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La importancia de entenderte

Lo importante de la vida es entenderla, entenderte y entender al de al lado. Entender a tus hijos, a tus padres, a tus amigos, a tus clientes. (Entender no es siempre aguantar, nunca es soportar). Entender tus motivaciones, tus pasiones, tus por qués y tus para qués. Para qué te acercas, para qué te alejas, para qué te limitas, para qué te cuidas o te descuidas. Entender tus talentos, tus debilidades. Entender qué es el amor, la amistad, y qué no lo es. Qué es la dependencia y qué es el egoísmo. Cuál es la fuerza te mueve y cuál la que te aplasta. Entender el arte, la trascendencia, el alma. Tu alma. Qué te emociona, para perseguirlo sin tregua. Para huir de lo gris, de lo plano, de lo mediocre. De lo feo. Entender la grandeza y también la mierda, reconocerlas a kilómetros para decidir. Escalar la una y rechazar la otra. Entender los aplausos y también los abucheos. Relativizarlos. Nada es tan grave, tú tampoco. Entender que también esto pasará. Entender lo intangible, lo invisible, los silencios y lo que se esconde tras los gritos. Tus resortes, tus interruptores, tus emociones, tus vellos erizados. Qué te conecta con qué. Qué te conecta con unos sí y con otros no. Entender que no le puedes gustar a todo el mundo, que a algunos mejor no gustarles nada. Entender qué te eleva y qué te hunde, qué te llena, qué te enciende. Qué es excelente y qué es chapuza. Lanzarte sobre lo primero, claro. Sin mesura. Sin culpa. Entender que lo correcto y lo equivocado dependen de tantas cosas incontrolables. Entender que la culpa no ayuda a nada, la mayoría de las veces. Solo te hace sentir mal por tratarte bien. Entender eso ya es quitártela de encima. Entender lo que otros dicen y los que otros son. Saber que lo que tú dices y lo que otros entienden quizás no se parece en nada. Entender lo que nos equilibra y lo que nos marea. La diferencia entre el egoísmo y la responsabilidad. Entre la autoexigencia y el compromiso. Entre la prisa y el foco. Entender el autoamor, y practicarlo, claro. Entender cuándo luchar y cuándo es mejor rendirse. O apartarse. Entender la diferencia entre PODER, QUERER Y NECESITAR, porque de eso dependen tus relaciones, tu felicidad y el lugar donde colocas la energía. No siempre que quieras podrás, pero podrás más. Seguro. P.D.: no podemos entendernos a nosotras si no sabemos lo que queremos en la vida, porque los objetivos nos marcan la dirección. No sé tú, pero yo he perdido el norte varias veces en mi vida. La rueda de hámster, las obligaciones se me han tragado y he dejado de soñar, de planear, de ilusionarme. Conseguí salir de ahí, ¿cómo?
  • Desenterrando mis deseos, que estaban bajo toneladas de creencias, miedos y cansancio.
  • Inventando otros nuevos, porque si estoy aquí, estoy a tiempo.
  • Dejando de justificarme, de esperar la aprobación de otros para ir tras lo que quiero en la vida
  • Aprendiendo a diseñar los mapas que me llevan desde el lugar en el que estoy al lugar que quiero ocupar.
Te muestro todo esto, en detalle, con ejercicios prácticos, en mi formación “Del DEBERÍA al QUIERO”. Es online, grabada y la tendrás disponible de por vida.

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Las inscripciones estarán abiertas solo del 29 de junio al 7 de julio.

