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Día de la mujer

Descárgate, mujer.

Día de la mujer

Lo sospechaba: vamos como vacas sin cencerro y nuestro mal tiene un nombre,  CARGA MENTAL. Lo he descubierto por un vídeo de Procter & Gamble, en el que varias parejas que declaran compartir las tareas del hogar en igualdad, proceden a intercambiarse los móviles para revisar las tareas de cada uno. Las del hombre son tres o cuatro, la mayoría relacionadas con el trabajo. Las de la mujer… AY, LAS DE LA MUJER.

Pedir cita con el pediatra, ir al supermercado, comprar el regalo de cumple, llevar a un niño al cumple, encargar los uniformes, entregar el informe del último trimestre, llamar al técnico de la lavadora, tutoría con el profe del pequeño, mandarle el correo a mi jefe, comprar libretas, comprar calcetines, reunión con el equipo de marketing, encargar el pastel de cumple, llamar al cole para que le den dieta blanda al mayor, ir al dentista, llamar a mi madre, comprar jarabe,…

La parte ejecutiva del hogar parece estar repartida en un 46% de los casos, porcentaje triste tristísimo. Pues el tema planificación está mucho peor. Está fatal de los fatales.

Ellos flipan, ellas se ríen (por no llorar). Ellos no eran conscientes de la lista interminable. Ellas tampoco, porque lo asumen como algo normal, porque la inercia histórica y vital se nos ha agarrado a los entresijos y nos convierte en autómatas. Tres de cada cuatro mujeres sufren de carga mental y la mitad ni lo sabe, porque piensa que es lo normal, porque no parece haber alternativa, porque la vida es así. Y punto.

Hablamos de una carga invisible donde las consecuencias tampoco se ven, pero se notan. Para esa maquinaria mental que tenemos en marcha desde que nos levantamos hasta que nos acostamos lo último es nuestro bienestar. Llego a todo, menos a mis horas de sueño, a mi gimnasio, a mi yoga, a mi peluquería, a mis horas de lectura que tanto disfruto, a mi comida tranquila. Y, en muchos casos, si logras sacar un ratito para darte un gusto, ataca la culpa. Mala madre, vaga, cochina. La culpa no ayuda a nada, la culpa es una mierda como un piano.

Uno de los hombres dice, al observar ese listado interminable, que “A mi me explotaría una vena del cerebro”. Pues a nosotras también nos explotan las venas y los insomnios, y los dolores musculares. Y cosas peores. El batiburrillo mental crónico degenera en depresión, en ansiedad. Y aún habrá quién nos llame histéricas. Cortisol por las nubes, estrés, enfermedades, mal humor. No tenemos tiempo de recordar que hemos venido aquí a ser felices nada más. Y nada menos.  Una mente al límite no es una mente feliz. El agotamiento físico se soluciona tumbándote en el sofá un rato, lo del agotamiento mental es más complicado: hemos de cambiar nuestra estructura: la mental y la logística.

En los horripilantes chats de madres, como su propio nombre indica, el 65% son mujeres. Otro elemento más que se suma a la lavadora mental. Todo el día recordándonos que TENEMOS QUE, QUE DEBEMOS DE. Nuestros sueños de deshacen entre malabares cerebrales y acabamos agrisándonos. No nos da tiempo a evaluar la realidad porque se nos come. No somos capaces de profundizar en nuestras vocaciones, de aclarar las ideas, porque tenemos demasiadas. No tenemos tiempo de nutrirnos, de realizarnos, de crecer, de sopesar. La voluntad desaparece en una mente sobrecargada.Y como, además, todas sufrimos el mismo mal, no encontramos un referente al que imitar para acabar con esta majaronería.

