Ir al contenido principal

Etiqueta: Las Claves de Sol

Lunes con Sol,1 8/3/19 (sobre los chats de padres y algunos lugares mágicos)

El chat de los padres de fútbol

Ya he escrito varias veces sobre lo que pienso acerca de los chats de madres del cole, pero cuando una piensa que ya nada puede sorprenderla, llega el chat de los padres de fútbol y flipa en colores. Resulta que, por lo que sea, el pasado jueves se cambió el horario de entrenamiento y allá que lo anuncia el entrenador en ese chat que tengo silenciado por los siglos de los siglos. Nos pide, por favor, que le digamos si nuestros hijos podrán ir a esa hora. Y lo que parecía muy sencillo dejó de serlo porque un padre y una madre, entiendo que separados, decidieron exhibir sus batallas campales en nuestras preciosas pantallas. El padre, llamémosle Juan: que si el niño no puede ir porque se levanta a las seis, pero que “le han dicho” (entrecomillado por su retintín) que si no va a entrenar entonces no puede jugar y pide una aclaración sobre el tema. Allá que salta la mujer en plan “Yo no te he dicho eso, te he dicho que si Juanito falta a un entrenamiento no será convocado y blabla”, a lo que el padre contesta “Parece que Juanito irá aunque se vuelva hiperactivo por falta de sueño” y, TACHÁN, ella le contesta “De nuevo, Juan, te pasas de listo, no tomes decisiones por mí”

Imagino al resto de padres, tan flipados como yo, mirando sus teléfonos, ansiosos, para ver cuál es la siguiente salida de tiesto de este par. Lo que, en un momento dado, puede parecer incluso gracioso es, en realidad, una puta catástrofe. Si hacen eso en público, que tendrá que aguantar el pobre chaval en privado. Señores, por favor, un respeto para con los demás integrantes de chat, pero sobre todo, hacia su hijo, que no tiene la culpa de nada.

La magia.

De nuevo, el sábado me encontré con algunas de mis lectoras en uno de esos talleres que me dan la vida. Luego organizamos una charla sobre Nueva York. Laura, la creadora de ese espacio glorioso que es la librería Amapolas, y yo recomendamos algunos libros ambientados en la ciudad de mis amores, conté las maravillas del viaje con Sola en Nueva York, divagamos sobre los sueños que se cumplen y concluí, al final de la jornada, que si la felicidad es hacer con tu vida algo que tenga sentido, mi sentido sois vosotras. Por venir desde la otra punta del país para que nos echemos unas risas juntas; por regalarme sobrasadas, velas, libretas; por vuestros llantos de emoción (y los míos); por acompañarme en esta locura de escribir; por compartir lo que os remueve los entresijos; por esas ganas de abrirle las ventanas de par en par a la vida: gracias inmensas, amiguis.

El puente

El viernes me zampé “Los Inmortales” esa peli de los ochenta con banda sonora de Queen que me puede encantar. En ella vi por primera vez mi puente, mi Bow Bridge de Central Park, ese en el que empieza mi novela, que es mi Lugar en el Mundo, donde podría pasarme (y de hecho, me paso) las horas sentada con la mente en blanco, absolutamente conectada con el ansiado aquí y ahora. Al día siguiente, mi puente apareció en una peli chorras de Netflix y, por un instante, sentí que estaba allí, respirando, con los patos nadando tranquilísimos y las señoras del Uptown neoyorquino paseando a sus perritos frente a mí. Viví en mis carnes eso de que rememorar una situación genera en tu cuerpo las mismas sustancias que cuando se produjo, noté como mis telómeros aplaudían. Todos deberíamos tener ese escondrijo que no compartimos con nadie.

