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Autor: lasclavesdesol

Me llamo Sol, nací en el 73, tengo dos hijos adolescentes y ahora mismo soy coach, escritora y ponente en temas relacionados con el autoconocimiento y el desarrollo personal. Me encanta mi profesión y me encanta mi vida, pero hasta hace ocho años el panorama era bastante diferente: trabajaba en marketing y vivía inmersa en el bloqueo, el desasosiego y el agotamiento. Me sentía totalmente perdida. La empresa y la maternidad se tragaban toda mi energía y no sabía por dónde empezar para salir de esa situación, así que permanecía inmóvil, dejando que el estrés campara por mi cuerpo a sus anchas, con todo lo que ello conlleva: lumbalgias, anginas, herpes,… Hasta que, aún no recuerdo muy bien cómo, reuní fuerzas y decidí decidir. Y desaprender para aprender. Y formularme preguntas muy incómodas. Y respondérmelas. Seguí un proceso de coaching, empecé a investigar cómo funciona el cerebro humano en general y el mío en particular. Me formé como coach, como Practitioner en PNL. Me convertí en mi propio conejillo de Indias y aquí estoy, sintiéndome capaz, libre y plena. Por fin. En este programa voy a compartir contigo, a través de ejemplos del día a día, pautas claras y muchos ejercicios prácticos, todo lo que he aprendido durante estos años y que ha borrado de mi vida la parálisis y la insatisfacción. Todo lo que me ha llevado a la expansión, a priorizarme, a cuidarme, a saberme suficiente, a sentirme alineada con mis decisiones y con mis acciones. A que me pase lo que quiero que me pase.

Cuarentonas y veinteañeros, una tendencia que mola (MUCHO)

cuarentonas y veinteañeros

No voy a contar nada nuevo, el tener amantes, novios parejas ostensiblemente más jóvenes, ya no es territorio exclusivamente masculino. Gloria al cielo, ALELUYA.

Un día una noche conoces a un yogurín de 20 y tantos, guapetón, de carnes apretaditas, mirada cristalina, que rebosa simpatía, y notas que los colmillos superiores se te empiezan a clavar en el labio inferior. Y piensas… ¿Seré tan zorra como para que me ponga este impúber que nació mientras yo hacía la selectividad? PUES SÍ, LO ERES.

El segundo pensamiento es… con todas las impúberes guapetonas, simpáticas y de carnes apretadas que hay por aquí, ¿este yogurín me preferirá a mí? PUES TAMBIÉN.

Y todo encaja como un puzzle sideral: a ti te mola su frescura, su alegría, su despreocupación, el entusiasmo por la vida en general y por fornicarte en particular.

Y a él le molas tú, AQUÍ Y AHORA.

Al veinteañero le dan igual tu edad, tus ex, tus traumas, si tienes hijos o si quieres tenerlos, si tu curro es mejor que el suyo (probable ya que él curra hace 6 meses aprox).

El veinteañero te dirá qué guapa estás hoy o se quedará a dormir sin miedo a que le propongas matrimonio, pero no se ofenderá si le pides que se vaya. No le buscará significados ocultos a tus palabras ni los encerrará en las suyas. No ha aprendido a manipular.

No se aferrará a algo que se ha podrido porque no tiene ese ridículo miedo a “quedarse solo para siempre”. Y saber que el que tienes al lado (o debajo, o encima) está ahí porque le parece la mejor de sus cientos de opciones, es taaaaaaaaaaan afrodisíaco…

Las cuarentonas y los veinteañeros nos encontramos en un precioso limbo en el que:

A los 20 aún no filtran.

A los 40 ya te cansaste de pensar antes de hablar.

A los 20 no se atan a nadie para que les transmita tranquilidad porque estar tranquilo es lo último que quieren.

A los 40 tienes claro que la tranquilidad, o te la das tú misma, o no hay Cristo que te la dé.

A los 20 no tienen edad para compromisos.

A los 40 tu compromiso es contigo misma.

A los 20 solo quieren pasarlo bien.

A los 40 ya has tocado fondo, ahora empieza el festival.

A los 20 aún no llevan mochila.

A los 40 la estás vaciando.

A los 20 se enamoran cada día, varias veces.

A los 40 también, sobretodo de ti misma.

Ni que decir tiene que, además, el veinteañero está BUENORRO DE COJONES. Que los hay de 40 que están estupendos, por supuesto. Pero ¿cuántos hay que no lo están y eran unos Adonis hace 20 años?

