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Etiqueta: Las Claves de Sol

Sobre pellizcos en el alma, inspiración y Milena Busquets

El miércoles pasado, Milena Busquets presentaba en Madrid su último libro, un recopilatorio de artículos llamado “Hombres elegantes y otros artículos”. Milena Busquets es verdad, es ligera, es deslumbrantemente frívola, es inteligente. Posee una peculiar naturalidad extra elegante, es intensa y para nada dramática.

Me enamoré de sus letras con su segunda novela “También esto pasará”. Fue uno de los tres libros que me acompañaron mientras escribí “Algún día no es un día de la semana”. Cada uno de ellos tenía un propósito claro: “Noches sin dormir”, de Elvira Lindo, me paseaba por Nueva York; “No me dejes” de Màxim Huerta, me devolvía al fondo cuando aparecía mi tendencia de ir a la superficie; Milena era mi espejo, mis tripas, mi GPS.

Hay gente a la que admiras por lejana, por distante. No es el caso: Milena tiene mi edad, es de Barcelona, tiene dos hijos, es soltera, pasa los veranos en esa Costa Brava en la que yo crecí, va en chanclas, va despeinada. Yo escribiría como Milena si fuera capaz.

Ella desgaja mis recovecos cuando escribe “a veces lo único que nos separa del desastre absoluto son unas uñas pintadas de rojo”. Fija un norte cuando afirma que “A mí me gustan los tíos que me dan ganas de ser  más lista de lo que soy. Normalmente me dan ganas de ser más tonta”.  Porque después de eso no hay duda de donde debes colocarte ante tu próximo contrincante amoroso. Otra cosa es que decidas desviarte y joderte la vida.

Leerla me coloca en un lugar del que nunca debería moverme, al menos creativamente. Dos capas por debajo de la piel, donde no hay adornos. Donde las historias se me agolpan entre oreja y oreja. Las mías y las de otros, y las que no existen, pero quiero que existan. Me siento en la silla correcta para contemplar la realidad y también para contarla. Vuelvo a enamorarme de todos mis novios. Me siento con mi uniforme en el pupitre del colegio, huelo las mimosas del enorme patio y abrazo a mis amiguitas. Soy mejor madre. Estoy más triste y soy inmensamente feliz. No me queda más remedio que contarme las verdades, aunque me jodan, precisamente porque joden. Se me sale la vida por las orejas.

El caso, y volviendo al momento de la presentación de su libro, es que mi admirada escritora y yo nos seguíamos en las redes hace años. En una ocasión me envió un mensaje “Cuando vengas por Barcelona tomemos un café”. Al borde del colapso me quedé. Cuando admiro, admiro salvajemente. Ella desapareció del mundo virtual. Contó en la presentación que algunos la insultaban y decidió que aquel no era su lugar. Cabrones asquerosos (esto lo digo yo, no ella). Cuando terminó su charla, me acerqué para que me firmara el libro. “Mujer, por fin nos conocemos”, dijo Milena. Y yo sentí como se me saltaban los ojos de las órbitas y el corazón de como se llame el sitio donde se ubica. Y charlamos un ratito. Y me dijo que quería leerme, y yo le regalé mi libro, y le marqué las páginas en las que la menciono a ella y a su madre. Y salí de aquella librería con una emoción tan bestia que hasta me pesaba. Mientras caminaba, resolví lo suertuda que soy por entusiasmarme tanto ante sus letras, por disfrutar como una majara con algunas voces, por el cariño inmenso hacia mis amigos e, incluso, por esas cicatrices que dejaron en mí algunos arañazos.

Hay gente que te pellizca el alma sin saberlo, que enciende la mecha de eso que quieres ser, que es el después de un antes insulso. Amémosles sin mesura.

El miedo al cambio: una mierda gigantesca

Hasta ayer no había visto la nueva campaña de Adecco, “Tu propósito”. Os lo dejo por aquí, mucho mejor que lo disfrutéis a que os lo cuente.

