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Lo que he aprendido en la cuarentena

Que perder el olfato es un asco porque me gustan mis olores: las velas de vainilla, el suavizante de las sábanas limpias, el bizcocho de naranja, mis decenas de potingues que huelen a relax y felicidad. Los olores son infancia, son besos, son verano, son noches locas. Voy a perseguir olores y voy a coleccionarlos aún más que antes. La elegancia, el buen humor y el hogar a veces no se ven, pero se huelen.

Que los desayunos en cafeterías ideales son mi oasis de paz y de observación: desde ellas escudriño cómo se relaciona la gente y quién soy yo frente a un té y una tostada, acompañada por el silencio que adoro. Que no voy a renunciar a ese rato de conexión por muy apretada que esté mi agenda. Que mi agenda se llenará en la medida que yo decida y he decidido que la que ha de estar llena soy yo: de aire, de espacio, de claridad.

Ya lo sabía y me reafirmo: caminar es mi manera de enfocarme, de generar ideas, de recibir lo de fuera sin soltar lo de dentro. De conocer y conocerme. Quiero calles y quiero Madrid, y quiero Manhattan, y quiero Ciudad de México y quiero Barcelona. También París en mayo. Quiero ciudades, porque generan información y me regeneran a mí. Quiero movimiento, porque me mece y me calma.

Que no he echado de menos a mis amigos porque han estado ahí, porque siempre están. Al teléfono, en la pantalla, en mi sofá, tumbados en la playa, qué más da. Me acompañan, me empujan y me hacen reír, desde mi lado, aunque sea a diez mil kilómetros.

Que la soledad es mi tesoro y que voy a protegerla a cal y canto, le pese a quien le pese.

Que ser útil es la fuente de felicidad suprema, porque en esta situación de mierda, encontraba la luz compartiendo con vosotras, que me leéis; contando chascarrillos, aportando unas risas y toda lo que he aprendido sobre lo que nos mueve o debería movernos; rescatando la pasión de entre mis cuatro paredes para ofrecérosla lo mejor que sabía.

Que tengo más paciencia de lo que pensaba: vaya sorpresa. Con mis hijos, conmigo misma. Que respondo bien cuando sé que la solución no depende de mí. Que acepto y me centro en lo que sí puedo hacer sin obsesionarme con lo que no. Contentísima me tiene esto, mira tú.

Que la seguridad la dan las herramientas que tengamos para manejarnos en cualquier ecosistema; que de nada sirve saberse los ríos de España si no conoces tus fortalezas, tus debilidades, tus talentos, lo que te gusta, lo que detestas. La vida hay que navegarla y a veces se te hunde el barco. No busquemos flotadores, aprendamos a nadar.

Que hay mucha gente con ganas y otras que miran la vida de lejos. Acerquémonos a los primeros, por favor os lo pido.

Que todo depende del para qué: para qué hago deporte, para qué comparto mi vida con tal o cual, para qué me levanto cada mañana. No el QUÉ, sino el PARA QUÉ. Ojo.

Que me gusta lo bello, lo impecable, lo ordenado, lo limpio. Las teteras blancas, las flores de colores, las sábanas de flores. Que voy a tener la cocina más bonita del planeta, porque no me gusta cocinar, pero sí las cocinas. Y punto.

Que me llevo estupendamente con esto que soy. Aleluya, ya era hora.

Que echo de menos quedarme a ver la tele de madrugada y dormirme en el sofá, despertarme ya amaneciendo y meterme en la cama. Que durante el mes que mis hijos estén de campamento, voy a hacerlo cada puñetera noche.

Que las sonrisas se esconden en un chaparrón de madrugada, mientras contemplas las calles desiertas, o en una terraza al sol de abril, o en los pájaros volando sobre mi plaza, o en un altavoz que a lo lejos canta “We are the world”.

Que el cine, como las cafeterías, son irrenunciables y por eso esta noche me voy a ver “Cinema Paradiso”, que es la película más bonita del universo, con mi amigo Paulo, que es el mejor amigo del universo. Como todos mis otros amigos, claro.

Que el dinero está para gastarlo en gustazos: en masajes, en tazas preciosas, en viajes, en comida de la buena, en revolcarte en la vida sin ningún tipo de contención ni mesura. Que cada uno se lo aplique como mejor vea.