La estadística me avala.

Algun@s detractores de esta tendencia dirán que al veinteañero le falta experiencia sexual.

Mi experiencia… (Dios quiera que mis padres no me lean) Y UNA MIERDA.

El veinteañero se ha criado en la era digital, con un sinfín de estímulos para nosotros desconocidos hasta la treintena y, al igual que las generaciones venideras tendrán los pulgares más desarrollados, los veinteañeros actuales han aprendido, no sé muy bien cómo, a fornicar como los ángeles.

En resumen, que me alegra mucho esta tendencia, como cualquier otra que tenga que ver con pasarlo bien, olvidar complejos, eliminar usos sociales absurdos y, sobretodo, darle alegría a este cuerpo, MACARENA.

   

12 razones por las que adoro Nueva York

12 razones por las que adoro Nueva York

12 razones por las que adoro Nueva York

Se acerca el (horrible) momento de abandonar Nueva York, el lugar que me ha adoptado durante varias semanas. Por motivos que ya os contaré, este tiempo que he pasado aquí marca un punto de inflexión en mi vida. Qué menos que rendirle un homenaje recordando solo unas pocas de las muchas razones por las que adoro esta ciudad que tantos regalos me hace cada día.

  1. Hay gente de todos los colores. No me siento extranjera porque aquí conviven todas las razas e idiomas del mundo. Si te plantaran en medio de Nueva York sin decirte en qué país estás, nunca lo adivinarías.
  2. Es la ciudad que nunca duerme, LITERALMENTE. Eso, que para algunos pudiera resultar agobiante, a mí me encanta. Los insomnes nos sentimos acompañados en una ciudad también insomne. A las seis de la mañana, Central Park está lleno de gente corriendo o paseando a su perro, puedes ir al supermercado a las tres de la mañana, Starbucks abre a las cinco…
  3. Es una ciudad «caminable». Si algo tengo claro a mis cuarenta y tres palos, es que NO me gustan los lugares donde el coche es imprescindible. Ya viví un año en un infierno como ese Y NUNCA MÁS. Puedes patearte Manhattan de arriba a abajo sin problema y trasladarte al resto de Nueva York en transporte público. Maravilla.
  4. En los lugares donde se camina por la calle, la gente es más sociable. El hecho de cruzarte cada día con tantos humanos, te abre la sesera. No es raro que, sin conocerte de nada, un desconocido te hable. No sé si le pasa al resto, pero a mí me alaban los ropajes. Este verano le ha tocado a mi falda vaquera de Zara. Las chicas me dicen lo bonita que es y dónde la he comprado. Hace dos inviernos le tocó a mi bufanda blanca y plateada, hace tres a mi abrigo rojo…
  5. Nueva York está diseñada para que los transeúntes la disfruten. Me encantan esas fuentes de los parques infantiles donde los niños juegan y se empapan en verano. No sé por qué no les copian en Madrid, me darían la vida. El tema de las mesas y sillas situadas por medio Manhattan para que cada uno las use como mejor le convenga es otro puntazo.
  6. Que sí, que ya lo sé, que aquí los camareros viven de las propinas y por eso son tan amables, pero joder, da gusto que te traten bien. Lo mismo en las tiendas: no te miran mal porque vayas en mochila y chanclas, es más, hasta te saludan sonrientes cosa que, quieras que no, se agradece MUCHO.
  7. Central Park. Sí, quizás a algunos les parezca ridículo pero el parque es, para mí, parte esencial de mi amor por Nueva York y esto no ha hecho más que crecer durante las últimas semanas. Él ha sido mi compañero cada mañana y muchas tardes. No hay mejor ansiolítico que mirar ese Reservoir o plantarme en el mirador frente a mi Bow Bridge. Algo kármico me une a esta selva urbana.
  8. Los musicales. Para una majara de la música, el cine y el teatro como yo, Broadway es el paraíso terrenal. No solo disfruto la obra mientras la estoy viendo, sino que me quedo atontolinada toda la semana siguiente. Esta vez, el descubrimiento ha sido «Kinky Boots», aún sueño con Lola, la/el protagonista. Desde que la vi, solo quiero ser una Drag Queen negra.
  9. Los muffins (o mega magdalenones) de Magnolia Bakery. Yo era fan de los de plátano y nueces pero ahora muero por los de manzana y arándanos. Todo muy sano y frutal. Nada de azúcar, noooooooooooooo. Ya que estamos con el tema gastronómico, qué vivan las albóndigas de Crafbar. Y los huevos Benedict de Sarabeths´s. Y la carne de Gaonnuri. Y…. Y ASÍ ME HE PUESTO DE ORONDA.
  10. Los tíos buenos. Esto no es normal, chiquis. Venir en verano a esta ciudad es un no parar de ver cuerpos fibrados por doquier. El otro día casi infarto en el supermercado, más concretamente en la sección de frutería: había un pedazo de bigardo con camiseta de tirantes, brazos indescriptibles, altura aproximada de 1.90, morenazo, con unos morros… A mí, porque se me ha muerto aquello , que si no, abuso de él sobre las zanahorias y los puerros. En el parque, ni os cuento… Ahora con el calorazo, corren sin camiseta. NO DIGO MÁS.
  11. Podría dar mil motivos y ninguno sería aquel por el que siento que aquí, soy más yo que en ningún sitio. Aquí soy capaz de reflexionar sin prisas, de inspirarme, de escribir a chorros. Aquí los sentidos se me disparan tal cual fuera Spiderman. Veo más, oigo más. Quizás fui neoyorquina en otra vida, o puede que mi amor por los superhéroes me arrastre a este enamoramiento infantil o, a lo mejor es que un culo de mal asiento como el mío es feliz en una ciudad donde sentarte, te sientas poquito.
  12. Por último, lo más importante: MIS AMIGAS. Esas golondrinas que emigraron hace años a este lugar tan fabuloso como caótico constituyen el 90% de mi debilidad por estos rascacielos.

