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Autor: lasclavesdesol

Me llamo Sol, nací en el 73, tengo dos hijos adolescentes y ahora mismo soy coach, escritora y ponente en temas relacionados con el autoconocimiento y el desarrollo personal. Me encanta mi profesión y me encanta mi vida, pero hasta hace ocho años el panorama era bastante diferente: trabajaba en marketing y vivía inmersa en el bloqueo, el desasosiego y el agotamiento. Me sentía totalmente perdida. La empresa y la maternidad se tragaban toda mi energía y no sabía por dónde empezar para salir de esa situación, así que permanecía inmóvil, dejando que el estrés campara por mi cuerpo a sus anchas, con todo lo que ello conlleva: lumbalgias, anginas, herpes,… Hasta que, aún no recuerdo muy bien cómo, reuní fuerzas y decidí decidir. Y desaprender para aprender. Y formularme preguntas muy incómodas. Y respondérmelas. Seguí un proceso de coaching, empecé a investigar cómo funciona el cerebro humano en general y el mío en particular. Me formé como coach, como Practitioner en PNL. Me convertí en mi propio conejillo de Indias y aquí estoy, sintiéndome capaz, libre y plena. Por fin. En este programa voy a compartir contigo, a través de ejemplos del día a día, pautas claras y muchos ejercicios prácticos, todo lo que he aprendido durante estos años y que ha borrado de mi vida la parálisis y la insatisfacción. Todo lo que me ha llevado a la expansión, a priorizarme, a cuidarme, a saberme suficiente, a sentirme alineada con mis decisiones y con mis acciones. A que me pase lo que quiero que me pase.

El secreto de la felicidad

Hace unas semanas hice trampa, amigas, repetí un texto que había escrito en pandemia con tal de regalarnos perspectiva y celebración. Hoy vuelvo a hacerlo, te cuento por qué. He tenido una semanita complicada, con marrones de curro cuya resolución no dependían de mí (con lo que me jode eso), con el estrés que eso provoca. Y el remolino mental. Y el cabreo monumental. Y la frustración. ¿Te suena? Eso va a volver a pasar, porque forma parte de la vida adulta, no hay otra. Podemos quedarnos ahí, por los siglos de los siglos, dejando que la negatividad nos absorba como un tornado, o plantarnos firmes y repetirnos que esto quizás nos tambalea, pero de ninguna manera va a tumbarnos. Y con tal de conseguir esa estabilidad en medio de la tormenta hemos de colocar mucho peso en el lado correcto de la balanza: el de la felicidad, el de la plenitud, el del “agustismo” inmenso. Este texto que escribí hace ya algunos años resume ese peso, el norte al que deberíamos mirar. Espero que te sirva para llenarte de perspectiva y te ayude como me ha ayudado a mí estos días. Vamos allá:   El secreto de la felicidad consiste en saber qué nos hace felices y rebozarnos en ello, así de simple. Ojo, y he escrito “simple”, no “fácil”. La simplicidad se basaría en los escasos pasos que te separan de lo que quieres. Es lo opuesto a complejo. La facilidad estaría relacionada con el esfuerzo que tienes que hacer para conseguirlo. Es lo opuesto a difícil. Algunos ejemplos de objetivos cuya consecución es simple, pero para algunos nada fácil serían: Hacer ejercicio es simple, solo hay que elegir qué es lo que voy a hacer: puedo correr, subir escaleras, ir a una clase en el gimnasio, apuntarme a baile, etc. Decido y me muevo. Nada más. Pero a algunos no les resulta nada fácil. Lo mismo con comer tres frutas y dos raciones de verduras diarias. Simple a más no poder, entonces ¿por qué no lo hacemos? Para viajar sola solo tienes que comprar un billete e ir al aeropuerto, o a la estación de tren, o ni eso, tan solo coger el coche y enfilar la carretera. Lo mismo con ir sola al cine, o