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Merecedora y elegante, no te digo más

Cuando visito a mi Yo del Futuro (te conté AQUÍ esa historia), la imagino chorreando elegancia y merecimiento. El merecimiento es para mí la sensación profunda de que merezco disfrutar sin plantearme que hay otra opción, rodearme de belleza sin mesura, regalarme de lo bueno, lo mejor. Ojo, no por currar mucho, no por hacer nada fuera de lo normal, merezco por el mero hecho de existir. Repito el párrafo anterior en mi cabeza cada día, me voy acercando a mi Yo del Futuro, voy avanzando, pero todavía me queda trecho, amigas. Este camino lo recorremos juntas, unas más adelantadas, otras menos, pero juntas. Estas cosas de querer convertirme en alguien más amable consigo misma no me pasan solo desde que visualizo a mi Yo de los años venideros, toda la vida he ansiado la elegancia, pero no solo la de la ropa, que también, sino la elegancia en el sentido más amplio: en las conversaciones, en los pensamientos, en las relaciones, en los gestos cotidianos. Me gusta la gente elegante por dentro y por fuera (no sé si es posible lo uno sin lo otro). Siempre he tenido claro que hay personas que encarnan todo eso sin esfuerzo aparente. Y, como merecedora no soy yo de nacimiento, pero curiosa y observadora, muchísimo, me he dedicado a estudiarlas. Porque creo que esa es la manera en la que aprendemos desde pequeñas: imitando, absorbiendo, copiando de alguna manera. Agarrando eso que nos gusta en otros, pasándolo por nuestro filtro y convirtiéndolo en algo propio. Y seguimos haciéndolo de adultas, si nos damos permiso, claro. Si no nos repetimos que somos así, que esto es lo que nos ha tocado y que qué le vamos a hacer. A veces, no estamos dispuestas a hacer el esfuerzo que requiere la transformación. Porque esto no se trata de repetir mantras mágicos o de esperar a sentir el merecimiento, o la elegancia, o lo que sea que quieras para ti, como una inspiración divina, sino de entrenarlo, de practicarlo, de darle espacio cada día de nuestra vida, en cada una de nuestras milimétricas decisiones. La gente que sabe que merece no se justifica, planifica pensando en su tiempo, en su disfrute, en su descanso, en cómo sacar el máximo provecho de todo lo que hacen. Establecen límites, claro. Definen objetivos que tienen que ver con celebrarse porque sí. Hay quien sabe que merece orden, calma, el dinero que necesita para vivir como quiere vivir. Vivir lo mejor posible. “Lo mejor” es absolutamente subjetivo, las merecedoras lo saben y delimitan ese concepto desde la libertad y la amplitud de miras. Las merecedoras no se sienten mal por tratarse bien. A la mierda la culpa. La elegancia es escuchar de verdad cuando alguien te habla. Es contestar sin atropellos. Es elegir el silencio en lugar del ruido. Es transitar los días con coherencia entre lo que piensas, dices y haces. La elegancia se nota en los detalles: en una palabra, en una mesa, en una pausa, en una mirada. En lo que callas y en lo que eliges contar. La elegancia es discreta. Cuando estudio a las elegantes, veo rasgos comunes: respeto (sobre todo hacia una misma), presencia, una especie de armonía entre lo de dentro y lo de fuera. No fuerzan, fluyen. Para acercarme a todo eso, estudio a esa gente y me hago preguntas que tienen que ver con cómo puedo acercarme a ese merecimiento y a esa elegancia. Cada día un pasito. Entreno como el que entrena un músculo. Imagino que ahí radica lo bonito de la vida, en que el merecimiento, la elegancia y un montón de cosas más no son privilegios reservados a unos pocos, sino que están disponibles para todos los que decidan abrazarlos para hacer su existencia más chula. Y no hablo de perfección, sino de intención respecto a la persona que quieres ser y de intención en cuanto a cómo quieres tratarte. De elecciones que hacemos o dejamos de hacer cada día, y que nos acercarán o nos alejarán de esa Yo del Futuro merecedora, elegante, calmada, alegre y sabia. Me encantaría que mis #TresMinutos de hoy los acabarais vosotras, contándome una, dos o tres características de esa Yo a la que os queréis acercar, así nos inspiramos las unas a las otras.
