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4 series, 3 pelis y 3 libros

Hola, querida: En la variedad está el gusto y me apetecía a mí un texto que, por un lado es ligero (también nos gusta lo ligero) y, por otro, responde a una petición que me hacéis a menudo: recomendaciones de contenidos varios. De libros, de series, de cosas. Llega el frío y estamos más en casa, normal. Algunas de las recomendaciones que os voy a dejar aquí quizás las habéis visto en otros de mis formatos, pero siempre va bien tenerlas todas juntitas para ir consultando. Pues allá vamos: Empecemos por las series: Si no la has visto ya, que me extrañaría, “Nadie quiere esto” de Netflix es obligatoria si te va la comedia medio romántica, medio de cachondeo. Diálogos ágiles y graciosos. Un rabino del que me he enamorado (yo y medio planeta), un beso que ya se ha hecho famoso. Es perfecta para una tarde de sofá, te la zampas de una sentada. Ya tienes las dos temporadas de “La diplomática” en Netflix. Buenísima es poco. Todos los actores están de Oscar, que ya sé que no es para las series, pero me da igual. Deja de leerme y vete a verla si no lo has hecho ya. Ahora me voy a lo que no es tan nuevo y tengo que recomendarte, si te va ese rollo, “Sherlock”, en HBO, con Benedict Cumberbatch. Me da igual lo que haga este señor, me gusta todo. A mis hijos les flipa también, para que sepas. Que no es tan fácil conjuntar gustos con los chavales. Y siguiendo con el tema detectives, pero un poco más crudo, tenemos “True Detective”, la última temporada, con Jodie Foster, me ha flipado. También en HBO. Ahora las pelis: ·      “El juez”, con Robert Duvall y Robert Downey Jr. me parece algo colosal. La puedes alquilar por 3,99 en Apple TV. Downey es un abogado famoso y tiene que volver a su pueblo para defender a su padre que es sospechoso de asesinato. ·      “Un funeral de muerte”, la versión inglesa, me parto. Pero me parto de lagrimón de la risa. De que se me escapa el pis. La tienes en Movistar+ ·      ”El padre”, con mi adorado Anthony Hopkins, muy dura y muy maravillosa. No quiero hacer spoiler. La tienes en HBO. Escoger solo tres libros es dificilísimo, pero allá vamos: “El elemento” de Ken Robinson: un básico que nos deberían entregar en el colegio, porque conocer nuestros talentos es imprescindible para que nos pase lo que queremos que nos pase. “Middlesex”, de Jeffrey Eugenides. Premio Pulitzer en 2003. Nos cuenta, a través de su protagonista, el efecto de la mutación de un gen durante tres generaciones de una familia griega. Igual flipas con la trama que te acabo de describir. Es un libro extraordinario. “El peligro de estar cuerda” de Rosa Montero. Creatividad e inestabilidad mental, cuántas veces las relacionamos o las sentimos. Creo que es un libro necesario para cualquiera que a veces no entienda lo que pasa en su cabeza. Me encantaría, querida suscriptora, que dejaras en comentarios tus sugerencias, así nos nutrimos las unas a las otras. Espero que disfrutes con estas recomendaciones. Feliz sábado Te dejo aquí un episodio de podcast, que también es contenido. Uno que siempre es necesario, porque la calma siempre es necesaria y en él te comparto 13 estrategias para alcanzarla y mantenerla. Puedes escucharlo aquí.

