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Antes era más valiente, creo

Sigo escribiéndote desde Nueva York, Tesolera, y cómo te contaba hace un par de semanas, esta ciudad me lleva de cabeza a la introspección. Mira que hay ruido, mierda y gente majara por las calles, pues oye, que a mí eso me conecta. Bien no estoy. Es como si aquí me convirtiera en una antena gigante y veo cosas que otros no ven y escucho lo que otros no escuchan. Conversaciones, gestos, dinámicas entre esta gente de tantos colores que habita la ciudad que nunca duerme. Y la antena es hacia afuera y es hacia adentro: veo cosas en mí que hace tiempo que no veía y me escucho verdades que no me contaba desde hace tiempo. Hoy me he sorprendido diciéndome a mí misma: tía, antes tu escritura era más valiente. Me ha jodido y me he dado la razón. Como me gusta entender las razones de lo que me pasa, he repasado mis viejos textos, esos en los que hablaba de los vaivenes de la maternidad, de lo que sentía en un concierto, de mi nostalgia de la juventud, de todo lo que me enciende y de lo que me apaga. Me sentaba frente al teclado y me vomitaba en él. Me daba la vuelta cual calcetín. Ahora, cuando pongo las manitas en las teclas pienso mucho menos en lo que me pasa a mí y más en lo que os pasa a vosotras, ¿qué les puedo contar que les sea de utilidad? También influye que, cuando empecé a escribir, no había Instagram. La única manera de contaros mis rollos era a través de mis letras. Ahora agarro el teléfono y zasca, en un momento os he dicho lo que sea. Mientras escribo esto me pregunto si hay algo que sea mejor o peor, y concluyo que ni lo uno ni lo otro. Etapas diferentes, una Yo diferente. Pero me pellizca un poco eso de ser menos valiente que antes, aunque no sé si es verdad del todo. Tendré que meditarlo. Pero como me ha encantado releer todo eso que en su momento vomité, me he prometido visitar mis tripas más a menudo para mostrároslas en forma de texto y también intentar que eso os sirva a vosotras porque, al fin y al cabo, a todas nos pasa un poco lo mismo y a todas nos sirve lo mismo para estar mejor. Somos un sota, caballo y rey en toda regla, por más que nos joda. Me comprometo, también, a que sea la voluntad, y no el miedo a exponerme, quien decida qué es lo que leéis por aquí. A afilar la antena no solo cuando ande entre rascacielos. A recordar qué es lo que me ayudó a escalar hasta este sitio en el que estoy ahora, desde donde puedo llegar a tanta gente. Y a que eso sea trampolín, no guillotina. Que me impulse a mostrarme para que vosotras hagáis lo mismo, aunque ahora seáis decenas de miles y no cientos, como antes; porque contaros quién era y todo lo que me pasaba, por dentro y por fuera, fue la chispa que encendió este sarao divino que hemos montado entre todas. A veces, volver a las raíces es la respuesta a todas las preguntas. P.D.: hablando de preguntas, por si tú también andas en un momento en el que quieres retomar la solidez en algún aspecto de tu vida te dejo aquí un audio de solo 30 minutos en el que te planteo dos ejercicios prácticos que yo uso cuando necesito claridad, tanto sobre mis objetivos, como sobre los obstáculos que me impiden pasar a la acción. P.D2.: si estás leyendo esto el día que lo publico, es 5 de julio y eso significa que quedan 5 días para que se cierren las puertas de mi nueva formación sobre AUTOESTIMA y VALORACIÓN. Si quieres.. ✨ Modificar los pensamientos que dañan tu autoestima ✨ Despojarte de la culpa y disfrutar de la libertad ✨ Establecer límites desde la seguridad y la calma ✨ Diferenciar claramente entre egoísmo y priorización ✨ Mantener tu autoestima estupenda independientemente de lo que pase fuera Te invito a que le eches un ojo a la formación AQUÍ.

