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Etiqueta: blog de humor para mujeres

Bailemos

Siempre nos quedará un baile veraniego con música de los setenta que nos despertará del letargo, nos lanzará sobre la pista y nos convertirá en peonzas que giran felices y despreocupadas. “Earth, wind and fire” y su “September” nos devuelven a aquellos años en los que no existía el reloj; “Black is black” actúa como anestésico. Aquí no hay dolor de pies que valga. Al ritmo de “Valerie” nos olvidamos del cansancio.

Bailar, a muchas, nos traslada a otro tiempo, a otro lugar y a otras nosotras.

Aquellas nosotras de entonces no sabían que esos bailoteos, la energía y las ganas eran finitas. Aunque pisoteáramos todas las discotecas habidas y por haber, no éramos conscientes del lujazo que era aquella diversión apabullante. Ahora sí lo sabemos, porque un lujo es un bien escaso y escasos son los bailes asalvajados en ciertos momentos de la vida.

Desde que llegué a mi isla, hace una semana, no he parado de bailar. Los nenes ya están creciditos, he coincidido con muchos amigos y hace tiempo que decidí que volvería a ser joven. Porque a mí ser joven me gustó mucho, lo aproveché mucho y lo de hacerme mayor ni entra en mis planes ni entrará. Mientras mis taconazos puedan seguir el ritmo de “Young hearts run free”, la menda será una chavalita con algún inciso de madurez obligada, pero los mínimos necesarios.

Y quien dice bailar como las locas, dice cantar en el coche con las amiguis. A Bruno Mars, a Mocedades, a la Pantoja. Qué más da. El caso es descargar estos cocos nuestros de obligaciones, rutinas, responsabilidades, dolores varios y tristezas propias de la vida adulta. Fluyamos todo el rato. Adoptemos como eslogan esa frase que mi amigo Rubén me espetó hace unos días mientras caminábamos de madrugada, que es el mejor momento para las mejores afirmaciones: ¿Qué es lo peor que puede pasar? La verdad: nada. Apliquémoslo a diario, tatuémosla en nuestra amígdala, la del cerebro, no la de la garganta. Al lado, escribamos otra que escuché cenando en los campos ibicencos de boca de alguien que te convence con su entusiasmo: “La vida es maravillosa”. Y es que lo es, aunque a veces se nos atragante.

Qué glorioso el diálogo interno, hablarnos como si nos importáramos y nos cayéramos bien. La última frase que se me ha quedado grabada esta semana fue, precisamente, en medio de esos bailes Flower Power que tan feliz me hicieron. Mi amigo Marco fue al baño y, al volver, me contó que “Me he tirado un pedo en el baño que podía haber aniquilado a un rebaño de ñús”. Todo ello aderezado con sus gafas de colorines, una cinta en el pelo de estilo incierto y unos bailes fuera de lugar. Risas incontrolables, claro. Y con esto lo tendríamos todo. Porque el humor, la desvergüenza, la confianza y la naturalidad faltan mucho por aquí y son sumamente necesarias.

Sí, la vida es maravillosa y nada horrible pasa cuando bailas y te rodeas de otros que bailan, que comparten contigo diversión, alma y cariño. Lo de los gases es un pequeño aderezo, la guinda del pastel.

Bailemos porque nos gusta, porque nos lo merecemos, porque mover nuestros cuerpecillos al ritmo de la música, por fuerza tiene que ser algo bueno, que lo hacían ya en la prehistoria y aquellos eran muy listos. Y lo puedes hacer sola, a duo o con una tribu entera. En tu casa, en la disco, o mientras esperas a que el semáforo de peatones se ponga verde. Qué más da lo que piensen los demás, que hagan lo mismo y serán más felices, más jóvenes. Todos bailamos la vida. O deberíamos.

las claves de sol

Del estrés positivo y la importancia de un buen par de tetas

las claves de sol

Las necesidades y las tetas.