Hoy es el Día de la Mujer y, aunque cada minuto de nuestra existencia deberíamos tener presente que nos merecemos lo mejor, nos lo podemos tomar como esas dietas de los lunes, los propósitos de enero, los inventarios de cumpleaños. Vamos a repartir listados, no ya de acciones, sino de pensamientos. Entonemos un discreto mea culpa que nos recuerde que el mundo seguirá girando aunque no lo empujemos. Girará más despacio, girará a trompicones, pero girará. Ser conscientes del peso insportable de nuestro coco es el primer paso hacia la solución, como en todo. Tomar medidas es el segundo.

               
las claves de sol

Lunes con Sol, 4/3/19 (sobre Freddie, el Capitán América y el amor de verdad)

las claves de sol

Freddie

Escribo estas líneas mientras sobrevuelo el océano de vuelta a Madrid desde mi México amado. He vuelto a ver “Bohemian Rapsody” en el avión. Esta ha sido una de esas veces en las que es inevitable lanzarme sobre el teclado, no para escribir, sino para vomitar estas letras. Ojalá fuera siempre así. No voy a repetir aquí lo que ya escribí sobre Freddie y todo lo que esa película supuso para mí. Masticarla como es debido, sin la sorpresa que suponen las primeras veces, me ha hecho admirar aún más a Rami Malek. Lo contenta que me puse yo con su Oscar, la ternura que me despierta su noviazgo con Lucy Boynton. Me gusta imaginar los primeros tonteos entre escenas. Qué bonito todo.

Esta segunda vez (ojalá hubiera sido en pantalla grande), aparte de emocionarme con el talento de Malek, me ha abofeteado con una buena noticia de la que ya tenía algún sospecha: soy una tía con suerte. Con muchas suertes. La primera, que debería ser prácticamente la única que nos importara, es que tengo salud: mental y física. El resto son regalos sin demasiada importancia pero que, quieras que no, se agradecen. Uno de ellos es la capacidad de disfrutar: de la música, del cine, de los amigos, de la comida, de la escritura, del contacto con la gente que me lee y en la que espero despertar esa ilusión sin la que seríamos cuerpos inertes, piedras pómez sin gracia alguna. Antes de darle al play, leía en “Cómo hacer que te pasen cosas buenas” de Marian Rojas (lectura obligatoria) que “Si uno tiene pensamientos y recuerdos constantes relacionados con gente a la que quiere, momentos especiales, o ilusiones por las que vivir será más feliz”. De hecho, cuenta también que recordar momentos felices genera en nuestro cerebro las mismas sustancias que se produjeron cuando pasaron en realidad.

Todos deberíamos tener esos momentos gatillo que recordar cuando la vida se nos echa encima: aquel amanecer en la playa con amigos, esa canción que se te engancha en las tripas, las risas con chorrito de pis, un morreo que te dejó loca.

Con todo esto he decidido que, de ahora en adelante, mi objetivo en la vida será crear momentos deliciosos, recuerdos que hagan que las endorfinas se me salgan por las orejas.

 

El Capitán América

Confieso: a mí los tíos buenos me desatan el instinto animal y salvaje. Ante una buena tableta y unos brazos como los del glorioso Chris Evans se me nubla el entendimiento. Viendo la ceremonia de los Oscar (que hay que ver qué gusto más grande verlo en directo) solo podía imaginármelo quitándose esa chaqueta azul, y luego la camisa, y luego todo. Alguno me dirá ahora que Hay qué ver, si eso lo dijera un tío de una tía. Ya contesté aquí. El caso es que, entre el Capitán y Aquaman, yo andaba bizca. Ese Jason Momoa completamente despeinado, salvaje perdido, con su mujer al lado, que tiene una inexplicable y tremenda cara de asquito. Si yo llevara semejante bigardo pegado al cuerpo, las comisuras me tocarían las orejas. Y es que con la edad me vuelvo cada vez más superficial y, la verdad, me importa un huevo. Me fascinan los cuerpazos, las caras bonitas, las bocas carnosas, las manos grandes y machunas. Oye, que si encima es listo y buena gente, pues mejor. Pero es que yo, para mirar, solo quiero belleza. Ojalá también tocarla. A ver si se dejan un día de estos.

 

El amor, Barcelona, las chimeneas.

