Llegó el 31 de diciembre, pasó el 1 de enero. Llenaste hojas y hojas con propósitos, deseos y posibles milagros. Te lo crees TODO. Porque este año sí que sí. VAS A VER.
Y llega el 8 de enero, empieza el cole. Llegaste anoche de casa de tus padres, no tenías nada para cenar, metiste una pizza precocinada en el horno y no te dio tiempo de deshacer las maletas, que lucen desparramadas en medio de tu habitación, con lo cual tienes que pegar saltos por encima de la cama para pasar de un lado al otro. No empiezas bien, querida. El orden era una de las cosas que ibas a implementar nada más empezara el año. La alimentación saludable y orgánica era otra de ellas.
Vaya tela.
Pensabas descansar estas Navidades y lo hiciste, pero luego la cosa se complicó y entre los niños, tus padres y los viajes, estás agotada. QUÉ BIEN.
A la labor de deshacer las maletas de toda la familia, lavar la ropa sucia y ponerlo todo en su lugar, se suma el tema de quitar el árbol. Para colmo, este año te poseyó el espíritu salvaje de la Navidad y compraste un bicho de dos metros y pico, y trescientos adornos. Desmontar eso te va a costar tres horas y un despelleje de manos importante, porque el abeto, aparte de enorme es muy natural y tiene unos pinchos que ni te cuento.
Hasta volver al trabajo parecía guay, porque este es el año del borrón y cuenta nueva: vas a llevar tus tareas al día, no te estresarás y cumplirás tus objetivos sin pestañear. Has llegado a la oficina con tu agenda nueva maravillosa, con otra que te han regalado y con una de mesa ideal que te compraste porque ahí ves la semana entera y no solo el día. Has apuntado todo lo que tienes que hacer en las tres, no sabes cual mirar ni por dónde empezar. Te da vueltas la cabeza. No acabas este mogollón ni para agosto.
Coño con las vacaciones.
Al sentarte, has notado como tu lorza turronera luchaba contra el botón del pantalón y sobresalía por encima. Ya tienes flotador para el verano. Te desabrochas el botón y la cremallera le sigue. Te estás viendo las bragas y el michelín. FANTÁSTICO.
Vas a comer caldo hasta marzo pero casi que empiezas mañana, que con el follón del viaje no te ha dado tiempo a cocinar nada. Hoy unos espaguetis, que se cocinan rapidito. Salsa de bote, CLARO.
Quieres estrenarlo todo, los bolis, libretas nuevas, hasta los muebles cambiarías. Irás de rebajas, renovación de armario. Huy que no puedo: las extraescolares, la compra del súper que es que no hay nada, las PUTAS LAVADORAS.
El 2018 iba a ser el año de la paciencia maternofilial. Papá Noel, las borracheras y tu índice glucémico desmesurado te han provisto de una templanza importante hasta el 8 de enero pero ayer tus criaturas ya la liaron. Se echaron encima el desayuno, se olvidaron los libros y no han traído lo necesario para hacer los deberes. Estás del hígado. Para variar.
Ya si eso para el 2019 te conviertes en una madre zen.
51. El beso que le da Patrick Dempsey a Michelle Monaghan en “La boda de mi novia”. Si no me besa él, que no me bese nadie.
52. Las portadas del New Yorker.
53. El olor a suavizante en la toalla con la que te secas después de una ducha larga, justo antes de dormir. Especial mención al Mimosín aroma Jazmín. Muero.
54. Las reuniones con las integrantes del Chat de las Mujeres Despeinadas. La distancia no nos aleja, amiguis. Los encuentros son galácticos. OS AMO.
55. Pensar que, en unos meses, “Doctor Strange” saldrá a la venta en DVD y yo podré contemplar las manos de Benedict sin prisa pero sin pausa, una y otra vez, hasta la extenuación.
56. Que el músico del metro esté tocando una canción que te gusta mucho. Que la toque bien.
57. El olor a castañas asadas en diciembre. Me recuerdan a mi niñez, a mi pueblo. No me gustan las castañas, solo ese olor. Recordar que, en algún momento, en el cole me disfrazaron de castanyera. Se me había olvidado hasta este momento.
