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Autor: lasclavesdesol

Me llamo Sol, nací en el 73, tengo dos hijos adolescentes y ahora mismo soy coach, escritora y ponente en temas relacionados con el autoconocimiento y el desarrollo personal. Me encanta mi profesión y me encanta mi vida, pero hasta hace ocho años el panorama era bastante diferente: trabajaba en marketing y vivía inmersa en el bloqueo, el desasosiego y el agotamiento. Me sentía totalmente perdida. La empresa y la maternidad se tragaban toda mi energía y no sabía por dónde empezar para salir de esa situación, así que permanecía inmóvil, dejando que el estrés campara por mi cuerpo a sus anchas, con todo lo que ello conlleva: lumbalgias, anginas, herpes,… Hasta que, aún no recuerdo muy bien cómo, reuní fuerzas y decidí decidir. Y desaprender para aprender. Y formularme preguntas muy incómodas. Y respondérmelas. Seguí un proceso de coaching, empecé a investigar cómo funciona el cerebro humano en general y el mío en particular. Me formé como coach, como Practitioner en PNL. Me convertí en mi propio conejillo de Indias y aquí estoy, sintiéndome capaz, libre y plena. Por fin. En este programa voy a compartir contigo, a través de ejemplos del día a día, pautas claras y muchos ejercicios prácticos, todo lo que he aprendido durante estos años y que ha borrado de mi vida la parálisis y la insatisfacción. Todo lo que me ha llevado a la expansión, a priorizarme, a cuidarme, a saberme suficiente, a sentirme alineada con mis decisiones y con mis acciones. A que me pase lo que quiero que me pase.

Me he enganchado a un gilipollas (y lo sé)

Un clásico, amigas: la cosa empieza con unos mensajitos, con un jijijuju. Estabas aburridilla porque no tonteabas desde hace milenios con nadie y lo bien que va un poco de chispa. No sois los humanos más compatibles del planeta, pero total, si es para un ratito, qué más da. Que yo lo tengo todo clarinete, de este no me engancho, no tenemos ni demasiado tema de conversación. Y un día os líais, la periodicidad de los mensajes se va multiplicando hasta que recibes diez por hora; en un momento dado incluso te agobia, pero pasado ese impás, le pillas el gustillo a que alguien te diga tantas tonterías bonitas. Durante unos días, la oxitocina se te sale por las orejas, es lo que tiene andar fornicando como si no hubiera un mañana. No hay quien te quite la sonrisilla de la cara. Esto no puede ser malo si me hace sentir tan bien y, además, sigo teniéndolo todo controlado.

Que dure lo que dure. Yo encantada. Mientras me divierta, bien, y luego lo dejaré ir sin ningún tipo de drama.

Una mañana, no recibes el “buenos días” habitual y tu estómago empieza a manifestarse: algo me huele mal, pero no puede ser, soy una desquiciada, me imagino cosas, voy a dejar de darle vueltas a esto, solo que no puedo. Le voy a mandar un mensaje preguntando si pasa algo, pero no quiero parecer desesperada, pero si no se lo mando me va a estallar la cabeza. Y se lo mandas.

Y él dice que no pasa nada, que anda liado. Y tú, lejos de quedarte tranquila, le sigues dando vueltas a la lavadora a una velocidad desconocida por el humano hasta ahora. 

Lo que sigue, ya lo conocemos: una comedura de tarro espectacular, se acabó la sonrisilla, una tortilla que no para de dar vueltas por parte de él porque “tú ves fantasmas donde no los hay” y, con suerte, unos días y, sin suerte, unos años más tarde, la cosa se acaba después de haber vivido varios rosarios de la aurora, perdido ni se sabe cuantos kilos y desperdiciado lágrimas por todos los rincones.

En este punto deberíamos retrotraernos a aquel primer momento en el que tu estómago te habló y no le hiciste ni puto caso. Y, muy probablemente, si haces un esfuerzo, recordarás que antes de ese primer revoltijo, hubo algunos de menor fuerza. Olisqueaste algo y lo ignoraste. Sí, amiga, mandaste a tu intuición a tomar por el jander y así te ha ido.

