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La vuelta al cole

Otra vez he hecho trampa, querida suscriptora, pero de nuevo creo que merece la pena. Estaba convencida de que había publicado en estos #TresMinutos el texto que aparece a continuación, que es uno de mis favoritos, porque lo escribí (hace ya siete años, cómo pasa el tiempo…) desde el fondo del alma, porque me llena de una nostalgia muy chula. Yo estoy aquí (en esta Newsletter, en esta vida que me he inventado) para compartir lo que me hace sentir bien, y espero que acabes lo que vas a leer a continuación con una sonrisa que te llene el cuerpo entero. Vamos allá: Nunca quise ser mayor: llevar bolso en lugar de mochila, salir con chicos y tomar decisiones me parecía un coñazo supino. Me lo parecía porque lo es. Por eso, cada septiembre, se me encasquilla la melancolía: yo no quiero tener hijos que vayan al cole; yo quiero ir al cole. Quiero pasarme dos meses y medio rebozándome en la arena, sin que me moleste el picor de la sal en la piel, sin que las manchas solares invadan mi jeta, sin preocuparme por si los postres engordan. Quiero llorar al despedirme de los colegas de mi Verano Azul particular y tener el absoluto convencimiento de que no superaré nunca esa tristeza devastadora. Y que se me pase nada más encontrarme con mi compi de pupitre. Quiero volver a soñar, cada comienzo de curso, que se me olvidan todos los libros, que llego sin zapatos al cole, que la monja de turno me manda a casa porque llevo bañador en lugar de uniforme. Quiero estrenar lápices, libretas y gomas de borrar con olor a fresa, y que esas piernecitas morenas, que contrastan con los calcetines blanco fluorescente, sean las mías. Que los zapatos novísimos estén en mis pies. Que mi cabeza la ocupen dos coletas perfectamente simétricas y gemelas que en tres horas no se parecerán en nada la una a la otra. Que las costras adornen mis rodillas durante años, sin pausa. Quiero sentirme mayor al ocupar la clase de los mayores, comprobar que la mala leche de la de latín tampoco es para tanto. Quiero que «La Seño» requise los papelitos que circulan por la clase a modo de WhatsApp rústico. Quiero fabricar “arena fina” rascando con mis manitas el suelo del patio, modelar pelotas de barro y meterlas en el congelador para desgracia de mi pobre madre. Quiero confeccionar pulseras de plástico compulsivamente. Qué habría sido de nosotras de existir móviles y demás pantallas. Qué será de esos niños cuyo ecosistema se reduce a un cuadradito de cristal. Quiero irme de colonias a Torrebonica para cuidar conejos, y que una amiguita me termine la trenza porque yo no llego. Quiero ignorar que hay vida más allá de esos muros grises que contienen mi maravilloso mundo de saltos a la comba, a la goma y a la rayuela. Voy a masticar papel y luego lanzar la bola informe para que se quede pegada al techo. Qué divertido, qué asqueroso. Ojalá Óscar reventara otra vez un Típex contra la pizarra tiñendo nuestras cabelleras de tinta blanca imborrable. Quiero volver a bailar la Lambada con veinte niñas por los pasillos y que Sor Gracia nos castigue. Quiero tirarme de culo por las escaleras desgastadas que daban al gimnasio mientras Sor Gonzaga grita mi apellido, desquiciada. Quiero vivir en comuna perpetua con mis compis del cole, incluso con las que no soportaba, con las que no soporto. Porque sin ellas no sería lo mismo. Quiero que me guste un chico, o dos, o catorce. Y que no pase nada. Quiero reservar la Súper Pop los jueves en la papelería de mi pueblo, para hojearla sentada en la puerta de mi colegio mientras espero con Luisa García a que pase en moto el chico que nos gusta. Uno de los catorce que nos gustan. Quiero hacer los deberes rapidito para bajar a la calle con mis vecinos del tercero. Gritar sus nombres: Ireneeeee, Manueeeel, Beaaaa. Que se asome su madre por la ventana y me diga «Mari, guapa, ahora bajan», con esa sonrisa paciente que todavía me regala de vez en cuando. Y jugar sin mirar el reloj, porque los adultos se encargan de marcar las horas. Quiero volver a escuchar aquel texto de mi profe de catalán en el que recordaba sus años de escuela mientras se le saltaba la lágrima a ella y a mí. Ella me doblaba la edad. Yo se la doblo a ella ahora. Quiero que los años pasen lentos otra vez y sentir que esto nunca se acabará, porque es lo único que conozco. Y me gusta. Quiero escribir con boli borrable, por si acaso. Que la vida sea borrable, por si acaso. P.D.: la vida no es borrable, pero sí podemos hacer mucho por diseñar lo que está por venir para que, al recordarlo, se nos escape la misma sonrisa que al recordar esos años de colegio. Te dejo AQUÍ un ejercicio que para mí ha sido un antes y un después. Un ejercicio que me regala CLARIDAD y FOCO, al que vuelvo una y otra vez, especialmente al empezar el año y al empezar el curso, para asegurarme de que estoy acercándome a la vida que quiero vivir y a la persona que quiero ser. Espero que te sirva P.D2.: en el último episodio de “Las claves de Sol: el podcast” te hablo de tres herramientas que a mí me han servido para pasar de sentirme víctima a tomar el poder sobre mi vida. Puedes escucharlo AQUÍ. P.D3.: amiga, amigaaaaaaaaaa, que ya tenemos fecha para la segunda edición de mi formación estrella PERTENÉCETE. Abriré las inscripciones el 1 de enero, porque me parece muy simbólico, porque en este programa comparto contigo los pilares que para mí son esenciales con tal de tomar perspectiva y crear un eje sólido, esos que me permiten tomar decisiones desde la claridad y generar un plan de acción e implementarlo. Te dejo AQUÍ toda la información y el acceso a la lista de espera.