58. Youtube. Principalmente por los vídeos de las galas de Fin de Año de “Martes y Trece”.
59. Volver a ver “Top Gun”.
60. Los amigos que vuelven a casa por Navidad.
61. Ver una buena nevada desde la ventana. Que la nieve cuaje. Que haya un palmo de nieve en tu balcón.
62. Pasar un día entero viendo “House”. Esa mirada azul de Hugh Laurie. Qué listo. QUÉ CABRÓN.
63. Natalie Portman en “El profesional (León)”. Natalie Portman en “Beautiful girls”. Natalie Portman.
64. Hacerse con todos los capítulos de “Dallas”, “Falcon Crest” y “Flamingo Road”. Vale, soy MUY MAYOR.
65. Descubrir cafeterías absolutamente preciosas y acogedoras, como esta.
66. Lola Flores.
67. El Puma y su “Pavo real”.
68. Hacerte la manicura y que quede perfecta.
69. Las velas de canela y mandarina de Muji.
70. Este cuadro, la forma en que me enamoré de él, nuestras casualidades, los secretos que compartimos y que quizás algún día os cuente.
71. Esta foto: porque me encantan las mujeres con las bragas bajadas. Porque se la compré a un fotógrafo neoyorquino. Porque él la había tomado en mi isla. Porque amo las casualidades, esas que no existen.
No sé si os pasa pero yo tengo constantemente la impresión de que soy marciana. Hay TANTA conducta que no entiendo que lo más lógico es pensar que la rara soy yo. Durante esta semana he repetido la frase de Facundo tantas veces y en situaciones tan dispares que no he tenido más remedio que compartirlo con vosotros, a ver qué os parece el tema.
Situación Facundo num. 1
Hará cosa de diez días me reencontré con amigos del pasado. Da igual para qué, mejor no doy pistas que tampoco quiero yo provocar mal ninguno. El caso es que ayer mismo, uno de esos colegas, simpático como pocos, me envía un WhatsApp. “Qué ilu”, pienso yo, “Cuánto me reí con él a mis dieciocho”. Empezó suave, el chiquillo: qué bien verte, cuántas risas, qué guapa estás.
Mira qué bien.
Yo contesto amablemente con agradecimientos, reciprocidades y un sincero “Nos tomamos un café cuando vaya por esos lares”. A lo que él, se lanza en picado y me suelta “El fin de semana tengo una conferencia en Sevilla, tendré mucho tiempo libre, por si te quieres venir” seguido de unos iconos de lo más picarones.
OLE TUS HUEVOS, CHAVAL.
Ni que decir tiene que el caballero está casado, tiene descendencia y, ni que decir tiene que por mi parte no ha habido ni media insinuación sexual NI NADA QUE SE LE PAREZCA.
Yo añadí un “ja-ja-ji-ju-ji-ja-ja-ja-ja-tirurí” y A BUEN ENTENDEDOR, POCOS ICONOS BASTAN.
Situación Facundo, num. 2
Colegas de siempre que nos vamos a tomar algo y una cosa lleva a la otra, y unas copas y “Huy, qué tarde” y “Huy, que para variar siempre termino la última”. La última con alguien, claro está. Allá que acompaño al otro marchoso a su vehículo que está camino de mi casa y allá que ese ser, al que conozco desde hace veinticinco años, me suelta como el que no quiere la cosa: “PUES MIRA, NOS PODÍAMOS IR A FOLLAR AHORA, POR EJEMPLO”.
Palmada en el hombro, VENGA VA. Mejor te vas con tu santa esposa, o lo que tú veas.
Esto no acaba aquí, amiguis. (Chicos implicados en las historias, si lo estáis leyendo, de buen rollo, que yo os quiero mucho pero de ahí a follar…). Lo que decía: al cabo de unos días vamos a cenar y yo, que soy una tía discreta dónde las haya, no digo ni mú de que el señor que tengo al lado me propuso tracatrá. Pero él, ni corto ni perezoso comenta: “Bueno, y esta mujer, que no quiso follar conmigo, ¿qué os parece?”, a lo cual responde el amigo de enfrente: “Joder, Sol, con lo liberal que tú eres”.
¿Dónde estoy? ¿Quién soy? ¿Qué significa liberal? ¿Será sinónimo de “soltera” y yo no me he enterado? ¿Las liberales follan con cualquiera que se lo propone? ¿Por dónde empiezo a explicarme? Mejor cierro el pico y me descojono. NO ES PARA MENOS.