Que no sabemos lo que pasará mañana y por eso hemos de anclarnos a lo de hoy y olvidarnos de lo de ayer porque ya no nos sirve. Que lo que nos sirve hay que descubrirlo, más que buscarlo.

       

Vivir, que no sobrevivir

Esta semana nos ha dejado Pau Donés, que ha sido parte de la banda sonora de muchos de nosotros. El maldito bicho se ha llevado por delante a no sabemos cuántos. Cada día, alguien se va y, menos mal, alguien llega. O vuelve, que es un poco lo mismo. De nada sirve ponerse dramático, o sí, porque darnos cuenta de que vagamos por el planeta sobreviviendo, que no viviendo, quizás nos haga reaccionar. Gente, que esto son cuatro días y tres los pasamos quejándonos sobre lugares de los que no nos da la gana movernos. Por pereza, por vértigo, por orgullo. Y, cuando quieres darte cuenta, zasca: a criar malvas. Cuántos pasan los días haciendo gala del archiconocido “Vivo sin vivir en mí”, y no precisamente por misticismo, sino por desconexión total y absoluta de lo que podrían ser. La rueda de hámster como principio vital. No pienso, no deseo, no hago, no sueño, no me muevo. Una mierda descomunal, la verdad. La humanidad no fue creada para recorrer un camino establecido sin mirar a los lados, creo yo. Esta cosa maravillosa que somos todos inventa canciones, provoca risas interminables, ama bien y mucho. El potencial está ahí, esperando a que dejemos de fijarnos en lo que hay alrededor como idiotas, envidiando, imitando, corriendo tras otros que a su vez persiguen a alguien que no quiere ser alcanzado. Aplastados por miedos que otros se imaginaron hace tres siglos. Ojito con las creencias que nos vuelven sordos, ciegos y atontaos. Pau, como tantos, nos dijo que vivir era urgente. Y lo es, porque urgente es lo que tiene fecha límite y desconocida. Y vivir es bailar La Flaca como si no hubiera un mañana, porque no sabemos si lo habrá, aunque nos gustaría. Es bañarte desnudo en el mar sin importante que alguien te vea porque ese alguien, en realidad, no es nadie. Eres tú y tus puñeteros prejuicios. Ya lo dicen en mi México querido: si te choca, te checa. No ofende quien quiere, ya sabes. Estar vivo es un privilegio, probablemente el único real porque es el que te permite zamparte todos los demás. Es nuestro derecho y nuestro deber aprovecharlo, por los que ya no están y por los que nos demostraron que esta naranja puede ser exprimida hasta el infinito, a todo lo que da. La pandemia nos ha enseñado unas cuantas cosas: que no hace falta desperdiciar una hora de ida y otra de vuelta para llegar a una oficina en la que vas a hacer lo mismo que en tu preciosa casa; que los amigos están, aunque sea al otro lado de la pantalla; que somos capaces de adaptarnos a las condiciones más surrealistas y, sobre todo, que el concepto de seguridad que nos han enseñado es, por un lado, un asco supino y, por otro, una mentira como un piano. Lo seguro es que hoy estamos y que algún día no estaremos, y que lo que pase en medio debería ser la hostia, algo descomunal, inmejorable, supercalifragilístico. Lo suyo sería acabar los días con un “Joder, qué bien” y tirarte en la cama convencido de que no podías haber hecho más para aferrarte a tus deseos, ya sea escribir un libro, tomar el sol, encontrar la cura del bicho maldito o comerte a besos a tus hijos. O todo. O nada. Pero que sea tuyo, que no sea de otros. Que lo otros se ocupen de los suyo, que bastante tienen. Plantarnos en la consciencia, en esa sabiduría que se esconde en las tripas, en la voluntad de aplaudirnos a cada momento porque lo hemos hecho bien o, al menos, lo mejor que sabíamos, que ya es mucho. Vivir, que no sobrevivir. Dar las gracias por estar donde quieres estar: en ti. Publicado en El Español

Diez maneras de animarte (a la mierda con el bajón cuarenteno)

Si fuera psicóloga, seguramente este artículo se llamaría de otra manera. Pero soy coach, amiguis y lo nuestro va de generar un plan de acción que nos lleve desde donde estamos hasta donde queremos estar. Vivo en Guadalajara y me quiero mudar a Madrid, a ver cómo lo consigo; me he dado cuenta de que he de ganar más pasta para vivir como quiero vivir, planifiquemos cómo conseguirlo; me he propuesto ponerme en forma, vamos a por ello; hoy estoy de bajón y no me mola nada esta sensación, por mis ovarios que remonto. Y así la vida.