Vivir sin impermeable

Cuántas veces empiezo mis charlas, mis clases, con esta frase “Escúchame sin impermeable, sin paraguas, para que todo lo que te voy a contar se te cuele dentro y genere cambios reales”. Y es que, a lo largo de la vida adulta, nos hemos ido poniendo capas y capas. Capas hechas de prisa, de complejos, de inseguridades, de miedos. Capas que nos sirven para no sentir demasiado, no exponernos, no parar, no pensar para evitar darnos cuenta y así no hacernos cargo. Y, sobre todo, nos sirven para caminar sobre nuestros días sobreviviendo en lugar de viviendo. Las capas parecen protegernos, pero en realidad nos aíslan, para empezar, de nosotras mismas. Yo quiero vivir sin impermeable, quiero cuestionar y cuestionarme. Quiero arriesgarme, no porque sea una loca, una insensata, una kamikaze, sino porque estoy plenamente convencida de que lo que realmente nos protege es crear un eje tan sólido como flexible, hecho de todo lo que somos, de lo que nos gusta y lo que nos repele. De nuestros inadmisibles y con nuestros irrenunciables. De los sueños que llevamos dentro y las decisiones que tomamos para acercarnos a ellos. Ese eje es nuestra brújula, nuestro columna vertebral, lo que nos permite abrirnos sin miedo a disolvernos. Lo que nos convierte en seres poderosos, dispuestos a observar lo de dentro y lo de fuera para decidir qué absorbemos y qué repelemos. Ese eje nos permite analizar cómo vive otra gente, dejarnos inspirar. Esa porosidad no nos hace frágiles, al contrario: nos convierte en personas más conscientes, más sabias, más capaces de decidir si nuestra manera de vivir es la que realmente queremos o si necesitamos virar. Virar nos da miedo y es TAN necesario… Cuando vivimos con esa apertura, con esa expansión, empezamos a notar cosas que antes nos pasaban desapercibidas. Detectamos nuestros patrones, esos que repetimos sin darnos cuenta, para bien y para mal. Descubrimos qué nos sienta bien y qué nos intoxica. Qué nos llena de energía y qué nos la roba. Y esa conciencia, querida mía, lo cambia todo. Porque vivir envasadas al vacío, caminando por la superficie de nuestra propia existencia, puede dar una falsa sensación de seguridad, cuando en realidad nos roba la oportunidad de aprender de lo desconocido, de lo nuevo. Solo dejando que la vida nos atraviese, nos aprenderemos del todo. Al convertirnos en esponjas, somos también mucho más empáticas, porque el eje nos regala calma y, desde esa calma, somos capaces de entender mejor a los demás. Ya no solo vemos nuestras batallas, sino también las suyas. Y eso nos vuelve más solidarias, fortalece nuestra capacidad de agradecer lo que tenemos y de echarle una mano al que lo necesite. De ahí a la gratitud hay un paso. Y ya hemos hablado por aquí de todo lo bueno que hace por nosotras el sentirnos agradecidas. Desde ese lugar todo cambia, porque dejamos de defender nuestro fortín, para darnos cuenta de que estamos conectadas con todo y con todos. Porque sabemos que fortaleza y resistencia no tienen demasiado que ver. Quitarnos el impermeable no significa exponernos a lo loco ni aceptar cualquier cosa. Significa elegir qué dejamos entrar y qué dejamos fuera. Significa prestar atención a la vida y relamerla al máximo. Equivocarnos, emocionarnos, cambiar, crecer, sentir. Bailar con lo que la vida nos traiga. Quitarte el impermeable no es imprudencia: es valentía y es presencia. No sé tú, pero yo no he venido aquí a mirar la vida desde la ventana, sino a rebozarme en ella. P.D.: si quieres compartir este texto en tu Instagram, porfa, pon el enlace, ayudas a quien quiera leerlo y a mí, claro. (Gracias) P.D.2: quizás estás pensando que lo de crear un eje y despelotarte está muy bien, pero es que ahora mismo andas con un bloqueo de tres pares de narices y no sabes por dónde tirar. AQUÍ te dejo tres ejercicios que yo uso cuando estoy bloqueada perdida (sí, me pasa, claro) para hacerme las preguntas correctas con tal de empezar a caminar en la dirección de lo que sí quiero en mi vida. P.D3.: cuántas veces me preguntáis dónde me forme como coach. Fue en Crearte Coaching. Y menos mal que lo hice, porque esta disciplina me parece un básico en la vida, compila todo lo que nos tenían que haber enseñado en el cole para, de nuevo, vivir en lugar de sobrevivir. Lo más importante: hacernos las preguntas correctas. Su directora, Beatriz García Ricondo, fue mi profe y es magnífica. El próximo 9 de septiembre, de 18:00 a 20:30 ofrece un evento online gratuito llamado “Vuelve a ti este septiembre” donde hablará de cómo reconectar con nosotras mismas y diseñar una rutina que esté a nuestro servicio y no a la inversa. Puedes inscribirte AQUÍ.

