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Etiqueta: Las Claves de Sol

275 gilipolleces que me hacen inmensamente feliz

Porque me he propuesto llegar a las 1.000 gilipolleces, y luego a las 2.000. Y practicarlas. Porque nos merecemos darnos gustazos todos los días de nuestra vida. Por eso todas las listas anteriores no son suficientes. 251. Viajar en tren, ver cómo el paisaje cambia: árboles, niebla, montañas. La emoción de volver a casa o de llegar a mi destino, tan variado últimamente. La ilusión cuando lo que me lleva a esa ciudad es hacer algo nuevo, como este fin de semana en Womprende. 252. Hablar ante decenas o cientos de mujeres ilusionadas, ansiosas por encontrar ese click que les lleve del lugar donde están al lugar que les pertenece. Vuestros abrazos. Sentir que aporto algo. 253. La tranquilidad que me da tener amigos que cuidan gustosos a mis hijos mientras yo cumplo mis propios sueños, la felicidad que me da saber lo que se quieren todos. Que mis hijos me cuenten que mi amigo el cocinitas les ha hecho una comida riquísima. 254. Dormir hasta las diez de la mañana. Levantarme sin prisa. Ducharme tranquilamente. Desayunar tranquilamente. Llegar a ese tren que me encanta sin correr como las locas. 255. La mortadela de Bologna. Con pan del bueno y un poco de sal. 256. Lo bien que me siento después de una hora de gimnasio y unos estiramientos colosales. 257. Reír con amiguis nuevas, como las otras ponentes de este fin de semana. Sentir que nuestra complicidad viene de un lugar mágico del que todas venimos. Reunirme con gente que tiene cara de muchas ganas. 258. Planear mi viaje a México en mayo. Ni en mis mejores sueños aparecía algo tan estratosférico como lo que me lleva hasta allí. 259. Leer textos de personas a las que admiro y que me hacen pensar que, o tan majara no estoy o que hay muchos como yo. 260. Los calcetines divertidos de Jimmy Lion. Mirarme los pies llenos de colorinchis. Y no me pagan, me cobran. 261. La pelota de la escudella que hace mi madre. 262. Los cachorritos peludos. Y los que no son peludos también. 263. Jennifer López y Shakira en la Super Bowl. Ole sus ovarios. Aplausos. Vítores. Admiración absoluta. Inspiración. 264. “Los amantes” de Mecano. Mecano todos ellos enteros. 265. Madrid. 266. Decidir, mientras escribo, que me saco un billete para pasar dos días en París. Porque lo hacía cada año y llevo varios sin hacerlo, qué gilipollas. 267. Los croissants de Pan Delirio. 268. La gente que huele muy bien, a limpio. 269. Restarle importancia a lo que antes la tenía y no la merecía. 270. Esta foto de @fahdesss. 271. Este libro. 272. Este vídeo. 273. Dejar ir, despedir, hasta luegui, esto no va conmigo. Dejar espacio para que lo bueno y nuevo llegue. 274. Hacer limpieza radical. Marcarme un Marie Kondo antológico. 275. Descubrir un perfume nuevo y saber que lo han fabricado para ti, porque es perfecto. Sorprenderte al usar una bufanda que rociaste con él. Olisquearla y ser muy feliz.

Una tía muy cabrona. Y periodista (o algo así)

Lo más difícil en el oficio de escribir es definir el tema: eso que interesa a los demás y te interesa a ti. El inicio del hilo que te dará el pretexto para contar algo: para contar la vida, al fin y al cabo. Una excusa para conectar tus tripas con las del que te lee. Todo magia, todo belleza. Pocas veces las musas te visitan sin avisar, son momentos en los que sientes el impulso irrefrenable de lanzarte sobre el teclado para vomitar todo eso que te arde en el alma. La mayoría de los días te sientas con un ataquito de desesperación porque no tienes ni puñetera idea de nada, no sabes por dónde empezar, pero tienes la seguridad de que no te levantarás hasta que hayas soltado setencientas palabras. Eso le pasa, creo, a la mayoría de escritores. Un sufrimiento enorme, oigan, pero cuánto compensa.

