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Etiqueta: Las Claves de Sol

Pol Rubio, te queremos.

Quien a estas alturas no hay visto “Merlí” no sé qué está haciendo, de verdad. Esta serie catalana, en la que un profe de filosofía alecciona a sus alumnos sobre la realidad de la vida y la necesidad de permanecer fiel a uno mismo por encima de todas las cosas, fue un gran éxito el año pasado. Tanto que Netflix decidió que fuera suya.

Qué morriña más grande me entró cuando empecé a verla. Mi Barcelona, mis años de juventud, lo bonito que era que te gustara un chaval un día y otro a la mañana siguiente, que toda tu preocupación vital fuera aprobar y salir. Salir y aprobar, mejor dicho. No me cuesta nada trasladarme a mi casa del Eixample, viajar en el espacio y el tiempo. Allí estaba yo, en mi cole de la Bonanova, con esos compis con los que ahora me junto una vez al año para rememorar aquellos pasillos ruidosos, los profes que poco tenían que ver con ese Merlí revolucionario. Me creí todo lo que cuenta la serie, entre otras cosas porque el guion es una maravilla, los personajes coherentes, el mensaje claro e inspirador.

Otra ventaja de lo de trasladarme con facilidad a mis años mozos es que, como vuelvo a mis diecisiete, me encantan los protagonistas: tan guapos, tan libres, con esa frescura que desaparece pasados los veinticinco. De entrada me deslumbró Bruno, el hijo de Merlí. Qué bellezón, amiguis. A su lado, el amigo Pol Rubio, gamberrete a tope, me parecía gracioso y poco más. Hasta que va avanzando la trama, la serie, el instituto, los exámenes y me encontré babeando por el rubio golfo que tiene, en realidad, la mitad de mis años, o sea, veintitrés. Soy una pecadora, una gorrina, lo admito. #ViejaVerdeDignidad

 

No seré la única a la que se le afilaron los colmillos con Pol cuando los productores decidieron crear un spin-off en el que el chaval es el prota absoluto. “Merlí: Sapere aude” se llama la cosa. Esta vez la podemos ver en Movistar Plus. Aquí narran la entrada en la universidad de este ser de mirada felina. El primer plano del primer capítulo es el culamen glorioso del púber. Así no hay quien apague la tele, claro. Qué listos son.

Según lo que he leído, se supone que, en este nuevo proyecto, Pol y sus congéneres están explorando su sexualidad porque no tienen nada claro. Yo, que me zampé el spin-off en dos tardes, diría que lo tienen clarísimo: yo me cepillo todo lo que se mueva y ancha es Castilla. No veo duda por ningún lado y, si no, que se lo pregunten a un subrayador fosforito que Pol encuentra tirado por ahí.

También le podemos preguntar a mi amiga Marina Campos, que no tenía ni idea de quien era Carlos Cuevas (Pol en la ficción) hasta que yo le comenté sobre el joven bigardo. Dos semanas después era escogida para participar en una preciosa escena de garage y empotramiento masivo contra alicatado. Marina es, desde ya, mi objeto de culto, mi ídola, mi modelo de vida.

Sinceramente, me gustó más la primera parte. Echo de menos al profe sabio y pasota, el sabor a melancolía que me dejaba cada capítulo, sentirme como los alumnos cuando en realidad tengo la edad de los profes. Me daban muchas ganas de que mis hijos tuvieran más años para que la vieran y entendieran de qué iban esas lecciones que no son lecciones, sino amor a la libertad. Merlí nos contaba que muchas veces somos esclavos de nosotros mismos, aunque culpemos a los demás de nuestros yugos. Para bien y para mal la vida solo va hacia adelante, por mucho que nos joda a veces. Decidir nuestro destino casi nunca tiene que ver con el azar y casi siempre con echarle ovarios.

Me gustó más la primera parte, pero os diría que veáis también la segunda si no lo habéis hecho. No siempre hemos de ser profundos  y trascendentaes. Pol Rubio bien vale dos tardes de sofá.

   

El emprendimiento será femenino o no será.

Queridas mías:

Tengo una buena noticia y una mala. La buena: tenemos un somos el potencial económico más poderoso del planeta. La mala: algunas no nos hemos enterado, a algunos no les interesa. Peor para ellos.