Lo importante de la vida

Te confieso que he vuelto a hacer trampa. Te escribo desde Nueva York y, cuando estoy aquí, sin quererlo expresamente, me lanzo a releer lo que escribí hace años, ya sea en mis libretas o en mi antiguo blog. Me encanta hacer inventario, recordar quién era yo hace dos, tres, diez años. Esta vez, quizás con más razón, porque la reedición de mi novela “Algún día no es un día de la semana” me ha trasladado, inevitablemente a mi yo de hace 10 años. A una yo que no era coach, ni impartía formaciones, ni tenía puñetera idea de cómo serían los 10 años siguientes. Nunca tenemos ni puñetera idea, sí que deberíamos hacer lo posible para que, llegado el aniversario, nos dé por celebrarnos, no por arrepentirnos. Voy a admitir que me celebro. Podría buscarle los tres pies al gato y destacar las cagadas, pero me da un perezón tremendo. Los últimos diez años han sido la hostia de buenos, y punto. Y en ese inventario, en ese rescatar patrones que me han servido para que me pase lo que quiero que me pase y desechar los que componen los tres pies del gato que no pienso repetir, me doy cuenta de que la inmensa mayoría de la celebración llega porque ha llegado un punto en el que tengo claro qué es lo importante en mi vida. Lo importante es lo que me emociona, lo que se me queda grabado, lo que me ata al presente. Aquí es donde llega la trampa, porque hace como cuatro años escribí un texto donde enumeraba unas cuantas de esas cosas. Hoy lo rescato y lo edito, porque una cambia de opinión, claro. Y te lo ofrezco, por si mi lista te inspira para escribir la tuya. Por si esa lista te regala claridad y alivio. Por si te ayuda a celebrarte todo el rato. Allá voy: Lo importante de la vida es el primer día de primavera en el que abres las ventanas del balcón y así se quedan hasta la noche, porque no hace ni frío ni calor. El primer baño del verano, cada año. Mejor si es en bolas. La primera vez que visitas Nueva York y luego todas las veces que la redescubres. Ver “Grease” en la azotea de un hotel neoyorquino con tu amiga de la facultad, treinta y cinco años después de aquella primera salida nocturna por Barcelona. Que este amor siga aquí, cada vez más divertido y más grande. El día en el que sabes que has aprobado la selectividad. El primer día en la universidad. El último, con la incertidumbre aplastándote el lomo, el orgullo. La nostalgia de esos años en todos los que vienen después. El primer viaje a Londres con tu amiga (sí, la de la facultad), las noches interminables rodeadas de guiris, el té con leche que descubriste allí y que te acompañará lo que te queda de vida, porque te gusta y porque te recuerda a las risas frente al Big Ben. El primer beso, en un portal junto a la pajarería de tu pueblo, vestida con el uniforme, nerviosa perdida. Estrenar agenda. Sentir el olor del jazmín paseando por tu isla sin saber muy bien de dónde viene, buscarlo, coger una florecita blanca y pegártela a la nariz el resto del día. El olor del pelo de tus hijos recién salidos de la ducha, cogerles de la mano, despertarles metiéndote en su cama haciendo cucharita. Los picnics en El Retiro, con tus amigos y tus niños, descalzarte y sentir el solete de marzo en la piel. Tener chimenea, por fin, que era tu sueño desde siempre, qué gustito ese crepitar. Respirar en paz. El primer día sin abrigo. El primer día con abrigo. Ver vídeos de gente que dibuja muy bien, que baila muy bien, que canta muy bien. Leer a Laura Riñón (y que te abrace desde su metro ochenta), escuchar “A la Folie” de Juliette Armanet y a Teddy Swims cantando lo que sea. Descubrir restaurantes nuevos, buenos, bonitos, tranquilos. Comer un helado de coco. Bailar en casa, o en una pista de baile, o en la de un karaoke, micro en mano, destrozando los temazos de la maravillosa Jurado. Las hojas nuevas de tus plantas, que increíblemente sobreviven a tu torpeza. La gente que huele a limpio. Las pinturas de Madrazo. Contemplar “La noche estrellada” de Van Gogh y llorar todas las veces. Ver amanecer, agradecer que es un día más, también un día menos: habrá que aprovecharlo, que no somos eternas. Tener, por fin, algunas cosas claras: que esto va de hacerse preguntas todo el rato, que la felicidad está hecha de relaciones sanas y divertidas, que nadie te va a dar más de lo que crees merecer. Los desayunos bonitos, las libretas bonitas, la gente bonita. Sentir que lo que haces tiene sentido, porque no hay nada mejor que acompañar a otras mientras se dan cuenta y se hacen cargo. Vivir donde quieres vivir, ser quien quieres ser, rodearte solo de gente divina. Hacer más listas con los “quiero” que con los “tengo que”. Eliminar de tu vocabulario la palabra “controlar”. Descubrir calles nuevas en una ciudad que conoces bien. Buscar la belleza en cada gesto. Entender su importancia. Darte cuenta de que la infelicidad de algunos momentos la provocó la falta de belleza: en la gente que te rodeaba, en la casa donde vivías, en las gafas con las que veías el mundo y a ti misma. Jurarte que eso no se repetirá porque no se puede desaprender lo que una ya sabe. Saberte libre. P.D.: si decides compartir este artículo en Instagram, porfa, añade el enlace. Les facilitas mucho la labor a quiénes lo vean y también a mí. Gracias de antemano. P.D2.: si este artículo te ha hecho pensar que igual deberías profundizar sobre lo que es importante para ti, definirlo y validarlo te dejo aquí 5 ejercicios sumamente prácticos y sencillos que te facilitarán la labor. Espero, de verdad, que te sirvan. P.D3.: lo importante de tu vida eres tú, o deberías serlo. Si al leerme has pensado, o has sentido, que eso no es todo lo verdad que debería ser, quizás quieras echarle un ojo a mi nueva formación sobre AUTOESTIMA y AUTOVALORACIÓN. Esa formación está dentro de mi membresía “Té con Sol”, así que lo que obtienes es una sesión mensual durante seis meses + ejercicios profundos y transformadores + lecturas complementarias + un brevísimo ejercicio diario para que implementes el hábito de verte y escucharte. Podrás suscribirte solo del 2 al 10 de julio, y puedes apuntarte AQUÍ a la lista de espera para que te avise en cuanto esté disponible.