Claves que me hacen sentirme la ganadora en mi propia vida

Hola, suscriptora de mis amores, hoy me he despertado con este título en la cabeza, y no suele pasar, a veces paso más de una hora dándole vueltas al tema de estos #TresMinutos. Pero hoy me he visualizado yo en un pódium, ideal, con la medalla de oro colgada del cuello, contándome que voy ganando. Felicitándome a lo loco. Qué poco nos felicitamos, cambiemos esto, chavalas. Y, claro, para felicitarnos es importante saber qué es lo que nos hace sentirnos ganadoras. Ganar no comparándonos, no compitiendo. Nooo, esa es una concepción antigua y como muy machuna. Ganar es estar más a gusto que la hostia en tu propia vida, y ya. Y ganar es, también, tratarnos con amabilidad cuando la vida nos pega un revolcón, porque eso pasa, inevitablemente. Pero a lo que iba, me ha apetecido hacer un listado de todo eso que me sirve para ganar mi oro particular, para subirme a mi pódium particular. Para aplaudirme, celebrarme, abrazarme mucho. Para sentirme ganadora, poderosa, Diosa del Olimpo Vikingo. Empecemos en el orden correcto, porque cuantas veces os he comentado que a veces es más importante soltar lastre que perseguir. Nos quitamos peso de encima y salimos volando cual globo aerostático. Eliminemos todo lo que nos hace perder, o sea: la pereza, el sedentarismo, hacerle caso al miedo, estar más pendiente de lo que dicen los demás que de lo que yo sé. Enroscarme en bucles mentales sin sentido porque no me llevan a ninguna parte, solo a agotarme. Lo que me hace ganar es: escuchar a mi intuición, descansar, rodearme de belleza, decir que no a lo que quiero decir que no, soñar en grande. Hablarme como le hablaría a la persona que me cae mejor en el planeta, poner límites. Hacerme cargo, solamente, de aquello sobre lo que tengo poder. Recordarme que no soy eterna y que el día de hoy no se va a repetir, así que más me vale relamerlo. Posponer, solo, si no queda más remedio, es que no sé cuánto rato me queda por aquí. Recordarme que allá donde va mi atención voy yo, así que más me vale colocarlo en todo lo que sí quiero, sí puedo, sí tengo. En mi sueños, que son enormes y bonitos. En mí, que cuando me lo propongo puedo ser enorme y bonita. Y tú, ojito. Escribir cómo me siento, qué necesito, cuáles son mis objetivos, escribir la vida porque sé que se diluye a mi paso. Serme fiel SIEMPRE. Inventarme mis ilusiones, porque ya sé que no caen del cielo. Pensar mucho, en positivo, buscando soluciones y no problemas, sobre todo lo que quiero. Lo que quiero sentir, no lo que quiero tener. Buscar la inspiración todos los días de mi vida. Elevar el dron para ver el panorama completo y poder elegir desde la libertad real. Responder a las impertinencias con un silencio interminable. Interiorizar que no puedo hacer nada por predecir mi futuro, pero puedo hacer mucho por inventarlo. Meditar cada día, porque yo quiero ser la dueña de mi mente que para eso es mía y no a la inversa. Vivir con intención, porque la deriva es una mierda. Darme todos los masajes que puedo. Charlar con mis amigos todo lo que puedo. Contarme que me merezo el cielo. Escuchar a mi cuerpo, que no me miente como mi coco. Tener clara la diferencia entre esfuerzo y sufrimiento, abrazar el primero y desechar el segundo. Repetirme que la disciplina me regala mi libertad. Menear mi cuerpo, aunque no tenga ganas, porque tengo un objetivo: ser funcional hasta que la palme. Empezar aunque sienta que no estoy preparada, porque nunca voy a sentir que estoy preparada para nada nuevo. Y lo nuevo me gusta, porque lo nuevo me expande. Hasta aquí mi listado (el de hoy, ya seguiremos) Me encantaría que me dejaras en comentarios todo eso que te hace sentirte ganadora, porque compartir es de guapas, porque las unas nos inspiramos a las otras. Te dejo aquí un episodio de mi podcast en el que comparto contigo 6 estrategias contra la parálisis por análisis. Porque desde el estancamiento no nos sentimos ni ganadoras ni nada bueno. Espero que te sirva. Feliz sábado, Sol