A lo que íbamos: consumimos más, elegimos más y rajamos más. Recomendamos nuestros favoritos como las locas. A nivel mundial, controlamos la mayoría de las decisiones sobre las compras. Eso es un pastón, queridas. Incluso las marcas de bricolaje se han dado cuenta. Desde que nos hablan a nosotras, venden más. Usamos más y mejor las redes sociales.

El mercado laboral avanza poco a poco, pero avanza. Ganamos dinerito y parece que la asquerosa brecha salarial se va a recortar. Leemos más, vamos más al cine, compramos más que ellos. Constituímos la mayoría de la población universitaria, sacamos mejores notas, somos más productivas. Estamos ante una revolución que solo puede ir en una dirección.

Por fin nos hemos pispado de que esto de emprender también es para nosotras. Aún somos una minoría las que hemos optado por montar nuestra nueva empresa, pero ojo: tenemos más exito, o sea, nuestros proyectos sobreviven más y mejor, obtenemos mayores rendimientos. Normal, nuestra tendencia natural a hacer el doble para conseguir la mitad nos sirve de ayuda en esto. Menos mal.

Estamos dispuestas a arriegarnos para conseguir nuestro objetivo. Teniendo en cuenta que somos el elemento más importante en la economía actual, la cosa está clara: creemos productos y servicios enfocados a mujeres. En este nuevo panorama, estamos ansiosas por que nos hagan la vida más fácil, que ya es hora, por cierto. Curramos mil horas y el tema de la casa, lamentablemente, aún depende de nosotras. Empresas que te traen la comida hecha a domicilio, suscripciones de ramos de flores mensuales, empresas de canguros para los niños, supermercados online, personal shoppers, esteticistas a domicilio. Eso lo necesitamos. Luego está lo que queremos: cuidarnos, sentirnos bien por dentro y por fuera, viajar, disfrutar del arte, estar al tanto de lo que pasa en el mundo. Sentirnos valientes, convencernos de que somos capaces.

El emprendimiento de unas es la inspiración de otras. Sepámonos capaces. Mandemos el síndrome de la impostora a tomar por el jander. Formémonos. Elaboremos un plan de empresa, si es necesario, con una mentora que comparta su experiencia con nosotras. Partimos con ventaja: conocemos a nuestro cliente ideal porque somos nosotras mismas. Adaptemos nuestro lenguaje a esta nueva oleada de tías dispuestas a zamparse un mundo que tradicionamente se nos ha zampado a nosotras.

Emprender es sinónimo de jornadas maratonianas, pero construyendo algo para ti, no para otro. Significa decidir cuáles son tus prioridades, hasta dónde estás dispuesta a llegar, cuánto quieres ganar, con quién quieres trabajar. Ser dueña de tu tiempo es ser dueña de tu vida. Ya no te cuento ser dueña de tu pasta. Sí, dejémonos de tonterías: no hay nada de malo en querer ganar dinero. Dinero para vivir como quieras vivir. También es divino saber venderse, ser ambiciosa, disparar alto y lejos. Por mis ovarios que yo lo consigo.

Controlar los riesgos también es necesario. Minimizar los gastos fijos, eliminar intermediarios, aprovechar sinergias, cotillear a todo bicho viviente, que tus ideas sean tu mayor capital. La creatividad al poder.

Nadie nace con el gen de las decisiones valientes, ni con el mapa hacia el país de la plenitud. Tu sueño es válido porque es tuyo. Nadie va a cumplirlo por ti, que nadie te impida lograrlo.              
     

1995: el año de la felicidad

La semana pasada fui a un concierto de Diego Torres. Para muchas, es el creador de “Color esperanza”. Para mí, la banda sonora de unos tiempos muy felices. Le descubrí en un disco homenaje a Serrat, allá por el 95. Diego cantaba una versión de Penélope que se me clavó en el alma y que me despertó durante meses desde un aparato modernísimo que era radio, despertador y reproductor de CD´s. Aquel cacharro dormía junto a mí sobre tres cajas color burdeos, porque yo era muy moderna y no quería mesilla de noche. En mi habitación con vistas a Passeig de Sant Joan esquina Ausiàs March leí, también por aquellas fechas, “Como agua para chocolate” y “La casa de los espíritus”. Y ya nada volvió a ser igual.