Cuando termines esta formación tendrás las herramientas para :

Entender desde dónde estás tomando tus decisiones (desde la más pequeña hasta la más importante) Detectar cuándo estás funcionando desde el miedo, la culpa o la necesidad de aprobación. Empezar a tomar decisiones distintas, qué es como retomamos nuestro poder

Lo que trabajaremos sirve para decisiones como:

  • Dejar de vivir para agradar
  • Organizar tu vida de una manera más alineada contigo
  • Poner límites
  • Atreverte a empezar algo nuevo
  • Cambiar de trabajo o quedarte
  • Redefinir las dinámicas con las personas con las que convives
  • Mudarte
  • Dejar una relación del tipo que sea

Quiero apuntarme en la lista de espera

Esto es lo que dicen las alumnas de la primera edición de “Del DEBERÍA al QUIERO”:

El curso ha superado totalmente mis expectativas. Por supuesto ha merecido la pena mi inversión. Tengo la impresión que me llevo más que lo que yo he invertido. Estoy llena de energía y entusiasmo con un gran impulso para seguir mejorando y liderando mi vida en mis términos. – María del Mar Ha superado mis expectativas. Me ha encantado la clasificación y nominalización de las distintas materias, ese desglose tan claro y útil, me encanta que no haya paja. La formación siguió una estructura clara, el discurso ameno, los ejemplos ayudan a empatizar y las orientaciones sencillas y directas para poder recordarlas. – Blanca Voy a empezar a recomendarte como un antibiótico a mis pacientes. Por qué haces una gran labor en que las mujeres cambien su forma de plantarse en la vida. Que no es lo que hay que se pueden entrenar muchas otras herramientas prácticas para vivir como nos merecemos. – Ariana  

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Las primeras veces

Llevo días con una sensación rara, una especie de apatía mezclada con curiosidad, con algo que me recuerda al aburrimiento, pero que no lo es. Ese batiburrillo interno me ha empujado, aún no entiendo muy bien por qué, a rebuscar entre mis antiguos textos. He pasado horas leyendo lo que he escribí desde el 2012 hasta el 2023. Catorce años hace que empecé a inventarme esta vida nueva, y el principio de todo, la chispa imprescindible, fue la escritura. He tropezado con este texto que os comparto a continuación, cuyo título es, también, el de uno de mis libros y, además, aparece en mi primera novela. A la apatía, a la curiosidad y a ese aburrimiento que no lo es se le ha unido ahora la nostalgia. No recuerdo quién era el chico del que hablo aquí. No recuerdo esa noche. Pero puedo revivir a la perfección lo que sentí al escribirlo. Y me gusta. Me reconecta con un lugar que debería visitar más a menudo. Lo publiqué hace exactamente once años. Gracias, queridas, por acompañarme en el camino. Espero que disfrutéis este cuento tanto como yo. Anoche conocí a un chico guapo y joven de cojones narices. Le dedicaré otro post titulado “Cómo asaltar cunas en tres pasos” y puede que lo convierta en un curso monográfico que seguro tiene gran aceptación entre mis comadres. Pero eso será otro día. La conversación con el apuesto mozo, el final de curso de los niños, la llegada del verano y que soy muy del reflexionar, me han empujado hoy hasta este, mi amado blog, que llevaba un mes abandonado. Una piensa que tampoco ha cambiado tanto desde los veinticinco. Pensamiento estúpido que corroboran tus compis de colegio cuando afirman que “estás igual”, probablemente proyectando en ti lo que desean para ellos mismos. Y UNA MIERDA. Si no te