Ya he escrito mil veces sobre la felicidad, sobre la necesidad de tomar decisiones que nos lleven hacia nuestro objetivo en la vida, de la urgencia de conocer cuál es ese objetivo. Vivimos sumergidos en toneladas de información y, sin embargo, o precisamente por ello, andamos desconectados de esto que somos, de nuestros Pordentros. Tenemos a un click las realidades de personas que se dedican a los asuntos más variopintos; que lograron su sueños; que han convertido los viajes, las magdalenas o la música en su medio para subsistir. Podemos investigarlos, seguir su plan de principio a fin, incluso preguntarles por él. Pero nuestras creencias o, lo que es lo mismo, nuestros miedos, nos dejan ciegos y sordos. Y un poco gilipollas.

Eso es muy difícil.

Yo no soy capaz.

De eso no se puede vivir.

Ya estoy bien como estoy.

Tampoco estoy tan mal.

Todo el mundo vive así.

Cien mil excusas para no admitir la realidad: TENEMOS MIEDO.

Miedo a la soledad y por eso no abandonamos una relación que se murió hace milenios. Miedo a lo desconocido, así que no cambio de ciudad, de trabajo o de amigos que no lo son. Miedo al qué dirán y no salgo del armario, me tiño el pelo de azul o me tomo un año sabático. Miedo al fracaso, mejor no lo intento. Miedo al compromiso. Miedo al dolor. Miedo a pensar, a replantear, a decirlo en voz alta porque entonces esto será una realidad y la realidad me aplastará. Pero es que ya te está aplastando, lo que pasa es que te has acostumbrado al peso.

Cuentan en Adecco que tres de cada cuatro españoles no han alcanzado su propósito laboral. Añado dos observaciones: muchos no saben ni qué es eso del propósito, no tienen ni idea de que uno es libre de definir aquello a lo que se va a dedicar. Lo segundo: el propósito laboral no es un cajón apartado de la vida misma. Somos uno, con una vida, con un cuerpo, con un alma. Es imposible remover una zona sin que las otras tiemblen.

Nuestros valores son exactamente los mismos en la habitación de la familia, en la de los amigos, en la del trabajo, en la de la pareja, en la de nuestra gloriosa soledad. La mayoría no paramos a pensar qué es eso que refleja nuestras convicciones más importantes, nuestros intereses, nuestros sentimientos. Piloto automático y a tomar por el jander. Pero si queremos paz, queremos paz desde que nos levantamos hasta que nos acostamos. Y lo mismo pasa con el entusiasmo, la honestidad, la libertad, la lealtad y una larga lista que nos convierte en seres únicos, satisfechos y plenos. O no, si nos pasamos los días ignorando lo que es importante para nosotros.

Mis valores desembocan en pensamientos y, de ahí, a la parte visible: lo que hago. Si lo que hacemos se arrea de hostias con lo que creemos, mal vamos. Si ni siquiera creemos: desastre total. Vacío, insatisfacción crónica, ajco supino.

Con suerte, llega un hostión tal que espabilas y te ves obligada a saltar de la rueda de hámster. Un despido, un divorcio, una depresión, una enfermedad provocada por tanta jartura. Ahora sí que no me quedan más narices: quién soy, qué me gusta, quién quiero ser, hacia donde voy, cómo llego hasta allí. Me un da miedo tremendo, pues lo haré con miedo.

Ojalá no fuera necesaria la debacle previa a la reacción. Ojalá cada mañana nos levantáramos con un para qué vital claro y cristalino. Ojalá tuviéramos el valor de preguntarnos todos los días si nos gusta la película de nuestra vida, si nuestro personaje es fruto de nuestras decisiones o de las de otros. Ojalá nos hubieran enseñado que ese guión es cosa nuestra y que nunca es tarde para reescribirlo.

las claves de sol

Del estrés positivo y la importancia de un buen par de tetas

las claves de sol

Las necesidades y las tetas.

