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Autor: lasclavesdesol

Me llamo Sol, nací en el 73, tengo dos hijos adolescentes y ahora mismo soy coach, escritora y ponente en temas relacionados con el autoconocimiento y el desarrollo personal. Me encanta mi profesión y me encanta mi vida, pero hasta hace ocho años el panorama era bastante diferente: trabajaba en marketing y vivía inmersa en el bloqueo, el desasosiego y el agotamiento. Me sentía totalmente perdida. La empresa y la maternidad se tragaban toda mi energía y no sabía por dónde empezar para salir de esa situación, así que permanecía inmóvil, dejando que el estrés campara por mi cuerpo a sus anchas, con todo lo que ello conlleva: lumbalgias, anginas, herpes,… Hasta que, aún no recuerdo muy bien cómo, reuní fuerzas y decidí decidir. Y desaprender para aprender. Y formularme preguntas muy incómodas. Y respondérmelas. Seguí un proceso de coaching, empecé a investigar cómo funciona el cerebro humano en general y el mío en particular. Me formé como coach, como Practitioner en PNL. Me convertí en mi propio conejillo de Indias y aquí estoy, sintiéndome capaz, libre y plena. Por fin. En este programa voy a compartir contigo, a través de ejemplos del día a día, pautas claras y muchos ejercicios prácticos, todo lo que he aprendido durante estos años y que ha borrado de mi vida la parálisis y la insatisfacción. Todo lo que me ha llevado a la expansión, a priorizarme, a cuidarme, a saberme suficiente, a sentirme alineada con mis decisiones y con mis acciones. A que me pase lo que quiero que me pase.

Regalos de cumpleaños

El lunes cumplí cuarenta y siete primaveras. Me levanté mosqueada, como cada 24 de febrero desde los doce. Ahora la tontería me dura menos que entonces, porque ya sé que es solo un día más, pero también un día menos, así que habrá que aprovecharlo. Nunca me ha  molestado el número, es que lo de ser mayor siempre me ha sonado aburrido. Una especie de camino hacia algo gris que nunca he visto, pero que intuyo. Por más que el color me inunde cada día, yo sigo temiendo al gris. Muy lista no soy.

Para las nueve de la mañana ya había leído algunas felicitaciones. Le caigo bien a bastante gente, qué bien. Y llegó el momento de mi autohomenaje en las redes. Voy a escribir algo bonito y buscare unas fotillos de cuando era pequeña y otras de mayor, por lo de la metamorfosis y tal. De aquella foto que me hicieron en la guardería mostrando orgullosa mis piños centrales inferiores (los únicos que tenía) pasé a las de las playas con mis amigas engullendo sangría; las de los viajes a Nueva York, a Londres, a París, a Sevilla; las de las fiestas con los amiguis; las de las flores en la cabeza (borrosas, que son las mejores); las de los eventos, los Sant Jordis, los premios. Qué bonitas las fotos que no le dirían nada al prójimo pero que a ti te cuentan que ese día estabas muy contenta, o muy triste y ahí estaban tus colegas para compartir o consolar.

Llegados a este punto ya el mosqueo era sonrisa: me pasa lo que quiero que me pase. Y esto solo va a mejorar. Porque pienso regalarme mucho asunto, y no solo para mi cumpleaños, sino cada día. Ese es uno de los propósitos (sí, otro más) que he apuntado en mi agenda de papel y de espíritu: quiero vivir cada día como un aniversario, porque lo es, básicamente. Me voy a regalar más carcajadas, más masajes, más pensar en mí. Más planes, más sueños y más felicidad. Movimiento, avance, sabiduría. Superficialidad máxima, de esa a la que solo llegas cuando has ido, has vuelto y te has pirado otra vez. Paz, mucha paz, de la de verdad. De la que me cuesta porque quiero que las cosas sean como yo quiero, pero no lo son. Y respiro. Paz, mucha paz. Que solo tengo el poder de controlar lo que hay aquí dentro, aunque me joda. Voy a pasear y a ducharme más aún, porque es entonces cuando me llega la inspiración. Quiero inspiración a raudales. Quiero personas que enciendan interruptores desconocidos. Olores nuevos, canciones nuevas, morreos nuevos. Y buenos, claro. También quiero canciones antiguas. Y, mientras escribo esto, pongo a Mecano y sus amantes. Porque también quiero recordar lo joven que era y lo poco que sabía. Y lo poco que sé, porque mi padre, a modo de felicitación me dijo «Tranquila hija, estás saliendo del cascarón». Y yo le creo porque quiero creerlo y porque él también se lo pasa muy bien todo el rato. Algo sabrá de la vida.