P.D.: ya sabéis que, para mí, la mayor herramienta de reflexión, decisión y transformación es la escritura y estáis de suerte, porque Paulo G. Conde, que es escritor, editor para las mayores editoriales de este país y corrector de gente que vende MUCHOS libros ha abierto inscripciones para su formación “Las 4 claves para escribir tu libro”. Es solo una sesión y solo hasta hoy a medianoche está solo a 29 euros (la bronca que le he pegado por poner ese precio a algo de tanto valor, no es ni medio normal). Luego pasa a 39, que tampoco me parece adecuado para lo que ofrece. Te diría que, aunque no pretendas escribir un libro, le dediques ese ratito a aprender, ¿Por qué? Porque Paulo nos enseña a ordenar palabras. Y ordenar palabras es ordenar nuestros pensamientos y, por ende, a nosotras mismas. Puedes echarle un vistazo AQUÍ.
P.D2.: quizás, leyendo mis #TresMinutos de hoy, has pensado que tú también quieres saber que te mereces el cielo, pero no sabes por dónde empezar a trabajar. Es habitual, porque hemos normalizado: · Buscar justificaciones externas para dejar lo que ya no queremos · Postergar nuestros deseos porque no los consideramos prioritarios · Desconectarnos de lo que realmente queremos a fuerza de ignorarlo
No pasa nada, querida, porque aquí estamos para aprender y comparto AQUÍ contigo, 5 ejercicios super potentes que yo uso para reconectar con mi voluntad cuando siento que me he dejado llevar por la inercia. Espero que te sirvan.

Chorizo y ginebra

No soy muy de recibir visitas. No soy de esas personas que siempre tienen la casa llena, que organizan cenas multitudinarias, que disfrutan de que haya gente en su espacio. Mi casa es mi refugio y la comparto con muy pocas personas. ¿Tendrá esto que ver con lo de ser hija única? Pues supongo. Una de esas personas con las que conviviría sin fecha límite, en comuna perpetua, es mi amiga Bonnie. Poco me visita para lo que la amo, porque vive en Nueva York, la muy insensata. Ay, la ilusión loca que me hizo a principios de agosto cuando, al preguntarle yo si ya estaba en Barcelona visitando a la familia, me preguntó ¿Qué haces el viernes? Algarabía, gozo e ilusión máxima. A mi Bonnie le encantan el chorizo y el gin tonic, todo junto y por separado también, así que siempre que viene a casa le compro un paquete del mejor chorizo que encuentro, una botella de ginebra, unas tónicas y unos limoncitos. Para que esté a gustísimo, porque así lo estoy yo también. Porque me hace más feliz preparar esos detalles que disfrutarlos yo misma. Porque recibir a alguien con lo que le gusta es, para mí, una forma de demostrarle el amor que le tengo. Me contaba el otro día una amiga que sus padres viven en el campo, que ven poco a sus nietos —los hijos de mi amiga— y que, las pocas veces que puede visitarlos, ni se ocupan de tener la casa medio decente. Ella tiene que suplicarles cada verano que, por favor, llenen la piscina para que los niños puedan bañarse, que arreglen un poco el espacio para que puedan jugar. En un jardín enorme no hay ni un sofacito para sentarse, ni una sombra agradable, ni un espacio cuidado. No piensan ni en lo bien que podrían estar ellos ahí ni, por supuesto, en lo bien que podrían estar otros. Aquí es donde está el meollo de lo que te quiero contar hoy. Porque crear escenarios bonitos no es una frivolidad, es una manera de vivir. No hablo de gastar ni de llenar la casa de cosas, hablo de pensar en cómo queremos vivir, en quiénes queremos ser y, desde ahí, es mucho más fácil pensar cómo se van a sentir esos a quienes queremos y cómo crear momentos bonitos. Esto tiene que ver con la comida que preparas, con el plan que propones, con los detalles chulos que demuestran que le has dedicado un pelín de tiempo a pensar en el bienestar. En el tuyo y en el de los demás. El