Y luego hay gente, por llamarles de alguna manera que, ante la falta de inspiración, optan por lo fácil: vamos a criticar, a poner verde, a reírnos del prójimo. Si total, cabrones dispuestos a burlarse de los otros siempre va a haber, no irá de uno más. Y escritores sin escrúpulos, pues parece que también.

Fijaos que esta ha sido una de esas escasas ocasiones en las que tengo clarísimo sobre qué, o sobre quién escribir. Porque me pone tan del hígado que no puedo (ni quiero) refrenar el impulso. No voy a dar su nombre, no se merece la publicidad, y lo que quiero, al fin y al cabo es poner de manifiesto una situación que provocan algunas personas y contaros lo que opino sobre ellos. Sí os diré que se trata de una tía que escribe en un periódico muy famoso y que no deja títere con cabeza. Sus víctimas favoritas son las mujeres. Sí, es de esas bicharracas que con una frase le pueden amargar el día al más pintado. Una pena.

La mujer en cuestión empieza columnas con la palabra “odio” y, en la misma frase, coloca un “no puedo soportar”. Esa es su línea. Ella escribe lindezas tales como ” Me cae bien porque no es delgada y le da igual”. También se mete con las que sí están delgadas según ella, porque no comen, dice la enterada de las narices, como si viviera en sus cocinas. Ay, la envidia, qué mala es.

Critica al jurado de los concursos, cuestionando la necesidad que tienen de estar en esas sillas porque no llenan conciertos, habla de “niños gordos” y “niños repelentes sabelotodo”. Tampoco la infancia le merece ninguna piedad. Nunca en mi vida había leído tanto adjetivo infravalorando, insultando y ofendiendo. Se convierte en portavoz de personas que no conoce comentando que “sus fans alucinan” refiriéndose a la pareja de alguien cuyo nombre ocupa el titular de su mierdicolumna. O sea, usas el nombre de alguien que le interesa a la gente (por lo que sea), te metes con ella, con su peso, con su novio y con María santísima y cobras por ello. Ole tu papo, chavala. Prueba a poner tu nombre en el titular, por pura curiosidad, a ver si alguien le da al click. Hablas de alguien que es médico y añades “pero urólogo”, como si por eso fuera menos médico, como si por eso salvara o mejorara menos vidas. Tú, que has hecho del despelleje tu oficio, cómo te atreves. Un respeto, por favor.

Ella descalifica incluso cuando se supone que está hablando bien de alguien. Escribió una columna sobre Leticia Dolera, alabando su serie y añadiendo “le perdono sus arranques feministas”, entre otras perlas. No pierde oportunidad y le arrea, también, a Aina Clotet. Despotrica contra las bodas, contra las vestimentas, contra los peinados, contra los presentadores. Injuria a las actrices por  mirar los precios de las prendas de rebajas, por no responder a un ideal de belleza que ella se ha inventado. Por respirar.

Este ser termina uno de sus escritos justificando su mala leche porque escribe en lunes. Llámame loca, pero juraría que andas llena de bilis de lunes a domingo sin excepción. Es imposible escupir tanta mierda si no es así.

No ofende el que quiere, sino el que puede, ya. Eso no significa que la sarta de bestialidades que escriben esta señora y otras sea algo lícito o moral. No digo su nombre porque creo que nadie debería leerla, pero la leen, y algunos de sus improperios llegan a los protagonistas, que son personas, con sus sentimientos y sus cosas de ser humano. Quiero pensar que, en más de una ocasión se la habrán cruzado y la habrán puesto en su sitio. El mejor desprecio es no hacer aprecio, pero hay límites que no deberían rebasarse y esta se pasa tres pueblos. Sí, “esta”, sin nigún tipo de consideración, porque no se la merece.

