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Autor: lasclavesdesol

Me llamo Sol, nací en el 73, tengo dos hijos adolescentes y ahora mismo soy coach, escritora y ponente en temas relacionados con el autoconocimiento y el desarrollo personal. Me encanta mi profesión y me encanta mi vida, pero hasta hace ocho años el panorama era bastante diferente: trabajaba en marketing y vivía inmersa en el bloqueo, el desasosiego y el agotamiento. Me sentía totalmente perdida. La empresa y la maternidad se tragaban toda mi energía y no sabía por dónde empezar para salir de esa situación, así que permanecía inmóvil, dejando que el estrés campara por mi cuerpo a sus anchas, con todo lo que ello conlleva: lumbalgias, anginas, herpes,… Hasta que, aún no recuerdo muy bien cómo, reuní fuerzas y decidí decidir. Y desaprender para aprender. Y formularme preguntas muy incómodas. Y respondérmelas. Seguí un proceso de coaching, empecé a investigar cómo funciona el cerebro humano en general y el mío en particular. Me formé como coach, como Practitioner en PNL. Me convertí en mi propio conejillo de Indias y aquí estoy, sintiéndome capaz, libre y plena. Por fin. En este programa voy a compartir contigo, a través de ejemplos del día a día, pautas claras y muchos ejercicios prácticos, todo lo que he aprendido durante estos años y que ha borrado de mi vida la parálisis y la insatisfacción. Todo lo que me ha llevado a la expansión, a priorizarme, a cuidarme, a saberme suficiente, a sentirme alineada con mis decisiones y con mis acciones. A que me pase lo que quiero que me pase.
Como conocí a vuestra Sol

Cómo conocí a vuestra Sol (por Paulo García Conde)

Como conocí a vuestra Sol

Paulo García Conde es periodista, gallego, novelista, talentoso, bloguero, barbudo, guionista, buena gente y muchas cosas más, a cual más bonita. Le supliqué que me regalara unas líneas y aquí las tenéis. 

Gracias, mi Paulo.

Cómo conocí a vuestra Sol

Quién me iba a decir a mí que iba a terminar escribiendo para uno de los recovecos cibernéticos que más me hacen reír. Y no es por adular a su creadora, que ya la tengo engatusá. Es porque, vídeos de caídas y sustos en Youtube al margen (supongo que ya no hace falta que líneas más abajo me defina como friki), las aventuras personales que esta cuarentona adorable tiene a bien compartir con todos nosotros son para mearse en los vaqueros (o en los leggins para quien los tenga, veréis qué sensación). La diferencia radica en que hacer reír al personal a base de hostiazos es muy fácil; de hecho, es el humor más primitivo que hay. Y como primitivo que soy me encanta. Pero como amante de todas las cosas escritas con talento, también me pirro por las historias bien contadas. Que un poquito de mérito tienen. Por eso me hace ilusión estar escribiendo esto para Las claves de Sol, a sabiendas de que mi humor rancio y bajo en proteínas echará por tierra la lucidez de este blog. Es una penica, lo sé. Pero nunca desecho la oportunidad de poner pringado lo ajeno. Lo hice con la vida de mi madre al nacer, ¿qué menos podía hacer esta vez?

Lo cierto es que no se me ocurre muy bien qué contar, qué plasmar por escrito para fastidiar los niveles de humor y agudeza mental que suelen integrar las entradas de este lugar. Podría rescatar alguno de los temas que trata Sol a menudo, pero tengo miedo del experimento. Veamos, hablar de… la maternidad, o de la paternidad en mi caso; aunque no sé, tengo más meses de lactancia acumulados en los testículos que ya uno no sabría decir con seguridad (Esto no lo leen niños, ¿verdad?) En fin, que yo sobre maternidad no podría aportar mucho, pero sobre ser hijo…. tampoco. Podría hablar sobre las relaciones entre cuarentonas y veinteañeros desde el otro punto de vista, pero me daría cierto reparo volver a recordar que la única vez que me magreé con una madre la perdí por llegar a la reflexión de que hubiese sido más sensato haberlo hecho con su hija. Ni siquiera hubo coito, solo un tortazo, así que dejé que bailase en sujetador por la discoteca a la que nunca debí haberla arrastrado. En fin, que veo difícil rescatar alguno de estos temas. ¿De sexo? Podría ir al chiste fácil y preguntaros qué es eso. Pero no, sé que es eso. Solo que lo tengo un poco olvidado. Liarse con una modelo checa de metro ochenta y tres deja el listón “muy alto” (pum chist!) y, en el caso de ser un retaco poco agraciado y tocado por el don de la introversión, lo que deja es más bien un trauma. Nunca volveré a conseguir algo así. Como tampoco creo que consiga tomarme un café (condimentado con cloroformo; el suyo) con Jennifer Lawrence o Blanca Suárez (¡Hola, Blanca! Que seguro que lees Las claves).