Algo imprescindible para sentirnos plenas

Hace unos días, hablando con una amiga periodista que vive en Nueva York comentábamos el caso de la familia americana de mi hijo. Lleva dos años allí estudiando y, en este último curso, ha vivido con una familia encantadora a más no poder y que no tiene prácticamente vida social. Ni un cine, ni un viaje, ni un café con amigos. Nada. Viven en una casa grande y bonita, delante de un lago, con un par de casas a menos de cinco minutos y están a ocho minutos de coche del pueblo más cercano. No es el desierto, no. La madre de la familia, que acababa de tener su segundo bebé, cuando la vi la última vez, llevaba seis semanas sin salir de casa. Desde que salió del hospital. Se dedican a trabajar (mucho) y, en su tiempo libre se quedan en casa. En fechas señaladas les visitan sus padres. Y ya. No hablan con otras personas que no sean las del trabajo, no son testigos de otras realidades que no son la suya, no hay diversión en el horizonte. Mi amiga, con tono irónico y resignado me dijo: “Con razón se creen cualquier cosa que se les diga”, refiriéndose a lo que ven en televisión o escuchan de sus políticos. Y ahí me quedé pensando. Porque el aislamiento no es solo soledad. Es también una pérdida progresiva de criterio, de perspectiva, de contraste. A nivel mental, la falta de interacción empobrece nuestro pensamiento. Las conversaciones, hasta las más superficiales, nos obligan a entrenar la atención, a escuchar, a argumentar. Sin ese ejercicio, nuestro coco se acomoda, para mal, claro. Y cuando el coco se acomoda, deja de cuestionar. Con lo importante que es cuestionar y cuestionarnos. Hacernos preguntas, observar desde varios ángulos eso que se nos plantea como una verdad absoluta. A nivel emocional, el aislamiento es la semilla perfecta para la apatía. Sin estímulos externos, sin planes que nos ilusionen, la motivación se apaga hasta morir. Y no hablo de no ir a fiestas o viajes, hablo de entregarnos a cualquier momento que rompa la rutina y nos recuerde que estamos vivos. Una comida con amigas, una película que nos emocione, un paseo chulo, un concierto, una novedad. Porque la emoción también se alimenta de lo imprevisible, y eso, encerrados entre cuatro paredes, es imposible de encontrar. En lo personal, el aislamiento nos empuja a vivir hacia adentro, pero no en el buen sentido de la introspección, sino en el de la desconexión. Dejamos de comunicarnos con otros, dejamos de mostrarnos. Y cuando no nos mostramos, corremos el riesgo de olvidar quiénes somos realmente, porque la identidad también se construye en el reflejo de las miradas del de enfrente, en la respuesta que recibimos del mundo. Hacemos espejo los unos de los otros (cuántas veces os lo cuento en mis formaciones, lo más potente no es lo que yo cuento, es el poder del grupo). Y a nivel social, la consecuencia es tremenda: dejamos de formar parte de algo más grande que nosotros mismos. Con lo importante que es sentir que pertenecemos. Yo celebro vivir en un sitio donde camino por la calle y me cruzo con gente. Donde, incluso sin buscarlo, hay un intercambio de información constante: en la frutería, en la panadería, en la terraza de la cafetería. En mi camino mañanero por el campo, donde siempre nos encontramos los mismos a la misma hora y nos saludamos, nos damos los buenos días, acariciamos a los perretes de los unos y los otros. Esos intercambios son la mejor vacuna contra la rigidez. Nos regala otros puntos de vista, nos cuenta que hay más maneras de vivir que no son la nuestra. Y eso, a diferencia de la vida en una burbuja, es fuente de salud, mental y física, porque somos un solo ente, no se nos olvide. También hay personas aquí que se aíslan poco a poco. Sin darse cuenta muchas veces. Dejan de hacer planes, de llamar, de salir, y un día descubren (con suerte) que su mundo se ha encogido hasta límites insospechados. Que se han perdido a sí mismas. Somos seres gregarios: necesitamos a los demás para mantenernos sanas, despiertas y vivas (no es lo mismo vivir que sobrevivir). Eso no tiene nada que ver con juntarnos con el primero que aparezca, para nada, sino buscar y cuidar a quien nos nutre. Hoy decido que tener vida social, charlar, montar planes, ilusionarme, divertirme no es un lujo ni un capricho. Es una necesidad, además de un placer. Que la vida es eso que pasa cuando nos compartimos con otros.
P.D.: si decides compartir este texto en Instagra, porfa, haz constar el enlace. Ayuda a la gente que quiere leerlo y también a mí (gracias) P.D.2: hace unas semanas, me hicieron una de las mejores entrevistas de mi vida, en ella hablo de reinvención a todos los niveles. Fue en el podcast A LO GRANDE y puedes escucharlo y verlo AQUÍ. P.D.3: en el último episodio de mi podcast te hablo de lo que me ha servido a mí para recuperar la confianza en mí misma tras algún hostión vital. Puedes escucharlo AQUÍ. P.D. 4: si sientes que últimamente andas a la deriva, si quieres retomar las riendas de tu vida, te dejo aquí un audio de solo 30 minutos en el que te hablo de dos ejercicios sumamente prácticos que me ayudan a tomar decisiones desde la coherencia y atraversar los dos obstáculos que habitualmente nos impiden pasar a la acción.