Cuando en pocos días, esté sumergida en mi vida real, lo que más recordaré de este viaje, sin duda, será mi tiempo con ELLAS: nuestras risas, esas charlas interminables a la puerta del metro, los picnics tiradas en la hierba de Bryant Park, las caminatas por medio Manhattan, las pizzas en caja de cartón frente al Flatiron Building, las velas encendidas en Saint Patrick´s, aquella azotea donde me mangaron la visa, los mapaches que nos acechaban en Central Park.

Que lo sepáis: ese par de maravillas son las grandes culpables de que yo esté escribiendo estas líneas.
Y aún mejor, de las que me quedan por escribir.
carrie
Las rachas sexuales

Las rachas sexuales (de no me como un torrao al empacho total)

Las rachas sexuales

La sequía te azota, no echas un kiki desde que nevó en Málaga, no hay ni la más mínima pista de cuando vas a tener actividad sexual, ni asomo de un puto WhatsApp erótico-festivo. Ante ti se abre un agujero negro de diámetro inversamente proporcional al de tu chirri.

La enorme NADA que perseguía a Atreyu en la Historia Interminable, es pequeña comparada con lo que ves ante tí.

Y no eres solo tú. Tus amigas están igual, lo que significa que no es que tú estés haciendo algo mal y tengas que cambiar tu estrategia de marketing, sino que el mercado está MUY JODIDO. Hay mucha más demanda que oferta y ante eso no hay nada que puedas hacer, aparte de esperar a que ocurra el milagro.

Así pasan los días, las semanas, los meses… Hasta que por casualidad y sin haberlo planeado, algún alma caritativa se apiada y te pone mirando a Cuenca. MILAGRO. Mientras estás en ello no te lo puedes creer. Si no fuera porque las embestidas lo impiden, pensarías que estás soñando. Disfrutas el momento como si no hubiera un mañana, porque realmente no lo hay. Mañana SEGURO que no follas. Sabes que no lo harás porque cuando la hipótesis se repite hasta la saciedad, se convierte en teoría y, en tu caso, la teoría dice que tú nunca follas, Y PUNTO. Esto que está pasando hoy es la excepción que confirma la regla, NADA MÁS.
El kiki termina y, tras agradecerle a todos los santos de la fornicación que hayan decidido bendecirte, contárselo a tus amigas para que se unan a ti en el canto del Aleluya y llamar al ayuntamiento para que te dedique unos fuegos artificiales, te entregas again a la inactividad coñil por tiempo indeterminado.
Pero no.

