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Etiqueta: blog de humor para mujeres

Lunes con Sol, 8/4/19 (sobre un divorcio maravilloso, un concierto y algunos finales)

Un concierto

Hace unos días recogí uno de los regalos más maravillosos que me han hecho en la vida: el concierto de Zaz en Madrid, que os anunciaba en otro de mis artículos. Todavía estoy en trance. Qué voz, qué músicos, qué escenario. Qué manera de ver a alguien que disfruta el escenario al mismo nivel que tú alucinas con su garganta prodigiosa. Qué privilegio ser testigo de esa mezcla de talento y sensibilidad. Qué suerte disfrutarlo tantísimo. Me pregunto qué debe sentir esa mujer tan simpática cuando los aplausos no la dejan irse a descansar, si es consciente de que, durante un rato, nos lleva a un lugar que deberíamos visitar más a menudo. La música, amiguis, nos salva la vida. La de verdad.

Una reflexión

Me llama una amiga para contarme que su novio la ha dejado. Que no hay otra, que ella es estupenda. Que ya no está enamorado, nada más. Y ella retorciéndose en el bucle de la culpa: qué he hecho mal, por qué a mí. Como nada es casualidad, en la misma semana, un amigo me confiesa que su relación le hastía, que su novia es una tía majísima, lista de narices, independiente, interesante a más no poder, pero que él ya no quiere estar con ella. Pues déjala. Pero si no ha hecho nada malo, cómo la voy a dejar.

Y concluyo que mi amigo y mi amiga son dos caras de la misma moneda: no sabemos que nuestras decisiones dependen exclusivamente de nosotros, no de cómo sea el de enfrente, así que no podemos entender que el otro decida pirarse por algo tan simple como que le da la gana. De ahí al desastre emocional, un paso.

El divorcio

Recibo un mensaje de mi amiga Carlota desde las Américas. Hoy se celebra el enésimo juicio sobre su divorcio. Enésimo porque él siempre quiere más. Ella le mantuvo durante casi quince años, pero no le basta. Él quiere que, durante la próxima década, Carlota le pague una mensualidad porque ella gana más (normal, teniendo en cuenta que él se ha estado rascando las pelotas mientras ella curraba quince horas al día, cuidaba de los niños y le pagaba las cervecitas). No le basta el maltrato psicológico contínuo. No le basta nada a este individuo que desata mis peores instintos.

A él no le basta, pero a mí sí. Y a ella también.

A ella le basta con dormir sola, en paz. Con cenar tranquila con sus amigas sin recibir quince llamadas en dos horas. A ella le basta con pensar que este verano pasaremos muchísimo tiempo juntas, sin niños, Aleluya. Nos basta con saber que volveremos a ser jóvenes durante un mes entero, que nos iremos de bares sin hora límite, como cuando estábamos en la carrera y recorríamos Barcelona en moto. Y conocíamos a tíos guapos en los semáforos y nos besábamos con tantos como nos diera tiempo en una noche. Nos basta con tener la seguridad de que nos reiremos a carcajadas cada puto día, que se nos escapará el pis, que los lagrimones nos destrozarán el rímel. Que bailaremos hasta el amanecer y volveremos a casa con los zapatos en la mano. Que, sin quitarnos nuestros vestidos noctámbulos, comeremos espaguetis directamente del tupper, sin calentar, para después seguir bailando en el salón. Que al despertar nos lanzaremos a las calles para encontrar un brunch en el que ofrezcan Bloody Mary, que es divino para la resaca. Nos basta con que nos dé la medianoche sentadas en cualquier banco del camino entre su casa en la mía, charlando sobre lo divino y lo humano. Que comeremos pizza de una caja de cartón, en la calle, improvisadamente. Nos basta con pasar dos horas despidiéndonos en la puerta del metro porque, después de treinta años, no nos da la vida para contarnos todo lo importante, para planear todas nuestras empresas, para divagar sobre los miles de sueños que, sin duda, cumpliremos.

Lunes con Sol, 1/4/19 (sobre Idris, libros neoyorquinos y mentiras que nos joden la vida)

Nueva York es una ventana sin cortinas

Ando como una loca leyendo libros ambientados en Nueva York. En el próximo viaje que haré con Sola en Nueva York en julio incluiré algunas sorpresillas literarias interesantes y quiero estar preparada. El último que he leído es “Nueva York es una ventana sin cortinas”, de Paolo Cognetti.