descuido hacia los otros viene, casi siempre, del mismo lugar del descuido hacia uno mismo. De no considerar importante tener un espacio agradable, unas rutinas gustosas, un orden, cierta belleza. Es como si la vida fuera algo que simplemente pasa, con lo importante que es la intención para sentirnos plenas. La vida se construye con el cuidado que le dedicamos a nuestro Diosayuno, con la música que ponemos de fondo, con encender una vela que huele divino. Todo es mejor si pensamos en qué nos hará felices y qué les hará felices a los nuestros, porque, al final, el escenario importa tanto como los protagonistas. Es esa experiencia compartida la que se convierte, con los años, en recuerdos que nos gustan. Nadie se acuerda de las casas perfectas, pero sí de cómo nos hicieron sentir en ellas. P.D.: si quieres compartir este texto en tu Instagram, porfa, pon el enlace, ayudas a quien quiera leerlo y a mí, claro. (Gracias)
P.D2.: cuántas de vosotras disfrutáis escribiendo y cuántas de vosotras os sentís inseguras a la hora de escribir una historia. Siempre os digo que el maestro a la hora de enseñarnos a escribir es Paulo G. Conde. Pues bien, este ser talentoso ha preparado un PDF breve, conciso y clarificador en el que comparte con nosotras las 7 claves que no puedes saltarte antes de escribir una historia. Qué importante es tener una lista en la que poder ir asegurándonos de que tenemos (o no) los elementos que necesitamos para contar lo que queremos contar. De nada.
P.D3.: si leyéndome hoy te has dado cuenta de que te gustaría prestarle más atención a los detalles, si crees que podrías crear una vida más bonita en la que estuvieras aún más a gusto, pero no sabes por dónde empezar a hacerlo, déjame que te ayude: te dejo aquí el ejercicio que yo uso cuando quiero mejorar en el ámbito que sea, cuando necesito claridad y foco. Te doy el paso a paso, recursos para relajarte y conectar con lo que realmente quieres. Espero que te sirva tanto como a mí.

La vuelta al cole

Otra vez he hecho trampa, querida suscriptora, pero de nuevo creo que merece la pena. Estaba convencida de que había publicado en estos #TresMinutos el texto que aparece a continuación, que es uno de mis favoritos, porque lo escribí (hace ya siete años, cómo pasa el tiempo…) desde el fondo del alma, porque me llena de una nostalgia muy chula. Yo estoy aquí (en esta Newsletter, en esta vida que me he inventado) para compartir lo que me hace sentir bien, y espero que acabes lo que vas a leer a continuación con una sonrisa que te llene el cuerpo entero. Vamos allá: Nunca quise ser mayor: llevar bolso en lugar de mochila, salir con chicos y tomar decisiones me parecía un coñazo supino. Me lo parecía porque lo es. Por eso, cada septiembre, se me encasquilla la melancolía: yo no quiero tener hijos que vayan al cole; yo quiero ir al cole. Quiero pasarme dos meses y medio rebozándome en la arena, sin que me moleste el picor de la sal en la piel, sin que las manchas solares invadan mi jeta, sin preocuparme por si los postres engordan. Quiero llorar al despedirme de los colegas de mi Verano Azul particular y tener el absoluto convencimiento de que no superaré nunca esa tristeza devastadora. Y que se me pase nada más encontrarme con mi compi de pupitre. Quiero volver a soñar, cada comienzo de curso, que se me olvidan todos los libros, que llego sin zapatos al cole, que la monja de turno me manda a casa porque llevo bañador en lugar de uniforme. Quiero estrenar lápices, libretas y gomas de borrar con olor a fresa, y que esas piernecitas morenas, que contrastan con los calcetines blanco fluorescente, sean las mías. Que los zapatos novísimos estén en mis pies. Que mi cabeza la ocupen dos coletas perfectamente simétricas y gemelas que en tres horas no se parecerán en nada la