Ir al contenido principal

Etiqueta: blog de humor para mujeres

250 gilipolleces que me hacen inmensamente feliz.

Porque 225 no son suficiente, ni 250, pero por algo hay que empezar.

226. Descubrir, en un libro, en una obra de teatro, en un escaparate una chispa de inspiración, el inicio del hilo del que tirar para llegar a un lugar que hace mucho que no habitaba. Ese momento en el que noto que el interruptor ha encendido la chispa de la ilusión. Se me ha ocurrido algo y voy a ponerlo en marcha: el tema para un artículo nuevo, me apuntaré a clases de baile, hoy me saco un billete a Edimburgo, voy a ahorrar para tener una cocina monísima, pero monísima de verdad.

227. Planificar un viaje a Nueva York con Paulo e Igor, pensar en enseñarles mis lugares y que ellos formen parte de mi historia de amor con esa ciudad. Y que esa ciudad forme parte del amor que siento por ellos. 

228. Saber que, en un mes escaso, se estrena “Llámame” una obra de teatro que escribí con Paulo. Imaginar a la gente en sus butacas, contemplando a Marina y Marieta, las actrices y saber que eso se coció en cafeterías de Malasañaa, en pijama, con un moño mal hecho y muchas tardes de risas.

229. Superar la melancolía que me invadió cuando me di cuenta de que habían pasado veinte años desde el 2000 y que en aquella Nochevieja bailé durante dos días seguidos. Tanto bailé que reventé la suela de las medias y llegué a casa con la zona del talón en las rodillas. Estuve enferma una semana, qué bien.

230. Hablando de Nocheviejas: la ilusión por este año que se estrena. Quiero llenarlo de conciertos; de tardes en mi sillón mostaza, libro en mano; de morreos de los buenos (y de los nuevos); de nuevos talleres con nuevas alumnas con nuevas miradas de curiosidad; de viajes a México; de viajes hacia adentro, para ver qué anda cociéndose por ahí. 

231: Voy a cumplir cuarenta y siete tacos en breve y eso, que normalmente me produce urticaria y amargura, se ha convertido en un aplauso. Joder, que aquí estoy, divina, dedicándome a lo que me apasiona, haciendo sonreír a otras que me hacen sonreír a mí, vendiendo libros a troche y moche, trabajando en una oficina que comparto con amigos. Sigo teniendo las tetas arriba y el coco anda mejor que nunca. No se puede pedir más.

232. Me encanta tener planes a largo plazo y emocionarme desde ya con ellos: México en mayo, un festival de música de los ochenta en junio, mi isla con mil amigos en agosto. Y los que quedan.

233. El lunes próximo empiezo a terminar mi próxima novela. Ya tengo clarísima la estructura, lo que voy a rescatar de lo que hay escrito. El éxito de mi recopilatorio, o sea, vosotras que me leéis, me han dado el empujón que necesitaba. Ya no hay excusa: para verano tenéis nueva historia.

235. El orden. Sí, me hace muy feliz el orden físico y el mental. Supongo que lo uno va con lo otro, o no, pero me gustan los dos. Le he pegado un meneo a mi casa bastante importante. He tirado bolsas que no ha sido ni medio normal. Si me ve Marie Kondo me hace un monumento. Mi baño parece el de un hotel, ole con ole.

236. En septiembre me propuse dejar de taparme para vestirme y prestar más atención a la parte de fuera de esto que soy. Y, oye, qué manera de cumplirlo. Me peino (lo nunca visto), me adorno (ojo a las diademis) y pienso por la noche lo que me voy a poner a la mañana siguiente para no acabar con vaquero y sudadera permanentemente. Voy mona, es un hecho.

237. Los ramos de flores. Siempre que los veía en casas ajenas me encantaban, pero no me planteaba comprarlos. Desde que colaboro con la gente de Colvin, mi salón y la Fabulofi rebosan de floripondios y todo es más bonito (os dejo aquí el enlace a su web con un -15% aplicado por ser mis lectoras fabulosas).