Me voy a regalar muchas letras, porque no estoy leyendo demasiado y ando hambrienta y sedienta de palabras ajenas que hagan brotar palabras propias. Me tengo que regalar historias para luego contarlas. Vivir para escribir y no al revés. Me regalo libertad, de la que te hace comprar un billete de avión sin pensarlo o quedarte en la cama hasta las diez un martes. De la que te sube a unos tacones o te saca en pijama a la calle. De la que te da la media vuelta ante quien pretende robártela. Ni de coña. Ni de puta coña. Dueña y señora.

Viviré entre conciertos, teatros y cines. Me regalaré todas las pelis en las que salga Chalamet, porque no sé que hacíamos antes de existir él. Y existe desde hace poco. Qué joven, qué listo, qué talentazo, qué barbaridad. Voy a regalarme «Call me by your name» por quinta vez, porque me da ganas de Italia, de besos, de verano, de nadar. Y de Chalamet, claro.

Me regalaré más México porque algo me agarra desde las tripas hasta sus cimientos. No sé lo que es ni me importa. Desayunaré en el jardín glorioso del Four Seasons de Reforma. Lloraré de la risa con mi Tru mientras vemos en la cama cualquier chorrada de Netflix, embadurnados en mil mascarillas. Él me comprará tortitas de maiz y yo las meteré en el microondas con jamón y queso cuando me despierto a las cinco de la mañana por el jet lag. Pasearemos por Condesa, por la Roma, por Polanco. Jugaremos a lobos en casa de Txiki. Nos abrazaremos mucho.

Volveré a Nueva York, para que me abrace, que ya es hora. Comeré pizza con mis Golondrinas en Madison Square, con el Flatiron mirándonos de frente, sin entender nada de nuestras conversaciones surrealistas. Pasaremos horas despidiéndonos a las puertas del metro, porque siempre hay algo nuevo que contar, treinta años después.

Me regalaré más Madrid, más noches por Malasaña, más charlas en las terrazas y más brunch de domingo con mis científicos y sus rarezas. Veré amanecer y anochecer desde el Retiro. Me desharé en charlas con Laura de Amapolas. Enloqueceré aún más en esta oficina desde la que Leire y yo imaginamos, planeamos y nos agotamos. Y lloramos de la risa. Y lloramos también.

Seguiré regalándome cuentos que me gusten, como este.

 

Es tendencia: el spa vaginal

Loca me hallo, amiguis. Una va buscando noticias de actualidad para comentar cuando lee «El spa vaginal que causa furor entre las modelos y celebridades neoyorkinas». Y me imagino unos mini baños de vapor para nuestros bajos. Y unas saunas (qué molesto, por Dios) y unos chorros de agua.

Pero no.

Resulta que estos yankees, que son listos a más no poder y se dedican a ponerles lazos de colores a los conceptos ya conocidos, han cogido una clínica ginecológica, la han llamado spa, les han puesto a los tratamientos unos nombres bien galácticos, les han regalado unos cuantos a las Kardashian y aledañas, y CHIMPÚN, toma negocio cuya fama llega hasta nuestras fronteras. Y es que el coño está de moda, qué bien. Solo hemos de recordar la vela con olor a la vagina de Gwyneth Paltrow. En tierras patrias tenemos la fiebre del Satisfyer, que me alegra a más no poder. Qué maravilla que se hable tanto de un cacharro creado única y exclusivamente para que disfrutemos como salvajes.