El NO que nos define

Ando inmersa estos días en la preparación de “Del DEBERÍA al QUIERO”, que va a ser mi única formación presencial hasta finales del 2027 (como pronto). En ella, hablo de todos esos deseos que, al quedarse enterrados, han sepultado también una parte de nosotras. Hablo de cómo devolverlos al lugar de dónde nunca debieron moverse: a la superficie, a nuestro corazón y nuestra alma. Hablo de la importancia de decidir sobre nuestros síes y también nuestros noes. Y en esas estaba cuando he recordado este artículo que escribí hace años. Sí, he vuelto a hacer trampa. Y sí, creo que otra vez el fin justifica los medios, porque en estas líneas hablo de defender la propiedad de nuestros pensamientos y nuestra voluntad como si nos fuera la vida en ello, porque, en realidad, nos va. Espero que te sirva, querida mía, allá voy:   Dedico algunas tardes a leer y recortar páginas que me llaman la atención, ya sean las que ocupan playas caribeñas, muebles de diseño escandinavo o entrevistas a gente que me inspira. No guardo los recortes, los dejo sobre mi escritorio, porque me gusta ver lo que me gusta. La inspiradora de hoy ha sido Isabel Coixet, que comienza su presentación contándole al periodista todo aquello que no soporta. Interesante, porque a la mayoría nos cuesta definirnos más allá de nuestro trabajo incluso en términos positivos, ya no te cuento en negativos, con lo feo que queda, con el pie que da a que otros te lleven la contraria. Qué miedito. Ella se queda tan a gusto: que si no me gusta Quim Torra, que si no me gustan las peleas del feminismo. (No digo que esté de acuerdo con ella, digo que es interesante lo que dice, ojo) Lo que no te gusta te define tanto como lo que sí, determina en qué sentido decidir y cuánto de valiente y de autónomo tienes. La Coixet afirma sin esperar a que otros le den la razón, se basta y se sobra, que es lo que todos deberíamos hacer. Hay que ser inteligente para detectar y valiente para manifestar, porque tras el discurso llegan las críticas. Que se lo cuenten a quienes defienden que no quieren ser madres y les cae la del pulpo, como si le negaran su derecho a otras. O a los que rechazan ofertas por las que otros matarían, pero tú quién te has creído que eres. A la Coixet le ofrecieron un ministerio y a la vista está que dijo que no. Con las que algunos lían por estar ahí, hay que ver. El respeto que el prójimo muestra ante tus aseveraciones tiene mucho que ver con la claridad, el convencimiento y la naturalidad con las que las defiendes. No nos tomamos en serio a quién vive pidiendo perdón, escondido bajo complejos, ansiando contentar al planeta entero, sin éxito, claro. En cambio, no rechistamos ante el que no ofrece resquicio en sus argumentos, y no hay argumento mejor que la absoluta subjetividad cuando el asunto solo te afecta a ti. El “sobre gustos no hay nada escrito” de toda la vida de Dios, ese que no respetan los que se ven atacados por la libertad ajena. “No le veo el qué a este restaurante tan caro y tan famoso”, “el tío ese que cobra un pastón por conferencia me parece un cantamañanas”, “no me gusta el campo”: las afirmaciones que para unos suponen brazadas contra la corriente, para los Coixets del planeta no son más que bañarse despelotado en aguas mansas y cristalinas. Y es que la resistencia nos la creamos nosotros, o nos la han creado los que nos educaron para pertenecer al rebaño y no cuestionar. Y