En este último caso, os digo que todas deberíamos tener un botiquín emocional a mano: un amigo, una canción, una peli, una actividad que me saquen del bucle mental de que vaya mierda más grande, que siempre estoy igual, que no le veo el sentido a nada, que no sé hacia donde tirar, que vaya plasta estoy hecha, que me aburro yo a mí misma, y vuelta a empezar.

De alguna manera le tienes que separar la boca de la cola a este pez del desasosiego, chavala. Empieza por donde menos te cueste y pide ayuda si es necesario. Habrá a quien una manipedi completa le salve el día; otras os lanzaréis, como yo, sobre el boli o el teclado para vomitar los revoltijos interiores.

Y a todas un chute de sustancias de las buenas, nos dejan finas filipinas. Aunque nos resulte difícil de interiorizar, hay cuatro hormonas que nos apañan un día malo: la endorfina, la serotonina, la dopamina y la oxitocina. Podría pasar tres años escribiendo sobre estas sustancias que generamos los humanos, pero seré breve y práctica, que no hay tiempo que perder. Aquí os propongo maneras de generar estas drogas naturales que mejoran nuestro sistema inmunológico, modulan el apetito y nos ponen contentas a más no poder:

1. Menéate: bailar, correr, caminar, lo que te de la gana. Una horita al día. ¿Por qué os creéis que propuse en Instagram el reto de los siete kilómetros diarios? Pues eso, a mover el pandero.

2. Tomar el solete, pero ojo, no en las horas de más calor y siempre con protección, que si nos arrugamos y nos manchamos conseguimos el efecto contrario: la mala hostia.

3. Cumplir objetivos: ojo, que no hace falta pisar la cima del Everest. Haz una lista de pequeños, o grandes objetivos. Leer los veinte minutos que te has propuesto, dejar la casa como una patena o acabar ese informe, practicar diez minutos de yoga. Qué gustazo da poner la crucecita al lado de la tarea.

4. Dedícale un rato (o muchos) a algo que te entusiasme y te interese: haz fotos, colabora con una ONG, aprende italiano, cambia los muebles de sitio.

5. Come saludable, y tú sabes lo que es eso: fruta, verdura, proteina, grasa en su justa medida, cantidades razonables. Fuera azúcar.

6. Escucha música: es salud, es belleza, es alegría y es dopamina.

7. Habla con tus amigos, abrázales en cuanto puedas y luego no pares.

8. Fornica, pero ojo, aquí hay que mirar con quién, que te puede salir el tiro por la culata, generar oxitocina a chorros durante una hora y luego llorar durante un mes. No a los Mareadores, no a nada que no te haga sentir como una reina, que es lo que eres.

9. Medita: hay mil aplicaciones para ello. Yo estoy siguiendo los veintiún días de meditación con Deepak Chopra. Por cierto, te recomiendo su libro “Las siete leyes espirituales del éxito”, todo ciencia y sentido común. El éxito es ser feliz, ni más ni menos.

10. Haz un Marie Kondo exhaustivo vital: o sea, limpia tus armarios, tu tiempo y tus relaciones. Quédate con lo que te haga sentir divinamente y manda a la mierda lo que no te aporte, sea un jersey que no te pones, un trabajo que te hastía o una persona que te absorbe la energía, sea un vecino, tu compi de oficina o tu madre. Así de crudo y así de necesario. Verás que bien te quedas.

Y podríamos seguir, pero con esto tenemos suficiente. Hormonémonos, chavalas, pero desde dentro.

Lo que nadie puede hacer por ti.

Nadie va a ser feliz por ti, ni nadie te va a hacer feliz por mucho que quiera, porque tuyo es el poder y tuya la responsabilidad de perseguir eso que para unos está hecho de cantar, para otros de curar gente y para otros de escalar las montañas más altas, sean reales o figuradas. Cada uno con lo suyo. Nadie puede decidir si lo que quieres en la vida es conseguir la tranquilidad suprema, o ganar pasta como si no hubiera un mañana, o aprender algo nuevo cada día, o viajar sin parar, o todo junto, porque nadie siente tus mariposas estomacales, ni tus vellos como escarpias, ni nada de lo que te indica que esto sí, así sí.