El otro día una amiga me contaba que no entendía por qué su madre, con 70 años y tras una mastectomía, se iba a reconstruir el pechamen. Qué necesidad, a esa edad, otra operación más. Y es que tendemos a pensar en la edad como algo independiente de nosotros, pero no de los demás. Yo quiero sentirme bien con cuarenta y seis, igual que con veinte, o quizás más. Y si continúa esta tendencia, a los setenta me ocuparé aún más de mi persona. Pero cuando hablamos del de enfrente no nos damos cuenta de que ahí dentro hay ilusión, ganas de renovarse. Porque el partido termina cuando suena el pitido final, nunca antes. Y así debe ser. Y esa madre de setenta está convencida de que será más feliz con su par de hermosas tetas, ni más, ni menos. Y si con treinta, con cuarenta o con ochenta decido tener las tetas más grandes, me someto a un aumento de senos. Si eso es algo superficial o no, a nadie le importa. Seamos libres para descubrir cuales son nuestras necesidades, qué es lo que es importante. Tener tetas, aprender a meditar, correr una maratón, vivir en el campo, vivir en Nueva York, hacer un safari, adelgazar diez kilos, engordarlos, un tatuaje, nadar desnuda en el mar, tomar una cerveza fría. Que eres tuya, solo tuya.

Vogue Business

Gloria al cielo, Aleluya, que al fin una revista femenina incluye una sección de negocios. Sí, amiguis, por fin se han dado cuenta de que, para comprarnos bien de potingues y bien de trapos, tenemos que trabajar y, de hecho, lo hacemos. Como las loquis, además.  Os animo a que le echéis un ojo a la web porque encontraréis artículos la mar de prácticos: información sobre becas, consejos para emprendedoras, o cuál es la importancia de poseer una marca personal son algunos de los temas que encontraréis. No, Vogue no me paga, más quisiera. De hecho, me cobra, pero es que me ha dado una alegría muy grande esto de que nos traten como a seres productivos y no meramente ornamentales y tenía que compartirlo.

El estrés positivo

Cada miércoles, a las 21.30, hago un directo de Instagram tratando temas que vosotras me habéis comentado en alguna ocasión. Esta semana tuve un invitado muy especial: Ángel López. Mi Tru, mi amigo del alma, que dejó su trabajo de ejecutivo agresivo para estudiar psicólogia positiva, educación socio-emocional y que, entre otras actividades, ahora se dedica a impartir talleres sobre estrés positivo. En el directo, aparte de descojonarnos vivos con mis anécdotas, hablamos de la importancia de estar presentes para diagnosticar inmediatamente cuando vamos a dejar que las emociones nos gestionen en lugar de gestionarlas nosotros. De lo importante que es entender cómo funciona nuestro cuerpo y nuestra mente para poder manejarnos y no dejarnos manejar. Porque nos pasamos la vida aprendiendo a conducir, a hacer funcionar la lavadora, a trabajar con programas informáticos, pero no tenemos ni puñetera idea de qué hacer con esto que somos.  Hablamos de un libro llamado “Por qué las cebras no tienen úlceras”, que me pienso leer ya mismo. Y es que la cebra se estresa cuando ve al león, porque tiene que salir por patas y necesita ese caudal de sangre asalvajao que provocarán la adrenalina y el cortisol. La cebra corre como las locas para salvar su vida y, cuando el león atrapa a una de sus compis, ella y el resto del rebaño se relajan inmediatamente. Pasean y pastan. La cebra al hoyo y el resto al pasto. No se calientan el tarro pensando lo que podría haber pasado, si mañana volverá el león. Y es que quizás el león mañana tenga ganas de ciervo o de jirafa, para qué martirizarse. Yo, desde que escuché todo eso, solo quiero ser cebra.
lunes con sol

13/5/19. Sobre la marea rosa y la importancia de ponerse triste (a veces).

lunes con sol

Qué van a pensar de mí.