Esta formación es para ti si ahora estás:

  • Buscando constantemente la validación de otros para sentirte valiosa
  • Autocriticándote constantemente con un diálogo interno destructivo que te agota
  • Posponiendo tus necesidades por miedo a parecer egoísta o decepcionar a otros
  • Dudando de cada decisión porque no confías en tu propio criterio
  • Sintiéndote culpable cada vez que intentas priorizarte
  • Saboteándote justo cuando las cosas empiezan a ir bien

Y lo que quieres es…

  • Sentirte bien en tu propia piel, sin necesidad de compararte constantemente
  • Tomar decisiones desde la calma y la confianza, no desde el miedo o la ansiedad
  • Hablarte con el mismo cariño con que le hablarías a tu mejor amiga
  • Priorizarte sin culpa y saber que mereces ocupar espacio en tu propia vida
  • Tener relaciones sanas basadas en el respeto mutuo, no en la dependencia
  • Vivir desde tu autenticidad, no desde lo que otros esperan de ti

Quiero saber más

Esto es lo que mis alumnas dicen sobre mis formaciones:

“Creo que ha valido mucho la pena. Ha sido un viajazo en todos los sentidos. Tus cursos siempre son mucho más de lo que espero en un principio.” “Ha superado mis expectativas. Esperaba más patrones o guías. He encontrado preguntas. preguntas que debía contestar yo y que me han hecho buscar quien soy y que puedo encontrar un camino para ser yo. Merece la pena el dinero invertido, el esfuerzo y el tiempo.” “Me has ayudado a creer más en mi, a mejorar mi diálogo interior y a tener un propósito firme de cambiar de empleo y crear mi propia empresa.” “Tengo más claridad, mas confianza en mí misma, más ganas de atreverme a probar cosa nuevas” “Me llevo de tu formación saber que puedo, ¿sabes que pasa Sol?, que vas calando, que poquito a poco, me veo diciendo un “no, un “eso ya no va conmigo”. Me llevo saberme suficiente, quizas eso ha sido lo mas enriquecedor para mi, saberme valiosa, saberme valorar, quererme.” “El impacto más grande en mi vida es que me dedico tiempo a mi misma CADA DÍA (meditación, escritura, lectura,…) y como resultado estoy con mayor calma y felicidad. Mis hijas me han comentado que «quieren ser como yo cuando sean mayores» y les sorprende que esté «más calmada» al escucharlas y responder.” “Estoy diciendo NO con más facilidad a lo que no está alineado conmigo, con mis valores, con lo que quiero… y estoy hablando ante grupos de personas (entorno laboral) con mucha más confianza, claridad y seguridad (lo siento yo así y también estoy recibiendo ese feedback). Y bueno, en general, vivo con mucho más disfrute y esto lo utilizo mucho más como guía para saber que así, sí. Ese disfrute recuperado es el cambio más potente de todos.” “Todo ha sido perfecto” “Estoy en la membresía desde hace muy poco. Estoy admirada de lo competente que eres y de la calidad de tus formaciones. Haré todo lo posible por apuntarme a más formaciones futuras. Gracias Sol. Ha sido un placer. Hasta pronto.”