A aquella habitación llegaba yo de mis juergas nocturnas interminables, ya amaneciendo, mientras mi madre pelaba judías verdes y mi padre, vacilón, me alababa el madrugón para hacer deporte (yo con el rímel por las rodillas y unos tacones de medio metro). Me acostaba a las ocho de la mañana y me levantaba doce horas más tarde, dispuesta a salir de nuevo si era sábado y a pirarme al cine si era domingo.

El lunes, entre clase y clase, comentaba el finde con mis compis de la facultad de Derecho. Siempre había novedades, siempre habíamos besado a alguien nuevo, siempre habíamos bailado hasta la extenuación. Cómo reímos en aquellas aulas abarrotadas, cuántas horas pasamos en aquel bar horrendo del que se contaba que era el único bar de Barcelona con facultad. Entre aquellas mesas llenas de servilletas sucias conocí a Bonnie, que ahora es una de mis Golondrinas Niuyorkinas, que inspiró, en parte, el personaje de Clara en mi novela. Ella es la chavala de pelo negro que un jueves preguntó que quién salía esa noche. Y desde entonces hasta ahora.

Algunos años después de toda esa diversión, Diego Torres cantó en Ibiza y, como siempre me pasan cosas peculiares, me lo presentaron. Y yo le dije que, durante mucho tiempo, me despertó su voz cristalina. Y él me dijo que cuando cantó “Penélope” llevaba el pelo más largo que yo. Y ojo al melenón que se gastaba la menda… Esa misma noche coincidimos en el mismo restaurante, nos hicimos unas fotos que, por supuesto, perdí. Y nunca más.

Hasta la semana pasada, en el teatro Häagen Dazs, donde volví a escuchar esa voz de agua, la maravillosa “Penélope” y tantas otras canciones que pasaban de su garganta a mi esófago sin detenerse en mi oído. A mi lado, como tantas veces, mi amado Paulo, que tanto disfruta con la música. Y por eso me gusta disfrutarla con él. Desde mi butaca teatral desperté en mi Barcelona, reí con mis amigas de la facul, olí las judías verdes de mi madre y  regresé a la libertad. Esa libertad que, muy a mi pesar y aunque me resisto con uñas y dientes, se me escapa entre trabajo, hijos y obligaciones que me autoimpongo a veces estúpidamente. La misma que acompaña a la irresponsabilidad de la juventud, tan necesaria y tan inmensamente relajada.

Cuando, al día siguiente del concierto, escuché la Penélope de Diego en Spotify y no en mi cacharro supermoderno del 95, sentí un pellizco doloroso en algún lugar de mis cuarenta y seis tacos. No es ningún secreto, a mí lo de madurar me toca los ovarios soberanamente. Hacerme mayor me parece la mierda más grande del planeta aunque, obviamente, lo prefiero a la alternativa. Entre el bolso de piel marrón y los zapatos de tacón me tropecé con la Sol de veintidós, caminando de madrugada por la Barceloneta,  camino a la discoteca que había en esa Estació de França que bien podía ser la de la canción. Sin medias en pleno enero, sin reloj y sin prisa. Aferrada a la noche, a los bailes y a las risas, en algún momento se quedó, como la otra, sentada en un banco del andén para que esta que escribe ¿avanzara? en eso que llaman la vida adulta. Desde aquí le mando un beso, ojalá no la echara tanto de menos.

 

Me he enganchado a un gilipollas (y lo sé)

Un clásico, amigas: la cosa empieza con unos mensajitos, con un jijijuju. Estabas aburridilla porque no tonteabas desde hace milenios con nadie y lo bien que va un poco de chispa. No sois los humanos más compatibles del planeta, pero total, si es para un ratito, qué más da. Que yo lo tengo todo clarinete, de este no me engancho, no tenemos ni demasiado tema de conversación. Y un día os líais, la periodicidad de los mensajes se va multiplicando hasta que recibes diez por hora; en un momento dado incluso te agobia, pero pasado ese impás, le pillas el gustillo a que alguien te diga tantas tonterías bonitas. Durante unos días, la oxitocina se te sale por las orejas, es lo que tiene andar fornicando como si no hubiera un mañana. No hay quien te quite la sonrisilla de la cara. Esto no puede ser malo si me hace sentir tan bien y, además, sigo teniéndolo todo controlado.

Que dure lo que dure. Yo encantada. Mientras me divierta, bien, y luego lo dejaré ir sin ningún tipo de drama.