El cumple de Paulo

Escoger a los mejores amigos de la galaxia es uno de mis pocos talentos y Paulo, mi gallego favorito, es prueba de ello. Igor, mi vasco favorito, es otra. Nos conocimos los tres estudiando guión. Volcar, semana tras semana, tus miserias íntimas sobre un papel para luego leerlas ante toda una clase de desconocidos es empezar por el final: a los cuatro días les has visto las tripas a todos y te las han visto a ti. Rincones que, en otro contexto, tardarías años en mostrar, se exponen alegremente sobre una pizarra. Yo me enamoré de los rinconcitos de este par nada más olisquearlos. Porque ellos ven lo que hay detrás de una mirada. Son hogar, trampolín y alimento. Cinco años más tarde hemos recorrido varios karaokes, muchas risas y algunos llantos. La mitad de las terrazas de Madrid se han zampado horas y horas de conversaciones inconexas, profundas, estúpidas e inolvidables.  Ayer fue el cumple de Paulo, que se lamenta porque se acerca a la treintena, el muy cabrón. Entre su resaca desbordante por ingestión de brandy caliente y el sarcasmo deslumbrante de Igor estaba yo, adorándoles mucho, soplando mis velas imaginarias y deseando que nos queramos siempre así de bien, así de tanto.

     
lunes con sol

Lunes con Sol, 11/03/19 (sobre mujeres ilusionadas y los temazos de los 90)

lunes con sol

Cómo ser feliz

Ya os hablé de “Cómo hacer que te pasen cosas buenas“, el libro de Marian Rojas que lo está petando mucho. Normal, todos andamos persiguiendo la alegría. O deberíamos. En él recomienda otra lectura que compre ipso facto, no por su título (que no me apasiona en absoluto), sino porque la Rojas es muy lista y me creo todo lo que dice: “5 consejos para potenciar la inteligencia”, de Enrique Rojas. Diría que, entre ambos, nos regalan un resumen bastante completo de lo que es la felicidad y algunas claves para alcanzarla. “La felicidad consiste en estar contengo con uno mismo al evaluar la realidad y darse uno cuenta de que está haciendo algo que merece la pena con su propia vida”. Un factor indispensable: la voluntad, definida como “la capacidad para querer algo y poner todos los medios necesarios para alcanzarlo”. 

La voluntad es indispensable para recorrer los pasos hasta tu objetivo, ya sea ir al gimnasio, aprobar unas oposiciones, dejar a tu pareja, conservarla, pintarte unos buenos morros rojos, bloquear a ese mareador, comer sano o reamueblar tu vida. La voluntad nos convierte en nuestros dueños. Cultivémosla, porelamordedios

Ingleses rotos

O Broken English, que cantaban aquello de Do you really want me back?, que yo bailaba en una discoteca (¿o era un after?) en la época en la que mi cuerpo carecía de vitamina D porque no veía la luz del sol. Hacía mil años que no escuchaba ese tema, pero mis adorados trenes dan para mucho. Nunca era suficiente, siempre había otro garito, otra canción. Me compré unos zapatos de tacón imposible que me llevaron directa a meter los pies en el fregadero de unos baños donde la gente se drogaba mientras yo me preguntaba cómo volver a calzarme aquellos hijos de satanás tan sumamente bonitos en unos pinreles hinchados hasta límites insospechados. Usaba un pintalabios de un color marrón horrible que compartía con mi prima y que me encantaba. Parecíamos las hijas de la muerte, tan blancas, tan flacas y con aquello en los morros. Durante una temporada, aparte de ese maquillaje horrendo, me dio por hacerme dos coletas larguísimas que ataba con lazos del mismo color que mis vestidos minifalderos. Un cuadro. Un cuadro maravilloso, porque a los veinte todo es maravilloso, al menos para mí.

Boleros y cantautores

El tren no solo da para temas british y disparadores de melancolía. Me lancé sobre unos cuantos boleros mientras miraba la ventana sin hacer nada más que escuchar (que ya es raro). Joder, qué bonitos son. Esperaré, Encadenados, No.

Descubrí, también, a algunos cantautores. A pesar de que no es lo que más me gusta escuchar, me revolqué en algunas frases gloriosas. A ver si a estas alturas voy a darle a las estrofas…

Comprender que hay algunos trenes, pieles, ciertas bocas que no acaban regresando, de Marwan, en “La vida cuesta”, con la voz mexicana de Leonel García, que me gusta tanto como los tacos al pastor.

Dices que, en mitad de una cama, prometer no cuesta nada, son te quieros de ocasión, de Luis Ramiro en “Dices”. Por cierto, canta el 6 de abril en la sala Galileo. Yo voy.