Qué pena me da que alguien decida usar una profesión tan útil como esta con fines crueles, que eso sea lo único que pueden presentar ante el mundo, con lo fantástico que es tener la oportunidad de expresar lo que piensas, lo que sientes, lo que has aprendido de la vida y que puede ayudar a otros.

Para colmo de despropósitos, la escucho en una entrevista decir que le ha sido fácil escribir su libro porque tiene facilidad para redactar. Si redactar es poner una palabra tras otra, pues vale. Ahora, si redactar es transmitir una idea con claridad, va a ser que no, porque tales son sus ansias de escarnio que se evade del tema central contínuamente, sea el que sea. Si redactar es adornar con arte los párrafos y crear algo que valga la pena leer: NI DE COÑA.

Se me olvidaba: ella, que ha escrito un libro, ni siquiera se solidariza con el esfuerzo de sus colegas y también les desacredita, infravalorando sus premios y haciendo cábalas sobre la cantidad de libros que venden. Ni que decir tiene que el de ella ni ha sido un superventas, ni ha sido premiado, ni nada de nada. Hay que ser ruin y gilipollas. Lo siento, alguien tenía que decirlo.

Para terminar y para colmo, en la descripción de su sección en el periódico, afirma que en ella “analiza a los personajes de actualidad en clave de humor”. Chavala, el humor hace reír; lo tuyo es para llorar.

Lo que mola es la gente con ganas (entorno trampolín).

No voy a descubrir nada nuevo si hablo de la importancia del entorno en cualquier aspecto de la vida. Dicen que somos la media aritmética de las cinco personas con las que más tiempo pasamos. Paremos un momento a pensar quiénes son, cómo son y qué hacen con su vida. Si se te tuerce el gesto, mal vamos. Si lo que abunda entre ellos es la falta de motivación, de ilusión y de palante, empieza a plantearte que, si no se te ha contagiado ya el virus de la mediocridad, suerte tienes, pero no la tientes, amigui.

Me gusta la gente con ganas. Ganas en general. Ganas de reír, de quedar con amigos, de embarcarse en proyectos nuevos, de que su vida se parezca peligrosamente a sus sueños. Gente que se levanta cada día con la intención de aportar algo a alguien y de descubrirse un poco más. Gente curiosa, para la que el aprendizaje no es un coñazo, sino la razón última de su existencia, para los que absorber la magia de todo lo que les rodea no es solo una necesidad, sino un placer. 

Rodeémonos de gente con ganas, seamos esa gente. Qué perezón más grande dan esos que miran de reojo a los que caminan entusiasmados por cualquier cosa. El gafapastismo criticón de la risa y el despiporre. Las tribus de mujeres que critican a mujeres, de personas que se pasan la vida observando las vidas de otros porque de la suya ya no queda nada, se deshizo entre las calles amargura y envidia.

Cuántos sueños se desvanecen porque carecen del abono que todos buscamos (o deberíamos), ese compuesto de amigos dispuestos a escucharte, a confiar en ti y a animarte en tus hazañas aunque no las entiendan. Ni falta que hace: con que tú seas feliz, yo lo soy.

A veces es complicado encontrar una panda que te empuje y te eleve. Algunos viven en lugares pequeños, donde el miedo a la crítica y el aburrimiento no son un buen caldo de cultivo, pero amiguis, que ahí tenemos Internet, con su alcance galáctico y una cantidad bestial de personas buscando personas, de mujeres buscando mujeres, ansiosas por contar lo que les pasa para no sentirse únicas y locas, para conseguir ese aliento que no encuentran en los que están al lado.

Huyamos de los entornos castrantes, ya sean padres, hijos o espíritu santo. Hay mil foros, espacios de coworking, reuniones donde contar tu idea, videoconferencias con quien, desde el otro lado del mundo, te cuenta cómo llevar tu objetivo a buen puerto. Tienes la misma estructura genética que ellos, sois capaces de lo mismo. El mundo entero está a un click, literalmente. Nos pasamos la vida con la nariz pegada a unas redes sociales que pueden ser tan dañinas cuando lo que buscas es evadirte, como útiles y milagrosas cuando las usas a tu favor: investiga, pregunta. Te sorprenderá cuántos están dispuestos a compartir su experiencia contigo como antes otros lo hicieron con ellos.

