Ir al contenido principal

325 gilipolleces que me hacen feliz (sí, también en cuarentena).

301. Quedarme viendo “Chicago Fire”, en Prime Video, hasta las mil. Nunca un bombero fue tan guapo como Kelly Severide. Hay bellezas demasiado impresionantes como para ser comprendidas. Lady Gaga lo tuvo a su vera durante cinco años, nunca fue tonta ella.

302. Las torrijas de Balbisiana. Las encargo para que me lleguen los sábados. Para que mis niños y yo sintamos que el fin de semana se diferencian del resto de días uniformes de esta cuarentena.

 

303. Leer las revistas de moda, ilusionarme viendo unas gafas imposibles, planear viajes a todas esas ciudades que nombran. Abstraerme de obligaciones y responsabilidades. Dedicarme un rato a mí porque sí.

304. Apagar el móvil, porque el ansia de conexión me desconecta y a mí eso no me gusta.

305. El último libro que me he leído “El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes”. Cuando lo terminé pensé que no debía escrbir más. Qué chorreo de talento, de sensibilidad, de valentía. Leedlo.

306. Los tomates raf. Me enviaron una caja desde soloraf.es y, si así saben los tomates, yo no me había comido un tomate en mi vida. Me los tomo para desayunar, para merendar. Con aceite y sal, con burrata, con nada.

307. La pandemia me está convirtiendo en una señora británica. Las ansias por rodearme de belleza me han llevado a comprar una tetera, una lechera, una huevera, un salero y una taza todas blancas con filo plata. NO me caben las tazas en casa. Cómo disfruto hacíendome un huevo pasado por agua que, milagrosamente, me sale perfecto desde el primer día. Untar pan del bueno en esa yema brillante, sorber té, respirar.

308. Comer a deshoras, comer alimentos sabrosos: queso con uvas, cecina de la buena, pan con tomate y jamón. Desde que recuperé el gusto no desperdicio la ocasión. Creo que lo único a lo que antes no le daba demasiada importancia y ahora sí es a saborear sin mesura.

309. Mis rituales nocturnos: acostar a los niños, ducharme con aceites que huelen a gloria, abrigarme, salir a la terraza, contemplar el silencio de mi plaza de Olavide. Estar conmigo, por fin.

310. Hacer deporte, quién me lo iba a decir a mí. Desde que, con Reto48, conseguí que se convirtiera en un hábito, no hay día en que no menee este cuerpo serrano.

311. Planear mi nueva cocina, que va a ser bonita a más no poder. Miro en Pinterest, en Instagram, por todas partes. Cambio de idea: del blanco al gris antracita, el horno arriba o abajo, con isla o sin isla.

312. Los memes cuarentenos. Me muero de la risa. Me sorprende y me fascina lo ocurrente que es alguna gente.

313. Los días soleados, que no están abundando demasiado. Nunca me han molestado los días nublados, pero ahora mismo, sentarme en mi balconcito de buena mañana y notar el calorcito del sol de abril y mayo se me antoja como un placer incomparable.

314. Las croquetas, porque he aprendido a hacerlas y me salen bestialmente buenas. De nuevo, al recuperar el sentido del gusto se me antojaron las croquetas de mi madre. Jamás le he preguntado sobre la receta porque ni me gusta cocinar ni me iban a salir igual de buenas que las suyas. Pero, ay, cómo es la necesidad. Si llego a saber lo sencillito que es, aprendo mucho antes. Tengo un truco estupendo, que es hacer croquetas de medio kilo, para convencerme de que me he comido tres cuando, en realidad, me he zampado nueve.

315. Esta canción.

316. Comprobar que me llevo la mar de bien conmigo misma.

317. Que todo mejore; que haya mucha gente ya curada; que, pese a todo, haya esperanza y solidaridad. La mayoría de la gente es absolutamente maravillosa.

318. Que, desde que dejan pasear a los niños, los adultos los miren como si fueran el Mesías. Sus caminatas son señal de mejoría.