De repente, aquel del que no sabías nada hace milenios te manda un mensajoide picantón, conoces a un jamelgo el sábado por la noche y el farmacéutico buenorro te lanza miradas lascivas. Y FOLLAS OTRA VEZ.

madonna

Un hecho sin precedentes, al menos que tú recuerdes. Te planteas varias teorías: las endorfinas te han puesto más guapetona y ellos lo notan, o quizás los astros se han alineado por segunda vez en 50 años o puede que en el fondo seamos animalitos que huelen los fluidos de otros animalitos y se nos despierta la vena competitiva. Reconozco que soy una firme defensora de esta última. Cuando hueles a chirri usado, lo quieren usar más.

Entras en una espiral fornicativa que te tiene exhausta pero no descansas porque no sabes cuando aparecerá otra racha de tal calibre. No puedes rechazar ninguna propuesta porque hay que acumular provisiones para la próxima hambruna. Estás ante un buffet libre y en cualquier momento te llevan a “Supervivientes”. NO PUEDES PARAR.

Pero llega un momento en el que tu cuerpo ya no resiste más. Coordinar todo esto requiere de un esfuerzo al que tú no estás acostumbrada. Los whatssapps se te acumulan y temes mezclar nombres. Atender a tu público significa dormir poco y llevas arrastrándote semanas. Hay que eliminar algún jugador y, tras arduas negociaciones contigo misma, le comunicas a uno de tus contrincantes que estás muy liada y que si eso ya os véis otro día. Y ESO ES EL PRINCIPIO DEL FIN. No sabes cómo, aquello se desmorona como un castillo de naipes.

A la semana siguiente, otro de los participantes de tu Monopoly sexual será el que te dará largas porque “tiene un pico de trabajo” y a la siguiente, el que te quedaba y al que te aferras cual rabo clavo ardiendo, desaparecerá paramás nunca volver. Ya no hueles a fluido ajeno.

Y volvemos a empezar…

Me siento culpable

Me siento culpable (y así todo el rato).

Ayer escuché en el vestuario del gimnasio una conversación entre dos mujeres de unos cincuenta y pico. Una le contaba a la otra que estaba encantada con su novio, que era bastante más joven que ella. Toda ilusionada decía que era muy feliz y, entre risitas nerviosas, presumía de que el sexo era celestial. Tras ese relato lleno de intimidades y alegrías, la mujer se justificó añadiendo «pero es que yo lo he pasado muy mal, NO TE CREAS».

Yo, que las oía sin verlas, estuve por asomarme entre las taquillas y aclararle a aquella señora que el sufrimiento anterior no era conditio sine qua non para sentirse tan bien ahora, que esos rollos sobre los castigos y los premios divinos no son más que una gran farsa que nos han metido entre pechos y espalda desde la niñez y que nos han programado para creer que nos merecemos lo malo pero nunca lo bueno.

No puedo evitar acordarme de aquella preciosa oración que rezábamos en mi colegio de monjas (sí, he dicho MONJAS. Así he salido…):

«Yo confieso ante Dios Todopoderoso, y ante ustedes hermanos que he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión.

Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa.

Por eso ruego a Santa María siempre Virgen, a los ángeles, a los santos y a ustedes hermanos, que intercedan por mí ante Dios, Nuestro Señor. Amén».

Ahí estábamos, a los 6 añitos canturreando semejante salvajada. Y claro, ASÍ NOS VA.

Ojito, que hasta tener la regla es culpa de alguien. Hay rumores según los que la menstruación es el castigo que heredamos de Eva, que fue una zorra pecadora que tentó a Adán (atontao perdido) y con ello jodió a la humanidad pa los restos. Así que los cólicos, las hemorragias y el dolor de tetas no son consecuencia de un proceso fisiológico, NO. Tenemos la regla porque nuestra tataratataratataatabuela fue un putón que sedujo a nuestro inocente tataratatataratatatarabuelo para chingar como cosacos.

adán y eva
Eva tentando (la muy perra).

Lo de «parirás con dolor» ya no voy ni a comentarlo. Culpa de la cerda de Eva también. Como si fuera posible sacar un Nenuco por el jilguero sin notarlo…

Y es que vamos por la vida pidiendo perdón:

  • Si sacas buenas notas lo justificas diciendo que «han preguntado lo que había estudiado» o «se habrán equivocado». Qué vergüenza ser inteligente y/o responsable, por Dios.
  • Si te dicen que estás guapa, en lugar de dar las gracias y creértelo, será porque te has maquillado mucho o es que «me miras con buenos ojos».
  • Si te tachan de buena madre pensarás que la cagas constantemente pero que nadie lo ha notado.
  • Si te felicitan por tu blog es porque tus amigos te quieren mucho y no te van a decir lo que piensan. Por supuesto, si te lo dice un tío es señal inequívoca de que quiere empotrarte.