a comer sola. O estar tan a gusto sola. No hay nada más simple, pero para algunas, de tan difícil, se convierte en imposible. O eso creen. Dejar tu trabajo, si no te gusta, no puede ser más simple: carta de renuncia y Ciao, bacalao. Entonces, ¿dónde radica la dificultad? Por el contrario, hay tareas sumamente complicadas, pero de lo más fáciles. Como el funcionamiento de un ordenador: lo encendemos, abrimos una aplicación y a teclear. Sin tener, la inmensa mayoría, ni puñetera idea de lo que albergan las entrañas del aparato. ¿Por qué insisto tanto en la diferencia entre estas dos palabras? Porque el lenguaje determina cómo pensamos, y nuestros pensamientos definen cómo nos comportamos y, por tanto, cómo somos. Vuelve a leer esta frase, querida lectora, porque puede resultar importantísima en tu camino hacia la felicidad. Paremos a pensar qué significan las palabras que nos decimos, para qué nos las decimos, dónde las hemos aprendido. Determinemos si nuestro lenguaje nos impulsa o nos frena y, desde ahí, decidamos cómo lo vamos a usar a partir de ahora. Cuántas veces vamos a dejar que el vocablo “difícil” nos clave al suelo de la insatisfacción. Siguiente paso, una vez tenemos la distinción clarita, hemos de conseguir que lo simple nos sea cada vez más fácil. O, al menos, que la dificultad no suponga un freno invencible. ¿Cómo lo consigo? Pues como se consigue todo, amiga, PRACTICANDO. La práctica consigue que la distancia entre lo simple y lo fácil disminuya. Este “practicando” sería la repetición en la implementación de los hábitos. Practicar sería, también, atravesar el miedo (a viajar sola, a dejar tu trabajo, a decirle adiós a tu pareja, a crear tu propio negocio, a ponerte una minifalda si es lo que te apetece). Porque una vez traspasado el primer miedo, el segundo se nos antoja mucho menos aterrador. Y el tercero, ni te cuento. Practicar sería detectar qué creencias cercenan mi vida. Darme cuenta de lo que no creo merecer, de lo que no me creo capaz, de lo que creo posible o imposible. De nuevo, practicar es simple, pero quizás no fácil. Lo sería mucho más si diéramos el tercer paso: imaginar lo que hay al otro lado de la dificultad, del miedo, de las creencias. Lo que hay al otro lado, te lo digo ya, no es más que la felicidad en la que quieres rebozarte. Lo que hay al otro lado es un cuerpo sano y fuerte del que te sientes orgullosa, la calma que llega cuando eres tu mejor compañía, la libertad que acompaña la seguridad en una misma, un trabajo en el que te sientes realizada, una vida en la que te quieres quedar. La motivación para ponernos en marcha hacia lo que deseamos, solo llega cuando somos capaces de reproducir en nuestra mente lo que seremos, veremos, escucharemos y sentiremos después del esfuerzo, de realizar eso que ahora sabemos que es tan simple, pero que se nos antoja tan difícil. Es necesario desgranar en qué consiste nuestra particular dificultad y generar una estrategia que nos permita ver, a través del muro, la película de nuestra vida, la protagonista que deseamos ser. Conectar tanto con ella que podamos tocarla, observar cada una de sus características, enumerar lo que quiere, lo que no quiere y lo que va a hacer para agarrarse a lo primero y desechar lo segundo. P.D.: para ser felices necesitamos tener energía y sentirnos bien en nuestro cuerpo. Y de eso va el último episodio de mi podcast, en el que Mario Orellana nos cuenta cómo hemos de alimentarnos siempre, pero especialmente en menopausia para manejarnos como las Diosas que somos. Yo os hablo de cómo modificar nuestro diálogo para que nos impulse en lugar de castigarnos. Porque los hábitos nacen del gustazo, o del machaque. Escúchanos aquí