“El lugar que he tratado de relatar es una ciudad muy parecida a Nueva York, pero que no es “de verdad” Nueva York. Como Nueva York, está construida sobre el granito, pero también sobre el material impalpable de la imaginación: está hecha de islas, puentes, edificios y de infinitas páginas de papel. La habitan ocho millones de personas, más aquellas que nadie se ha puesto a contar, los personajes que viven en los relatos, las novelas, los poemas.”

Me llamó la atención el título porque me recordó a “Ventanas de Manhattan” de Muñoz Molina, con el que tanto me identifiqué en su momento cuando narraba su proceso de escritura por la Gran Manzana.

El de Cognetti es un libro mezcla de guía histórica, geográfica y literaria clasificada por zonas. Me cautivó cuando, al principio de la novela, leí algo que yo plasmé en mi novela como “Esa ciudad a la que, curiosamente, siempre tengo la sensación de volver, no de ir”. Os la recomiendo si habéis ido o estáis pensando en ir a Nueva York. Y si no también.

Luther

Acaban de estrenar la quinta temporada de “Luther”, la serie policíaca que protagoniza Idris Elba. Como los de Netflix no tienen un pelo de tontos, han hecho doblete con el hombre vivo más sexy del mundo y han lanzado también “Turn up Charlie”, de la que solo aguanté quince minutos. Y mira que me gusta Idris, y mira que está tremendo, y mira que es alto, y mira que madredelamorhermoso, pero la serie, de momento, es intragable. Como no tengo palabra ni nada que se le parezca, fijo que me la zampo en cuanto acabe con “Luther”, que también ha bajado el nivelón, pero que se deja ver, y muy bien, además. Cómo lleva el abrigo este hombre, amiguis.

Como ya nos conocemos, os comento que se quita la  camisa como a los veinte minutos de empezar el primer capítulo, que es algo a lo que no nos tiene acostumbradas, lamentablemente. Ahora que ya sabes lo que nos gusta, danos más, Idris, please.

Todo es mentira

En un espléndido domingo de terraceo me comentaba un amigo muy listo que anda jodido: ha dejado su trabajo para dedicarse a su sueño. La ilusión está muy bien, pero la inseguridad, la ausencia de esa estabilidad que el resto de sus amigos tiene y que él  siempre ha visto como producto de unas creencias heredadas, ahora le afecta. Vértigo, miedo, un poco de todo. Pareja, casa, hijos. Llegar a los cuarenta sin encajar en los patrones acojona hasta al más pintado. 

“Todo es mentira”, le espeté.

Me miró con una mezcla de “Ya lo sé” y “Desarrolla eso”.

Es mentira que en algún momento llegamos a un sitio y ya está todo hecho. Es mentira que los hijos dan la felicidad si no la tenías de antes. Es más, a veces se la devoran sin remedio. Son mentira las familias perfectas de Instagram. Es mentira que el mejor de la clase es el que saca las mejores notas. Es mentira que los mejores de la clase tendrán el mejor trabajo. Es mentira que el mejor trabajo es el mejor pagado. Es mentira que puedes controlar los sentimientos de los otros, así que más te vale dejar de currarte el amor del prójimo o acabarás hecho mierda. Es mentira que eres lo que haces y vales más cuanto más haces. Es mentira que no se puede vivir del arte y es mentira que hay vida sin arte. Debemos sentir que pertenecemos a un lugar, echar de menos lo conocido, no podemos reinventarnos del todo, hay que tener un lugar al que volver: mentira. Es mentira que hay que conformarse con lo que tienes aunque no te satisfaga porque todo el mundo lo hace. Es mentira que todo el mundo se conforma, pero como los quejicas hacen más ruido, los vemos más. Qué coñazo. Los felices van a lo suyo, no te golpean el hombro con su frustración. Son mentira los todos, los nadie, los siempre y los nunca. Es mentira el amor romántico eterno. Son mentira la estabilidad y lo seguro, porque la vida se guarda manotazos inesperados ante los que solo puedes flotar. Es mentira que los que deciden no le tienen miedo a nada, se lanzan a pesar de él.

       

200 gilipolleces que me hacen inmensamente feliz

Porque nunca son suficientes y ya hacía mucho que no alimentaba esta lista.

