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Etiqueta: Las Claves de Sol

lunes con sol

Lunes con Sol, 22/4/19 (Sobre unos días sin niños y la importancia de verse a una misma)

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La música y las duchas

Mis hijos se han quedado con los abuelos unos días y lo que, a primera vista, pudiera parecer algo superficial e irrelevante, unos días de no escuchar el mamimamimami constante, ocuparse de cenas y comidas y pensar (porque lo que no sabe la gente que no tiene hijos es que, cuando los tienes, no hay tiempo para pensar, sobre todo en una misma) se ha convertido en un ejercicio regenerador de efectos supersónicos. Y es que se nos olvida que la maravilla que es escuchar música por las mañanas, el placer que es levantarse con la mente en blanco y sentarte a tomar tu té en ese sillón que ves de refilón durante meses. El no tener nada que hacer al principio te da hasta vértigo porque la rueda de hámster lleva tanto tiempo en marcha y a tal velocidad que pararla es tarea complicada. Tienes tiempo para quedarte en la cama mirando al techo y fantasear sobre un viaje a Australia. Para recordar aquella noche de karaoke, la última vez que pasaste una noche de sexo salvaje. Tiempo para morirte de sueño en el sofá viendo tu serie favorita porque no te da la gana de irte a dormir temprano. Tiempo para ducharte con calma y ponerte todos esos jabones que huelen a gloria bendita uno encima de otro. Tiempo para leer un libro del tirón, para hablar con tu amiga por teléfono durante horas. Para escribir porque sí: tus deseos, tus sueños, tu vida.

La intimidad

La semana pasada organicé firma y charla en mi isla, Ibiza. Hasta allá fueron un ramillete de tías de lo más simpáticas. Que nadie espere en mis reuniones que hable de mi libro si no me lo piden. Yo lo que quiero es saber de vosotras, si sois felices, que os hizo leerme, qué os ha llevado hasta esa librería. Porque la experiencia me ha enseñado que lo que buscamos en compartir sin ser juzgadas, sentir la libertad de que digamos lo que digamos, nos vamos a sentir comprendidas. Así que varias de las amiguis se lanzaron a contar su intimidad, a confesar que se sentían las cuidadoras en su relación, que ellas habían crecido, se habían encargado de ser su mejor versión, de culturizarse y quizás sus compañeros no habían sentido esa necesidad. Se habían apalancado. Contaban, también, que si esa relación se acabara, no se veían viviendo con nadie. Saben disfrutar de su soledad, la llenan con mil planes, con lecturas, con autoamor. Y a mí me encanta saber todo eso.

La estufa de las relaciones

Por alguna razón que no conozco pero que me encanta, me consultáis mucho sobre relaciones sentimentales. A mí, que la última la tuve allá por el 92. El caso es que, aunque ni soy psicóloga ni consejera matrimonial, la lógica me indica que cuando uno no es feliz por las circunstancias que sean, debe solucionarlo. La mayoría de comentarios tratan sobre un tío que a ratos te hace caso y ratos no, o sea, un Mareador de toda la vida de Dios. Pienso que si, al observar la película de tu vida, tu personaje no te encanta, si no es la persona que tú quieres ser, si no sientes orgullo desmedido al verte, algo hay que solucionar. Es duro, sí, la felicidad precisa de decisiones complicadísimas. Una analogía clarísima es esa en la que equiparamos las relaciones (ya sean de amistad, sentimentales, familiares…) a una estufa: tú metes leña y has de sentir calor. En el momento en el que, por mucha leña que metas, sigues congelada, hay que abandonar esa estufa. Y lo más importane: rodéate de amigos fabulosos, que estén ahí para abrazarte cuando lo necesites, para escucharte y abrirte los ojos por más que escueza. Ojalá estas letras hagan reaccionar a alguien que anda jodida, de verdad.