El caso es que en el spa vaginal (o ginecólogo) tratan tanto los problemas de fuera como los de dentro. O sea, te operan los labios, te los blanquean (sí, de los creadores del blanqueamiento anal llega el blanqueamiento potorril), con el que prometen un «aspecto más juvenil». También se dedican al rejuvenecimiento vaginal con láser, infiltraciones de ácido hialurónico,  radiofrecuencia y al plasma rico en plaquetas. O sea, todo lo que el común de las mortalas nos queremos poner en el jeto, las Manhattanianas se lo plantan en salva sea la parte. No hay fotos del antes y el después, una pena.

Y digo yo quién tendrá tiempo, no solo para mirarse el chirri, que también, sino para dedicarle la atención necesaria para decidir si tiene la tonalidad y la tersura deseada, signifique lo que signifique eso. Entre otras cosas, porque el humano es tan gilipollas que se mueve por comparativas y no sé vosotras, pero yo no me dedico a ver si el de mis amigas está más o menos resplandeciente que el mío. 

Quiero resaltar el tratamiento denominado «Disparo orgásmico», que consiste en inyectar plasma rico en plaquetas en el clítoris, con lo que mejora la circulación del mismo y la sensibilidad. Servidora, que lleva unos cuantos pinchazos de plasma en la cara, no ha notado una especial sensibilidad. Eso sí, se te queda un cutis resplandeciente. ¿Pasará lo mismo con el clítoris? Yo no pienso probarlo, ya lo digo.

No puedo terminar este artículo sin antes mencionar el «Trono del orgasmo». Sí, le ponen «Orgasmo» de apellido a todo. Por qué hacen eso si esto va de unas corrientes para fortalecer el suelo pélvico, es un misterio. Claro, lo de «Trono Antimeado» quedaba menos glamouroso. El caso es que, vestidita del todo, te sientas y te pegan un meneo en un rato que equivale a  más de once mil ejercicios de Kegel. Vamos, se te pone el suelo pélvico que parece Stallone en sus mejores tiempos. A partir nueces con el suelo, amiguis, que estos americanos o lo hacen a lo grande o no lo hacen.

Investigando sobre el tema, porque yo soy de las que se documenta a tope, he encontrado otro spa para chirris en República Dominicana, donde solo tratan la parte interna. Ni te rejuvenecen el asunto, ni te lo blanquean, ni ná de ná. Un asco de spa.

Pero no sufráis, amiguis, no tenéis que ir hasta Nueva York para someter vuestras vaginas a estos tratamientos top. En Londres ya hay una sucursal y nos queda mucho más cerca la posibilidad de dejar nuestras vaginas bellas y saludables como nunca antes. Seguiremos informando.

Lo que no se ve, pero se nota (2ª parte)

Me quedé con ganas de añadir en mi última columna de El Español más asuntos de esos que no vemos, pero que se notan, porque encajan perfectamente con la gran estima que le tengo a la intuición, porque el ritmo se demuestra andando, porque la mayoría de los asuntos importantes van de dentro a fuera.

Se nota el amor por lo que uno hace, las ganas de ser excelente, por eso hay paquetes que llegan con un envoltorio divino, postres que te elevan al cielo, taxis limpios a más no poder, dependientas de sonrisa permanente. Se nota el orden mental, porque emana paz y da ganas de aprender mucho.

Noto inmediatamente cuando un lugar me pertenece y no le busco más explicación: otras vidas, la energía de los que lo ocuparon antes que yo, algo que está en el aire. Puede ser una ciudad, una casa, una oficina.