176.Que, en menos de quince días, escucharé a Zaz en directo. Rezo todas las noches para que incluya “Eblouie par la Nuit” en el repertorio. Si lo hace, lloraré. Mucho.

177.Hablar de gilipolleces durante horas con mis golondrinas del otro lado del charco. Mandarnos fotos de tíos buenos con tatuajes. Recordarnos que, pase lo que pase, ahí nos tenemos, abrazándonos sin que importe la distancia, diciendo la palabra justa en el momento justo. Queriéndonos inmensamente. Recordarnos que este verano pasaré mucho tiempo por aquellos lares y relamernos planeando noches de pizza en Madison Square Park, cines al aire libre, libertad sin hijos, desayunos eternos, fiestas del pijama, bailes en el salón de María, manipedis a tres, picnics en Central Park que se alargarán tanto que se hace de noche sin que nos demos cuenta.

178. Este momento de la Jurado. TANTOS momentos de la Jurado. La letra de “Se nos rompió el amor”, de “Mi amante amigo”, de “Lo siento, mi amor”. Su vozarrón. Ella entera.

https://youtu.be/ZF3bEEsk-X8

180. Que hayan estrenado la quinta temporada de “Luther”. Viva Idris y viva la madre que lo parió.

181. Los morreos nuevos. Los morreos de los que no puedes escaparte. Aunque quieras. Porque no quieres.

182. Recibir a mis hijos con una bronca al llegar del cole y que me abracen diciendo “Vamos a empezar bien la tarde, mami”. Que tengan la confianza de decírmelo, la sabiduría de reconocer lo que es importante de verdad. El orgullo al comprobar que son infinitamente más listos que yo. Sus brazos agarrándome fuerte.

183. Los potingues orgánicos que huelen bien y te dejan la piel divina, como los de Ami Iyok. Especial mención a su Kombu Nectar, a base de kombucha, que lo mismo te sirve de aceite desmaquillante que de mascarilla nocturna. Ah, y su Slow Liquid, un aceite que mezclo con la hidratante Iyökbalance. Hasta el packaging es bonito, de mandera de chopo. Un gustazo todo.

184. El segundo viaje con Sola en Nueva York en julio. Conformarme con que sea la mitad de inspirador y emocionante que el que hicimos en diciembre. Las ansias de conocer a esas mujeres con las que compartiremos nuestro lugar en el mundo. La curiosidad por saber qué las ha llevado a acompañarnos. La ilusión por prepararles sorpresas. Los nervios por saber si les gustarán.

185. Los días de marzo en los que hace calorcito y te pones chanclas y las terrazas están llenas y te tomas un Trinaranjus con patatas fritas de bolsa mientras rajas con tus amigos de lo divino, lo humano y las series de Netflix.

186.Un abrazo largo, de los que hablan.

187. Los desayunos dominicales con mi pandilla de científicos, tan listos, tan guapos. Que cuenten cosas de la energía, la materia y las células. Mirarles anonadada intentando descifrar esos cerebros inmersos en fórmulas que solucionan problemas que la mayoría ignoramos. La seguridad de que conseguirán acabar con enfermedades que nos parten la vida.

188.Amanecer en El Retiro cuando no hace ni frío ni calor. Los patos nadando, tan tranquilos. Tan parecidos a los de mi otro parque de allende los mares.

189. Los planazos de cena y peli en casa con mis amigos. Con pelis de tíos buenos, de risa, de miedo. Las carcajadas cuando se les escapan al asustarse ante obviedades muy obvias. Mis hijos flipando sin entender que hace nada éramos ellos. Que, a veces, aún somos ellos.

190. El olor a pan tostado por la mañana. Untarlo con sobrasada de la buena.

191. En verano, la música que llega por la noche a mi ventana desde algún concierto, desde algún hotel donde la gente baila. Una guitarra, un piano, una canción de José José, intensa de cojones.

192. Arreglar un día de mierda escuchando “Don´t stop me now”, de Queen. Relativizar. Nada es tan grave, yo tampoco.

193. Los huevos estrellados. Con jamón.

194. Impartir mis talleres de escritura digital. Que, ante la petición popular, he organizado uno en Valencia para mayo. El de Sevilla está al caer. Que me hayan llamado desde la Escuela Europea de La Haya (sí, Holanda) para que me vaya para allá y les cuente de qué va esto que enseño. Todo muy fuerte. Todo muy por encima de mis mejores sueños. Gracias, Universo.