Una mañana, no recibes el “buenos días” habitual y tu estómago empieza a manifestarse: algo me huele mal, pero no puede ser, soy una desquiciada, me imagino cosas, voy a dejar de darle vueltas a esto, solo que no puedo. Le voy a mandar un mensaje preguntando si pasa algo, pero no quiero parecer desesperada, pero si no se lo mando me va a estallar la cabeza. Y se lo mandas.

Y él dice que no pasa nada, que anda liado. Y tú, lejos de quedarte tranquila, le sigues dando vueltas a la lavadora a una velocidad desconocida por el humano hasta ahora. 

Lo que sigue, ya lo conocemos: una comedura de tarro espectacular, se acabó la sonrisilla, una tortilla que no para de dar vueltas por parte de él porque “tú ves fantasmas donde no los hay” y, con suerte, unos días y, sin suerte, unos años más tarde, la cosa se acaba después de haber vivido varios rosarios de la aurora, perdido ni se sabe cuantos kilos y desperdiciado lágrimas por todos los rincones.

En este punto deberíamos retrotraernos a aquel primer momento en el que tu estómago te habló y no le hiciste ni puto caso. Y, muy probablemente, si haces un esfuerzo, recordarás que antes de ese primer revoltijo, hubo algunos de menor fuerza. Olisqueaste algo y lo ignoraste. Sí, amiga, mandaste a tu intuición a tomar por el jander y así te ha ido.

El problema podría resumirse diciendo que, por un lado, no nos enseñaron a hacerle caso a ese montón de neuronas que tenemos en el aparato digestivo, que es del tamaño del cerebro de un gato y que nos avisa de muchos asuntos. Por otro, estamos tan acostumbrados a enfocar nuestra atención en nuestro alrededor, que nos perdemos ante los vaivenes que otros provocan. Las dos cuestiones no dejan de ser la misma, en última instancia: nos preocupamos por controlar a los demás, ignorando que lo único controlable es nuestra persona.

Yo era una tía independiente y feliz y ahora siento que me deshago sin esa persona. El vacío me corroe, no tengo ilusión por nada. Solo quiero que vuelva, aunque sea un gilipollas. Pero es que no quieres que vuelva el gilipollas, sino lo que crees  que ese gilipollas te hacía sentir. Porque no te equivoques, lo que tú sentías era tuyo y tuyo sigue siendo, lo depositaste en un lugar y ahora te toca recogerlo y guardarlo hasta que la ocasión merezca que lo saques a pasear.

El foco en el lugar erróneo es la causa de todos los problemas: ¿por qué hace esto? ¿va a dejarme? ¿habrá encontrado a otra?, por no hablar del catastrófico “¿Qué habré hecho mal?”. Miles de preguntas sin respuesta posible, cuando lo que deberíamos plantearnos es qué tecla ha tocado en nuestro espíritu una persona que, objetivamente, no nos aporta nada significativo. Qué carencia llena esa atención desmedida que nos prestó en un momento dado y a la que nos hemos hecho adictas.

En la respuesta está la curación.

     

Organizarse o palmarla: el concepto

Ay, queridas, que vamos cuales cabras: acumulando tareas, saltando de una a la otra, con la sensación de que curras mil horas al día y no terminas nada. Te agotas más por el hecho de que tu coco oscile entre mil pensamientos que por la actividad en sí. Varias veces me habéis preguntado que cómo me organizo, porque sí, lo mío es de traca: entre el blog, las columnas en El Español, los libros,  las redes sociales, las sesiones de coaching y los talleres, a la que me descuido, voy como pollo sin cabeza. Por no hablar de los hijos y la casa. El caso es que, a la fuerza, he tenido que desarrollar un poco de método para no morir en el intento y os voy a contar cuatro cosillas, por si os ayudan a vivir sin derrapar y, sobre todo, a sacar tiempo para vosotras mismas: para un café con las amiguis, una manipedi o un buen libro.

  • Plantéate cuáles son tu objetivos a corto, medio y largo plazo y qué acciones son necesarias para llevarlos a cabo (esto, en el caso de las emprendedoras es BASIQUÍSIMO). Yo no diferencio entre objetivos laborales y vitales, entre aumentar mis ingresos y ponerme en forma, entre tener oficina propia y leer una hora al día. Somos una persona y la vida personal y laboral se entremezclan inevitablemente.
  • Un clásico: diferencia entre lo urgente y lo importante, y numera las acciones teniendo en cuenta su prioridad. Sé extremadamente honesta.
  • A mí me deja tranquila echarle un ojo el domingo por la tarde a la agenda de toda la semana y, cada tarde, al acabar la jornada, la del día siguiente.
 