No hay taller de escritura en el que no asome el maldito “Qué van a pensar de mí”. El del sábado pasado no fue una excepción, básicamente porque no hay día en nuestra vida en el que ese pensamiento de mierda no nos golpee la nuca. Qué me pongo. Qué digo. Cómo me peino. Qué no digo. Mejor no escribo. Mejor no opino. Mejor digo que sí a todos. Voy a hacer lo posible para no disgustar a nadie, qué más da si la disgustada soy yo. Intentaré que llueva a gusto de todos, seré su paraguas, ya me mojo yo. No protestaré demasiado, vaya a ser que alguien se ofenda. Me dejaré arrastrar por los estereotipos y nunca iré contra corriente, que eso es de locas y estar loca es algo horrible. Seré normal, signifique lo que signifique, por más que el aburrimiento me achicharre. Me importará lo que todos, incluso gente que ni conozco, opine sobre mi vida. Viviré la vida que alguien, que no conozco ni sé quién es, diseñó hace dos mil años. No me reinventaré, porque me van a criticar. No gritaré “Y a ti qué coño te importa”, sería una falta de respeto.

Solo una cosita, queridas: NO SOMOS ETERNAS.

La Marea Rosa

El domingo caminé la Carrera de la Mujer. Y digo caminé porque eso es lo que hice: pasear tranquilísima junto a mi amiga Juana, disfrutando de esa marea rosa demoledora que recorrió Madrid para recordarnos que juntas hacemos magia de la buena. Paré, como manda la tradición, en La Mallorquina, para zamparme una ensaimada que el camarero, más que entregarnos, nos lanzó cual frisby. Está claro que vamos allí por lo buenísimos que están los bollos, porque hay que joderse con el servicio. Pero en fin, a lo que íbamos: qué subidón formar parte de algo más grande que una misma. Qué ilusión ver a tanta gente apostada a lo largo del recorrido con carteles de ánimo, aplaudiendo, reafirmando lo rematadamente fabulosas que somos. Cuánto me acordé de todas las amiguis que me leen y me escriben mientras luchan cuales salvajas para curarse. Qué conmovedor ver las camisetas color rosa chillón cubiertas con fotos, con los nombres de las que, a pesar de no correr, estaban allí con nosotras. Y nosotras allí por ellas. 

La tristeza. La paz.

Después de terminar mi Caminata de la Mujer llegué a casa, los niños estaban jugando en casa de un amigo, era domingo. No tenía brunch planeado, ninguna peli nueva que me apeteciera. Mil cosas por hacer, tanto en casa como frente a esta pantalla. Ningunas ganas de ponerme al tajo.

Mientras pateaba la Gran Vía con otras treinta y seis mil mujeres, un amigo me mandó un mensaje. Había visto esa marea rosa en mi Instagram: “Hay que ver, no paras, que te gusta un sarao”. Tampoco es para tanto, pensé yo. Hasta que analicé mi última semana, mi último mes, mi último año y porque del resto no me acuerdo. No paro, es un hecho. Y paré cinco minutos, tirada en mi cama, sin ordenar armarios, sin planear mi agenda, con esos nueve kilómetros pegados a las patas, con las tantas horas del taller del sábado en la sesera, con el cansancio normal de estas jornadas maratonianas. Y algo parecido a una tristeza milimétrica me pellizcó. Hostias, que mi cuerpo y mi coco están tan aferrados a esta inercia que, cuando freno, en lugar de relajarme, me entristezco. O eso creo, o yo que sé. Cuántas me preguntáis cómo soluciono mis bajones. Cuántas veces he contestado que con mi música, con mis amigos y con un puñado de perspectiva. Ayer decidí que no hay nada malo en bajar el entusiasmo junto con las revoluciones, que no iba a hacer ninguna llamada para distraerme, que Celia Cruz se quedaba calladita y que quizás debería plantearme más a menudo que lo que una necesita para equilibrarse anda por aquí dentro. Que hay que mirar en los cajoncitos del alma para decidir qué tiramos, qué ordenamos y, algo aún más importante:  qué asuntos nuevos vamos a meter ahí. Y no porque necesitemos novedades, sino porque las queremos. Nuevos amigos, aficiones nuevas, más viajes, más lecturas, más canciones, muchos más besos, aún más ilusión: puedo vivir sin todo eso, pero no me da la gana.

