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Etiqueta: autoestima

las claves de sol

Lunes con Sol, 15/4/19 (sobre problemas fabulosos y la importancia del singular)

las claves de sol

Problemas

El otro día un amigo señaló que yo tenía un problema de adicción con las napolitanas de chocolate de La Duquesita. Y con el Cola Cao, añadí yo. Y tengo el mismo problema con las voces prodigiosas, con los párpados carnosos (que me vuelven loca), con los buenos morreos, con Nueva York, con las tazas chulas de borde grueso, con mis maravillosos amigos. Otro problema es mi amor a los potingues que huelen bien, a los potingues en general. Soy adicta a las libretas bonitas, a los bolis de colores y a las pelis de superhéroes super buenorros. Tengo un problema, también, con el sol de abril y de mayo. Con tumbarme en pelotas a notar el calorcito sin que me achicharre. Con sentarme en mi balcón minúsculo, taza chula en mano, para cotillear a los transeúntes e imaginarme sus vidas. Problema es mi incapacidad para salir de una librería sin un libro en mano, aunque tenga treinta sin leer en casa. Tengo un problema con la necesidad imperiosa de reír a carcajadas todos los días, con sacarle la punta humorística a cualquier chorrada, con el rodearme de seres que dicen tantas o más barbaridades que yo. Problemas tenemos todos, y a mí los míos me encantan.

El plural del singular

Estos días hablo mucho con mi amiga Sandra. Después de treinta años con su marido, hace cinco se divorciaron. Ella intenta rehacerse, ya no de la separación, que ahora mismo le sabe a gloria bendita. Con lo cachonda mental que es ella no sé cómo ha podido aguantar a semejante sosainas durante tres décadas. Manda cojones que encima haya sido él el que haya decidido cepillarse a su secre y pirarse con ella. En fin, a enemigo que se va, puente de plata. El caso es que Sandra necesita volver a hacerse, recordar quién es. Recuperar sus gustos, sus manías. Quiere repescar los sueños que se ahogaron entre las obligaciones maternales. Quiere pasarse por el toto los comentarios de los padres del cole super religioso que ven FATAL que a ella le haya dado por plantarse un bikini para ir a la playa en lugar del bañador que tapaba sus preciosas carnes. Una divorciada medio desnuda en la playa. Una divorciada divina con permiso para acostarse con cualquiera, ir a bares con los amigos y salir hasta las tantas los fines de semana en los que el sosainas tiene a los niños. Con cuarenta y muchos, cuando se supone que la vida va cuesta abajo y ya no te mereces ilusionarte, qué mala perra.

De momento, Sandra tiene un objetivo claro: dilucidar lo que realmente le gusta para dedicarse a ello. Necesito recuperar el brillo. A veces, mientras charlamos sobre la vida, ella empieza a llorar. Igual que lloró cuando se cepilló al primer amante PostMaridoSoso. Cuánto tiempo sin que alguien la tocara con ganas, sin ganas de que nadie la tocara. Yo sé que valgo, pero ya no sé para qué. Cómo sería yo sin esos treinta años de anulación completa. La autorespuesta es un silencio, un agujero negro que me río yo del que fotografiaron la semana pasada. No sé cómo tomar decisiones. Me he acostumbrado a que otros las tomaran por mí. Durante años mi opinión no ha contado. Me hacía sentir tonta, inútil. He sido la mujer de, la madre de. He desaparecido. No sé ni por donde empezar a buscarme. No encuentro el principio del hilo para empezar a tirar. Necesito la aprobación constante de cualquiera. Estoy pendiente constantemente de lo que otros pensarán de mí. Ya no sé hablar en singular.

Y a mí se me iban revolviendo los entresijos a escuchar a esa mujer tan despampanante por dentro como por fuera, preguntándome en qué momento decidió entregarle su autoamor a otro. Vaciarse a cambio de que la quisieran, aunque la quisieran fatal ¿Por qué ante el primer “No vales para nada” no desapareció por siempre jamás? Y es que mala gente dispuesta a alimentar su ego a costa de la infelicidad de otros siempre la habido y siempre la habrá, pero joder, huyamos de ellos.