Las parejas con química se huelen a la legua, y las que no también. Ese tocarse con cuidado, como explorando un terreno desconocido. Uf, fatal. Con lo que mola la sensación de aprender cada recoveco mejor que si fuera propio, el descaro con el que uno se agarra sin mesura a la carne que vive pegada a tu carne.

Se nota cuando te gusta tu casa, porque la mimas y tienes velas de olores, flores, detalles que denotan que ese espacio es tuyo y solo tuyo. Y se nota también la gente que le da importancia al hecho de rodearse de cosas bonitas, porque así es su ropa, sus muebles y cada detalle que les rodea.

Se nota el ego porque ocupa tanto que no cabe nada ni nadie más. Te impide ver más allá de tus narices y te deja solo, embobado con esa grandiosidad que crees disfrutar pero que, en el fondo, solo sufres. El yo, mí, me, conmigo, a la larga, consume. Déjate de hostias, date cuenta de que no eres la última Coca Cola del desierto y aprende un poquito de los demás. De nada.

La envidia canta y a qué nivel, porque hay quien no se alegra de lo bueno que les pasa a otros, porque algunos se pasan la vida persiguiendo lo que el vecino ha construido y, si consigue alcanzando, no descansa: siempre hay un objetivo ajeno que atrapar. Qué cansancio, por Dios.

Cómo se nota la gente a la que le gusta aprender por el placer de absorber conocimiento nuevo y nada más. Contrastan con esos a los que les encanta «copiar – pegar» para presumir de sabiduría. Los curiosos disfrutan, pero no se regodean. Son discretos, tienen la mirada brillante y un discurso interesante porque sí. Porque todo eso que saben y que sabrán se esconde detrás de cada sonrisa, de cada opinión original.

Me encanta la elegancia natural, porque brota a pesar de que el que la posee vaya en vaqueros y camiseta, se acabe de levantar o esté agotado. Se nota en la mirada, en el buenos días, en la manera de mover las manos o beber el café. Lo ves en lo que comen, en lo que leen, en cómo se peinan y en qué responden ante cualquier pregunta. Se nota mucho, claro, cuando alguien pretende ser elegante pero no lo es. Porque lo fuerza y, sin remedio, se le asoma la ordinariez a la primera de cambio.

Se notan las ganas de ser feliz, porque no hay excusas, ni culpas, ni suertes. Cada acción está enfocada a que les pase lo que quieren que les pase y, ante las negativas, pues otro camino que también disfrutarán. El sofá mental no cabe en ellos. Saben que las decisiones, aunque dolorosas, son necesarias para llegar al norte, así que las toman, le pese a quien le pese.

Los lunes se notan, para bien o para mal. A algunos les supone una cuesta casi insalvable, para otros es la  oportunidad para seguir avanzando. Yo hoy elijo lo segundo, que parece más divertido.