   

#LunesConSol, 6/5/19, sobre picores vaginales y el Día de la Madre

Los picores de ahí abajo.

Has leído el título y has pensado DIOSMÍO, QUÉ COSA MÁS HORRIBLE. Normal, porque lo es. Lo que voy a contar le pasó a mi amiga Estrella la semana pasada, pero le podía haber pasado a cualquiera. Cualquiera con vagina, se entiende.

Nada que no sepáis: aquello empieza a picarte, a arderte, a provocarte ganas de sentarte en una cubitera, de pedir una epidural, de arrancártelo de cuajo. Venga, que no eres nueva, un ovulito contra los malditos hongos y listos. O no.

Esto empeora. No puedo caminar. De ponerme bragas, ni hablamos.

Me voy a urgencias, pensó Estrella, porque esto es urgente. Esto es lo más urgente del mundo. Apártense, accidentados, que lo mío es muchísimo peor que lo vuestro.

El precioso momento de la preguntita “Sí, cuénteme, qué le pasa” solo hace que mejorar cuando el que lo pregunta es un bigardo buenorro. Qué bien todo. Venga, como una tirita: un, dos, ¡tres!

Tengo la zona vaginal inflamada y con mucho picor. Todo con mucha finura y educación. Jeto inexpresivo. Como si no le estuvieras hablando de tu coño. Como si no le estuvieras diciendo que ahora mismo tienes el coño como una hamburguesa: hinchado, deforme y ardiendo.

Él que asiente y sella cuatro papelitos.

Al fondo del pasillo a la derecha, sala de espera, te llamarán.

Y no quieres mirar los papelitos por lo que pueda poner, que bien podría ser “Le pica aquello que no es normal”, “Diosmío la que debe tener ahí liada”, o “Dadle algo que, aunque intenta disimular, se le están saliendo los ojos de las órbitas”.

Te llaman con tu nombre y tu apellido: Estrella Sanchez, pase. La ginecóloga te vuelve a preguntar por los síntomas. Venga, que es precioso esto: inflamación, picor, ardor, me quiero morir, no puedo más, deme algo, acabe con  este sufrimiento, ampute si es necesario.

Quítese las bragas. Despatárrese. (No es lo que dicen, pero es  lo que oyes). Y lo haces sin pensar, porque solo quieres acabar con aquello.

Y cual es tu sorpresa cuando la ginecóloga, mirándote el jilguero, espeta un claro ESTO NO ESTÁ HINCHADO.

Mira, no me jodas, ¿pero cómo lo tienes tú? ¿Qué tipo de bestialidades observas sobre este potro? Porque yo, desde aquí arriba, veo cosas que no sabía ni que tenía. Lo de dentro ahora está fuera. En el rato que hace que no lo veo, de hamburguesa ha pasado a solomillo. ES COLOR BURDEOS. Y no hay úlceras, continúa la señora antipática. A ver, tía, que te he dicho que me pica, no que me haya restregado contra una motosierra. Insisto: ¿pero tú qué tipo de deformidades ves aquí? Esto está normal.

Y además hay una cosa blanquecina que no me deja ver. Y te enseña, con cara de angustia, el pato ese con el que te abren aquello, sin atisbo alguno de sensibilidad o empatía.

Sí, ya le he dicho que me puse un Ginecanestén.

Mire usted, señora, que no he venido aquí para que me riña o niegue la evidencia. ¿Va a ayudarme o esperamos a que me explote el solomillo?