319. Los gritos de los chicos de la frutería de debajo de mi casa. Abren muy temprano, a las ocho y media. Cantan bachata, discuten, se rién con ese salero estupendo que tienen los dominicanos. Me hacen compañía.

320. Comer naranjas dulces que he cortado y colocado en un cuenco bonito. Sí, seguimos con los sabores y con el menaje.

321. Mis nuevas sábanas de flores. Siempre son grises, pero ahora necesito campo.

322. A conjunto con la tetera, un camisón blanco con el que no dormiré pero sí iré a la playa y una bata para estar por casa, blanca también, con bordados. No he llevado bata en mi vida, y menos bonita. Soy de chándal viejuno, pero Laura, de librería Amapolas, me inspira con sus outfits y de aquellos barros estas batas.

323. Que las plantas de la Fabulofi hayan aguantado vivas un mes sin que nadie las haya regado. Pensaba mucho en ellas y en lo triste que me pondría cuando me las encontrara chuchurrías, pero Sofía y Encarna son unas tías de lo más fortachonas.

324. Confiar en que la gente lista y científica del mundo va a encontar tratamiento y vacuna para el bicho.

325. Vosotras, acompañándome siempre. GRACIAS.

       

La cuarentena no cambia nada, lo cambias tú.

Hay quien defiende que, tras la pandemia, seremos otros. Más listos, más motivados, con la prioridades claras a más no poder. Discrepo. Estoy convencida de que hay seres completamente impermeables a los estímulos externos, por devastadores o iluminadores que estos puedan ser. El que no tiene plantada en su sesera la semilla de la ambición, entendiendo esta como el impulso para ser mejor, no va a generar ningún cambio, ni para bien ni para mal.

Cada día,  antes del encierro, la realidad nos abofeteaba y, si entonces nos quedábamos contemplando la vida pasar, tras la cuarentena permaneceremos inertes perdidos. Hay quien es testigo y hay quien es actor, no de pelis, sino de hacer.

Esta situación surrealista sí será catalizador para aquellos que rebosan chispa y que, por unas cosas u otras, no han podido disfrutarla en todo su esplendor. He perdido el tiempo, me he infravalorado, quiero aprender, esto depende de mí y de nadie más, no voy a dejar que otros elijan por mí. Ya sé donde estoy y también hacia adónde voy. Empiezo a caminar y empiezo hoy, que hay mucho que leer, hacer y experimentar fuera de las calles. Podemos decidir mientras nos ducharmos o antes de ir a dormir. Y podemos gestionar lo único gestionable, ahora y siempre: esto que somos.

En otros casos, el confinamiento sirve para reafirmar. Algo va bien cuando echas de menos tu rutina, cuando en las tantas horas que pasas mirando al techo, recuerdas la ilusión de tus mañanas y quieres volver a ellas para hacer más y mejor. Todo está como tiene que estar cuando sientes que, al otro lado de tus muros, hay personas con las que contar e, incluso, cantar. Y aplaudir. Y reír como salvajes con una pantalla de por medio. Si ya celebrábais la vida antes, lo que vendrá va a ser de órdago. Si te agarras a lo conocido porque un día lo elegiste y no se te ocurre que haya nada que te vaya a procurar más felicidad, todo va bien. Porque esto pasará y volveremos a lo que queramos volver: sea el hastío o sea la alegría.

Yo voto por lo segundo, por mi caminata cada mañana hasta mi oficina, por los olores de pastelerías y las floristerías, por mis rituales, que me hacen sentir bien: cuelga el abrigo, hazte el té, abre las ventanas, contempla esos balcones tan luminosos. Quiero seguir caminando las calles de este Madrid que me enamoró desde la primera vez que lo pisé. Y sí, en algún momento de estas tres semanas habría preferido tener un jardín para soltar a mis retoños, pero por nada del mundo, siendo sincera, cambio mi Chamberí del alma por el extraradio. Adoro mi balconcito desde el que hablo con los vecinos y con el frutero de la esquina, al que le gusta mi condición de catalana: bon dia, bona tarda, todos los días.