La radio

Sigo incrédula ante la cantidad de sueños cumplidos, amiguis. Y todo gracias a vosotras, que conste. Siempre quise escribir un libro (bueno, muchos), ser columnista y tener una sección en la radio. Y pasado mañana, el miércoles 24 de abril, estreno sección en Radio 4G, se llamará #ConSolTorio y la podeís escuchar aquí. El martes recopilaré temas desde mi cuenta de Instagram, seleccionaré algunos y los trataremos en directo, pero si queréis dejarme alguna sugerencia por aquí, la recojo encantada. Gracias por acompañarme todo el rato, amadas mías.

las claves de sol

Lunes con Sol, 15/4/19 (sobre problemas fabulosos y la importancia del singular)

las claves de sol

Problemas

El otro día un amigo señaló que yo tenía un problema de adicción con las napolitanas de chocolate de La Duquesita. Y con el Cola Cao, añadí yo. Y tengo el mismo problema con las voces prodigiosas, con los párpados carnosos (que me vuelven loca), con los buenos morreos, con Nueva York, con las tazas chulas de borde grueso, con mis maravillosos amigos. Otro problema es mi amor a los potingues que huelen bien, a los potingues en general. Soy adicta a las libretas bonitas, a los bolis de colores y a las pelis de superhéroes super buenorros. Tengo un problema, también, con el sol de abril y de mayo. Con tumbarme en pelotas a notar el calorcito sin que me achicharre. Con sentarme en mi balcón minúsculo, taza chula en mano, para cotillear a los transeúntes e imaginarme sus vidas. Problema es mi incapacidad para salir de una librería sin un libro en mano, aunque tenga treinta sin leer en casa. Tengo un problema con la necesidad imperiosa de reír a carcajadas todos los días, con sacarle la punta humorística a cualquier chorrada, con el rodearme de seres que dicen tantas o más barbaridades que yo. Problemas tenemos todos, y a mí los míos me encantan.

El plural del singular

Estos días hablo mucho con mi amiga Sandra. Después de treinta años con su marido, hace cinco se divorciaron. Ella intenta rehacerse, ya no de la separación, que ahora mismo le sabe a gloria bendita. Con lo cachonda mental que es ella no sé cómo ha podido aguantar a semejante sosainas durante tres décadas. Manda cojones que encima haya sido él el que haya decidido cepillarse a su secre y pirarse con ella. En fin, a enemigo que se va, puente de plata. El caso es que Sandra necesita volver a hacerse, recordar quién es. Recuperar sus gustos, sus manías. Quiere repescar los sueños que se ahogaron entre las obligaciones maternales. Quiere pasarse por el toto los comentarios de los padres del cole super religioso que ven FATAL que a ella le haya dado por plantarse un bikini para ir a la playa en lugar del bañador que tapaba sus preciosas carnes. Una divorciada medio desnuda en la playa. Una divorciada divina con permiso para acostarse con cualquiera, ir a bares con los amigos y salir hasta las tantas los fines de semana en los que el sosainas tiene a los niños. Con cuarenta y muchos, cuando se supone que la vida va cuesta abajo y ya no te mereces ilusionarte, qué mala perra.

De momento, Sandra tiene un objetivo claro: dilucidar lo que realmente le gusta para dedicarse a ello. Necesito recuperar el brillo. A veces, mientras charlamos sobre la vida, ella empieza a llorar. Igual que lloró cuando se cepilló al primer amante PostMaridoSoso. Cuánto tiempo sin que alguien la tocara con ganas, sin ganas de que nadie la tocara. Yo sé que valgo, pero ya no sé para qué. Cómo sería yo sin esos treinta años de anulación completa. La autorespuesta es un silencio, un agujero negro que me río yo del que fotografiaron la semana pasada. No sé cómo tomar decisiones. Me he acostumbrado a que otros las tomaran por mí. Durante años mi opinión no ha contado. Me hacía sentir tonta, inútil. He sido la mujer de, la madre de. He desaparecido. No sé ni por donde empezar a buscarme. No encuentro el principio del hilo para empezar a tirar. Necesito la aprobación constante de cualquiera. Estoy pendiente constantemente de lo que otros pensarán de mí. Ya no sé hablar en singular.