Pero ¿por qué coño nos cuesta tanto reconocer que somos la hostia? 

Nos sentimos culpables por ser guapos, listos, por ganar pasta, por tener un buen curro, por irnos de vacaciones, por follarnos a alguien maravilloso, por dormir 12 horas, por pasarnos un domingo en el sofá, por hacer pizza precongelada para cenar, por comer sin engordar,…

 

Nos educan para no ser libres. Todo en la vida han de ser derechos y obligaciones. No debes recibir nada a cambio de nada.

Nos manipulan para creer que los demás tienen poder sobre nuestra vida y nosotros sobre la vida de los demás. Sentimos que somos culpables de la felicidad o la infelicidad ajena, pero nunca pocas veces de la nuestra. Desde pequeñitos nos sueltan barbaries tales como «me pones de los nervios» o «me he enfadado por tu culpa». ¿Te has planteado que lo que a ti te pone nervioso igual eres tú mismo y que quizás deberías centrarte en controlarte a ti y dejarme en paz a mí?

En fin, que aquí servidora es la primera a la que la culpa aplasta: por no currar más horas, por no estar más delgada, por leer menos de lo que debería, porque hoy no he llamado a mi madre y ayer no duché a mis hijos.

Mis monjitas me dirían que no me merezco mis vacaciones, tener amigos tan estupendos, estas tetas que no se caen, esa ex-pareja que me adora, que gente tan lista quiera escribir conmigo, lo bien que me lo paso en el karaoke, el polvazo del martes…

Nunca he sufrido muchisísimo. No he cumplido mi penitencia.

Quizás me toque pagar a posteriori. Hostias, QUÉ MIEDITO.

Como no sé cuando empezará el martirio, decido que hoy seré libre. Así que de momento disfrutaré de este Nueva York maravilloso en el que me hallo, desayunaré una tostada carísima en Sarabeth´s, pasearé por mi Central Park, esta noche cenaré con mis amigas, reiremos hasta hacernos pis y esperaré con paciencia (pero sin culpa) el castigo divino que me merezco por tanta felicidad. AMÉN.

Tú eres un soltero de oro y yo una fracasada en el amor

Tú eres un soltero de oro y yo una fracasada en el amor (o machismo a raudales)

Tú eres un soltero de oro y yo una fracasada en el amor

Estoy hasta el mismísimo jilguero de tanta tontería.

Abro las revistas de cotilleo (sí, las leo. QUÉ PASA) y mientras George Clooney lo deja con la enésima novia porque es superfeliz con su libertad y disfruta repartiendo pollazos por el mundo (sí, vale, ahora se ha casado pero antes iba a lo loco), Leonardo di Caprio se pasea con la última rubia de Victoria´s Secret y el tío es un fucker, un soltero de oro, la envidia de la humanidad masculina.

Podrían casarse pero no quieren. Lo que les va es tirarse a tías buenérrrimas y cuando la cosa empieza a aburrir pues cambian. LO NORMAL, VAMOS.

Pero cuando eso le pasa a una tía, el enfoque es otro bien distinto: Jennifer Aniston no se casa y es una pobre desgraciada esperando ansiosa el anillo que nunca llega, Chenoa lo deja con su último novio y es una fracasada en el amor que va llorando por las esquinas (por más que salga estupendísima y descojonada de la risa en todas las fotos).

Mucha gilipollez suelta por ahí.

La segunda parte de tanto machismo disimulado es el tema de la diferencia de edad. Lo normal es que los hombres, si pueden elegir (sea por pasta, poder, físico o encanto desmesurado) se vayan con jamelgas jóvenes de carnes apretadas (nos han jodido…) y again, se alabará su suerte y serán unos grandes, unos champions, unos cracks. Pero cuando Madonna, Demi Moore o Jennifer López hacen lo mismo, son unas desubicadas, unas pobres desequilibradas de las que los jóvenes buenorros se aprovechan. Claro, lo que tocaría es ser una madre de familia que echa un kiki los sábados por la noche y no una tía buena que mira a Cuenca 7 días por semana de la mano de un macho escandalosamente sexy.

