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Autor: lasclavesdesol

Me llamo Sol, nací en el 73, tengo dos hijos adolescentes y ahora mismo soy coach, escritora y ponente en temas relacionados con el autoconocimiento y el desarrollo personal. Me encanta mi profesión y me encanta mi vida, pero hasta hace ocho años el panorama era bastante diferente: trabajaba en marketing y vivía inmersa en el bloqueo, el desasosiego y el agotamiento. Me sentía totalmente perdida. La empresa y la maternidad se tragaban toda mi energía y no sabía por dónde empezar para salir de esa situación, así que permanecía inmóvil, dejando que el estrés campara por mi cuerpo a sus anchas, con todo lo que ello conlleva: lumbalgias, anginas, herpes,… Hasta que, aún no recuerdo muy bien cómo, reuní fuerzas y decidí decidir. Y desaprender para aprender. Y formularme preguntas muy incómodas. Y respondérmelas. Seguí un proceso de coaching, empecé a investigar cómo funciona el cerebro humano en general y el mío en particular. Me formé como coach, como Practitioner en PNL. Me convertí en mi propio conejillo de Indias y aquí estoy, sintiéndome capaz, libre y plena. Por fin. En este programa voy a compartir contigo, a través de ejemplos del día a día, pautas claras y muchos ejercicios prácticos, todo lo que he aprendido durante estos años y que ha borrado de mi vida la parálisis y la insatisfacción. Todo lo que me ha llevado a la expansión, a priorizarme, a cuidarme, a saberme suficiente, a sentirme alineada con mis decisiones y con mis acciones. A que me pase lo que quiero que me pase.

