de esos vídeos de científicos que me apasionan, porque me encanta confirmar que lo que sospecho es cierto.

Todas conocemos gente aislada, sin ilusión, convencidos de que el mundo está contra ellos, se quedan en la cueva. Amargados, se pasan la vida frente a la televisión, dejando que se les mueran dentro las ilusiones y la alegría. El pesimismo se los zampa vivos. Y un cerebro infeliz es un cerebro enfermo. El ejercicio físico era otra de las armaduras de las que hablaba el señor listo del vídeo. No son solo nuestras carnes las que se benefician del movimiento, nuestras conexiones cerebrales también, así como nuestro ánimo. Cuántas veces hemos salido de casa con un cabreo de narices y, tras un paseo largo, una clase de yoga o unos bailoteos en zumba, sentimos que hemos descargado lo más grande. También nuestra memoria es mejor si huímos del sedentarismo.

Aprender cosas nuevas aumenta las defensas de nuestra sesera. Un idioma, punto de cruz, diseñar páginas web. Lo que sea. Jinchémonos a conocimiento, porque mola y porque nos lo merecemos. Hagámoslo toda la vida, porque el partido no acaba hasta que suena el pitido final.

Controlemos el estrés, disfrutemos de un propósito vital, concentrémonos en el presente. Dedicar un tiempo a aquello que nos apasiona, que hace que el mundo desaparezca porque nos sumimos en ello, ya sea escribir, nadar o coleccionar cromos es gloria bendita para mantenernos saludables. Meditemos diez minutos al día, cuidemos nuestros telómeros. Duremos mucho y bien.

El señor listo nos contaba que hay que cuidar la alimentación, claro. Nada que no sepamos: bien de verduras, frutas y cosas con Omega 3 (ni que decir tiene que, por si acaso no llego a los mínimos, me he comprado unas cápsulas que me van a dejar niquelada). Y dormir ocho horas al día. Dormir es importante. Dormir bien es imprescindible.

Llegados a este punto del vídeo, caí en que el sábado me acosté a la una y me desperté a las siete. El domingo, a las cinco tenía los ojos como platos. Sacar tiempo para hacer ejercicio es todo un malabarismo, lo estoy consiguiendo con mucho esfuerzo.

Lo de controlar el estrés, siendo autónoma y madre soltera con dos hijos preadolescentes que parecen seis, se complica. Ayer, domingo, a las diez de la mañana ya estaba con los pelos de punta, pegando berridos cual personaje de Almodóvar.

Hoy, lunes, le he dado gracias a Dios por el mejor invento del mundo: el cole. Y eso que soy atea. Hace una semana que medito, porque me he apuntado a un curso de Mindfulness: tenía miedo de que un día me explotara un ojo, o una teta en un domingo de esos de mierda paternofilial. Esos diez minutos que me saben a gloria tienen que ser, o a las seis y media de la mañana, o cuando me meto en la cama, porque todo lo que hay en medio es un torbellino para nada zen. Vale la pena. Ni que decir tiene que, de esos diez minutos, consigo no pensar en nada unos treinta segundos. Pero ya mejoraré. Estoy en ello.

Lo de los amiguis lo llevo fenomenal y digamos que me río bastante, espero que eso compense lo del sueño y todo lo demás. En cuanto a la comida, supongo que hacer gazpacho para una semana cuenta como saludable. Del Cola Cao no pienso prescindir, aviso.

El caso, queridas, es que no nos prestamos la debida atención y hemos de ser conscientes de que estos prodigiosos cerebros nuestros necesitan cuidados y, seamos sinceras, ni a él ni al resto de nuestra gloriosa persona le procuramos el tiempo ni el cariño que se merecen. El primer paso: ser conscientes de ello; el segundo: no sentirnos culpables por dedicarnos tiempo (la culpa es una mierda como un piano); el tercero, empezar. Como sea, pero demos cada día un pasito y después, otro.  Nadie lo hará por nosotras.

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Sol Aguirre · 43679559Y · Fernando VI, 11, 2ºC Madrid 28004 · 911 83 63 03 · Diseño tactic [studio]

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