Ayer fui a Barcelona a comer con un amigo de esos a los que quieres desde un lugar donde hay poca gente. Hablamos de lo guapo que era Paul Newman, de sus párpados, de que me flipan los antebrazos de los tíos, tan fuertes y con venas; de que le encantan las nucas de las tías, las coletas que dejan al descubierto ese trozo de cuello suave y pecaminoso, los gestos indeterminados; de cómo podemos joderles (o no) la vida a nuestros hijos; de lo maravillosas que son las casas con chimenea. Le recordé que uno de mis deseos año tras año es tener una, y que es una pena que no haga más frío en su pueblo, porque en su casa hay chimenea, pero la enciende poco. Subir la leña a un tercer piso no acaba de ser apetecible. Le dije, varias veces, lo bonitas que son sus manos. Le confesé que me enamoré de un puertorriqueño guapérrimo que me dejó hecha mierda y que también tenía unas manos preciosas, y unos ojos preciosos, y una boca preciosa, aunque por dentro no era tan precioso. Decidimos, mirando fotos antiguas, que veinte años pasan volando, que estamos estupendos: él porque hace deporte, yo porque me lleno la cara de cremas y pinchazos. Supimos que la humanidad volverá al campo, porque lo de los móviles puede llegar a ser una mierda muy grande. Me contó que las vacas, por raro que parezca, contaminan mucho, que hay un tío que saca filetes de células madre y eso no pinta nada bien. Y él lo contaba haciendo círculos en la mesa con sus dedos. Porque él lo convierte todo en líneas con esas manos preciosas. En ese mundo futuro nosotros seríamos vegetarianos perdidos porque no podríamos matar ni una mosca, ni un ratolí. Nos quejamos del poco caliu que tiene Andorra, que no se dignan a abrir una cafetería de madera, con sillones blanditos y, de nuevo, chimenea. Las chimeneas son vida, está claro. Siempre nos quedará el hotel Hermitage, con su música sublime. Él afirmó que es el amor lo que mueve el mundo. Le di la razón, asintiendo, pensando en lo muchísimo que le quiero. No se lo dije. Se lo escribí luego. Quizás los móviles no son tan mierda. O quizás yo debería hablar más y escribir menos. Ventilamos las mierdas íntimas, que son muchas y muy malolientes. Y a él se le saltaron unas lágrimas por mis mierdas malolientes. Cómo agradecí esas lágrimas. No se lo dije. Ni se lo escribí. Lamentamos lo cortos que son esos encuentros nuestros que le dan sentido a la vida, que son la vida misma. La felicidad estaba allí, sentada con nosotros en ese restaurante vegetariano de la Barceloneta, aplaudiendo como las locas.

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Lunes con Sol en México (25 de febrero de 2019)

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Los amaneceres

Desde una terraza altísima, frente a los volcanes Popocatépetl e Iztaccíhuatl, he visto amanecer varios días en la Ciudad de México. Es lo bueno del jetlag. En pijama, té en mano, con mis amigos, tan despeinados como yo, descojonados de la risa, observando esa ciudad interminable, ruidosa, colorida y amigable. Respirando profundamente cuando mi tocayo asoma entre las montañas y nos cuenta que hoy es un día más y un día menos. Escribirlo me empuja a poner el despertador, vaya a ser que me lo pierda, no porque TENGO QUE, sino porque QUIERO. Cómo lo cambia todo un simple verbo. Voy a probar a usar el segundo a todas horas. Deberíamos ver ese espectáculo más a menudo para recordarnos que, con el amarillo deslumbrante, se nos regala otra oportunidad y podemos aprovecharla o pasar de puntillas haciendo como que esto de vivir no va con nosotros. Tengo que buscar donde amanece así de bien en Madrid, para que el Sol me recuerde que no soy eterna y me deje de hostias.

Los tatuajes

Como siga visitando esta ciudad voy a parecer un cómic. Sí, ha caído otro tatuaje. Esta vez ha sido un avión de papel en mi muñeca izquierda, el mismo que luce en la derecha mi amigo del alma. Porque, en la línea de mi vida, los viajes son perspectiva, decisiones, felicidad, libertad absoluta. Porque la distancia no es el olvido, para nada. Porque deberíamos volar más a menudo. Porque hoy estoy aquí y mañana quién sabe. Porque es mejor andar por la vida ligeritos, por dentro y por fuera.