Nadie va a conseguir que te quieras a lo loco, por mucho que te cuente cómo hacerlo. Él no puede, ni tiene por qué, saber qué te revuelve, qué te emociona, qué te apasiona, qué te hace perder la noción del tiempo. Se lo puedes contar tú, pero primero has de averiguarlo: arrancar las capas, las costras formadas a base creencias, costumbres y miedos que otros posaron sobre ti, convirtiéndote en mucho menos de lo que en realidad eres. Nadie te va a convencer de que la vida va de perseguir pasiones si no sabes hacia donde tirar porque un día se te olvidó que importabas. Pero nunca es tarde, si la dicha es buena. Y lo es, créeme.

Nadie escribirá, en un año, 1.000 cosas que te gustan. Porque escribirían lo suyo, y resulta que tú no soportas el café por muy bien que huela; ni vivir en el campo, que te aburre como una ostra y te pone nerviosa; y te tranquiliza Nueva York porque te sientes parte de algo más grande y porque tiene parques enormes y maravillosos donde las señoras del Upper East Side pasean perfumadas a sus perros perfumados. No lees a Murakami, tan espeso, y te flipa que se haga de noche pronto en invierno. Te agobia el verano, porque hace calor y te quedas pegada y aplatanada, además la solana te arruga y te mancha el jeto, que ya no tienes veinte años. Menos mal.

La ilusión la chorreas tú, desde el fondo de tus entresijos, o no la chorrea nadie en tu lugar. Por el concierto de tu cantante favorito, ese que no le gusta a tus amigos; por salir a caminar nada más amanecer, cuando hace frío porque te gusta el frío, y cuando hace calor porque a las seis de la mañana aún es soportable. Por aprender a hacer pizza casera, o bizcocho de chocolate, o esa postura de yoga que lleva años resistiéndose. Eres la hostia, y punto. Sin la postura también, pero ahora más.

Nadie va a señalarte lo que más deseas, porque entonces vivirías su vida y vivir la vida de los otros es una mierda. Espabila, que solo hay una, que lo de la reencarnación está por demostrar y esto no es un ensayo, y se hace corta mientras disfrutas, muy larga si sufres. Mejor corta y salvaje. Y plena. Y a tu manera, que ya lo dijo Sinatra, que de eso sabía mucho. Los otros que se apañen con lo suyo, que bastante tienen. A quién le importa, esto lo cantó Alaska, que también es lista de narices.

Nadie va a tocar el silbato que te anuncie que el momento es ahora, que te empuje hacia tu destino, que empiece a comer sano, a hacer deporte, a estudiar, a divorciarte, a buscarse un maromo en condiciones, a ponerte monísima, a buscar ayuda porque sola hay cosas como que no, a buscar un curro que te encienda una sonrisa cada mañana, a vivir en una casa que te encante, a viajar, a pensar en ti, a tener tiempo libre, a respirar, a saber que eres capaz y que debes serlo porque hay cosas que nadie va a hacer por ti. Nadie.

 

“Mareadores Cuarentenos”: el musical.

Los cumpleaños, la Navidad, el Año Nuevo son excusas que el mareador espera como agua de mayo. Verás qué bien. Yo felicito, deseo todo lo bueno y, de paso, aprovecho para marear, que es lo mío. Estoy resumiendo mucho y, a veces, el pensamiento del mareador no es TAN consciente. Él nota unas cosquillitas, algo le falta, pero un 18 de marzo cualquiera le cuesta más encontrar la frase perfecta para llamar tu atención. Lo suyo es hacerse pasar por un ser educado y ZASCA, recordarte que existe, que te mola mucho y que, en algún rincón de tu corazoncito, albergas la esperanza de que se convierta en una persona normal y sus llamadas de atención tengan algún otro fin que no sea mantenerte pendiente de él hasta la eternidad.