fijas, quizás pueda parecerte que esos pimpollos veinteañeros y tú no sois tan diferentes, pero míralos… Huelen a libro nuevo, a juguete de Navidad, a vacaciones de verano. Ellos están llegando y tú llevas tiempo aquí. Podrías escribir el guión de sus próximos 20 años sin equivocarte demasiado. Pero no lo haces porque ahí está la gracia, en caminar a tientas y dibujar tu propio mapa. Volviendo al tema, ni para mejor ni para peor, pero NO ESTOY IGUAL que a mis 25, ni que a mis 35. El cambio Porfuera es fácil de ver. Ahí están las fotos: aquellas carnes prietas, la ausencia de ojeras y de estas malditas patas de gallo que NO HAY MANERA de difuminar digan lo que digan los fucking anuncios de Lancôme. El Pordentro ya es otra cosa. Ay el Pordentro, ese que no se ve, PERO QUE SE NOTA. Hay Pordentros muy jodidos, que viven de recuerdos y creen que aquellos momentos rollo Verano Azul de los 80 fueron lo mejor que les ha pasado y les pasará. Tendrán que vivir de rentas Veranoazulescas pa los restos. Las ilusiones no existen en esos Pordentros. La vida, para ellos, es una sucesión de rutinas preacordadas entre sus karmas y sus carnes. Para esos Pordentros la Felicidad es la ausencia de conflicto, SIN MÁS. Y luego están los OTROS Pordentros. Esos que con los años ganan en perspectiva y que, aunque no escarmientan en cabeza ajena (frase favorita de mi amada madre), han tenido tiempo de hostiarse mil veces con su cabeza propia. A esos Pordentros les mueve la ilusión: por ver a un amigo, por hacer un viaje, por ir a un concierto, por cortarse el pelo, por escribir… Los Pordentros Ilusionados y Escarmentados saben que también esto pasará, que de mal de amores no se muere, que hay noches en las que es mejor retirarse a tiempo, que hay que perdonar lo perdonable y empezar de cero mientras puedas. No voy a hacer demagogias sobre lo maravilloso de la madurez, qué coño. Me molaba mogollón mi Pordentro (y ni os cuento mi Porfuera) infantil, adolescente, juvenil. Pero sé que no volveré al primer beso de aquel verano del 86, ni recorreré mi el mundo en mi Vespino, ya no me dejaré anochecer en la playa mientras mis amigos juegan al voley con las melenas al viento (actualmente calvicies incipientes). Ya no me matricularé en la Facultad de Derecho ni estrenaré mi carpeta de la Universitat de Barcelona (los de allí sabéis de lo que hablo), tan azul y tan nueva cada septiembre. Ya no descubriré Nueva York, ni iré a mi primer concierto. A este Pordentro le toca buscar otras Primeras Veces. Ahora se tiene que currar la chispa de la vida porque la que venía de serie se agotó hace tiempo. Sí, mi Pordentro es Ilusionado, pero reconozco que mis momentos de felicidad máxima llegan cuando me subo a la máquina del tiempo y paso un finde sin hijos, con las amigas, enajenándome en el karaoke y volviendo a casa, zapato en mano, a la hora a la que normalmente me levanto. Ayer le pregunté a aquel chaval qué quería ser de mayor. “Feliz” me dijo Él (que olía a libro nuevo, a juguete de Navidad, a vacaciones de verano). “FELIZ”. Quise decirle muchas cosas, como que más le vale serlo YA, desde anoche y para siempre. Me encantaría decirle, a Él y todos los de su especie juvenil, que la vida está hecha de etapas, que todas tienen su encanto, que con los años uno gana en experiencia, sabiduría, sosiego… y que no echo de menos aquellos años de tersura cutánea y cerebral. Pero mentiría. Mañana llega el verano y ahí seguiré, buscando más Primeras Veces, cada vez más difíciles y cada vez más escasas.