238. El perfume “Agua de coral” de Loewe. Me flipa.

239. La tarta de queso del restaurante “La primera”, en Madrid. Y sus anchoas.

240. Desayunar con Leire en “El cafetín”, y contarnos esas cosas para las que no hay sitio en medio de la vorágine laboral.

241. Hablando de Leire: los nuevos planes que ya os contaré y que no son más que el resultado de tomar las decisiones correctas al lado de la gente adecuada. 

242. En un par de semanas estaré con mi amigo Sergi comiéndome unos canelones gloriosos en Barcelona. La felicidad, a veces, es muy sencillita. Casi siempre, de hecho.

243. Encender una vela “Black Vanilla”, hacerme un té negro con leche, ponerme uno de mis diez pijamas grises después de ducharme y sentarme a mirar por mi ventana madrileña. Cómo me gusta Madrid.

244. El olor de la floristería de la esquina al llegar a nuestra oficina. Las coronas de Navidad que han adornado, hasta hace nada, su puerta. No sé por qué coño no las dejan todo el año.

245. Hablando del barrio: ver, desde la calle, a la gente merendando en “La Duquesita”. Qué bonita es esa puerta y ese escaparate lleno de dulces. Qué maravilla su roscón de reyes relleno de nata. Me relamo.

246. Bailar en la ducha.

247. Que un amigo llame, inesperadamente, al timbre y me diga que “tenía ganas de estar en casa”. Y que esa casa no sea el edificio, sino yo. Sentir que él es mi hogar. Saber que estas cosas o son recíprocas o no son.

248. Las comidas de los miércoles en casa de mi amigo Yordo, la cantidad exagerada de comida que sirven en esa casa, lo simpáticos que son todos. Las carcajadas contínuas. El amor desde hace más de treinta años.

249. Los masajes tailandeses a dos, rajando con una amiga mientras sientes cómo el relax se te cuela en los entresijos.

250. El satisfyer Pro 2.

Pol Rubio, te queremos.

Quien a estas alturas no hay visto “Merlí” no sé qué está haciendo, de verdad. Esta serie catalana, en la que un profe de filosofía alecciona a sus alumnos sobre la realidad de la vida y la necesidad de permanecer fiel a uno mismo por encima de todas las cosas, fue un gran éxito el año pasado. Tanto que Netflix decidió que fuera suya.

Qué morriña más grande me entró cuando empecé a verla. Mi Barcelona, mis años de juventud, lo bonito que era que te gustara un chaval un día y otro a la mañana siguiente, que toda tu preocupación vital fuera aprobar y salir. Salir y aprobar, mejor dicho. No me cuesta nada trasladarme a mi casa del Eixample, viajar en el espacio y el tiempo. Allí estaba yo, en mi cole de la Bonanova, con esos compis con los que ahora me junto una vez al año para rememorar aquellos pasillos ruidosos, los profes que poco tenían que ver con ese Merlí revolucionario. Me creí todo lo que cuenta la serie, entre otras cosas porque el guion es una maravilla, los personajes coherentes, el mensaje claro e inspirador.

Otra ventaja de lo de trasladarme con facilidad a mis años mozos es que, como vuelvo a mis diecisiete, me encantan los protagonistas: tan guapos, tan libres, con esa frescura que desaparece pasados los veinticinco. De entrada me deslumbró Bruno, el hijo de Merlí. Qué bellezón, amiguis. A su lado, el amigo Pol Rubio, gamberrete a tope, me parecía gracioso y poco más. Hasta que va avanzando la trama, la serie, el instituto, los exámenes y me encontré babeando por el rubio golfo que tiene, en realidad, la mitad de mis años, o sea, veintitrés. Soy una pecadora, una gorrina, lo admito. #ViejaVerdeDignidad

 

No seré la única a la que se le afilaron los colmillos con Pol cuando los productores decidieron crear un spin-off en el que el chaval es el prota absoluto. “Merlí: Sapere aude” se llama la cosa. Esta vez la podemos ver en Movistar Plus. Aquí narran la entrada en la universidad de este ser de mirada felina. El primer plano del primer capítulo es el culamen glorioso del púber. Así no hay quien apague la tele, claro. Qué listos son.