Cómo crear nuestro día ideal con 3 gustazos que son gratis

Nadie nos ha contado que nuestro objetivo en la vida es estar lo más a gusto posible. Y quizás, al leer esto, sientes cierta incomodidad. Obsérvala, porque puede que te esté diciendo algo: que no es posible, que no mereces. Darnos cuenta es necesario para poder hacernos cargo. El pasado domingo hice un directo (cómo me gusta hacer directos) sobre cuatro claves para disfrutar más de la vida. Te lo dejo aquí por si no lo has visto. Me dejasteis muchos comentarios de lo más bonitos, gracias. Creo que me quedó bien, la verdad. Una chica escribió algo así como “Me da la sensación de que para disfrutar de esas cosas que cuentas hay que tener mucho dinero”. O algo así. Lo borré. Lo hice porque, claramente, la persona no había escuchado el directo y lo había escrito para expresar una queja que tiene mucho que ver con sus frustraciones, supongo, pero nada con lo que yo contaba. Eso es una cosa, y otra muy diferente es que, cuando estemos a solas con nuestros pensamientos, nos digamos que no podemos hacer nuestra vida más bonita, incrementar nuestro bienestar, nuestro agustismo, ya sea por falta de dinero, de tiempo, o de lo que sea. Cuando creemos que algo es imposible, no vamos a trazar un plan para conseguirlo. Y yo me niego a que eso pase. Soy consciente de que, a veces, estamos tan revueltas, tan metidas en nuestra rueda de hámster, que el imaginar un gustazo se nos antoja como algo imposible, así que te voy a contar yo tres maneras de disfrutar más que son gratis y llevan poco tiempo. 1. Un paseo con una buena banda sonora Puede, incluso, ser tu camino al trabajo. Si no vas andando, que sea en el bus o en el metro. Pongámosle intención, fijémonos en lo que SÍ podemos hacer. Lo maravilloso sería salir a pasear sin prisa y sin reloj, pero si no es posible, busquemos alternativas. Lo primero será tener una playlist que TE FLIPE. O varias: una con música tranquila (la mía incluiría mucho de Norah Jones), una para levantar el ánimo (que viva la música de los 80), otra con tus nuevas favoritas (en la mía, Teddy Swims sin parar). Lo ideal sería, como te he dicho, caminar. Si es por un camino nuevo, maravilla, porque va a despertar nuestra curiosidad y eso es algo que a nuestro cerebro le encanta. Fíjate en los detalles: la luz, los colores, las caras de la gente, el sonido del viento. Oye, que no puede ser, pues por el mismo camino de siempre o en el transporte público, o incluso en el coche. Pero escuchando esa música que te fascina. No haciendo scroll, no mandando mensajes. Escuchando. Te aseguro que ese simple gesto puede cambiarte el estado de ánimo, porque te saca del bucle mental y te zambulle en el disfrute. 