El secreto de la felicidad (simple, qué no fácil)

El secreto de la felicidad consiste en saber qué nos hace felices y rebozarnos en ello, así de simple. Ojo, y he escrito “simple”, no “fácil”. La simplicidad se basaría en los escasos pasos que te separan de lo que quieres. Es lo opuesto a complejo. La facilidad estaría relacionada con el esfuerzo que tienes que hacer para conseguirlo. Es lo opuesto a difícil. Algunos ejemplos de objetivos cuya consecución es simple, pero para algunas nada fácil serían: estar en forma, viajar, cambiar de trabajo, … Hacer ejercicio es simple, solo hay que elegir qué es lo que voy a hacer: puedo correr, subir escaleras, ir a una clase en el gimnasio, apuntarme a baile, etc. Decido y me muevo. Nada más. Pero a algunos no les resulta nada fácil. Lo mismo con comer tres frutas y dos raciones de verduras diarias. Simple a más no poder, entonces ¿por qué no lo hacemos? Para viajar sola solo tienes que comprar un billete e ir al aeropuerto, o a la estación de tren, o ni eso, tan solo coger el coche y enfilar la carretera. Lo mismo con ir sola al cine, o a comer sola. O estar tan a gusto sola. No hay nada más simple, pero para algunas, de tan difícil, se convierte en imposible. O eso creen. Dejar tu trabajo, si no te gusta, no puede ser más simple: carta de renuncia y Ciao, bacalao (no a la inmolación, busquemos otro antes si no nos podemos permitir un tiempo sabático, por favor). Entonces, ¿dónde radica la dificultad? Por el contrario, hay tareas sumamente complicadas, pero de lo más fáciles. Como el funcionamiento de un ordenador: lo encendemos, abrimos una aplicación y a teclear. Sin tener, la inmensa mayoría, ni puñetera idea de lo que albergan las entrañas del aparato. ¿Por qué insisto tanto en la diferencia entre estas dos palabras? Porque el lenguaje determina cómo pensamos, y nuestros pensamientos definen cómo nos comportamos y, por tanto, cómo somos. Vuelve a leer esta frase, querida lectora, porque puede resultar importantísima en tu camino hacia la felicidad (o plenitud, o calma, lo que sea). Paremos a pensar qué significan las palabras que nos decimos, para qué nos las decimos, dónde las hemos aprendido. Determinemos si nuestro lenguaje nos impulsa o nos frena y, desde ahí, decidamos cómo lo vamos a usar a partir de ahora. Cuántas veces vamos a dejar que el vocablo “difícil” nos clave al suelo de la insatisfacción. Siguiente paso: una vez tenemos la distinción clarita, hemos de conseguir que lo simple nos sea cada vez más fácil. O, al menos, que la dificultad no suponga un freno invencible. ¿Cómo lo consigo? Pues como se consigue todo, amiga, PRACTICANDO. La práctica consigue que la distancia entre lo simple y lo fácil disminuya. Este “practicando” sería la repetición en la implementación de los hábitos. Practicar sería, también, atravesar el miedo (a viajar sola, a dejar tu trabajo, a decirle adiós a tu pareja, a crear tu propio negocio, a ponerte una minifalda si es lo que te apetece). Porque una vez traspasado el primer miedo, el segundo se nos antoja mucho menos aterrador. Y el tercero, ni te cuento. Practicar sería detectar qué creencias cercenan mi vida. Darme cuenta de lo que no creo merecer, de lo que no me creo capaz, de lo que creo posible o imposible. De nuevo, practicar es simple, pero quizás no fácil. Lo sería mucho más si diéramos el tercer paso: imaginar lo que hay al otro lado de la dificultad, del miedo, de las creencias. Lo que hay al otro lado, te lo digo ya, no es más que la felicidad en la que quieres rebozarte. Lo que hay al otro lado es un cuerpo sano y fuerte del que te sientes orgullosa, la calma que llega cuando eres tu mejor compañía, la libertad que acompaña la seguridad en una misma, un trabajo en el que te sientes realizada, una vida en la que te quieres quedar. La motivación para ponernos en marcha hacia lo que deseamos, solo llega cuando somos capaces de reproducir en nuestra mente lo que seremos, veremos, escucharemos y sentiremos después del esfuerzo, de realizar eso que ahora sabemos que es tan simple, pero que se nos antoja tan difícil. Es necesario desgranar en qué consiste nuestra particular dificultad y generar una estrategia que nos permita ver, a través del muro, la película de nuestra vida, la protagonista que deseamos ser. Conectar tanto con ella que podamos tocarla, observar cada una de sus características, enumerar lo que quiere, lo que no quiere y lo que va a hacer para agarrarse a lo primero y desechar lo segundo. P.D.: Quizás, leyéndome, has pensado que no sabes cómo empezar a avanzar porque no tienes claro lo que quieres en tu vida. Normal, porque nos pasamos tanto tiempo pendientes de las obligaciones que se nos ha oxidado el mecanismo que genera deseos. Estamos tan pendientes de los TENGO QUE, que se nos han olvidado los QUIERO. O si nos atrevemos a definir lo que deseamos, o lo que ya no queremos sostener en nuestra vida, nos desgañitamos justificándonos. O, por mucho que sepamos lo que queremos, no sabemos cómo trazar el mapa que nos lleva hasta ello. Si estás asintiendo con la cabeza, mi formación “Del DEBERÍA al QUIERO” es para ti. Es una formación grabada, para que puedas hacerla a tu ritmo, que tendrás disponible para siempre en la que aprenderás a:
  • Definir lo que sí quieres en tu vida y también lo que no, para que dejes de aceptar planes, trabajos, dinámicas y relaciones que en realidad no quieres.
  • Validar lo que sí deseas y también lo que no sin necesidad de justificarte, sin la búsqueda de la aprobación ajena para decidir y empezar a moverte.
  • Trazar tu plan de acción para ir del “Debería” a “Esto es lo que yo quiero” y no pases semanas dándole vueltas a tus decisiones.
Quiero saber mas Las inscripciones estarán abiertas solo del 29 de junio al 7 de julio Esto es lo que dicen las alumnas de la 1ª edición de “Del DEBERÍA al QUIERO”: Ha superado mis expectativas. Me ha encantado la clasificación y nominalización de las distintas materias, ese desglose tan claro y útil, me encanta que no haya paja. La formación siguió una estructura clara, el discurso ameno, los ejemplos ayudan a empatizar y las orientaciones sencillas y directas para poder recordarlas. – Blanca El curso ha superado totalmente mis expectativas. Por supuesto ha merecido la pena mi inversión. Tengo la impresión que me llevo más que lo que yo he invertido. He vuelto a casa llena de energía y entusiasmo con un gran impulso para seguir mejorando y liderando mi vida en mis términos. – María del Mar Mas que aprendizaje es la sensación dentro de mi, como si algo hubiera cambiado. Me siento más segura, mas empoderada a todos los niveles, con sensación de control y mucha autoconfianza. – Cecilia Quiero inscribirme en la lista de espera