Según lo que he leído, se supone que, en este nuevo proyecto, Pol y sus congéneres están explorando su sexualidad porque no tienen nada claro. Yo, que me zampé el spin-off en dos tardes, diría que lo tienen clarísimo: yo me cepillo todo lo que se mueva y ancha es Castilla. No veo duda por ningún lado y, si no, que se lo pregunten a un subrayador fosforito que Pol encuentra tirado por ahí.

También le podemos preguntar a mi amiga Marina Campos, que no tenía ni idea de quien era Carlos Cuevas (Pol en la ficción) hasta que yo le comenté sobre el joven bigardo. Dos semanas después era escogida para participar en una preciosa escena de garage y empotramiento masivo contra alicatado. Marina es, desde ya, mi objeto de culto, mi ídola, mi modelo de vida.

Sinceramente, me gustó más la primera parte. Echo de menos al profe sabio y pasota, el sabor a melancolía que me dejaba cada capítulo, sentirme como los alumnos cuando en realidad tengo la edad de los profes. Me daban muchas ganas de que mis hijos tuvieran más años para que la vieran y entendieran de qué iban esas lecciones que no son lecciones, sino amor a la libertad. Merlí nos contaba que muchas veces somos esclavos de nosotros mismos, aunque culpemos a los demás de nuestros yugos. Para bien y para mal la vida solo va hacia adelante, por mucho que nos joda a veces. Decidir nuestro destino casi nunca tiene que ver con el azar y casi siempre con echarle ovarios.

Me gustó más la primera parte, pero os diría que veáis también la segunda si no lo habéis hecho. No siempre hemos de ser profundos  y trascendentaes. Pol Rubio bien vale dos tardes de sofá.

   

Organizarse o palmarla: el concepto

Ay, queridas, que vamos cuales cabras: acumulando tareas, saltando de una a la otra, con la sensación de que curras mil horas al día y no terminas nada. Te agotas más por el hecho de que tu coco oscile entre mil pensamientos que por la actividad en sí. Varias veces me habéis preguntado que cómo me organizo, porque sí, lo mío es de traca: entre el blog, las columnas en El Español, los libros,  las redes sociales, las sesiones de coaching y los talleres, a la que me descuido, voy como pollo sin cabeza. Por no hablar de los hijos y la casa. El caso es que, a la fuerza, he tenido que desarrollar un poco de método para no morir en el intento y os voy a contar cuatro cosillas, por si os ayudan a vivir sin derrapar y, sobre todo, a sacar tiempo para vosotras mismas: para un café con las amiguis, una manipedi o un buen libro.

  • Plantéate cuáles son tu objetivos a corto, medio y largo plazo y qué acciones son necesarias para llevarlos a cabo (esto, en el caso de las emprendedoras es BASIQUÍSIMO). Yo no diferencio entre objetivos laborales y vitales, entre aumentar mis ingresos y ponerme en forma, entre tener oficina propia y leer una hora al día. Somos una persona y la vida personal y laboral se entremezclan inevitablemente.
  • Un clásico: diferencia entre lo urgente y lo importante, y numera las acciones teniendo en cuenta su prioridad. Sé extremadamente honesta.
  • A mí me deja tranquila echarle un ojo el domingo por la tarde a la agenda de toda la semana y, cada tarde, al acabar la jornada, la del día siguiente.
 
  • Principio básico: LO QUE NO CABE EN TU AGENDA, NO CABE EN TU VIDA. Calcula el tiempo que te lleva cada tarea (siendo realista) y plántalo en tu agenda. Obviamente, no caben doce actividades que precisan dos horas cada una. Que sí, que eres una tía muy capaz, pero que la cosa va de ser productivo sin dejarnos la vida en ello. Hay más días que longanizas, lo que no cabe hoy, lo pasas a mañana. Lo que hoy estaba apuntado y no ha podido ser, también a mañana, pero ojito, que entonces algo habrá que quitar de mañana. Sí, un coñazo: todos los días tienen solo veinticuatro horas y dicen que dormir y comer y descansar van bien para tu preciosa persona.
 