El otro día una amiga me contaba que no entendía por qué su madre, con 70 años y tras una mastectomía, se iba a reconstruir el pechamen. Qué necesidad, a esa edad, otra operación más. Y es que tendemos a pensar en la edad como algo independiente de nosotros, pero no de los demás. Yo quiero sentirme bien con cuarenta y seis, igual que con veinte, o quizás más. Y si continúa esta tendencia, a los setenta me ocuparé aún más de mi persona. Pero cuando hablamos del de enfrente no nos damos cuenta de que ahí dentro hay ilusión, ganas de renovarse. Porque el partido termina cuando suena el pitido final, nunca antes. Y así debe ser. Y esa madre de setenta está convencida de que será más feliz con su par de hermosas tetas, ni más, ni menos. Y si con treinta, con cuarenta o con ochenta decido tener las tetas más grandes, me someto a un aumento de senos. Si eso es algo superficial o no, a nadie le importa. Seamos libres para descubrir cuales son nuestras necesidades, qué es lo que es importante. Tener tetas, aprender a meditar, correr una maratón, vivir en el campo, vivir en Nueva York, hacer un safari, adelgazar diez kilos, engordarlos, un tatuaje, nadar desnuda en el mar, tomar una cerveza fría. Que eres tuya, solo tuya.

Vogue Business

Gloria al cielo, Aleluya, que al fin una revista femenina incluye una sección de negocios. Sí, amiguis, por fin se han dado cuenta de que, para comprarnos bien de potingues y bien de trapos, tenemos que trabajar y, de hecho, lo hacemos. Como las loquis, además.  Os animo a que le echéis un ojo a la web porque encontraréis artículos la mar de prácticos: información sobre becas, consejos para emprendedoras, o cuál es la importancia de poseer una marca personal son algunos de los temas que encontraréis. No, Vogue no me paga, más quisiera. De hecho, me cobra, pero es que me ha dado una alegría muy grande esto de que nos traten como a seres productivos y no meramente ornamentales y tenía que compartirlo.

El estrés positivo

Cada miércoles, a las 21.30, hago un directo de Instagram tratando temas que vosotras me habéis comentado en alguna ocasión. Esta semana tuve un invitado muy especial: Ángel López. Mi Tru, mi amigo del alma, que dejó su trabajo de ejecutivo agresivo para estudiar psicólogia positiva, educación socio-emocional y que, entre otras actividades, ahora se dedica a impartir talleres sobre estrés positivo. En el directo, aparte de descojonarnos vivos con mis anécdotas, hablamos de la importancia de estar presentes para diagnosticar inmediatamente cuando vamos a dejar que las emociones nos gestionen en lugar de gestionarlas nosotros. De lo importante que es entender cómo funciona nuestro cuerpo y nuestra mente para poder manejarnos y no dejarnos manejar. Porque nos pasamos la vida aprendiendo a conducir, a hacer funcionar la lavadora, a trabajar con programas informáticos, pero no tenemos ni puñetera idea de qué hacer con esto que somos.  Hablamos de un libro llamado “Por qué las cebras no tienen úlceras”, que me pienso leer ya mismo. Y es que la cebra se estresa cuando ve al león, porque tiene que salir por patas y necesita ese caudal de sangre asalvajao que provocarán la adrenalina y el cortisol. La cebra corre como las locas para salvar su vida y, cuando el león atrapa a una de sus compis, ella y el resto del rebaño se relajan inmediatamente. Pasean y pastan. La cebra al hoyo y el resto al pasto. No se calientan el tarro pensando lo que podría haber pasado, si mañana volverá el león. Y es que quizás el león mañana tenga ganas de ciervo o de jirafa, para qué martirizarse. Yo, desde que escuché todo eso, solo quiero ser cebra.
lunes con sol

13/5/19. Sobre la marea rosa y la importancia de ponerse triste (a veces).

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Qué van a pensar de mí.