195. Los bocatas de foie-gras y queso que me hacía mi madre para ir al cole.

196. Las manos de mi tía Marisol, tan parecidas a las de mi madre, a las mías. Esos gestos tan sutiles y reconocibles.

197.Las palomas de Plaza Catalunya a las que me encantaba dar de comer cuando era pequeña, aunque me daban miedo. Mis hijos, a los que les encanta dar de comer a las palomas, aunque les dé miedo.

198.Que un amigo que hace tiempo que no ves te cuente que le va bien, que su vida tiene sentido, que es feliz. Fundirte con él en esa felicidad.

199.Volver a mi pueblo, a la playa de mi primer beso, a mi habitación donde aún están los pósters de Tom Cruise en Top Gun y Cocktail. Visitar a mi vecina, recordar los días interminables de piscina, que enseñé a nadar a sus tres hijos, que nos conocimos jugando con la Botilde del Un, dos, tres

200.Ver fotos de hace treinta años en las que me moría de risa abrazada a la amiga con la que hablé anoche, quererla cada día más. La seguridad de que ese amor es eterno, chispeante, sanador.

 

Lunes con Sol, 25/3/19 (sobre pervertidos automovilísticos y felicidad sobrevenida)

De coches y penes

Me contaba mi amiga Cristina que hace meses usó una plataforma para alquilar coches entre particulares. La cosa fue muy bien, lo alquiló dos veces, se sacó un dinerillo y santas pascuas. El caso es que el lunes pasado recibe un mensaje guarro en su teléfono. Guarro guarrísimo. Que si te haría esto, que si me hago esto pensando en ti, que te voy a poner mirando a Cuenca.

Pues este buen hombre que va tan cachondo se ha confundido de número, qué mal trago. No le digo nada, pobrecico, ya se dará cuenta al ver que no hay respuesta, ni fotos cochinas, ni nada.

Dos días después, más de lo mismo: qué tetas tienes, cómo me pones, vas a ver tú que bien, zascazascazasca.

Mira, chaval, que te has equivocado de número. 

Que no, que no, que tú eres Cristina, que nos alquilaste el coche a mi novia y a mí, y que si te haría esto, que si me hago lo otro pensando en ti, que te voy a poner mirando a Cuenca. Que mira qué foto más hermosa de mi cimborrio.

HOSTIAS.

Pues que me dejes de mandar estas mierdas.

Pues que sigo.

Pues que te denuncio.

Pues que sigo.

Pues que mi pareja te llama y te dice que como vuelvas a mandar un mensaje lo que van a encontrar en Cuenca son tus cojones.

Pues que paro ya, si eso.

Yo escuchaba a Cristina, patidifusa. Le pregunté si hubo tonteo cuando lo del alquiler del coche. Me contestó que si estaba loca, que allá que vino la parejita ideal, se llevó el coche y lo devolvió impoluto (aunque sabiendo lo que sabemos ahora vete tú a saber si el depravado dejó algún resto orgánico para que mi amiga se rozara con él).

Y a mí, con todo este temazo, me asaltan unas cuantas preguntas: ¿de dónde has sacado la idea de mandarle esos mensajes a alguien que no conoces y que no te ha dado NINGUNA señal de cachondismo en absoluto? Vamos a imaginar que tú te has inventado que ella te guiñó un ojo, te tiró un beso, te tocó el paquete, ¿de verdad piensas que mandarle un mensaje-pajote hará que alguien se abra de patas, por muchas ganas que tenga? Y, a partir de ahí, el problemilla de que tu novia se entere, el novio de ella te parta la cara, o publiquen en las redes tu nombre, tu DNI, tu teléfono y tu dirección.

En fin, que colgados hay en todas partes, pero que algunos se llevan la palma y son de lo más desagradables. Quería compartirlo y, de paso, si alguno de ellos me lee, comentarle que se monte las fantasías que quiera pero que no nos toque los ovarios. Chimpún.