  • Sé obediente con los tiempos marcados, no vale lo de “esto no lo dejo hasta que esté perfecto”, porque nadie sabe lo que es esa perfección y porque, si te lo planteas seriamente, la diferencia no vale el tiempo que le estás dedicando. Concentrémonos en hacerlo lo mejor posible en un tiempo razonable y luego, a otra cosa, mariposa. Yo, a veces, uso el temporizador del móvil. Hora y media para escribir un post y el ring, ring, ring me indica que vaya terminando.

  • Dependiendo de tu estructura mental y tu ocupación, necesitarás una agenda de una página al día, o de tener toda la semana a la vista. Lleva tu agenda encima SIEMPRE. Lo de apuntarlo digitalmente está muy bien porque llevamos el móvil a mano las vienticuatro horas del día, pero el hecho de escribir mano las actividades hace que te plantees qué deberías hacer antes y qué después, te ayuda a pensar y a dilucidar si hay algo ahí que es innecesario o a encontrar huecos en los que disfrutar del tiempo libre. Por no hablar del gustazo que da tachar lo que ya has hecho. Yo lo subrayo en rosa fosforito y no hay nada más bonito que ver el día entero rosáceo perdido.

  • Apúntalo TODO. Te ahorrarás el sufrimiento de pensar que algo se te está olvidando. Llamar al pediatra, acabar ese informe, pedir cita para la manipedi, la clase de yoga, el cine del miércoles por la noche. SÍ, EL OCIO SE AGENDA: vaya a ser que se nos olvide lo importante de verdad.
 
  • Unifica tareas siempre que te sea posible. Está demostrado que nuestro coco gasta mucha energía cambiando de una actividad a otra, así que lo suyo es contestar a todos los correos sin ir saltando a otra cosa, redactar ese informe de principio a fin, etc. Yo dedico un día a la semana a escribir los artículos, intento concentrar las sesiones de coaching en dos días a la semana, y así sucesivamente. Todo lo que necesite menos de cinco minutos, se hace lo primerito de todo, y te lo quitas de encima.
   
  • El móvil, guardado. El simple hecho de tenerlo encima de la mesa reduce nuestra productividad en un porcentaje muy bestia que ahora no recuerdo. En el bolso está divino. Lo pongo en modo silencio y que solo suene si me llaman del cole de los nenes. Cuando acabo una actividad, un artículo, una sesión, le echo un ojo. Luego, al bolso again. Os aseguro que nadie muere si un mensaje no se contesta en el momento.

  • De la misma manera que ahorramos energía haciendo una sola tarea a la vez, hay actividades que se pueden hacer al unísono sin que ello suponga doble esfuerzo, por ejemplo plantarse una mascarilla mientras cocinas, le echas un vistazo a tu agenda el domingo por la noche o hablas con tu amiga por teléfono.

  • Delega todo lo que puedas delegar (y pagar). No hay nada más valioso que el tiempo libre, querida. Si te lo puedes permitir, que otro haga mientras tú disfrutas.
  • Tu tiempo es oro. Que te interrumpan solo por algo que valga la pena y que sea impostergable (ya verás como nunca lo es). Los demás no te dejan en paz, y tú ¿te dejas en paz? Cuando se te ocurra una tarea nueva, la apuntas y ya pasarás a ella cuando hayas terminado lo que estás haciendo.
  • Cocina una vez a la semana, congela. NO a limpiar la cocina cada noche. Preguntémonos si es necesario planchar la montaña de ropa de los niños, que acabará hecha una boñiga a los cinco minutos de ponérsela. Un truqui: si tenéis secadora y sacáis la ropa aún calentita, la plancha es absolutamente innecesaria.
  • Tenemos que cuidar nuestro precioso cuerpo. Si no hay manera humana de sacar tiempo para ir al gimnasio, siempre te puedes levantar quince minutos antes y hacer una tabla sencillita. Te lo aseguro, te cambia el día y la vida. Si un par de mañanas lo sustituyes por una meditación y/o un rato de yoga, ni te cuento. Hay mil aplicaciones y cuentas de Instagram donde encontrar ejercicios. Yo estoy entrenando con @efrenp.m y, cuando no tengo tiempo, sigo sus vídeos de IGTV.