275 gilipolleces que me hacen inmensamente feliz

Porque me he propuesto llegar a las 1.000 gilipolleces, y luego a las 2.000. Y practicarlas. Porque nos merecemos darnos gustazos todos los días de nuestra vida. Por eso todas las listas anteriores no son suficientes. 251. Viajar en tren, ver cómo el paisaje cambia: árboles, niebla, montañas. La emoción de volver a casa o de llegar a mi destino, tan variado últimamente. La ilusión cuando lo que me lleva a esa ciudad es hacer algo nuevo, como este fin de semana en Womprende. 252. Hablar ante decenas o cientos de mujeres ilusionadas, ansiosas por encontrar ese click que les lleve del lugar donde están al lugar que les pertenece. Vuestros abrazos. Sentir que aporto algo. 253. La tranquilidad que me da tener amigos que cuidan gustosos a mis hijos mientras yo cumplo mis propios sueños, la felicidad que me da saber lo que se quieren todos. Que mis hijos me cuenten que mi amigo el cocinitas les ha hecho una comida riquísima. 254. Dormir hasta las diez de la mañana. Levantarme sin prisa. Ducharme tranquilamente. Desayunar tranquilamente. Llegar a ese tren que me encanta sin correr como las locas. 255. La mortadela de Bologna. Con pan del bueno y un poco de sal. 256. Lo bien que me siento después de una hora de gimnasio y unos estiramientos colosales. 257. Reír con amiguis nuevas, como las otras ponentes de este fin de semana. Sentir que nuestra complicidad viene de un lugar mágico del que todas venimos. Reunirme con gente que tiene cara de muchas ganas. 258. Planear mi viaje a México en mayo. Ni en mis mejores sueños aparecía algo tan estratosférico como lo que me lleva hasta allí. 259. Leer textos de personas a las que admiro y que me hacen pensar que, o tan majara no estoy o que hay muchos como yo. 260. Los calcetines divertidos de Jimmy Lion. Mirarme los pies llenos de colorinchis. Y no me pagan, me cobran. 261. La pelota de la escudella que hace mi madre. 262. Los cachorritos peludos. Y los que no son peludos también. 263. Jennifer López y Shakira en la Super Bowl. Ole sus ovarios. Aplausos. Vítores. Admiración absoluta. Inspiración. 264. «Los amantes» de Mecano. Mecano todos ellos enteros. 265. Madrid. 266. Decidir, mientras escribo, que me saco un billete para pasar dos días en París. Porque lo hacía cada año y llevo varios sin hacerlo, qué gilipollas. 267. Los croissants de Pan Delirio. 268. La gente que huele muy bien, a limpio. 269. Restarle importancia a lo que antes la tenía y no la merecía. 270. Esta foto de @fahdesss. 271. Este libro. 272. Este vídeo. 273. Dejar ir, despedir, hasta luegui, esto no va conmigo. Dejar espacio para que lo bueno y nuevo llegue. 274. Hacer limpieza radical. Marcarme un Marie Kondo antológico. 275. Descubrir un perfume nuevo y saber que lo han fabricado para ti, porque es perfecto. Sorprenderte al usar una bufanda que rociaste con él. Olisquearla y ser muy feliz.

Una tía muy cabrona. Y periodista (o algo así)

Lo más difícil en el oficio de escribir es definir el tema: eso que interesa a los demás y te interesa a ti. El inicio del hilo que te dará el pretexto para contar algo: para contar la vida, al fin y al cabo. Una excusa para conectar tus tripas con las del que te lee. Todo magia, todo belleza. Pocas veces las musas te visitan sin avisar, son momentos en los que sientes el impulso irrefrenable de lanzarte sobre el teclado para vomitar todo eso que te arde en el alma. La mayoría de los días te sientas con un ataquito de desesperación porque no tienes ni puñetera idea de nada, no sabes por dónde empezar, pero tienes la seguridad de que no te levantarás hasta que hayas soltado setencientas palabras. Eso le pasa, creo, a la mayoría de escritores. Un sufrimiento enorme, oigan, pero cuánto compensa.

Y luego hay gente, por llamarles de alguna manera que, ante la falta de inspiración, optan por lo fácil: vamos a criticar, a poner verde, a reírnos del prójimo. Si total, cabrones dispuestos a burlarse de los otros siempre va a haber, no irá de uno más. Y escritores sin escrúpulos, pues parece que también.

Fijaos que esta ha sido una de esas escasas ocasiones en las que tengo clarísimo sobre qué, o sobre quién escribir. Porque me pone tan del hígado que no puedo (ni quiero) refrenar el impulso. No voy a dar su nombre, no se merece la publicidad, y lo que quiero, al fin y al cabo es poner de manifiesto una situación que provocan algunas personas y contaros lo que opino sobre ellos. Sí os diré que se trata de una tía que escribe en un periódico muy famoso y que no deja títere con cabeza. Sus víctimas favoritas son las mujeres. Sí, es de esas bicharracas que con una frase le pueden amargar el día al más pintado. Una pena.