Voy a seguir escribiendo, porque es lo que me llena y lo sé porque empecé tarde, tras mucho vaciarme buscando en lugares que no me pertenecían. Ahora me pertenece este y, lo más importante, me pertenezco yo. No somos de nadie, aunque a veces nos engañemos. No somos de nuestros padres, ni de nuestras parejas, ni de nuestros hijos. Nosotras como esencia y como eje y, desde ahí, me relaciono con el resto. Pero no me pierdo, no me diluyo. Eso ya pasó. Solidifiquémonos, para que nos empujen, pero no nos tiren. Qué bien va escribir para fijar los cimientos.

Voy a procurarme, en cuanto pueda, la cocina más maravillosa del mundo. Porque lo he ido retrasando y hasta aquí hemos llegado. Porque me la merezco y porque ya la pagaremos, nos quitaremos de otro lado que no sea tran prioritario como tener la casa más bonita que pueda tener. Porque mi casa es preciosa, pero no todo lo que podría, que es una barbaridad y una salvajada. Y yo defiendo el disparo al centro de la diana, tocar el cielo, aspirar al diez. La contención a la mierda como principio vital básico.

Pasaré, si nos dejan, el verano en mi isla, con mis amigas beodas, en mi mar color esmeralda, bailando todas las noches que pueda, comiendo montaditos en Santa Gertrudis, pizzas en Pinocho, arroz a banda en Can Pujol. Me escaparé con mi pandi a Formentera, a bailar con los italianos, leer revistas de cotilleo en la hamaca y morirme de la risa, exactamente igual que los últimos treinta años. Y este año me llevaré hasta allí a muchos amigos, porque voy a compensar la distancia de estos días, porque estamos acumulando mucho abrazo y muchas charlas.

Qué buena ocasión nos está dando la vida para experimentar con nuestros sueños, para practicar eso de vivir cuatro días como si ya hubiéramos tomado una decisión, a ver cómo te sientes. El encierro es un paracaídas para muchos asuntos, aprovechémoslo. Planeemos, fantaseemos, diseñemos una vida ideal y comparémosla con la real. Y trabajemos para que la una se parezca peligrosamente a la otra.

Avanzar

Escribí la columna anterior a esta cuando el cautiverio era inminente. Hoy ando, ordenador sobre rodillas, asomada a un balconcito que es lo más parecido a la terraza de un bar que he encontrado.

He desarrollado un sexto sentido que huele cuando aparece un rayo de sol y me lanzo sin mesura sobre la vitamina D. Cada uno se obsesiona con lo que quiere. O con lo que puede. Yo ansío que me acaricie el sol, mi tocayo, al que normalmente rehúyo y que ahora es lo único que me ancla a una especie de libertad ficticia.

Continúo con la dieta que comence dos días antes del cautiverio; hago una hora de deporte intenso al día (mi otra obsesión del cautiverio es la fabricación de endorfinas); me ducho y me hunto de todas las cremas habidas y por haber; sigo trabajando como si no hubiera un mañana, quizás porque el que vendrá no me entusiasma; me perfumo con esa colección de botes preciosos que me regaló mi amiga Juana, quién habría dicho que servirían para aferrarme a una realidad inexistente; intento, a través de mis redes sociales, acompañar a todas las mujeres que sienten, como yo, la necesidad de avanzar cuando todo está parado. Porque otra de mis obsesiones (esta previa a la reclusión) implica el no desperdiciar el tiempo. Emplearlo en hacerlo todo o en no hacer nada, como consecuencia de la acción, pero no de la reacción. Estar presente y conectada con esto que soy y preguntarme en cada momento qué quiero hacer y hacerlo. No huir, no evadirme. Aburrimiento: vale; aturdimiento: jamás.