Apúntame en la lista de espera

En esta formación he sistematizado, resumido y masticado lo que a mí me ha llevado de una autoestima regulera, de no creerme capaz de crear nada por mí misma, de no interponer límites a saberme suficiente, decir que NO con una facilidad pasmosa, relacionarme solamente con gente que me trata la mar de bien. Espero verte pronto al otro lado de mi pantalla. Feliz día, Sol

El mejor día de mi vida

Te escribo, querida suscriptora, sentada frente al Bow Bridge, un puente blanco y precioso en pleno Central Park. Emocionada perdida. En este mismo banco donde estoy sentada empieza mi primer libro, que es una novela titulada Algún día no es un día de la semana. En agosto de 2016 terminé, en un apartamento que está a pocas manzanas de aquí, la historia de Sofía Miranda, una chavala que se atreve a preguntarse cómo puede ser más feliz, que no se conforma, que decide decidir. Muchas de vosotras me conocisteis gracias a esa novela. Gracias por seguir aquí. Muchas de vosotras me contasteis que, después de acompañar a Sofía en su camino hacia la plenitud, habíais tomado decisiones. Decisiones difíciles, dolorosas, incómodas y absolutamente maravillosas. Y eso me gustó, así que decidí formarme como coach, porque yo repito lo que me gusta todas las veces que puedo. Sin mesura. El resto es historia. Una que probablemente conoces, compuesta de muchas coachees, muchas formaciones, decenas de miles de alumnas de más de cuarenta países (flipo en colores), cuatro libros más, un podcast y lo que te rondaré, morena. No todo fue bonito en ese camino. Mejor dicho, todo ha sido la hostia de bonito, menos la consecuencia de una mala decisión: la de ceder los derechos de mi Sofía a una editorial. No les demos a otros lo que es nuestro, amigas. NUNCA. No solo eso, sino que esos a los que les regalé mi esfuerzo y mi ilusión lo arrastraron por el fango. Así que decidí enterrar la novela, pediros que no la comprarais hasta que Sofía volviera a casa. De nuevo gracias, porque me hicisteis caso. Os solidarizasteis con mi causa. Me entendisteis TAN bien. Y como la vida es mágica y extraordinaria, puso en mi camino a una abogada a la que las injusticias le joden tanto como a mí. Y peleó. Y lo consiguió. Gracias, churrita, qué regalazo de cumple me hiciste. Hoy, después de nueve años, me siento en este banco junto a mi Sofía, por fin. Hoy es el mejor día de mi vida. No solo porque lo mío vuelve a ser mío y, por ende, vuestro. No porque no haya marrones, dudas y saraos. Hoy es el mejor día de mi vida porque estoy en paz con mis decisiones. Porque he peleado por recuperar lo que es mío, sin pelearme conmigo. Porque tengo mis líneas rojas tatuadas a fuego. El norte claro. Soy sólida, que no rígida, ya tocaba. El mejor día de tu vida no llega por casualidad, ojo. Llega cuando te das permiso para elegir quién eres y cómo vives. Cuando le arreas un manotazo a lo que todo el mundo hace, a lo que el resto piensa. A mí qué coño mi importa, si esto es mi vida, no la de todo el mundo. El mejor día de tu vida llega cuando te dices la verdad aunque te joda, aunque duela, aunque no sea lo más fácil. A veces, el mejor día de tu vida llega después de una renuncia, de una conversación difícil, de una despedida, de un “Hasta aquí”. Porque las decisiones que te acercan a tu norte no siempre son cómodas, pero siempre te hacen libre. La calma de verdad, la que convierte cualquier día en el mejor de tu vida, nace de saber que no estás traicionándote. Que lo que haces, lo que decides, lo que sostienes, tiene sentido para ti. PARA TI. Nace de habitar tu soledad y el silencio sin sentirte sola. De no necesitar que nada ni nadie de fuera te confirme que estás en el lugar correcto. El mejor día de tu vida no está hecho de fuegos artificiales, ya ves, aquí ando, en chándal, sentada frente a un puente extraordinario a las seis y media de la mañana, viendo a los patos nadar tan a gusto. El mejor día de tu vida está hecho de certezas. De conversaciones que te reconcilian contigo. De mirar un puente y a unos patos y sentir que no falta nada, que no sobra nada, que si la perfección existe está aquí, contigo. El mejor día de tu vida llega, también, al saber que mañana harás lo posible para que sea, al menos, igual de bueno que este. El mejor día de tu vida no se encuentra, se inventa. Gracias inmensas a todas las que me acompañáis desde hace tanto. A las que habéis abrazado mi historia y la de Sofía como si fuera la vuestra. De hecho, lo es. Vosotras construís un montón de “Mejores días de mi vida”. Espero saber devolveros un poquito de todo esto que me dais. Feliz sábado, chavalas. P.D.: si ha habido un ejercicio que me ha ayudado a definir un buen día en mi vida es este que te dejo aquí. Te indico el paso a paso, todo el detalle para que definas cómo te quieres sentir, la vida que quieres vivir y, de ahí, pasarás al plan de acción. Por favor, no renunciemos a identificar el qué por no conocer aún el cómo. P.D2.: si decides compartir este artículo en Instagram, porfa, añade el enlace. Les facilitas mucho la labor a quiénes lo vean y también a mí. Gracias de antemano.