una a la otra. Que las costras adornen mis rodillas durante años, sin pausa. Quiero sentirme mayor al ocupar la clase de los mayores, comprobar que la mala leche de la de latín tampoco es para tanto. Quiero que «La Seño» requise los papelitos que circulan por la clase a modo de WhatsApp rústico. Quiero fabricar “arena fina” rascando con mis manitas el suelo del patio, modelar pelotas de barro y meterlas en el congelador para desgracia de mi pobre madre. Quiero confeccionar pulseras de plástico compulsivamente. Qué habría sido de nosotras de existir móviles y demás pantallas. Qué será de esos niños cuyo ecosistema se reduce a un cuadradito de cristal. Quiero irme de colonias a Torrebonica para cuidar conejos, y que una amiguita me termine la trenza porque yo no llego. Quiero ignorar que hay vida más allá de esos muros grises que contienen mi maravilloso mundo de saltos a la comba, a la goma y a la rayuela. Voy a masticar papel y luego lanzar la bola informe para que se quede pegada al techo. Qué divertido, qué asqueroso. Ojalá Óscar reventara otra vez un Típex contra la pizarra tiñendo nuestras cabelleras de tinta blanca imborrable. Quiero volver a bailar la Lambada con veinte niñas por los pasillos y que Sor Gracia nos castigue. Quiero tirarme de culo por las escaleras desgastadas que daban al gimnasio mientras Sor Gonzaga grita mi apellido, desquiciada. Quiero vivir en comuna perpetua con mis compis del cole, incluso con las que no soportaba, con las que no soporto. Porque sin ellas no sería lo mismo. Quiero que me guste un chico, o dos, o catorce. Y que no pase nada. Quiero reservar la Súper Pop los jueves en la papelería de mi pueblo, para hojearla sentada en la puerta de mi colegio mientras espero con Luisa García a que pase en moto el chico que nos gusta. Uno de los catorce que nos gustan. Quiero hacer los deberes rapidito para bajar a la calle con mis vecinos del tercero. Gritar sus nombres: Ireneeeee, Manueeeel, Beaaaa. Que se asome su madre por la ventana y me diga «Mari, guapa, ahora bajan», con esa sonrisa paciente que todavía me regala de vez en cuando. Y jugar sin mirar el reloj, porque los adultos se encargan de marcar las horas. Quiero volver a escuchar aquel texto de mi profe de catalán en el que recordaba sus años de escuela mientras se le saltaba la lágrima a ella y a mí. Ella me doblaba la edad. Yo se la doblo a ella ahora. Quiero que los años pasen lentos otra vez y sentir que esto nunca se acabará, porque es lo único que conozco. Y me gusta. Quiero escribir con boli borrable, por si acaso. Que la vida sea borrable, por si acaso. P.D.: la vida no es borrable, pero sí podemos hacer mucho por diseñar lo que está por venir para que, al recordarlo, se nos escape la misma sonrisa que al recordar esos años de colegio. Te dejo AQUÍ un ejercicio que para mí ha sido un antes y un después. Un ejercicio que me regala CLARIDAD y FOCO, al que vuelvo una y otra vez, especialmente al empezar el año y al empezar el curso, para asegurarme de que estoy acercándome a la vida que quiero vivir y a la persona que quiero ser. Espero que te sirva P.D2.: en el último episodio de “Las claves de Sol: el podcast» te hablo de tres herramientas que a mí me han servido para pasar de sentirme víctima a tomar el poder sobre mi vida. Puedes escucharlo AQUÍ. P.D3.: amiga, amigaaaaaaaaaa, que ya tenemos fecha para la segunda edición de mi formación estrella PERTENÉCETE. Abriré las inscripciones el 1 de enero, porque me parece muy simbólico, porque en este programa comparto contigo los pilares que para mí son esenciales con tal de tomar perspectiva y crear un eje sólido, esos que me permiten tomar decisiones desde la claridad y generar un plan de acción e implementarlo. Te dejo AQUÍ toda la información y el acceso a la lista de espera.