La mujer en cuestión empieza columnas con la palabra «odio» y, en la misma frase, coloca un «no puedo soportar». Esa es su línea. Ella escribe lindezas tales como » Me cae bien porque no es delgada y le da igual». También se mete con las que sí están delgadas según ella, porque no comen, dice la enterada de las narices, como si viviera en sus cocinas. Ay, la envidia, qué mala es.

Critica al jurado de los concursos, cuestionando la necesidad que tienen de estar en esas sillas porque no llenan conciertos, habla de «niños gordos» y «niños repelentes sabelotodo». Tampoco la infancia le merece ninguna piedad. Nunca en mi vida había leído tanto adjetivo infravalorando, insultando y ofendiendo. Se convierte en portavoz de personas que no conoce comentando que «sus fans alucinan» refiriéndose a la pareja de alguien cuyo nombre ocupa el titular de su mierdicolumna. O sea, usas el nombre de alguien que le interesa a la gente (por lo que sea), te metes con ella, con su peso, con su novio y con María santísima y cobras por ello. Ole tu papo, chavala. Prueba a poner tu nombre en el titular, por pura curiosidad, a ver si alguien le da al click. Hablas de alguien que es médico y añades «pero urólogo», como si por eso fuera menos médico, como si por eso salvara o mejorara menos vidas. Tú, que has hecho del despelleje tu oficio, cómo te atreves. Un respeto, por favor.

Ella descalifica incluso cuando se supone que está hablando bien de alguien. Escribió una columna sobre Leticia Dolera, alabando su serie y añadiendo «le perdono sus arranques feministas», entre otras perlas. No pierde oportunidad y le arrea, también, a Aina Clotet. Despotrica contra las bodas, contra las vestimentas, contra los peinados, contra los presentadores. Injuria a las actrices por  mirar los precios de las prendas de rebajas, por no responder a un ideal de belleza que ella se ha inventado. Por respirar.

Este ser termina uno de sus escritos justificando su mala leche porque escribe en lunes. Llámame loca, pero juraría que andas llena de bilis de lunes a domingo sin excepción. Es imposible escupir tanta mierda si no es así.

No ofende el que quiere, sino el que puede, ya. Eso no significa que la sarta de bestialidades que escriben esta señora y otras sea algo lícito o moral. No digo su nombre porque creo que nadie debería leerla, pero la leen, y algunos de sus improperios llegan a los protagonistas, que son personas, con sus sentimientos y sus cosas de ser humano. Quiero pensar que, en más de una ocasión se la habrán cruzado y la habrán puesto en su sitio. El mejor desprecio es no hacer aprecio, pero hay límites que no deberían rebasarse y esta se pasa tres pueblos. Sí, «esta», sin nigún tipo de consideración, porque no se la merece.

Qué pena me da que alguien decida usar una profesión tan útil como esta con fines crueles, que eso sea lo único que pueden presentar ante el mundo, con lo fantástico que es tener la oportunidad de expresar lo que piensas, lo que sientes, lo que has aprendido de la vida y que puede ayudar a otros.

Para colmo de despropósitos, la escucho en una entrevista decir que le ha sido fácil escribir su libro porque tiene facilidad para redactar. Si redactar es poner una palabra tras otra, pues vale. Ahora, si redactar es transmitir una idea con claridad, va a ser que no, porque tales son sus ansias de escarnio que se evade del tema central contínuamente, sea el que sea. Si redactar es adornar con arte los párrafos y crear algo que valga la pena leer: NI DE COÑA.

Se me olvidaba: ella, que ha escrito un libro, ni siquiera se solidariza con el esfuerzo de sus colegas y también les desacredita, infravalorando sus premios y haciendo cábalas sobre la cantidad de libros que venden. Ni que decir tiene que el de ella ni ha sido un superventas, ni ha sido premiado, ni nada de nada. Hay que ser ruin y gilipollas. Lo siento, alguien tenía que decirlo.