Y a mí se me iban revolviendo los entresijos a escuchar a esa mujer tan despampanante por dentro como por fuera, preguntándome en qué momento decidió entregarle su autoamor a otro. Vaciarse a cambio de que la quisieran, aunque la quisieran fatal ¿Por qué ante el primer “No vales para nada” no desapareció por siempre jamás? Y es que mala gente dispuesta a alimentar su ego a costa de la infelicidad de otros siempre la habido y siempre la habrá, pero joder, huyamos de ellos.

Yo era muy joven, no había conocido a nadie más, pensaba que eso era lo normal.

De ahí la importancia de reeducarnos aferrándonos a la libertad, a la autoestima, a lo que es el verdadero amor: uno que te hace crecer, que amplía tu mundo, que no te juzga, que te acepta como eres y te potencia. Querer mucho no es querer bien. Lo que para algunos es amor, en realidad es afán de posesión, de rellenar carencias. El buen amor no te apaga: te enciende, te eleva, te alimenta. El que te quiere bien no te quita, te da. No te dice “Como yo nadie te querrá” con tono de amenaza. El que te quiere bien no te necesita, te elige. Puedes vivir sin la persona amada, pero decides no hacerlo. El buen amor no te enferma, te cura.

   

Lunes con Sol, 8/4/19 (sobre un divorcio maravilloso, un concierto y algunos finales)

Un concierto

Hace unos días recogí uno de los regalos más maravillosos que me han hecho en la vida: el concierto de Zaz en Madrid, que os anunciaba en otro de mis artículos. Todavía estoy en trance. Qué voz, qué músicos, qué escenario. Qué manera de ver a alguien que disfruta el escenario al mismo nivel que tú alucinas con su garganta prodigiosa. Qué privilegio ser testigo de esa mezcla de talento y sensibilidad. Qué suerte disfrutarlo tantísimo. Me pregunto qué debe sentir esa mujer tan simpática cuando los aplausos no la dejan irse a descansar, si es consciente de que, durante un rato, nos lleva a un lugar que deberíamos visitar más a menudo. La música, amiguis, nos salva la vida. La de verdad.

Una reflexión

Me llama una amiga para contarme que su novio la ha dejado. Que no hay otra, que ella es estupenda. Que ya no está enamorado, nada más. Y ella retorciéndose en el bucle de la culpa: qué he hecho mal, por qué a mí. Como nada es casualidad, en la misma semana, un amigo me confiesa que su relación le hastía, que su novia es una tía majísima, lista de narices, independiente, interesante a más no poder, pero que él ya no quiere estar con ella. Pues déjala. Pero si no ha hecho nada malo, cómo la voy a dejar.

Y concluyo que mi amigo y mi amiga son dos caras de la misma moneda: no sabemos que nuestras decisiones dependen exclusivamente de nosotros, no de cómo sea el de enfrente, así que no podemos entender que el otro decida pirarse por algo tan simple como que le da la gana. De ahí al desastre emocional, un paso.

El divorcio

Recibo un mensaje de mi amiga Carlota desde las Américas. Hoy se celebra el enésimo juicio sobre su divorcio. Enésimo porque él siempre quiere más. Ella le mantuvo durante casi quince años, pero no le basta. Él quiere que, durante la próxima década, Carlota le pague una mensualidad porque ella gana más (normal, teniendo en cuenta que él se ha estado rascando las pelotas mientras ella curraba quince horas al día, cuidaba de los niños y le pagaba las cervecitas). No le basta el maltrato psicológico contínuo. No le basta nada a este individuo que desata mis peores instintos.

A él no le basta, pero a mí sí. Y a ella también.