Visto lo visto, no me va a hacer falta elegir tema, porque como de costumbre me he explayado y enredado sin haber contado nada en realidad. Eso sí que se me da bien. Pero ahora que he entrado en calor, se me ha ocurrido algo interesante sobre lo que hablar. Tiene originalidad, tiene acción, tiene emoción… Podríamos titularlo Cómo conocí a vuestra Sol. Aunque lo llamativo es más bien “por qué dos personas tan distintas se caen bien”. Porque posiblemente yo sea lo más opuesto a nuestra querida mamá estelar. A ella no le cuesta tender la mano, a mí me causa pavor estrecharla. A ella no le cuesta retirar la mano si descubre que la otra persona es idiota, yo tengo pesadillas en las que un idiota me dice a mí que soy un idiota. A ella no le cuesta hacer mil y una cosas a la vez, yo sufro cortocircuitos si tengo dos asuntos pendientes y sin resolver. Y a ella no le cuesta brillar con luz propia. Yo… pues yo, trato de robarle la luz al vecino.

Pero, si dejamos todo eso al margen, hay algo que tenemos en común. Gusto por el humor ácido, cero comedido. Si no nos hubiésemos conocido en una clase de guion, lo hubiésemos hecho en la reunión de una secta de humor sin censura. Aunque gracias a la salud mental que todavía conservamos, no fue en una secta y sí en un curso de guion. Os preguntaréis cómo entablan amistad una persona extrovertida y otra altamente introvertida. Sencillo: a través de sus ejercicios de clase, a través de sus creaciones. Os dejo adivinar a quién pertenecían aquellas más retorcidas y con mala leche.

Y así fue cómo conocí a Sol y cómo ella me conoció a mí. Estoy seguro de que en un primer momento se sorprendió de que un mosquita muerta tuviese ocurrencias tales (dicen que tengo pinta de bueno; yo sigo queriendo creer que mi segundo nombre es Satanás), y por eso me quiere aunque sea un poco. Claro que yo, por su introversión, por su humor, y por hacer una y mil cosas a la vez brillando con luz propia, la quiero mucho. Y a Blanca Suárez también, que nadie se me cele.

Niña aburrida

Lo que aprendí aburriéndome.

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Soy muy fan de Milena Busquets y de su columna en El País. Esta semana escribía “A favor del aburrimiento” y hablaba de esa, nuestra obsesión por entretener a los niños a toda costa.

Pues bien, yo, como Milena, de pequeña me aburría, Y MUCHO.

Era hija única, muuuuuuuuuy tranquila (sí, muté en algún momento. No sé cuando ni por qué) y mis padres nunca se plantearon que me activara más allá de las necesidades básicas y la escolaridad…Y MIRAD QUÉ FENOMENAL HE SALIDO. A los que me conocéis y os estáis descojonando… En serio, mi desequilibrio es más producto de la genética que del aburrimiento.

Tanto me aburría de pequeña que incluso leía: cómics que se amontonaban en el suelo de mi habitación (así estoy, obsesionada con los superheros), novelas que encontraba en las estanterías de mi casa sin que nadie las analizara previamente en la librería infantil especializadísima, las revistas de cotilleos de mi madre…  Tan horrible era el aburrimiento que me leía las leyendas de Bécquer, los poemas de Neruda y los “Campos de Castilla” de Machado. Una catástrofe sin parangón para cualquier niño del siglo XXI.

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Tanto me aburría que veía pelis de todos los tipos y colores: “Siete novias para siete hermanos”, “Mary Poppins”, “Karate Kid”, “E.T.”… Las veía en el cine y las podía ver otra vez en mi cabecita cuando volvía a casa y no tenía nada más que hacer. Un horror que ningún niño debería experimentar.

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Tanto me aburría que escuchaba música: en la radio, ensimismada y muy atenta para grabar en aquellas cintas de casette la nueva canción de moda y ponerla una y otra vez mientras bailaba por los pasillos de mi casa; en el tocadiscos donde ponía los vinilos de mi madre: Alberto Cortez, la Pantoja, la Jurado… Y de mi padre: Fleetwood Mac, Elvis Presley, Earth Wind and Fire,… Algo nada estimulante para estos niños que tanto aprenden en los juegos educativos del sempiterno Ipad.