No hay taller de escritura en el que no asome el maldito “Qué van a pensar de mí”. El del sábado pasado no fue una excepción, básicamente porque no hay día en nuestra vida en el que ese pensamiento de mierda no nos golpee la nuca. Qué me pongo. Qué digo. Cómo me peino. Qué no digo. Mejor no escribo. Mejor no opino. Mejor digo que sí a todos. Voy a hacer lo posible para no disgustar a nadie, qué más da si la disgustada soy yo. Intentaré que llueva a gusto de todos, seré su paraguas, ya me mojo yo. No protestaré demasiado, vaya a ser que alguien se ofenda. Me dejaré arrastrar por los estereotipos y nunca iré contra corriente, que eso es de locas y estar loca es algo horrible. Seré normal, signifique lo que signifique, por más que el aburrimiento me achicharre. Me importará lo que todos, incluso gente que ni conozco, opine sobre mi vida. Viviré la vida que alguien, que no conozco ni sé quién es, diseñó hace dos mil años. No me reinventaré, porque me van a criticar. No gritaré “Y a ti qué coño te importa”, sería una falta de respeto.

Solo una cosita, queridas: NO SOMOS ETERNAS.

La Marea Rosa

El domingo caminé la Carrera de la Mujer. Y digo caminé porque eso es lo que hice: pasear tranquilísima junto a mi amiga Juana, disfrutando de esa marea rosa demoledora que recorrió Madrid para recordarnos que juntas hacemos magia de la buena. Paré, como manda la tradición, en La Mallorquina, para zamparme una ensaimada que el camarero, más que entregarnos, nos lanzó cual frisby. Está claro que vamos allí por lo buenísimos que están los bollos, porque hay que joderse con el servicio. Pero en fin, a lo que íbamos: qué subidón formar parte de algo más grande que una misma. Qué ilusión ver a tanta gente apostada a lo largo del recorrido con carteles de ánimo, aplaudiendo, reafirmando lo rematadamente fabulosas que somos. Cuánto me acordé de todas las amiguis que me leen y me escriben mientras luchan cuales salvajas para curarse. Qué conmovedor ver las camisetas color rosa chillón cubiertas con fotos, con los nombres de las que, a pesar de no correr, estaban allí con nosotras. Y nosotras allí por ellas. 

La tristeza. La paz.

Después de terminar mi Caminata de la Mujer llegué a casa, los niños estaban jugando en casa de un amigo, era domingo. No tenía brunch planeado, ninguna peli nueva que me apeteciera. Mil cosas por hacer, tanto en casa como frente a esta pantalla. Ningunas ganas de ponerme al tajo.

Mientras pateaba la Gran Vía con otras treinta y seis mil mujeres, un amigo me mandó un mensaje. Había visto esa marea rosa en mi Instagram: “Hay que ver, no paras, que te gusta un sarao”. Tampoco es para tanto, pensé yo. Hasta que analicé mi última semana, mi último mes, mi último año y porque del resto no me acuerdo. No paro, es un hecho. Y paré cinco minutos, tirada en mi cama, sin ordenar armarios, sin planear mi agenda, con esos nueve kilómetros pegados a las patas, con las tantas horas del taller del sábado en la sesera, con el cansancio normal de estas jornadas maratonianas. Y algo parecido a una tristeza milimétrica me pellizcó. Hostias, que mi cuerpo y mi coco están tan aferrados a esta inercia que, cuando freno, en lugar de relajarme, me entristezco. O eso creo, o yo que sé. Cuántas me preguntáis cómo soluciono mis bajones. Cuántas veces he contestado que con mi música, con mis amigos y con un puñado de perspectiva. Ayer decidí que no hay nada malo en bajar el entusiasmo junto con las revoluciones, que no iba a hacer ninguna llamada para distraerme, que Celia Cruz se quedaba calladita y que quizás debería plantearme más a menudo que lo que una necesita para equilibrarse anda por aquí dentro. Que hay que mirar en los cajoncitos del alma para decidir qué tiramos, qué ordenamos y, algo aún más importante:  qué asuntos nuevos vamos a meter ahí. Y no porque necesitemos novedades, sino porque las queremos. Nuevos amigos, aficiones nuevas, más viajes, más lecturas, más canciones, muchos más besos, aún más ilusión: puedo vivir sin todo eso, pero no me da la gana.

