Cuanto mayor me hago, querida mía, más consciente soy de lo importantes que son los inventarios vitales. Y no solo a final de año, sino cada día. Ser conscientes de cómo vivimos cada hora, de las mil decisiones que tomamos, de cómo nos relacionamos con el mundo y con nosotras mismas es algo imprescindible para estar bien.
Lo opuesto es la rueda de hámster, resbalar por la vida como si fuera un tobogán lleno de aceite para llegar al final sin haber elegido, sin enterarte de nada.
No sé tú, pero yo me niego a desperdiciar el privilegio que es estar viva.
Por eso me obligo a parar a menudo, a anclarme a este minuto que no va a volver y recordar todo lo que he aprendido. Porque el humano es un bicho muy raro al que se le olvida lo que le hizo mucho bien y también lo que le hizo mucho mal. Un bicho que insiste en darse cabezazos contra muros ajenos, en tropezar tres mil quinientas veces con la misma piedra.
Como somos bastante sota, caballo y rey, aunque no nos lo parezca, me apetece compartir contigo lo que he aprendido en este julio peculiar. Por si te sirve, porque creo que los tropezones ajenos en piedras ajenas, si los observamos con atención, nos pueden ahorrar mucho tiempo y mucho sufrimiento.
Y lo mismo pasa con lo que nos hace avanzar, con lo que nos alegra: aunque nos creamos muy especiales, la felicidad se basa en cuatro cosas muy sencillitas a las que no solemos hacer ni puñetero caso.
En este julio tan caluroso he asumido que hay gente que no te ve, que no te escucha. Hay gente a quien no le importas, y mentirte a ti misma contándote que esa es su forma de querer solo lleva al sufrimiento y a la frustración. Las relaciones de cualquier tipo son como una estufa: tú metes leña y, a cambio, recibes calor. Si por más combustible que metas, aquello no calienta, Ciao bacalao. (Quizás, al leerme, te preguntes qué hacer si es una relación familiar. PUES LO MISMO. Separarse es difícil, pero más doloroso es quedarse y mendigar).
Me he dado cuenta de que quizás quién debería serlo no es tu hogar, pero que, gracias al cielo, hay quienes crean hogares allá donde estén. Por eso el cierre de Amapolas nos ha dolido tanto a tantos (si no sabes de qué te hablo, aquí te lo cuento).
He reafirmado que toda la energía que pongo en esperar cariño de quien no sabe lo que es, me aleja de todos los que están dispuestos a abrazarme, que son muchos.
Así, que FIN, adiosito. Se acabó.
Este julio he descubierto que, si escucho a mi cuerpo, me da una cantidad de información que lo flipo. Vale, esto ya lo sabía, pero es que ahora estoy conectadísima con esto que soy. Sintonizada perdida. Y me encanta.
Mi cuerpo me ha dicho, en el transcurso de una semana, con una claridad cristalina, VETE DE AQUÍ, PERO YA y con la misma claridad: BIENVENIDA, AQUÍ QUÉDATE PORQUE MIRA LO BIEN QUE TE SIENTES.
He aprendido a hacerle caso y estoy feliz como una perdiz.
Este cuerpecito mío no solo me ha dicho VETE y QUÉDATE. También me ha gritado ¡ESCRIBE!, me ha llenado la cabeza de ideas y las tripas de ganas, así que en unos meses otro libro verá la luz. El sexto. Qué fuerte. Qué ilusión. Tengo ganas de aplaudir por algo que hace dos meses no era ni siquiera una idea. Así es la vida de sorprendente y extraordinaria si la escuchamos un poco.
He entendido que, a veces, lo único que necesitamos es RESPETARNOS, pero como no creemos merecerlo, le buscamos los tres pies al gato.
No necesito justificaciones ni excusas para decidir que ahí no voy, que yo no ceno, que de aquí me largo, que no voy a aguantar el ruido, la fealdad, el desorden, la suciedad. Ni las aglomeraciones, las impertinencias, el calorazo.
No es que sea altamente sensible, o que tenga TDA. O sí, qué más da la causa, si la consecuencia está clarísima y no me gusta un pelo.
Voy a evitar a toda costa lo que me hace sentir mal y voy a perseguir sin mesura lo que me hace sentir bien.
Me importa un huevo si otros no lo entienden, con que lo entienda yo…
Me ha quedado claro que soy muy feliz en mi casa, tan bonita, tan yo. Contemplando ese cuadro y esa chimenea que eran un sueño y ahora son realidad.
Escuchando una tormenta (que es lo que hago mientras escribo esto), sintiendo frío al amanecer.
Contemplando mis montañas.
Viendo películas de Marvel.
Leyendo los tantísimos libros que me llevé de Amapolas y que me recuerdan lo feliz que he sido allí.
Escuchando canciones como esta. Necesito la música como el aire que respiro (eso lo sé desde que tengo uso de razón, no ha venido julio a enseñármelo).
Siempre he tenido claro que los objetivos son necesarios porque te indican la dirección en la que avanzar, te ayudan a tomar decisiones. En este julio me he dado cuenta de que he cumplido muchos objetivos últimamente y ahora me toca inventar otros nortes, afinar la brújula. Con tal de hacerlo, he de eliminar lo que me distrae. Cuidarme mucho, porque soy el motor de lo que me pasa. Si yo me bloqueo, se bloquea todo.
Julio, en el fondo, me ha enseñado que una buena vida no es la que tiene más cosas, sino la que tiene las correctas.
Las personas correctas. Los lugares correctos. Los pensamientos correctos.
Y el suficiente valor para elegirlos una y otra vez.