Vivir sin impermeable

Cuántas veces empiezo mis charlas, mis clases, con esta frase “Escúchame sin impermeable, sin paraguas, para que todo lo que te voy a contar se te cuele dentro y genere cambios reales”. Y es que, a lo largo de la vida adulta, nos hemos ido poniendo capas y capas. Capas hechas de prisa, de complejos, de inseguridades, de miedos. Capas que nos sirven para no sentir demasiado, no exponernos, no parar, no pensar para evitar darnos cuenta y así no hacernos cargo. Y, sobre todo, nos sirven para caminar sobre nuestros días sobreviviendo en lugar de viviendo. Las capas parecen protegernos, pero en realidad nos aíslan, para empezar, de nosotras mismas. Yo quiero vivir sin impermeable, quiero cuestionar y cuestionarme. Quiero arriesgarme, no porque sea una loca, una insensata, una kamikaze, sino porque estoy plenamente convencida de que lo que realmente nos protege es crear un eje tan sólido como flexible, hecho de todo lo que somos, de lo que nos gusta y lo que nos repele. De nuestros inadmisibles y con nuestros irrenunciables. De los sueños que llevamos dentro y las decisiones que tomamos para acercarnos a ellos. Ese eje es nuestra brújula, nuestro columna vertebral, lo que nos permite abrirnos sin miedo a disolvernos. Lo que nos convierte en seres poderosos, dispuestos a observar lo de dentro y lo de fuera para decidir qué absorbemos y qué repelemos. Ese eje nos permite analizar cómo vive otra gente, dejarnos inspirar. Esa porosidad no nos hace frágiles, al contrario: nos convierte en personas más conscientes, más sabias, más capaces de decidir si nuestra manera de vivir es la que realmente queremos o si necesitamos virar. Virar nos da miedo y es TAN necesario… Cuando vivimos con esa apertura, con esa expansión, empezamos a notar cosas que antes nos pasaban desapercibidas. Detectamos nuestros patrones, esos que repetimos sin darnos cuenta, para bien y para mal. Descubrimos qué nos sienta bien y qué nos intoxica. Qué nos llena de energía y qué nos la roba. Y esa conciencia, querida mía, lo cambia todo. Porque vivir envasadas al vacío, caminando por la superficie de nuestra propia existencia, puede dar una falsa sensación de seguridad, cuando en realidad nos roba la oportunidad de aprender de lo desconocido, de lo nuevo. Solo dejando que la vida nos atraviese, nos aprenderemos del todo. Al convertirnos en esponjas, somos también mucho más empáticas, porque el eje nos regala calma y, desde esa calma, somos capaces de entender mejor a los demás. Ya no solo vemos nuestras batallas, sino también las suyas. Y eso nos vuelve más solidarias, fortalece nuestra capacidad de agradecer lo que tenemos y de echarle una mano al que lo necesite. De ahí a la gratitud hay un paso. Y ya hemos hablado por aquí de todo lo bueno que hace por nosotras el sentirnos agradecidas. Desde ese lugar todo cambia, porque dejamos de defender nuestro fortín, para darnos cuenta de que estamos conectadas con todo y con todos. Porque sabemos que fortaleza y resistencia no tienen demasiado que ver. Quitarnos el impermeable no significa exponernos a lo loco ni aceptar cualquier cosa. Significa elegir qué dejamos entrar y qué dejamos fuera. Significa prestar atención a la vida y relamerla al máximo. Equivocarnos, emocionarnos, cambiar, crecer, sentir. Bailar con lo que la vida nos traiga. Quitarte el impermeable no es imprudencia: es valentía y es presencia. No sé tú, pero yo no he venido aquí a mirar la vida desde la ventana, sino a rebozarme en ella. P.D.: si quieres compartir este texto en tu Instagram, porfa, pon el enlace, ayudas a quien quiera leerlo y a mí, claro. (Gracias) P.D.2: quizás estás pensando que lo de crear un eje y despelotarte está muy bien, pero es que ahora mismo andas con un bloqueo de tres pares de narices y no sabes por dónde tirar. AQUÍ te dejo tres ejercicios que yo uso cuando estoy bloqueada perdida (sí, me pasa, claro) para hacerme las preguntas correctas con tal de empezar a caminar en la dirección de lo que sí quiero en mi vida. P.D3.: cuántas veces me preguntáis dónde me forme como coach. Fue en Crearte Coaching. Y menos mal que lo hice, porque esta disciplina me parece un básico en la vida, compila todo lo que nos tenían que haber enseñado en el cole para, de nuevo, vivir en lugar de sobrevivir. Lo más importante: hacernos las preguntas correctas. Su directora, Beatriz García Ricondo, fue mi profe y es magnífica. El próximo 9 de septiembre, de 18:00 a 20:30 ofrece un evento online gratuito llamado “Vuelve a ti este septiembre” donde hablará de cómo reconectar con nosotras mismas y diseñar una rutina que esté a nuestro servicio y no a la inversa. Puedes inscribirte AQUÍ.