El problema podría resumirse diciendo que, por un lado, no nos enseñaron a hacerle caso a ese montón de neuronas que tenemos en el aparato digestivo, que es del tamaño del cerebro de un gato y que nos avisa de muchos asuntos. Por otro, estamos tan acostumbrados a enfocar nuestra atención en nuestro alrededor, que nos perdemos ante los vaivenes que otros provocan. Las dos cuestiones no dejan de ser la misma, en última instancia: nos preocupamos por controlar a los demás, ignorando que lo único controlable es nuestra persona.

Yo era una tía independiente y feliz y ahora siento que me deshago sin esa persona. El vacío me corroe, no tengo ilusión por nada. Solo quiero que vuelva, aunque sea un gilipollas. Pero es que no quieres que vuelva el gilipollas, sino lo que crees  que ese gilipollas te hacía sentir. Porque no te equivoques, lo que tú sentías era tuyo y tuyo sigue siendo, lo depositaste en un lugar y ahora te toca recogerlo y guardarlo hasta que la ocasión merezca que lo saques a pasear.

El foco en el lugar erróneo es la causa de todos los problemas: ¿por qué hace esto? ¿va a dejarme? ¿habrá encontrado a otra?, por no hablar del catastrófico “¿Qué habré hecho mal?”. Miles de preguntas sin respuesta posible, cuando lo que deberíamos plantearnos es qué tecla ha tocado en nuestro espíritu una persona que, objetivamente, no nos aporta nada significativo. Qué carencia llena esa atención desmedida que nos prestó en un momento dado y a la que nos hemos hecho adictas.

En la respuesta está la curación.

     

Organizarse o palmarla: el concepto

Ay, queridas, que vamos cuales cabras: acumulando tareas, saltando de una a la otra, con la sensación de que curras mil horas al día y no terminas nada. Te agotas más por el hecho de que tu coco oscile entre mil pensamientos que por la actividad en sí. Varias veces me habéis preguntado que cómo me organizo, porque sí, lo mío es de traca: entre el blog, las columnas en El Español, los libros,  las redes sociales, las sesiones de coaching y los talleres, a la que me descuido, voy como pollo sin cabeza. Por no hablar de los hijos y la casa. El caso es que, a la fuerza, he tenido que desarrollar un poco de método para no morir en el intento y os voy a contar cuatro cosillas, por si os ayudan a vivir sin derrapar y, sobre todo, a sacar tiempo para vosotras mismas: para un café con las amiguis, una manipedi o un buen libro.

  • Plantéate cuáles son tu objetivos a corto, medio y largo plazo y qué acciones son necesarias para llevarlos a cabo (esto, en el caso de las emprendedoras es BASIQUÍSIMO). Yo no diferencio entre objetivos laborales y vitales, entre aumentar mis ingresos y ponerme en forma, entre tener oficina propia y leer una hora al día. Somos una persona y la vida personal y laboral se entremezclan inevitablemente.
  • Un clásico: diferencia entre lo urgente y lo importante, y numera las acciones teniendo en cuenta su prioridad. Sé extremadamente honesta.
  • A mí me deja tranquila echarle un ojo el domingo por la tarde a la agenda de toda la semana y, cada tarde, al acabar la jornada, la del día siguiente.
 
  • Principio básico: LO QUE NO CABE EN TU AGENDA, NO CABE EN TU VIDA. Calcula el tiempo que te lleva cada tarea (siendo realista) y plántalo en tu agenda. Obviamente, no caben doce actividades que precisan dos horas cada una. Que sí, que eres una tía muy capaz, pero que la cosa va de ser productivo sin dejarnos la vida en ello. Hay más días que longanizas, lo que no cabe hoy, lo pasas a mañana. Lo que hoy estaba apuntado y no ha podido ser, también a mañana, pero ojito, que entonces algo habrá que quitar de mañana. Sí, un coñazo: todos los días tienen solo veinticuatro horas y dicen que dormir y comer y descansar van bien para tu preciosa persona.
 