Mis canciones han viajado más que yo, han besado más que yo, sonarán cuando yo no. Esta me la ha descubierto mi amigo Paulo, que es todo él sensibilidad y arte. Es de Andres Suárez en “Tengo 26”.

Los talleres. Las mujeres.

El sábado fui a Zaragoza a impartir uno de mis Talleres de Escritura Digital. No os hacéis una idea de cuánto los disfruto. No es solo conoceros, que también, es que lo que se genera en una sala llena de mujeres ansiosas de motivación, de escritura, de estímulo. La magia que se crea a la que una abre el pico para regalarnos lo que le menea los entresijos es algo muy revelador. Queremos compartir, ser parte de algo más grande que nosotras, saber que no somos las únicas, que no solo me pasa a mí. Necesitamos que entiendan incluso lo que no contamos. Seguramente arrastrábamos aún el espíritu del día anterior, 8 de marzo. Ojalá no lo soltemos en todo el año. Ni nosotras ni ellos.

Y como lo que pasa en el taller se queda en el taller, alguien se confesó sobre aquel primer novio al que quiso tanto. Tanto le quería que consiguió una muestra de la colonia que él llevaba: un sobrecito de Vorago, cuya imagen era un Don Johnson con la americana blanca remangada, todo muy de Miami de los ochenta. Abrió mínimamente aquel sobrecito y cada noche lo olisqueaba, en una cama presidida por un poster de Tom Cruise en Top Gun. Ese alguien confesó que nunca había vuelto a querer a nadie como a aquel primer novio de los quince, y que él, hace un par de años, le confesó lo mismo y aumentó la apuesta: ella fue el único oasis en una vida llena de malas decisiones. Tras la declaración, cada uno se fue por su lado, a vivir la vida real de adulto en la que no existen ya muestras de colonia Vorago. Ella le creyó. A pesar de los cuernos, de todas las mentiras que él le contó durante la adolescencia. Porque es precioso pensar que algo tan grande fue compartido. Y porque ella sabe que él no es mala persona. Simplemente, no sabía (y no sabe) decir que no. La razón de su despiste vital, de su ausencia de personalidad, de los millones de decisiones equivocadas que él sigue tomando a día de hoy darían para un libro. El por qué ninguno de los dos se ha tropezado con un amor parecido en los últimos treinta años, para otro. Y es que la vida está ahí, esperando que la escribamos.

   
Día de la mujer

Descárgate, mujer.

Día de la mujer

Lo sospechaba: vamos como vacas sin cencerro y nuestro mal tiene un nombre,  CARGA MENTAL. Lo he descubierto por un vídeo de Procter & Gamble, en el que varias parejas que declaran compartir las tareas del hogar en igualdad, proceden a intercambiarse los móviles para revisar las tareas de cada uno. Las del hombre son tres o cuatro, la mayoría relacionadas con el trabajo. Las de la mujer… AY, LAS DE LA MUJER.

Pedir cita con el pediatra, ir al supermercado, comprar el regalo de cumple, llevar a un niño al cumple, encargar los uniformes, entregar el informe del último trimestre, llamar al técnico de la lavadora, tutoría con el profe del pequeño, mandarle el correo a mi jefe, comprar libretas, comprar calcetines, reunión con el equipo de marketing, encargar el pastel de cumple, llamar al cole para que le den dieta blanda al mayor, ir al dentista, llamar a mi madre, comprar jarabe,…

La parte ejecutiva del hogar parece estar repartida en un 46% de los casos, porcentaje triste tristísimo. Pues el tema planificación está mucho peor. Está fatal de los fatales.

Ellos flipan, ellas se ríen (por no llorar). Ellos no eran conscientes de la lista interminable. Ellas tampoco, porque lo asumen como algo normal, porque la inercia histórica y vital se nos ha agarrado a los entresijos y nos convierte en autómatas. Tres de cada cuatro mujeres sufren de carga mental y la mitad ni lo sabe, porque piensa que es lo normal, porque no parece haber alternativa, porque la vida es así. Y punto.