P.D.: si te apetece compartir este texto en tus redes, por favor, incluye el enlace. Ayudas a quien quiera leerlo y, de paso, a mí (gracias)
P.D2.: esto no me lo ha enseñado julio, pero la vida no hace más que reconfirmármelo. Una correcta planificación te da libertad, alegría y calma.
Te devuelve la gestión sobre tu vida.
Por eso he creado para ti un cuaderno con un ejercicio diario para cinco días:
DÍA 1Descubre por dónde se está escapando realmente tu tiempo.Muchas veces pensamos que el problema son las grandes obligaciones.Pero descubrirás que el verdadero desgaste suele esconderse en decenas de pequeñas decisiones que repites automáticamente cada día.Al terminar este ejercicio entenderás por qué acabas agotada incluso los días en los que sientes que “no has hecho nada importante”.DÍA 2Descubre qué parte de tu vida estás viviendo por obligación.Aprenderás a diferenciar las cosas que haces porque realmente quieres de las que haces por culpa, miedo a decepcionar o simplemente porque llevas tantos años haciéndolas que nunca te has planteado si siguen teniendo sentido.Descubrirás que muchas de tus decisiones no nacen de tus prioridades, sino de reglas que aprendiste hace mucho tiempo.DÍA 3Cuestiona las historias que llevan años robándote tiempo.¿De verdad pasaría algo terrible si dejaras de hacer algunas cosas?¿O llevas demasiado tiempo actuando para evitar consecuencias que ni siquiera sabes si ocurrirían?Este ejercicio te ayudará a distinguir entre los hechos y las historias que tu mente lleva años contándote.Y ahí recuperarás muchísimo más margen del que imaginas.DÍA 4Descubre el lugar que ocupas en tu propia vida.Harás un ejercicio muy visual que te permitirá comprobar cuánto espacio ocupan el trabajo, la casa, los hijos, las obligaciones y cuánto espacio ocupas tú.Probablemente entenderás por qué hace tanto tiempo que sientes que tu vida siempre empieza cuando terminas de encargarte de la de los demás.Y descubrirás por qué cuidarte no es egoísmo. Es responsabilidad.DÍA 5Decide cómo quieres vivir.No terminarás este cuaderno con una lista de tareas.Terminarás tomando una decisión.Una sola.La que puede empezar a cambiar la forma en la que usas tu tiempo y, sobre todo, la forma en la que te relacionas contigo misma.
Hace unos días escuché en Instagram a una chica que hablaba de cómo los lugares nos moldean, cómo una ciudad, una casa en la que hemos vivido, genera una identidad. Y de que, a veces, con tal de liberarnos de las etiquetas que nos han, o nos hemos, puesto necesitamos cambiar de ubicación.
A lo mejor estás pensando que esto es un rollo sin fundamento alguno. Un dato: el psicólogo Harold Proshansky dijo hace más de cuarenta años que los lugares no son solo un escenario físico, sino una parte fundamental de quiénes somos.
Nuestro cerebro no solo recuerda lo que pasó en un sitio determinado.
También recuerda quién éramos allí.
Y esa identidad implica una memoria, a nivel cerebral y a nivel físico, que conecta lugares con emociones.
Esta es una cuestión sobre la que he pensado largo y tendido a lo largo de los últimos años. Una de las razones es que, a la inmensa mayoría de la gente, Ibiza le parece un lugar maravilloso y a mí me provoca un rechazo que es incluso corporal. Me genera ansiedad, quiero salir huyendo cada vez que voy.
Soy consciente de la belleza de la isla. De su mar. De sus atardeceres. Pero Ibiza me escuece, me pincha, me escupe.
¿Por qué? Por la historia que me cuento cuando estoy allí, que tiene que ver con lo que sufrí durante tantos años.
Para quien no sepa: mi familia vive allí, yo trabajaba allí en la empresa familiar. Lo pasé TAN mal durante TANTO tiempo que, ya no digo mi mente, mi cuerpo, es incapaz de ir a la isla y no revivir el trauma. Porque yo estoy convencida de que ese sufrimiento, ese estrés que me mantenía enferma perpetuamente, se han convertido en trauma.
He intentado cambiar la historia, de hecho, el verano pasado, conseguí aguantar una semana allí porque me centré en hacer algo que me fascina: bañarme sin parar. Soy Piscis y, si me das un charco, yo me sumerjo y me olvido de (casi) todo.
Quizás te estés preguntando por qué sigo yendo, si lo paso tan mal. Voy lo mínimo y solo para ver a mis padres.
Escuchando a esa chica en Instagram, pensé en que me he ido de todos los lugares en los que crecí: Ibiza, Lloret de Mar, Barcelona…
Construí mi vida de adulta en Madrid, he pasado mucho tiempo en Nueva York, hace un par de años me mudé a las montañas. Me he alejado, inconscientemente, de todos esos sitios donde era la responsable, la obediente, la estudiosa, la capaz, la de siempre. La graciosa. La hija de.
Me pregunto si lo hice para mudar de piel, para descubrir y decidir quién soy en realidad, despojada de las expectativas ajenas y también de las propias. Y me respondo que SÍ, en mayúsculas y en negrita. No creo en las casualidades, sí en todo eso que perseguimos a nivel inconsciente.
Me fui para ser quien quiero ser y vivir la vida que quiero vivir.
Y me doy cuenta más de veinte años después. Cómo es el coco…
Cómo me gustaría que este texto, que estoy viendo que durará más de tres minutos, fuera lo más parecido a un diálogo.
Me encantaría que me contaras si te pasa, si vas a casa de tus padres y empiezas a comportarte como la niña que fuiste. Si hay lugares en los que te tensas automáticamente.
Si hay ciudades que te regalan calma, lugares en los que parece que todas las piezas de tu puzle encajan.