  • Sé obediente con los tiempos marcados, no vale lo de “esto no lo dejo hasta que esté perfecto”, porque nadie sabe lo que es esa perfección y porque, si te lo planteas seriamente, la diferencia no vale el tiempo que le estás dedicando. Concentrémonos en hacerlo lo mejor posible en un tiempo razonable y luego, a otra cosa, mariposa. Yo, a veces, uso el temporizador del móvil. Hora y media para escribir un post y el ring, ring, ring me indica que vaya terminando.

  • Dependiendo de tu estructura mental y tu ocupación, necesitarás una agenda de una página al día, o de tener toda la semana a la vista. Lleva tu agenda encima SIEMPRE. Lo de apuntarlo digitalmente está muy bien porque llevamos el móvil a mano las vienticuatro horas del día, pero el hecho de escribir mano las actividades hace que te plantees qué deberías hacer antes y qué después, te ayuda a pensar y a dilucidar si hay algo ahí que es innecesario o a encontrar huecos en los que disfrutar del tiempo libre. Por no hablar del gustazo que da tachar lo que ya has hecho. Yo lo subrayo en rosa fosforito y no hay nada más bonito que ver el día entero rosáceo perdido.

  • Apúntalo TODO. Te ahorrarás el sufrimiento de pensar que algo se te está olvidando. Llamar al pediatra, acabar ese informe, pedir cita para la manipedi, la clase de yoga, el cine del miércoles por la noche. SÍ, EL OCIO SE AGENDA: vaya a ser que se nos olvide lo importante de verdad.
 
  • Unifica tareas siempre que te sea posible. Está demostrado que nuestro coco gasta mucha energía cambiando de una actividad a otra, así que lo suyo es contestar a todos los correos sin ir saltando a otra cosa, redactar ese informe de principio a fin, etc. Yo dedico un día a la semana a escribir los artículos, intento concentrar las sesiones de coaching en dos días a la semana, y así sucesivamente. Todo lo que necesite menos de cinco minutos, se hace lo primerito de todo, y te lo quitas de encima.
   
  • El móvil, guardado. El simple hecho de tenerlo encima de la mesa reduce nuestra productividad en un porcentaje muy bestia que ahora no recuerdo. En el bolso está divino. Lo pongo en modo silencio y que solo suene si me llaman del cole de los nenes. Cuando acabo una actividad, un artículo, una sesión, le echo un ojo. Luego, al bolso again. Os aseguro que nadie muere si un mensaje no se contesta en el momento.

  • De la misma manera que ahorramos energía haciendo una sola tarea a la vez, hay actividades que se pueden hacer al unísono sin que ello suponga doble esfuerzo, por ejemplo plantarse una mascarilla mientras cocinas, le echas un vistazo a tu agenda el domingo por la noche o hablas con tu amiga por teléfono.

  • Delega todo lo que puedas delegar (y pagar). No hay nada más valioso que el tiempo libre, querida. Si te lo puedes permitir, que otro haga mientras tú disfrutas.
  • Tu tiempo es oro. Que te interrumpan solo por algo que valga la pena y que sea impostergable (ya verás como nunca lo es). Los demás no te dejan en paz, y tú ¿te dejas en paz? Cuando se te ocurra una tarea nueva, la apuntas y ya pasarás a ella cuando hayas terminado lo que estás haciendo.
  • Cocina una vez a la semana, congela. NO a limpiar la cocina cada noche. Preguntémonos si es necesario planchar la montaña de ropa de los niños, que acabará hecha una boñiga a los cinco minutos de ponérsela. Un truqui: si tenéis secadora y sacáis la ropa aún calentita, la plancha es absolutamente innecesaria.
  • Tenemos que cuidar nuestro precioso cuerpo. Si no hay manera humana de sacar tiempo para ir al gimnasio, siempre te puedes levantar quince minutos antes y hacer una tabla sencillita. Te lo aseguro, te cambia el día y la vida. Si un par de mañanas lo sustituyes por una meditación y/o un rato de yoga, ni te cuento. Hay mil aplicaciones y cuentas de Instagram donde encontrar ejercicios. Yo estoy entrenando con @efrenp.m y, cuando no tengo tiempo, sigo sus vídeos de IGTV.