  • Como en todo, esto es cuestión de disciplina. No vale apuntar y luego no cumplir ningún objetivo. Todo lo que hacemos es porque la motivación es la adecuada. La nuestra debería ser estar más tranquilas sabiendo que todo está apuntado en un lugar al que echarle un ojo; coordinarnos para sacar ratos para nosotras. Porque nos lo merecemos y punto. Porque sentir que somos arrastradas por la vorágine no es lo que tiene que ser. Seamos dueñas de nuestro tiempo, amiguis.

Gustémonos

Una de mis actividades favoritas cuando paso un finde sin niños es hablar durante horas por teléfono con mis amigas como cuando era adolescente. El domingo, mi amiga niuyorkina me contaba que ha recortado su vida social hasta los mínimos porque está agotada. Las ansias por recuperar el tiempo perdido en un matrimonio de mierda la han empujado últimamente a unos cuantos bares en los que se lo ha pasado de miedo, y ahora ya no necesita más. No tengo ni citas tía, pero eso sí, sigo yendo a boxear como si no hubiera un mañana y esta semana me pincho vitaminas en el jeto. Y bótox. Llevo la manipedi impoluta. Quiero estar divina, pero  por mí, que por fin me quiero.

Menos mal. Aleluya.

El caso es que mi amiga está más guapa, más feliz y más autoamorosa que nunca, y ese autoamor incluye tachar de su agenda todo aquello que no sea importante en este momento, darse tiempo para hacer deporte e inyectarse todo lo que le dé la gana si con ello se siente bien. Porque no nos equivoquemos: somos un ser, compuesto de alma y carne. Muchos opinarían que eso es de tía superficial y vacía. No estoy de acuerdo, en absoluto.

La noche anterior a mi charla con Angie, cené con un amigo que es cirujano estético. Cuántas veces me cuenta sobre mujeres que han llegado a su consulta acomplejadas, ya sea por un sobrepeso, unos pechos caídos o enormes, o por una nariz desproporcionada. Que lo de aceptarse está muy bien, pero lo de operarse no lo está menos si con eso ganamos en autoestima, joder. Porque a veces nos sentimos tan felices que nos ponemos guapas y, otras, el camino es a la inversa: me veo guapa y me quiero más. No juzguemos, por Dios.

Aquí, una vez más, el qué dirán juega en nuestra contra: que si no te hace falta, que si meterte en una operación por semejante tontería. Solo que para ti no es una tontería. A no ser que haya un accidente o un traumatismo previo, ahí sí se aplaude al bisturí. Si hablamos de una reconstrucción mamaria, todo bien. Ahora, una operación de pecho así porque sí ya es harina de otro costal. O no, porque el objetivo no deja de ser el mismo: mirarme al espejo y esbozar una sonrisa. 

Para algunas el físico no es importante, igual que para otras no lo es aprender cada día una cosa nueva o profesar una religión. Los términos medios no son dañinos, sí el ignorarnos permanentemente. Esconder bajo el felpudo las razones de nuestra incomodidad no es la solución, vivir pendiente de las miradas de los otros, tampoco. Supongo que el equilibrio es ese que se encuentra tras capas de creencias, despejadas algunas incógnitas de lo que realmente nos mueve, eliminadas los comentarios ajenos y cotillas. Dicen que una manera de hacerse la vida más fácil es diferenciar entre lo urgente y lo importante. Yo diría que lo urgente es reírse, y lo importante, hacerlo cada día. Si para eso hay que aprender a meditar, divorciarse o ponerse unos pechotes gloriosos, a quién le importa. El caso es gustarse.

 

225 gilipolleces que me hacen inmensamente feliz.

Porque estas listas nunca son suficientes y cada semana deberíamos redactar una nueva. Porque esto va de encontrar miles de gilipolleces que nos hagan inmensamente felices.