Las 3 conversaciones incómodas que debes tener contigo misma

Querida suscriptora: Cuánto hablo por aquí (y por todas partes) de la importancia de hacernos las preguntas correctas. Y hoy voy a hablarte de esas preguntas que evitamos, esas que nos generan un pellizco de incomodidad y nos hacen cambiar de tema rápidamente en nuestro diálogo interno. Porque todas tenemos esas conversaciones pendientes con nosotras mismas. TODAS. Esos temas que aparcamos para «cuando tenga un momento», «cuando esté preparada», «cuando tenga más energía», “cuando acabe esto que que estoy haciendo” (o sea, nunca). El problema es que lo que no afrontamos nos controla. Lo que no nombramos va creciendo y toma el poder, y eso es una mierda. Así que hoy te propongo tres conversaciones difíciles pero imprescindibles que deberías tener contigo misma. Te va a costar, me vas a coger manía, pero te van a liberar, te lo digo yo, que me enfrento a ellas periódicamente (porque no, esto no acaba nunca, la vida es un camino, no hay otra) 1. La conversación sobre lo que realmente quieres (no lo que crees que deberías querer) Esta es, seguramente, la más complicada porque necesitas diferenciar tu voz de todas esas otras voces que has interiorizado a lo largo de tu vida: la de tu madre, la de la sociedad, la de tu amiga, la de esa versión de ti que construiste cuando tenías 15 o 20 o 30 años y que ya no es la de ahora. ¿Cómo empezar esta conversación? Pregúntate (y quiero que te vuelvas majara perdida, desobediente, rebelde):
  • Si nadie fuera a juzgarme, ¿qué cambiaría de mi vida ahora mismo?
  • ¿Qué parte de mi rutina actual mantengo solo porque es lo que «se debe hacer»?
  • Si pudiera reinventarme completamente, ¿qué conservaría de mi vida actual?
  • ¿Qué me genera ilusión de verdad cuando lo imagino, aunque me dé miedo admitirlo?
Lo fascinante de esta conversación es que, a veces, descubrimos que nuestros deseos de verdad no son tan rarísimos o extravagantes como temíamos. No siempre queremos dejarlo todo y mudarnos a una isla desierta. A veces solo queremos más espacio para leer, para ver a nuestros amigos, para pasear más. O nos gustaría tener menos responsabilidades y compromisos , o dejar de intentar complacer a todo el mundo. 2. La conversación sobre lo que estás tolerando (y el precio que pagas por ello) Esta conversación implica mirar con honestidad y mucho realismo las situaciones, relaciones y dinámicas en las que estás anclada, aunque sabes que no son lo mejor para ti. Porque, amiga, todas tenemos energía limitada, y lo que toleras te quita fuerza para lo que realmente importa. Lo que realmente importa eres tú y todo lo que quieres en tu vida (vete a la conversación número 1). Y observa qué sientes cuando afirmo que LO IMPORTANTE ERES TÚ, porque de ahí a lo mejor surge otra conversación incómoda (esto es un no parar) Atrévete a preguntarte:
  • Si tuviera que decir tres cosas que estoy tolerando y que me drenan, ¿cuáles serían? (no te cortes un pelo)
  • ¿Qué excusas me doy para seguir en esta situación? («No puedo cambiarlo», «Podría ser peor», «Es lo normal»)
  • Si una amiga me contara que está en mi misma situación, ¿qué le aconsejaría?
  • ¿Qué podría hacer o tener si ahorrara la energía que gasto en tolerar esto?
A veces toleramos trabajos que no nos llenan, relaciones que nos joden vivas, hábitos que nos machacan… Y lo justificamos diciendo que «no es para tanto» o que «todas estamos igual». Pero la verdad es que no es así, lo que pasa es que nuestro cerebro siempre encuentra maneras de darnos la razón y nos fijamos en quien está mal, no en quien vive libre de mierdas que la drenan. Por otra parte, qué más nos da cómo vivan los demás, lo que queremos es estar bien nosotras. Si el resto decide desperdiciar el rato que pasamos en el planeta es asunto suyo, no tuyo. 3. La conversación sobre tus miedos reales (no los que dices tener) Algunos ejemplos…Decimos que tememos fracasar, pero en realidad tememos el juicio ajeno. Decimos que nos da miedo el cambio, pero lo que realmente nos asusta es la incertidumbre. Decimos que tememos no estar a la altura, pero lo que nos paraliza es la idea de brillar demasiado, vaya a ser que me critiquen, vaya a ser que parezca prepotente. Para tener esta conversación sobre tus miedos, pregúntate:
  • ¿Qué es lo peor que podría pasar si hago esto que me da miedo? ¿Y luego qué? ¿Y después?
  • Si este miedo pudiera hablarme, ¿qué me estaría diciendo exactamente? ¿De qué quiere protegerme?
  • ¿Este miedo es realmente mío o lo he heredado?
  • Si este miedo desapareciera mañana, ¿qué sería lo primero que haría?
Cuando identificas el miedo real, muchas veces descubres que es mucho más manejable de lo que pensabas. Y, sobre todo, puedes empezar a distinguir entre los miedos que te protegen y los que solo te limitan. Como te decía al principio, estas tres conversaciones no se tienen de una vez. Son diálogos continuos, que se van profundizando con el tiempo, a medida que vas levantando capas. ¿Qué te sugiero? Que elijas una de estas conversaciones y empieces a trabajarla esta semana. Escribe cinco minutos al día sobre ella. Hazte las preguntas. ¿Con cuál vas a empezar? Me encantaría que me lo cuentes en los comentarios.   P.D.: en el último episodio de mi podcast hablo con Igor Fernández sobre la inmensa diferencia que hay entre priorizarnos y ser egoístas. Analizamos la incomodidad que nos produce el ponernos en primer lugar en nuestra vida, cómo gestionar las reacciones de los demás cuando empezamos a liberarnos de responsabilidades ajenas. En fin, escuchar a Igor, psicólogo y psicoterapeuta es un lujo que hay que disfrutar. Nos puedes escuchar aquí  
P.D2.: Esta noche termina el descuento en mi formación ESCRIBE PARA APRENDERTE. Hasta medianoche vale 59 euros y luego 69. Y el lunes cierro las puertas hasta el 2026.
En solo 4 sesiones, mujeres como tú que hicieron la formación el año pasado han sido capaces de:
  • Deshacer bloqueos internos que llevaban AÑOS impidiéndoles avanzar
  • Identificar patrones de pensamiento que les robaban energía todos los días
  • Tomar decisiones que habían estado posponiendo por miedo o inseguridad
Si decides inscribirte, puedes hacerlo aquí y, en ese caso, nos vemos el 14 de mayo en nuestras pantallas, querida.