Yo era muy joven, no había conocido a nadie más, pensaba que eso era lo normal.

De ahí la importancia de reeducarnos aferrándonos a la libertad, a la autoestima, a lo que es el verdadero amor: uno que te hace crecer, que amplía tu mundo, que no te juzga, que te acepta como eres y te potencia. Querer mucho no es querer bien. Lo que para algunos es amor, en realidad es afán de posesión, de rellenar carencias. El buen amor no te apaga: te enciende, te eleva, te alimenta. El que te quiere bien no te quita, te da. No te dice “Como yo nadie te querrá” con tono de amenaza. El que te quiere bien no te necesita, te elige. Puedes vivir sin la persona amada, pero decides no hacerlo. El buen amor no te enferma, te cura.

   
Día de la mujer

Descárgate, mujer.

Día de la mujer

Lo sospechaba: vamos como vacas sin cencerro y nuestro mal tiene un nombre,  CARGA MENTAL. Lo he descubierto por un vídeo de Procter & Gamble, en el que varias parejas que declaran compartir las tareas del hogar en igualdad, proceden a intercambiarse los móviles para revisar las tareas de cada uno. Las del hombre son tres o cuatro, la mayoría relacionadas con el trabajo. Las de la mujer… AY, LAS DE LA MUJER.

Pedir cita con el pediatra, ir al supermercado, comprar el regalo de cumple, llevar a un niño al cumple, encargar los uniformes, entregar el informe del último trimestre, llamar al técnico de la lavadora, tutoría con el profe del pequeño, mandarle el correo a mi jefe, comprar libretas, comprar calcetines, reunión con el equipo de marketing, encargar el pastel de cumple, llamar al cole para que le den dieta blanda al mayor, ir al dentista, llamar a mi madre, comprar jarabe,…

La parte ejecutiva del hogar parece estar repartida en un 46% de los casos, porcentaje triste tristísimo. Pues el tema planificación está mucho peor. Está fatal de los fatales.

Ellos flipan, ellas se ríen (por no llorar). Ellos no eran conscientes de la lista interminable. Ellas tampoco, porque lo asumen como algo normal, porque la inercia histórica y vital se nos ha agarrado a los entresijos y nos convierte en autómatas. Tres de cada cuatro mujeres sufren de carga mental y la mitad ni lo sabe, porque piensa que es lo normal, porque no parece haber alternativa, porque la vida es así. Y punto.

Hablamos de una carga invisible donde las consecuencias tampoco se ven, pero se notan. Para esa maquinaria mental que tenemos en marcha desde que nos levantamos hasta que nos acostamos lo último es nuestro bienestar. Llego a todo, menos a mis horas de sueño, a mi gimnasio, a mi yoga, a mi peluquería, a mis horas de lectura que tanto disfruto, a mi comida tranquila. Y, en muchos casos, si logras sacar un ratito para darte un gusto, ataca la culpa. Mala madre, vaga, cochina. La culpa no ayuda a nada, la culpa es una mierda como un piano.

Uno de los hombres dice, al observar ese listado interminable, que “A mi me explotaría una vena del cerebro”. Pues a nosotras también nos explotan las venas y los insomnios, y los dolores musculares. Y cosas peores. El batiburrillo mental crónico degenera en depresión, en ansiedad. Y aún habrá quién nos llame histéricas. Cortisol por las nubes, estrés, enfermedades, mal humor. No tenemos tiempo de recordar que hemos venido aquí a ser felices nada más. Y nada menos.  Una mente al límite no es una mente feliz. El agotamiento físico se soluciona tumbándote en el sofá un rato, lo del agotamiento mental es más complicado: hemos de cambiar nuestra estructura: la mental y la logística.