Abogadas que decidieron que vivirían de hacer las mejores tartas del planeta, publicistas que lo dejaron todo para llevar grupos de mujeres a Nueva York, ejecutivos que ahora son expertos en educación socio-emocional. Probablemente no lo hubieran conseguido sin una mano amiga, sin el aplauso de congéneres con tantas ganas como ellos, sin sacudirse miedos propios y ajenos.

A veces miramos el mundo como si sus habitantes fueran alienígenas con superpoderes, mucho más inteligentes que nosotros y con una capacidad fuera de nuestro alcance. Excusas, mentiras que nos contamos a nosotros mismos. Cuando esos extraterrestres forman parte de nuestro círculo y caemos en que algo habrán visto esos seres extraordinarios en nosotros si son nuestros amigos, la existencia se convierte en algo excitante, divertido y lleno de posibilidades que no podemos desaprovechar. Si no es el caso, en nuestra mano está deshacernos del entorno castrante para encontrar el entorno trampolín. Y luego no habrá marcha atrás.

 

250 gilipolleces que me hacen inmensamente feliz.

Porque 225 no son suficiente, ni 250, pero por algo hay que empezar.

226. Descubrir, en un libro, en una obra de teatro, en un escaparate una chispa de inspiración, el inicio del hilo del que tirar para llegar a un lugar que hace mucho que no habitaba. Ese momento en el que noto que el interruptor ha encendido la chispa de la ilusión. Se me ha ocurrido algo y voy a ponerlo en marcha: el tema para un artículo nuevo, me apuntaré a clases de baile, hoy me saco un billete a Edimburgo, voy a ahorrar para tener una cocina monísima, pero monísima de verdad.

227. Planificar un viaje a Nueva York con Paulo e Igor, pensar en enseñarles mis lugares y que ellos formen parte de mi historia de amor con esa ciudad. Y que esa ciudad forme parte del amor que siento por ellos. 

228. Saber que, en un mes escaso, se estrena “Llámame” una obra de teatro que escribí con Paulo. Imaginar a la gente en sus butacas, contemplando a Marina y Marieta, las actrices y saber que eso se coció en cafeterías de Malasañaa, en pijama, con un moño mal hecho y muchas tardes de risas.

229. Superar la melancolía que me invadió cuando me di cuenta de que habían pasado veinte años desde el 2000 y que en aquella Nochevieja bailé durante dos días seguidos. Tanto bailé que reventé la suela de las medias y llegué a casa con la zona del talón en las rodillas. Estuve enferma una semana, qué bien.

230. Hablando de Nocheviejas: la ilusión por este año que se estrena. Quiero llenarlo de conciertos; de tardes en mi sillón mostaza, libro en mano; de morreos de los buenos (y de los nuevos); de nuevos talleres con nuevas alumnas con nuevas miradas de curiosidad; de viajes a México; de viajes hacia adentro, para ver qué anda cociéndose por ahí. 

231: Voy a cumplir cuarenta y siete tacos en breve y eso, que normalmente me produce urticaria y amargura, se ha convertido en un aplauso. Joder, que aquí estoy, divina, dedicándome a lo que me apasiona, haciendo sonreír a otras que me hacen sonreír a mí, vendiendo libros a troche y moche, trabajando en una oficina que comparto con amigos. Sigo teniendo las tetas arriba y el coco anda mejor que nunca. No se puede pedir más.

232. Me encanta tener planes a largo plazo y emocionarme desde ya con ellos: México en mayo, un festival de música de los ochenta en junio, mi isla con mil amigos en agosto. Y los que quedan.