2. Reencontrarte con una película, serie o libro que te encantó Porque a veces estamos tan obsesionadas con lo nuevo que olvidamos el gustazo de volver a lo que ya nos hizo felices una vez. Releer un libro que te flipó (el mío sería “Los optimistas”), volver a ver esa película que te emocionó (lo que disfruto volviendo a ver “Call me by your name”), reencontrarte con una serie que te hizo sentir bien (qué te voy a contar de “Sexo en Nueva York” o “Friends”) es como visitar a esa amiga con la que siempre estás a gusto, a la que no hay que dar ninguna explicación porque os entendéis desde siempre. Mis consejos para hacer el gustazo superplus
  • Crea un ritual: una manta, un té, una vela un rato sin interrupciones.
  • Móvil fuera, por favor.
La nostalgia es muchas veces reconfortante. Deja en comentarios qué peli, libro o serie eliges, porfa, así nos inspiramos las unas a las otras. 3. Decirle algo bonito a alguien (y ver su reacción) Este es un gustazo doble: para la persona que lo recibe y para ti. Y es que cuántas veces damos por hecho lo bueno de los demás. Pensamos cosas bonitas sobre la gente, pero no las decimos. Se quedan guardadas, escondidas, cuando podrían alegrarle el día a alguien y regalarte mucha satisfacción a ti. Ese alguien puede ser tu hijo, una amiga, alguien a quien admiras o alguien desconocido. Puedes mandar un mensaje, decírselo a la cara. Contarle a tu vecina de mesa en la cafetería lo bonita que te parece tu camisa es algo mágico (Ya os he contado que esa es una de mis cosas favoritas cuando visito Nueva York: cómo la gente te dice que le encanta tu labial, tu bufanda, tus zapatos). La reacción de la otra persona, de agradecimiento y alegría, es un regalo en sí mismo. Tenemos el poder de mejorar el día de otras personas y, al mismo tiempo, mejorar el nuestro. Y no lo usamos todo lo que podríamos. Si dejas en comentarios qué y a quién has elegido y lo que ha pasado a continuación, de nuevo, nos inspiras a todas. Me he ido casi a los cinco minutos, perdonadme, pero la ocasión lo merecía.
Otra cosa que te puede hacer disfrutar de manera colosal e indescriptible es escribir. Quizás quieres hacerlo, pero te frena en no saber por dónde empezar, no tener claras qué preguntas hacerte. Sentir que no eres capaz. Pero lo eres, solo necesitas la información necesaria. La tienes toda en un bootcamp de dos horas que impartirá mi adorado Paulo G. Conde el 27 de marzo (la graba para quien no asista en directo). Solo está hasta la venta hasta este lunes 24 de marzo.

Quiero saber más sobre ese bootcamp

El bootcamp “4 claves para escribir tu libro” (que son aplicables a muchos otros tipos de texto) es para ti si quieres:
– Tener claridad a la hora de saber qué quieres contar y cómo hacerlo
– Cumplir con tu compromiso y ser consistente durante el proceso de escritura
– Aprender sobre narrativa y ponerlo en práctica
– Disfrutar del proceso de aprendizaje
– Sentirte con confianza a la hora de escribir
– Estar en contacto con otras personas que tienen tus mismas inquietudes, dudas y deseos respecto a la escritura

¿Quién es Paulo G. Conde?