Hablamos de una carga invisible donde las consecuencias tampoco se ven, pero se notan. Para esa maquinaria mental que tenemos en marcha desde que nos levantamos hasta que nos acostamos lo último es nuestro bienestar. Llego a todo, menos a mis horas de sueño, a mi gimnasio, a mi yoga, a mi peluquería, a mis horas de lectura que tanto disfruto, a mi comida tranquila. Y, en muchos casos, si logras sacar un ratito para darte un gusto, ataca la culpa. Mala madre, vaga, cochina. La culpa no ayuda a nada, la culpa es una mierda como un piano.

Uno de los hombres dice, al observar ese listado interminable, que “A mi me explotaría una vena del cerebro”. Pues a nosotras también nos explotan las venas y los insomnios, y los dolores musculares. Y cosas peores. El batiburrillo mental crónico degenera en depresión, en ansiedad. Y aún habrá quién nos llame histéricas. Cortisol por las nubes, estrés, enfermedades, mal humor. No tenemos tiempo de recordar que hemos venido aquí a ser felices nada más. Y nada menos.  Una mente al límite no es una mente feliz. El agotamiento físico se soluciona tumbándote en el sofá un rato, lo del agotamiento mental es más complicado: hemos de cambiar nuestra estructura: la mental y la logística.

En los horripilantes chats de madres, como su propio nombre indica, el 65% son mujeres. Otro elemento más que se suma a la lavadora mental. Todo el día recordándonos que TENEMOS QUE, QUE DEBEMOS DE. Nuestros sueños de deshacen entre malabares cerebrales y acabamos agrisándonos. No nos da tiempo a evaluar la realidad porque se nos come. No somos capaces de profundizar en nuestras vocaciones, de aclarar las ideas, porque tenemos demasiadas. No tenemos tiempo de nutrirnos, de realizarnos, de crecer, de sopesar. La voluntad desaparece en una mente sobrecargada.Y como, además, todas sufrimos el mismo mal, no encontramos un referente al que imitar para acabar con esta majaronería.

Hoy es el Día de la Mujer y, aunque cada minuto de nuestra existencia deberíamos tener presente que nos merecemos lo mejor, nos lo podemos tomar como esas dietas de los lunes, los propósitos de enero, los inventarios de cumpleaños. Vamos a repartir listados, no ya de acciones, sino de pensamientos. Entonemos un discreto mea culpa que nos recuerde que el mundo seguirá girando aunque no lo empujemos. Girará más despacio, girará a trompicones, pero girará. Ser conscientes del peso insportable de nuestro coco es el primer paso hacia la solución, como en todo. Tomar medidas es el segundo.

               
las claves de sol

Lunes con Sol, 4/3/19 (sobre Freddie, el Capitán América y el amor de verdad)

las claves de sol

Freddie

Escribo estas líneas mientras sobrevuelo el océano de vuelta a Madrid desde mi México amado. He vuelto a ver “Bohemian Rapsody” en el avión. Esta ha sido una de esas veces en las que es inevitable lanzarme sobre el teclado, no para escribir, sino para vomitar estas letras. Ojalá fuera siempre así. No voy a repetir aquí lo que ya escribí sobre Freddie y todo lo que esa película supuso para mí. Masticarla como es debido, sin la sorpresa que suponen las primeras veces, me ha hecho admirar aún más a Rami Malek. Lo contenta que me puse yo con su Oscar, la ternura que me despierta su noviazgo con Lucy Boynton. Me gusta imaginar los primeros tonteos entre escenas. Qué bonito todo.

Esta segunda vez (ojalá hubiera sido en pantalla grande), aparte de emocionarme con el talento de Malek, me ha abofeteado con una buena noticia de la que ya tenía algún sospecha: soy una tía con suerte. Con muchas suertes. La primera, que debería ser prácticamente la única que nos importara, es que tengo salud: mental y física. El resto son regalos sin demasiada importancia pero que, quieras que no, se agradecen. Uno de ellos es la capacidad de disfrutar: de la música, del cine, de los amigos, de la comida, de la escritura, del contacto con la gente que me lee y en la que espero despertar esa ilusión sin la que seríamos cuerpos inertes, piedras pómez sin gracia alguna. Antes de darle al play, leía en “Cómo hacer que te pasen cosas buenas” de Marian Rojas (lectura obligatoria) que “Si uno tiene pensamientos y recuerdos constantes relacionados con gente a la que quiere, momentos especiales, o ilusiones por las que vivir será más feliz”. De hecho, cuenta también que recordar momentos felices genera en nuestro cerebro las mismas sustancias que se produjeron cuando pasaron en realidad.