3 preguntas que me ayudan a tomar decisiones desde la claridad

Nuestra vida será tan buena como buenas son nuestras decisiones, pero claro, aquí llega la gran pregunta: ¿Qué narices es una buena decisión? Lo primero es saber que una buena decisión no depende del resultado, porque este muchas veces es incierto. Una buena decisión depende de las razones por las que la has tomado. Quizás no entiendas esto que te digo, pero espero que, para cuando termines de leerme, la cosa esté mucho más clara. Si me sigues desde hace algún tiempo, sabrás que soy una firme defensora de que el éxito en la vida (y éxito es estar la mar de a gusto siendo quién soy, haciendo lo que hago, rodeándome de quién me rodeo) tiene mucho que ver con las preguntas que nos hacemos. Esas preguntas no tienen que ver con la duda, sino con entregarnos todo el poder. Hoy quiero compartir contigo algunas de las preguntas que me hago todo el rato para tomar decisiones alineadas con lo que realmente quiero en cualquier ámbito de mi vida. Da igual si se trata de una elección profesional, lo que voy a comer o una pequeña rutina diaria: la intención lo es todo. ¿Esto me acerca o me aleja de mis objetivos? Esta pregunta es mi brújula. Porque no todo lo que parece “correcto” es necesariamente lo que te acerca a tu vida ideal (Al final del artículo te dejo las instrucciones para que diseñes tu Día Ideal, el norte de tu brújula). A veces decimos que sí por inercia, por educación o por miedo a decepcionar. Pero cuando me paro a pensar si eso que voy a hacer, decir o aceptar me acerca a mis objetivos (personales, profesionales, emocionales), la respuesta se vuelve más clara. Cómo nos gusta y nos tranquiliza la claridad. Este filtro me ha ayudado a dejar de malgastar energía en lo que no suma y a priorizar, también cuando da vértigo. Porque sí, a veces lo que te acerca a tus objetivos te da un miedo que lo flipas, pero es que no es el miedo lo que ha de decidir, sino tu firme voluntad.   ¿Cuál es la mejor manera de tratarme en esta situación? Esta es una de mis preguntas favoritas, porque es muy fácil caer en la autoexigencia o el juicio. Y no, amiga, estamos aquí para tratarnos como las Diosas del Olimpo Vikingo que somos. A veces la mejor manera de tratarme descansar. Otras, ponerme en marcha aunque aceche el canguelo. Otras, irme al gimnasio aunque no tenga ganas. Otras, decir un no firme y sin culpa. No hay una única respuesta a esta pregunta, no hay fórmulas fijas, pero lo importante es preguntármelo, porque eso me saca del piloto automático y me recuerda que merezco tratarme bien. Ojo, diferenciemos siempre entre lo que queremos en este momento y lo que es bueno para nosotras. Quizás quieres llamar a tu mareador, pero eso no es tratarte bien. O comerte una chistorra a las 10 de la noche, pero eso es asegurarte el malestar. O aceptar un trabajo que no te mola por miedo a no encontrar otro sin tener ninguna necesidad urgente. Eso no. Tratarte bien, sí.   ¿Qué patrones me han servido para ser feliz y cuáles no? Tomar decisiones con intención y presencia implica también mirar hacia atrás: detectar qué cosas he repetido que me han hecho bien y qué cosas no voy a hacer nunca más porque han terminado en desastre. No pensemos que esos patrones que repetimos suponen que SOMOS de una determinada manera. Son solo lo que HACEMOS hasta que aprendemos a hacerlo de otro modo. Podemos elegir, podemos sustituir, podemos crear otros que nos impulsen en lugar de machacarnos. Y dos cuestiones a tener siempre en cuenta para caminar sobre tus propias vías: Conoce tus valores, y decide desde ahí Si no sabes qué es importante para ti, cualquier dirección te parecerá correcta. Cuando algo no está alineado con mis valores, lo siento en el cuerpo. Me incomoda, me agota o me desconecta de mí misma. En cambio, cuando me muevo desde lo que para mí es irrenunciable —la libertad, la autenticidad, la calma, la creatividad—, mi cuerpo me cuenta que todo está bien. Por favor, trabajemos en tener claros nuestros irrenunciables y nuestros inadmisibles. Sé consciente de tus creencias limitantes y no te conformes Muchas veces nos quedamos donde no queremos estar porque algo en nuestro coco nos dice que no podemos, que ya es tarde, que no somos lo bastante buenas. Son las malditas creencias limitantes. Y sé que hablo mucho de ellas, pero es que nunca es suficiente. Qué útil es para mí, cada vez que estoy a punto de tomar una decisión, preguntarme: ¿esto lo elijo porque quiero o porque no creo merecer otra cosa? Necesitamos interiorizar, en plan salvaje, que merecemos lo mejor. Lo contrario es conformarnos, acostumbrarnos a lo que no nos sienta bien y llamarlo normalidad. Y de normal no tiene nada. Lo normal es acabar nuestros días diciendo “Joder, qué bien”.
P.D.: no te cuento nada nuevo si te digo que todas esas preguntas me las he hecho escribiéndolas. Escribir ha sido el vehículo que me ha llevado desde el caos mental a la claridad. Y como a mí lo que me gusta es compartir lo que me sirve, la semana que viene abro de nuevo las puertas de mi formación ESCRIBE PARA APRENDERTE en la que, a través de 4 sencillas técnicas de escritura, que han sido fundamentales para mí, te ayudo a conocerte, a gestionarte y a obtener la claridad y el orden mental que necesitas para tomar decisiones desde la seguridad y la calma. Durante 4 sesiones te enseñaré las 4 técnicas de escritura que yo misma uso a diario para tomar decisiones con seguridad, calmar mi mente, ordenar mis ideas y cuidar de mí. ✔️ Pautas claras y concisas ✔️ Métodos sencillos pero efectivos ✔️ Ejemplos reales y ejercicios prácticos ✔️ Sin teoría de más, sin paja.