  • Como en todo, esto es cuestión de disciplina. No vale apuntar y luego no cumplir ningún objetivo. Todo lo que hacemos es porque la motivación es la adecuada. La nuestra debería ser estar más tranquilas sabiendo que todo está apuntado en un lugar al que echarle un ojo; coordinarnos para sacar ratos para nosotras. Porque nos lo merecemos y punto. Porque sentir que somos arrastradas por la vorágine no es lo que tiene que ser. Seamos dueñas de nuestro tiempo, amiguis.

Gustémonos

Una de mis actividades favoritas cuando paso un finde sin niños es hablar durante horas por teléfono con mis amigas como cuando era adolescente. El domingo, mi amiga niuyorkina me contaba que ha recortado su vida social hasta los mínimos porque está agotada. Las ansias por recuperar el tiempo perdido en un matrimonio de mierda la han empujado últimamente a unos cuantos bares en los que se lo ha pasado de miedo, y ahora ya no necesita más. No tengo ni citas tía, pero eso sí, sigo yendo a boxear como si no hubiera un mañana y esta semana me pincho vitaminas en el jeto. Y bótox. Llevo la manipedi impoluta. Quiero estar divina, pero  por mí, que por fin me quiero.

Menos mal. Aleluya.

El caso es que mi amiga está más guapa, más feliz y más autoamorosa que nunca, y ese autoamor incluye tachar de su agenda todo aquello que no sea importante en este momento, darse tiempo para hacer deporte e inyectarse todo lo que le dé la gana si con ello se siente bien. Porque no nos equivoquemos: somos un ser, compuesto de alma y carne. Muchos opinarían que eso es de tía superficial y vacía. No estoy de acuerdo, en absoluto.

La noche anterior a mi charla con Angie, cené con un amigo que es cirujano estético. Cuántas veces me cuenta sobre mujeres que han llegado a su consulta acomplejadas, ya sea por un sobrepeso, unos pechos caídos o enormes, o por una nariz desproporcionada. Que lo de aceptarse está muy bien, pero lo de operarse no lo está menos si con eso ganamos en autoestima, joder. Porque a veces nos sentimos tan felices que nos ponemos guapas y, otras, el camino es a la inversa: me veo guapa y me quiero más. No juzguemos, por Dios.

Aquí, una vez más, el qué dirán juega en nuestra contra: que si no te hace falta, que si meterte en una operación por semejante tontería. Solo que para ti no es una tontería. A no ser que haya un accidente o un traumatismo previo, ahí sí se aplaude al bisturí. Si hablamos de una reconstrucción mamaria, todo bien. Ahora, una operación de pecho así porque sí ya es harina de otro costal. O no, porque el objetivo no deja de ser el mismo: mirarme al espejo y esbozar una sonrisa. 

Para algunas el físico no es importante, igual que para otras no lo es aprender cada día una cosa nueva o profesar una religión. Los términos medios no son dañinos, sí el ignorarnos permanentemente. Esconder bajo el felpudo las razones de nuestra incomodidad no es la solución, vivir pendiente de las miradas de los otros, tampoco. Supongo que el equilibrio es ese que se encuentra tras capas de creencias, despejadas algunas incógnitas de lo que realmente nos mueve, eliminadas los comentarios ajenos y cotillas. Dicen que una manera de hacerse la vida más fácil es diferenciar entre lo urgente y lo importante. Yo diría que lo urgente es reírse, y lo importante, hacerlo cada día. Si para eso hay que aprender a meditar, divorciarse o ponerse unos pechotes gloriosos, a quién le importa. El caso es gustarse.

 

225 gilipolleces que me hacen inmensamente feliz.