Facebook

Soy muy fan de las redes sociales cuando se usan para bien: para estar en contacto con amigos que viven lejos,  para enterarme de eventos que me interesan o, como en este caso, para recordarme que me lo he pasado muy bien en lo que llevo de vida. Y es que el pasado domingo, día de San Patricio, la red social me contó que justo hace un año yo andaba por Nueva York, con mis amigas de allí y con Txiki, un amigo que vive en México. Rememoré la fiesta del pijama que montamos en casa de María, que Txiki nos regaló unas fotos maravillosas que les había hecho a unos niños en un pueblecito cerca de Oaxaca, que nos reímos mucho. Muchísimo.

También me recordó que hace cinco años estaba en el mismo lugar, pero esta vez con Lidia y Javi. Hacía un frío tremendo, el lago frente a Mi Puente estaba congelado y nos dio un ataque de risa cuando nuestro guapo amigo tiró una moneda al agua hielo y sonó clonk clonk clonk. Cenamos en el ruidosísimo Unión Square Café. Comimos muchos hot dogs. Vimos el musical Once, que es de lo más maravilloso de la galaxia.

En el 2017 me fui a Eurodisney con mis pollos. No me gustó nada Eurodisney. Hacía un tiempo de mierda, mis hijos se portaron fatal, acabé hasta el jilguero de tanta cola y los churumbeles concluyeron que lo que más les había molado del viajecito eran los patos del lago y la piscina del hotel. Tócate las pelotas. El último día les metí en un tren y les llevé de ruta por París. Mucho mejor. Viva Montmartre.

Hace cuatro años me fui de boda gay con mi amiga María. Bailé como las locas con docenas de tíos guapísimos, creo recordar que robé algún morreíllo, incluso. Llegué a casa con los zapatos en la mano y el rímel esparcido por toda la cara. Como debe ser.

Hace tres, andaba inmersa en mi segunda obra de Microteatro, que dirigía Manuel Velasco y protagonizaban Lidia San José y Eva Ugarte (las dos nominadas a los Feroz este año, qué buen ojo tengo). Cómo disfruté todos los jueves y viernes hasta las tantas, viendo como los espectadores lloraban de la risa. Qué gusto me daba, al acabar las sesiones, subir caminando por Fuencarral en aquel marzo caluroso, observando a los jovenzuelos que salían de marcha, recordando que yo fui una de ellos. Esperando volver a serlo cuando esto de la crianza llegue a su fin (si es que llega).

Si la felicidad es, como dice Enrique Rojas Marcos, darse cuenta de que uno está haciendo algo que merece la pena con su propia vida, concluyo, desde mi humile opinión, que algo feliz sí soy.

     

Lunes con Sol,1 8/3/19 (sobre los chats de padres y algunos lugares mágicos)

El chat de los padres de fútbol

Ya he escrito varias veces sobre lo que pienso acerca de los chats de madres del cole, pero cuando una piensa que ya nada puede sorprenderla, llega el chat de los padres de fútbol y flipa en colores. Resulta que, por lo que sea, el pasado jueves se cambió el horario de entrenamiento y allá que lo anuncia el entrenador en ese chat que tengo silenciado por los siglos de los siglos. Nos pide, por favor, que le digamos si nuestros hijos podrán ir a esa hora. Y lo que parecía muy sencillo dejó de serlo porque un padre y una madre, entiendo que separados, decidieron exhibir sus batallas campales en nuestras preciosas pantallas. El padre, llamémosle Juan: que si el niño no puede ir porque se levanta a las seis, pero que “le han dicho” (entrecomillado por su retintín) que si no va a entrenar entonces no puede jugar y pide una aclaración sobre el tema. Allá que salta la mujer en plan “Yo no te he dicho eso, te he dicho que si Juanito falta a un entrenamiento no será convocado y blabla”, a lo que el padre contesta “Parece que Juanito irá aunque se vuelva hiperactivo por falta de sueño” y, TACHÁN, ella le contesta “De nuevo, Juan, te pasas de listo, no tomes decisiones por mí”

Imagino al resto de padres, tan flipados como yo, mirando sus teléfonos, ansiosos, para ver cuál es la siguiente salida de tiesto de este par. Lo que, en un momento dado, puede parecer incluso gracioso es, en realidad, una puta catástrofe. Si hacen eso en público, que tendrá que aguantar el pobre chaval en privado. Señores, por favor, un respeto para con los demás integrantes de chat, pero sobre todo, hacia su hijo, que no tiene la culpa de nada.

La magia.