Tres episodios de podcast para transformar tu relación con el dinero

No hablamos de dinero si no es porque nos falta. Me refiero a las mujeres, claro. Quizás me has escuchado mencionar esto en alguna ocasión, sobre todo si has sido alumna de mis programas “Pertenécete” o “Reinvéntate”. Durante demasiado tiempo, hablar de dinero ha sido casi un tabú para muchas mujeres. No solo por educación, o la falta de ella, sino también por las creencias limitantes que hemos heredado de generaciones anteriores. Frases como “el dinero no crece en los árboles”, “mejor pobre pero honrada” o “los ricos se aprovechan de la gente” y otras muchas que no se dicen pero se sienten y se contagian han calado hondo en nuestra forma de relacionarnos con la pasta. Y, sin darnos cuenta, nos han llevado a sentir que no somos capaces de ganar el dinero que tenemos que ganar para vivir como queremos vivir, o incluso culpa por querer ganar más. También hay una parte de miedo por no saber gestionarlo. Normal, nadie nos ha enseñado. Y también nos pasa algo tan sorprendente como común: vergüenza por tener éxito, por ganar pasta y poder gastártela como te dé la gana. Que levante la mano la que aún se justifica contando lo mucho que curra, lo mucho que sufre, lo mucho a lo que renuncia. La falta de cultura financiera, tanto práctica como emocional, también ha hecho lo suyo. No nos enseñaron a hacer presupuestos, a invertir, a hablar de tarifas o a negociar sin sentirnos incómodas. Y mucho menos a observar nuestras emociones cuando pensamos en dinero. ¿Nos sentimos merecedoras? ¿Nos creemos capaces? ¿Sabemos cuánto necesitamos para vivir como realmente queremos? ¿Nos atrevemos a soñar en grande? Estas carencias generan consecuencias silenciosas y muy cabronas: dependencia económica, techo de cristal autoimpuesto, trabajos que no nos nutren pero que no soltamos “por seguridad”, o emprendimientos que no avanzan porque no nos atrevemos a poner un precio bien estupendo a nuestro trabajo. ¿Te suena? Pero ya es hora de cambiar eso. Mi intención con este artículo es que el dinero forme parte de nuestras conversaciones cotidianas, como lo hacen las relaciones, la familia o la serie de turno. Que lo veamos como una herramienta para vivir con más libertad, no como una amenaza a nuestra integridad. Que nos creamos capaces de definir cuánto queremos ganar, sin miedo, sin culpa. Con la claridad, la conciencia y la convicción de que merecemos, de lo bueno, lo mejor. Si quieres empezar a hablar de dinero con más libertad y ligereza, te recomiendo estos tres episodios de podcast. Cada uno, desde un enfoque distinto, aborda la relación entre nuestras creencias y nuestra capacidad de generar dinero. 1. “Si no logras manifestar dinero, escucha esto” – Tu éxito es inevitable, de Maïté Issa En este episodio, Maïté pone sobre la mesa una idea que te va a incomodar, aviso. Pero es que muchos avances llegan al sostener las incomodidades, al contarnos las verdades: si el dinero no está llegando a tu vida como quieres, a lo mejor no es por falta de esfuerzo, sino por un bloqueo mucho más profundo. Habla del miedo a la abundancia, de la culpa que muchas mujeres sienten al ganar más que su entorno, y de cómo nuestras emociones influyen directamente en lo que creamos en nuestra vida a todos los niveles. Es una invitación a mirarte desde fuera, a sanar la relación con el dinero y a reconectarte con tu poder y tu responsabilidad. Maïte tiene un punto espiritual muy potente y, al mismo tiempo, es una tía super práctica y con una claridad mental increíble. Predica con el ejemplo, es coherente a más no poder. Escúchalo aquí 2. El episodio 165 de Onda CEO de Nayla Norryh, titulado “Los 7 pilares de un negocio de alto impacto, facturación y gratificación personal”, no habla exactamente de las limitaciones que nos ponemos las mujeres en cuanto a la pasta, pero ese es un tema transversal a lo largo de todos sus contenidos. En este episodio se enfoca en los fundamentos para construir un negocio sólido y escalable (ya sabéis lo megafan que soy de todo lo escalable, de todo lo que no supone intercambiar tiempo por dinero). Nayla habla aquí de la confianza, la gestión de equipos y la toma de decisiones estratégicas. ​ Porque es posible crear un negocio que no solo sea rentable, sino que te llene a todos los niveles (te lo juro, es posible). MUY útil para emprendedoras que quieren alinear su crecimiento profesional con su bienestar personal (espero que seáis todas las emprendedoras, por favor, por favor) Escúchalo aquí 3. “Mujeres, dinero y creencias limitantes” – Las Claves de Sol, con Nieves Villena Pues he incluido un episodio de mi podcast, claro que sí. Me flipa el enfoque que le da Nieves a todo lo financiero. Hablamos aquí de cómo nuestras decisiones financieras están atravesadas por lo que pensamos, consciente o inconscientemente, sobre el dinero. Desde el miedo a perderlo, hasta la dificultad de cobrar lo que realmente vale nuestro trabajo. Os ofrecemos ejercicios sumamente sencillos para que identifiquéis vuestras creencias limitantes y empecéis a transformarlas para que trabajen a vuestro favor y no en vuestra contra. Escúchalo aquí Espero que estos episodios sean el principio de algo chulo, de algo que tenga que ver con hablar de dinero desde la construcción, no desde la queja. Hablar de dinero no tiene por qué ser frívolo, superficial ni egoísta. Yo creo que hablar de pasta y de cómo conseguirla puede ser un ejercicio de libertad, de autoconocimiento y de autoamor enorme. Te invito a que compartas estos episodios con tus amiguis, a que los comentéis, a ver qué es lo que sale de ahí. Te animo, también, a que te permitas soñar, pero no a lo loco, sino con claridad y estrategia. Define qué vida quieres vivir, no solo en lo económico, en todo. Te recuerdo que el dinero es solo un medio y una consecuencia, nunca el objetivo. Sí una herramienta para construir una historia alineada con quién eres. Y, sobre todo, empecemos a creernos capaces. Capaces de generar, de decidir, de vivir tranquilas y orgullosas. Me encantará que dejes en comentario lo que te ha parecido este artículo, qué te ha resonado, si has identificado tus creencias respecto a la pasta y qué conclusiones sacas de los episodios que te propongo. Feliz sábado, Sol P.D.: en el último episodio de mi podcast hablo con Xavi Cañellas, psiconeuroinmunólogo, de cómo sanar la relación con las madres. Xavi tiene un enfoque muy interesante y profundo sobre este tema. Me consta que muchas ya lo habéis escuchado y os ha aportado una nueva perspectiva y mucha calma. Puedes escucharnos aquí. P.D2.: si leyendo este artículo te ha dado la sensación de que no estás tomando decisiones, de que quieres hacerlo pero no sabes por dónde empezar. Si quieres retomar las riendas de tu vida y formularte las preguntas correctas para obtener claridad y foco, te dejo aquí un audio de solo 30 minutos con dos ejercicios que yo uso cuando noto que ando a la deriva, que me puede la inercia. Espero que te sirvan.