En los horripilantes chats de madres, como su propio nombre indica, el 65% son mujeres. Otro elemento más que se suma a la lavadora mental. Todo el día recordándonos que TENEMOS QUE, QUE DEBEMOS DE. Nuestros sueños de deshacen entre malabares cerebrales y acabamos agrisándonos. No nos da tiempo a evaluar la realidad porque se nos come. No somos capaces de profundizar en nuestras vocaciones, de aclarar las ideas, porque tenemos demasiadas. No tenemos tiempo de nutrirnos, de realizarnos, de crecer, de sopesar. La voluntad desaparece en una mente sobrecargada.Y como, además, todas sufrimos el mismo mal, no encontramos un referente al que imitar para acabar con esta majaronería.

Hoy es el Día de la Mujer y, aunque cada minuto de nuestra existencia deberíamos tener presente que nos merecemos lo mejor, nos lo podemos tomar como esas dietas de los lunes, los propósitos de enero, los inventarios de cumpleaños. Vamos a repartir listados, no ya de acciones, sino de pensamientos. Entonemos un discreto mea culpa que nos recuerde que el mundo seguirá girando aunque no lo empujemos. Girará más despacio, girará a trompicones, pero girará. Ser conscientes del peso insportable de nuestro coco es el primer paso hacia la solución, como en todo. Tomar medidas es el segundo.

               
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10 year challenge: ¿estamos mejor, peor o igual?

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No es ningún secreto, no llevo bien el paso del tiempo. O, mejor dicho, no llevo bien el paso del tiempo en mi jeto, en mi cuerpo. El óvalo facial se está yendo a tomar por el jander, mis rodillas parecen sendos ensaimadas reblandecidas, las canas me invaden POR TODAS PARTES, me despierto el sábado a las seis de la mañana y, para las ocho, me arrastro sin remedio. Suena dramático. Y lo es.

Y, en medio de toda esta tragedia, una empieza a visualizar el hashtag #10YearChallenge por doquier, con dos fotos, una se supone de hace diez años y otra se supone de ahora. La verdad es que, a veces, es complicado saber cual es cual.

Joder, cómo nos mantenemos.

Qué bien estamos.

Somos como el vino.

Por nosotras no pasa el tiempo.

Y UNA MIERDA.

Incluso yo me autoengañaba, hasta que un día, mirando mis catastróficas fotos de la orla universitaria, le dije a mi madre “Joder, mamá, pues yo me veo mejor que a los veinte” y ella contestó, rotunda “NUNCA estaremos mejor que a los veinte”, con esa sabiduría aplastante que te da el haber parido y ser de la fría Soria.

Y es que es verdad.

Tened en cuenta que las fotos de hace diez años estaban hechas con unos móviles mierderos, ahora tenemos, incluso, el modo retrato que consigue que, en el peor de tus días, aparezcas ideala. Lo de los filtros ya pa qué, pa qué. La prueba del algodón, digo yo, consistiría en comparar una foto hecha en 2009 nada más levantarnos con otra hecha en 2019 nada más levantarnos. Por supuesto, debería haberla tomado la misma cámara, con la misma luz.

No quiero yo joderos lo que queda de lunes, pero os aseguro que, salvo contadas excepciones, nuestro careto del 2009 le gana por goleada al de esta semana. Como es lógico y normal.

Y es que, amiguis, hay acontecimientos que son inevitables, aceptémoslos (y os lo digo y me lo digo). La buena noticia es que hay otros que sí lo son, los que dependen de nosotras. Quizás, al ver nuestra carita de 2009, recordamos que hubo un tiempo en el que vivíamos atormentadas. Porque aquel no me hacía caso. Porque aquel me mareaba. Porque no sabía si estudiar Derecho, ser azafata o pillarme un año sabático. O selvático. Porque me presionaba tanto lo que los demás opinaran de mí que no escuchaba mis propios pensamientos.