233. El lunes próximo empiezo a terminar mi próxima novela. Ya tengo clarísima la estructura, lo que voy a rescatar de lo que hay escrito. El éxito de mi recopilatorio, o sea, vosotras que me leéis, me han dado el empujón que necesitaba. Ya no hay excusa: para verano tenéis nueva historia.

235. El orden. Sí, me hace muy feliz el orden físico y el mental. Supongo que lo uno va con lo otro, o no, pero me gustan los dos. Le he pegado un meneo a mi casa bastante importante. He tirado bolsas que no ha sido ni medio normal. Si me ve Marie Kondo me hace un monumento. Mi baño parece el de un hotel, ole con ole.

236. En septiembre me propuse dejar de taparme para vestirme y prestar más atención a la parte de fuera de esto que soy. Y, oye, qué manera de cumplirlo. Me peino (lo nunca visto), me adorno (ojo a las diademis) y pienso por la noche lo que me voy a poner a la mañana siguiente para no acabar con vaquero y sudadera permanentemente. Voy mona, es un hecho.

237. Los ramos de flores. Siempre que los veía en casas ajenas me encantaban, pero no me planteaba comprarlos. Desde que colaboro con la gente de Colvin, mi salón y la Fabulofi rebosan de floripondios y todo es más bonito (os dejo aquí el enlace a su web con un -15% aplicado por ser mis lectoras fabulosas).

238. El perfume “Agua de coral” de Loewe. Me flipa.

239. La tarta de queso del restaurante “La primera”, en Madrid. Y sus anchoas.

240. Desayunar con Leire en “El cafetín”, y contarnos esas cosas para las que no hay sitio en medio de la vorágine laboral.

241. Hablando de Leire: los nuevos planes que ya os contaré y que no son más que el resultado de tomar las decisiones correctas al lado de la gente adecuada. 

242. En un par de semanas estaré con mi amigo Sergi comiéndome unos canelones gloriosos en Barcelona. La felicidad, a veces, es muy sencillita. Casi siempre, de hecho.

243. Encender una vela “Black Vanilla”, hacerme un té negro con leche, ponerme uno de mis diez pijamas grises después de ducharme y sentarme a mirar por mi ventana madrileña. Cómo me gusta Madrid.

244. El olor de la floristería de la esquina al llegar a nuestra oficina. Las coronas de Navidad que han adornado, hasta hace nada, su puerta. No sé por qué coño no las dejan todo el año.

245. Hablando del barrio: ver, desde la calle, a la gente merendando en “La Duquesita”. Qué bonita es esa puerta y ese escaparate lleno de dulces. Qué maravilla su roscón de reyes relleno de nata. Me relamo.

246. Bailar en la ducha.

247. Que un amigo llame, inesperadamente, al timbre y me diga que “tenía ganas de estar en casa”. Y que esa casa no sea el edificio, sino yo. Sentir que él es mi hogar. Saber que estas cosas o son recíprocas o no son.

248. Las comidas de los miércoles en casa de mi amigo Yordo, la cantidad exagerada de comida que sirven en esa casa, lo simpáticos que son todos. Las carcajadas contínuas. El amor desde hace más de treinta años.

249. Los masajes tailandeses a dos, rajando con una amiga mientras sientes cómo el relax se te cuela en los entresijos.

250. El satisfyer Pro 2.

En el 2020, lo que nos merecemos. Y punto.

Leí el otro día que aceptamos aquello que creemos merecer. Muy lógico, por una parte y muy mierda por otro. Lo de merecerse cosas buenas y encima creérselo está mal visto: la culpa, esa puta nube perpetua sobre nuestras cabezas.

Pero ya está bien. Hasta aquí. Borrón y cuenta nueva, queridas. Que mañana termina el año y empieza un 2020 glorioso porque así lo decidimos. Las porquerías que nos hemos zampado se quedan enterradas bajo diciembre, noviembre y todos sus colegas. De ahora en adelante, brillo y purpurina para estos cuerpos serranos, que es lo que se merecen.