no cuestionarnos. El rebaño es infeliz mientras mira de reojo a las ovejas negras que campan felices, a su puñetera bola. Las ponen verdes mientras envidian su desparpajo e intentan comprender por qué insisten en no someterse a estereotipos que algún desconocido se inventó cuando estaba aburrido y tenía muchas ganas de joder al prójimo. Observamos las negaciones para entristecernos, pero las ignoramos cuando suponen una pista de quiénes somos y qué hemos venido a hacer aquí. Las enarbolamos para recordarnos de lo que no somos capaces, lo que no sabemos hacer, lo que no hemos aprendido, pero nos resistimos a ellas cuando se tratan de defender nuestros límites, nuestro tiempo o nuestras opiniones. El no como guillotina o el no como representación de la solidez y la coherencia: voto por lo segundo.
P.D.: tienes toda la información sobre mi retiro/experiencia/formación presencial del 27 de septiembre AQUÍ. Y respondo ahora a las preguntas que más me hacéis sobre este sarao que estoy montando con Aria Experiències, que me hace una ilusión que me muero. Quedan muy poquitas plazas, amigas, para que sepáis. Nuestra prioridad era la comodidad, que pudierais dormir, comer y recibir la formación sin moveros de vuestro hotel, y eso supone que no es una formación donde pueda asistir mucha gente.
Vamos allá con las preguntas:
  • No sé cómo llegar desde el lugar donde vivo, ¿me ayudáis?
  • Quiero dormir allí solo la noche del sábado, ¿puedo?
  • ¿Puedo ir con una amiga y compartir habitación con ella?
  • ¿Puedo quedarme más días para aprovechar el viaje y me ayudáis con el hotel y las actividades?
La respuesta a estas cuatro preguntas es fácil, escribe a hola@ariaexperiences.es y ella te lo organiza todo, todito. Podemos personalizar mucho esta vez, porque las plazas son limitadas.  
  • ¿Necesito experiencia previa o algún conocimiento en cuanto a desarrollo personal? Para nada, no necesitas saber nada, solo tener muchas ganas de aprender.  
  • ¿Puedo regalar esta experiencia?
Claro, solo pon los datos de la persona homenajeada en los datos de compra. Si quieres personalizarlo aún más, escríbeme a lasclavesdesol@gmail.com
  • He visto que el domingo empezamos el día paseando, ¿hay que llevar calzado especial? Es más un paseo que otra cosa, por un valle plano del todo. Con unas zapatillas de deporte normales es más que suficiente. Os dejo aquí una foto de ese valle, mi sitio favorito en las montañas.
     
  • ¿Hay algún seguimiento después de la formación?
Recibirás por correo, una vez acabada la formación: *Un manual con la síntesis de todos los conceptos abordados y ejercicios realizados, con espacio para notas personales *Grabaciones de las visualizaciones realizadas durante el taller para poder repetirlas en casa. *Cuaderno con la estructura para diseñar un plan propio de 90 días con Pasos Mínimos Viables adaptados a cada participante.  
  • ¿Habrá alguna manera de seguir en contacto con las chicas que asistan a la formación?
Crearé un grupo de Telegram, totalmente voluntario, claro. Por experiencia sé que las amistades que surgen en estas experiencias desembocan en algo muy chulo después.

Quiero vivir esta experiencia

  P.D2.: quizás andas en un momento de bloqueo vital (Dios no lo quiera), pero por si es así te dejo AQUÍ un pdf con 3 ejercicios que yo uso cuando no sé lo que sí, lo que no, ni adónde estoy ni adónde quiero ir. Espero que te sirvan, querida.