¿Y si no puedo imaginar mi Día Ideal?

Hace unos días, compartí en Instagram un ejercicio que a mí me sirve para obtener claridad y foco y que te puedes descargar AQUÍ. Para volverme a ilusionar. Para definir y redefinir objetivos y planes de acción. Para soñar en grande. Es un absoluto imprescindible en mi vida. El ejercicio es el del Día Ideal y quizás puede parecer sencillo, total, es escribir cómo sería tu día perfecto. No un día de vacaciones ni uno de fiesta, sino un día normal… pero inmejorable. Uno en el que te levantaras con toda la calma, te sintieras en paz y satisfecha, hicieras cosas que te llenaran y terminaras el día diciendo “Joder, qué bien”. A lo largo de los últimos años, he propuesto este ejercicio a prácticamente todas mis alumnas, seguidoras y coachees. Muchas me han contado que había sido revelador, que por fin se habían planteado las preguntas correctas. Y unas cuantas me habéis comentado que: “No sé cómo sería ese día. Solo se me ocurre lo que ya hago.” Comprensible, porque cuando llevamos mucho tiempo sobreviviendo, encajando, resolviendo, apagando fuegos y olvidándonos de nosotras para que todo lo de fuera funcione la imaginación se apaga. La creatividad se vuelve rígida, práctica, útil (para otros), obediente (para mal). Dejamos de jugar. Y eso es una mierda, menos mal que es una mierda solucionable. Hoy quiero compartir tres estrategias para recuperar esa capacidad de imaginar una vida diferente, mejor, brillante, cojonuda. Porque necesitas imaginarla para poder tomar decisiones cada día que te acerquen, ya sea un milímetro o un kilómetro a ese Día Ideal. Vamos allá: 1. Usa el espejo ajeno (sin juicio) A veces no podemos visualizar otra vida porque nunca hemos visto una parecida. O la hemos visto, pero las creencias limitantes nos han tapado los ojos y el entendimiento. O no conseguimos la distancia, la perspectiva suficiente para contemplarla. Pero hay personas que viven de formas que podrían inspirarte y muchas veces están más cerca de lo que crees, solo que has de abrir los ojos y el alma para percibirlas. Ojo, no vamos a fijarnos en esas personas para copiar, sino para despertar tu propia ilusión. Piensa en tres personas cuya vida te parezca interesante por lo que sea: porque viven en calma, porque gestionan su tiempo divinamente, porque son disfrutonas y libres… Una amiga, una escritora, un personaje de una serie… Y pregúntate:
  • ¿Qué parte de su día me llama la atención? (Cuántas veces os he contado que he visto mil veces el primer episodio de la serie “The Morning Show” porque me fascina observar a Alex Levy (Jennifer Aniston): su rutina matinal, ese abrigo camel divino, la belleza de su casa)
  • ¿Cómo me haría sentir algo parecido? Ojo, porque aquí puede aparecer un miedo de lo más común y de lo más cabrón, el miedo a respirar algo que me mola y que luego no sea mío. Este miedo parte de un paradigma totalmente erróneo, de varios. Porque lo que nos hace sentir bien no es el abrigo camel o el apartamento en Manhattan, eso no es lo que queremos. Queremos orden, paz y belleza. Queremos sentirnos orgullosas de nosotras mismas, capaces, poderosas. Y eso lo podemos encontrar en nuestro día si le ponemos intención.
  • ¿Hay algo de eso que podría ser mío también? De nuevo, no hablo del piso, del abrigo, del trabajo en la tele. Hablo de la claridad mental, de la paz al despertar, de respirar profundamente, de saber que tenemos las riendas de nuestras vidas en las manos.