Porque estas listas nunca son suficientes y cada semana deberíamos redactar una nueva. Porque esto va de encontrar miles de gilipolleces que nos hagan inmensamente felices.

201. El olor de la vela “Basil y Neroli” de Jo Malone, que inunda mi oficina nueva, esa que comparto con gente que adoro.

202. Las flores. Yo, que jamás había comprado un ramo, ahora los regalo, los recibo y me muero de la felicidad cuando veo ese jarrón lleno de color adornando mis lugares. Gracias a todas las lectoras que nos los mandásteis cuando estrenamos oficina. Os amamos.

203. Esta foto de @drcuerda:

204. Meterme en la cama antes de las diez, recién duchada, leer durante media hora y luego ver “The good wife” por enésima vez.

205. Que cerca de mi casa han abierto un cine “luxury”, con sus asientos abatibles y su diosmíoquégustazo.

206. Mi curso de mindfulness, gracias al cual, durante algún minuto al día paro esta centrifugadora que tengo por cerebro.

207. Este vídeo de Oscar Casas y Begoña Vargas. Para verlo a tamaño completo, haz click aquí. Y flipa en colores.

https://www.instagram.com/p/B3XY-DZoVfF/?utm_source=ig_web_copy_link

208. Caminar. Por Madrid. Por donde sea. Con unas zapas bien cómodas, sin otro destino que el de pensar en nada y en todo.

209. Esos días que cunden, en los que ordeno bien la agenda, meto el móvil en el bolso y las musas me hacen caso. Tachar con el rotulador fosforito las tareas ya terminadas me proporciona un placer muy salvaje.

210. Esta canción. Bailarla en el baño.

211. Ya no hace calorazo. Quiero vivir en Islandia.

212. He dejado de morderme las uñas a mis cuarenta y seis palos. Las llevo divinas, pero DIVINAS. Me siento mejor persona.

213. La app “Andjoy” que me permite ir a gimnasios y estudios de yoga por todo Madrid (y no, no me pagan. Me cobran).

214. Esta frase, tan arrebatadoramente bonita:

215. Ir, porque sí, a visitar a Laura, de librería Amapolas. Sentarme en ese Chester divino de terciopelo gris y charlar sobre libros, hombres, chocolate y vidas futuras.

216. Las albóndigas de mi madre. Y las croquetas. Y la sopa de Galets.

217. La López aquí. Ole su toto.

218. El momento en el que termino una sesión con una clienta de coaching y siento que ha dado un paso más hacia su lugar en el mundo. Gracias por confiar en mí, queridas.

219. El chai de vainilla de David Río, muy, muy muy caliente, en una taza ideal de Ikea, transparente y con un posavasos de corcho, todo de lo más nórdico. Siempre quise ser sueca.

220. Han vuelto las diademas y favorecen un montón. Y uno de mis propósitos de este curso era ir mona cada día. Los astros me favorecen, porque además, me ahorro peinarme. Vamos, que nunca lo he hecho, pero ahora se nota menos.

221. Las tías con un par, que han hecho de su pasión, su modo de vida: Ane Hernando, de @lookandchic; Charuca; la misma Laura de librería Amapolas; Paula Babiano, de Balbisiana, que hace tartas divinas, pero divinas de verdad. Y que viva lo de reinventarse.

222. Ya mismito sale mi segundo libro, “Las primeras veces y otros artículos”, un recopilatorio con algunos textos inéditos. Cómo he disfrutado preparándolo, eligiendo esa portada que diseñó Mireia, mi amiga desde la guardería. Ya os lo he dicho varias veces, pero es que la vida es mucho más vida desde que decidí escribirla. Gracias por empujarme a que lo haga cada día.

223. Las zapatillas Hoffbrand, que están bien de precio y tienen unas suelas preciosas, con imágenes de ciudades. Que son preciosas todas ellas, y cómodas. Y están hechas para tías. Vamos, que me encantan. Encima me llamaron para participar en sus historias. Pero ya era fan de antes, lo juro.