4 preguntas para saber si tus relaciones fortalecen tu autoestima

Vamos a imaginar, querida mía, que tu autoestima es una planta. La que más te guste. A mí me flipan los geranios. Ahora vamos a pensar en el tipo de jardín en el que quiero plantar mi geranio o la planta que hayas elegido. ¿Quieres tierra fértil, buena luz, bien de abono y mucho espacio para que sus raíces crezcan a sus anchas? ¿O un suelo árido, con sombras y un espacio estrechito? Yo creo que la respuesta está clara. Cómo me gustan las metáforas. Nuestra autoestima está, inevitablemente, relacionada con lo que nos rodea. Con las interacciones, con nuestro entorno. Piensa en las personas con quienes pasas la mayoría de tu tiempo. ¿Cómo te sientes después de estar con ellas? ¿Más grande o más pequeña? ¿Con más energía o agotada? ¿Más relajada o más tensa? Está demostrado científicamente que la calidad de nuestras relaciones predice significativamente los cambios en nuestra autoestima a lo largo del tiempo. Esto lo hemos experimentado, no hace falta que venga la gente lista de la ciencia a decírnoslo, pero a lo mejor así le hacemos más caso a nuestra intuición. Cuando nos rodeamos de gente maja que reconoce y valida nuestros talentos, nuestras habilidades, todo lo bueno que somos y sabemos y tenemos nuestra autoestima crece. Pero si nos rodeamos de gente que critica, que invalida, nuestra autoestima se queda pocha perdida. Thomas Lewis, uno de esos señores listos investigadores, describe este fenómeno como «campos emocionales compartidos», o sea, que nuestro sistema nervioso se sintoniza con los sistemas nerviosos de quienes nos rodean. Si pasamos mucho tiempo con personas que juzgan, que viven pendientes de sus miedos, que están desquiciadas nuestro sistema nervioso se coloca en esa frecuencia. La buena noticia es que cuando nos juntamos con gente auténtica, alegre, resiliente también nos alineamos con sus maravillas. Todo se pega, la hermosura también. Mira tú si esto es poderoso que un estudio ha demostrado que nuestros niveles de cortisol (hormona del estrés) se sincronizan con los de las personas con quienes pasamos mucho tiempo. ¿A que te suena? ¿A qué sí? Yo ahora mismo estoy pensando en una persona que no es que aumente mis niveles de estrés después de una semana junto a ella, es que a los dos minutos tengo los vellos como escarpias. Ojo, eso no significa que estamos culpando a los demás por nuestros problemas de autoestima, ni que tengamos que esperar a que las personas correctas coloquen nuestra autoestima en el nivel óptimo, porque esa sintonización, ese contagio funciona en ambas direcciones. Hemos de trabajar en esto que somos. Estamos dándonos cuenta para poder hacernos cargo. A partir de aquí, puedo preguntarme: ¿Qué relaciones estoy cuidando y cuáles no? ¿Qué límites necesito establecer para proteger mi estabilidad emocional y mi autoestima? ¿Con qué tipo de personas quiero relacionarme para estar bien? Ya, todas estas preguntas pueden llevar a decisiones difíciles. A lo mejor hay que tener conversaciones incómodas, apartarnos de ciertas personas, buscar nuevos círculos. Un apunte: una autoestima sanota no depende de una sola relación perfecta y maravillosa, eso no nos vale. Necesitamos un tejido de conexiones que nutra todas las caras de este poliedro que somos. Y algo muy importante: ¿qué tipo de plantita eres tú en ese jardín? Porque en este invernadero que nos estamos montando hemos de ser responsables, saber qué hemos de poner de nuestra parte. Validar a los demás, escuchar, aceptar (que no es lo mismo que tragar), porque así no solo elevas la autoestima de los tuyos, es que esa expansión vuelve a ti multiplicada por mucho. A estas alturas de estos tres minutos te estarás preguntando cuáles son esas preguntas de las que habla el título. Vamos allá:
  1. ¿Qué partes de mi personalidad escondo en ciertas relaciones? La respuesta me puede dar pistas de que esas relaciones no son precisamente maravillosas para mi autoestima.
  2. ¿Con qué personas me siento «en casa» versus «con qué personas parece que esté sentada en un cactus»?
  3. ¿Qué relaciones me agotan y qué relaciones me llenan de energía?
  4. ¿Qué tipo de conversaciones tengo con mi entorno? Yo creo que es muy positivo ser honesta con una misma y analizar si tengo muchas conversaciones alrededor de la crítica, la comparación, la queja o de la alegría, las buenas noticias, la ilusión. Porque esas conversaciones acaban moldeándonos y moldeando la relación con nosotras mismas.
P.D.: esta semana me marqué un directo en Instagram sobre dos factores que para mí han sido imprescindibles a la hora de mejorar mi autoestima y de lo que no oigo hablar. Me quedó la mar de bien y, como el algoritmo igual no te lo ha enseñado, te lo dejo AQUÍ, espero que te sirva. P.D2.: hablaremos largo y tendido de este y de otros factores que influyen en nuestra autoestima en mi nueva formación sobre autoestima y autovaloración que tendrá lugar dentro de mi membresía “Té con Sol”. En esta formación no te enseño a poner “tiritas” a tu autoestima, sino a crear una estructura interna que te permita sanar tu relación contigo misma, que te cuente que sí eres capaz y suficiente para resolver, para decidir, para crear. En 6 sesiones (que quedan grabadas), te contaré cómo fortalecer tu relación contigo misma, dejar atrás la autocrítica destructiva y aprender a priorizarte sin culpa. Tienes toda la información y el acceso a la lista de espera AQUÍ. P.D3.: Si quieres: ·Definir cuáles son tus objetivos en cualquier ámbito ·Identificar cuáles son los factores que te llevan a procrastinar ·Decidir desde la claridad y la calma ·Conocerte mejor ·Pasar del pensamiento en bucle a la búsqueda de soluciones Te dejo AQUÍ un audio de solo 30 minutos con dos ejercicios que yo uso para decidir y definir. Espero que te sirva Un abrazo, Sol