Todos deberíamos tener esos momentos gatillo que recordar cuando la vida se nos echa encima: aquel amanecer en la playa con amigos, esa canción que se te engancha en las tripas, las risas con chorrito de pis, un morreo que te dejó loca.

Con todo esto he decidido que, de ahora en adelante, mi objetivo en la vida será crear momentos deliciosos, recuerdos que hagan que las endorfinas se me salgan por las orejas.

 

El Capitán América

Confieso: a mí los tíos buenos me desatan el instinto animal y salvaje. Ante una buena tableta y unos brazos como los del glorioso Chris Evans se me nubla el entendimiento. Viendo la ceremonia de los Oscar (que hay que ver qué gusto más grande verlo en directo) solo podía imaginármelo quitándose esa chaqueta azul, y luego la camisa, y luego todo. Alguno me dirá ahora que Hay qué ver, si eso lo dijera un tío de una tía. Ya contesté aquí. El caso es que, entre el Capitán y Aquaman, yo andaba bizca. Ese Jason Momoa completamente despeinado, salvaje perdido, con su mujer al lado, que tiene una inexplicable y tremenda cara de asquito. Si yo llevara semejante bigardo pegado al cuerpo, las comisuras me tocarían las orejas. Y es que con la edad me vuelvo cada vez más superficial y, la verdad, me importa un huevo. Me fascinan los cuerpazos, las caras bonitas, las bocas carnosas, las manos grandes y machunas. Oye, que si encima es listo y buena gente, pues mejor. Pero es que yo, para mirar, solo quiero belleza. Ojalá también tocarla. A ver si se dejan un día de estos.

 

El amor, Barcelona, las chimeneas.

Ayer fui a Barcelona a comer con un amigo de esos a los que quieres desde un lugar donde hay poca gente. Hablamos de lo guapo que era Paul Newman, de sus párpados, de que me flipan los antebrazos de los tíos, tan fuertes y con venas; de que le encantan las nucas de las tías, las coletas que dejan al descubierto ese trozo de cuello suave y pecaminoso, los gestos indeterminados; de cómo podemos joderles (o no) la vida a nuestros hijos; de lo maravillosas que son las casas con chimenea. Le recordé que uno de mis deseos año tras año es tener una, y que es una pena que no haga más frío en su pueblo, porque en su casa hay chimenea, pero la enciende poco. Subir la leña a un tercer piso no acaba de ser apetecible. Le dije, varias veces, lo bonitas que son sus manos. Le confesé que me enamoré de un puertorriqueño guapérrimo que me dejó hecha mierda y que también tenía unas manos preciosas, y unos ojos preciosos, y una boca preciosa, aunque por dentro no era tan precioso. Decidimos, mirando fotos antiguas, que veinte años pasan volando, que estamos estupendos: él porque hace deporte, yo porque me lleno la cara de cremas y pinchazos. Supimos que la humanidad volverá al campo, porque lo de los móviles puede llegar a ser una mierda muy grande. Me contó que las vacas, por raro que parezca, contaminan mucho, que hay un tío que saca filetes de células madre y eso no pinta nada bien. Y él lo contaba haciendo círculos en la mesa con sus dedos. Porque él lo convierte todo en líneas con esas manos preciosas. En ese mundo futuro nosotros seríamos vegetarianos perdidos porque no podríamos matar ni una mosca, ni un ratolí. Nos quejamos del poco caliu que tiene Andorra, que no se dignan a abrir una cafetería de madera, con sillones blanditos y, de nuevo, chimenea. Las chimeneas son vida, está claro. Siempre nos quedará el hotel Hermitage, con su música sublime. Él afirmó que es el amor lo que mueve el mundo. Le di la razón, asintiendo, pensando en lo muchísimo que le quiero. No se lo dije. Se lo escribí luego. Quizás los móviles no son tan mierda. O quizás yo debería hablar más y escribir menos. Ventilamos las mierdas íntimas, que son muchas y muy malolientes. Y a él se le saltaron unas lágrimas por mis mierdas malolientes. Cómo agradecí esas lágrimas. No se lo dije. Ni se lo escribí. Lamentamos lo cortos que son esos encuentros nuestros que le dan sentido a la vida, que son la vida misma. La felicidad estaba allí, sentada con nosotros en ese restaurante vegetariano de la Barceloneta, aplaudiendo como las locas.