Paulo es corrector y editor para algunas de las editoriales más importantes de nuestro país. Es un escritor maravilloso al que puedes leer aquí. También es supervisor y mentor literario, no solo para quienes empiezan a escribir, sino para algunos que han vendido ya muchos miles de libros.
Si te pica el gusanillo de la escritura, ni lo dudes, esta es tu oportunidad para despejar dudas y lanzarte sobre ello.
He empezado este texto contando que a veces estamos tan metidas en la rutina que no se nos ocurren maneras de mejorar nuestra vida. Si te pasa, si te notas bloqueada, si no sabes cuál es el siguiente paso a dar, te recomiendo que te descargues este PDF que he diseñado para ti con tres ejercicios que a mí me sirven para desenmarañar el coco, para ganar claridad y poder decidir cuál es el siguiente paso. Espero que te sirva.Feliz sábado, Sol

3 preguntas que me hago cuando me siento perdida

Porque sí, me pasa. Noto que voy a la deriva, que estoy como pochilla, que el rumbo que me había marcado ya no es el que me sirve. Hay momentos en los que dudo de si el camino que estoy siguiendo o si es fruto de la falta de perspectiva. A veces estoy tan metida en el día a día que me da la sensación de que no estoy contemplando mi historia con la distancia suficiente como para tomar las mejores decisiones. En esos momentos de duda, sé que no necesito respuestas correctas o rápidas, sino mejores preguntas. Tenemos mucha prisa por encontrar, cuando lo que necesitamos la mayoría de las veces es claridad. Y la claridad rara vez llega de golpe, caída del cielo, amigas. Llega cuando nos damos permiso para explorar, para curiosear, cuando nos hacemos preguntas que nos ofrecen nuevas maneras de vernos y de ver la vida. No caben en esta plataforma todas las preguntas que nos podemos hacer para sentir que agarramos las riendas de lo que somos y lo que nos pasa, así que voy a empezar por estas tres: 1. ¿Qué pasaría si en lugar de buscar respuestas, me hiciera mejores preguntas? Todas, cuando andamos atontadillas, queremos encontrar la respuesta correcta. “¿Cuál es la mejor decisión?”, “¿Qué debería hacer?”, “¿Y si me equivoco?” El problema con estas preguntas es que nacen del miedo y de la necesidad de control. Pero si en lugar de buscar una respuesta única y definitiva, cambio la pregunta, mis opciones se multiplican. Por ejemplo, en lugar de preguntarme “¿Por qué me siento perdida?”, puedo intentarlo con: ✅ “¿Qué me ilusiona ahora mismo, aunque sea un poco?” ✅ “Si pudiera hacer o intentar algo sin presión alguna, ¿qué elegiría?” ✅ “Si todo esta vida mía fuera una aventura en la que mi obligación es explorar, ¿qué haría primero?” La siguiente pregunta le da en los morros a mis miedos, porque los saca a la superficie. Y solo podemos gestionar eso de lo que somos conscientes. Lo que anda oculto nos controla a nosotras. 2. ¿Qué haría si tuviera garantizado que todo va a salir bien? Y es que una de las cosas que más nos paralizan es el miedo a que las cosas salgan mal. No tomamos decisiones porque no queremos equivocarnos (como si eso fuera una catástrofe mundial), no queremos perder tiempo o no queremos arriesgar lo que ya tenemos, aunque lo que tengamos no nos guste un pelo. Pero, ¿qué pasaría si supieras con absoluta certeza que lo que elijas va a salir bien? ¿Y si tuvieras al genio de la lámpara en tus manos y supieras que él se iba a encargar de que todo funcionara a la primera? Si estuvieras en una película y alguien te dijera: “No te preocupes, el final va a ser maravilloso”, ¿qué harías diferente? Si somos capaces de agarrarnos fuerte a esa emoción, a esa certeza, lo más probable es que las dudas desaparezcan y aparezca la verdad: lo que de verdad nos hace ilusión, lo que nos gustaría intentar, pero no nos atrevemos. 3. ¿Dónde ya tengo claridad, aunque sea en una pequeña parte? Cuando nos sentimos a la deriva, tendemos a verlo todo como un caos. Nos vamos a los totalitarismos: todo, nada, siempre nunca. Pero la verdad es que casi nunca estamos perdidas del todo. Siempre hay algo que sí sabemos. A lo mejor no tienes claro qué hacer con tu trabajo, pero sí sabes que necesitas más libertad. A lo mejor no sabes qué hacer a partir de aquí, pero sí sabes qué tipo de vida NO quieres. A lo mejor no tienes una visión completa de la vida que quieres, pero sí hay algo que te emociona. En lugar de enfocarnos en la parte que nos falta, vamos a empezar por la parte que ya está clara. A veces, no hace falta ver todo el mapa; con ver el siguiente paso tenemos bastante. Ya aparecerá el próximo. Voy acabando que me paso de los tres minutos, para variar. Cuando sientas que la vida te está mareando y no sabes hacia adónde ir, recuerda: no necesitas saberlo todo ahora mismo. De hecho, eso es algo imposible. Lo que necesitas claridad en lo siguiente que vas a hacer. Si te haces alguna de estas preguntas, me encantará que me dejes las respuestas en los comentarios. Y si necesitas más claridad todavía, más pistas para saber por dónde tirar, para identificar los obstáculos que te impiden pasar a la acción. Si quieres crear los criterios necesarios para retomar las riendas de tu vida, te dejo AQUÍ un audio de solo 30 minutos que he diseñado para ti con dos ejercicios sumamente prácticos que uso cuando necesito volver a tomar el control y que me pase lo que quiero que me pase. Te pido un favor chiquitín: si compartes parte de este texto en tus redes, porque crees que le puede servir a alguien, añade el enlace. Así les facilitas mucho la vida a quienes quieren leerlo y también a mí. Gracias de antemano.