Necesito saber que, cuando el cautiverio termine, seré mejor, sabré más, habrá músculo donde antes se hacinaba la grasa. Sentiré orgullo por haber resistido la tentación de los carbohidratos, tendré el coco lleno con todos esos libros que ahora ocupan mi mesita. Chorrearé autoconocimiento y  habré parido una historia que ya está siendo y que necesito vomitar. No hay precedentes, quién sabe si subsiguientes. Cómo contar otro cuento si el cautiverio lo invade todo, cómo sacarle el máximo partido a esto que pasa fuera y que se cuela por todas las rendijas hacia adentro.

Inventar una nueva ilusión para defender mi bandera: vivir, que no sobrevivir. Afilar los sentidos para absorber todos los matices, para no dejarme nada en el tintero y plasmarlos sobre una pantalla que ahora, más que nunca, es una ventana, ya no al mundo, sino a mi único mundo. Aprovechar eso que pocas veces me pasa: las emociones, irrefrenables, desde mi cabeza hacia mi estómago y acabando en los dedos sobre un teclado que es mi desahogo, mi Biblia y mi vida hasta nuevo aviso.

No lo escondo, me siento afortunada: tengo tres balcones, una casa con espacio suficiente para separarme de unos adolescentes que, como diría mi amiga Marieta Orozco, son lo menos parecido a un hijo y una profesión cuya creatividad es medicina en cualquier contexto. Los que escribimos hacemos de esto nuestra manera de respirar, de observar la realidad como una concantenación de historias y, en el centro: la nuestra. Antenas que crecen sobre nuestro entorno y entre nuestras tripas para definirnos, definir y transformar en palabras lo intangible que siempre es mucho pero ahora es más.

Escribir es avanzar. Crear algo donde antes habitaba la nada. Construir, difundir, ensanchar la visión propia y la ajena. Ante la sensación de agobio, qué mejor que aprovechar una herramienta invisible para muchos, pero factible para todos: escribamos. Démosle la vuelta a este calcetín que somos para arrojar sobre el papel lo que se esconde dentro, sea lo que sea.

Aprendernos es siempre la mejor opción.

Ocho truquis para mantener la motivación

Y es que no es fácil tener siempre ganas, mirar directas a la diana de nuestros objetivos y llevar a cabo las acciones para llegar hasta ellos. No tengo un buen día, la meta está demasiado lejos, ya no le veo el qué a eso en lo que me empeñé, etc.

Lo primero sería asegurarnos de que quieres eso que crees que quieres y que lo quieres por las razones correctas (para ti, ojo). Un ejemplo fácil: la dieta a la que te sometes para estar monísima de la muerte (ya sea engordando o adelgazando, que parece que el peso ideal solo se consiga perdiendo). No hay semana que no te la saltes. Quizás, en el fondo, a ti te importe un huevo lo de estar mona o quizás tú te ves divina tal como estás y andas a base de lechuga y/o batidos de proteínas porque tu entorno te ha puesto la cabeza como un bombo.

O puede que quieras ganar o perder esos kilos, pero no por estética, sino por salud y ese cambio de perspectiva sea lo que necesitas para mantenerte firme cual roble. No es el por qué, sino el PARA QUÉ lo que hace que nos movamos en la dirección correcta. Apunta tus para qués y échales un ojo cada día. Será por libretas monas…

Lo segundo, una vez definido el objetivo con detalle, es tener claro que es posible y saber cómo vas a medir que lo has conseguido. Ponte siempre un plazo temporal. No me vale “Voy a crear un blog un día de estos sobre algo de comida”, pero sí “Voy a crear un blog con recetas veganas que se cocinan en diez minutos y va a estar listo en un mes”. Si en un mes tu blog está en la red, listo y preparado para que el planeta lea sobre tu arte culinario, lo has conseguido.