Los huevos

He descubierto el plato perfecto, cómo puede ser que no se me hubiera ocurrido antes. Tortillas de maíz, frijoles machacados, huevo frito, aguacate y cilantro. Hay qué ver, qué facilito, con todo lo que me gusta. Para rematar: batido de mango, nuez y yogur. Lo importante que es parar a pensar cuales son las gilipolleces que le hacen feliz a uno. Voy a darle vueltas para inventar más comidas, tan gloriosas como esta. Me veo comiendo Cola Cao con croquetas y acelgas.

Las mujeres

Nada es casualidad y justamente esta semana se celebraba aquí la Advertising Week Latam (AWLATAM para los amigos). Mil conferencias y ponencias sobre publicidad, mundo digital, etc. Y mucho hablar de mujeres, de cambios, de igualdad. No sé si para bien o para mal, pero la cosa no cambia demasiado a ambos lados del océano. Quizás en España ya tenemos asumido que lo normal (o habitual, o común) sea que las chavalas deambulemos sueltas por el mercado laboral y aquí andan un pasito por detrás, pero por lo demás, todo clavado: el síndrome de la impostora, los micromachismos, los macromachismos, el hacer el doble para conseguir la mitad. Y un mensaje unánime de todas las mujeres que hablaron: como no te lo creas tú, no se lo va a creer nadie, así que ya sabes, arriba tus ovarios. Todo muy inspiracional, hasta se me saltó alguna lagrimilla. Mi propósito: ser ponente en AWLATAM el año que viene. Para contar lo que es la escritura digital. Para empujar a muchas a que se pongan el mundo por montera y se enteren de lo fabulosas que son . Chimpún.

Las trajineras.

Amiguis, amiguis, amiguis: cómo es posible que no hubiera yo ido a las trajineras de Xochimilco (sí, ya hemos hecho mil chistes absurdos y guarros con el nombre). Os cuento que las trajineras son unas barcazas de colorines donde se meten unas veinte personas y navegan por una especie de canales de lo más… folclóricos. Algunas trajineras llevan mariachis, otras puestos de comida. Cada trajinera está llena de música y gente liándola parda, cantando, bailando. No van a motor, no, pa qué. Las conducen unos chavales clavando unos palos enormes en el fondo de los canales (así tienen los brazos). El caso es que se chocan unas con otras, se atascan, todos gritan, se saludan. Divertidísimo, queridas. Bailé como las locas. Canté a Camilo Sesto, a Gloria Trevi, a Yuri. Que viva el karaoke acuático.

Las lectoras

Tras recibir varios mensajes de lectoras mexicanas, organicé un cafecito con algunas. Allá que vinieron un ramillete de tías simpatiquísimas. Lo que nos reímos planeando una base de datos internacional de mareadores, de malos folladores. Con qué velocidad nos animamos a contar nuestras historias, como la de aquella chica que acababa de dejar a su noviete porque este le sugirió que se relajara con lo del empoderamiento. En su conversación salieron expresiones como “Señor feudal” y “nuestras abuelas estaban más calladitas”. Y nada, que la fabulosa lo mandó a tomar por el jander ipso facto y se vino a tomar unos cafés más ancha que larga. Otra, tras dedicarse al mundo de la comunicación, acababa de reinventarse y ahora es sumiller. Una divina. Lidia, española, vive aquí desde hace solo cuatro meses. Con treinta añitos ya ha vivido en Hong Kong y Sidney. Y lo que le queda. Cuánta sinergia, cuanta alegría y cuánto humor. No puedo estarle más agradecida a la vida por conocer a tanto portento.

Felices cuarenta y seis.

Cuarenta y seis y fabulosa, que diría nuestra amada Samantha Jones. Como os contaba hace unas semanas, decidí celebrar otra vez mi cumple por tierras mexicanas. Porque quería que la rutina no asistiera a mi celebración, porque me gusta colocarme en punto muerto para empezar un nuevo ciclo, porque aquí me lo paso tan, tan, tan bien y porque en esta ciudad tengo amigos de esos que te cambian la vida. No sé si os pasa, pero a mí me da por realizar inventario vital cada vez que le doy una vuelta al Sol. Y en mi recuento, aunque haya epígrafes que tachar, salen ganando los que subrayo en fosforito. Subrayo esa cuarta edición de mi novela, mi viaje con Sola en Nueva York y esas quince tías a las que nunca olvidaré (que por cierto, repetimos en agosto, ya os iré contando), los pasos de cebra madrileños con mis frases impresas, los talleres de escritura digital que tanto disfruto y que me dan la oportunidad de conocer a algunas de vosotras, las risas interminables con mis coleguis, mi columna semanal en El Español (porque yo siempre quise ser columnista), la ilusión por nuevos proyectos que superan con creces cualquiera de mis muchos sueños. Ahí sigo, en la persecución incansable de la felicidad, en la búsqueda de mi lugar en el mundo. Felicidades, querida yo. Gracias por acompañarme.