La actividad como antídoto contra el estrés

Ni estrés es sinónimo de actividad, ni tranquilidad e inmovilidad son lo mismo. Es más, estas palabras suelen ser antónimos. Me explico con un ejemplo real como la vida misma. Hace unos meses me reencontré con un amigo de la infancia. Estaba deprimido, ansioso, estresado. Hecho una mierda, resumiendo. Una lesión le impedía hacer deporte, con lo que a él le mola hacer deporte, y también currar. Su curro no le gusta nada, pero menos le gusta estar en su casa sin hacer el huevo. Volví a hablar con él hace un par de semanas, ha cambiado de ciudad y está ayudando a su tío en el negocio familiar. Le escuché cambiadísimo, con su tono de voz habitual, con su cachondeo de toda la vida. Le conté que sonaba la mar de divino y él me contestó que estaba muy contento. Estresado pero contento. Te equivocas, chaval, el estrés no es esto. O al menos el estrés al que nos referimos habitualmente, que es el negativo, el crónico, el que nos enferma y nos jode la vida. El que equiparábamos con estar ocupados. Y conocer esta diferencia es algo vital, porque saber lo que nos sienta bien y lo que nos sienta mal es fundamental para que nos pase lo que queremos que nos pase. Vamos a desmenuzar este asunto, amiguis. ¿Qué es realmente el estrés? El estrés es una reacción física y emocional ante demandas externas o internas que percibimos como amenazas. Nuestro cerebro, nuestro cuerpo se preparan para esa amenaza descargando adrenalina y cortisol como si no hubiera un mañana. Esas sustancias, por llamarlas de alguna manera, paseándose por nuestro organismo durante mucho tiempo, nos fastidian el sistema inmune y la existencia. Ese estrés negativo, que también se llama “distress”, es el que nos ataca, entre otras razones, cuando nuestras actividades no están alineadas con nuestros valores, cuando sentimos que no tenemos control, o cuando estamos agotadas física y mentalmente. Y esto, por raro que pueda parecer, también pasa cuando no hacemos nada: como en el caso de mi amigo, un tiempo de parón forzado lo llevó a la ansiedad y a la frustración por no poder realizar actividades que le dieran sentido a sus días. ¿Te suena? A mí mogollón. Volvamos a mi amigo, que nos está yendo muy bien el ejemplo: cuando se puso en marcha, en un entorno laboral que le mola, en una ciudad con más vida que la suya lo que pasa es que su curro no le causa tensión, y ahí está la clave. De hecho, lo que inunda su cuerpo serrano ahora mismo es el estrés positivo, también llamado “eustrés”. Este tipo de estrés se da cuando afrontamos, no problemas, sino retos que disfrutamos y que tienen sentido para nosotras. Tenemos energía, nos sentimos motivadas, nos da un gustirrinín tremendo ir tachando tareas que ya hemos acabado. No hay amenaza como en el estrés negativo. La actividad se convierte en un aliado para nuestra salud mental cuando se alinea con lo que somos, con lo que queremos, cuando nos sentimos útiles. Cuando lo que hacemos nos satisface podemos estar ocupadas sin estar estresadas en negativo. Cuántas veces os he contado que yo vivía enferma antes de reinventarme, no porque le echara más horas que ahora, sino porque vivía en la amenaza constante. Qué diferente es acabar el día tan cansada como satisfecha. Qué importante es detectar cuando lo que hacemos, aunque hagamos nada, nos llena o nos vacía. Lo mismo pasa cuando estamos en una relación que no funciona, o en cualquier situación que se sostiene en el tiempo y nos martiriza y nos drena. Y dirás, vale tía, pues ahora sé que estoy estresada en negativo, y ya sé que no es por hacer demasiado, pero estoy metida en un bucle y no sé por dónde salir de aquí. ¿Qué narices hago? Pues allá van dos sugerencias, querida:
1.     Crea unas minirutinas: como andas regulera de motivación, establece rutinas chiquitinas que te van a ayudar a recuperar la sensación de control: medita durante tres minutos, estira durante tres minutos, escribe en tus páginas matutinas durante tres minutos, camina durante quince minutos. 2.     Júntate con humanos que molen: se me ha olvidado contarte que mi amigo, en ese tiempo de estrés del malo, no quedaba con nadie, no hablaba con amigos. Eso es veneno, querida, veneno asqueroso. El aislamiento y la soledad nos matan, mientras que las relaciones sociales sanas y nutritivas nos el factor determinante a la hora de ser felices y estar sanas, porque disminuyen nuestro estrés de manera drástica. Así que habla y queda con amigos, apúntate a actividades como clubs de lectura, o clases de pintura, o senderismo. Lo que sea. Sal de tu burbuja de adrenalina y cortisol.
Dos rutinas nada más, que ya me he ido a los cuatro minutos y más vale empezar lento pero seguro. Te dejo aquí un episodio de podcast que grabé con mi querido Ángel López sobre 5 estrategias super prácticas que puedes usar de inmediato cuando sientas que llega el pico de estrés. Espero que te sirva. Feliz sábado, Sol