224. La crema de tupinambo de Can Domo (Ibiza). Pau me la sigue haciendo aunque esté fuera de carta y yo le amo mucho por ello. 225. Untarme con aceite Nuxe por las noches: el body, el jeto, los pelos. Huelo que da gusto. Mejor sabré.      

¿Hay vida tras la maternidad?

Últimamente, en todos los encuentros que organizo, ya sean talleres o charlas, surge el tema de la maternidad, su idealización, las verdades y la gran pregunta: ¿por qué nadie nos contó esto? Nada que no haya escrito antes sobre mujeres agotadas, desquiciadas, que buscan algún minuto al día para estar a solas con sus pensamientos, para tenerlos. Para ser una persona y no una piltrafa.

La pregunta, una vez que tenemos claro que muchas se han callado que lo de tener hijos no es un campo de amapolas, sino más bien una lucha en el barro, es si esto acaba algún día, si volveremos a tener energía, a sentir que la vida nos pertenece, si volveremos a ser jóvenes. Pues bien, parece que sí, o que, al menos, es posible.

De toda la información que he recabado en esas reuniones con mujeres, he llegado a la conclusión de que la mayoría recupera las neuronas que se derritieron durante los años de broncas, deberes, piojos y desesperación. Varios requisitos son necesarios para tal hazaña:

  • Conservar a las amigas a pesar del cansancio y de las agendas rebosantes: una cena al mes, o cada dos meses. Alguna conversación telefónica cada semana. Vamos a juntarnos aunque sea con niños. Bebamos vino y hablemos de buenorros, porelamordedios. Un fin de semana al año  para nosotras solas, en una casa rural, o en la playa, o dónde coño sea.

  • Mantenerse en forma, mental y físicamente: leo, veo diez minutos de Netflix antes de desmayarme en la cama. Voy al cine al menos una vez al mes. Me esfuerzo por aprender algo nuevo cada día: una app que te enseña a meditar, las propiedades del té verde, qué restaurante está de moda en Madrid. Me zampo los vídeos educativos esos de BBVA, que siempre inspiran mucho y ayudan a relativizar. En el mejor de los casos, voy al gimnasio, a yoga. Si no me cabe en el puzzle vital, camino, subo a pie las escaleras, estiro un poco por la mañana. Me permito una napolitana de chocolate a la semana, pero ahí tengo litros de gazpacho y puré de verduras para cenar ligerito y sano. Bebo agua a raudales. Dedico dos minutos por la mañana y por la noche a limpiarme el jeto e hidratarme. Uso el mejor tapaojeras, el pintamorros rojo. Llevo la manipedi como un pincel, porque yo lo valgo.

  • Tener una lista de ilusiones, sueños y propósitos que van desde viajar a Australia cuando me sea posible hasta apuntarme a un club de lectura, pasando por escribir un libro y conocer a Idris Elba. Plantarlo en la mesilla de noche o donde sea que lo puedas ver cada día. Para acordarte de todo eso cuando las peleas entre hermanos y el agobio se te zampen viva. Sobrevivirás, ya lo decía Mónica Naranjo. Y te irás a Australia.

  • Darse el gusto, con un masaje o unos pendientes nuevos, o un desayuno glorioso en una cafetería ideal. Lo importante es que haya un cajoncito mental en el que estén esas gilipolleces que te hacen feliz. Ponerte ese perfume, darte una ducha larga cuando las criaturas duermen, poner música de los ochenta y bailar. El baile es vida, ya lo sabemos.

  • Tener sentido del humor, porque el humor nos salva la vida cuando todo lo demás no lo hace. Porque ser divertida es un talento sumamente poderoso, para ti y para los que te rodean. Reírnos cada día debería ser el fin último de nuestras acciones. No nos engañemos: algo falla si no te has reído con ganas en veinticuatro horas. Soluciónalo. Rodéate de gente tan inteligente que te provoque carcajadas. Sé tan lista como para provocarlas tú. El humor conservará tu precioso cerebro en medio de los tres millones de pensamientos que tienes cada minuto.