No se trata de compararte, sino de darte permiso para querer. 2. Imagina con los sentidos, no con la lógica Si al escribir tu día ideal solo te salen cosas que ya haces, puede que estés intentando imaginar desde tu parte lógica (que es lógica para ti, ojo. No es que esa sea una lógica absoluta). La misma que te organiza la compra y te hace listas de tareas. Pero la imaginación vive en otro sitio: en el cuerpo, en las sensaciones, en el juego (sí, voy a repetir mucho lo del juego, es necesario). En vez de preguntarte “¿qué tengo que hacer, qué es lo que quiero tener?”, prueba con:
  • ¿Cómo huele tu día ideal?
  • ¿Qué sonidos escuchas?
  • ¿Qué llevas puesto y cómo te sientes con eso puesto?
  • ¿Qué comes, qué ves, qué temperatura hace?
A veces el cuerpo te cuenta antes que el coco lo que de verdad quieres. 3. Pídeselo a tu yo de 99 años Este truco es potente y por eso me encanta: imagina que tu Yo de 99 años se despierta una mañana, feliz por la vida que ha vivido. Y ahora, desde ahí, se pone a recordar sus días “normales”. Escribe desde ella:
  • ¿Qué hacía yo cada día que me hacía sentir bien?
  • ¿Cuáles eran mis prioridades?
  • ¿Cuáles eran mis irrenunciables y mis inadmisibles?
  • ¿Qué elegí no volver a permitir?
  • ¿Qué pequeños o grandes placeres llenaban mis días?
Tu Yo sabia a más no poder te ayudará a ver más claro lo que ahora te cuesta imaginar. No te pido que escribas un guion perfecto (ya sabemos que eso no existe), ni hablamos de que todo se cumpla mañana. Se trata de que empieces a recordarte que tienes permiso para desear, para jugar, para regalarte el cielo. Para imaginar algo diferente a tu rutina. Es importantísimo interiorizar que tu Día Ideal no es una fantasía: es una brújula hacia tu norte particular. En ese PDF que he preparado para ti con unas cuantas preguntas que te guiarán para que dibujes ese Día Ideal que configura, claro, una vida ideal, también te cuento cuál es la justificación científica para que te lances sobre este ejercicio. Además, te aconsejo que lo descargues incluso antes de contestar a las preguntas que planteo en estos Tres Minutos porque te describo ejercicios de relajación y respiración que te ayudarán a desconectar de este coco cuadriculado nuestro para así poder conectar con el cuerpo, con tu creatividad. Descárgalo aquí. Y porfa, cuéntame qué sale de estas preguntas, de ese ejercicio, qué decisiones tomas respecto a esas pequeñas rutinas que constituyen grandes cambios. P.D.: en el último episodio de mi podcast hablo con Mariana Díez Moliner, diseñadora y creadora de contenido de cómo gestionamos las opiniones ajenas, las críticas. Todos tenemos alrededor gente que suelta comentarios impertinentes y saber manejarlos es imprescindible para mantener la calma. Puedes escucharnos aquí. Espero que te sirva.

He hecho trampa, pero el fin justifica los medios

Hoy he hecho trampa, querida suscriptora. Lo he hecho con un para qué claro: aumentar nuestra perspectiva lo máximo posible, dotarnos de la distancia y la amplitud necesarias para ver el panorama completo y disfrutar de lo que tenemos como si no hubiera un mañana. Espero que, para cuando acabes de leer este texto, mis letras te hayan convencido de que la trampa valía la pena. La trampa consiste en que hoy no te ofrezco un texto nuevo, sino uno que escribí en septiembre del 2020. Ya no estábamos confinados, pero el mundo no era, ni mucho menos, lo que es hoy. Y se nos ha olvidado. Incluso a mí, que tengo muy presentes esos meses, entre otras cosas porque escribí y describí cada uno de aquellos días en mis libretas, se me han diluido las sensaciones de aquellos momentos de incertidumbre y falta de libertad. Y hoy, releyendo esto que ahora leerás tú, me he trasladado a aquello y he agradecido y celebrado enormemente esto. Se me ha llenado el alma de pensar en todo lo que podemos disfrutar y que nunca deberíamos dar por sentado. Precisamente por eso es tan valioso.