Y podría seguir hasta la eternidad contando historias sobre cuánta sorpresa provoca que una tía soltera, que escribe sobre penes y coños y Mareadores, que suelta tacos a mansalva y enseña las tetas cuando le viene en gana, no se lance sobre el primer macho que le pide Mambo.
No sé, quizás el post debería llamarse “Soy soltera, no puta”, pero hoy me sentía sutil. Cosas que pasan.
Desde luego, tengo delito. He escrito sobre casi todo lo que nos envuelve en estas, nuestras vidas de féminas del s. XXI. Pero aunque las he mencionado de soslayo, todavía no les he dedicado un artículo a LAS AMIGAS, a mis amigas.
Tengo las mejores amigas del planeta y ha llegado el momento de daros las gracias, mis chochinguis, por tantísimas razones…
GRACIAS porque si no fuera por vosotras, no estaría aquí escribiendo estas líneas. Me distéis el coñazo (mucho) hasta que me rendí y empecé a plasmar en este blog todas esas burradas que antes solo decía. Ni que decir tiene que no necesito más musas que vosotras. Sería materialmente imposible que a mí sola se me ocurrieran tantísimas salvajadas sobre polvos, piedras coñiles, penes… Sois una fuente inagotable de sabiduría e inspiración.
GRACIAS porque con vosotras puedo ser yo misma y soltar por esta boca cualquier improperio sabiendo que no me lo tendréis en cuenta.
GRACIAS por nuestra complicidad, porque esas miradas telepáticas, porque no hay que contextualizar, dar explicaciones, buscar excusas. No con vosotras.
Muchas GRACIAS por aceptarme tal como soy, no es fácil, lo sé: me quejo, me enfado, me obsesiono, me pongo de muy mala hostia, muchas veces. Y ahí estáis, pasando de mis cabreos, PERO NO DE MÍ.
GRACIAS porque con vosotras puedo ser incoherente, incorrecta, insoportable. Siempre seguís ahí (al menos de momento).
GRACIAS por decirme verdades que no quiero oír, por nunca atacarme con el “ya te lo dijimos”, aunque me hayáis advertido mil veces.
GRACIAS por apoyarme, aunque no siempre me entendáis (algo muy normal, teniendo en cuenta que, normalmente, no me entiendo ni yo).
GRACIAS por respetar mis silencios y mis gritos, por llorar conmigo y, sobre todo, por reír todas juntas hasta hacernos pis y conseguir que el rimmel nos chorree por toda la cara. Nunca fuimos comedidas, PA QUÉ.
GRACIAS por no tener pelos en la lengua, por pasar del qué dirán, POR TENER ESOS OVARIOS TAN GIGANTESCOS. A vuestro lado hay que ser valiente, no hay más remedio.
GRACIAS por no permitir que la distancia nos aleje, por hacer que todo aquello que nos une pese más que unos cientos o miles de kilómetros MUY insignificantes.
Gracias, mis maravillosas compañeras, porque vuestra amistad es la gasolina que mueve el mundo.
Resulta que este finde celebrábamos la despedida de soltera de nuestra amiga Cristina. No puedo dar muchos detalles de la selebreishon por cuestiones de discreción, pero adelanto que me ha inspirado, al menos, diez artículos.
El caso es que estábamos todas sentaditas alrededor de una bonita mesa, en un restaurante de postín de la capital. Me levanto para ir al baño y, cuando vuelvo, dos de ellas están comentando algo sobre “las alianzas de la primera Guerra Mundial” y “el matrimonio de los Reyes Católicos”. El resto, calladitas y atentas.
Ay, Dios mío.
QUIÉNES SOIS Y QUÉ HABÉIS HECHO CON MIS AMIGAS
Yo ya estaba imaginando que alguna abducción extraterrestre se había apoderado de sus pervertidos cerebros mientras yo hacía pis. Ellas seguían con sus debates históricos y a mí se me empezaba a saltar el lagrimón. Qué cabrones los alienígenas. Qué os han hecho. Podían haberos despojado de cualquier otra habilidad que no fuera tan fundamental como la capacidad de decir bestialidades sin cesar. Vuestro tesoro más preciado. Vuestra esencia.
Ya me hallaba al borde del cataclismo ante la explicación detallada sobre la Batalla de Galípoli, cuando se acerca el maÎtre y nos pregunta quién es la novia. “Yo” dice Cristina muy sonriente. Y allá que el caballero suelta “Mira, yo anulé mi boda veinte días antes de la celebración y ahora llevo dieciocho años con Laura”.