¿Por qué vamos siempre con prisa?

Si llevas tiempo acompañándome sabrás que yo me obsesiono por semanas, a veces por meses. Me obsesiono con temas a los que les doy vueltas para entendernos, para encontrar soluciones que mejoren mi vida y, por ende, las de mis alumnas. Porque yo estoy aquí para enseñar lo que a mí me sirve, nada más. Hago un gran esfuerzo en introspeccionar, en reflexionar, en buscarle los antecedentes a todo lo invisible que nos frena y nos jode. Todo este rollo te lo cuento porque mi última obsesión es la prisa. Me he dado cuenta de que la mayor parte de mi vida actúo con prisa sin tener razón para ello: no hay fecha límite, no hay nadie esperando, nadie muere si yo no corro. He llegado a la conclusión (y a la obsesión) sobre mi prisa observándome, haciendo el ejercicio (dificilísimo) de verme desde fuera y, al mismo tiempo, desde dentro. Para darme cuenta de lo que hago y de lo que siento. A veces también de lo que pienso. Pero es que las creencias y los miedos son muy invisibles, los cabrones, así que a veces no se asoman a nuestra parte consciente. Vaya a ser que los pillemos y los venzamos. Y en esa observación he cazado a la prisa contándome que me duche rápido, que me vista rápido, que haga mis miles de maletas rápido, que acabe ya las formaciones que tengo que impartir en abril, los textos que tengo que publicar en un mes. Una majaronería, la verdad. Y después de observarme, me pregunto siempre de dónde viene eso. Porque no nace porque sí y porque, con suerte, conociendo el origen, empezamos a diluir al enemigo. Nos damos cuenta de que esa creencia, ese miedo, la prisa en este caso no tiene nada que ver conmigo, sino con algo que me inocularon cuando no era capaz de discernir o filtrar. Acepté la necesidad de ir con prisa como una verdad absoluta sin cuestionarme absolutamente nada. Y sí, la prisa nace en mi infancia. Sale del miedo de que me riñan, del miedo por no ser perfecta, por no ser la más rápida. La más lista, la más buena, la que menos molesta. Si lo haces rápido te querrán. Este es el resumen, muy muy muy resumido del asunto. Te lo cuento para que te lo apliques y te preguntes cuántos de los ladrillos que hoy en día conforman el muro que hay entre la vida que tienes y la vida que quieres nacen del miedo a que no te quieran. Un miedo que quizás a los 7 años tenía sentido. Porque si no te quieren, no te cuidan. Y si no te cuidan, te mueres. A los 7, ahora no. Pero no nos hemos dado cuenta. Llegadas a este punto, tengo que recomendarte el libro “El drama del niño dotado” de Alice Miller. En él, la autora nos cuenta todo eso de lo que es capaz un niño para agradar, para ser amado. Debería ser de lectura obligatoria. Y cuarenta años más tarde, ahí sigue la prisa empujando y contándote cosas rarísimas que ya no tienen sentido. Llenándote de estrés, con todas las mierdas que ello conlleva. Para colmo de males, en nuestro mundo, parece que esa prisa, ese hacer muchas cosas rápido (ya no te cuento si encima están bien hechas) está muy premiado, muy aplaudido. Muy comentado. Porque pocas veces hablamos con emoción de una tarde de manta y sofá. No contamos si estamos de lo más tranquilas, sin picos de trabajo. Y con todo esto, aceptamos pulpo como animal de compañía y la prisa y el estrés como algo normal, cuando en realidad es algo patológico. Voy terminando porque ya me he pasado de los tres minutos y porque este texto pretende, simplemente, invitarte a reflexionar sobre nuestra necesidad de ir como pollo sin cabeza. De reflexionar en general sobre lo que sí nos sirve y sobre lo que nos molesta mucho. Abracémonos a lo primero y hagamos lo posible por desechar lo segundo. Ten un feliz sábado. P.D.: te dejo aquí una charla que impartí sobre la redefinición del éxito que, en mi opinión, tiene bastante que ver con el tema de estos tres minutos. Porque el éxito, nunca, jamás, NEVER puede construirse a base de malestar y autoempujones. Espero que te sirva. P.D2.: esta semana ha visto la luz mi primero podcast mexicano (espero que no el último). El gustazo de haber charlado con Valentina Luján, de @valentinamentefeliz ha sido muy fuerte. Hemos charlado sobre reinvención, sobre la importancia de inventar las ilusiones, sobre cómo tener una vida en la que te quieras quedar. Espero que os guste. Podéis escucharlo aquí.