   

#LunesConSol, 6/5/19, sobre picores vaginales y el Día de la Madre

Los picores de ahí abajo.

Has leído el título y has pensado DIOSMÍO, QUÉ COSA MÁS HORRIBLE. Normal, porque lo es. Lo que voy a contar le pasó a mi amiga Estrella la semana pasada, pero le podía haber pasado a cualquiera. Cualquiera con vagina, se entiende.

Nada que no sepáis: aquello empieza a picarte, a arderte, a provocarte ganas de sentarte en una cubitera, de pedir una epidural, de arrancártelo de cuajo. Venga, que no eres nueva, un ovulito contra los malditos hongos y listos. O no.

Esto empeora. No puedo caminar. De ponerme bragas, ni hablamos.

Me voy a urgencias, pensó Estrella, porque esto es urgente. Esto es lo más urgente del mundo. Apártense, accidentados, que lo mío es muchísimo peor que lo vuestro.

El precioso momento de la preguntita “Sí, cuénteme, qué le pasa” solo hace que mejorar cuando el que lo pregunta es un bigardo buenorro. Qué bien todo. Venga, como una tirita: un, dos, ¡tres!

Tengo la zona vaginal inflamada y con mucho picor. Todo con mucha finura y educación. Jeto inexpresivo. Como si no le estuvieras hablando de tu coño. Como si no le estuvieras diciendo que ahora mismo tienes el coño como una hamburguesa: hinchado, deforme y ardiendo.

Él que asiente y sella cuatro papelitos.

Al fondo del pasillo a la derecha, sala de espera, te llamarán.

Y no quieres mirar los papelitos por lo que pueda poner, que bien podría ser “Le pica aquello que no es normal”, “Diosmío la que debe tener ahí liada”, o “Dadle algo que, aunque intenta disimular, se le están saliendo los ojos de las órbitas”.

Te llaman con tu nombre y tu apellido: Estrella Sanchez, pase. La ginecóloga te vuelve a preguntar por los síntomas. Venga, que es precioso esto: inflamación, picor, ardor, me quiero morir, no puedo más, deme algo, acabe con  este sufrimiento, ampute si es necesario.

Quítese las bragas. Despatárrese. (No es lo que dicen, pero es  lo que oyes). Y lo haces sin pensar, porque solo quieres acabar con aquello.

Y cual es tu sorpresa cuando la ginecóloga, mirándote el jilguero, espeta un claro ESTO NO ESTÁ HINCHADO.

Mira, no me jodas, ¿pero cómo lo tienes tú? ¿Qué tipo de bestialidades observas sobre este potro? Porque yo, desde aquí arriba, veo cosas que no sabía ni que tenía. Lo de dentro ahora está fuera. En el rato que hace que no lo veo, de hamburguesa ha pasado a solomillo. ES COLOR BURDEOS. Y no hay úlceras, continúa la señora antipática. A ver, tía, que te he dicho que me pica, no que me haya restregado contra una motosierra. Insisto: ¿pero tú qué tipo de deformidades ves aquí? Esto está normal.

Y además hay una cosa blanquecina que no me deja ver. Y te enseña, con cara de angustia, el pato ese con el que te abren aquello, sin atisbo alguno de sensibilidad o empatía.

Sí, ya le he dicho que me puse un Ginecanestén.

Mire usted, señora, que no he venido aquí para que me riña o niegue la evidencia. ¿Va a ayudarme o esperamos a que me explote el solomillo?

El caso es que la ginecóloga, sumamente desganada, le recetó a Estrella bien de Blastoestimulina por dentro y por fuera. Estrella se volvió a casa cabizbaja y me consta que, una vez su zonas bajas retomaron el tamaño y la tonalidad habituales, se ha hecho una foto para poder mostrarlo en su próxima visita al gine. Por aquello de tener una evidencia gráfica de lo que es normal, un algo con lo que comparar.