Cuéntale tu objetivo a gente con el mismo criterio que tú, para que te apoyen, te aplaudan y te animen. Te quieres mudar a Londres y has de currar un montón para conseguirlo; qué bien que tu amiga es de las que piensan que viajar es lo mejor del mundo y que si eso es lo que tú quieres, palante. El otro lado de la moneda es alejarte de los aguafiestas, qué pesaos. Ni puñetero caso.

La agenda es la herramienta básica y suprema de la organización y, en muchos casos de la motivación: describe los pasos que te van a llevar desde donde estás hasta donde quieres estar y agéndalos. Si quieres ganar cinco kilos en dos meses quizás tengas que 1) Buscar un nutricionista 2) Buscar un entrenador o un gimnasio 3) Ir al súper 4) Organizarte las comidas 5) Agendar los entrenamientos 6) etc.  Si quieres crear una web decidirás 1) Si lo haces tú y necesitas formación para ello o si pides presupuestos a profesionales 2) Qué textos van a aparecer 3) Si necesitas fotos y de dónde las vas a sacar 3) Qué secciones serán necesarias. En este otro post os di varios tips sobre el arte de agendar como las loquis.

Cada una sabe cómo funciona su cabeza y qué necesita para mantener las ganas: hay quien hace deporte con música hipermarchosa, para así motivarse; quien pega fotos en la nevera de cuando tenía un tipazo; quien pega fotos en la nevera del momento actual, con una forma física horrenda; quien tiene un corcho con fotos que le recuerdan aquello que desea, sea una casa con jardín, hacer yoga cada día o mudarse a París. Todos hacemos lo que hacemos porque el beneficio al conseguirlo es mayor que el coste. Recuérdate el beneficio como sea, tenlo en mente a todas horas.

Una cosa detrás de otra: a veces se nos acumulan los pasos unos encima de otros. Elige uno y termínalo. Olvídate de que están todos los demás. Concentración a tope.

Ten un listado de lo ya hecho. Apuntar cada mínimo logro te empuja a seguir logrando. Si esta semana has conseguido leer una hora al día, ir al gimnasio tres veces, estudiar los cinco temas que te propusiste, organizar las comidas divinamente o quedar con esa amiga a la que tantas ganas tenías de ver, escríbelo y tenlo visible. Has conseguido salir puntual de casa cada día y no has corrido como las locas para llegar al trabajo, has ahorrado, hace dos meses que llevas la manipedi impoluta: APÚNTALO.

Piensa en la persona que serás cuando hayas conseguido eso que deseas: estarás tranquila, orgullosa de ti, con una autoestima acojonante. Date cuenta de que tú eres la única responsable de lo que te pase. Eres poderosa porque tienes el poder de que te pase lo que quieres que te pase. Cuando vengan pensamientos chorras sobre tu posible incapacidad, piensa en qué momento te sentiste así antes. Cuándo alguien te hizo sentir insegura. Eso ya pasó y lo que cuentan los demás tiene que ver con ellos, no contigo. Tatúatelo.

Y, por último, lo primero: te mereces conseguir eso que te has propuesto, vivir con ilusión, sentir que avanzas hacia el lugar que a ti te dé la gana, salir de la rueda de hámster, chorrear autoamor, ser la jefa de tu puñetera vida.

300 gilipolleces que me hacen inmensamente feliz

Porque con las anteriores listas no tengo suficiente. Porque, afortunadamente, cada día hay más.

276. Madrid: las luces de la Gran Vía, las tapas de la Plaza Santa Ana, el karaoke de Mostenses. El camino desde mi casa hasta la Fabulofi, enfrente de ese edificio divino de la SGAE. Ir a ver a Laura a librería Amapolas, comer en el Sr. Ito de la calle Pelayo, oler las flores de “Margarita se llama mi amor”. Observar a la gente, charlando y merendando en “La Duquesita” cuando hace frío en la calle.