     
lunes con sol

Lunes con Sol (18 de febrero de 2019)

lunes con sol

Ciudad de México

Llegué aquí hace un par de días y es como si nunca me hubiera ido, estoy en casa. Sin duda, si mis obligaciones no me anclaran a Madrid, viviría aquí la mitad del año. Por su clima maravilloso que ni frío ni calorazo, por su comida, por su riqueza cultural. Porque aquí tengo una pandi de majaras maravillosos con los que me río a más no poder. Es llegar aquí y siento como paso de estar alienada a estar alineada. Hay algo en nuestro imaginario, vete a saber qué, que nos expulsa de unos sitios y nos ancla a otros.

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Un tren

La semana pasada fui a Barcelona. Bendito AVE. Junto con el tampón, la fregona y la lavadora, es mi invento favorito. Al entrar en el vagón, una señora, parada de pie, atascaba el pasillo. Miraba su billetito del El Corte Inglés, miraba el pequeñísimo cuadradito donde figuran el número y la letra de asiento y volvía a su billetito. Dejó hueco para que pasáramos los varios pasajeros que observábamos la escena. Pasé. Ella seguía allí, sin cambios. Retrocedí. Señora, ¿necesita ayuda? Es que no veo, no sé dónde está el asiento 4B. Está allí, la acompaño. Así de simple. Cuánto podía haber pasado allí aquella mujer, peleándose con los números y las letras, es un misterio. Cuántas personas pasaron por su lado sin tan siquiera plantearse que quizás podían participar y así solucionar: bastantes. Y que conste que no es por echarme flores. Seguramente he vivido esa misma situación otras veces y he andado tan ensimismada en mis propios saras que ni he reparado en las señoras y señores perdidos. Quizás es algo a reflexionar: nuestra lavadora mental, el contacto con el exterior, no sé.

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Se me olvida

Young girls. Se me había olvidado lo mucho que me gusta este tema de Bruno Mars. Se me había olvidado que me apasiona Bruno Mars, que no tiene una sola canción que no sea inmensa. Qué bestia parda. Y en ese tren, mientras volvía a Madrid desde Barcelona, tras comer con un amigo al que adoro, con una melancolía de esa raras, en las que sientes que eres la porción de pizza que se separa del resto y el queso fundido no te deja ir en paz, escuché sin orden ni concierto mis listas de Spotify y me sorprendí con ese temazo agarrado a las tripas. Le siguió Mediterráneo, claro. Porque a veces se me olvida que yo también nací allí y que amontonado en tu arena guardo amor, juegos y penas. Le siguieron un chorro de temazos de los 80 y los 90 que me llevaron a mis hombreras, a mis tupés, a mis años de universidad en los siempre volvía de día a casa con los pies reventados, a mis compañeras de clase con las que lloraba de risa cada lunes mientras nos contábamos la sarta de gilipolleces en las que habíamos ocupado el fin de semana. Volví a la diversión sin límites, a la ausencia de responsabilidades, al solo reír y solo bailar. Y solo besar. A cualquiera, qué más da. Qué importante encontrar esos interruptores que nos llevan a lugares que visitamos poco. No quiero olvidarme más.

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Un sueño majara

No quiero dármelas yo de brujilla, más quisiera, pero como os conté el lunes pasado, lo de las causalidades en mi vida es como para escribir un libro. O dos. El caso es que, antes de anoche tuve un sueño: yo había escrito un musical y el protagonista era el cantante de un grupo de los 80 con el que tengo una historia muy especial (nada sesuá). Yo observaba los ensayos del musical desde un balcón que rodeaba la sala principal del teatro cuando aparece un chico moreno y comenzamos a hablar

Tú eres de mi pueblo, de Lloret.