lunes con sol

Lunes con Sol en México (25 de febrero de 2019)

lunes con sol

Los amaneceres

Desde una terraza altísima, frente a los volcanes Popocatépetl e Iztaccíhuatl, he visto amanecer varios días en la Ciudad de México. Es lo bueno del jetlag. En pijama, té en mano, con mis amigos, tan despeinados como yo, descojonados de la risa, observando esa ciudad interminable, ruidosa, colorida y amigable. Respirando profundamente cuando mi tocayo asoma entre las montañas y nos cuenta que hoy es un día más y un día menos. Escribirlo me empuja a poner el despertador, vaya a ser que me lo pierda, no porque TENGO QUE, sino porque QUIERO. Cómo lo cambia todo un simple verbo. Voy a probar a usar el segundo a todas horas. Deberíamos ver ese espectáculo más a menudo para recordarnos que, con el amarillo deslumbrante, se nos regala otra oportunidad y podemos aprovecharla o pasar de puntillas haciendo como que esto de vivir no va con nosotros. Tengo que buscar donde amanece así de bien en Madrid, para que el Sol me recuerde que no soy eterna y me deje de hostias.

Los tatuajes

Como siga visitando esta ciudad voy a parecer un cómic. Sí, ha caído otro tatuaje. Esta vez ha sido un avión de papel en mi muñeca izquierda, el mismo que luce en la derecha mi amigo del alma. Porque, en la línea de mi vida, los viajes son perspectiva, decisiones, felicidad, libertad absoluta. Porque la distancia no es el olvido, para nada. Porque deberíamos volar más a menudo. Porque hoy estoy aquí y mañana quién sabe. Porque es mejor andar por la vida ligeritos, por dentro y por fuera.

Los huevos

He descubierto el plato perfecto, cómo puede ser que no se me hubiera ocurrido antes. Tortillas de maíz, frijoles machacados, huevo frito, aguacate y cilantro. Hay qué ver, qué facilito, con todo lo que me gusta. Para rematar: batido de mango, nuez y yogur. Lo importante que es parar a pensar cuales son las gilipolleces que le hacen feliz a uno. Voy a darle vueltas para inventar más comidas, tan gloriosas como esta. Me veo comiendo Cola Cao con croquetas y acelgas.

Las mujeres

Nada es casualidad y justamente esta semana se celebraba aquí la Advertising Week Latam (AWLATAM para los amigos). Mil conferencias y ponencias sobre publicidad, mundo digital, etc. Y mucho hablar de mujeres, de cambios, de igualdad. No sé si para bien o para mal, pero la cosa no cambia demasiado a ambos lados del océano. Quizás en España ya tenemos asumido que lo normal (o habitual, o común) sea que las chavalas deambulemos sueltas por el mercado laboral y aquí andan un pasito por detrás, pero por lo demás, todo clavado: el síndrome de la impostora, los micromachismos, los macromachismos, el hacer el doble para conseguir la mitad. Y un mensaje unánime de todas las mujeres que hablaron: como no te lo creas tú, no se lo va a creer nadie, así que ya sabes, arriba tus ovarios. Todo muy inspiracional, hasta se me saltó alguna lagrimilla. Mi propósito: ser ponente en AWLATAM el año que viene. Para contar lo que es la escritura digital. Para empujar a muchas a que se pongan el mundo por montera y se enteren de lo fabulosas que son . Chimpún.

Las trajineras.

Amiguis, amiguis, amiguis: cómo es posible que no hubiera yo ido a las trajineras de Xochimilco (sí, ya hemos hecho mil chistes absurdos y guarros con el nombre). Os cuento que las trajineras son unas barcazas de colorines donde se meten unas veinte personas y navegan por una especie de canales de lo más… folclóricos. Algunas trajineras llevan mariachis, otras puestos de comida. Cada trajinera está llena de música y gente liándola parda, cantando, bailando. No van a motor, no, pa qué. Las conducen unos chavales clavando unos palos enormes en el fondo de los canales (así tienen los brazos). El caso es que se chocan unas con otras, se atascan, todos gritan, se saludan. Divertidísimo, queridas. Bailé como las locas. Canté a Camilo Sesto, a Gloria Trevi, a Yuri. Que viva el karaoke acuático.