201. El olor de la vela “Basil y Neroli” de Jo Malone, que inunda mi oficina nueva, esa que comparto con gente que adoro.

202. Las flores. Yo, que jamás había comprado un ramo, ahora los regalo, los recibo y me muero de la felicidad cuando veo ese jarrón lleno de color adornando mis lugares. Gracias a todas las lectoras que nos los mandásteis cuando estrenamos oficina. Os amamos.

203. Esta foto de @drcuerda:

204. Meterme en la cama antes de las diez, recién duchada, leer durante media hora y luego ver “The good wife” por enésima vez.

205. Que cerca de mi casa han abierto un cine “luxury”, con sus asientos abatibles y su diosmíoquégustazo.

206. Mi curso de mindfulness, gracias al cual, durante algún minuto al día paro esta centrifugadora que tengo por cerebro.

207. Este vídeo de Oscar Casas y Begoña Vargas. Para verlo a tamaño completo, haz click aquí. Y flipa en colores.

https://www.instagram.com/p/B3XY-DZoVfF/?utm_source=ig_web_copy_link

208. Caminar. Por Madrid. Por donde sea. Con unas zapas bien cómodas, sin otro destino que el de pensar en nada y en todo.

209. Esos días que cunden, en los que ordeno bien la agenda, meto el móvil en el bolso y las musas me hacen caso. Tachar con el rotulador fosforito las tareas ya terminadas me proporciona un placer muy salvaje.

210. Esta canción. Bailarla en el baño.

211. Ya no hace calorazo. Quiero vivir en Islandia.

212. He dejado de morderme las uñas a mis cuarenta y seis palos. Las llevo divinas, pero DIVINAS. Me siento mejor persona.

213. La app “Andjoy” que me permite ir a gimnasios y estudios de yoga por todo Madrid (y no, no me pagan. Me cobran).

214. Esta frase, tan arrebatadoramente bonita:

215. Ir, porque sí, a visitar a Laura, de librería Amapolas. Sentarme en ese Chester divino de terciopelo gris y charlar sobre libros, hombres, chocolate y vidas futuras.

216. Las albóndigas de mi madre. Y las croquetas. Y la sopa de Galets.

217. La López aquí. Ole su toto.

218. El momento en el que termino una sesión con una clienta de coaching y siento que ha dado un paso más hacia su lugar en el mundo. Gracias por confiar en mí, queridas.

219. El chai de vainilla de David Río, muy, muy muy caliente, en una taza ideal de Ikea, transparente y con un posavasos de corcho, todo de lo más nórdico. Siempre quise ser sueca.

220. Han vuelto las diademas y favorecen un montón. Y uno de mis propósitos de este curso era ir mona cada día. Los astros me favorecen, porque además, me ahorro peinarme. Vamos, que nunca lo he hecho, pero ahora se nota menos.

221. Las tías con un par, que han hecho de su pasión, su modo de vida: Ane Hernando, de @lookandchic; Charuca; la misma Laura de librería Amapolas; Paula Babiano, de Balbisiana, que hace tartas divinas, pero divinas de verdad. Y que viva lo de reinventarse.

222. Ya mismito sale mi segundo libro, “Las primeras veces y otros artículos”, un recopilatorio con algunos textos inéditos. Cómo he disfrutado preparándolo, eligiendo esa portada que diseñó Mireia, mi amiga desde la guardería. Ya os lo he dicho varias veces, pero es que la vida es mucho más vida desde que decidí escribirla. Gracias por empujarme a que lo haga cada día.

223. Las zapatillas Hoffbrand, que están bien de precio y tienen unas suelas preciosas, con imágenes de ciudades. Que son preciosas todas ellas, y cómodas. Y están hechas para tías. Vamos, que me encantan. Encima me llamaron para participar en sus historias. Pero ya era fan de antes, lo juro.

224. La crema de tupinambo de Can Domo (Ibiza). Pau me la sigue haciendo aunque esté fuera de carta y yo le amo mucho por ello. 225. Untarme con aceite Nuxe por las noches: el body, el jeto, los pelos. Huelo que da gusto. Mejor sabré.      