A ella le basta con dormir sola, en paz. Con cenar tranquila con sus amigas sin recibir quince llamadas en dos horas. A ella le basta con pensar que este verano pasaremos muchísimo tiempo juntas, sin niños, Aleluya. Nos basta con saber que volveremos a ser jóvenes durante un mes entero, que nos iremos de bares sin hora límite, como cuando estábamos en la carrera y recorríamos Barcelona en moto. Y conocíamos a tíos guapos en los semáforos y nos besábamos con tantos como nos diera tiempo en una noche. Nos basta con tener la seguridad de que nos reiremos a carcajadas cada puto día, que se nos escapará el pis, que los lagrimones nos destrozarán el rímel. Que bailaremos hasta el amanecer y volveremos a casa con los zapatos en la mano. Que, sin quitarnos nuestros vestidos noctámbulos, comeremos espaguetis directamente del tupper, sin calentar, para después seguir bailando en el salón. Que al despertar nos lanzaremos a las calles para encontrar un brunch en el que ofrezcan Bloody Mary, que es divino para la resaca. Nos basta con que nos dé la medianoche sentadas en cualquier banco del camino entre su casa en la mía, charlando sobre lo divino y lo humano. Que comeremos pizza de una caja de cartón, en la calle, improvisadamente. Nos basta con pasar dos horas despidiéndonos en la puerta del metro porque, después de treinta años, no nos da la vida para contarnos todo lo importante, para planear todas nuestras empresas, para divagar sobre los miles de sueños que, sin duda, cumpliremos.

Lunes con Sol, 1/4/19 (sobre Idris, libros neoyorquinos y mentiras que nos joden la vida)

Nueva York es una ventana sin cortinas

Ando como una loca leyendo libros ambientados en Nueva York. En el próximo viaje que haré con Sola en Nueva York en julio incluiré algunas sorpresillas literarias interesantes y quiero estar preparada. El último que he leído es “Nueva York es una ventana sin cortinas”, de Paolo Cognetti.

“El lugar que he tratado de relatar es una ciudad muy parecida a Nueva York, pero que no es “de verdad” Nueva York. Como Nueva York, está construida sobre el granito, pero también sobre el material impalpable de la imaginación: está hecha de islas, puentes, edificios y de infinitas páginas de papel. La habitan ocho millones de personas, más aquellas que nadie se ha puesto a contar, los personajes que viven en los relatos, las novelas, los poemas.”

Me llamó la atención el título porque me recordó a “Ventanas de Manhattan” de Muñoz Molina, con el que tanto me identifiqué en su momento cuando narraba su proceso de escritura por la Gran Manzana.

El de Cognetti es un libro mezcla de guía histórica, geográfica y literaria clasificada por zonas. Me cautivó cuando, al principio de la novela, leí algo que yo plasmé en mi novela como “Esa ciudad a la que, curiosamente, siempre tengo la sensación de volver, no de ir”. Os la recomiendo si habéis ido o estáis pensando en ir a Nueva York. Y si no también.

Luther

Acaban de estrenar la quinta temporada de “Luther”, la serie policíaca que protagoniza Idris Elba. Como los de Netflix no tienen un pelo de tontos, han hecho doblete con el hombre vivo más sexy del mundo y han lanzado también “Turn up Charlie”, de la que solo aguanté quince minutos. Y mira que me gusta Idris, y mira que está tremendo, y mira que es alto, y mira que madredelamorhermoso, pero la serie, de momento, es intragable. Como no tengo palabra ni nada que se le parezca, fijo que me la zampo en cuanto acabe con “Luther”, que también ha bajado el nivelón, pero que se deja ver, y muy bien, además. Cómo lleva el abrigo este hombre, amiguis.

Como ya nos conocemos, os comento que se quita la  camisa como a los veinte minutos de empezar el primer capítulo, que es algo a lo que no nos tiene acostumbradas, lamentablemente. Ahora que ya sabes lo que nos gusta, danos más, Idris, please.

Todo es mentira

En un espléndido domingo de terraceo me comentaba un amigo muy listo que anda jodido: ha dejado su trabajo para dedicarse a su sueño. La ilusión está muy bien, pero la inseguridad, la ausencia de esa estabilidad que el resto de sus amigos tiene y que él  siempre ha visto como producto de unas creencias heredadas, ahora le afecta. Vértigo, miedo, un poco de todo. Pareja, casa, hijos. Llegar a los cuarenta sin encajar en los patrones acojona hasta al más pintado. 

“Todo es mentira”, le espeté.

Me miró con una mezcla de “Ya lo sé” y “Desarrolla eso”.