A mí eso me ha pasado siempre en Nueva York y estoy convencida de que tiene que ver con ser invisible en medio de ese caos maravilloso. Con la liberación de que nadie te conozca, de que nadie sepa cómo se supone que soy. De poder inventar mis rutinas, mi manera de funcionar y de relacionarme con el mundo. De hablar en un idioma que no tiene nada que ver con la persona que he sido hasta ese momento.
De situarme en un escenario en el que puedo crear el personaje que me venga en gana.
Porque parte de lo que me pasa no tiene que ver conmigo, sino con el escenario en el que intento ser yo.
A veces queremos cambiar nuestra vida, cómo nos sentimos, nuestros hábitos, sin cambiar nada de lo que forma y alimenta esa vida.
Seguimos desayunando en el mismo sitio, viendo a la misma gente, recorriendo las mismas calles, entrando en la misma oficina, haciendo exactamente el mismo camino y esperamos convertirnos en una persona diferente.
Somos, de alguna manera, una conversación constante entre nuestro cerebro y los lugares donde vivimos.
Por eso dos personas pueden sentirse completamente diferente viviendo en la misma ciudad, porque lo importante no es el sitio en sí, sino el significado que ese sitio tiene para cada una.
Proshansky decía que las personas también eligen determinados lugares porque esos lugares encajan con la identidad que quieren construir.
Buscamos contextos que confirmen quién creemos ser o quién queremos llegar a ser.
Si soy creativa me sentiré atraída por barrios con librerías, galerías o cafeterías donde escribir.
Si busco calma quizás quiera naturaleza o pueblecitos. Yo he aprendido a vivir sin prisa en mis montañas. Por más velocidad que quieras meterle, las moreras dan frutos cuando toca. Los corderitos que nacen detrás de mi casa crecen a su ritmo. Todo eso se me mete dentro y me ralentiza.
No es solo una preferencia estética, sino una búsqueda de coherencia entre el entorno y la identidad.
Quizás, a estas alturas del texto, te estés preguntando si es posible cambiar el significado que le damos a un lugar. La realidad es que los lugares no tienen un significado por sí mismos, les asignamos uno basado en nuestras experiencias.
¿Podemos reescribir esa historia?
Dice la ciencia que sí, si acumulamos vivencias nuevas que acaban pesando más que las antiguas. Podemos volver a un lugar que nos duele y fabricar nuevos recuerdos. Nuestro cerebro AMA anticipar lo que a pasar y cuando empiezan a pasar cosas diferentes, no es que borremos el pasado, es que deja de ser el único pasado que existe allí.
Quizás tu casa te recuerda un matrimonio profundamente infeliz, quizás estés pensando en venderla, en irte a otra donde empezar desde cero (que nunca es desde cero), o a lo mejor puedes decidir que allí serás una persona que organiza cenas con las amigas, que se monta tardes de películas y palomitas. Quizás te sientes a leer con tu té y tu vela en el mismo sillón en el que antes llorabas.
Quizás cambies la historia que esa casa te cuenta sobre ti misma.
Yo creo que la verdadera libertad aparece cuando consigues dejar de ser la persona que ese lugar esperaba que fueras.
Cuando leas estos seis minutos (últimamente me alargo que da gusto) yo estaré en la isla. En remojo, espero.
Fabricando recuerdos bonitos para contarme otro cuento. Uno lleno de risas con las amigas, de amaneceres frente al mar. De bailoteos.
Amontonando alegría sobre los recuerdos dolorosos, para no verlos nunca más.
P.D.: si te apetece compartir este texto en tus redes, porfa, incluye el enlace. Le facilitas la labor a quien quiera leerlo y, de paso, a mí. Gracias de antemano.
P.D2: he creado para ti cinco ejercicios que tienen bastante que ver con lo que te he contado. Porque yo siempre quise ser una persona organizada, porque eso me da paz. Porque mi Yo del Futuro no va como pollo sin cabeza, se sabe dueña de sus horas. Nadie me enseñó, pero yo he aprendido a planificar para que me pase lo que quiero que me pase y he creado para ti un cuaderno con un ejercicio diario para cinco días:
DÍA 1Descubre por dónde se está escapando realmente tu tiempo.Muchas veces pensamos que el problema son las grandes obligaciones.Pero descubrirás que el verdadero desgaste suele esconderse en decenas de pequeñas decisiones que repites automáticamente cada día.Al terminar este ejercicio entenderás por qué acabas agotada incluso los días en los que sientes que “no has hecho nada importante”.DÍA 2Descubre qué parte de tu vida estás viviendo por obligación.Aprenderás a diferenciar las cosas que haces porque realmente quieres de las que haces por culpa, miedo a decepcionar o simplemente porque llevas tantos años haciéndolas que nunca te has planteado si siguen teniendo sentido.Descubrirás que muchas de tus decisiones no nacen de tus prioridades, sino de reglas que aprendiste hace mucho tiempo.DÍA 3Cuestiona las historias que llevan años robándote tiempo.¿De verdad pasaría algo terrible si dejaras de hacer algunas cosas?¿O llevas demasiado tiempo actuando para evitar consecuencias que ni siquiera sabes si ocurrirían?Este ejercicio te ayudará a distinguir entre los hechos y las historias que tu mente lleva años contándote.Y ahí recuperarás muchísimo más margen del que imaginas.DÍA 4Descubre el lugar que ocupas en tu propia vida.Harás un ejercicio muy visual que te permitirá comprobar cuánto espacio ocupan el trabajo, la casa, los hijos, las obligaciones y cuánto espacio ocupas tú.Probablemente entenderás por qué hace tanto tiempo que sientes que tu vida siempre empieza cuando terminas de encargarte de la de los demás.Y descubrirás por qué cuidarte no es egoísmo. Es responsabilidad.DÍA 5Decide cómo quieres vivir.No terminarás este cuaderno con una lista de tareas.Terminarás tomando una decisión.Una sola.La que puede empezar a cambiar la forma en la que usas tu tiempo y, sobre todo, la forma en la que te relacionas contigo misma.