El Día de la Madre

Cambiamos de tercio radicalmente, gracias a Dios.

Ayer, 5 de mayo, fue el Día de la Madre. Anteayer, sábado, yo había quedado con mi amiga Asia para ir a desayunar. Su suegra estaba de visita y se podía quedar con el bebé. Sol, tía, no puedo con las ganas de rajar, de reír, de que nos contemos. 

Me despierto a las 9.30 y veo un mensaje de Asia. No puede venir a desayunar conmigo, la nena está malita hace días, llevan sin dormir ni te cuento. No puedo con mi vida. Lo siento, amigui.

Y me supo fatal por Asia. Y recordé una cena la semana pasada, con mi panda de No Madres, y sus risas cuando les contaba que hace unos días me bajé en pijama a la cafetería de debajo de mi casa porque no aguantaba más a mis hijos. Las entiendo, porque como dice Nuria Labari en su último libro “La maternidad es un cuchillo sin empuñadura: imposible agarrarlo sin clavártelo”. No te puedes imaginar cómo es hasta que la experimentas. Por eso mis amigas se reían y yo no. Una podría pensar que el amor maternal todo lo puede, que ese plan de desayuno frustrado no duele porque el quedarte al lado de tu nena es la felicidad suprema. Pues no. Te jode, te jode lo más grande, porque ese desayuno es oro puro, es la libertad, es el volver a ti durante hora y media, es el encontrarte con alguien a quien echas mucho de menos y que no es tu amiga, sino tú misma.

El sábado mis hijos estaban con mis padres y no pude evitar contrastar el momento de Asia con el mío. Sin duda, me quedo con el mío: con mi día de yoga, de brunch, de lectura en silencio, de ducha tranquila, de mascarillas mil, de charla telefónica de dos horas con mi Golondrina de Nueva York. De paz y felicidad absolutas. Y no, no me siento culpable por pensar así. Lo contrarío me parecería, por decirlo suavemente, raro. Sin suavidad: mentira.

Comienzo el Día de la Madre en soledad, frente a mi Cola Cao, mi vela de vainilla, un silencio solo interrumpido por lo último de Vanesa Martín, el sol que entra por mi preciosa ventana y esta pantalla que compartimos vosotras y yo. Esta tarde mis pollos y yo nos celebraremos viendo la última de “Los Vengadores” y zampándonos un Big Mac. Mientras tanto, me reafirmo en la necesidad imperiosa de ser dueñas de un tiempo para escucharnos, para recuperar a esa que éramos antes de ser las madres de alguien y que la responsabilidad nos devorara, para pensar, para soñar sueños que son solo nuestros.

     
lunes con sol

Lunes con Sol, 22/4/19 (Sobre unos días sin niños y la importancia de verse a una misma)

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La música y las duchas

Mis hijos se han quedado con los abuelos unos días y lo que, a primera vista, pudiera parecer algo superficial e irrelevante, unos días de no escuchar el mamimamimami constante, ocuparse de cenas y comidas y pensar (porque lo que no sabe la gente que no tiene hijos es que, cuando los tienes, no hay tiempo para pensar, sobre todo en una misma) se ha convertido en un ejercicio regenerador de efectos supersónicos. Y es que se nos olvida que la maravilla que es escuchar música por las mañanas, el placer que es levantarse con la mente en blanco y sentarte a tomar tu té en ese sillón que ves de refilón durante meses. El no tener nada que hacer al principio te da hasta vértigo porque la rueda de hámster lleva tanto tiempo en marcha y a tal velocidad que pararla es tarea complicada. Tienes tiempo para quedarte en la cama mirando al techo y fantasear sobre un viaje a Australia. Para recordar aquella noche de karaoke, la última vez que pasaste una noche de sexo salvaje. Tiempo para morirte de sueño en el sofá viendo tu serie favorita porque no te da la gana de irte a dormir temprano. Tiempo para ducharte con calma y ponerte todos esos jabones que huelen a gloria bendita uno encima de otro. Tiempo para leer un libro del tirón, para hablar con tu amiga por teléfono durante horas. Para escribir porque sí: tus deseos, tus sueños, tu vida.