7 cosas que he aprendido esta semana

Que amo el silencio por encima de unas cuantas cosas y por eso voy a perseguirlo todavía más. Vale, esto ya lo sabía, pero esta semana lo he corroborado, porque: 1. Mis ruidosos vecinos se han pirado (espero que para siempre) y te juro que escucho a mis neuronas reproducirse, saltar de la alegría, aplaudir como las locas. 2. Cada día estoy más feliz en mis montañas, en mi verde, en mi despertar con pajaritos, en mis paseos por mis ríos y mis bosques. Soy Heidi y soy cabra, todo junto. Hay lugares que te abrazan en cuanto los vislumbras y a los abrazos hay que hacerles caso. Que hay personas con las que te tenías que encontrar en la vida sí o sí. Te lo cuentan las casualidades que nunca lo son, la conexión inmediata. Te lo cuenta el universo o lo que sea que haya ahí fuera. Y yo a eso, que todavía no sé lo que es, le hago mucho caso, porque sus señales son tan claras que, a veces, hasta me dan miedo. Que las casas, los cuerpos y los cerebros se estropean si no los usas, si no los aireas, si no los mantienes. Que el cuerpo más bonito del mundo se convierte en escombro cuando lo maltratas y que la mente se derrite con esa misma facilidad. Que eso que haces cada día un poquito es una barbaridad al cabo de treinta años, ni te cuento al cabo de sesenta, y es lo que define quién eres y quién serás. Puede ser beber, hacer ejercicio, drogarte, leer, pasear, regodearte en tu propia mierda o compartir tiempo con gente maravillosa, tú eliges. Que, lamentablemente, a veces solo te das cuenta cuando ya no hay marcha atrás y que, afortunadamente, muchos estamos aún a tiempo de tomar las decisiones adecuadas: esas que nos harán aplaudir cuando no quede tiempo hacia delante y hayamos aprovechado todo el que hay detrás. No soy eterna, eso también lo sabía, y me lo repito todo el rato, porque el lado oscuro tira fuerte de mí y por nada del mundo voy a permitir que la inercia me arrastre. No sé si me queda media hora o medio siglo sobre el planeta, pero tengo claro que voy a relamer cada minuto. Que no hay mayor aprendizaje que observar a los que ya lo han hecho, o a los que no lo han hecho. A los que lo hicieron bien y a los que lo hicieron mal. A los que se dejaron llevar o a los que agarraron el volante. Que la Sol de cincuenta y tres le arrearía bastantes más collejas a la de doce que a la inversa. Por qué tan buenecita, por qué tan obediente, por qué tan responsable, por qué no seguiste escribiendo, so gilipollas. Menos mal que aquí estás, ensimismada ante el teclado, con las ideas rugiéndote entre las orejas. Menos mal que un día decidiste hacerte las preguntas correctas, chata. Que la adolescencia va por libre y no tiene nada que ver con tu voluntad o con tus sermones y que mejor es respirar y rezar para que todo salga bien en lugar de darte cabezazos contra muros ajenos. Y disfrutar, ir un poco (o un mucho) a tu bola. No te lo están haciendo a ti, solo les está pasando. No tienes la culpa. No hay que empujar todo el rato. Nada es tan grave, ellos tampoco. Que la sabiduría no es otra cosa que observar, elegir y aplicar. Que la valentía, la creatividad y la ambición se entrenan, como todo. Que la ambición no es querer tener más, sino querer ser mejor. Que ser mejor es saber más, sobre el mundo y, ante todo, sobre ti.
P.D.: si quieres compartir este artículo (gracias de antemano), por favor, incluye el enlace. Le haces un favor a quien quiera leerlo y a mí. Un besazo, Sol