¿Hay vida tras la maternidad?

Últimamente, en todos los encuentros que organizo, ya sean talleres o charlas, surge el tema de la maternidad, su idealización, las verdades y la gran pregunta: ¿por qué nadie nos contó esto? Nada que no haya escrito antes sobre mujeres agotadas, desquiciadas, que buscan algún minuto al día para estar a solas con sus pensamientos, para tenerlos. Para ser una persona y no una piltrafa.

La pregunta, una vez que tenemos claro que muchas se han callado que lo de tener hijos no es un campo de amapolas, sino más bien una lucha en el barro, es si esto acaba algún día, si volveremos a tener energía, a sentir que la vida nos pertenece, si volveremos a ser jóvenes. Pues bien, parece que sí, o que, al menos, es posible.

De toda la información que he recabado en esas reuniones con mujeres, he llegado a la conclusión de que la mayoría recupera las neuronas que se derritieron durante los años de broncas, deberes, piojos y desesperación. Varios requisitos son necesarios para tal hazaña:

  • Conservar a las amigas a pesar del cansancio y de las agendas rebosantes: una cena al mes, o cada dos meses. Alguna conversación telefónica cada semana. Vamos a juntarnos aunque sea con niños. Bebamos vino y hablemos de buenorros, porelamordedios. Un fin de semana al año  para nosotras solas, en una casa rural, o en la playa, o dónde coño sea.

  • Mantenerse en forma, mental y físicamente: leo, veo diez minutos de Netflix antes de desmayarme en la cama. Voy al cine al menos una vez al mes. Me esfuerzo por aprender algo nuevo cada día: una app que te enseña a meditar, las propiedades del té verde, qué restaurante está de moda en Madrid. Me zampo los vídeos educativos esos de BBVA, que siempre inspiran mucho y ayudan a relativizar. En el mejor de los casos, voy al gimnasio, a yoga. Si no me cabe en el puzzle vital, camino, subo a pie las escaleras, estiro un poco por la mañana. Me permito una napolitana de chocolate a la semana, pero ahí tengo litros de gazpacho y puré de verduras para cenar ligerito y sano. Bebo agua a raudales. Dedico dos minutos por la mañana y por la noche a limpiarme el jeto e hidratarme. Uso el mejor tapaojeras, el pintamorros rojo. Llevo la manipedi como un pincel, porque yo lo valgo.

  • Tener una lista de ilusiones, sueños y propósitos que van desde viajar a Australia cuando me sea posible hasta apuntarme a un club de lectura, pasando por escribir un libro y conocer a Idris Elba. Plantarlo en la mesilla de noche o donde sea que lo puedas ver cada día. Para acordarte de todo eso cuando las peleas entre hermanos y el agobio se te zampen viva. Sobrevivirás, ya lo decía Mónica Naranjo. Y te irás a Australia.

  • Darse el gusto, con un masaje o unos pendientes nuevos, o un desayuno glorioso en una cafetería ideal. Lo importante es que haya un cajoncito mental en el que estén esas gilipolleces que te hacen feliz. Ponerte ese perfume, darte una ducha larga cuando las criaturas duermen, poner música de los ochenta y bailar. El baile es vida, ya lo sabemos.

  • Tener sentido del humor, porque el humor nos salva la vida cuando todo lo demás no lo hace. Porque ser divertida es un talento sumamente poderoso, para ti y para los que te rodean. Reírnos cada día debería ser el fin último de nuestras acciones. No nos engañemos: algo falla si no te has reído con ganas en veinticuatro horas. Soluciónalo. Rodéate de gente tan inteligente que te provoque carcajadas. Sé tan lista como para provocarlas tú. El humor conservará tu precioso cerebro en medio de los tres millones de pensamientos que tienes cada minuto.

Y, sobre todo, reencontrate cada día contigo, hablarte un rato, preguntarte cómo estás. Contestarte y decirte la verdad. Sin culpas. Repetirte que eres fabulosa, importante, mayúscula, divina, gloriosa a pesar de las ojeras. Quererte a lo salvaje.