Si llevas tiempo por aquí a lo mejor te has quedado bizca al leer el título de estos #TresMinutos, porque va a en contra de todo lo que pienso, digo y hago.
La frase no es mía, claro, la he copiado.
Me explico.
La semana pasada, una amiga me contó que se había encontrado a una chavala a la que conocía por la calle y esa chavala le dijo que la había visto en una foto de Instagram conmigo.
Ah, sí, somos amigas, contestó mi churrita hermosa.
A lo que la chica le respondió, Yo la sigo, pero bueno, lo que dice…. Yo no creo que una pueda cambiar, con la vida que yo tengo…
ANDA, LA HOSTIA.
Vaya por delante que cada una puede creer lo que le dé la gana. Todos mis respetos. Pero no deja de ser raro que, si crees que has venido al planeta a zamparte lo que las circunstancias manden, si estás convencida de que eres como eres y que eso es inmutable, si vives como si no tuvieras nada que decir en tu propia vida es raro que me sigas. Muy raro.
Es como si un vegetariano siguiera una cuenta donde publicitan chuletones: vas a ver cosas que no te van a molar y te pierdes la oportunidad de consumir contenido que sí te sirva, con bien de tofu y de espinacas.
En el caso que nos ocupa: vas a sentirte incómoda cuando yo hable de cómo modificar tus creencias, cómo planificar tu tiempo, cómo hacerte las preguntas correctas que te lleven a las decisiones correctas. Cómo estar más a gusto en tu vida. Porque estoy yendo de frente contra todo eso de lo que tú estás convencida, todo eso sobre lo que has construido tu identidad y tu existencia.
No te va a molar, ya te lo digo. Y vas a pillarme una tirria tremenda. Que a mí me va a dar igual porque no me voy a enterar. Pero es que cogerle manía a alguien y escucharla todo el rato te agria el carácter; te arruga, seguro. Mejor te lo ahorras.
Y no lo digo con segundas, de verdad.
Es el consejo que le daría a cualquiera que pretende perder su tiempo con algo que no le va a aportar nada.
Porque otra cosa sería que esa chavala sintiera que sí, que puede tomar el poder, que siempre se puede aprender a gestionar lo que venga, que hay mucho por aprender sobre una misma. Aunque no tenga ni idea de cómo hacerlo, si algo le dice que hay información que no conoce y tiene ganas de descubrirla: HOLA, ESTE ES TU SITIO.
¿Por qué te cuento todo esto, querida suscriptora?
Porque esa conversación que me contó mi amiga me ha sugerido una pregunta mucho más profunda e interesante que la anécdota.
¿Para qué sigues a la gente que sigues?
No hablo de mí.
Hablo de cualquiera.
¿Para qué escuchas ese podcast? ¿Para qué ves esos vídeos? ¿Para qué lees esos libros? ¿Para qué pasas tiempo con determinadas personas? ¿Para qué enciendes la televisión? ¿Para qué entras cada día en esa cuenta de Instagram?
Porque todo lo que consumimos deja una huella en nosotras, queramos o no.
Hay contenidos que nos inspiran. Otros nos enseñan. Otros nos entretienen. Algunos nos invitan a cuestionarnos. Otros regalan claridad o nos dan perspectiva.
Pero también hay algunos que solo alimentan nuestro enfado. O nuestro miedo. O nuestras certezas. O nuestra envidia.
Qué importante es tener claro si lo que consumimos nos acerca a la vida que queremos y a la persona en la que nos queremos convertir o nos aleja de ella.
Porque si cada vez que escuchas a alguien sientes rechazo, o rabia. Si piensas que está equivocado en todo, si cada mensaje te reafirma en que “eso a mí no me va a funcionar”, puede que la pregunta no sea si esa persona tiene razón o si la tengo yo.
Yo creo que la pregunta es: ¿qué estoy buscando al exponerme una y otra vez a algo que no me aporta?
¿Sentirme superior? ¿Confirmar que el otro está equivocado? ¿Demostrarme que yo no puedo? ¿Evitar cuestionarme? ¿O, en el fondo, hay una parte de mí que quiere creer que existe otra manera de vivir, o de pensar, o de hacer, aunque todavía no esté preparada para aceptarla?
Esta pregunta sirve para muchísimo más que para las redes sociales.
Sirve para revisar las conversaciones que mantenemos, las relaciones que tenemos, y hasta la forma en la que nos hablamos a nosotras mismas.
Porque todo eso moldea nuestros pensamientos y la persona que somos.
Porque no solo somos el resultado de la suma de las cinco personas con las que más tiempo pasamos.
También nos parecemos a las ideas que más escuchamos.
A las historias que más repetimos.
Nuestro tiempo es limitado. Nuestra atención también. Y ambas son, por su escasez, los recursos más valiosos que tenemos.
Yo quiero regalar mi tiempo y mi atención a ideas y personas que me hagan crecer, que me reten, que me inspiren, que amplíen mi manera de mirar el mundo. Y con tal de hacerlo, he de cribar, decir y decirme que no. Asegurarme de que soy yo la que lleva el timón y no el algoritmo.
Generar un criterio que ayude a ser coherente.