Decir(me) que no

Decir que no a lo que me disgusta, a lo que me drena, a lo que me agrisa. A lo que me aleja del lugar que quiero ocupar en el mundo y de la persona en la que me quiero convertir. No a quien me empuja y no a lo que me aprieta, a lo que me frena, a lo que me aplasta y a lo que me pesa . A quien me grita, a quien pretende abusar. Aquí no, conmigo no. No a quien, en lugar de intercambiar, usa. A quien no me escucha, a quien no me ve. No a lo feo, a lo mediocre, a lo ruidoso, a lo caótico y a lo desequilibrado. A la incoherencia, a la cobardía, al engaño. No a quien crea un trecho enorme entre lo dicho y lo hecho. No a soñar pequeño. Decir que no a la postergación, al estancamiento, al victimismo, al pesimismo, a la pesadez, al conformismo y a la resignación. Al pez que se muerde la cola por los siglos de los siglos. No a la queja continua sin voluntad de solución. No al sufrimiento. No al interés ese de Andrés, a lo hueco, a lo falso. No a los clavos ardiendo, a las soluciones rápidas que ni son solución ni son nada. No a la guarnición que oculta lo realmente importante. No a los vendehumos que se aprovechan de la vulnerabilidad ajena. No a los trucos, sí a la magia, claro. Decir que no a la envidia y al miedo a la envidia, a la crítica destructiva, a la excusa, a la paja en el ojo ajeno. Al qué dirán. No a la pereza, a la rendición, a la dejadez, a la inercia, a la sumisión, al agotamiento, a la culpa. No a saltarme la disciplina que me hace libre. Al egoísmo y al egocentrismo, a la prepotencia. Al desorden, el de fuera y el de dentro. A la suciedad, la de fuera y la de dentro. Decir que no a aguantar, al “me compensa”, a la deriva consecuencia de no agarrar el toro por los cuernos. Decir que no a lo que me apetece ahora mismo para que mi Yo del futuro me dé las gracias por lo que he hecho con su tiempo, con sus ilusiones y con sus talentos. No a la tozudez, al orgullo malentendido. No a la evasión que acompaña a la inconsciencia, a la irresponsabilidad para con una misma. Decir que no a meternos en cajas que son ásperas y nos encogen, no a esa zona de confort que no es cómoda sino asquerosa. No a lo que toca ahora, a lo que todos hacen, a lo normal (que no es normal, sino común). No a las comparaciones odiosas, sí a las que inspiran y expanden. No a entregar nuestro poder para que otros decidan cómo vivimos. No a la seguridad y la estabilidad que vienen de fuera, porque son mentira y nos cuestan nuestra libertad. Y libres es todo lo que queremos ser. No a lo malo conocido, qué barbaridad, con todo lo bueno que hay por conocer. No a la tacañería, mucho menos con una misma. Qué ordinariez. Decir que no a quien se cree más que tú, a quien pretende lucrarse de tu trabajo, de tu esfuerzo. Pero de qué vas. No a desaprovechar el privilegio que es estar viva. No a dejar que los días pasen sin ponerles intención, con lo escaso que es el tiempo. Decir que sí a todo lo que hace que la vida valga la pena.
P.D.: si quieres compartir este artículo (gracias de antemano), por favor, incluye el enlace. Le haces un favor a quien quiera leerlo y a mí. P.D. 2: muchas me pedisteis en su momento que convirtiera mi formación presencial “Del DEBERÍA al QUIERO” en una formación online y, como vosotras mandáis, en breve podréis inscribiros en ella. Será grabada y la tendréis disponible de por vida