Para terminar y para colmo, en la descripción de su sección en el periódico, afirma que en ella «analiza a los personajes de actualidad en clave de humor». Chavala, el humor hace reír; lo tuyo es para llorar.

Como las locas

 

Uno de mis grupos de Whatsapp de amiguis se llama «Drogas y llantos», en él  disecciono con un par de amigas los vaivenes de esta vida nuestra que, en ocasiones, conllevan ansiolíticos y lloreras varias.

Ayer Cristina mandó un mensaje que nos dejó acojonadas: estaba en el hospital haciéndose pruebas para descartar un ictus. En medio de una reunión de trabajo se quedó en blanco, pero en blanco total. Los médicos comprobaban que no hubiera un problema cardiovascular, pero lo que tenían claro los doctores es que el coco de Cristina iba más lento de lo normal. Le han recomendado reposo y yo pienso agarrarla del pescuezo si no les obedece.

Cristina, las Cristinas del mundo, que somos muchas, es madre divorciada, curra como una jabata y va ideal de la muerte. Tiene a su cargo un equipo de diez personas en la empresa que ella misma creó de la nada y se desvive por sus amigos. Antes de que tú abras la boca, allí la tienes a ella deshaciéndose en atenciones. Cuida, pero no se cuida. Y, claro, Cristina ha reventado. 

Se veía venir: que si me mareo, que si llevo dos meses resfriada, que si me han salido unos herpes, y unos hongos, y unas llagas…

El cuerpo siempre gana, y antes de ganar avisa, y si no te frena con un resfriado, vendrá la neumonía, y así hasta que el hostión te haga reaccionar o te tumbe. Mientras escribo, os cuento que hace días que tengo las anginas a punto de caramelo, el cuero cabelludo sensible y con picores, que llevo semanas con rojeces en una piel de la cara que ha sido como la de un cocodrilo de toda la vida de Dios, que en la farmacia me dieron una crema que no me acaba de solucionar nada, así que el lunes me voy a mis dermatólogos en Barcelona. Y diréis que por qué narices, viviendo en Madrid, no pido cita aquí. Pues porque el pez que se muerde la cola del estrés no me deja tiempo para hacerlo. Así que aprovecho la visita a la ciudad que me vió nacer para ir de médicos y zamparme unos canalons, que seguro que también me mejoran el cutis.

Y es que hay que ver lo que es la vida: los viajes de trabajo, que antes de ser madre eran fuente de cansancio, ahora lo son de descanso. Algo estoy haciendo mal cuando ansío subirme en un tren o un avión para poder respirar un rato. Algo falla cuando me escuece la cara solo con lavármela y la solución en plantarme en una clínica de dermatología privada en Barcelona, ciudad en la que no vivo desde hace diecisiete años.

Lo que tengo claro es que, por mucho que acabe con los picores, el remolino mental saldrá por otro lado, solo tengo que mirar a la pobre Cristina. A problemas, soluciones, así que he apuntado a mis preciosos hijos a un curso de snowboard todos los sábados y, sí, tendré que levantarme a las 6:30, pero me rebozaré en el sofá y el silencio hasta las cinco. SEIS SÁBADOS, estoy que no me lo creo. He agendado hora para la manipedi y para un masaje tailandés. He postpuesto varios temas de curro que no eran urgentes hasta marzo, porque miro mi agenda de febrero y se me saltan las lágrimas: de alegría por un lado y de terror por el otro. Viajes varios, cuatro talleres y una ponencia que añadir a las jornadas maratonianas habituales. También he decidido hacer media hora de deporte al día, porque menos da una piedra y porque como una piedra tengo la espalda.

Y os aseguro, amiguis, y de hecho, me comprometo con vosotras a que este cuerpo serrano va a buscar los huecos necesarios para observarse, respirar y quererse como si no hubiera un mañana. Haced lo mismo, por favor.