3 cosas que puedes hacer en 5 minutos para sentirte más segura de ti misma (no son milagros, pero casi)

Cuántas veces me preguntáis cómo ganar confianza, queridas mías. Pues entrenando, como casi todo. En este caso no se nace, se hace. Ganamos confianza construyéndonos cada día de nuestra vida, con pequeños pasos que generan una Tú llena de claridad, una Tú que se agarra a un eje que ha generado a base de desafiarse y cuestionarse. Teniendo esto en cuenta, podemos intuir que una no se convierte en la Diosa de la Autoconfianza de la noche a la mañana, pero sí es verdad que hay gestos (demostrados científicamente) que en momentos de duda o canguelo nos ayudan a generar una buena ración de confianza. Nos regalan un subidón de lo más útil. 1. La importancia de la postura corporal Somos una, amiga, no somos compartimentos estancos y, así como nuestro coco influye en nuestro cuerpo (no te cuento nada nuevo porque ya sabes que cuando te estresas te duele la cabeza y te duele la barriga y te salen cosas feas en la piel), al revés pasa lo mismo: tu cuerpo influye en tu coco. La forma en que te sientas, caminas y te expresas físicamente envía señales a tu cerebro sobre cómo te sientes contigo misma. Por eso, cambiar lo que está pasando con tu cuerpo puede cambiar lo que está pasando por tu linda cabecita. Cómo hacerlo:
  • Siéntate o mantente en pie con la espalda recta (pechos fuera, como la Afrodita de Mazinger Z), los hombros hacia atrás.
  • Mantén la cabeza en alto, como si un hilo tirara de tu coronilla y otro de tu barbilla.
  • Si vas a hablar con alguien o vas entrar en una reunión, camina firme y decidida (cuál desfile de Victoria´s Secret). AQUÍ ESTOY YO, GENTE.
  • Mira a los ojos a las personas con las que hablas, no bajes la mirada, no la bajeeeees.
  • Sé consciente de cuál es tu expresión facial, intenta sonreís un poco aunque estés nerviosa. Sí, sorpresa, la cara forma parte del cuerpo y también influye.  
Por qué funciona: Está comprobado por la gente lista y científica que nuestra postura influye en nuestra química cerebral (¿por qué nadie nos contó esto en el colegio? Un misterio de tantos). Una postura abierta y erguida reduce el cortisol (la hormona del estrés) y aumenta la testosterona (la hormona de la confianza, por resumir). Cambias tu postura y tu expresión y eso tiene un impacto inmediato en cómo te percibes y cómo te perciben los demás. FLIPA.   2. Recuerda tres momentos en los que te sentiste a tope de poderosa Solemos enfocarnos en lo que nos falta y nos olvidamos todo lo que hemos conseguido. Así somos. Durante cinco minutos, recuerda tres momentos en los que te sentiste fuerte, capaz, valiente. Diosa perdida. Visualiza cada momento, pon tus cinco sentidos ahí. Revive las emociones, las sensaciones. Colócate, con todo lo que eres, en esa película de poder y confianza. Cómo hacerlo:
  • Cierra los ojos y piensa en tres momentos en los que te sentiste super segura. Pueden ser grandes logros o situaciones chiquitinas en las que te sentiste orgullosa (gestionaste bien una conversación incómoda, dijiste un no con toda la confianza, etc.)
  • Revive la sensación que tuviste en ese momento. ¿Cómo era tu postura? ¿Qué estabas pensando? ¿Qué emoción predominaba?
  • Si puedes, escríbelo todo en una libreta o en tu móvil para releerlo cuando necesites recordar que puedes ser una Diosa del Olimpo Vikingo cuando te lo propones.
Por qué funciona: Tu cerebro no distingue entre lo que imaginas y lo que realmente pasa en el presente. Cuando revives momentos de éxito, de confianza, de poderío activas las mismitas áreas del cerebro que en el momento original. Otra cosa que no nos habían contado, pero nunca es tarde si la dicha es buena, y lo es.   3. Di en voz alta tres afirmaciones de Diosa Poderosa Ya, te crea incomodidad, pero es lo que hay. Sientes que te estás mintiendo, pero también te mientes cuando te dices que no eres capaz, que eres un desastre, que vas a fallar una vez más. Ya que te mientes, hazlo para bien. Las palabras que usas para hablar de tu divina persona impactan directamente en tu seguridad. Si te repites todo el rato que no eres lo suficientemente buena o que no puedes hacer algo, tu coco se lo cree y te obliga a actuar en consonancia. Por eso, identificar y luego cambiar tu diálogo interno es imprescindible para que mejores la confianza en ti misma y pases a la acción Cómo hacerlo:
  • Ponte delante de un espejo o en un sitio tranquilo (lo que te sea más cómodo) y di en voz alta tres afirmaciones de poderío y confianza.
  • Por ejemplo:
    • “Soy capaz y confío en mí misma.” (que sí, que te sientes rarísima, aguanta la incomodidad, venga, dale)
    • “Tengo todo lo que necesito para gestionar esta situación.”
    • “Merezco que me escuchen y me valoren.”
    • “Soy importante.”
Repite cada afirmación con todo el convencimiento, como si fueras la actriz de la peli de tu vida. Como si te la creyeras, y ya llegará el que te la creas de verdad. Confía en el proceso. Por qué funciona: Repetir estas afirmaciones (en voz alta y si luego las escribes en tus páginas matutinas, la cosa es maravillosa) ayuda a reescribir tu diálogo interno y a cambiar la forma en que te percibes, querida mía. Con el tiempo, tu coco empezará a aceptar estos mensajes como si fueran verdad, la incomodidad irá desapareciendo y eso, inevitablemente, refuerza tu confianza. Me encantaría que me dejaras en comentarios cuál de estas tres herramientas vas a probar hoy. Y mañana. Y pasado. P.D.: te dejo aquí un audio de solo 30 minutos cuando necesito tomar decisiones y ando un poco a la deriva, cuando quiero retomar las riendas de mi vida. Te hablo en él de dos obstáculos que nos impiden pasar a la acción. Espero que te sirva.