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Tanto me aburría que dibujaba: copiaba animales de mis cuentos, calcaba con los papeles pegados a las ventanas lo que no alcanzaba a copiar, pintarrajeaba cuando no sabía hacer ni lo uno ni lo otro. Qué imagen tan lastimera ver a una criatura con sus colores  sin otra compañía que la de su imaginación.

Y me pregunto qué habría pasado si, en lugar de dejar que me aburriera, mis padres hubieran jugado conmigo a todas horas o, ante el más mínimo signo de inactividad, me hubieran plantificado una pantalla delante, para que viera unas historias creadas por otros y no por mí.

Siempre me he quejado de las interminables sobremesas de los adultos que yo sufría desde mi sillita (visión imposible actualmente. Os doy un euro por cada niño que veáis sentado sin maquinita en un restaurante) pero ahora caigo en que fueron horas (interminables) de observación de aquellos seres, de escucha de conversaciones probablemente poco adecuadas para mi edad.

Aprendí a escuchar, a callar, a interpretar, a intuir.

Tanto me aburría que empecé a escribir.

Nunca sabré qué habría salido de una Sol rodeada de estímulos externos impuestos por otros y no elegidos por mí, quizás este amor por la escritura hubiera sobrevivido a todas esas distracciones y hoy estaría aquí escribiendo sobre lo bucólico de una infancia supermegaultradivertida.

O quizás no.

El encoñamiento post-coito

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Hay fenómenos que llevan ahí toda la vida sin que nadie les haya puesto nombre. Uno de ellos es aquel que se produce cuando, tras acostarte con un tío, te pasas una semana pensando en él aún sabiendo que aquello fue un aquí te pillo, aquí te mato en toda regla.

Y quién dice una semana, dice un mes, o más en los casos muy graves.

Y digo tío porque esta es una dolencia que, al menos que yo sepa, afecta solamente a las mujeres.

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En estos casos, lo mejor es tener un ramillete de amigas que te recuerden que era solo sexo, que es normal que después de compartir esa intimidad TAN  íntima, te quedes colgadilla un rato, sobre todo si la intimidad ha consistido en una follada del quince. Porque si ya es grave quedarte enganchada a un Dios del sexo, lo de encoñarte por un follador mediocre, NI TE CUENTO.

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Por si no tienes claro si padeces de este mal, te enumero los síntomas:

  • Sientes por él lo mismo que por aquel novio que tuviste, con el que estuviste cinco años. Cuando digo “sientes” quiero decir “crees que sientes”.
  • Estás convencida de que ha sido el mejor polvo de tu vida, a mucha distancia del segundo mejor polvo de tu vida. (Piensa, seguro que con el último te pasó lo mismo).
  • Por ende, crees que MÁS NUNCA tendrás un sexo tan bueno. Porque es el que mejor besa, el que tiene las manos más suaves, la p**** más grande y más bonita.
  • Llevas una semana calentándoles el tarro a tus amigas con la rememoración del kiki. Basta ya. Contente un poco, por favor.
  • Aunque los demás te digan que no le conoces,  tienes claro que mientras te embestía has averiguado de él TODO lo que vale la pena.
  • Te crees cualquier cosa que te haya dicho, porque después de hacer el amor (porque eso es lo que habéis hecho. Con otras folla, a ti te ha dado amor del bueno) es imposible que te mienta.
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  • No puedes imaginarte con otro. Ni besos, ni metidas de mano. NADA.
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  • Ha sido tan cariñoso, tan amoroso, tan ÚNICO…
  • Fantaseas con planes que hacéis juntos: un cine, una cena, unas vacaciones en París, la boda en El Escorial…
  • Sabes que conectáis, desde el primer momento, como con ningún otro antes JAMÁS.

Ahora que ya sabes si sufres de Encoñamiento Post-coito, has de ponerle solución lo antes posible: aléjate de amigas que se hayan contagiado, acércate a las que sean realistas, cínicas, esas que te pegan unas hostias de realidad que te dejan nueva. Haz una lista de todos aquellos seres de los que te hayas enamorado en la primera empotrada y luego otra con los que realmente se correspondieron con la idea que te habías hecho de ellos. Diversifica, queda con otros: en la variedad está el gusto.

Y, recuerda amigui, no estás enamorada, estás encoñada.

    oprah

Cuarentonas y veinteañeros, una tendencia que mola (MUCHO)

cuarentonas y veinteañeros

No voy a contar nada nuevo, el tener amantes, novios parejas ostensiblemente más jóvenes, ya no es territorio exclusivamente masculino. Gloria al cielo, ALELUYA.