De nuevo, el sábado me encontré con algunas de mis lectoras en uno de esos talleres que me dan la vida. Luego organizamos una charla sobre Nueva York. Laura, la creadora de ese espacio glorioso que es la librería Amapolas, y yo recomendamos algunos libros ambientados en la ciudad de mis amores, conté las maravillas del viaje con Sola en Nueva York, divagamos sobre los sueños que se cumplen y concluí, al final de la jornada, que si la felicidad es hacer con tu vida algo que tenga sentido, mi sentido sois vosotras. Por venir desde la otra punta del país para que nos echemos unas risas juntas; por regalarme sobrasadas, velas, libretas; por vuestros llantos de emoción (y los míos); por acompañarme en esta locura de escribir; por compartir lo que os remueve los entresijos; por esas ganas de abrirle las ventanas de par en par a la vida: gracias inmensas, amiguis.

El puente

El viernes me zampé “Los Inmortales” esa peli de los ochenta con banda sonora de Queen que me puede encantar. En ella vi por primera vez mi puente, mi Bow Bridge de Central Park, ese en el que empieza mi novela, que es mi Lugar en el Mundo, donde podría pasarme (y de hecho, me paso) las horas sentada con la mente en blanco, absolutamente conectada con el ansiado aquí y ahora. Al día siguiente, mi puente apareció en una peli chorras de Netflix y, por un instante, sentí que estaba allí, respirando, con los patos nadando tranquilísimos y las señoras del Uptown neoyorquino paseando a sus perritos frente a mí. Viví en mis carnes eso de que rememorar una situación genera en tu cuerpo las mismas sustancias que cuando se produjo, noté como mis telómeros aplaudían. Todos deberíamos tener ese escondrijo que no compartimos con nadie.

El cumple de Paulo

Escoger a los mejores amigos de la galaxia es uno de mis pocos talentos y Paulo, mi gallego favorito, es prueba de ello. Igor, mi vasco favorito, es otra. Nos conocimos los tres estudiando guión. Volcar, semana tras semana, tus miserias íntimas sobre un papel para luego leerlas ante toda una clase de desconocidos es empezar por el final: a los cuatro días les has visto las tripas a todos y te las han visto a ti. Rincones que, en otro contexto, tardarías años en mostrar, se exponen alegremente sobre una pizarra. Yo me enamoré de los rinconcitos de este par nada más olisquearlos. Porque ellos ven lo que hay detrás de una mirada. Son hogar, trampolín y alimento. Cinco años más tarde hemos recorrido varios karaokes, muchas risas y algunos llantos. La mitad de las terrazas de Madrid se han zampado horas y horas de conversaciones inconexas, profundas, estúpidas e inolvidables.  Ayer fue el cumple de Paulo, que se lamenta porque se acerca a la treintena, el muy cabrón. Entre su resaca desbordante por ingestión de brandy caliente y el sarcasmo deslumbrante de Igor estaba yo, adorándoles mucho, soplando mis velas imaginarias y deseando que nos queramos siempre así de bien, así de tanto.

     
lunes con sol

Lunes con Sol, 11/03/19 (sobre mujeres ilusionadas y los temazos de los 90)

lunes con sol

Cómo ser feliz

Ya os hablé de “Cómo hacer que te pasen cosas buenas“, el libro de Marian Rojas que lo está petando mucho. Normal, todos andamos persiguiendo la alegría. O deberíamos. En él recomienda otra lectura que compre ipso facto, no por su título (que no me apasiona en absoluto), sino porque la Rojas es muy lista y me creo todo lo que dice: “5 consejos para potenciar la inteligencia”, de Enrique Rojas. Diría que, entre ambos, nos regalan un resumen bastante completo de lo que es la felicidad y algunas claves para alcanzarla. “La felicidad consiste en estar contengo con uno mismo al evaluar la realidad y darse uno cuenta de que está haciendo algo que merece la pena con su propia vida”. Un factor indispensable: la voluntad, definida como “la capacidad para querer algo y poner todos los medios necesarios para alcanzarlo”. 