Las lectoras

Tras recibir varios mensajes de lectoras mexicanas, organicé un cafecito con algunas. Allá que vinieron un ramillete de tías simpatiquísimas. Lo que nos reímos planeando una base de datos internacional de mareadores, de malos folladores. Con qué velocidad nos animamos a contar nuestras historias, como la de aquella chica que acababa de dejar a su noviete porque este le sugirió que se relajara con lo del empoderamiento. En su conversación salieron expresiones como “Señor feudal” y “nuestras abuelas estaban más calladitas”. Y nada, que la fabulosa lo mandó a tomar por el jander ipso facto y se vino a tomar unos cafés más ancha que larga. Otra, tras dedicarse al mundo de la comunicación, acababa de reinventarse y ahora es sumiller. Una divina. Lidia, española, vive aquí desde hace solo cuatro meses. Con treinta añitos ya ha vivido en Hong Kong y Sidney. Y lo que le queda. Cuánta sinergia, cuanta alegría y cuánto humor. No puedo estarle más agradecida a la vida por conocer a tanto portento.

Felices cuarenta y seis.

Cuarenta y seis y fabulosa, que diría nuestra amada Samantha Jones. Como os contaba hace unas semanas, decidí celebrar otra vez mi cumple por tierras mexicanas. Porque quería que la rutina no asistiera a mi celebración, porque me gusta colocarme en punto muerto para empezar un nuevo ciclo, porque aquí me lo paso tan, tan, tan bien y porque en esta ciudad tengo amigos de esos que te cambian la vida. No sé si os pasa, pero a mí me da por realizar inventario vital cada vez que le doy una vuelta al Sol. Y en mi recuento, aunque haya epígrafes que tachar, salen ganando los que subrayo en fosforito. Subrayo esa cuarta edición de mi novela, mi viaje con Sola en Nueva York y esas quince tías a las que nunca olvidaré (que por cierto, repetimos en agosto, ya os iré contando), los pasos de cebra madrileños con mis frases impresas, los talleres de escritura digital que tanto disfruto y que me dan la oportunidad de conocer a algunas de vosotras, las risas interminables con mis coleguis, mi columna semanal en El Español (porque yo siempre quise ser columnista), la ilusión por nuevos proyectos que superan con creces cualquiera de mis muchos sueños. Ahí sigo, en la persecución incansable de la felicidad, en la búsqueda de mi lugar en el mundo. Felicidades, querida yo. Gracias por acompañarme.

     
lunes con sol

Lunes con Sol (18 de febrero de 2019)

lunes con sol

Ciudad de México

Llegué aquí hace un par de días y es como si nunca me hubiera ido, estoy en casa. Sin duda, si mis obligaciones no me anclaran a Madrid, viviría aquí la mitad del año. Por su clima maravilloso que ni frío ni calorazo, por su comida, por su riqueza cultural. Porque aquí tengo una pandi de majaras maravillosos con los que me río a más no poder. Es llegar aquí y siento como paso de estar alienada a estar alineada. Hay algo en nuestro imaginario, vete a saber qué, que nos expulsa de unos sitios y nos ancla a otros.

 lunes con sol

Un tren

La semana pasada fui a Barcelona. Bendito AVE. Junto con el tampón, la fregona y la lavadora, es mi invento favorito. Al entrar en el vagón, una señora, parada de pie, atascaba el pasillo. Miraba su billetito del El Corte Inglés, miraba el pequeñísimo cuadradito donde figuran el número y la letra de asiento y volvía a su billetito. Dejó hueco para que pasáramos los varios pasajeros que observábamos la escena. Pasé. Ella seguía allí, sin cambios. Retrocedí. Señora, ¿necesita ayuda? Es que no veo, no sé dónde está el asiento 4B. Está allí, la acompaño. Así de simple. Cuánto podía haber pasado allí aquella mujer, peleándose con los números y las letras, es un misterio. Cuántas personas pasaron por su lado sin tan siquiera plantearse que quizás podían participar y así solucionar: bastantes. Y que conste que no es por echarme flores. Seguramente he vivido esa misma situación otras veces y he andado tan ensimismada en mis propios saras que ni he reparado en las señoras y señores perdidos. Quizás es algo a reflexionar: nuestra lavadora mental, el contacto con el exterior, no sé.