La trampa de conformarse con lo mínimo: ¿Por qué no elegimos lo mejor que podemos permitirnos?

«Esto ya me sirve», «No necesito más», «Con esto ya estoy bien». Frases que pronunciamos sin pensar, automáticamente, cuando hablamos de dinero, de tiempo, de lo que sea. A primera vista, podrían ser señal de pragmatismo, de plenitud. Pero no. La mayoría de las veces: NO. La mayoría de las veces, estas afirmaciones no reflejan una vida llena, sino una vida limitada. Las mujeres sufrimos una tendencia tremenda a conformarnos con lo mínimo. Normal, es lo que llevamos haciendo por los siglos de los siglos. Ese conformismo tiene raíces profundas a más no poder, llevamos obedeciendo a esas raíces durante cientos de generaciones Durante siglos, la «buena mujer» ha sido la que sacrifica sus necesidades, la que no pide demasiado, la que se contenta con poco. La abnegación como virtud. Un asco. Piénsalo: ¿cuántas veces has visto a tu madre, abuela o a otras mujeres con las que te has criado renunciar a lo que quieren? Estarás pensando que nunca dijeron lo que querían, que parecían no querer nada más de lo que tenían. Y eso precisamente es lo más peligroso: lo que no se pronuncia, lo que no sacamos a la superficie. A esta herencia le sumamos una cultura en la que un tío que da su opinión, que gana pasta, que es líder, que persigue sus objetivos es algo a admirar. Pero si a una mujer se le ocurre querer todo eso, probablemente el miedo a brillar, a la crítica acabe frenándola, convirtiéndola en la mitad de lo que realmente es y negándonos al resto de la humanidad el impacto que podría generar en nosotros. Buscar lo mínimo se convierte en un acto natural, nos encogemos para encajar en las expectativas sociales. Otro asco. Las consecuencias de este patrón son devastadoras cuando sistemáticamente elegimos lo mínimo que hay en lugar de lo mejor que podríamos permitirnos. Cada vez que hacemos eso, le estamos enviando un mensaje a nuestro inconsciente: «No merezco más». Y ese no merecimiento se manifiesta en todos los ámbitos: en nuestras relaciones, en nuestros trabajos, en nuestra situación económica, en nuestro autocuidado. La autolimitación se convierte en una profecía autocumplida. No nos permitimos lo mejor dentro de nuestras posibilidades y perdemos la capacidad de imaginar y aspirar a algo mejor, a una vida grande y brillante. A una Yo grande y brillante. Nuestros horizontes se estrechan y la mal llamada zona de confort se convierte en una prisión de la que no sabemos que podemos escapar. Cuando creemos que no merecemos más, difícilmente vamos a crear las condiciones para crear abundancia y gustazo y nos volvemos unas expertas en racionalizar por qué no necesitamos o no merecemos más. Somos muy listas y lo demostramos tirando piedras sobre nuestro propio tejado. Detrás de este patrón se esconde otra creencia perniciosa: la postergación indefinida. «Ya habrá tiempo para disfrutar», «Cuando termine esto, me daré ese gusto», «Más adelante podré…». Como si fuéramos eternas, como si nos pudiéramos permitir el lujo de posponer la vida. ¿Por qué no disfrutar de ese viaje ahora? ¿Por qué no invertir en esa formación que te mola en lugar de gastar en lo que no te hace crecer? ? ¿Por qué no sentarte ahora mismo a tomarte un té mientras escuchas tu canción favorita? ¿Por qué no