La intimidad

La semana pasada organicé firma y charla en mi isla, Ibiza. Hasta allá fueron un ramillete de tías de lo más simpáticas. Que nadie espere en mis reuniones que hable de mi libro si no me lo piden. Yo lo que quiero es saber de vosotras, si sois felices, que os hizo leerme, qué os ha llevado hasta esa librería. Porque la experiencia me ha enseñado que lo que buscamos en compartir sin ser juzgadas, sentir la libertad de que digamos lo que digamos, nos vamos a sentir comprendidas. Así que varias de las amiguis se lanzaron a contar su intimidad, a confesar que se sentían las cuidadoras en su relación, que ellas habían crecido, se habían encargado de ser su mejor versión, de culturizarse y quizás sus compañeros no habían sentido esa necesidad. Se habían apalancado. Contaban, también, que si esa relación se acabara, no se veían viviendo con nadie. Saben disfrutar de su soledad, la llenan con mil planes, con lecturas, con autoamor. Y a mí me encanta saber todo eso.

La estufa de las relaciones

Por alguna razón que no conozco pero que me encanta, me consultáis mucho sobre relaciones sentimentales. A mí, que la última la tuve allá por el 92. El caso es que, aunque ni soy psicóloga ni consejera matrimonial, la lógica me indica que cuando uno no es feliz por las circunstancias que sean, debe solucionarlo. La mayoría de comentarios tratan sobre un tío que a ratos te hace caso y ratos no, o sea, un Mareador de toda la vida de Dios. Pienso que si, al observar la película de tu vida, tu personaje no te encanta, si no es la persona que tú quieres ser, si no sientes orgullo desmedido al verte, algo hay que solucionar. Es duro, sí, la felicidad precisa de decisiones complicadísimas. Una analogía clarísima es esa en la que equiparamos las relaciones (ya sean de amistad, sentimentales, familiares…) a una estufa: tú metes leña y has de sentir calor. En el momento en el que, por mucha leña que metas, sigues congelada, hay que abandonar esa estufa. Y lo más importane: rodéate de amigos fabulosos, que estén ahí para abrazarte cuando lo necesites, para escucharte y abrirte los ojos por más que escueza. Ojalá estas letras hagan reaccionar a alguien que anda jodida, de verdad.

La radio

Sigo incrédula ante la cantidad de sueños cumplidos, amiguis. Y todo gracias a vosotras, que conste. Siempre quise escribir un libro (bueno, muchos), ser columnista y tener una sección en la radio. Y pasado mañana, el miércoles 24 de abril, estreno sección en Radio 4G, se llamará #ConSolTorio y la podeís escuchar aquí. El martes recopilaré temas desde mi cuenta de Instagram, seleccionaré algunos y los trataremos en directo, pero si queréis dejarme alguna sugerencia por aquí, la recojo encantada. Gracias por acompañarme todo el rato, amadas mías.

las claves de sol

Lunes con Sol, 15/4/19 (sobre problemas fabulosos y la importancia del singular)

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Problemas

El otro día un amigo señaló que yo tenía un problema de adicción con las napolitanas de chocolate de La Duquesita. Y con el Cola Cao, añadí yo. Y tengo el mismo problema con las voces prodigiosas, con los párpados carnosos (que me vuelven loca), con los buenos morreos, con Nueva York, con las tazas chulas de borde grueso, con mis maravillosos amigos. Otro problema es mi amor a los potingues que huelen bien, a los potingues en general. Soy adicta a las libretas bonitas, a los bolis de colores y a las pelis de superhéroes super buenorros. Tengo un problema, también, con el sol de abril y de mayo. Con tumbarme en pelotas a notar el calorcito sin que me achicharre. Con sentarme en mi balcón minúsculo, taza chula en mano, para cotillear a los transeúntes e imaginarme sus vidas. Problema es mi incapacidad para salir de una librería sin un libro en mano, aunque tenga treinta sin leer en casa. Tengo un problema con la necesidad imperiosa de reír a carcajadas todos los días, con sacarle la punta humorística a cualquier chorrada, con el rodearme de seres que dicen tantas o más barbaridades que yo. Problemas tenemos todos, y a mí los míos me encantan.