De qué está hecho mi botiquín emocional

Todas tenemos momentos de bajón, todas. Momentos de confusión, de ansiedad, de querer salir corriendo porque tomar una decisión se nos antoja como algo imposible de afrontar. A estas alturas, ya sabemos que el objetivo no es ni salir corriendo ni dejar de decidir, porque eso no lleva a nada bueno y, además, muchas veces es imposible. El objetivo es volver a nuestro centro, gestionarnos, retomar nuestro poder. A mí me ayuda pensar que tengo un botiquín emocional, una cajita de herramientas a la que acudir cuando la vida se me pone cuesta arriba (porque se me pone, que soy humana). Nuestra parte emocional también necesita cuidados, atención y presencia. El problema es que muchas veces, cuando llega un bajón o una crisis, no sabemos por dónde empezar, qué hacer, o cómo sostenernos. Nos sentimos a la intemperie. Todo es niebla. No sé ni quién soy ni hacia adónde tirar, qué mierda. Por eso hoy quiero proponerte que crees tu botiquín emocional, donde guardes todo eso que te ayuda a volver a ti cuando estás del revés. ¿Por dónde empezar? Lo primero es saber que no todas necesitamos lo mismo. Lo que a mí me reconforta puede que a ti no te sirva para nada. Por eso, este botiquín se construye desde el autoconocimiento, desde la honestidad con lo que te calma, te ancla o te impulsa. La clave es tenerlo preparado antes de que lo necesites, para no tardar demasiado en encontrar lo que te va a ayudar Cada persona es un mundo, pero hay recursos que nos sirven a todas (no lo digo yo, lo dice la ciencia) Elige las que te sirvan y crea las tuyas. • Las personas que son hogar Por si te ayuda: haz una mini lista de personas con las que puedes contar siempre. Esas que, cuando te hablan, piensan en ti. Que te calman, que te alegran, que te acompañan. Solo con saber que existen ya hay alivio. Pongo esta herramienta en primer lugar, porque es la más importante, porque la ciencia ha demostrado que el factor fundamental a la hora de ser felices y, por lo tanto, estar sanas, son las relaciones de calidad. • Canciones que te devuelvan al centro Esa playlist de Spoti que te hace pone contenta, que te hace bailar, que te recuerda quién eres. Te pongo ejemplos míos, como siempre, por si te sirven. Durante el mes que pasé en Nueva York acabando mi novela “Algún día no es un día de la semana”, escuchaba “We are young” mientras me duchaba. Ahora, cada vez que la pongo, vuelvo a estar en esa ducha neoyorquina, sintiéndome la persona más afortunada y plena del planeta. “De vez en cuando la vida” de Serrat, me da un hostión de realidad, me regala perspectiva. Por la letra, por supuesto. Y porque la compartía con alguien a quién le encantaba tanto como a mí. Él ya no está, pero me sigue recordando cada día que estar sobre el planeta es un milagro, un privilegio que debo honrar. Por mí, por él, por todos los que ya no pueden. Ahora, vete a Spoti y fabrica tu cajita de canciones particular. • Las 1.000 cosas que te gustan Escríbela. No lo dejes en la cabeza. A veces, cuando estás chunga, hasta lo que más te gusta se te olvida. Si necesitas inspiración, ve a mi cuenta de Instagram y busca en destacados #1000Gustazos, hay unos cuantos. No soy nada especialita ni original, así que es probable que lo que me gusta a mí, te guste a ti. • Audios de meditación o respiraciones conscientes Respirar bien es volver a ti. Igual que tu mente puede joderte la vida, puede calmártela. Queremos ser las dueñas de nuestros pensamientos y nuestras emociones, no a la inversa. Te dejo AQUÍ la meditación de la montaña, que me ayuda muchísimo a recordar que todo pasará, que soy fuerte, que yo soy la dueña de lo que pasa en mi coco. Y AQUÍ, una serie de meditaciones super útiles, de varias duraciones. No hay excusa, amiga, algunas duran 3 minutos. • Tus frases, valores o recordatorios Esas frases que te reconectan contigo. Las que te sostienen. También puedes escribir tus valores, para no perder el rumbo cuando todo se tambalea. Los míos son la amistad, el humor, la calma, el aprendizaje. Me agarro a ellos con uñas y dientes. Los defiendo de todos, incluso de mí. • Tus rituales particulares Amo los rituales. Me regalan orden y paz. Crea los tuyos. Mi ritual matutino incluye, siempre, una meditación (últimamente es la visita a mi Yo futura) y mis páginas matutinas. Siempre que puedo, algo de lectura y unos estiramientos. A media mañana, mi taza de té bonita, si hace buen tiempo, en mi balconcito mirando a la montaña. Muchas veces, con los auriculares, escuchando esas canciones de las que te hablaba en el primer punto. La vida no va de evitar, de evadirte. Va de enfrentarte, de agarrar el toro por los cuernos, de ser la dueña de lo que te pasa en la medida de lo posible. Y lo posible es mucho, créeme. No esperes a echar mano de tu botiquín cuando llegue el tsunami, disfrútalo cada día. Úsalo para construir una versión de ti tan sólida como flexible, capaz de disfrutar cada día y afrontar lo que venga sabiendo de, quizás haya tambaleo, pero nunca hundimiento. P.D.: si crees que necesitas retomar las riendas de tu vida, te dejo AQUÍ, un audio de solo 30 minutos con dos ejercicios prácticos que yo uso cuando noto que ando a la deriva. P.D2.: ya te he dicho que las relaciones de calidad son el factor fundamental para estar feliz como una perdiz. Y el fin de semana del 27 de septiembre, tengo la intención de ayudarte a crear esa tribu, o a ampliar la que tienes.
He organizado una formación/experiencia/retiro formada por un sábado de formación y comida rica. La formación se llama “Del DEBERÍA al QUIERO” y aquí encuentras toda la información. En ella voy a compartir contigo herramientas para que definas lo que sí quieres en tu vida y también lo que no. Voy a convencerte de que no necesitas justificarte ni para abrazar todo eso que SÍ, ni para abandonar todo eso que NO.
Y como no hay transformación sin acción, te voy a contar cómo elaboro mis planes de acción para acercarme a mis objetivos en todos los ámbitos de la vida. Si decides quedarte el domingo, te espera un paseo por el valle más bonito que he visto en mi vida, unas zambullidas en un spa espectacular y una comida rica en compañía de unas cuantas mujeres con tus mismas inquietudes y tus mismas ganas. MEREZCO ESTA EXPERIENCIA