Personalmente, me merezco reconciliarme con Nueva York, porque es mi lugar en el mundo, el personaje eterno de mis historias, el epicentro de mucho de lo que está por venir. Se me atragantó un pelín la vida en mi última estancia, pero nunca más. Me aseguro, desde ya, de que no habrá tormenta interna que me arranque de mi esencia, que me nuble tanto la vista que no sea capaz de contemplar por donde camino. Me he graduado los ojos y el alma, estoy blindada, a prueba de torpedos ajenos. Rellenadas están todas las grietas para que nadie meta sus dedazos donde no toca. Hagámonos sólidas, pétreas, invencibles. El foco en mí, para ser como quiero ser: tranquila, feliz, efervescente, libre.

Voy a agarrarme a mis valores y a mis cimientos, a la verdad y a la risa, a la alegría (tras el miedo) de haber autoeditado un libro, a esa libertad que da el “yo me lo guiso, yo me lo como”, al amor que recibo de vuestra parte, que es todo generosidad y ganas. A la seguridad que aporta el apoyo en cada paso del camino. A mis amigos que son más que amigos, que son mi familia, mi carne, la parte de alma que dejo olvidada de vez en cuando. Merezco preguntarme, cada mañana, cómo estoy y qué necesito para ser aún más feliz.

Me merezco disfrutar de los que confían en mí, que son unos cuantos, que sois tribu. Gracias por brindarme la música con la que bailar esta vida y por bailarla conmigo. Que se aparte quien no nos siga el ritmo, quien pretenda que bailemos al suyo, quien quiera que nos sentemos para contemplar cómo ellos saltan sobre nuestras cabezas. Que se aparten y que se vayan a la mierda, ya de paso. Nos merecemos personas que sean luz, vitamina y cariño. No hemos venido a salvar a nadie que no seamos nosotras mismas. A nadie. No somos surtidores. Cada palo que aguante su vela.

Me aferro a la idea de que la magia está ahí, esperando a que galopemos en la dirección adecuada, solo así sentiremos el viento a favor. Cuando deambulamos por donde no debemos no hay más que muros, oscuridad y obstáculos. Por ahí no, ¿no ves que no? Gira hacia el otro lado. Recuerda lo que te mereces y arréale una coz a lo que no. Perdónate si tardas más de lo que te gustaría. 

Nos merecemos volvernos locas, pero para bien. Olvidarnos del control perpetuo que, en realidad, no existe. Descansar profundamente, física y mentalmente. Olvidarnos del síndrome de la impostora, felicitarnos, premiarnos sin mesura, dormir como ceporras y que otros se ocupen de que gire el planeta durante un rato. No a la exigencia contínua, no al conseguirlo todo a base de no ponerle precio a nuestro esfuerzo. Cuidarme para poder cuidar. O para cuidarme y punto. No es egoísmo, es autoamor.

Merecemos, por Dios no lo dudemos, rodearnos de quien nos mira y nos ve, de quien nos oye y nos escucha, de quien es nuestro espejo y respeta nuestras opiniones aunque difieran de las suyas. Te mereces no mentirte, no justificar lo injustificable, gritarte la verdad aunque escueza y saltar al otro lado. Decide decidir.

Te mereces curar las heridas, saber donde está el norte para que tu brújula funcione. Que tu brújula esté hecha de tus pasiones y tus talentos, de tu entusiasmo, de tus sueños. Apunta cada uno de tus logros, que son innumerables, seguro. Aprendamos cada día algo que nos ayude a avanzar en la dirección adecuada que es la que nosotras marcamos. Regodeémonos cada día en el milagro que es estar viva, porque nos lo merecemos. Rebocémonos en la salud, si la tenemos. Confiemos en que la recuperaremos, si nos falla.

Dicen que aceptamos aquello que creemos merecer. Merezcamos mucho. Merezcamos bien.