El plural del singular

Estos días hablo mucho con mi amiga Sandra. Después de treinta años con su marido, hace cinco se divorciaron. Ella intenta rehacerse, ya no de la separación, que ahora mismo le sabe a gloria bendita. Con lo cachonda mental que es ella no sé cómo ha podido aguantar a semejante sosainas durante tres décadas. Manda cojones que encima haya sido él el que haya decidido cepillarse a su secre y pirarse con ella. En fin, a enemigo que se va, puente de plata. El caso es que Sandra necesita volver a hacerse, recordar quién es. Recuperar sus gustos, sus manías. Quiere repescar los sueños que se ahogaron entre las obligaciones maternales. Quiere pasarse por el toto los comentarios de los padres del cole super religioso que ven FATAL que a ella le haya dado por plantarse un bikini para ir a la playa en lugar del bañador que tapaba sus preciosas carnes. Una divorciada medio desnuda en la playa. Una divorciada divina con permiso para acostarse con cualquiera, ir a bares con los amigos y salir hasta las tantas los fines de semana en los que el sosainas tiene a los niños. Con cuarenta y muchos, cuando se supone que la vida va cuesta abajo y ya no te mereces ilusionarte, qué mala perra.

De momento, Sandra tiene un objetivo claro: dilucidar lo que realmente le gusta para dedicarse a ello. Necesito recuperar el brillo. A veces, mientras charlamos sobre la vida, ella empieza a llorar. Igual que lloró cuando se cepilló al primer amante PostMaridoSoso. Cuánto tiempo sin que alguien la tocara con ganas, sin ganas de que nadie la tocara. Yo sé que valgo, pero ya no sé para qué. Cómo sería yo sin esos treinta años de anulación completa. La autorespuesta es un silencio, un agujero negro que me río yo del que fotografiaron la semana pasada. No sé cómo tomar decisiones. Me he acostumbrado a que otros las tomaran por mí. Durante años mi opinión no ha contado. Me hacía sentir tonta, inútil. He sido la mujer de, la madre de. He desaparecido. No sé ni por donde empezar a buscarme. No encuentro el principio del hilo para empezar a tirar. Necesito la aprobación constante de cualquiera. Estoy pendiente constantemente de lo que otros pensarán de mí. Ya no sé hablar en singular.

Y a mí se me iban revolviendo los entresijos a escuchar a esa mujer tan despampanante por dentro como por fuera, preguntándome en qué momento decidió entregarle su autoamor a otro. Vaciarse a cambio de que la quisieran, aunque la quisieran fatal ¿Por qué ante el primer “No vales para nada” no desapareció por siempre jamás? Y es que mala gente dispuesta a alimentar su ego a costa de la infelicidad de otros siempre la habido y siempre la habrá, pero joder, huyamos de ellos.

Yo era muy joven, no había conocido a nadie más, pensaba que eso era lo normal.

De ahí la importancia de reeducarnos aferrándonos a la libertad, a la autoestima, a lo que es el verdadero amor: uno que te hace crecer, que amplía tu mundo, que no te juzga, que te acepta como eres y te potencia. Querer mucho no es querer bien. Lo que para algunos es amor, en realidad es afán de posesión, de rellenar carencias. El buen amor no te apaga: te enciende, te eleva, te alimenta. El que te quiere bien no te quita, te da. No te dice “Como yo nadie te querrá” con tono de amenaza. El que te quiere bien no te necesita, te elige. Puedes vivir sin la persona amada, pero decides no hacerlo. El buen amor no te enferma, te cura.