  • Principio básico: LO QUE NO CABE EN TU AGENDA, NO CABE EN TU VIDA. Calcula el tiempo que te lleva cada tarea (siendo realista) y plántalo en tu agenda. Obviamente, no caben doce actividades que precisan dos horas cada una. Que sí, que eres una tía muy capaz, pero que la cosa va de ser productivo sin dejarnos la vida en ello. Hay más días que longanizas, lo que no cabe hoy, lo pasas a mañana. Lo que hoy estaba apuntado y no ha podido ser, también a mañana, pero ojito, que entonces algo habrá que quitar de mañana. Sí, un coñazo: todos los días tienen solo veinticuatro horas y dicen que dormir y comer y descansar van bien para tu preciosa persona.
 
  • Sé obediente con los tiempos marcados, no vale lo de “esto no lo dejo hasta que esté perfecto”, porque nadie sabe lo que es esa perfección y porque, si te lo planteas seriamente, la diferencia no vale el tiempo que le estás dedicando. Concentrémonos en hacerlo lo mejor posible en un tiempo razonable y luego, a otra cosa, mariposa. Yo, a veces, uso el temporizador del móvil. Hora y media para escribir un post y el ring, ring, ring me indica que vaya terminando.

  • Dependiendo de tu estructura mental y tu ocupación, necesitarás una agenda de una página al día, o de tener toda la semana a la vista. Lleva tu agenda encima SIEMPRE. Lo de apuntarlo digitalmente está muy bien porque llevamos el móvil a mano las vienticuatro horas del día, pero el hecho de escribir mano las actividades hace que te plantees qué deberías hacer antes y qué después, te ayuda a pensar y a dilucidar si hay algo ahí que es innecesario o a encontrar huecos en los que disfrutar del tiempo libre. Por no hablar del gustazo que da tachar lo que ya has hecho. Yo lo subrayo en rosa fosforito y no hay nada más bonito que ver el día entero rosáceo perdido.

  • Apúntalo TODO. Te ahorrarás el sufrimiento de pensar que algo se te está olvidando. Llamar al pediatra, acabar ese informe, pedir cita para la manipedi, la clase de yoga, el cine del miércoles por la noche. SÍ, EL OCIO SE AGENDA: vaya a ser que se nos olvide lo importante de verdad.
 
  • Unifica tareas siempre que te sea posible. Está demostrado que nuestro coco gasta mucha energía cambiando de una actividad a otra, así que lo suyo es contestar a todos los correos sin ir saltando a otra cosa, redactar ese informe de principio a fin, etc. Yo dedico un día a la semana a escribir los artículos, intento concentrar las sesiones de coaching en dos días a la semana, y así sucesivamente. Todo lo que necesite menos de cinco minutos, se hace lo primerito de todo, y te lo quitas de encima.
   
  • El móvil, guardado. El simple hecho de tenerlo encima de la mesa reduce nuestra productividad en un porcentaje muy bestia que ahora no recuerdo. En el bolso está divino. Lo pongo en modo silencio y que solo suene si me llaman del cole de los nenes. Cuando acabo una actividad, un artículo, una sesión, le echo un ojo. Luego, al bolso again. Os aseguro que nadie muere si un mensaje no se contesta en el momento.

  • De la misma manera que ahorramos energía haciendo una sola tarea a la vez, hay actividades que se pueden hacer al unísono sin que ello suponga doble esfuerzo, por ejemplo plantarse una mascarilla mientras cocinas, le echas un vistazo a tu agenda el domingo por la noche o hablas con tu amiga por teléfono.