Tres rituales que me regalan perspectiva

Creo firmemente que tener perspectiva es uno de los secretos para diseñar una vida en la que nos queramos quedar. Qué necesario es elevar el dron para contemplar el cuadro completo. El cuadro es el mundo, el cuadro es nuestra historia y el cuadro somos nosotras en toda nuestra extensión. Hay una figura que empleamos mucho en Programación Neuro Lingüística: la diferencia entre el territorio y nuestro mapa. El territorio es la realidad objetiva, lo que hay. El mapa es nuestra visión de ese territorio, que no tiene nada que ver con la realidad, que es todo percepción y subjetividad. No vamos las cosas como son, sino como somos. ¿Te ha pasado que una amiga vaya de viaje al mismo sitio que tú y te cuente una historia totalmente diferente de la que tú has vivido? El territorio era el mismo, pero el mapa nada que ver. El objetivo es que nuestro mapa se parezca lo máximo al territorio, porque eso significa que vemos mucho, con lo cual podemos generar muchas opciones. Me refiero a lo que nos rodea y también a todo eso de lo que estamos hechas. Cuántas veces ignoramos nuestros talentos, nuestras habilidades, nuestras miles de opciones. Y como no nos han enseñado a ensanchar nuestra visión de lo que hay y de lo que somos, habrá que generar estrategias para conseguirlo. Voy a compartirte tres que a mí me ayudan a abrir las ventanas de la vida, porque solo así podré aprovecharla como es debido. Mi primera estrategia, que también es gustazo y es belleza (lo que me gusta matar varios pájaros de un tiro) es algo tan sencillo y tan barato como observar el amanecer y/o el atardecer. El escaso tiempo que pasa entre el uno y el otro me recuerda que el tiempo pasa rápido, que no soy eterna, que soy parte de algo mucho más grande que yo, que es mi deber y mi responsabilidad aprovechar el ratito que paso por aquí lo mejor posible. Lo mejor es como más me guste a mí, porque al fin y al cabo, la vida es mía. De nadie más. Mi segundo ritual para afinar las antenas que van hacia afuera y hacia dentro es escribir cada mañana. Qué os voy a contar si hasta creé una formación compartiendo todo eso que escribo y que me sirve para aprenderme y construirme (te dejo aquí el acceso a la lista de espera para la próxima edición). Antes de que el día se ponga en marcha, tomo unos minutos para dibujar con palabras palabras cómo me siento, qué necesito, qué ha pasado y qué me remueve, para bien y para mal. Porque tengo que darme cuenta para poder hacerme cargo. Releer, pasado un tiempo, lo que he escrito me ayuda a tomar conciencia de si evoluciono o si ando estancada, a observar los patrones que me impulsan y también los que me aplastan, a ponerle nombre a mis emociones y a crear inventarios de mis logros. Y a celebrarlos. Y a celebrarme. La perspectiva me permite aumentar mi claridad y mejorar mi foco. Por último, algo que puede parecer tan chorras como mirar fotos de los últimos años me cuenta muchas cosas. Sobre todo, buenas. Porque nadie hace fotos de sus llantos y sus desgracias. Las fotos me permiten enfocarme en todo lo positivo: en lo bien que me lo he pasado con mis amigas, en lo bonitos que eran mis hijos de chiquitines, en los paisajes tan memorables que he tenido la suerte de contemplar, en los viajes que me han llenado el alma. Las fotos no son más que imágenes de lo que nos fascinó en un momento dado. Cuánto nos ayudan, si les prestamos atención, a detectar lo que es realmente importante para nosotras, a perseguir todo eso que nos gusta. Recordemos que nuestro objetivo es acabar el día pensando y diciendo “Joder, ¡qué bien!” Estos tres rituales constituyen parte de mi brújula. Me recuerdan que la vida avanza en una sola dirección, que no puedo hacer mucho por prever el futuro, pero sí puedo incrementar las probabilidades de que me pase lo que quiero que me pase. Espero que te sirvan, querida mía. Feliz sábado, Sol

Top Gun: o lo que nos puede enseñar nuestro personaje favorito

Hola, querida mía: Te escribo en martes, porque te quiero hablar de todo lo que he descubierto en una entrevista que me hicieron hace unos días. Cuando una cree que ya sabe mucho sobre todo eso de lo que está hecha, zasca, aparece la iluminación. Y es que todo eso que nos gusta, que nos causa curiosidad, nos da muchas pisas sobre lo que llevamos por dentro. No te cuento nada nuevo si te digo que me fascina “Top Gun”, la primera y, sobre todo, la segunda. Y de eso hablo en el podcast “Locura compartida”, un espacio sumamente interesante en el que la presentadora, Noemí Oliva, psicóloga y persona fascinante, analiza junto a sus invitados, sus personajes favoritos de película. Ay, amiga, más que conocer al personaje, me he conocido a mí. Y lo que es más importante, espero que al escucharlo detectes mucho de lo que te mueve y te ilusiona. Puedes escucharnos aquí, espero que te guste y te sirva. Sol