Esta formación es para ti si ahora mismo:

  • Te cuesta identificar lo que quieres realmente
  • Tomas decisiones pensando en no decepcionar a otros en lugar de pensar en lo que tú realmente quieres
  • Justificas ante los demás tus decisiones constantemente
  • Sabes que hay algo que quieres cambiar o hacer pero llevas meses (o años) postergándolo
  • Te cuesta diferenciar entre lo que quieres y lo que se espera de ti.
  • El no estar a gusto en una situación no te parece razón suficiente para salir de ella
  • Sientes culpa cuando te priorizas
  • Te adaptas a los demás constantemente y acabas agotada o resentida

Y lo que quieres es…

  • Despertarte cada mañana con claridad sobre lo que quieres, sin el peso de la confusión constante
  • Tomar decisiones con seguridad, desde la conexión contigo misma, no desde la aprobación ajena
  • Darle la suficiente importancia a tu voluntad como para trabajar por lo que TÚ quieres y abandonar lo que ya no quieres
  • Sentirte libre y disfrutar del tiempo que te dediques
  • Defender lo que quieres ante ti misma y ante los demás, sin necesidad de justificarte constantemente

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3 errores que cometes cuando intentas ordenar tu vida

Te conté en un artículo, hace tiempo, que yo hago una visualización cada mañana en la que visito a mi Yo del futuro (que es divina, calmada, poderosa) y le pregunto qué tengo que hacer para acortar la distancia entre ella y yo (puedes leer aquí el texto). Mi Yo gloriosa me responde cosas de lo más variadas, pero lo que más se repite es: necesitas orden. Tiene toda la razón, porque mi cabeza tiende al caos, a las mil ideas y, claro, eso influye en mi vida entera. Quizás estás pensando, si me sigues en redes, que ese desorden no se refleja en lo que muestro. No es que mienta, es que hago un esfuerzo tremendo por mantener mi coco y mi vida en calma, organizada. Por eso precisamente escribo este texto, porque yo estoy aquí para compartir lo que me sirve, y en estos años he aprendido mucho sobre las trampas en las que caemos cuando decimos que queremos ordenar nuestra vida en el sentido más amplio posible. Queremos sentir control y acabamos más desquiciadas todavía. Queremos ligereza y seguimos derrapando por nuestros días. Intentamos organizarnos y parece que nuestra agenda se llena todavía más. Nadie nos ha enseñado a ordenarnos. Es más, lo que muchas veces hemos aprendido es a mirar fuera todo el rato, a producir sin preguntarnos el para qué, a no hacernos las preguntas correctas. Y claro, así no hay quien avance. Ordenar tu vida, ya lo adelanto, no es tener la agenda más bonita ni el sistema más sofisticado. Ordenar tu vida es hacer las cosas correctas desde el lugar correcto. Y aquí es donde muchas veces nos liamos. El primer error es querer ordenar sin saber qué quieres realmente. No hay cimientos y, claro, el edificio se nos cae a la primera de cambio. Haces listas, planificas la semana, organizas tus días al milímetro, pero no tienes claro hacia dónde estás yendo. No has definido qué tipo de vida quieres, qué es importante para ti ahora, qué estás buscando de verdad. Ya te he dicho que yo estoy aquí para compartir lo que me sirve. Y el ejercicio que para mí ha sido definitivo a la hora de tener claridad y foco sobre lo que quiero de verdad es este que te dejo aquí. He sistematizado para ti todas las preguntas, el paso a paso, para que dibujes tu Día Ideal. No hay semana en la que yo no lo