Y, sobre todo, reencontrate cada día contigo, hablarte un rato, preguntarte cómo estás. Contestarte y decirte la verdad. Sin culpas. Repetirte que eres fabulosa, importante, mayúscula, divina, gloriosa a pesar de las ojeras. Quererte a lo salvaje.

Consejos, los justos.

Creo que no todas las opinones son respetables, quizás sí las personas que las emiten. Las que tienen que ver con negar derechos, por poner un ejemplo, son un asco. Las que no pedimos, también. No confundamos sinceridad con intromisión o mala educación. Y las que están basadas en el egoísmo, la envidia y la mediocridad, pues más de lo mismo: una mierda.

Todas pedimos opiniones ajenas en un momento dado. A veces, acertamos al hacerlo. Dudamos y le preguntamos a alguien con quien compartimos criterio o que, por su experiencia, tiene en cuenta asuntos que nosotros ignoramos. Arrojan luz sobre nuestra oscuridad, compartimentan, ponen cada cosita en su cajón. Nos ayudan.

Pero cuando lo de estar pendiente de cómo los demás actuarían se convierte en lo habitual, o en lo de siempre, ahí empiezan los problemas. Para empezar, porque algo dice eso de la confianza en nosotras mismas, en la autoestima. Y también porque cuando una, en lugar de mirar hacia adentro y analizar el propio engranaje, se pasa la vida escuchando lo de alrededor, se pierde sin remedio. Tengamos claros cuáles son los valores que nos mueven, hagamos una lista con ellos y planeemos cómo caminar por la vida usándolos como brújula. Todo lo que me acerque a lo importante, estupendo. Si me empuja en la dirección contraria, vade retro. 

La vida del adulto, ya lo sabemos, es un follón de narices. En el mejor de los casos, nos enfrentamos a decenas de disyuntivas cada día: que si la maternidad, que si el curro, que si la pareja, que dónde está el equilibrio vital. En el peor, otros deciden por nosotros. Qué asco más grande. El estrés que nos provoca tanto reto, lo podemos tomar como una amenaza (qué miedo más grande, me paralizo) o como un reto (yo estoy lo resuelvo por mis santos ovarios). Todo, o mucho, es cuestión de diálogo interno y de darle vitaminas y alegría a tu cuerpo, Macarena.

Cómo saber si andamos a la deriva o llevamos el timón es fácil: ¿te pasas la vida pendiente de cómo el de enfrente resolvería tus saraos? ¿Ante un comentario ajeno se tambalean tus argumentos? Si ambas respuestas son afirmativas, plantéate de quién es la vida que estás viviendo y, recuerda, esto no es un ensayo.

¿Cómo acertar a la hora de pedir consejo? Lo primero, asegúrate de que lo necesitas. Quiero ir a vivir a una ciudad grande por su oferta cultural, la variedad de seres humanos y las oportunidades laborales. Pues fenomenal, lo tienes claro. Y tienes miedo, pero eso no lo va a solucionar nadie más que tú. Cuidado, porque quizás, en un intento de apaciguar tus temores, se los sueltas al primero que pasa, uno con el que no compartes criterios. Ese que te dirá que la ciudad es muy cara (por mucho que tengas pasta), muy insegura (se lo imagina, no es que lo sepa) y muy ruidosa (por más que a ti te importe un huevo el tema sonoro). Y te apropiarás de sus fantasmas y ellos de tus ilusiones. Catástrofe sideral.

Habla con quienes miran y caminan en la única dirección correcta, p´alante. Con los valientes, que no insensatos. Con los que respetan vuestras diferencias. Con los que aprenden de los errores y de los aciertos. Con los que admiras. Con los que saben dónde están y hacia dónde van. Con los que terminan las cosas que empiezan. Con los que predican con el ejemplo. Con quienes tienen claro el precio que están dispuestos a pagar para conseguir lo que quieren y también los límites que nunca rebasarán. Con aquellos cuya ética está por encima de cualquier meta.

Habla con la niña que fuiste antes de que la vida enterrara tus talentos y tus pasiones. Nadie te conoce mejor que ella.