Algo imprescindible para sentirnos plenas

Hace unos días, hablando con una amiga periodista que vive en Nueva York comentábamos el caso de la familia americana de mi hijo. Lleva dos años allí estudiando y, en este último curso, ha vivido con una familia encantadora a más no poder y que no tiene prácticamente vida social. Ni un cine, ni un viaje, ni un café con amigos. Nada. Viven en una casa grande y bonita, delante de un lago, con un par de casas a menos de cinco minutos y están a ocho minutos de coche del pueblo más cercano. No es el desierto, no. La madre de la familia, que acababa de tener su segundo bebé, cuando la vi la última vez, llevaba seis semanas sin salir de casa. Desde que salió del hospital. Se dedican a trabajar (mucho) y, en su tiempo libre se quedan en casa. En fechas señaladas les visitan sus padres. Y ya. No hablan con otras personas que no sean las del trabajo, no son testigos de otras realidades que no son la suya, no hay diversión en el horizonte. Mi amiga, con tono irónico y resignado me dijo: “Con razón se creen cualquier cosa que se les diga”, refiriéndose a lo que ven en televisión o escuchan de sus políticos. Y ahí me quedé pensando. Porque el aislamiento no es solo soledad. Es también una pérdida progresiva de criterio, de perspectiva, de contraste. A nivel mental, la falta de interacción empobrece nuestro pensamiento. Las conversaciones, hasta las más superficiales, nos obligan a entrenar la atención, a escuchar, a argumentar. Sin ese ejercicio, nuestro coco se acomoda, para mal, claro. Y cuando el coco se acomoda, deja de cuestionar. Con lo importante que es cuestionar y cuestionarnos. Hacernos preguntas, observar desde varios ángulos eso que se nos plantea como una verdad absoluta. A nivel emocional, el aislamiento es la semilla perfecta para la apatía. Sin estímulos externos, sin planes que nos ilusionen, la motivación se apaga hasta morir. Y no hablo de no ir a fiestas o viajes, hablo de entregarnos a cualquier momento que rompa la rutina y nos recuerde que estamos vivos. Una comida con amigas, una película que nos emocione, un paseo chulo, un concierto, una novedad. Porque la emoción también se alimenta de lo imprevisible, y eso, encerrados entre cuatro paredes, es imposible de encontrar. En lo personal, el aislamiento nos empuja a vivir hacia adentro, pero no en el buen sentido de la introspección, sino en el de la desconexión. Dejamos de comunicarnos con otros, dejamos de mostrarnos. Y cuando no nos mostramos, corremos el riesgo de olvidar quiénes somos realmente, porque la identidad también se construye en el reflejo de las miradas del de enfrente, en la respuesta que recibimos del mundo. Hacemos espejo los unos de los otros (cuántas veces os lo cuento en mis formaciones, lo más potente no es lo que yo cuento, es el poder del grupo). Y a nivel social, la consecuencia es tremenda: dejamos de formar parte de algo más grande que nosotros mismos. Con lo importante que es sentir que pertenecemos. Yo celebro vivir en un sitio donde camino por la calle y me cruzo con gente. Donde, incluso sin buscarlo, hay un intercambio de información constante: en la frutería, en la panadería, en la terraza de la cafetería. En mi camino mañanero por el campo, donde siempre nos encontramos los mismos a la misma hora y nos saludamos, nos damos los buenos días, acariciamos a los perretes de los unos y los otros. Esos intercambios son la mejor vacuna contra la rigidez. Nos regala otros puntos de vista, nos cuenta que hay más maneras de vivir que no son la nuestra. Y eso, a diferencia de la vida en una burbuja, es fuente de salud, mental y física, porque somos un solo ente, no se nos olvide. También hay personas aquí que se aíslan poco a poco. Sin darse cuenta muchas veces. Dejan de hacer planes, de llamar, de salir, y un día descubren (con suerte) que su mundo se ha encogido hasta límites insospechados. Que se han perdido a sí mismas. Somos seres gregarios: necesitamos a los demás para mantenernos sanas, despiertas y vivas (no es lo mismo vivir que sobrevivir). Eso no tiene nada que ver con juntarnos con el primero que aparezca, para nada, sino buscar y cuidar a quien nos nutre. Hoy decido que tener vida social, charlar, montar planes, ilusionarme, divertirme no es un lujo ni un capricho. Es una necesidad, además de un placer. Que la vida es eso que pasa cuando nos compartimos con otros.