P.D.: si este artículo te ha gustado y quieres compartirlo en tu Instragram, porfa, pon el enlace, le haces un favor a quién lo quiera leer y, de paso, a mí. Gracias por adelantado.
P.D2.: si eres de las que creen que claro que se puede cambiar, aprender, avanzar hacia la vida que queremos, te cuento que una de las herramientas que más me ha ayudado a vivir en calma la mayoría del tiempo es saberme dueña de mi tiempo.
No ha sido fácil aprender a planificar correctamente, y como yo estoy aquí para compartir lo que me sirve, he creado un cuaderno con 5 ejercicios para que dejes de resbalar por tus horas y tomar el control
Si acabas el día agotada, con la sensación de no haber parado ni un minuto y aun así piensas que lo importante sigue esperando este cuaderno es para ti.
Puedes descargarlo aquí.
Diez minutos al día, durante 5 días en los que trabajarás lo siguiente:
DÍA 1
Descubre por dónde se está escapando realmente tu tiempo
DÍA 2
Aprenderás a diferenciar las cosas que haces porque realmente quieres de las que haces por culpa, miedo a decepcionar o simplemente porque llevas tantos años haciéndolas que nunca te has planteado si siguen teniendo sentido.
DÍA 3
Aprenderás a diferenciar entre la realidad de lo que pasa si empiezas a hacer las cosas de otra manera y las historias que tu mente lleva años contándote.
DÍA 4
Entenderás por qué hace tanto tiempo que sientes que tu vida siempre empieza cuando terminas de encargarte de la de los demás.Y descubrirás por qué cuidarte no es egoísmo. Es responsabilidad.
DÍA 5
Decide cómo quieres vivirNo terminarás este cuaderno con una lista de tareas.Terminarás tomando una decisión.Una sola.La que puede empezar a cambiar la forma en la que usas tu tiempo y, sobre todo, la forma en la que te relacionas contigo misma.
Me he encendido, amigas, me he encendido. Llevo días con la mosca detrás de la oreja con el tema de los envidiosos criticones y hoy ha llegado la gota que ha colmado el vaso.
Estaba yo tan cabreada que iba a hacer un directo hoy mismo, pero me conozco y con una cámara delante la puedo liar muy parda. No es que ante el teclado vaya a reprimirme, pero la verdad es que teclear me regala algo de tiempo para pensar, no para suavizar, sino para no dejarme nada en el tintero.
La gota de la que hablaba ha sido una publicación de Instagram en la que Elsa Pataky decía algo tan ofensivo y peligroso como que la mejor medicina antiedad era el ejercicio de fuerza (o algo parecido).
A priori, hables con quien hables, te dirá lo mismo si sabe algo de salud. Es más, este mismo comentario lo podemos escuchar de boca de miles de personas sin que nadie les ataque.
Pero, AY, cuando la que lo dice está buenísima, se supone que gana un pastizal, tiene un marido que se parte de lo bueno que está, tiene unos niños monísimos y parece que está contenta con su vida. AY.
Bajo el precioso jeto de la Pataky, en esa publicación de Instagram, aparecían unos comentarios de los que no daba yo crédito (o sí, porque una ya ha visto mucha de esa mierda, lamentablemente).
No hice pantallazo, porque no quiero que, ni mi móvil ni mi cerebro, tengan que soportar semejante muestra de mediocridad, maldad y envidia (que vienen todas juntas casi siempre, o son lo mismo, o yo qué sé), pero lo que se repetía era que tenía pasta (como si la hubiera robado o ganado a base de matar gente o traficar con órganos), cosas relacionadas con su marido que tampoco entendía, y luego un montón de porquerías más que pa qué mencionarlas.
Como las que leéis esto sois gente normal, no hace falta que aclare que 1) El ejercicio de fuerza es bueno para nosotras 2) Por muchas cifras que haya en tu cuenta bancaria, si no haces ejercicio, no tienes ese cuerpo fuerte y divino. Es más, hay gente riquísima que no se cuida NADA 3) Tener un marido cachas no te contagia sus músculos
No hace falta, pero yo lo digo, por si se nos olvida.
Lo que quizás hace falta es resumir lo que pasa, bajo el jeto precioso de la Pataky, en las redes y en la vida en general: HAY GENTE ENVIDIOSA Y CABRONA. La ha habido siempre, pero es que ahora tienen teléfono y redes sociales, algo que les deberían prohibir.A MÍ LA GENTE ENVIDIOSA Y CABRONA ME LA TRAE AL PAIRO.
Con mayúsculas, para que quede MUY claro.
Pero eso no le pasa a todo el mundo y hay personas a las que esa gente envidiosa y cabrona les hacen mucho daño, ya sea en el trabajo, en la familia, en las redes sociales.
La gente envidiosa y cabrona es PELIGROSA.
Por eso estoy escribiendo esto, por si puedo ayudar a crear una vacuna contra la gente envidiosa y cabrona.
Para que nos resbalen a todas.
Para que ninguna haga algo o deje de hacerlo por miedo a la gente envidiosa y cabrona. Para que nadie se sienta mal por su culpa.
Para que ninguna deje de brillar por miedo a la gente envidiosa y cabrona.
Para que, de tanto comprobar que sus comentarios son inocuos, dejen de hacerlos o los hagan frente a una pared de su casa. Y ya de paso, que no salgan de ahí. Y que les quiten el móvil, por favor.
Te voy a contar algunos principios que yo aplico para lograr este pasotismo y he de admitir que viene un poco de fábrica, porque tengo una familia que no ha hecho caso JAMÁS a las críticas ajenas y eso se pega, claro.