Ya no quiero dejarme la piel

Durante la mayor parte de mi vida, me he dejado la piel en todo lo que he hecho. En los estudios, siempre fui una niña de dieces. Hice un máster de dos años en uno (no recuerdo ver la luz del sol durante aquel curso), presenté el Plan de Empresa en junio, en lugar de en septiembre, porque en verano tenía que trabajar. Eso suponía currar doce horas durante los findes. En el trabajo, antes de reinventarme, no me permitía salir de la oficina antes de que anocheciera. Las jornadas de doce horas eran lo habitual, también me zampé unas cuantas de veinticuatro. El estrés carcomiéndome viva por dentro y por fuera. En la crianza de mis hijos, yo sola. Echándome todo a las espaldas, controlando hasta el último detalle. Sin pedir ayuda. Porque eso era una buena madre, eso era una buena mujer (a todas las mujeres que tenéis hijos: PEDID, PAGAD TODA LA AYUDA QUE PODÁIS, yo habría sido mejor madre sin ese agotamiento insoportable. Y sobre todo, habría sido una tía feliz, no una tía desesperada) En todo me he dejado la piel. Siempre me he esforzado más de lo necesario, por si acaso. Por si no era suficiente. Porque sacar un ocho no era una opción. Porque no currar sin descanso no era una opción. Por si alguien dudaba de mí y por si yo misma dudaba de mí, también, claro. Me levantaba, todavía me levanto a veces, con la lista de tareas en la mente, sin plantearme que hoy puedo descansar, no hacer nada, no ser útil. Pasaba los días sin preguntarme qué quería sentir, quién era yo, cómo estaba, qué necesitaba. Y durante mucho tiempo funcionó. O eso creía yo, claro. Porque avanzaba, conseguía. Era buena, joder. Buenísima. A mi alrededor, comentarios que contaban que tú consigues siempre lo que te propones, que no hay nada imposible para ti. Y yo, mientras tanto, perdiéndome, sin darme cuenta. Pero hay en nosotras una sabiduría que siempre se las apaña para salir a la superficie. Una incomodidad que no sabes de dónde viene, ni a dónde va, pero que si observas con atención y paciencia te cuenta cosas sobre ti. Quizás te das cuenta de lo a gusto que estás en un día en el que, por casualidad, la agenda no está llena. O te quedas mirando, embelesada, la imagen de alguien que simplemente lee en una cafetería o en un banco. O te vas una semana de vacaciones y alucinas con todo lo bueno que sientes cuando hay espacios llenos de NADA. (De eso te hablo en ESTE artículo) O sientes un pellizco de incomodidad si alguien de tu edad te comenta que ya no trabaja, que solo disfruta, porque ha ganado el dinero suficiente como para estar tranquila el resto de su vida. Le preguntas a esa incomodidad de donde viene y siempre te lleva al mismo sitio, al lugar en el que creciste escuchando y viendo y sintiendo que hay que trabajar todo el día todos los días. Muy duro. Que si no, no eres nadie y no se consigue nada. Que si paras, si no te dejas la piel, no vales. Todo tiene que costar mucho o no hay mérito en ello. Todo eso duele y te das cuenta de que ni siquiera es tuyo. Sostienes una manera de vivir que no te pertenece, pero te la has creído tanto que ni la cuestionas. Ni miras más allá. Empecé a preguntarme, casi sin notarlo ¿y si no fuera así? ¿Y si no hiciera falta dejarme la piel para tener una vida bonita, que me guste? ¿Y si el esfuerzo no fuera sinónimo de valor, y el descanso no fuera señal de vagancia, sino de