Ya decía yo que me sonabas de algo.

¿Cómo te llamabas?

Carles no sé qué.

Me quedé pensando en mi sueño que ese no era su apellido real. No me sonaba para nada. Este me miente y no sé por qué. El Carles al cabo del rato, o en otro ensayo o yo qué sé porque en los sueños lo del tiempo no queda nada claro, empezó a tocarme la mano, a tontearme como muy sutilmente. El Carles me encantaba, porque era guapo a rabiar.

Cuando ya iba a terminar el sueño, recordé su verdadero apellido. Pongamos que es Pujol. Me desperté alucinando conmigo misma y colgadísima del Carles. Juraría que ese chaval existió, que se llamaba así, que era de mi pueblo, que ni siquiera lo conocía como para saludarle y que era de la pandilla de guapos tres o cuatro años mayores que nosotras que nos hacían babear. Llamé a Luisa, mi amiga de la infancia. Tía, dime que existe un tío que se llama Carles Pujol, moreno y que nos gustaba de pequeñas. Sí, claro, el hermano del Francesc, que curraba en la radio local. Le vi hace un par de años, sigue guapo.

Le busqué en Facebook. Allí estaba la misma cara con treinta años más, los que hace que no me cruzo con él. Probablemente si lo hubiera hecho, no le habría reconocido ni recordado su nombre. Pero los sueños son así. Por qué ha aparecido, qué significa esta majaronería: ni puñetera idea. Quizás tenga algo que ver con que me planteo pasar el verano en mi pueblo, cosa que no he hecho desde hace tres décadas A lo mejor el universo me está empujando en la dirección correcta, esa que ha provocado que, tras muchos años despegada del sitio donde crecí, me esté acercando al Mediterráneo otra vez. Nada es casualidad.

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Lunes con Sol (11 de febrero de 2019)

The Romanoffs

Ya os hablé de esta serie de Amazon Prime Video la semana pasada. Es buena, buenísima. Pero no la menciono aquí por eso, sino porque las coincidencias con mi vida dan hasta miedito.

La trama del capítulo 4 transcurre en Nueva York. Y diréis: vaya una mierda de casualidad, pues no habrá pelis y series situadas en la Gran Manzana. No es eso. La primera localización es el restaurante de Bergdorf Goodman, que me apasiona por sus vistas a Central Park, porque es un nido de mujeres manhattanianas de pura cepa, con manipedis impolutas y bolsos supercalifragilísticos. Sale en mi novela y en mi próximo libro no una, sino varias veces. La prota de The Romanoffs, deja Bergdorf y se va directa a Strand Books, mi librería favorita de Nueva York que, adivinad, sí, sale también en mi novela. Y para tomarse un refrigerio, ¿qué lugar elige? Las mesitas de Madison Square Park, en las que me paso media vida neoyorquina y donde Sofía Miranda, la protagonista de mi novela, y yo misma nos hemos zampado más de una y más de dos pizzas del glorioso Eataly.

La cosa no acaba aquí.

En un momento dado, se ve el fondo de pantalla de Amanda Peet (la prota del capítulo), y aquí es donde la cosa empieza a darme miedito: es una foto de las torres del San Remo. La mismas que ocupan mi propia pantalla desde hace años.

Todavía hay más.

A la mujer la ingresan en el hospital (lo siento por el spoiler) y en la habitación hay un solo cuadro ¿Con qué imagen? la del Bow Bridge, el puente en el que empieza mi novela, mi lugar en el mundo. El paisaje que visito CADA DÍA cuando tengo la suerte de estar en Manhattan. Pegadito a las susodichas torres del San Remo.

Muy fuerte todo. Y sigo.