decirle a tu pareja que ya no eres feliz, que quieres virar de rumbo? ¿Por qué no elegir esa chaqueta que te flipa, aunque cueste un poco más No estoy hablando de consumismo desenfrenado (la mayoría de los placeres reales son gratis) ni de irresponsabilidad financiera. Ni de ser unas egoístas de narices. Se trata de cuestionar el automatismo con el que nos conformamos, de preguntarnos, por fin: «¿Qué es lo mejor que puedo permitirme en este momento?» Esta pregunta cambia completamente la perspectiva y nos invita a contemplar no solo lo económico, sino también el valor del tiempo, la calidad de la experiencia, y el mensaje que nos enviamos a nosotras mismas. Puede que lo mejor que me puedo permitir ahora mismo es hacerme una taza de té y sentarme en mi sillón a leer en lugar de ponerme a planchar ropa de otros que viven conmigo y tienen una manita para coger la plancha. Puede que lo mejor que me puedo permitir ahora mismo sea irme a echar unas risas con mis amigas. Puede que lo mejor que me puedo permitir ahora sea apuntarme a clases de baile porque bailar me fascina y sé que útil es todo aquello que me da felicidad. Romper este patrón de conformismo heredado requiere que nos demos cuenta y que nos hagamos cargo. Empieza por observar cuándo aparece ese impulso automático de elegir lo mínimo. El mínimo tiempo de descanso, la chaqueta más barata, lo primero que pillo para comer. Cuestiónalo, no desde la culpa, sino desde la curiosidad y las ganas de convertir tu vida en la obra de arte que mereces. Pregúntate: «Si realmente me valorara, si me supiera merecedora de lo mejor de la galaxia ¿qué elegiría?» ¿Elegiría esta pareja, esta manera de pasar mis ratos libres, estos hábitos? ¿Qué sería de nuestras vidas si, en lugar de limitarnos, empezáramos a expandirnos? ¿Si nos preguntáramos constantemente «¿qué es lo mejor que puedo permitirme?» y tuviéramos los ovarios de actuar en consecuencia? A lo mejor descubriríamos que merecemos mucho más de lo que hemos estado dispuestas a reclamar. Si me respondes estas preguntas en los comentarios, inspiras a otras, gracias. P.D.: en el último episodio de mi podcast te hablo de cómo las mujeres le damos poca importancia a eso que queremos (o ya no queremos): → Buscamos justificaciones ENORMES para dejar cosas que ya no nos molan:
  • «Si no hay cuernos o peleas tremendas, no puedo dejar la relación»
  • «Si no me he peleado con alguien, tengo que seguir quedando aunque me drene»
  • «Si no me enfermo, no puedo dejar un trabajo que odio»
→ Posponemos infinitamente lo que deseamos porque «no es necesario o es un lujo»:
  • «Quiero apuntarme a baile, pero tengo mucho lío»
  • «Quiero viajar a Japón, pero hay gastos más importantes»
  • «Quiero quedar más con mis amigas, ya lo haré cuando tenga menos curro»
Lo que vas a descubrir en el episodio:
  • Por qué nuestra voluntad debería ser razón suficiente (sin más explicaciones)
  • Cómo reconocer lo que realmente queremos vs. lo que creemos que deberíamos querer
  • Herramientas prácticas para empezar a honrar tus deseos de Diosa del Olimpo Vikingo
REGALO: Con este episodio viene un PDF descargable con 5 ejercicios potentes para reconectar con tu voluntad. Mira, te lo dejo aquí, por si quieres ir echándole un ojo. QUIERO ESCUCHAR EL EPISODIO Y HONRAR MI VOLUNTAD ¡Feliz semana! Sol