autoamor? ¿Y si se pudiera conseguir lo mismo —o incluso más— pensando en mí, eligiendo eficiencia sobre esfuerzo, cuidándome? En esas estoy, ensayando otra manera de estar en el mundo. Más estratégica. Más tranquila. He descubierto que conseguir claridad mental es tan poderoso y productivo como una jornada de trabajo maratoniana. Que el descanso nutre más que cien tareas hechas desde el agotamiento. Quizás sea la edad. O las cosas que una va viendo con los años. Gente que se va demasiado pronto. Vidas que cambian en un segundo. El cuerpo que avisa. O a lo mejor simplemente he llegado a un lugar desde el que me permito parar. Soltar. Elegir. Sin culpa. Ahora pienso mucho más en disfrutar que en conseguir. Me interesa más la calma que la productividad y, adivina, desde ahí, me acerco mucho más rápido y mucho más fácil a todo lo que quiero en la vida. Me muevo más por placer que por presión. Y, sobre todo, ya no me doy cabezazos contra muros ajenos. Cada cual que haga lo que quiera. Yo ya no entro en esa guerra. No necesito medallas. No necesito ser la mejor. No necesito que me validen por lo que hago, ni por cuánto hago, ni por cómo lo hago. He decidido vivir desde otro sitio y ando en ese camino. Yo solo quiero estar a gustísimo, y en el agotamiento no hay de eso. Sigo luchando contra la incomodidad de la contemplación, de una agenda con huecos. Me repito que no soy una tía vaga, sino una tía en vías de ser libre. Y libre es todo lo que queremos ser. P.D.: en todo este camino, me estoy peleando para no justificarme, ni ante mí misma ni ante los demás, por cambiar esta inercia mía. Por si andas en las mismas, te he preparado cinco ejercicios que te ayudarán a honrar tu voluntad, para dejar de posponer lo que quieres, para tomar decisiones desde lo que QUIERES, no desde lo que TIENES QUE. Los tienes AQUÍ. P.D2.: todo esto que te he contado, tiene mucho que ver con el merecimiento y en ESTE episodio de mi podcast con Charuca te hablamos de que te mereces el cielo, de dejar de sentirte culpable por gastar en ti, de tratarte como la maravilla que eres. P.D3.: te mereces muchas cosas maravillosas y yo estoy preparando una de esas. La única experiencia presencial desde 2023, que no se volverá a hacer, al menos, hasta finales de 2027. Será el fin de semana del 27 de septiembre e incluye una formación que se llama “Del Debería al Quiero” y que es para ti si quieres:
  • Despertarte cada mañana con claridad sobre lo que quieres, sin el peso de la confusión constante
  • Tomar decisiones con seguridad, desde la conexión contigo misma, no desde la aprobación ajena
  • Darle la suficiente importancia a tu voluntad como para trabajar por lo que TÚ quieres y abandonar lo que ya no quieres
  • Sentirte libre y disfrutar del tiempo que te dediques
  • Defender lo que quieres ante ti misma y ante los demás, sin necesidad de justificarte constantemente
Puedes convertir la formación en una experiencia de fin de semana en la que compartirás tiempo con otras mujeres que quieren lo mismo que tú. Un fin de semana lleno de gustazos entre valles preciosos, en el spa más espectacular que he visto en mi vida (en esta foto ando yo sumergida en esas piscinas), de comidas ricas y divertidas.

Quiero pasar del DEBERÍA al QUIERO

Espero, querida, que este artículo te haya servido y ojalá nos veamos pronto entre valles y jacuzzis. Un abrazo, Sol