En el capítulo siete, una pareja viaja a Rusia para adoptar un bebé. Adivinad dónde adopté yo. Vale, no van a Moscú, como servidora, pero viajan a Vladivostok, de donde es oriunda la amiga que me acompañó en mis viajes. Y sus andanzas son igualitas que las mías. Gracias a Dios, no han ofrecido la versión endulzada y falsa de otras pelis. Aquello es áspero, turbio, enemigo. Duro de narices. No he acabado el capítulo porque aparecieron mis propias criaturas rubias y no me pareció pertinente que vieran esa ficción que para nuestra familia no lo es.

Y para mí, que soy de las que cree que la casualidad no existe, este maremoto de señales extrañas me plantea muchísimas preguntas que nunca serán respondidas, supongo. Quién sabe.

Tres libros.

Me he propuesto leer un mínimo de veinticuatro libros en el 2019. No voy mal. De momento me han encantado todos. Ya es raro.

Una educación, de Tara Westover. Autobiográfica. Sobre cómo superar las creencias heredadas y trazar tu camino a pesar de las dificultades. Más que leer, nadas en esas páginas.

Corazón que ríe, corazón que llora, de Maryse Condé . Especial mención a las joyas que son los libros de editorial Impedimenta. Qué bonitos, qué cubierta, qué marcapáginas, qué calidad.

Conversaciones con Karen BlixenMuy cortito, para leer en un par de horas. Qué atemporal es la inteligencia…

La importancia de empezar bien el día

Mi amigo del alma está de visita en Madrid y uno de mis tantos propósitos es empezar el día juntos siempre que podamos y, a poder ser, en un emplazamiento especial. De momento llevamos unas napolitanas de chocolate en La Duquesita (porque si hay que engordar que sea con mucho placer) y un amanecer absolutamente conmovedor en El Retiro con posterior desayuno y permanente descojono. Porque aquí hemos venido a reírnos y a nada más. Porque el resto del día pesa menos y es más dulce cuando saltas de la rueda de hámster. Porque no somos eternos.

La casa de mis sueños

El otro día me zampé unos capítulos de Stay here, un programa de Netflix en el que una pareja de diseñadora y planeador de negocios (o algo así) transforman casas para que sus propietarios las alquilen en Airbnb y saquen una pasta gansa. El caso es que, por supuesto, las dejan ideales de la muerte y a mí me entran unas ganas locas de tener una casa fabulosa, no demasiado grande, con chimenea, terraza desde donde ver los tejados de Madrid y una cocina enorme con isla en la que no cocinar porque no me gusta, pero amo los espacios bonitos. Incoherente, ya. Y qué. El caso es que ya estoy coleccionando recortes de revistas de decoración para colocarlas en mi corcho del buen rollo y las proyecciones futuras. Soy feliz con solo mirarlo.

Chenoa, a su manera

Chenoa ha sacado single y me encanta. No es ningún secreto que somos amiguis, pero es que tenéis que ver el vídeo y escuchar esa letra. Ojalá nos entre en la cabeza y en el esternón. Somos todas válidas, somos diferentes y tan parecidas, no tenemos que justificar decisiones que solo nos atañen a nosotras. A quién le importa. Seamos libres y felices. Ya paro. Os lo dejo aquí, para que lo disfrutéis y os peguéis unos bailes, porque bailar como una majara es de las pocas cosas importantes de esta vida, aparte de la risa, claro.

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Seis reflexiones cotidianas

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Bolsos asequibles (o algo asi).

No hay cosa que me guste más que cotillear las revistas de moda, por mucho que luego pase de las tendencias de una manera muy salvaje. Y la semana pasada saqué media hora para ojear una, entre extraescolar y extraescolar.

Aleluya.

El caso es que, en uno de los reportajes, vi fotos de unos bolsos monísimos. Las diseñadoras contaban cómo decidieron crear su propia marca ante la imposibilidad de encontrar unos que les gustaran, fueran asequibles, y donde cupiera todo lo necesario para ir a la oficina, incluído el portátil. Mira tú qué bien, lo que yo busco: precio normal y que quepa bien de todo. Voy a la web.

HOSTIAS.

Ochocientos euros de bolso. A tope de asequible. Hija mía, di que la piel es lo mejor de lo mejor,  que tres sacerdotisas griegas tardan un mes en fabricarlo, que te va a durar el bolsito toda la vida, pero no me digas que es asequible. Porque asequible NO ES. Y aquí podríamos elucubrar hasta la saciedad sobre cuál es el mundo real, si el suyo o el nuestro. En fin.