Un día una noche conoces a un yogurín de 20 y tantos, guapetón, de carnes apretaditas, mirada cristalina, que rebosa simpatía, y notas que los colmillos superiores se te empiezan a clavar en el labio inferior. Y piensas… ¿Seré tan zorra como para que me ponga este impúber que nació mientras yo hacía la selectividad? PUES SÍ, LO ERES.

El segundo pensamiento es… con todas las impúberes guapetonas, simpáticas y de carnes apretadas que hay por aquí, ¿este yogurín me preferirá a mí? PUES TAMBIÉN.

Y todo encaja como un puzzle sideral: a ti te mola su frescura, su alegría, su despreocupación, el entusiasmo por la vida en general y por fornicarte en particular.

Y a él le molas tú, AQUÍ Y AHORA.

Al veinteañero le dan igual tu edad, tus ex, tus traumas, si tienes hijos o si quieres tenerlos, si tu curro es mejor que el suyo (probable ya que él curra hace 6 meses aprox).

El veinteañero te dirá qué guapa estás hoy o se quedará a dormir sin miedo a que le propongas matrimonio, pero no se ofenderá si le pides que se vaya. No le buscará significados ocultos a tus palabras ni los encerrará en las suyas. No ha aprendido a manipular.

No se aferrará a algo que se ha podrido porque no tiene ese ridículo miedo a “quedarse solo para siempre”. Y saber que el que tienes al lado (o debajo, o encima) está ahí porque le parece la mejor de sus cientos de opciones, es taaaaaaaaaaan afrodisíaco…

Las cuarentonas y los veinteañeros nos encontramos en un precioso limbo en el que:

A los 20 aún no filtran.

A los 40 ya te cansaste de pensar antes de hablar.

A los 20 no se atan a nadie para que les transmita tranquilidad porque estar tranquilo es lo último que quieren.

A los 40 tienes claro que la tranquilidad, o te la das tú misma, o no hay Cristo que te la dé.

A los 20 no tienen edad para compromisos.

A los 40 tu compromiso es contigo misma.

A los 20 solo quieren pasarlo bien.

A los 40 ya has tocado fondo, ahora empieza el festival.

A los 20 aún no llevan mochila.

A los 40 la estás vaciando.

A los 20 se enamoran cada día, varias veces.

A los 40 también, sobretodo de ti misma.

Ni que decir tiene que, además, el veinteañero está BUENORRO DE COJONES. Que los hay de 40 que están estupendos, por supuesto. Pero ¿cuántos hay que no lo están y eran unos Adonis hace 20 años?

La estadística me avala.

Algun@s detractores de esta tendencia dirán que al veinteañero le falta experiencia sexual.

Mi experiencia… (Dios quiera que mis padres no me lean) Y UNA MIERDA.

El veinteañero se ha criado en la era digital, con un sinfín de estímulos para nosotros desconocidos hasta la treintena y, al igual que las generaciones venideras tendrán los pulgares más desarrollados, los veinteañeros actuales han aprendido, no sé muy bien cómo, a fornicar como los ángeles.

En resumen, que me alegra mucho esta tendencia, como cualquier otra que tenga que ver con pasarlo bien, olvidar complejos, eliminar usos sociales absurdos y, sobretodo, darle alegría a este cuerpo, MACARENA.

   

12 razones por las que adoro Nueva York

12 razones por las que adoro Nueva York

12 razones por las que adoro Nueva York

Se acerca el (horrible) momento de abandonar Nueva York, el lugar que me ha adoptado durante varias semanas. Por motivos que ya os contaré, este tiempo que he pasado aquí marca un punto de inflexión en mi vida. Qué menos que rendirle un homenaje recordando solo unas pocas de las muchas razones por las que adoro esta ciudad que tantos regalos me hace cada día.