Yo me imagino a ese Casper, con esos oblicuos, ese ritmo, esa cara de depravado… y le diría que ni de coña me enrollo con él, porque de mí NO SE APROVECHA NADIE y menos si es un puto Dios del sexo, con una fuerza desmesurada y un pene del tamaño de la torre Eiffel. 

atar

Me he encendido, lo reconozco y me ha parecido adecuado empezar el domingo con un poco de reivindicación de fémina en la cuarentena.

Hago un llamamiento a los hombres y mujeres machistas del mundo y os informo de unas cositas que deberíais saber:

  1. Nos gustan los cuerpos tersos y vigorosos a machos y hembras por igual.
  2. A todos algunos nos gusta fornicar con los cuerpos del punto 1.
  3. Cuando por lo que fuera o fuese, una relación se termina, el fracaso no consiste en pasar página sino en aferrarse en algo que ya no tiene sentido. Y ESTO SE APLICA A TODOS LOS GÉNEROS.
  4. La edad es un número y, como tal, ni se acorta ni se alarga. Los mismos 20 años se llevan Madonna y sus novios que George Clooney y sus chatis.
  5. A mis 42 palos me gustan los tíos buenos, las tabletas, las espaldas musculosas, los culos bien puestos y me da igual si tienen 20, 30, 40 o 140.
  6. Hay solteros de oro, de plata y de mierda.
  7. Hay solteras de oro, de plata y de mierda.
  8. Hay noviazgos de oro y noviazgos de mierda
  9. Hay matrimonios de oro y matrimonios de mierda.
  10. Y por último, el metal de tu medalla (que solo a ti te importa) depende de vivir cómo y con quien te dé la gana y no de tu género o de tu estado civil.
   
Vivir para escribir

Vivir para escribir

Lo reconozco, muero de amor cuando alguien que me lee se ríe con mis barbaries, comenta con las amigas, comparte mis conclusiones majaras sobres la menopausia, la madurez o la maternidad y luego me lo cuenta. En los últimos días eso ha pasado varias veces y hoy cuando por fin me siento ante este teclado, con la pantalla en blanco y dispuesta a elucubrar sobre «Cómo follar en un idioma extranjero», «Estoy hasta las pelotas del verano» o «La crisis de los 40 (o se me caen las carnes que no es normal)», me doy cuenta de que HOY NO ES EL DÍA. Hoy os voy a contar POR QUÉ ESCRIBO. Escribía de niña, de adolescente, y después de un tiempo sin hacerlo, empujada por mis maravillosas amigas lo retomé en un blog que me hace inmensamente feliz. Escribo porque no conozco otra manera de darle forma a esto que me escuece en el estómago y sale hacia mi garganta, mis ojos, mis dedos; escribo para desahogarme, para reirme, para llorar; escribo cosas que no me atrevo a decir o que quiero gritar en tu cara; escribo para hacer homenajes hasta ahora silenciosos; ESCRIBO PORQUE NO PUEDO NO ESCRIBIR. Tampoco puedo dejar de leer. Allende, Machado, Bécquer, Valdés, Ende, Gala, Hosseini… me salvaron del aburrimiento de la hija única y ahora de la soledad monoparental. Neruda se me clavó con su poema número 20 y ahí sigue: «Puedo escribir los versos más tristes esta noche…» y lo vuelvo a leer y es como mirar la foto de un viejo amante; conoces sus recovecos, recuerdas su olor, su sabor… Me gustan las palabras, respirarlas, masticarlas. Me asomo sobre ellas y me cuentan cosas que su forma no dice. Huelo lo que leo y también lo que escribo. De adolescente escribía poemas. Quién me ha visto y quien me ve, ahora asalvajada perdida… Solo Mario los leía. Él fue mi único primer novio, «en las noches como ésta le tuve entre mis brazos. Le besé tantas veces bajo el cielo infinito…». Y pasados los años, los novios, las mujeres, los hijos, las canas… sigue queriéndome leyéndome. A veces pienso que escribir es la única manera de volver a la niña que él quiso y que yo enterré bajo capas de acidez, cinismo y mala hostia. Mario y mis textos son lo único que tienen en común Aquella de entonces y Esta de ahora. Escribo porque me da vergüenza exponerme pero me niego a vivir bajo la cáscara. Y por eso escribiría sin nadie que me leyera y escribo a pesar de que me leéis. GRACIAS.