277. Esta canción.

278. Ir al cine entre semana, porque sí.

279. Ver Notting Hill por enésima vez.

280. Timothée Chalamet.

281. Los desayunos después de una noche loca, comentando mil jugadas.

282. La conexión con alguien a quien nunca has visto.

283. Renovarse: casas nuevas, olores nuevos, trabajos nuevos, ropa nueva.

284. Salir de noche después de mucho tiempo, los tacones tirados en el sálón a la mañana siguiente, los restos de los espaguetis que te has desayunado bien resecos, la afonía.

285. Las risas con Mabel, meternos la una con la otra y morirnos de la risa. La complicidad.

286. Hacerme amiga de desconocidos simpáticos en los bares.

287. Aprenderme un poco más.

288. Este libro.

289. Esta película.

290. Hacer deporte cada día. La satisfacción de lograr objetivos. Sentir que los pulmones se llenan de aire, que hoy llegas más lejos que ayer. Comprarte mallas divinas porque sabes que las vas a usar.

291. Pensar que en mayo vuelvo a mi amado México en un viaje que, estoy convencida, va a ser un antes y un después. Como todos, pero más.

292. “La jaula de las locas”, el musical. Lo tenéis en Madrid hasta finales de mayo. Y no, no me pagan, me cobran. Qué buen rollo, qué risas, qué buenos están las bailarinas (y no, no me he equivocado en el género de adjetivo y sustantivo). Id.

293. Ir en bus por la ciudad y observar las calles y a la gente. Relax total.

294. La patatera con pan del bueno. No sabía lo que era y una lectora me la envió. Me ha creado una necesidad y me encanta.

295. Seguimos con la comida: el pudding de té verde de Sr. Ito. Tanto me gusta que me lo compro y me lo llevo a la oficina para merendármelo.

296. “Lucifer”, la serie de Netflix. ¿Por el guion? No. ¿Por las tramas? No. ¿Por las localizaciones? No. Por esto:

297. Las comidas de los miércoles en casa de mi amigo Yordo, con su familia. Tan divertidos, tan amorosos, tan mi familia.

298.  “Cádiz”, una obra que podéis ver los sábados y domingos en el teatro Lara. Tampoco me pagan, me cobran. Un texto divertido, realista y ágil de Fran Nortes;  interpretado por el mismo Fran, Nacho López (el hombre más guapo del planeta) y Bart Santana. Conversaciones masculinas desde un punto de vista que encanta a las mujeres. Ya me diréis.

299. Encontrar un boli que escribe solo, con el que tengo una letra divina. Yo, que jamás presté unos apuntes en la universidad porque nadie entendía esos signos satánicos.

300. Que me pasen las cosas que quiero que me pasen.

Regalos de cumpleaños

El lunes cumplí cuarenta y siete primaveras. Me levanté mosqueada, como cada 24 de febrero desde los doce. Ahora la tontería me dura menos que entonces, porque ya sé que es solo un día más, pero también un día menos, así que habrá que aprovecharlo. Nunca me ha  molestado el número, es que lo de ser mayor siempre me ha sonado aburrido. Una especie de camino hacia algo gris que nunca he visto, pero que intuyo. Por más que el color me inunde cada día, yo sigo temiendo al gris. Muy lista no soy.

Para las nueve de la mañana ya había leído algunas felicitaciones. Le caigo bien a bastante gente, qué bien. Y llegó el momento de mi autohomenaje en las redes. Voy a escribir algo bonito y buscare unas fotillos de cuando era pequeña y otras de mayor, por lo de la metamorfosis y tal. De aquella foto que me hicieron en la guardería mostrando orgullosa mis piños centrales inferiores (los únicos que tenía) pasé a las de las playas con mis amigas engullendo sangría; las de los viajes a Nueva York, a Londres, a París, a Sevilla; las de las fiestas con los amiguis; las de las flores en la cabeza (borrosas, que son las mejores); las de los eventos, los Sant Jordis, los premios. Qué bonitas las fotos que no le dirían nada al prójimo pero que a ti te cuentan que ese día estabas muy contenta, o muy triste y ahí estaban tus colegas para compartir o consolar.