3 cosas que he aprendido en mis 52 años

En dos días cumplo 52 años. Cincuenta y dos. 52. Me da la risa, la verdad, como si ese número no fuera conmigo. En este ya más de medio siglo, he vivido en varias ciudades y en un par de países. He tenido dos hijos yo solita, con todo lo que eso significa: caos, desafíos a granel, aprender que no todo depende de ti y aprender que mucho depende de ti. Y un montón de cosas más que no caben en este texto ni en cinco libros. Me reinventé pasados los cuarenta y aquí estoy, con un proyecto con el que ni me atrevía a soñar. He aprendido a quererme bastante y a darme permiso para priorizarme. Tengo los mejores amigos del mundo. Y tengo claras muchas más cosas que hace diez años y que hace dos, menos mal. Hoy te cuento solo tres, por si te sirven, claro.

1. No soy eterna

Una cosa es saberlo y otra, muy diferente, interiorizar el hecho de que nadie sabe si estará aquí mañana. Saber que mi tiempo sobre la Tierra es finito es el motor que me ayuda a atravesar los miedos, a atreverme. Porque a mí lo que me acojona no es morirme, es llegar al final y sentir que no he aprovechado el privilegio de estar viva. Y ese terror es el motor que me mueve desde que me levanto hasta que me acuesto. He aprendido a vivir con esa incertidumbre. No sé si llegaré a la semana que viene, ni si mis planes saldrán como espero, pero la vida me ha enseñado que esperar certezas es una trampa que te sale muy cara. Lo suyo es hacer lo posible porque la estadística, las probabilidades, jueguen a tu favor: cuido mi salud, me esfuerzo en la dirección de mis sueños, apuesto por eso que me apasiona. Y cruzo los dedos muy fuerte. Más no puedo hacer. Cómo no sé si me quedan dos horas o cincuenta años, mi objetivo es acabar cada día aplaudiendo. No siempre lo consigo, pero desde luego, no camino en la dirección contraria. No hago todo lo posible por joderme la vida. Ojo, que hubo un tiempo en el que sí lo hacía. Y mucho.

2. Sin responsabilidad, no hay poder

Aprender esto es duro, pero necesario. La primera responsabilidad tiene que ver con mirarte, escucharte y tomar decisiones dificilísimas, que duelen un huevo, pero que te entregan las riendas de tu historia. No escurrir el bulto y culpar a la suerte, a las circunstancias, a los dioses. No. He aprendido a preguntarme qué puedo hacer yo para conseguir, para cambiar, para superar, para construir. Para inventarme la vida y la persona que quiero ser. Para ponerle intención a cada día. Para ser mi dueña. Para asegurarme de que, si me equivoco, será por mis decisiones, no por las de otros.

3. Relativizar

Si yo y los míos tenemos salud, nada es tan grave. ¿Que algo no sale como esperaba? ¿Que tengo un día malo o una temporada complicada? Si estoy viva, lo chungo es inevitable. Así que, si puedo elegir, elijo susto, claro. Todos los días, ante los saraos que me zarandean, me pregunto: “¿Esto será importante en un mes? ¿En un año?”. De momento la respuesta ha sido siempre que no. Gracias, gracias, gracias. Y hasta aquí los aprendizajes, de momento. En un año, espero poder contaros muchos más. Feliz vida, querida mía, gracias por acompañarme. Sol

3 herramientas para crear un entorno trampolín

Cuántas veces me peguntáis cómo conseguir que vuestro entorno os apoye y os impulse. Teniendo en cuenta que la gente puede ser y opinar como mejor le parezca, está claro que lo suyo no es intentar cambiar a los que te rodean ahora, eso sería darse cabezazos contra una pared muy dura. Tú sabrás si quieres mantener ese entorno, sustituirlo por otro o, simplemente, ampliarlo para sentirte abrazada y segura. ¿De dónde sale este texto? Aparte de nacer de vuestros comentarios y preguntas, se me ocurrió porque, hace unos días, hablando con un amigo, reflexionábamos sobre las diferentes burbujas en las que vivimos. Me explico: a veces la gente nos habla de realidades que existen a nuestro alrededor y que nosotras ni vemos. Me contaba el otro día una chica que, cuando va a Madrid, se encuentra con gente interesada y superficial, por ejemplo. Y claro, yo pienso en mis amigos de Madrid y no encuentro eso por ningún lado. Lo mismo pasa con cualquier lugar, a cualquier edad: elegimos, o deberíamos elegir con quién nos relacionamos. Los dos estábamos de acuerdo: para crear un entorno que te impulse, primero necesitas saber estar solo, disfrutarlo. Esa capacidad crea, primero una conexión contigo misma y, al mismo tiempo, un filtro natural: pasar tiempo solamente con quienes comparten tus valores. Y pensé, pues voy a escribir sobre tres herramientas que a mí me sirven, a ver si ayudan a estas chavalas (si creen que lo necesitan) a construir un entorno que se convierta en un trampolín, en un contexto que no solo te sostenga, sino que te empuje hacia todo lo que quieres, sin juzgar.