Y llega una pandemia mundial, con su cuarentena de final incierto. Y el Mareador ve el cielo abierto, la oportunidad perfecta para preguntarte cómo lo llevas, comentar las mil noticias diarias, aprovecharse de tu tiempo libre, de tu aburrimiento y de su morro. No hay páginas en este blog para incluir la cantidad de mensajes que me habéis enviado haciendo referencia a este fenómeno paranormal. Tíos con los que llevabas cinco años sin hablar y que ahora te proponen saltarse la cuarentena para pasar por tu casa (de todos es sabido que la jeta del Mareador lleva asociada una inmunidad para el coronavirus desconocida por los del CSIC). Mareadores casados que, sentados en el sofá al ladito de su esposa, te envían guarrerías varias. Exmaridos que, de repente, sienten una nostalgia infinita, un amor desmedido, un arrepentimiento nunca conocido antes por la humanidad. UNAS ANSIAS DE MAREO COMO LA COPA DE UN PINO.

En el mejor de los casos ignoras el mensaje, porque lo veías venir. Porque llevas unos cuantos mareadores a tus espaldas y sabes que la ocasión le es propicia a este espécimen. En el peor de los casos, te planteas que esta situación surrealista que estamos viviendo, realmente hará mejores a muchas personas, les enseñará lo importante de la vida. Y resulta que lo importante en la vida del mareador eras tú, solo que no se había dado cuenta y por eso, de cada diez veces que te llamaba, quedábais una, con suerte; por eso desaparecía un mes sin dar explicaciones y aparecía como por arte de magia diciéndote cosas bonitas e inventándose las cinco muertes de su abuela. El caso es que ha cambiado, porque de todos es sabido que la gente cambia de manera radical pasados los treinta y ahora se muere por tus huesos.

Y tú te lo crees, manda huevos.

Días y noches pegada a la pantalla, juju jaja, que mira que nos lo pasábamos bien, que mándame una foto cachondona, que mira la que te mando yo. Que te echo de menos, que nos veremos pronto. Que lo de tener novia o estar casado tampoco es para tanto y es que ahora no me puedo separar porque mira tú la situación, a ver cómo encuentro yo un piso con la mascarilla puesta o cómo le digo a mi parienta que se lo busque ella, con lo depre que está con el ERTE. Imposible, pero ya verás que en cuanto nos lancemos a las calles, tú y yo pasearemos de la mano.

Y una mierda, amigui.

Me apuesto todos mis outfits cuarentenos a que, cuando la normalidad llegue, si no antes, el Mareador Cuarenteno desaparecerá. Mutis por el Forro. Si te he visto no me acuerdo y si te he mareado, tampoco.

Volverás a buscarle explicaciones a tan extraña e hijoputesca conducta y volverás a no encontrársela, básicamente porque no la tiene desde un punto de vista racional. El humano es así de complejo y así de egoísta. De nada sirve dejarte las neuronas en justificar comportamientos ajenos, mejor te centras en comprender el propio: ME HA VUELTO A PASAR.

Por enésima vez.

Y lo peor es que lo sabía.

Porque lo sabías, pero entre serie de Netflix y clase online de yoga te despistaste. Normal. Si tu Mareador Cuarenteno ya se ha pirado de tu pantalla, aplaude, eso que ganas. Si sigue ahí, dándote matraca porque en su Comunidad Autónoma no han entrado en Fase 1, en tu mano está el recordarte que tú no estás para hostias y que esto ya lo has vivido. A otra cosa, mariposa.

Entre los muchos síntomas del coronavirus no está la transformación radical en personal empática y ética, pero sí el estar blanditas porque la soledad, la incertidumbre y la preocupación nos afectan, como es normal. Céntrate en ti, querida, en llenarte de cosas que incluso ahora puedas conseguir: lectura, ejercicio, conversaciones con amigos que te den la vida, directos de gente interesantísima. Llénate de ti, los demás están de paso y los mareadores, ni eso.  

325 gilipolleces que me hacen feliz (sí, también en cuarentena).

301. Quedarme viendo “Chicago Fire”, en Prime Video, hasta las mil. Nunca un bombero fue tan guapo como Kelly Severide. Hay bellezas demasiado impresionantes como para ser comprendidas. Lady Gaga lo tuvo a su vera durante cinco años, nunca fue tonta ella.

302. Las torrijas de Balbisiana. Las encargo para que me lleguen los sábados. Para que mis niños y yo sintamos que el fin de semana se diferencian del resto de días uniformes de esta cuarentena.

 

303. Leer las revistas de moda, ilusionarme viendo unas gafas imposibles, planear viajes a todas esas ciudades que nombran. Abstraerme de obligaciones y responsabilidades. Dedicarme un rato a mí porque sí.