Silencio.
Alucine.
¿Quién es Laura y qué pinta en nuestra despedida de soltera?
El hombre prosigue con su explicación, TAN apropiada para una novia en ciernes: “Veinte días antes me enamoré de otra, qué le vamos a hacer”.
A esas alturas estábamos toda bizcas. LA MADRE QUE TE PARIÓ, MAÎTRE
Y allá que salta Inés y le replica “Hombre, veinte días antes no sería”. Miradas inquisidoras, hombre acojonao.
“Bueno, fue un año antes pero decidí dejar a mi novia a los veinte días de la boda”.
TOMA YA, CASTAÑA PILONGA.
Como si nada. Y se pira.
Cómo se puso el gallinero, señores.
“Vaya morro”, “Qué hijoputa”, “Pobres chavalas”, “Imáginate a la pobre novia”, “Yo se la corto” y un largo etcétera de lindezas salieron por esas, nuestras boquitas. Ante tanto insulto, yo me sentí aliviadísima porque era posible que las lecciones de Historia hubieran sido solamente un lapsus, de esos que se dan una vez cada cien mil millones de años, rollo cometa Halley. Pude confirmarlo cuando, tras la intervención del marido de Laura, volvimos a las andadas, como si Juana la Loca y Von Bismarck jamás hubieran existido. Nos encanta poner a caldo a los adúlteros pero cambiamos de tema porque, a diferencia del señor del restaurante, tenemos dos dedos de frente y nos constaba que el abandono ante el altar no era algo a tratar a dos meses del bodorrio de nuestra amiga.
“Candela, cari, ¿cómo te va la piedra lunar?” Le pregunto a mi amiga, la esotérica. (Os recuerdo que Candela nos informó hace meses sobre los huevos de obsidiana que te introduces en la vagina con fines terapéuticos y le dediqué un bonito post)
“Pues ahí está, de momento noto que sueño más intensamente, pero nada más”.
La intención de Candela, aparte de fortalecer su suelo pélvico, era “encontrar amantes guarros”. Sí, así de Fabulosas son mis amigas.
Y continúa su relato, muy ofendida porque en su barrio hay tanta contaminación lumínica que, con tal de cargar el huevo con energía lunar, se había tenido que ir al campo “porque claro, si la pongo en mi ventana, la piedra se carga con la luz de la farola, los rayos láser de la discoteca de al lado y el neón del bar de abajo. Y vete tú a saber qué le podría pasar a mi chirri si me meto eso ahí dentro”.
“Pues, Candela, se te transforma el toto en una tortuga ninja mutante, como mínimo”, le contesta Inés.
Risas.
Descojone.
Chorros de rimmel por nuestros mofletes.
Amigos alienígenas, si en algún momento os planteasteis lobotomizarlas, os habéis arrepentido y os lo agradezco desde lo más profundo de mi corazón.
Cuando Candela se pudo recuperar de las carcajadas, nos contó que ella no pierde la esperanza, que estaba convencida de que la piedra lunar coñil iba a borrar la memoria de sus bajos para así no repetir patrones dañinos. “ADIÓS, PENES DEL PASADO”, espetó ella con los brazos abiertos y la mirada al cielo. “HOLA, PENES DEL FUTURO”, contestamos todas sin acuerdo ni ensayo previo.
Más lagrimones.
Más carjadadas.
Ni que decir tiene que la cosa no acabó aquí y que nos pasamos la noche hablando de piedras coñiles, de la posibilidad de que fornicar se admitiera como deporte olímpico, de que a mi amiga Nuria todos los vibradores le parecen pequeños, de la borrachera de la noche anterior…
Habrá a quien estos diálogos nuestros le puedan parecer soeces, chabacanos e, incluso, gilipollescos. En efecto, lo son. Algunos nos tildarían, escuchándonos, de superficiales y ordinarias. Y lo somos, MUCHO, así como también somos: tolerantes, cachondas mentales, inteligentes, espabiladas, cariñosas, buena gente, honradas, currantas, emprendedoras, valientes, sensibles, madres entregadas, locuelas a veces y amigas SIEMPRE.
Que nadie se equivoque: NADA nos define, nuestras palabras TAMPOCO.