Lo que vemos en nuestras caras actuales, debajo de los filtros y los modos retrato, eso que nos gusta, es todo lo superado o, al menos, el saber que queremos llegar a un lugar que es solo nuestro, como nuestro será el camino para llegar hasta él. Ya tenemos claro que somos una naranja entera, que el que te quiere no te hará llorar, que es posible vivir de nuestra pasión, que las únicas responsables de cuidar a esas que vemos en las fotos somos nosotras. Que no hay mal que cien años dure, ni amiguis que no lo solucionen. Que esto no es un ensayo, que no somos un ensayo, así que más nos vale darle una patada al puto conformismo y ponernos a bailar hoy, no mañana, ni pasado. Que el tiempo no pone nada en su sitio si tú no le das un empujón. Que hemos venido aquí a ser felices, libres y valientes. Y que todo eso, en el fondo, es lo mismo. Que sin ÉL lo eres todo. Y más.

Celebrémonos, queridas, hoy y en el 2029.

 

Cosas que a mis cuarenta y cinco tengo clarísimas (parte III)

Sé que la culpa es inútil, no te protege como el miedo, no te da espacio como la tristeza. La culpa es la mierda. El conformismo es la mierda porque te convierte en la mitad de lo que realmente eres y te deja hecho un amasijo mediocre, gris y mate.

Dejo los libros a medias si me aburren por muy famoso que sea su autor, por muchos premios que gane, por muy bien que quede comentar su obra en una cena. Mi tiempo vale más que los galardones de gente que no conozco. Porque mi tiempo, el tiempo, es finito y esas páginas me roban otras con las que seré más feliz. Y es que ser feliz ha de ser el fin último de todas mis acciones, porque para eso vine yo a este mundo. Bailar me hace feliz, Aquaman me hace feliz, la sobrasada me hace feliz, escribir  me hace feliz.

No recuerdo quién era yo antes de escribir porque probablemente era mucho menos yo, porque no sabía que esta plenitud era posible. Sé que tengo que transformar los problemas en objetivos y los sueños en metas porque, de lo contrario, seré una tía conformista y eso es la mierda, ya lo he dicho. Nada es casualidad porque creamos nuestra realidad y hay  un orden misterioso y fabuloso a partes iguales del que poco sabemos y que nos lleva por el camino correcto a no ser que nos empeñemos en cagarla una y otra vez.

Tengo que escucharme, que contemplarme, porque soy la única linterna que tengo para hacerle caso al universo. No tengo que pedirle permiso a nadie para ser feliz, porque nadie es dueño y señor de mi libertad. Nadie. Es justo y necesario que me tome vacaciones de la gente que me rodea para tomar perspectiva, para reencontrarme conmigo misma, porque hace tiempo que me echo de menos y ni siquiera me había dado cuenta. Quién eres tú y que has hecho conmigo. También hay que tomarse vacaciones de los hijos Y NO PASA NADA. Porque la culpa es la mierda, ya lo he dicho antes.

El tiempo solo pasa, no pone nada en su sitio, a mi tampoco, así que voy a liarme a ordenar. El tiempo tampoco cura. Curan las ganas. La vida también pasa y qué miedo mirar atrás y darte cuenta de que decidiste no decidir. Te lanzaste sobre el conformismo y el conformismo es la mierda (sí, otra vez). La amistad mueve el mundo, y si no es tu caso, revisa, algo está mal.

No hay nada malo en afirmar con vehemencia que Jason Moma está buenísimo, que Idris Elba está buenísimo, que Richard Madden está buenísimo, que me gustan los tíos que están buenísimos. Porque así de superficial soy. A quién le importa, qué más me da, a mí chimpún. Ayudar a otros a ser felices es celestial, y para conseguirlo he de saber de que estoy hablando, porque si estoy amargada perdida no le alegraré la vida al de enfrente.