haga. Porque es facilísimo despistarnos. Entonces, ¿qué pasa cuando intentas ordenar sin tener la meta clara? Haces mucho, pero no avanzas hacia nada que te llene. Te esfuerzas, pero hay algo que no encaja. Eres como el ratoncillo en su rueda, con las patas reventadas sin llegar a ningún sitio. Sin dirección, el orden no sirve de nada. Es como tener una brújula que funciona maravillosamente, pero no saber a qué ciudad quieres llegar. Te apuntas a una formación, pero no porque te vaya a proporcionar la información que necesitas para cumplir un objetivo, sino por inseguridad. Te inscribes en un curso de inglés en grupo sin plantearte si es lo más eficiente, porque tú tienes facilidad para los idiomas y un profe particular te haría avanzar más rápido. El segundo error es llenarte de herramientas en lugar de tomar decisiones. Este es más sutil, pero igual de jodido. Cambias de agenda (diaria, semanal, mensual, de papel, digital…), pruebas métodos nuevos (Google Calendar, Trello, Canva…), descargas apps, te apuntas a cursos de productividad, y durante unos días sientes que ahora sí, que esta vez sí. Pero no. Porque el problema no es la herramienta. El problema es que no tomas decisiones Nos cuesta muchísimo decidir, porque decidir es asumir la responsabilidad. Y el poder, claro. Decidir qué entra y qué no entra en tu vida. Decidir qué es prioritario y qué no lo es. Decidir qué estás dispuesta a sostener y qué es lo que vas a eliminar. Decidir es ser adulta, y eso nos da miedo. Las herramientas son cómodas porque te dan la sensación de que estás haciendo algo. Pero sin decisiones detrás, no cambian nada. Puedes tener el sistema más bonito del mundo, un Trello glorioso, una agenda de Charuca llena de pegatinas preciosas y colorinchis, y seguir exactamente en el mismo punto. El orden no viene de las herramientas. Viene de decidir. Quizás bloqueas en tu calendario “tiempo para ti”, pero cuando llega ese momento lo ocupas con trabajo, recados o favores a otros. Porque no has decidido qué es EXACTAMENTE tiempo para ti: leer, mirar al techo, hacer ganchillo. Cuando no hay decisión, no hay claridad. Y el tercer error es intentar encajar más en lugar de quitar lo que sobra. Intentas organizarlo todo sin quitar nada. Volviendo al punto anterior: decidir implica, siempre, renunciar. Quieres que todo quepa: el trabajo, la vida social, el autocuidado, los planes, las obligaciones, los imprevistos. Y claro, no te da. Todas tenemos veinticuatro horas en el día. Ordenar nuestra vida es como ordenar los armarios, lo primero que tenemos que hacer es eliminar lo que no me pongo, es decir, todo eso que no me acerca a los múltiples objetivos, a la vida que quiero (date cuenta de cómo todos los puntos se relacionan entre sí). A lo mejor estás llevando a tus hijos a mil extraescolares, en lugar de llevarles a las del cole, con la de tiempo que eso te ahorraría. O podrías delegar la limpieza de tu casa, pero piensas que nadie lo va a hacer tan bien como tú. La culpa y las ansias de control llenan nuestra agenda de tareas que podríamos quitarnos de encima. A mí me ha servido muchísimo sustituir la idea de organización por la de alineación, pensar en mi agenda como un reflejo de la persona que quiero ser, en lugar de usarla como un listado de todo lo que tengo que hacer. Espero que te sirva. P.D.: si decides compartir este artículo en redes, porfa, pon el enlace, nos facilitas mucho la vida a las que quieran leerlo y a mí. Gracias por adelantado.