El caso es que la ginecóloga, sumamente desganada, le recetó a Estrella bien de Blastoestimulina por dentro y por fuera. Estrella se volvió a casa cabizbaja y me consta que, una vez su zonas bajas retomaron el tamaño y la tonalidad habituales, se ha hecho una foto para poder mostrarlo en su próxima visita al gine. Por aquello de tener una evidencia gráfica de lo que es normal, un algo con lo que comparar.

El Día de la Madre

Cambiamos de tercio radicalmente, gracias a Dios.

Ayer, 5 de mayo, fue el Día de la Madre. Anteayer, sábado, yo había quedado con mi amiga Asia para ir a desayunar. Su suegra estaba de visita y se podía quedar con el bebé. Sol, tía, no puedo con las ganas de rajar, de reír, de que nos contemos. 

Me despierto a las 9.30 y veo un mensaje de Asia. No puede venir a desayunar conmigo, la nena está malita hace días, llevan sin dormir ni te cuento. No puedo con mi vida. Lo siento, amigui.

Y me supo fatal por Asia. Y recordé una cena la semana pasada, con mi panda de No Madres, y sus risas cuando les contaba que hace unos días me bajé en pijama a la cafetería de debajo de mi casa porque no aguantaba más a mis hijos. Las entiendo, porque como dice Nuria Labari en su último libro “La maternidad es un cuchillo sin empuñadura: imposible agarrarlo sin clavártelo”. No te puedes imaginar cómo es hasta que la experimentas. Por eso mis amigas se reían y yo no. Una podría pensar que el amor maternal todo lo puede, que ese plan de desayuno frustrado no duele porque el quedarte al lado de tu nena es la felicidad suprema. Pues no. Te jode, te jode lo más grande, porque ese desayuno es oro puro, es la libertad, es el volver a ti durante hora y media, es el encontrarte con alguien a quien echas mucho de menos y que no es tu amiga, sino tú misma.

El sábado mis hijos estaban con mis padres y no pude evitar contrastar el momento de Asia con el mío. Sin duda, me quedo con el mío: con mi día de yoga, de brunch, de lectura en silencio, de ducha tranquila, de mascarillas mil, de charla telefónica de dos horas con mi Golondrina de Nueva York. De paz y felicidad absolutas. Y no, no me siento culpable por pensar así. Lo contrarío me parecería, por decirlo suavemente, raro. Sin suavidad: mentira.

Comienzo el Día de la Madre en soledad, frente a mi Cola Cao, mi vela de vainilla, un silencio solo interrumpido por lo último de Vanesa Martín, el sol que entra por mi preciosa ventana y esta pantalla que compartimos vosotras y yo. Esta tarde mis pollos y yo nos celebraremos viendo la última de “Los Vengadores” y zampándonos un Big Mac. Mientras tanto, me reafirmo en la necesidad imperiosa de ser dueñas de un tiempo para escucharnos, para recuperar a esa que éramos antes de ser las madres de alguien y que la responsabilidad nos devorara, para pensar, para soñar sueños que son solo nuestros.

     

Lunes con Sol, 29/4/19 (sobre Sant Jordi, Nueva York y bibliotecas que salvan vidas)

Los juguetes de Laura

Mi amiga Laura es un no parar de maravillas: lo mismo te baila un tango, que te arregla el coche, que organiza un cumpleaños para quince niños y se los lleva a dormir en tiendas de campaña, que se disfraza de pornoenfermera para sorprender a su novio. Una fenómena paranormal, mi Lauri. Yo, que siempre he tendido a lo básico en esto de las sexualidades, descubro todo un mundo en cada cena con ella. Lo último es que, disfraces aparte, se ha hecho con un arsenal kit de juguetes sexuales. Ella, la Sherlock de Google, ha encontrado una web, sexydream.es, donde lo mismo te compras un traje de policía erótico-festiva, que con con una barra de pole-dance, que con el vibrador más moderno del mercado. Yo de momento le he echado un ojo y la cosa promete, ya os voy contando.