Pero alguna vez me ha pellizcado alguna crítica, porque todas tenemos momentos jodidos en la vida, así que:
No acepto críticas de quien no aceptaría consejos (esto no es mío, no sé donde lo escuché, pero ya lo hacía). No escucho la opinión de alguien a quien no admiro y la gente envidiosa y cabrona no es admirable, sino despreciable. La gente envidiosa y cabrona critica a gente que consigue cosas que ellos jamás han conseguido y que difícilmente conseguirán si se pasan el día mirando fuera a ver a quién le pueden lanzar sus dardos, en lugar de estar ocupándose de su vida.
Yo me alegro de lo bueno que le pasa a gente a la que ni conozco y solo me rodeo de gente que sienta lo mismo. Que Taylor Swift lo peta en su gira: me alegro. Que la Pataky tiene un marido que está buenísimo y es simpátiquísimo: me alegro. Ya ni te cuento si los beneficiados son amigos míos, entonces toco las castañuelas y bailo el cha-cha-cha (el de Bruno Mars, claro)
Me alegro, por supuesto, de que a la gente le pase lo que a mí me gustaría que me pasara. Como a mí me encantaría tener un pastizal para disfrutarlo a lo loco, me alegro de que otros lo tengan. Y no, no me ofende que hayan heredado, que lo ganen por su cara bonita o que, cada mañana se encuentren con tres mil euros bajo la almohada.
Bravo por ellos.
Si no lo roban o hacen daño para conseguirlo, GLORIA BENDITA.
Como a mí me fascinaría tener una casa con cine y una piscina infinity y una librería grandiosa, me alegro mucho por los dueños de las casas que salen en el canal de Youtube de AD.
Como mi sueño es viajar en jet privado, me da un gustito tremendo ver a gente que lo hace.
Es más, me inspiran, porque siempre me pregunto qué puedo hacer para acercarme un poco más a eso que me mola en los demás. Me parece una manera mucho más frutífera y chula de pasar el tiempo que andar criticando y soltando asquerosidades por mi boca. Llámame loca.Si todos nos alegráramos y nos inspiráramos por los logros y los disfrutes ajenos el mundo sería bastante más bonito.
Ya basta con los comentarios menospreciando todo eso que os gustaría tener a vosotras, gentes envidiosas y cabronas, ya sean culos duros, libertad de espíritu, casas increíbles, trabajos bonitos, u hoteles de cuento.
Voy a hablar ahora de algunos comentarios no tan agresivos pero que esconden envidia y que surgen cuando das información sobre negocios, finanzas, moda, lo que sea y alguien dice cosas como “Eso no es para todo el mundo” “Algunos no nos lo podemos permitir” etc. como si esa fuera una razón para que esa información no se diera.
Hablo de mostrar un reloj, un hotel, una estrategia de inversión …
Eso es como si voy a un restaurante, me dan la carta y llamo al camarero para decirle, de mala hostia, que yo no puedo comer trufa y que en esta carta hay trufa.
O como si les dejara comentarios a todos los que, en Instagram, publican recetas donde hay champiñones, contándoles cabreada que yo no puedo comer champiñones.
Mis intolerancias son mías y no son razón para que eliminen la trufa y los champiñones del planeta Tierra. Lo mismo es aplicable a todo lo demás: que tú no puedas disfrutarlo no significa que otros se tengan que sentir culpables o justificarse por hacerlo.
También me alegro por todas las que podéis comer champis y trufa a lo loco, porque me encantan ambas cosas, pero claro, la que lío si me los como pues no compensa, la verdad.
Ay, Dios Santo, que voy por las mil doscientas palabras y eso son seis minutos, no tres. Oye, que el fin justifica los medios y mi fin hoy es que nos despojemos todas de cualquier tipo de culpa o limitación basada en la GENTE ENVIDIOSA Y CABRONA.
Solo espero haberlo conseguido, aunque sea un poquito.
Feliz sábado
(Hinchaos a champiñones a mi salud, por favor. A todas horas)
Sol
Extrañamente, escribo este texto dos días antes de que lo leas, querida suscriptora. No suelo dejar tan poco margen, soy una obsesa de la antelación.
Hoy me alegro de que así sea, porque tengo la sensación de estar hablando contigo a tiempo real, contándote mis cositas en el momento en el que me están pasando. Por si te sirven, claro. Por si llegan a algún lugar de tus entresijos y te ayudan a vivir mejor, a reconectar contigo, a sentir calma.
No voy a darte más la vara con las semanas apáticas que he pasado y con cómo he remontado, lo tienes todito en los artículos anteriores a este. Lo que sí quiero traer hoy aquí es que ese proceso me ha arrastrado a reconectar con partes de mí que hacía tiempo que no visitaba.
Además, cierra la librería “Amapolas en octubre” y eso me ha llevado a un maremagnum de emociones y de reflexiones sobre las que te voy a escribir muchísimo cuando repose esta tristeza, esta orfandad.
Y este orgullo.
Porque yo estoy tristísima, pero eso no quita que Laura haya demostrado un criterio glorioso a la hora de decidir lo que quiere hacer con su vida.
Ese acierto suyo y aquel agrisamiento mío han despertado en mí unas ganas muy grandes de disfrutar mucho, de ser mucho más sabia, más ligera. De celebrar cada segundo de cada día.
Por eso he retomado la lista de las mil cosas que me gustan, ese reto que comenzó por casualidad en Instagram y que nos ayuda a centrarnos en lo positivo y llevarle la contraria a este cerebro nuestro tan cenizo. A conocernos mejor. A lanzarnos sobre todo eso que, ahora sí, sabemos que nos enciende por dentro.
Me gusta despertarme temprano y que la luna llena me mire desde mi ventana. Que en estas montañas mías, el fresquete del amanecer me deje ponerme una rebequita en plena ola de calor. Qué gusto, madredelamorhermoso.