 lunes con sol

Se me olvida

Young girls. Se me había olvidado lo mucho que me gusta este tema de Bruno Mars. Se me había olvidado que me apasiona Bruno Mars, que no tiene una sola canción que no sea inmensa. Qué bestia parda. Y en ese tren, mientras volvía a Madrid desde Barcelona, tras comer con un amigo al que adoro, con una melancolía de esa raras, en las que sientes que eres la porción de pizza que se separa del resto y el queso fundido no te deja ir en paz, escuché sin orden ni concierto mis listas de Spotify y me sorprendí con ese temazo agarrado a las tripas. Le siguió Mediterráneo, claro. Porque a veces se me olvida que yo también nací allí y que amontonado en tu arena guardo amor, juegos y penas. Le siguieron un chorro de temazos de los 80 y los 90 que me llevaron a mis hombreras, a mis tupés, a mis años de universidad en los siempre volvía de día a casa con los pies reventados, a mis compañeras de clase con las que lloraba de risa cada lunes mientras nos contábamos la sarta de gilipolleces en las que habíamos ocupado el fin de semana. Volví a la diversión sin límites, a la ausencia de responsabilidades, al solo reír y solo bailar. Y solo besar. A cualquiera, qué más da. Qué importante encontrar esos interruptores que nos llevan a lugares que visitamos poco. No quiero olvidarme más.

lunes con sol

Un sueño majara

No quiero dármelas yo de brujilla, más quisiera, pero como os conté el lunes pasado, lo de las causalidades en mi vida es como para escribir un libro. O dos. El caso es que, antes de anoche tuve un sueño: yo había escrito un musical y el protagonista era el cantante de un grupo de los 80 con el que tengo una historia muy especial (nada sesuá). Yo observaba los ensayos del musical desde un balcón que rodeaba la sala principal del teatro cuando aparece un chico moreno y comenzamos a hablar

Tú eres de mi pueblo, de Lloret.

Ya decía yo que me sonabas de algo.

¿Cómo te llamabas?

Carles no sé qué.

Me quedé pensando en mi sueño que ese no era su apellido real. No me sonaba para nada. Este me miente y no sé por qué. El Carles al cabo del rato, o en otro ensayo o yo qué sé porque en los sueños lo del tiempo no queda nada claro, empezó a tocarme la mano, a tontearme como muy sutilmente. El Carles me encantaba, porque era guapo a rabiar.

Cuando ya iba a terminar el sueño, recordé su verdadero apellido. Pongamos que es Pujol. Me desperté alucinando conmigo misma y colgadísima del Carles. Juraría que ese chaval existió, que se llamaba así, que era de mi pueblo, que ni siquiera lo conocía como para saludarle y que era de la pandilla de guapos tres o cuatro años mayores que nosotras que nos hacían babear. Llamé a Luisa, mi amiga de la infancia. Tía, dime que existe un tío que se llama Carles Pujol, moreno y que nos gustaba de pequeñas. Sí, claro, el hermano del Francesc, que curraba en la radio local. Le vi hace un par de años, sigue guapo.

Le busqué en Facebook. Allí estaba la misma cara con treinta años más, los que hace que no me cruzo con él. Probablemente si lo hubiera hecho, no le habría reconocido ni recordado su nombre. Pero los sueños son así. Por qué ha aparecido, qué significa esta majaronería: ni puñetera idea. Quizás tenga algo que ver con que me planteo pasar el verano en mi pueblo, cosa que no he hecho desde hace tres décadas A lo mejor el universo me está empujando en la dirección correcta, esa que ha provocado que, tras muchos años despegada del sitio donde crecí, me esté acercando al Mediterráneo otra vez. Nada es casualidad.

lunes con sol