P.D.: si decides compartir este texto en Instagra, porfa, haz constar el enlace. Ayuda a la gente que quiere leerlo y también a mí (gracias) P.D.2: hace unas semanas, me hicieron una de las mejores entrevistas de mi vida, en ella hablo de reinvención a todos los niveles. Fue en el podcast A LO GRANDE y puedes escucharlo y verlo AQUÍ. P.D.3: en el último episodio de mi podcast te hablo de lo que me ha servido a mí para recuperar la confianza en mí misma tras algún hostión vital. Puedes escucharlo AQUÍ. P.D. 4: si sientes que últimamente andas a la deriva, si quieres retomar las riendas de tu vida, te dejo aquí un audio de solo 30 minutos en el que te hablo de dos ejercicios sumamente prácticos que me ayudan a tomar decisiones desde la coherencia y atraversar los dos obstáculos que habitualmente nos impiden pasar a la acción.

El NO que nos define

Ando inmersa estos días en la preparación de “Del DEBERÍA al QUIERO”, que va a ser mi única formación presencial hasta finales del 2027 (como pronto). En ella, hablo de todos esos deseos que, al quedarse enterrados, han sepultado también una parte de nosotras. Hablo de cómo devolverlos al lugar de dónde nunca debieron moverse: a la superficie, a nuestro corazón y nuestra alma. Hablo de la importancia de decidir sobre nuestros síes y también nuestros noes. Y en esas estaba cuando he recordado este artículo que escribí hace años. Sí, he vuelto a hacer trampa. Y sí, creo que otra vez el fin justifica los medios, porque en estas líneas hablo de defender la propiedad de nuestros pensamientos y nuestra voluntad como si nos fuera la vida en ello, porque, en realidad, nos va. Espero que te sirva, querida mía, allá voy:   Dedico algunas tardes a leer y recortar páginas que me llaman la atención, ya sean las que ocupan playas caribeñas, muebles de diseño escandinavo o entrevistas a gente que me inspira. No guardo los recortes, los dejo sobre mi escritorio, porque me gusta ver lo que me gusta. La inspiradora de hoy ha sido Isabel Coixet, que comienza su presentación contándole al periodista todo aquello que no soporta. Interesante, porque a la mayoría nos cuesta definirnos más allá de nuestro trabajo incluso en términos positivos, ya no te cuento en negativos, con lo feo que queda, con el pie que da a que otros te lleven la contraria. Qué miedito. Ella se queda tan a gusto: que si no me gusta Quim Torra, que si no me gustan las peleas del feminismo. (No digo que esté de acuerdo con ella, digo que es interesante lo que dice, ojo) Lo que no te gusta te define tanto como lo que sí, determina en qué sentido decidir y cuánto de valiente y de autónomo tienes. La Coixet afirma sin esperar a que otros le den la razón, se basta y se sobra, que es lo que todos deberíamos hacer. Hay que ser inteligente para detectar y valiente para manifestar, porque tras el discurso llegan las críticas. Que se lo cuenten a quienes defienden que no quieren ser madres y les cae la del pulpo, como si le negaran su derecho a otras. O a los que rechazan ofertas por las que otros matarían, pero tú quién te has creído que eres. A la Coixet le ofrecieron un ministerio y a la vista está que dijo que no. Con las que algunos lían por estar ahí, hay que ver. El respeto que el prójimo muestra ante tus aseveraciones tiene mucho que ver con la claridad, el convencimiento y la naturalidad con las que las defiendes. No nos tomamos en serio a quién vive pidiendo perdón, escondido bajo complejos, ansiando contentar al planeta entero, sin éxito, claro. En cambio, no rechistamos ante el que no ofrece resquicio en sus argumentos, y no hay argumento mejor que la absoluta subjetividad cuando el asunto solo te afecta a ti. El “sobre gustos no hay nada escrito” de toda la vida de Dios, ese que no respetan los que se ven atacados por la libertad ajena. “No le veo el qué a este restaurante