Es mentira que en algún momento llegamos a un sitio y ya está todo hecho. Es mentira que los hijos dan la felicidad si no la tenías de antes. Es más, a veces se la devoran sin remedio. Son mentira las familias perfectas de Instagram. Es mentira que el mejor de la clase es el que saca las mejores notas. Es mentira que los mejores de la clase tendrán el mejor trabajo. Es mentira que el mejor trabajo es el mejor pagado. Es mentira que puedes controlar los sentimientos de los otros, así que más te vale dejar de currarte el amor del prójimo o acabarás hecho mierda. Es mentira que eres lo que haces y vales más cuanto más haces. Es mentira que no se puede vivir del arte y es mentira que hay vida sin arte. Debemos sentir que pertenecemos a un lugar, echar de menos lo conocido, no podemos reinventarnos del todo, hay que tener un lugar al que volver: mentira. Es mentira que hay que conformarse con lo que tienes aunque no te satisfaga porque todo el mundo lo hace. Es mentira que todo el mundo se conforma, pero como los quejicas hacen más ruido, los vemos más. Qué coñazo. Los felices van a lo suyo, no te golpean el hombro con su frustración. Son mentira los todos, los nadie, los siempre y los nunca. Es mentira el amor romántico eterno. Son mentira la estabilidad y lo seguro, porque la vida se guarda manotazos inesperados ante los que solo puedes flotar. Es mentira que los que deciden no le tienen miedo a nada, se lanzan a pesar de él.

       

200 gilipolleces que me hacen inmensamente feliz

Porque nunca son suficientes y ya hacía mucho que no alimentaba esta lista.

176.Que, en menos de quince días, escucharé a Zaz en directo. Rezo todas las noches para que incluya “Eblouie par la Nuit” en el repertorio. Si lo hace, lloraré. Mucho.

177.Hablar de gilipolleces durante horas con mis golondrinas del otro lado del charco. Mandarnos fotos de tíos buenos con tatuajes. Recordarnos que, pase lo que pase, ahí nos tenemos, abrazándonos sin que importe la distancia, diciendo la palabra justa en el momento justo. Queriéndonos inmensamente. Recordarnos que este verano pasaré mucho tiempo por aquellos lares y relamernos planeando noches de pizza en Madison Square Park, cines al aire libre, libertad sin hijos, desayunos eternos, fiestas del pijama, bailes en el salón de María, manipedis a tres, picnics en Central Park que se alargarán tanto que se hace de noche sin que nos demos cuenta.

178. Este momento de la Jurado. TANTOS momentos de la Jurado. La letra de “Se nos rompió el amor”, de “Mi amante amigo”, de “Lo siento, mi amor”. Su vozarrón. Ella entera.

https://youtu.be/ZF3bEEsk-X8

180. Que hayan estrenado la quinta temporada de “Luther”. Viva Idris y viva la madre que lo parió.

181. Los morreos nuevos. Los morreos de los que no puedes escaparte. Aunque quieras. Porque no quieres.

182. Recibir a mis hijos con una bronca al llegar del cole y que me abracen diciendo “Vamos a empezar bien la tarde, mami”. Que tengan la confianza de decírmelo, la sabiduría de reconocer lo que es importante de verdad. El orgullo al comprobar que son infinitamente más listos que yo. Sus brazos agarrándome fuerte.

183. Los potingues orgánicos que huelen bien y te dejan la piel divina, como los de Ami Iyok. Especial mención a su Kombu Nectar, a base de kombucha, que lo mismo te sirve de aceite desmaquillante que de mascarilla nocturna. Ah, y su Slow Liquid, un aceite que mezclo con la hidratante Iyökbalance. Hasta el packaging es bonito, de mandera de chopo. Un gustazo todo.

184. El segundo viaje con Sola en Nueva York en julio. Conformarme con que sea la mitad de inspirador y emocionante que el que hicimos en diciembre. Las ansias de conocer a esas mujeres con las que compartiremos nuestro lugar en el mundo. La curiosidad por saber qué las ha llevado a acompañarnos. La ilusión por prepararles sorpresas. Los nervios por saber si les gustarán.

185. Los días de marzo en los que hace calorcito y te pones chanclas y las terrazas están llenas y te tomas un Trinaranjus con patatas fritas de bolsa mientras rajas con tus amigos de lo divino, lo humano y las series de Netflix.