Llegados a este punto ya el mosqueo era sonrisa: me pasa lo que quiero que me pase. Y esto solo va a mejorar. Porque pienso regalarme mucho asunto, y no solo para mi cumpleaños, sino cada día. Ese es uno de los propósitos (sí, otro más) que he apuntado en mi agenda de papel y de espíritu: quiero vivir cada día como un aniversario, porque lo es, básicamente. Me voy a regalar más carcajadas, más masajes, más pensar en mí. Más planes, más sueños y más felicidad. Movimiento, avance, sabiduría. Superficialidad máxima, de esa a la que solo llegas cuando has ido, has vuelto y te has pirado otra vez. Paz, mucha paz, de la de verdad. De la que me cuesta porque quiero que las cosas sean como yo quiero, pero no lo son. Y respiro. Paz, mucha paz. Que solo tengo el poder de controlar lo que hay aquí dentro, aunque me joda. Voy a pasear y a ducharme más aún, porque es entonces cuando me llega la inspiración. Quiero inspiración a raudales. Quiero personas que enciendan interruptores desconocidos. Olores nuevos, canciones nuevas, morreos nuevos. Y buenos, claro. También quiero canciones antiguas. Y, mientras escribo esto, pongo a Mecano y sus amantes. Porque también quiero recordar lo joven que era y lo poco que sabía. Y lo poco que sé, porque mi padre, a modo de felicitación me dijo “Tranquila hija, estás saliendo del cascarón”. Y yo le creo porque quiero creerlo y porque él también se lo pasa muy bien todo el rato. Algo sabrá de la vida.

Me voy a regalar muchas letras, porque no estoy leyendo demasiado y ando hambrienta y sedienta de palabras ajenas que hagan brotar palabras propias. Me tengo que regalar historias para luego contarlas. Vivir para escribir y no al revés. Me regalo libertad, de la que te hace comprar un billete de avión sin pensarlo o quedarte en la cama hasta las diez un martes. De la que te sube a unos tacones o te saca en pijama a la calle. De la que te da la media vuelta ante quien pretende robártela. Ni de coña. Ni de puta coña. Dueña y señora.

Viviré entre conciertos, teatros y cines. Me regalaré todas las pelis en las que salga Chalamet, porque no sé que hacíamos antes de existir él. Y existe desde hace poco. Qué joven, qué listo, qué talentazo, qué barbaridad. Voy a regalarme “Call me by your name” por quinta vez, porque me da ganas de Italia, de besos, de verano, de nadar. Y de Chalamet, claro.

Me regalaré más México porque algo me agarra desde las tripas hasta sus cimientos. No sé lo que es ni me importa. Desayunaré en el jardín glorioso del Four Seasons de Reforma. Lloraré de la risa con mi Tru mientras vemos en la cama cualquier chorrada de Netflix, embadurnados en mil mascarillas. Él me comprará tortitas de maiz y yo las meteré en el microondas con jamón y queso cuando me despierto a las cinco de la mañana por el jet lag. Pasearemos por Condesa, por la Roma, por Polanco. Jugaremos a lobos en casa de Txiki. Nos abrazaremos mucho.

Volveré a Nueva York, para que me abrace, que ya es hora. Comeré pizza con mis Golondrinas en Madison Square, con el Flatiron mirándonos de frente, sin entender nada de nuestras conversaciones surrealistas. Pasaremos horas despidiéndonos a las puertas del metro, porque siempre hay algo nuevo que contar, treinta años después.

Me regalaré más Madrid, más noches por Malasaña, más charlas en las terrazas y más brunch de domingo con mis científicos y sus rarezas. Veré amanecer y anochecer desde el Retiro. Me desharé en charlas con Laura de Amapolas. Enloqueceré aún más en esta oficina desde la que Leire y yo imaginamos, planeamos y nos agotamos. Y lloramos de la risa. Y lloramos también.

Seguiré regalándome cuentos que me gusten, como este.