tan caro y tan famoso”, “el tío ese que cobra un pastón por conferencia me parece un cantamañanas”, “no me gusta el campo”: las afirmaciones que para unos suponen brazadas contra la corriente, para los Coixets del planeta no son más que bañarse despelotado en aguas mansas y cristalinas. Y es que la resistencia nos la creamos nosotros, o nos la han creado los que nos educaron para pertenecer al rebaño y no cuestionar. Y no cuestionarnos. El rebaño es infeliz mientras mira de reojo a las ovejas negras que campan felices, a su puñetera bola. Las ponen verdes mientras envidian su desparpajo e intentan comprender por qué insisten en no someterse a estereotipos que algún desconocido se inventó cuando estaba aburrido y tenía muchas ganas de joder al prójimo. Observamos las negaciones para entristecernos, pero las ignoramos cuando suponen una pista de quiénes somos y qué hemos venido a hacer aquí. Las enarbolamos para recordarnos de lo que no somos capaces, lo que no sabemos hacer, lo que no hemos aprendido, pero nos resistimos a ellas cuando se tratan de defender nuestros límites, nuestro tiempo o nuestras opiniones. El no como guillotina o el no como representación de la solidez y la coherencia: voto por lo segundo.
P.D.: tienes toda la información sobre mi retiro/experiencia/formación presencial del 27 de septiembre AQUÍ. Y respondo ahora a las preguntas que más me hacéis sobre este sarao que estoy montando con Aria Experiències, que me hace una ilusión que me muero. Quedan muy poquitas plazas, amigas, para que sepáis. Nuestra prioridad era la comodidad, que pudierais dormir, comer y recibir la formación sin moveros de vuestro hotel, y eso supone que no es una formación donde pueda asistir mucha gente.
Vamos allá con las preguntas:
  • No sé cómo llegar desde el lugar donde vivo, ¿me ayudáis?
  • Quiero dormir allí solo la noche del sábado, ¿puedo?
  • ¿Puedo ir con una amiga y compartir habitación con ella?
  • ¿Puedo quedarme más días para aprovechar el viaje y me ayudáis con el hotel y las actividades?
La respuesta a estas cuatro preguntas es fácil, escribe a hola@ariaexperiences.es y ella te lo organiza todo, todito. Podemos personalizar mucho esta vez, porque las plazas son limitadas.  
  • ¿Necesito experiencia previa o algún conocimiento en cuanto a desarrollo personal? Para nada, no necesitas saber nada, solo tener muchas ganas de aprender.  
  • ¿Puedo regalar esta experiencia?
Claro, solo pon los datos de la persona homenajeada en los datos de compra. Si quieres personalizarlo aún más, escríbeme a lasclavesdesol@gmail.com
  • He visto que el domingo empezamos el día paseando, ¿hay que llevar calzado especial? Es más un paseo que otra cosa, por un valle plano del todo. Con unas zapatillas de deporte normales es más que suficiente. Os dejo aquí una foto de ese valle, mi sitio favorito en las montañas.
     
  • ¿Hay algún seguimiento después de la formación?
Recibirás por correo, una vez acabada la formación: *Un manual con la síntesis de todos los conceptos abordados y ejercicios realizados, con espacio para notas personales *Grabaciones de las visualizaciones realizadas durante el taller para poder repetirlas en casa. *Cuaderno con la estructura para diseñar un plan propio de 90 días con Pasos Mínimos Viables adaptados a cada participante.  
  • ¿Habrá alguna manera de seguir en contacto con las chicas que asistan a la formación?
Crearé un grupo de Telegram, totalmente voluntario, claro. Por experiencia sé que las amistades que surgen en estas experiencias desembocan en algo muy chulo después.

Quiero vivir esta experiencia

  P.D2.: quizás andas en un momento de bloqueo vital (Dios no lo quiera), pero por si es así te dejo AQUÍ un pdf con 3 ejercicios que yo uso cuando no sé lo que sí, lo que no, ni adónde estoy ni adónde quiero ir. Espero que te sirvan, querida.