Lo de criar hijos es muy difícil y muy fácil: no les jodamos la vida. Con eso basta. No hay que compararse con la de la revista, sino con la del espejo. Quién era ayer, quién soy hoy. Me equivoco, me olvido, me tropiezo. Déjate de hostias. Siempre arriba, siempre adelante.

Mil deseos.

Quiero mudar la piel cada día y sentir, cada mañana, que escribo mi historia desde cero. Hoy es otra oportunidad para soñar, otra vida. Quiero hacer cada noche un inventario de lo bueno y olvidarme de lo malo, porque no sirve, porque solo jode. Quiero pedirle al despertador que me recuerde constantemente ese para qué al que agarrarme y ser feliz.

Quiero pasar  las Navidades frente a la chimenea, bajo la manta, viendo “Love Actually” en bucle, oliendo a madera, rodeada de nieve y de gente que quiero mucho y con la que me río porque sí. Quiero hincharme a chocolate en tazas de borde grueso que compro en Nueva York. Quiero que Nueva York sea (aún más) parte de mi vida. Quiero pasar las Navidades en Nueva York, en bares de madera con luces maravillosas y villancicos americanos. Ir a mi puente de Central Park el primer día del año para recordarle que es mío y de nadie más. Y que soy suya. Y de nadie más. Quiero pasar las Navidades en México, cantando rancheras y con los tacos al pastor saliéndoseme por las orejas, con mis amigos ahogados en tequila y el espíritu de Frida poseyéndonos sin mesura.

Quiero hacer yoga todo el rato, que me den muchos masajes, sustituir los tengo que por los quiero. Quiero que la belleza me rodee y que yo sea capaz de apreciarla, que me sorprenda cada día la magia que es esto de seguir vivo. Quiero, al mirar fotos antiguas, añorar aquella tersura, y sonreir porque hoy soy mucho más sabia: sé que la amistad, las risas y la sobrasada son lo único que realmente importa. Quiero tener cara de p´alante todo el rato. Quiero ir por la vida en plan “Lo hacemos y ya vemos”.

Quiero ser más valiente, decidir, hacer borrón y cuenta nueva a cada minuto. Tachar a los que no, subrayar a los que sí. Ser mayúscula, divina, apabullante. Y quererme. Quererme como si no hubiera un mañana. Porque no sé si lo hay, aunque me gustaría. Quiero que la música, el cine y los libros me traguen, me envuelvan, me corroan. Quiero que me besen hasta marearme, revolcarme con tíos que estén buenísimos, pensar cien veces al día “porque yo lo valgo”. Quiero salud, de la que se ve y de la que se siente. Quiero dinero para vivir como quiero vivir, para comprar experiencias, recuerdos, vivencias. Quiero estar sola y muy acompañada.

Quiero cantar en el karaoke hasta perder la voz, cenar con los amigos del cole, bailar hasta que amanezca, navegar por mi isla, ir a mil musicales, a mil conciertos. Quiero viajar mucho, sobre todo hacia dentro. Y también a Australia. Quiero recorrer en furgoneta las Highlands escocesas, ver mil castillos, visitar al monstruo del lago Ness. Y volver sin bragas por culpa de un pelirrojo. Voy a invadir Escandinavia, por los vikingos y por el Hygge. Voy a perderme por Montmartre, a reenamorarme de Londres.

Quiero ir por la vida sabiendo que lo que tengo no son problemas, sino oportunidades para no cagarla a la próxima. No quiero perder ni un minuto quejándome, porque la queja es una mierda y no te lleva a ninguna parte. No pienso conformarme porque “esto ya me va bien”.

No pararé hasta llegar, porque mirar el cielo está muy bien, pero yo prefiero tocarlo.

           

Cómo autoquererse: guía práctica

Vaya por delante que aquí la menda no es psicóloga ni coach, pero ante vuestras peticiones, voy a contar lo que he aprendido a mis cuarenta y cinco castañas sobre el autoamor. Lo primero: esto no es pan comido, como casi nada en la vida. Requiere de voluntad, de esfuerzo y de constancia. Es lo que hay, amiguis. Lo segundo: esto depende de ti y de nadie más.