La Melania.

En la página siguiente aparecía Melania Trump, que es una mujer que me produce mucha curiosidad por varias razones: la primera, cual debe ser el tamaño de su estómago para meterse en la piltra con el Zanahorio. Y no solo eso, es que han tenido un hijo. Una vez, como mínimo, se lo ha tenido que cepillar. Muy fuerte todo. Lo segundo que me deja loca es la altitud de sus tacones. Sí, sí, altitud, que lo de altura se queda corto. ¿Cómo puede caminar? El caso es que relacionando lo del tacón imposible y el sexo con el Zanahorio, se me ocurre que, una vez te has zampado a Trump, lo mismo te da reventarte el pie con quince centímetros de aguja, que hacer paracaidismo extremo, o rafting suicida. Superada una barrera, superadas todas.

Los libros.

Cambiando MUCHO de tercio, os cuento que he empezado a leer “Doce cuentos peregrinos” de Gabriel García Marquez. Ya el prólogo es inconmensurable. Leedlo. Mientras lo empezáis, os transcribo un pedacito de su magia:

“Lo demás es el placer de escribir, el más íntimo y solitario que pueda imaginarse, y si uno no se queda corrigiendo el libro por el resto de la vida es porque el mismo rigor de fierro que hace falta para empezarlo se impone para terminarlo”. 

Bueno, y otro más:

“Siempre he creído que toda versión de un cuento es mejor que la anterior ¿Cómo saber entonces cuál deber la última? Es un secreto del oficio que no obedece a las leyes de la inteligencia sino a la magia de los instintos, como sabe la cocinera cuando está la sopa”.

Cada vez me gustan más los prólogos. Y leer. Y descubrir librerías como “Amapolas en octubre” y empresas como Bookish, que consiguen que seas feliz pagando tu propio regalo mensual. Lo contenta que me pongo cuando me llegan sus libros, en esas cajas divinas y con su bolsita de té no tiene precio. Bueno sí, pero razonable.

El jeto.

Y de lo divino a lo humano: he decidido cambiar el rojo de labios por el fucsia. Me siento intrépida. Entre renovarse o morir, pues mejor renovarse.

Hablando de renovación, estoy un poco hartita de las gafas. Sí, son ideales y sí, se me ensucian los cristales que no es ni medio normal. En eso soy como una niña de primaria. Horrible e incómodo. Así que me he he puesto a investigar sobre unas  lentillas de hidrogel de silicona, que suenan como a muy moderno y tecnológico. Y esperad, que como me dé por una metamorfosis total, pruebo las  lentillas de colores naturales, porque Murphy hizo que heredara la napia de mi santo padre, pero no sus ojazos azules. Nunca es tarde.

La serie.

Los de Amazon Prime Video me tienen loca. Primero fue This is us, luego Good girls revolt y ahora The Romanoffs. Matthew Weiner, guionista de Los Soprano y creador de Mad Men ha vuelto a hacerlo. Señoras, qué gustazo de guión y de todo. Rodada en ocho países y en siete idiomas, nos cuenta las historias de varios descendientes de los Romanov (sí, los zares rusos). En el primer capítulo sale Aaron Eckhart, que me gusta a mí un montón.

El cumpleaños.

Dicen los astrólogos que debes cumplir años en un lugar donde confluyan energías positivas a lo loco. Se acercan mis cuarenta y seis peligrosamente y se supone que, para conocer el emplazamiento perfecto, debería pedirle a un especialista en el tema una “Revolución solar”, que me encanta como suena porque parece hecho para mí. Pero como yo las instrucciones astrales las sigo un poco a mi manera, voy a dejarme guiar por mi instinto: Ciudad de México y no se hable más. Porque mis cuarenta y cinco los empecé allí y han sido inmejorables. Porque quiero visitar a mis amigos mexicanos, porque siento en las tripas una conexión maravillosa con las rancheras, con los tacos al pastor y con ese acento precioso que escucharía durante horas. Porque, desde que vi “La casa de las flores”, solo quiero ser Paulina de la Mora.