La voluntad es indispensable para recorrer los pasos hasta tu objetivo, ya sea ir al gimnasio, aprobar unas oposiciones, dejar a tu pareja, conservarla, pintarte unos buenos morros rojos, bloquear a ese mareador, comer sano o reamueblar tu vida. La voluntad nos convierte en nuestros dueños. Cultivémosla, porelamordedios

Ingleses rotos

O Broken English, que cantaban aquello de Do you really want me back?, que yo bailaba en una discoteca (¿o era un after?) en la época en la que mi cuerpo carecía de vitamina D porque no veía la luz del sol. Hacía mil años que no escuchaba ese tema, pero mis adorados trenes dan para mucho. Nunca era suficiente, siempre había otro garito, otra canción. Me compré unos zapatos de tacón imposible que me llevaron directa a meter los pies en el fregadero de unos baños donde la gente se drogaba mientras yo me preguntaba cómo volver a calzarme aquellos hijos de satanás tan sumamente bonitos en unos pinreles hinchados hasta límites insospechados. Usaba un pintalabios de un color marrón horrible que compartía con mi prima y que me encantaba. Parecíamos las hijas de la muerte, tan blancas, tan flacas y con aquello en los morros. Durante una temporada, aparte de ese maquillaje horrendo, me dio por hacerme dos coletas larguísimas que ataba con lazos del mismo color que mis vestidos minifalderos. Un cuadro. Un cuadro maravilloso, porque a los veinte todo es maravilloso, al menos para mí.

Boleros y cantautores

El tren no solo da para temas british y disparadores de melancolía. Me lancé sobre unos cuantos boleros mientras miraba la ventana sin hacer nada más que escuchar (que ya es raro). Joder, qué bonitos son. Esperaré, Encadenados, No.

Descubrí, también, a algunos cantautores. A pesar de que no es lo que más me gusta escuchar, me revolqué en algunas frases gloriosas. A ver si a estas alturas voy a darle a las estrofas…

Comprender que hay algunos trenes, pieles, ciertas bocas que no acaban regresando, de Marwan, en “La vida cuesta”, con la voz mexicana de Leonel García, que me gusta tanto como los tacos al pastor.

Dices que, en mitad de una cama, prometer no cuesta nada, son te quieros de ocasión, de Luis Ramiro en “Dices”. Por cierto, canta el 6 de abril en la sala Galileo. Yo voy.

Mis canciones han viajado más que yo, han besado más que yo, sonarán cuando yo no. Esta me la ha descubierto mi amigo Paulo, que es todo él sensibilidad y arte. Es de Andres Suárez en “Tengo 26”.

Los talleres. Las mujeres.

El sábado fui a Zaragoza a impartir uno de mis Talleres de Escritura Digital. No os hacéis una idea de cuánto los disfruto. No es solo conoceros, que también, es que lo que se genera en una sala llena de mujeres ansiosas de motivación, de escritura, de estímulo. La magia que se crea a la que una abre el pico para regalarnos lo que le menea los entresijos es algo muy revelador. Queremos compartir, ser parte de algo más grande que nosotras, saber que no somos las únicas, que no solo me pasa a mí. Necesitamos que entiendan incluso lo que no contamos. Seguramente arrastrábamos aún el espíritu del día anterior, 8 de marzo. Ojalá no lo soltemos en todo el año. Ni nosotras ni ellos.

Y como lo que pasa en el taller se queda en el taller, alguien se confesó sobre aquel primer novio al que quiso tanto. Tanto le quería que consiguió una muestra de la colonia que él llevaba: un sobrecito de Vorago, cuya imagen era un Don Johnson con la americana blanca remangada, todo muy de Miami de los ochenta. Abrió mínimamente aquel sobrecito y cada noche lo olisqueaba, en una cama presidida por un poster de Tom Cruise en Top Gun. Ese alguien confesó que nunca había vuelto a querer a nadie como a aquel primer novio de los quince, y que él, hace un par de años, le confesó lo mismo y aumentó la apuesta: ella fue el único oasis en una vida llena de malas decisiones. Tras la declaración, cada uno se fue por su lado, a vivir la vida real de adulto en la que no existen ya muestras de colonia Vorago. Ella le creyó. A pesar de los cuernos, de todas las mentiras que él le contó durante la adolescencia. Porque es precioso pensar que algo tan grande fue compartido. Y porque ella sabe que él no es mala persona. Simplemente, no sabía (y no sabe) decir que no. La razón de su despiste vital, de su ausencia de personalidad, de los millones de decisiones equivocadas que él sigue tomando a día de hoy darían para un libro. El por qué ninguno de los dos se ha tropezado con un amor parecido en los últimos treinta años, para otro. Y es que la vida está ahí, esperando que la escribamos.