Esta vida nuestra llena de responsabilidades, bien se merece un ramillete de compañeras asalvajadas, siempre dispuestas a decirla más gorda que tú. Que no nos importe el qué dirán. Digamos muchas palabrotas, seamos irreverentes, escandalicemos si nos apetece. No esperemos el premio a las más correctas, nadie nos lo va a dar.
Démosle a la risa la importancia que realmente tiene, que es MUCHÍSIMA. La risa consuela, relaja, cura.
Riamos compañeras, TODO LO POSIBLE y, por el amor de Dios, no me peguéis más disgustos históricos, que me perdéis.
Para escribir esto me he tenido que ir a un Starbucks al más puro estilo Carrie. La ocasión lo merece. Podría deciros que “le pasó a una amiga mía” pero no iba a colar, así que seré sincera.
Me encantan los masajes, no me canso de ser masajeada y mi día ideal SIEMPRE empezaría con un buen masaje. Me he dado masajes en varios países, en Tailandia ya ni os cuento. Con esto lo que quiero decir es que me han dado muchos masajes de muchos tipos, muchas personas.
En Madrid me aficioné a un sitio thai maravilloso y carísimo de esos que abren siete días a la semana, 14 horas al día. Pero hostia, me dejaba el sueldo, así que decidí probar masajes thai más plebeyos y un amigo me recomendó un local que me pareció cutre pero oye, a mitad de precio que las superthai.
Allá voy yo y qué alegría más grande cuando veo que por dentro es monísimo y muy zen.
Y aparece el masajista en cuestión: pelos rasta hasta la cintura y cejas depiladas rollo Spock.
Se me ha escapado una tribu urbana nueva, está claro. Me quedo un tanto patidifusa y pienso que o se recoge el pelamen o se le llenará de aceites esenciales.
Me lleva muy amablemente a la colchoneta colocada en el suelo que hará las veces camilla. No camilla, rastas hasta el jander… Empiezo a pensar en las posturas y en como lo vamos a hacer para que no me restriegue los mechones por el body (a estas alturas ya veía yo que el joven no se iba a hacer ningún tipo de recogido capilar).
Me pongo las bragas de papel rollo Dodotis (esto va mejorando) y allá que le espero yo boca arriba tapada con unas telas étnicas a juego con las rastas.
Y empezamos.
Rasta Spock tenía las manos totalmente congeladas, JODER. Me cabreo. Poco a poco se le van calentando.
Aquello no era tan thai como mis amadas thai carísimas pero bueno, su aceitito caliente, presión adecuada…
Y me pongo boca abajo.
Qué bien, ha llegado el momento. Tengo contracturas hasta en la rabadilla y el momento masaje espalda es siempre celestial. Además, Rasta Spock me había preguntado dónde las tenía. “Aquí”, había dicho yo, señalando mi lomo. No había pérdida. “Entre los omoplatos, sobretodo” había concretado, por si no percibía las contracturas tamaño mandarina. No podía fallar.
Mujeres del mundo que teneis una talla de sujetador superior a la 85 … Sabéis que cuando te pones boca abajo, el pechamen sale por los lados ¿no? Bien, yo no estoy precisamente plana, con lo cual por los lados sale BASTANTE. Pero el tema es que en los flancos no tengo contracturas, con lo cual las glándulas mamarias no habían molestado jamás para nada, HASTA QUE LLEGÓ RASTA SPOCK.
Prueba gráfica de tetamen asomando.
No me preguntéis en que Escuela Thai estudió, o donde se pensaba que estaban mis omoplatos.
Me masajeó los flancos, o sea la media teta que se me salía por ambos lados, aproximadamente 76 veces.
QUÉ MOMENTO, SEÑORES… ¿Qué hago?, ¿le digo algo?, ¿se trata de un movimiento nuevo desconocido por las thai pero muy en voga entre los masajistas thai semijamaicanos?, ¿o me está metiendo mano descaradamente? Si ese es el caso ¿lo disfruto? Joder, desagradable no es, aunque el rollo Rasta Spock no es lo mío…
Decido relajarme y disfrutarlo, DE MOMENTO.
Ni que decir tiene que, llegado el momento, las contracturas que tengo en el culo las encontró y las trató, PERO A BASE DE BIEN.
Braga dodotis metida por el jander hasta el intestino y, hala, a amasar.
Acaba la manoseada trasera, volvemos a darme la vuelta. “Si por detrás me ha puesto fina, lo de por delante ya puede ser sideral”, pensé yo.