La vela de Mandarina de Zara Home.
Escuchar a Bruno Mars.
Ir al cine sola y comerme un Crunch. O DOS.
Esta canción, que huele a verano, a amigas, a alegría.
El poema 20 de Neruda. Leerlo una y otra vez. “(…) Aunque éste sea el último dolor que ella me causa,y estos sean los últimos versos que yo le escribo”.El vídeo de “Living on a prayer” de Bon Jovi. Qué guapo Jon, con esos pelos, con otros pelos, sin pelos. Voy a verles en septiembre y no quiero ni pensarlo, porque me pongo muy nerviosa.
Esta foto:
Mi estantería-librería, porque me he vuelto loca, inspirada por mi Amapola y he dicho “Si ella es capaz de cerrar esa librería que no es una librería que es un templo, yo voy a donar o tirar todo lo que tengo ahí que no tiene que ver ni con mi presente ni con mi futuro”. Y ya están metidos en cajas los cien DVD´s, los doscientos CD´s, tres bolsas de basura llenas de papeles. Cosas que no he mirado en AÑOS.
Dejar espacio a todo lo nuevo que está por venir. En la estantería y en mi vida. Darle las gracias a lo pasado y dejarlo ir. No puedo convertirme en la persona que quiero ser si todo lo que veo me recuerda a la que fui. Bye bye.
El orden: en los muebles, en mi cabeza.
Volver, por fin a inventar ilusiones: que me voy con mis amigas a los Cotswolds después de mirar esas casitas ideales durante años en Instagram. Vaya septiembre me espera. OLE CON OLE.
El prota de “Off Campus”, que sí, que podría ser mi hijo, pero que no lo es. No se puede estar más buenorro. No he acabado la temporada, porque necesito concentrarme en cosas de curro y os juro que me quedo atontada dos horas después de cada episodio. Ya, igual estás pensando en desuscribirte de esta Newsletter. Me parecería muy razonable, la verdad.
El momento de “El jardinero fiel” en el que Rachel Weisz le dice a Ralph Fiennes “You can learn me” (pienso tatuarme esa frase).
Caminar descalza. Con mi pedicura roja impoluta.
La nostalgia en su punto justo que, para mí, es esa que provoca una sonrisa.
Las películas en las que sale Nueva York en todo su esplendor.
El primer episodio de la primera temporada de “The Morning Show”, quizás lo he visto treinta veces. El resto de la serie es brutalmente buena, pero ese episodio es cósmico.
Convertir un sitio en MI sitio. Un bar, una librería, un banco frente a un puente en Central Park. Un valle entre montañas.
Los spas. Meterme en un jacuzzi a 84 grados durante horas. No me verás en la piscina fría, NI DE COÑA. Contrastes, los justos.
Los canelones con MUCHÍSIMA bechamel. La sobrasada (ahora que lo pienso, llevo meses sin comer, lo soluciono en 3, 2,…) Menos mal que también me flipan el brócoli y las acelgas hervidas.
Que mi planta viejísima me haya regalado dos hojitas nuevas después de años sin decir ni mú. Qué bonica. Ella también ha retomado las ganas, parece.
Compartir con Paulo publicaciones de Instagram en las que sale gente que canta increíblemente bien. Compartir con Mabel escenas de telenovelas de los 90 con personajes que tienen nombres larguísimos y que están totalmente desquiciados. Compartir con Estel fotos de hoteles preciosísimos a los que iremos algún día, PALABRITA.
Ver a mis hijos la mar de contentos, cada uno con lo suyo, que es que no pueden ser más diferentes, los tíos. Que me cuenten sus historias (claro, que me encantaría saber cuáles son las que no me cuentan).
Vancouver, estuve dos días el año pasado y tengo unas ganas muy locas de volver. Está lejos de cojones, así que estoy pensando pirarme todo el verano próximo para amortizar las horas de vuelo y de jetlag. ¿Alguna de por aquí que viva por allí? Para que me cuente cosas. Somos una comunidad de lo más internacional.
Bailar como una enajenada. Y llevo tiempo sin hacerlo, pero lo soluciono ya mismo, gracias al cumple de una amiga. Puede que el 25 de julio me tengan que escayolar los pieses por destrozo masivo, pero no me importa.
Y me gusta leer esto que escribo, confirmar que la chispa ha vuelto, que me den ganas de aplaudir ante cada párrafo. Inventemos ilusiones, amigas, porque es lo que diferencia a las vivas de las supervivientes.
Este texto no termina aquí, porque me fascinará que escribas en comentarios las cosas que te gustan. Así nos inspiramos las unas a las otras, así ayudamos a quiénes quizás, ahora mismo, no sean capaces de crear purpurina y lentejuela.
Si esa eres tú, respira. También esto pasará.
Feliz sábado,
Sol
Me preocupa, a veces diría que me obsesiona, el paso del tiempo. Ni entiendo ni acepto ese concepto tan confuso del hacerse mayor, ni gestiono demasiado bien el equilibrio entre aprovechar el tiempo y vivir relajada.
Todavía no he encontrado la manera de compatibilizar mis prisas por avanzar con mi necesidad de descansar.
Todo lo que tengo es tiempo, pero no sé cuánto, y eso limita mis posibilidades de control y me pone nerviosa.
Pensando en todo esto estoy mientras releo “Filosofía ante el desánimo”, de José Carlos Ruiz.
El caso es que hoy he llegado a la parte en la que habla de mi querido amigo, el tiempo. Nos cuenta cómo, en la antigua Grecia, había tres dioses que representaban el tiempo: Cronos, que marca nuestro tiempo de vida; Aión, que simboliza el tiempo que dedicamos a lo que tiene sentido para nosotros, y Kairós, como estandarte del momento adecuado, de la suerte.