186.Un abrazo largo, de los que hablan.

187. Los desayunos dominicales con mi pandilla de científicos, tan listos, tan guapos. Que cuenten cosas de la energía, la materia y las células. Mirarles anonadada intentando descifrar esos cerebros inmersos en fórmulas que solucionan problemas que la mayoría ignoramos. La seguridad de que conseguirán acabar con enfermedades que nos parten la vida.

188.Amanecer en El Retiro cuando no hace ni frío ni calor. Los patos nadando, tan tranquilos. Tan parecidos a los de mi otro parque de allende los mares.

189. Los planazos de cena y peli en casa con mis amigos. Con pelis de tíos buenos, de risa, de miedo. Las carcajadas cuando se les escapan al asustarse ante obviedades muy obvias. Mis hijos flipando sin entender que hace nada éramos ellos. Que, a veces, aún somos ellos.

190. El olor a pan tostado por la mañana. Untarlo con sobrasada de la buena.

191. En verano, la música que llega por la noche a mi ventana desde algún concierto, desde algún hotel donde la gente baila. Una guitarra, un piano, una canción de José José, intensa de cojones.

192. Arreglar un día de mierda escuchando “Don´t stop me now”, de Queen. Relativizar. Nada es tan grave, yo tampoco.

193. Los huevos estrellados. Con jamón.

194. Impartir mis talleres de escritura digital. Que, ante la petición popular, he organizado uno en Valencia para mayo. El de Sevilla está al caer. Que me hayan llamado desde la Escuela Europea de La Haya (sí, Holanda) para que me vaya para allá y les cuente de qué va esto que enseño. Todo muy fuerte. Todo muy por encima de mis mejores sueños. Gracias, Universo.

195. Los bocatas de foie-gras y queso que me hacía mi madre para ir al cole.

196. Las manos de mi tía Marisol, tan parecidas a las de mi madre, a las mías. Esos gestos tan sutiles y reconocibles.

197.Las palomas de Plaza Catalunya a las que me encantaba dar de comer cuando era pequeña, aunque me daban miedo. Mis hijos, a los que les encanta dar de comer a las palomas, aunque les dé miedo.

198.Que un amigo que hace tiempo que no ves te cuente que le va bien, que su vida tiene sentido, que es feliz. Fundirte con él en esa felicidad.

199.Volver a mi pueblo, a la playa de mi primer beso, a mi habitación donde aún están los pósters de Tom Cruise en Top Gun y Cocktail. Visitar a mi vecina, recordar los días interminables de piscina, que enseñé a nadar a sus tres hijos, que nos conocimos jugando con la Botilde del Un, dos, tres

200.Ver fotos de hace treinta años en las que me moría de risa abrazada a la amiga con la que hablé anoche, quererla cada día más. La seguridad de que ese amor es eterno, chispeante, sanador.

 

Lunes con Sol, 25/3/19 (sobre pervertidos automovilísticos y felicidad sobrevenida)

De coches y penes

Me contaba mi amiga Cristina que hace meses usó una plataforma para alquilar coches entre particulares. La cosa fue muy bien, lo alquiló dos veces, se sacó un dinerillo y santas pascuas. El caso es que el lunes pasado recibe un mensaje guarro en su teléfono. Guarro guarrísimo. Que si te haría esto, que si me hago esto pensando en ti, que te voy a poner mirando a Cuenca.

Pues este buen hombre que va tan cachondo se ha confundido de número, qué mal trago. No le digo nada, pobrecico, ya se dará cuenta al ver que no hay respuesta, ni fotos cochinas, ni nada.

Dos días después, más de lo mismo: qué tetas tienes, cómo me pones, vas a ver tú que bien, zascazascazasca.

Mira, chaval, que te has equivocado de número. 

Que no, que no, que tú eres Cristina, que nos alquilaste el coche a mi novia y a mí, y que si te haría esto, que si me hago lo otro pensando en ti, que te voy a poner mirando a Cuenca. Que mira qué foto más hermosa de mi cimborrio.

HOSTIAS.

Pues que me dejes de mandar estas mierdas.

Pues que sigo.

Pues que te denuncio.

Pues que sigo.