El chaval, muy profesional, me planta una toallita tapándome las tetas (las que ya me había manoseado hasta la saciedad) y ME BAJA LA BRAGA DODOTIS HASTA EL MÁS ALLÁ.
O sea, no me ves las tetas pero me estás viendo el jilguero. BIEN.
Toca el masaje barriguil.
No sé donde pensáis que acaba la barriga por la parte inferior, pero yo os lo voy a aclarar: justo donde empieza la rajita. O sea, la parte superior del chirri pertenece al abdomen, al menos en la zona de Tailandia donde Rasta Spock estudió.
Os recuerdo que para más inri, yo estaba con los ojos cerrados, así que tampoco tenía muy claro por donde pasaba la mano, era todo un rollo sensorial. Pero vaya, que sensorialmente tengo muy claro donde tengo la barriga y donde el parrús.
Ahí ya me empiezo a plantear seriamente que la cosa se puede desmadrar (aún más) y me vuelven a asaltar las dudas: ¿Y si baja más la mano?, ¿me dejo o le fostio? Por un lado la cosa era cachondona, pero cuando lo físico me ponía tontorrona, lo cerebral me recordaba el look Rasta Spock y la líbido se iba a tomar por c**o.
“Y yo que había venido a relajarme y me estoy contracturando aún más…”
Acabamos con la zona pélvica y vamos a la craneal.
Y ahí es cuando la problemática que yo había planteado al principio, se manifiesta. Rasta Spock sentado en la parte superior de la colchoneta, masajeándome pescuezo (por fin me toca alguna contractura alejada de mis zonas erógenas) y una de sus rastas dando paseíllos por mi jeto.
CANGONTÓ LO QUE SE MENEA.
Vamos terminando y el joven me envuelve cual rollito de primavera en las telas étnicas.
Él que me pregunta qué tal y yo medio adormilada, medio al borde del colapso le balbuceo que “Bien”, añadiendo mentalmente “¿y tú, cari, te has quedado a gustito?”
Y el colega que se abalanza para darme dos besos y yo, que por el desarrollo de los acontecimientos pienso que me puede meter la lengua hasta el duodeno.
No lo hace.
“Chato, si me besas, que tampoco es necesario (las thai no me besan JAMÁS), lo haces cuando esté vestidita y pagando y NO EN BOLAS HECHA UN CANELÓN.”
Ya vestida y por las calles no salía del shock. Y en estos casos lo mejor es llamar a una amiga. A poder ser a alguna que se vaya a descojonar.
-Mabel, querida, salgo de un masaje thai dado por un Rasta Spock y juraría que me ha pegado la metida de mano del siglo.
La otra se descojona, más por imaginar las rastas y las cejas together que porque me metan mano y encima pagando.
Le planteo varias preguntas :
– Tía y si la cosa hubiera ido más lejos, ¿qué hago? ¿me dejo?.
-Pues si te ape…
Siguiente cuestión:
– ¿Y le dejo propina?
– Pero qué dices tía, para nada. Que lo hace porque quiere. Si acaso te tiene que hacer descuento.
Joder, cuanta sabiduría encerrada en un cuerpo tan pequeño.
Pasados los días, cada vez tengo más claro que Rasta Spock se puso fino filipino y me asaltan más dudas… ¿vuelvo? La verdad es que me cobraron la mitad que las thai y tampoco estuvo mal. ¿Si vuelvo pensará que me ha gustado y quiero aún más?
En un momento dado y si lo negocio bien, podría sacar descuento a cambio de disimular y hacer ver que tengo contracturas en sitios donde no hay ni músculos. Al final, lo que más me molestó fue el paseo de su rasta por mi cara…
De repente recuerdo un capítulo de Sexo en Nueva York en el que Samantha se ofende porque un masajista buenorro no le provee del final feliz que le había dado a otras clientes. Con lo que me mola a mí la serie, Samantha y los finales felices.
Superintrépida, cojo el teléfono para pedir hora con Rasta Spock. Y le visualizo, tan Rasta y tan Spock. Y visualizo también al masajista buenorro de Samantha. Joder, nada que ver. Seamos realistas, yo nunca fui de sucedáneos.
Así que decido no llamar y volver a mis queridas thai. Sí, me cobran el doble, PERO ME ESTRESAN LA MITAD.