     

Feliz Navidad (pero de verdad)

Las Navidades, según para quien, son el colmo de la felicidad. Bien por las afortunadas. A vosotras poco hay que deciros, disfrutadlo como si no hubiera un mañana. Para otras es la causa de un desasosiego salvaje, un asco. Tengo que cenar con gente que me la trae al pairo, mi tía Paquita volverá a recordarme que no tengo novio y que sigo con esos kilitos de más, mi cuñado beberá y me hinchará los ovarios con sus impertinencias.

Un par de apuntes, así de entrada: quizás el decidir que una pasa las Navidades con quien le apetezca no resulta un drama sideral. Mamá, papá, os amo, pero (fuera peros, que quedan feos y niegan lo dicho justo antes) y este año me he montado una fiestecita con los amigos el 24 y el 25. Ya si eso nos vemos el 26. Dadle recuerdos a la pandilla.

¿Qué es lo peor que puede pasar?

Las creencias se multiplican por cien cuando hablamos de familia y de Navidades. Esto se ha hecho así toda la vida y no hay posibilidad de cambiarlo. O sí. O quizás, así como deberíamos tener claro cuál es nuestro día ideal, nuestro curro ideal, nuestro todo ideal, las Navidades deberían adaptarse a nuestros deseos y no a la inversa. Tenemos un año para pensar si vamos a disfrutar de esas cenas mastodónticas, o si nos queremos ir a la nieve con nuestra mejor amiga, o al Caribe a hincharnos a bailar bachata, o montar un festival contínuo durante dos días a base de jamón, queso y paté. Sin cocinar, sin compromisos, con vídeos antiguos de “Martes y trece”. 

Siguiente cuestión a tener en cuenta: solo son un par de días, pero nos amargamos durante semanas dándole vueltas a lo que va a pasar. Si decides que te compensa ir porque quieres ver a esa prima que vive en Luxemburgo o porque tu madre es feliz a más no poder, estupendo: unas respiraciones abdominales, un pensamiento positivo siempre a mano para abstraerte (un Jason Momoa, un Pol Rubio, los zapatos divinos que vas a comprar en rebajas, ese con el que estás tonteando en Tínder,…)

La semana pasada, en uno de mis directos de Instagram, el glorioso Igor Fernández, psicólogo, hablando sobre la tortura que para algunas suponen estas fechas, nos ofreció un ejemplo divino: Sol, si a ti alguien por la calle te dice “Oye, Alberto”, ¿Tú qué haces?. Yo, evidentemente, no prestaría atención, porque yo no me llamo Alberto.

Lo de la gente soltándote opiniones no pedidas  y que en el fondo son juicios es lo mismo. Una vez más, lo que cada uno dice es consecuencia de sus procesos mentales, no de tu realidad. Tener esto claro es la solución para muchísimos de nuestros males. El comentarles que no tienes ganas de hablar de tu vida sentimental o de si pesas más o menos, es otra. Mandarles a la mierda es, también, una opción de lo más válida. Igor nos recordaba que, cuando esas opiniones escuecen, es porque hay una herida previa. Qué buena oportunidad para hurgar en ella, para resolver asuntos que quizás andan enterrados normalmente y que afloran cuando alguien toca el interruptor adecuado. Resumiendo, que ni nos llamamos Alberto y que nadie puede golpearnos con sus chorradas si nuestros límites andan sanos y funcionales.

Una vez gestionados estos asuntos, comentar a algunas se nos olvida que existimos, no solo en Navidad, sino el resto de año. Las obligaciones, la maternidad y la rueda de hámster se apoderan de nuestro espíritu. Pues a la mierda: tomemos las fiestas como una oportunidad para darnos un masaje interminable, organizar comidas con las amigas que serán también cena, darnos un caprichazo, que para unas será un bolsazo de infarto, para otras un viaje y para otras un paseo tranquilas, sin nadie demandando nuestra atención. El foco en nosotras, que no es egoísmo, es autoamor.

Adorémonos, tías estupendas, en Navidad y siempre.