Pues que mi pareja te llama y te dice que como vuelvas a mandar un mensaje lo que van a encontrar en Cuenca son tus cojones.

Pues que paro ya, si eso.

Yo escuchaba a Cristina, patidifusa. Le pregunté si hubo tonteo cuando lo del alquiler del coche. Me contestó que si estaba loca, que allá que vino la parejita ideal, se llevó el coche y lo devolvió impoluto (aunque sabiendo lo que sabemos ahora vete tú a saber si el depravado dejó algún resto orgánico para que mi amiga se rozara con él).

Y a mí, con todo este temazo, me asaltan unas cuantas preguntas: ¿de dónde has sacado la idea de mandarle esos mensajes a alguien que no conoces y que no te ha dado NINGUNA señal de cachondismo en absoluto? Vamos a imaginar que tú te has inventado que ella te guiñó un ojo, te tiró un beso, te tocó el paquete, ¿de verdad piensas que mandarle un mensaje-pajote hará que alguien se abra de patas, por muchas ganas que tenga? Y, a partir de ahí, el problemilla de que tu novia se entere, el novio de ella te parta la cara, o publiquen en las redes tu nombre, tu DNI, tu teléfono y tu dirección.

En fin, que colgados hay en todas partes, pero que algunos se llevan la palma y son de lo más desagradables. Quería compartirlo y, de paso, si alguno de ellos me lee, comentarle que se monte las fantasías que quiera pero que no nos toque los ovarios. Chimpún.

Facebook

Soy muy fan de las redes sociales cuando se usan para bien: para estar en contacto con amigos que viven lejos,  para enterarme de eventos que me interesan o, como en este caso, para recordarme que me lo he pasado muy bien en lo que llevo de vida. Y es que el pasado domingo, día de San Patricio, la red social me contó que justo hace un año yo andaba por Nueva York, con mis amigas de allí y con Txiki, un amigo que vive en México. Rememoré la fiesta del pijama que montamos en casa de María, que Txiki nos regaló unas fotos maravillosas que les había hecho a unos niños en un pueblecito cerca de Oaxaca, que nos reímos mucho. Muchísimo.

También me recordó que hace cinco años estaba en el mismo lugar, pero esta vez con Lidia y Javi. Hacía un frío tremendo, el lago frente a Mi Puente estaba congelado y nos dio un ataque de risa cuando nuestro guapo amigo tiró una moneda al agua hielo y sonó clonk clonk clonk. Cenamos en el ruidosísimo Unión Square Café. Comimos muchos hot dogs. Vimos el musical Once, que es de lo más maravilloso de la galaxia.

En el 2017 me fui a Eurodisney con mis pollos. No me gustó nada Eurodisney. Hacía un tiempo de mierda, mis hijos se portaron fatal, acabé hasta el jilguero de tanta cola y los churumbeles concluyeron que lo que más les había molado del viajecito eran los patos del lago y la piscina del hotel. Tócate las pelotas. El último día les metí en un tren y les llevé de ruta por París. Mucho mejor. Viva Montmartre.

Hace cuatro años me fui de boda gay con mi amiga María. Bailé como las locas con docenas de tíos guapísimos, creo recordar que robé algún morreíllo, incluso. Llegué a casa con los zapatos en la mano y el rímel esparcido por toda la cara. Como debe ser.

Hace tres, andaba inmersa en mi segunda obra de Microteatro, que dirigía Manuel Velasco y protagonizaban Lidia San José y Eva Ugarte (las dos nominadas a los Feroz este año, qué buen ojo tengo). Cómo disfruté todos los jueves y viernes hasta las tantas, viendo como los espectadores lloraban de la risa. Qué gusto me daba, al acabar las sesiones, subir caminando por Fuencarral en aquel marzo caluroso, observando a los jovenzuelos que salían de marcha, recordando que yo fui una de ellos. Esperando volver a serlo cuando esto de la crianza llegue a su fin (si es que llega).

Si la felicidad es, como dice Enrique Rojas Marcos, darse cuenta de que uno está haciendo algo que merece la pena con su propia vida, concluyo, desde mi humile opinión, que algo feliz sí soy.