1. Cultiva la soledad

De la primera ya te he hablado arriba, y es que la soledad no tiene por qué ser aislamiento o vacío. Cuántas veces, cuando me preguntan cómo gestiono el síndrome del nido vacío, contesto: el nido no está vacío, porque en el nido estoy yo. La soledad es un espacio para escucharme sin ruido ni interferencias, para estar en paz. Para reflexionar sobre cómo quiero vivir, para preguntarme y responderme. Para escucharme. Para mí, este primer paso es imprescindible, porque solo cuando estás a gustito sola, puedes identificar y decidir lo que necesitas y lo que no quieres en tu vida. A lo mejor me estás leyendo y piensas que a ti no te gusta nada estar sola. Te preguntaría qué es lo que provoca esa incomodidad. Y te diría que, si es soportable, entrenes. Dedica tiempo cada día a estar sola en la medida de lo posible (sí, ya, si tienes hijos la cosa está jodida, qué me vas a contar, pero haz lo posible) Da un paseo sin música ni distracciones, escribe en tus páginas matutinas antes de que todos se levanten. Verás como ganas en claridad y comodidad. Porque cuando estás cómoda en tu propia compañía, es mucho más fácil reconocer las relaciones y los entornos que te nutren y también los que te vapulean.

2. Selecciona tus relaciones. Elige.

Es la consecuencia natural del punto primero y muchas veces se nos olvida que podemos hacerlo. La inercia de las amistades que siempre han estado ahí y la falta de tiempo, muchas veces nos impiden elegir activamente con quién vamos a pasar nuestro tiempo. Se nos acumulan las obligaciones y los compromisos y desaparece la libertad, tan importante. Esto no significa que tengas que partir peras con quienes no encajan en tu ideal, pero sí te permite ser consciente de quiénes te aportan algo y quiénes te restan. Preguntas que pueden ayudarte a salir de la inercia:
  • ¿Qué valores comparto con esta persona?
  • ¿Cómo me siento después de pasar un rato con ella?
  • ¿Me impulsa o me limita?
Un entorno trampolín te inspira, te reta desde el cariño y el respeto, celebra tus logros sin juzgar ni envidiar. Ojo, porque esas relaciones a veces hay que buscarlas y requieren de esfuerzo y cuidado.

3. Crea rituales y espacios que reflejen tus valores

Porque un entorno trampolín nace del disfrute de la soledad y de las relaciones estupendas, pero también de todo lo que nos rodea y de lo que elegimos hacer para cuidarnos y estar con nosotras mismas. Entorno es también el espacio y los rituales que construyes con toda la intención. Piensa en tus espacios como algo que refleja lo que es importante para ti. Por ejemplo:
  • Si para ti es importante la calma (espero que así sea), monta un rincón para la meditación o para leer.
  • Si quieres estar sana y ágil y persigues el bienestar, reserva un espacio para hacer deporte, aunque sea chiquitín, organiza tu nevera y tu cocina para que te apoyen en esa intención.
  • El orden por fuera es orden por dentro. Te dejo aquí un episodio de mi podcast donde te hablo de esto junto a @ponorden.
Construir tu entorno trampolín, todos tus entornos trampolín, requiere intención, paciencia y, compromiso contigo misma. Y autoamor. Date permiso para crearlos, ajustarlos y cambiarlos cuando quieras. Espero que te sirva, un abrazo.