Sabes que te quieres poco porque te sientes inferior al resto. A todo el resto. Ellos son mejores que tú, por eso vives en la desmotivación absoluta. Qué pereza todo. Total para qué. A mí que no me llamen.

No acabas lo que empiezas. Le tienes un miedo impresionante al fracaso. Eres fea y tonta. Fea y tonta de cojones. No dices lo que opinas por miedo a lo que los demás piensen de ti. Crees que no has hecho nada útil en tu puta vida. Ni lo harás. No tomas una decisión así te maten. Resumiendo: tienes una autoestima de mierda. Y ESO NO PUEDE SER.

No es por meterte prisa, pero mientras esperas a que llegue ese verano ideal lleno de palmeras en el que tus problemas se disolverán por arte de magia, la vida pasa. Y, sorpresa, cada día es un día perdido. Si piensas que un día llegarás a un lugar llamado Felicidad, lo llevas clarinete, porque eso es no existe, chata. La cosa está en el camino, ya lo dijo el poeta y luego Serrat.

Aclaremos que pocas tienen la cara de Charlize Theron y el cuerpo de la Bündchen, pero es que resulta que lo de quererse no tiene nada que ver ni con el jeto, ni con el culo, ni con la pasta. Gracias a Dios, por otra parte. Esto va de aceptar lo que no puedes cambiar y mejorar en la medida de lo posible. Los muy espirituales dirían aquí que lo que importa es el interior. Vamos a ver, que sí, pero que unos buenos morros rojos y la eliminación de las puñeteras raíces igual ayudan a que te veas más guapa, te sientas mejor y te quieras más. Así que, venga, a la perfumería. Lo más rojo que haya.

Las comparaciones con el resto de la humanidad sirven de poco, mejor tomas como referencia tu Yo de hoy e intentas que la de mañana sea mejor. ¿Y qué es una Yo mejor? Pues esa que toma una decisión, que se atreve a hablar, a exponer su opinión. Cada día una cosa, siete en una semana, treinta en un mes. Créeme que, cuando una comprueba que abre el pico e, increiblemente, el mundo no se para y nadie muere, la cosa anima. No busques la aprobación de los demás. Tú valía no depende de ellos. Lo bueno no es conseguirlo, sino intentarlo. La gente es libre de opinar, pero eso no significa que deba afectarte. Sus juicios tienen que ver con ellos, con sus mochilas, con sus traumas, no contigo.

Que te importe lo que piensan los que te importan. 

Aquí no hemos venido a ser perfectos (signifique lo que signifique eso), sino felices. Ten claro que tienes derecho, que eres capaz, que hay una habilidad que es solo tuya. Compra experiencias que nadie te pueda robar, porque los bolsos pasan de moda, pero los recuerdos no. Disfruta de lo tuyo (de tus canciones, de tus películas, de tus amigos, de tus jabones que huelen bien) sin pensar en lo que tienen los demás. Autoquererte tiene que ver con cómo te sientes contigo, la palabra ELLOS no entra en su definición. En alguna parte del mundo hay alguien con la autoestima inflada dispuesto a hacerte añicos para sentirse aún más superior: no le dejes. A la mierda. A LA MIERDA DIRECTO.

Tú no eres tus miedos: ciérrales la puerta y quédate fuera, que hay mucho mundo esperando a ser conquistado. Pregúntate los PORQUÉS de eso que te paraliza. Busca el nudo y lo encontrarás. Ten claro que la palabra Fracaso la inventó alguien con pocos cojones y muchas excusas. La culpa es inútil. Perdónate todo el rato. Camina mucho, piensa, come algo rico y  que te siente bien.

Tu vida es solo tuya. Celébrala.