304. Apagar el móvil, porque el ansia de conexión me desconecta y a mí eso no me gusta.

305. El último libro que me he leído “El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes”. Cuando lo terminé pensé que no debía escrbir más. Qué chorreo de talento, de sensibilidad, de valentía. Leedlo.

306. Los tomates raf. Me enviaron una caja desde soloraf.es y, si así saben los tomates, yo no me había comido un tomate en mi vida. Me los tomo para desayunar, para merendar. Con aceite y sal, con burrata, con nada.

307. La pandemia me está convirtiendo en una señora británica. Las ansias por rodearme de belleza me han llevado a comprar una tetera, una lechera, una huevera, un salero y una taza todas blancas con filo plata. NO me caben las tazas en casa. Cómo disfruto hacíendome un huevo pasado por agua que, milagrosamente, me sale perfecto desde el primer día. Untar pan del bueno en esa yema brillante, sorber té, respirar.

308. Comer a deshoras, comer alimentos sabrosos: queso con uvas, cecina de la buena, pan con tomate y jamón. Desde que recuperé el gusto no desperdicio la ocasión. Creo que lo único a lo que antes no le daba demasiada importancia y ahora sí es a saborear sin mesura.

309. Mis rituales nocturnos: acostar a los niños, ducharme con aceites que huelen a gloria, abrigarme, salir a la terraza, contemplar el silencio de mi plaza de Olavide. Estar conmigo, por fin.

310. Hacer deporte, quién me lo iba a decir a mí. Desde que, con Reto48, conseguí que se convirtiera en un hábito, no hay día en que no menee este cuerpo serrano.

311. Planear mi nueva cocina, que va a ser bonita a más no poder. Miro en Pinterest, en Instagram, por todas partes. Cambio de idea: del blanco al gris antracita, el horno arriba o abajo, con isla o sin isla.

312. Los memes cuarentenos. Me muero de la risa. Me sorprende y me fascina lo ocurrente que es alguna gente.

313. Los días soleados, que no están abundando demasiado. Nunca me han molestado los días nublados, pero ahora mismo, sentarme en mi balconcito de buena mañana y notar el calorcito del sol de abril y mayo se me antoja como un placer incomparable.

314. Las croquetas, porque he aprendido a hacerlas y me salen bestialmente buenas. De nuevo, al recuperar el sentido del gusto se me antojaron las croquetas de mi madre. Jamás le he preguntado sobre la receta porque ni me gusta cocinar ni me iban a salir igual de buenas que las suyas. Pero, ay, cómo es la necesidad. Si llego a saber lo sencillito que es, aprendo mucho antes. Tengo un truco estupendo, que es hacer croquetas de medio kilo, para convencerme de que me he comido tres cuando, en realidad, me he zampado nueve.

315. Esta canción.

316. Comprobar que me llevo la mar de bien conmigo misma.

317. Que todo mejore; que haya mucha gente ya curada; que, pese a todo, haya esperanza y solidaridad. La mayoría de la gente es absolutamente maravillosa.

318. Que, desde que dejan pasear a los niños, los adultos los miren como si fueran el Mesías. Sus caminatas son señal de mejoría.

319. Los gritos de los chicos de la frutería de debajo de mi casa. Abren muy temprano, a las ocho y media. Cantan bachata, discuten, se rién con ese salero estupendo que tienen los dominicanos. Me hacen compañía.

320. Comer naranjas dulces que he cortado y colocado en un cuenco bonito. Sí, seguimos con los sabores y con el menaje.

321. Mis nuevas sábanas de flores. Siempre son grises, pero ahora necesito campo.

322. A conjunto con la tetera, un camisón blanco con el que no dormiré pero sí iré a la playa y una bata para estar por casa, blanca también, con bordados. No he llevado bata en mi vida, y menos bonita. Soy de chándal viejuno, pero Laura, de librería Amapolas, me inspira con sus outfits y de aquellos barros estas batas.

323. Que las plantas de la Fabulofi hayan aguantado vivas un mes sin que nadie las haya regado. Pensaba mucho en ellas y en lo triste que me pondría cuando me las encontrara chuchurrías, pero Sofía y Encarna son unas tías de lo más fortachonas.

324. Confiar en que la gente lista y científica del mundo va a encontar tratamiento y vacuna para el bicho.

325. Vosotras, acompañándome siempre. GRACIAS.