La importancia de no tener las respuestas

Ayer tuve una conversación sumamente interesante con una chica que había viajado a Bután, el país con la gente más feliz del mundo según varios estudios. Me contó sobre lo diferente y peculiar que era todo en ese país donde la televisión no llegó hasta 1999, donde pagas 150 dólares al día para compensar la contaminación que provocas. Un país lleno de gente amable, agradecida, calmada. Cada mañana pasean por el bosque en una especie de meditación, sin prisas. El sentimiento de comunidad es enorme, hay vínculos sumamente profundos. Su rey es una persona cercana y sencilla a la que adoran. A priori, estas personas cumplen con todos los requisitos para ser felices a más no poder: relaciones de calidad, cero estrés, trascendencia… La chica me contaba, entre sorprendida y curiosa, que cuando le preguntaban si en Bután eran pobres no sabía qué responder. Obviamente, no disfrutan de muchas de las cosas que para nosotros son necesarias (o eso creemos). Pero tienen comida, un techo, personas que se cuidan las unas a las otras. Pero muchos de esos habitantes no tienen dientes porque la higiene bucal se conoce desde hace poco. Y los jóvenes se van a estudiar fuera y la mayoría no quieren volver. Curioso que no quieras quedarte en el país más feliz del planeta. Cuántas preguntas sin respuesta. Qué maravilla, porque eso nos regala un espacio enorme para reflexionar, para apartarnos del reduccionismo. Y reflexionar sobre la felicidad del otro es, inevitablemente, hacerlo sobre la propia y sobre lo que realmente es la felicidad. Si existe un concepto que abarque todas las felicidades del planeta. Esa respuesta la tengo clara: no. Y también tengo una opinión clara sobre algo. Repito, es opinión. La felicidad no lo es tanto cuando no conoces todas tus opciones, cuando no has visto bastante y te has quedado con lo que más te encaja. No conocer y escoger entre esto y esto mismo, para mí, no es felicidad. Volvamos a Bután por un momento: la felicidad en este pequeño reino se mide oficialmente por el “Felicidad Interna Bruta”, un índice que prioriza el bienestar espiritual y emocional sobre los logros económicos o materiales. Hasta ahí vamos bien. Cuántas veces habré escrito que la pregunta correcta no es ¿Qué quiero tener?, sino “¿Qué quiero sentir?”. Y ojo, que lo material nos puede hacer sentir cosas chulas, como libertad, diversión, tranquilidad. Unos dineritos en el banco nos hacen caminar con cierta calma por la vida, emprender proyectos, conciliar el sueño, sentirnos orgullosas por lo conseguido. Lo fascinante de este dilema sobre la felicidad es que nos enfrenta a nuestra propia incertidumbre. Cuántas veces buscamos respuestas para sentir que tenemos control y seguridad, pero la vida no siempre nos ofrece esa claridad. Y lo que es más importante, a veces, vivir en la incertidumbre nos permite reconocer que no existen respuestas absolutas, porque son subjetivas. Lo importante es tener TU PROPIA RESPUESTA ante preguntas como: ¿Qué es el éxito? ¿Cómo se alcanza la felicidad? ¿Qué significa vivir bien? Qué liberador es saber que no hay una sola respuesta. Cómo nos fastidia y nos cuesta tener que fabricar la nuestra, pero es que es la única manera de agarrar las riendas de nuestra existencia. Qué importante es observar para tener información y luego pasarla por nuestro filtro. La felicidad para algunos puede no significar tener bienes materiales, sino tener tiempo para meditar o disfrutar de la naturaleza. Y el hecho de que no entendamos completamente su visión del mundo no le resta valor a su realidad. Otra cosa es que pretendamos meternos en ese patrón cuando no es el que nos hace felices a nosotros. Al final, lo que importa no es tanto si las personas de Bután son felices o pobres según nuestras nociones preconcebidas, sino todo lo que podemos aprender de su manera de vida para cuestionarnos nuestras propias ideas. No tener todas las respuestas es un recordatorio de que el mundo es enorme, complejo y lleno de matices. Y quizás, en esa incertidumbre, en esa falta de respuestas definitivas, podemos encontrar una forma más auténtica de estar presentes, de ser honestas cono nosotras mismas y de entender tanto nuestra vida como la de los demás. Feliz sábado P.D.: hablando de felicidad, si sientes que necesitas retomar las riendas de tu vida, te dejo aquí el enlace a un audio de 30 minutos donde comparto contigo dos ejercicios sumamente prácticos para que agarres el poder sobre lo que te pasa.