  1. Hay gente de todos los colores. No me siento extranjera porque aquí conviven todas las razas e idiomas del mundo. Si te plantaran en medio de Nueva York sin decirte en qué país estás, nunca lo adivinarías.
  2. Es la ciudad que nunca duerme, LITERALMENTE. Eso, que para algunos pudiera resultar agobiante, a mí me encanta. Los insomnes nos sentimos acompañados en una ciudad también insomne. A las seis de la mañana, Central Park está lleno de gente corriendo o paseando a su perro, puedes ir al supermercado a las tres de la mañana, Starbucks abre a las cinco…
  3. Es una ciudad “caminable”. Si algo tengo claro a mis cuarenta y tres palos, es que NO me gustan los lugares donde el coche es imprescindible. Ya viví un año en un infierno como ese Y NUNCA MÁS. Puedes patearte Manhattan de arriba a abajo sin problema y trasladarte al resto de Nueva York en transporte público. Maravilla.
  4. En los lugares donde se camina por la calle, la gente es más sociable. El hecho de cruzarte cada día con tantos humanos, te abre la sesera. No es raro que, sin conocerte de nada, un desconocido te hable. No sé si le pasa al resto, pero a mí me alaban los ropajes. Este verano le ha tocado a mi falda vaquera de Zara. Las chicas me dicen lo bonita que es y dónde la he comprado. Hace dos inviernos le tocó a mi bufanda blanca y plateada, hace tres a mi abrigo rojo…
  5. Nueva York está diseñada para que los transeúntes la disfruten. Me encantan esas fuentes de los parques infantiles donde los niños juegan y se empapan en verano. No sé por qué no les copian en Madrid, me darían la vida. El tema de las mesas y sillas situadas por medio Manhattan para que cada uno las use como mejor le convenga es otro puntazo.
  6. Que sí, que ya lo sé, que aquí los camareros viven de las propinas y por eso son tan amables, pero joder, da gusto que te traten bien. Lo mismo en las tiendas: no te miran mal porque vayas en mochila y chanclas, es más, hasta te saludan sonrientes cosa que, quieras que no, se agradece MUCHO.
  7. Central Park. Sí, quizás a algunos les parezca ridículo pero el parque es, para mí, parte esencial de mi amor por Nueva York y esto no ha hecho más que crecer durante las últimas semanas. Él ha sido mi compañero cada mañana y muchas tardes. No hay mejor ansiolítico que mirar ese Reservoir o plantarme en el mirador frente a mi Bow Bridge. Algo kármico me une a esta selva urbana.
  8. Los musicales. Para una majara de la música, el cine y el teatro como yo, Broadway es el paraíso terrenal. No solo disfruto la obra mientras la estoy viendo, sino que me quedo atontolinada toda la semana siguiente. Esta vez, el descubrimiento ha sido “Kinky Boots”, aún sueño con Lola, la/el protagonista. Desde que la vi, solo quiero ser una Drag Queen negra.
  9. Los muffins (o mega magdalenones) de Magnolia Bakery. Yo era fan de los de plátano y nueces pero ahora muero por los de manzana y arándanos. Todo muy sano y frutal. Nada de azúcar, noooooooooooooo. Ya que estamos con el tema gastronómico, qué vivan las albóndigas de Crafbar. Y los huevos Benedict de Sarabeths´s. Y la carne de Gaonnuri. Y…. Y ASÍ ME HE PUESTO DE ORONDA.
  10. Los tíos buenos. Esto no es normal, chiquis. Venir en verano a esta ciudad es un no parar de ver cuerpos fibrados por doquier. El otro día casi infarto en el supermercado, más concretamente en la sección de frutería: había un pedazo de bigardo con camiseta de tirantes, brazos indescriptibles, altura aproximada de 1.90, morenazo, con unos morros… A mí, porque se me ha muerto aquello , que si no, abuso de él sobre las zanahorias y los puerros. En el parque, ni os cuento… Ahora con el calorazo, corren sin camiseta. NO DIGO MÁS.
  11. Podría dar mil motivos y ninguno sería aquel por el que siento que aquí, soy más yo que en ningún sitio. Aquí soy capaz de reflexionar sin prisas, de inspirarme, de escribir a chorros. Aquí los sentidos se me disparan tal cual fuera Spiderman. Veo más, oigo más. Quizás fui neoyorquina en otra vida, o puede que mi amor por los superhéroes me arrastre a este enamoramiento infantil o, a lo mejor es que un culo de mal asiento como el mío es feliz en una ciudad donde sentarte, te sientas poquito.
  12. Por último, lo más importante: MIS AMIGAS. Esas golondrinas que emigraron hace años a este lugar tan fabuloso como caótico constituyen el 90% de mi debilidad por estos rascacielos.

Cuando en pocos días, esté sumergida en mi vida real, lo que más recordaré de este viaje, sin duda, será mi tiempo con ELLAS: nuestras risas, esas charlas interminables a la puerta del metro, los picnics tiradas en la hierba de Bryant Park, las caminatas por medio Manhattan, las pizzas en caja de cartón frente al Flatiron Building, las velas encendidas en Saint Patrick´s, aquella azotea donde me mangaron la visa, los mapaches que nos acechaban en Central Park.

Que lo sepáis: ese par de maravillas son las grandes culpables de que yo esté escribiendo estas líneas.
Y aún mejor, de las que me quedan por escribir.
carrie