  • Delega todo lo que puedas delegar (y pagar). No hay nada más valioso que el tiempo libre, querida. Si te lo puedes permitir, que otro haga mientras tú disfrutas.
  • Tu tiempo es oro. Que te interrumpan solo por algo que valga la pena y que sea impostergable (ya verás como nunca lo es). Los demás no te dejan en paz, y tú ¿te dejas en paz? Cuando se te ocurra una tarea nueva, la apuntas y ya pasarás a ella cuando hayas terminado lo que estás haciendo.
  • Cocina una vez a la semana, congela. NO a limpiar la cocina cada noche. Preguntémonos si es necesario planchar la montaña de ropa de los niños, que acabará hecha una boñiga a los cinco minutos de ponérsela. Un truqui: si tenéis secadora y sacáis la ropa aún calentita, la plancha es absolutamente innecesaria.
  • Tenemos que cuidar nuestro precioso cuerpo. Si no hay manera humana de sacar tiempo para ir al gimnasio, siempre te puedes levantar quince minutos antes y hacer una tabla sencillita. Te lo aseguro, te cambia el día y la vida. Si un par de mañanas lo sustituyes por una meditación y/o un rato de yoga, ni te cuento. Hay mil aplicaciones y cuentas de Instagram donde encontrar ejercicios. Yo estoy entrenando con @efrenp.m y, cuando no tengo tiempo, sigo sus vídeos de IGTV.

  • Como en todo, esto es cuestión de disciplina. No vale apuntar y luego no cumplir ningún objetivo. Todo lo que hacemos es porque la motivación es la adecuada. La nuestra debería ser estar más tranquilas sabiendo que todo está apuntado en un lugar al que echarle un ojo; coordinarnos para sacar ratos para nosotras. Porque nos lo merecemos y punto. Porque sentir que somos arrastradas por la vorágine no es lo que tiene que ser. Seamos dueñas de nuestro tiempo, amiguis.

Gustémonos

Una de mis actividades favoritas cuando paso un finde sin niños es hablar durante horas por teléfono con mis amigas como cuando era adolescente. El domingo, mi amiga niuyorkina me contaba que ha recortado su vida social hasta los mínimos porque está agotada. Las ansias por recuperar el tiempo perdido en un matrimonio de mierda la han empujado últimamente a unos cuantos bares en los que se lo ha pasado de miedo, y ahora ya no necesita más. No tengo ni citas tía, pero eso sí, sigo yendo a boxear como si no hubiera un mañana y esta semana me pincho vitaminas en el jeto. Y bótox. Llevo la manipedi impoluta. Quiero estar divina, pero  por mí, que por fin me quiero.

Menos mal. Aleluya.

El caso es que mi amiga está más guapa, más feliz y más autoamorosa que nunca, y ese autoamor incluye tachar de su agenda todo aquello que no sea importante en este momento, darse tiempo para hacer deporte e inyectarse todo lo que le dé la gana si con ello se siente bien. Porque no nos equivoquemos: somos un ser, compuesto de alma y carne. Muchos opinarían que eso es de tía superficial y vacía. No estoy de acuerdo, en absoluto.

La noche anterior a mi charla con Angie, cené con un amigo que es cirujano estético. Cuántas veces me cuenta sobre mujeres que han llegado a su consulta acomplejadas, ya sea por un sobrepeso, unos pechos caídos o enormes, o por una nariz desproporcionada. Que lo de aceptarse está muy bien, pero lo de operarse no lo está menos si con eso ganamos en autoestima, joder. Porque a veces nos sentimos tan felices que nos ponemos guapas y, otras, el camino es a la inversa: me veo guapa y me quiero más. No juzguemos, por Dios.

Aquí, una vez más, el qué dirán juega en nuestra contra: que si no te hace falta, que si meterte en una operación por semejante tontería. Solo que para ti no es una tontería. A no ser que haya un accidente o un traumatismo previo, ahí sí se aplaude al bisturí. Si hablamos de una reconstrucción mamaria, todo bien. Ahora, una operación de pecho así porque sí ya es harina de otro costal. O no, porque el objetivo no deja de ser el mismo: mirarme al espejo y esbozar una sonrisa. 

Para algunas el físico no es importante, igual que para otras no lo es aprender cada día una cosa nueva o profesar una religión. Los términos medios no son dañinos, sí el ignorarnos permanentemente. Esconder bajo el felpudo las razones de nuestra incomodidad no es la solución, vivir pendiente de las miradas de los otros, tampoco. Supongo que el equilibrio es ese que se encuentra tras capas de creencias, despejadas algunas incógnitas de lo que realmente nos mueve, eliminadas los comentarios ajenos y cotillas. Dicen que una manera de hacerse la vida más fácil es diferenciar entre lo urgente y lo importante. Yo diría que lo urgente es reírse, y lo importante, hacerlo cada día. Si para eso hay que aprender a meditar, divorciarse o ponerse unos pechotes gloriosos, a quién le importa. El caso es gustarse.