Cuánto ayuda poseer una clasificación de lo borroso para trenzar lo que se enreda en la cabeza de una.
Perseguimos aprovechar todas las oportunidades posibles mientras desarrollamos nuestro propósito en nuestra particular e incierta cuenta atrás: de eso va la existencia (o debería). Parece simple, pero no es fácil, porque no lo es la conexión con esto que somos; lograr y mantener la cuadratura del círculo; encajar nuestro puzle interno, con tantas piezas y tan diferentes.
Los obstáculos aparecen en forma de pereza, de decisiones basadas en decisiones de otros, de una tozudez estúpida que pretende derribar muros ajenos.
Y mientras tanto, Cronos pirándose sin solución, Aión de vacaciones y Kairós desesperado ante nuestra inutilidad.
Para los que le restan importancia a la fusión con uno mismo, el no disfrute es una constante de lo más llevadera, pero para los que conocemos el ensamblaje perfecto; qué se siente cuando estás dónde, con y cómo deseas, a qué huele y a qué sabe la plenitud, lo opuesto es un pellizco asquerosamente doloroso.
Te despides de cada hora lamentando que no haya valido la pena y te devanas los sesos para resolver la ecuación: no sé qué he de hacer para desembrollarme, cómo tirar del extremo de un hilo que no conozco.
Hay obstáculos conocidos por todos: un trabajo que me aburre, una pareja que ya no es lo que fue, la ausencia de aficiones.
Pero a veces es un lugar, aparentemente sin razón alguna, el que nos roba la inspiración. Idealizamos un pueblo en la costa o en la montaña sin preguntarnos si estamos dispuestos a pagar el precio por el silencio y las vistas al mar. Vida social y cultural limitada, pocas novedades, misma gente y mismas conversaciones por lo siglos de los siglos. Para algunos, esa línea recta es el paraíso; para otros, una losa invisible que no logran identificar. Me pesa la vida y no sé por qué.
Cuando se asoman a la civilización, despiertan, brillan, tintinean. Les gusta, pero tampoco vislumbran la razón y se dicen a sí mismos que son raros, que si el paraíso es para unos debe serlo para todos, ignorando su individualidad y que lo importante es saber qué es lo importante, ya sea respirar aire puro o ir al teatro cada semana, levantarte entre árboles o descubrir una cafetería a la semana.
Desmenuzar de qué está hecha nuestra particular chispa de la vida es el primer paso para honrar el regalo que Cronos, Aión y Kairós nos han hecho.
Validar nuestras singularidades, el segundo.
El tercero, aprender a disfrutarlas como si no hubiera un mañana, porque no sabemos si lo habrá, aunque nos gustaría.
P.D.: qué difícil es aprovechar el tiempo, en cualquiera de sus tres nombres, cuando no sabemos cómo queremos emplearlo. Cuando desconocemos lo que nos provoca mariposas estomacales.
Cuando hace tanto tiempo que no le dedicamos tiempo a lo que nos ilusiona que creemos que la chispa de la vida no existe.
La chispa existe, créeme, pero la hemos enterrado entre obligaciones, miedos y ruedas de hámster que nos llevan a toda velocidad sin llegar a ningún sitio.
Yo he estado ahí, agrisada perdida, pero desenterré mis pasiones y aquí estoy: en una vida en la que me quiero quedar.
Para mostrarte cuál ha sido mi camino, diseñé la formación “Del DEBERÍA al QUIERO”,Es una formación grabada y tendrás las grabaciones y los materiales disponibles de por vida.Las inscripciones se cierran el 7 de julio a medianoche.
Esta formación es para ti si ahora mismo:
Te cuesta identificar lo que quieres realmente
Tomas decisiones pensando en no decepcionar a otros en lugar de pensar en lo que tú realmente quieres
Justificas ante los demás tus decisiones constantemente
Sabes que hay algo que quieres cambiar o hacer pero llevas meses (o años) postergándolo
Te cuesta diferenciar entre lo que quieres y lo que se espera de ti.
El no estar a gusto en una situaciónno te parece razón suficiente para salir de ella
Sientes culpa cuando te priorizas
Te adaptas a los demás constantemente y acabas agotada o resentida
Y lo que quieres es…
Despertarte cada mañana con claridad sobre lo que quieres, sin el peso de la confusión constante
Tomar decisiones con seguridad, desde la conexión contigo misma, no desde la aprobación ajena
Darle la suficiente importancia a tu voluntad como para trabajar por lo que TÚ quieres y abandonar lo que ya no quieres
Sentirte libre y disfrutar del tiempo que te dediques
Defender lo que quieres ante ti misma y ante los demás, sin necesidad de justificarte constantemente
Esto es lo que dicen las alumnas de la primera edición de
“Del DEBERÍA al QUIERO”:
Un regalo en todos los sentidos, un SÍ en mayúsculas a mí.
– Laura
Clarificadora, empoderadora y energizante
-Blanca
El mayor beneficio ha sido comprobar la culpa heredada. Darme cuenta que se puede aprender a vivir para que el sacrificio y entrega con la que siempre he convivido no guíe mi vida.
-Marga
Me va de maravilla como desgranas y organizas la información. Me da mucha claridad
-Susana
Ha superado mis expectativas. Me ha encantado la clasificación y nominalización de las distintas materias, ese desglose tan claro y útil, me encanta que no haya paja. La formación siguió una estructura clara, el discurso ameno, los ejemplos ayudan a empatizar y las orientaciones sencillas y directas para poder recordarlas.
– Blanca