 

Sant Jordi

Ya lo decía Renard, “Cuanto más se lee, menos se imita”. Aplicable tanto a la escritura como a la vida. Cuán necesario es encontrar nuestra voz, quiénes somos, independientemente de las circunstancias, de quién nos rodee. Los que somos lectores desde pequeñitos sabemos que hay libros que nos marcaron, pero no creo que alcancemos a imaginar cuán importantes fueron para construir esto que somos. “Mujercitas”, “La historia interminable”, “Esther” definieron las raíces de mi presente, como persona y como escritora. Mis sueños, mis deseos y el mapa de mi vida se dibujan gracias a lo que he leído.

Hagamos que nuestros niños lean, para que sean felices, para que las vivencias de otros se les filtren, para que aprendan que hay otros mundos en este. Que hay infinitos mundos. Que la curiosidad de descubrirlos pueda más que el miedo a lo desconocido. Ensanchemos su planeta y el nuestro. Abrámosles la mente más allá de las puñeteras pantallas. Convirtámoslos en seres libres. Seámoslo nosotros.

Sepámonos capaces de escribir nuestra propia historia, ya sea en la cotidianidad como en el papel. Las decisiones valientes no son exclusivas de nadie. Nadie nace con el mapa hacia la plenitud bajo el brazo. No hay ningún gen privativo de los que se sientan en esas mesas de Sant Jordi en las Ramblas a firmar libros que ya no son solo suyos, que son de todos. Soñar es gratis. Escribir no tanto, pero ningún esfuerzo es demasiado cuando la recompensa es la felicidad más absoluta.

Nueva York

Qué os voy a contar que no sepáis sobre mi amor hacia esa ciudad en la que transcurre parte de mi novela y que siempre será un personaje de mis historias. Este verano pasaré cuarenta días allí, escribiendo mi tercer libro (ya, aún no esta terminado el segundo, qué más da). Quiero escribirlo del tirón, en Mi Lugar en el Mundo, que destile esa energía del verano neoyorquino, que refleje esos matices que, una vez de vuelta al mundo real, se diluyen. Porque todos deberíamos escribir lo que nos pasa cuando salimos de la rutina, cuando sentimos que chorreamos vida por los cuatro costados y deseamos que se pare el tiempo. Para saber donde volver cuando las obligaciones nos aplastan, para recordar que siempre podemos regresar al lugar donde fuimos felices, aunque sea leyendo sobre él.

Mis últimos días en la Gran Manzana los pasaré junto con Bianca, de Sola en Nueva York, y todas las mujeres que quieran acompañarnos del 20 al 26 de julio. Sé que serán un antes y un después para mí, espero que para ellas también.

Amapolas en La Paz

Muchas ya sabréis de esta iniciativa (#AmapolasEnLaPaz) que estamos llevando a cabo Librería Amapolas y servidora junto con el IdiPaz. Nos hemos propuesto crear las bibliotecas de las salas de hematooncología y hemodiálisis en el hospital de La Paz. Tanto los pacientes como sus familiares pasan mucho tiempo allí y su buen estado de ánimo es fundamental en esos momentos. Hace unas semanas visité la sala de quimioterapia para donar algunos ejemplares de mi novela y me encontré con una panda de luchadores que bien se merecen la alegría de los libros. Esta semana montaremos las estanterías y llevaremos los primeros ejemplares que ya habéis donado. Seguiremos recogiendo libros tanto en Librería Amapolas, de martes a sábado de 12:30 a 20:30, como en La Paz, edificio Idipaz, a la atención de Paloma Gómez, para la iniciativa “Amapolas en La Paz”. También podéis traer libros para niños, que serán llevados a planta.

Hagamos que el mundo hoy sea un poco más bonito que ayer. Difundamos. En breve iré anunciando en redes los hospitales de fuera de Madrid que aceptan donaciones como estas. Gracias por adelantado.