La diferencia entre una vida bonita y una vida perfecta

Diré poco sobre las vidas perfectas: NO EXISTEN. Tampoco sé muy bien lo que es una vida perfecta, porque para cada uno sería una cosa diferente, pero en ningún caso real. Las vidas perfectas son fantasía pura porque en ellas no hay imprevistos, desgracias, marrones, duda, tristeza. Vale, vamos ahora a la vida bonita, que sí que existe. Si la creamos, claro. Vamos a ir definiendo todo esto de la belleza, porque a veces nos liamos. Hablar de belleza no es frívolo. También te digo, qué más da si lo es. La belleza no es lujo, es una necesidad humana. Sí, como comer o descansar. No lo digo yo, lo dice la neurociencia, la filosofía, el arte y nosotras mismas, si nos observamos y nos escuchamos un pelín. La belleza no es solo lo estético, aunque lo incluya. Es una forma de mirar y de vivir. Es crear armonía, pausa, respeto, propósito. Es escribir un mensaje cariñoso, escuchar con atención, decir la verdad sin herir. Es ordenar los cajones y también ordenar los pensamientos. Es hablar con palabras que alimentan, tener una casa donde te apetezca estar y una vida donde quieras quedarte. Cuando descuidamos la belleza perdemos dirección y abrazamos el caos. Nos acostumbramos al ruido, a la prisa, al desorden, a lo feo. A lo feo en las formas y en el fondo. A las conversaciones llenas de queja, a los espacios agobiantes, a los cuerpos y los cerebros castigados, a los vínculos que carcomen. Y cuando todo eso se vuelve normal, lo que perdemos no es solo belleza: es energía, propósito, y muchas veces, alegría. Defendamos la alegría, como decía Benedetti. La filósofa Elaine Scarry nos cuenta que la belleza nos saca de nosotras mismas (qué necesaria es esa distancia) y nos conecta con algo más grande. Nos arranca del ego y nos reubica en el asombro, en el “gracias”, en el “qué maravilla esto que estoy viendo/sintiendo/compartiendo”. Y ese sitio no es frívolo, es necesario. Y deberíamos visitarlo más a menudo. Porque desde ahí tomamos mejores decisiones, nos tratamos con más respeto y somos más generosas. Y si eso no es importante, yo ya no sé. No sé tú, pero yo noto cuando descuido lo que me rodea: me vuelvo más caótica, más impaciente, más desagradable. Y noto, también, cuando decido mirar y mirarme con más amabilidad, con más belleza. Me visto mejor (mejor es algo que me gusta a MÍ, tomar el tiempo de cuidarme), prestar más atención a mis amigos. Elegir el silencio, un libro, un banco al solete de primavera. La belleza es una elección constante. Crear belleza es tener las narices de hacer las cosas bien aunque nadie mire. Es cuidar las formas con una misma porque también importan. Es decirle a una amiga que está guapa que lo flipas no solo por lo bien que le ha quedado el pelo, sino porque la quieres a rabiar y el amor de objetivo tiene poco. Es poner orden en los pensamientos, en la casa, en el alma. Porque cuando todo eso pasa, hay paz. Y la paz es belleza a granel. Decía Dostoyevski que la belleza salvará al mundo. Yo creo que, como mínimo, puede salvar un día. Un momento. Una relación. Una vida. Así que te animo a buscar y a crear belleza. En lo que miras, pero también en lo que piensas, en cómo hablas, en cómo eliges. No hace falta tener una casa de revista ni ir siempre como un pincel. Hace falta intención, mucho amor hacia una misma y hacia la vida. Y un poco de entrenamiento, claro. Piénsalo (y me lo dejas en comentarios): ¿dónde puedes crear más belleza hoy? La vida bonita no tiene nada que ver con la perfección desde fuera, sino con la celebración desde dentro. P.D.: hablando de vida bonita, mi admirada Aria Experiències ha organizado un viaje para mujeres que disfrutan de la vida y de la belleza. Es ni más ni menos que a la Toscana, del 20 al 23 de septiembre, y solo le quedan dos plazas disponibles. No tengo palabras para contaros el detalle con el que prepara Estel (el alma de Aria) los viajes y cada actividad, es increíble. En su cuenta de Instagram puedes echarle un ojo al viaje que organizó al mismo destino el pasado abril y aquí puedes ver todos los detalles y reservar tu plaza. P.D2.: en el último episodio de mi podcast comparto micro con Nayla Norryh, una chavala a la que admiro enormemente por la enorme claridad mental que tiene, por lo valiente que es al hablar de ambición en femenino, de dinero, de lo bien que está querer algo mejor para tu vida. Hemos charlado sobre los millones de deafíos a los que nos encontramos las mujeres en todas las áreas de la vida y de cómo transitarlos desde la mayor calma y seguridad posibles. Puedes escucharlo aquí. P.D3.: si andas un poco a la deriva y eso te impide empezar a crear belleza o cualquier otra cosa en tu vida, he creado un audio de 30 minutos para ti con dos ejercicios que a mí me ayudan a retomar las riendas de la vida cuando sientes que se ha ido todo de madre. Puedes descargarlo aquí. Espero que te sirva.