El testo en cuestión es este y se llama EL MUNDO ERA UNA FIESTA (27/09/2020). El mundo era una fiesta, por eso disfrutaba cada paseo, cada té con leche en una cafetería bonita, el montón de risas con mis amigos en cualquier terraza, en cualquier lugar. Me gustaba, y me gusta, bañarme en el mar de mi isla, bailar hasta la madrugada, abrazar a los que me caen bien, no perder ni un segundo con quien no me aporta nada. El mundo era bonito y por eso visitaba Nueva York, Ciudad de México, París. Aunque a veces se me olvidaba la emoción de descubrir y por eso postergaba. Edimburgo, Australia, Chicago. Años mirando la agenda y pensando que ya sería. Y ahora no puede ser. Mierda. Mi mundo era cómodo porque así me lo dibujaba. Me permitía improvisar y coger un AVE para ir a comer con Sergi al vegetariano de la Barceloneta donde nos dejan quedarnos hasta las cinco de la tarde charlando de lo divino y lo humano. Podía organizar talleres en Sevilla, en Valencia, en Bilbao y conocer a un montón de tías fantásticas. Y abrazarlas, llorar juntas, morirnos de la risa, conocernos mientras comíamos. Conocernos y reconocernos. En ese mundo yo era valiente para inventar, porque todo era posible. Y lo sabía. Ahora, la optimista que soy se da empujones en la espalda para animarse. Esto es lo que hay. Esto también es una fiesta, pero menos. Todo depende de con qué lo comparemos y, si pensamos en un veinte de marzo, este veintisiete de septiembre es algo parecido a un carnaval: ayer te fuiste de brunch con tus niños, paseasteis, fuisteis de compras. Decidisteis ver una peli en casa en lugar de ir al cine porque estáis de mascarilla hasta el gorro, pero podíais haber ido a ver una de las cuatro pelis que han estrenado últimamente. Mi mundo, ahora, es un poco fiesta porque mantengo mis anticuerpos. Me siento como una superheroína, pero no sé cuánto durará la mutación y cuándo volverá el miedo a contagiar, que no a contagiarme. Sentirse un arma de destrucción masiva no acaba de ser agradable. Menos mal que soy la persona más vieja con la que trato y mi socia es una vasca de veintiseis años cuyo sistema inmune se me antoja bastante supercalifragilístico. El mundo, mi mundo, mi Madrid, anda cabizbajo y meditabundo. Temeroso y muy vacío. Los hoteles nos miran oscuros; los restaurantes, antes llenos hasta la bandera, dormitan; la Gran Vía ya no agobia, vaya un asco. Me han robado los conciertos, los teatros rebosantes, los aplausos con sonrisa incorporada. Ya no celebro los desayunos dominicales con mis científicos adorados porque algunos de ellos saben de qué va esto y nos cuentan que no debemos, aunque queremos. Me mantengo un tanto a salvo del mundo de la información, porque ya sé lo que tengo que saber, que es poco o nada. Mascarilla, alcohol en las manos, distancias. Ya le he dicho a mi madre que puedo, pero no quiero hablar más del tema, aunque estoy escribiendo sobre él, qué incoherente. Cuanto menos espacio ocupe en mi cabeza, más puedo dedicar a leer, a aprender. Porque si no es posible volar hacia afuera, bucearé hacia adentro. Porque lo que cuenta es el interior, aunque yo siempre he sido muy del exterior, viva la superficialidad. Esa es otra, la mascarilla oculta algunas bellezas y yo he decidido contemplar lo bello a todas horas. Me he vuelto tiquismiquis, aún más. Porque como el mundo no está bonito, tengo que embellecer lo mío. Y tengo que embellecerme yo: ser más valiente, más sabia, más tranquila, más simpática, más piadosa. Conmigo también. Quiero pensar, y pienso, que la fiesta volverá. Os juro que me la voy a zampar como si no hubiera un mañana, porque antes sabía que quizás no lo habría, pero ahora me lo han demostrado. No podemos desaprender lo que ya sabemos, sería de gilipollas total. Chicago, Australia, Edimburgo se agendarán el mismo día en que nos den luz verde. Haré una gira de abrazos y besos, algunos con lengua, aviso. Bailaré diez días seguidos, con tacones, porque son altitud, actitud y despiporre. Y lo que venga habremos de venerarlo para siempre, dejarnos de hostias, de lamentos y de mediocridades emocionales. De miedos absurdos y heredados, de complejos, de escuchar lo que dice el de enfrente para no oír lo que me grita mi cabeza. De dejar nuestra felicidad en manos de otros que no saben nada de lo que somos, y aunque lo supieran. Deja, deja, que nos han quitado un cacho de vida y habrá que recuperarlo, digo yo. Publicaré este escrito sin corregirlo, porque no quiero perder el tiempo en perfecciones, espero que me disculpéis. Mi fiesta, en algún momento, aparecerá y tengo que prepararme. Espero que hagáis lo mismo.

  Y hasta aquí, querida, mi dosis de perspectiva de hoy. Me encantaría que me dejaras en comentarios tus sensaciones, tus pensamientos al leerlo. P.D.: en el último episodio de mi podcast hablo de una herramienta super efectiva para entender desde donde estamos tomando nuestras decisiones:
  • Si lo hacemos desde nuestra niña interior, decidimos desde el miedo y la búsqueda de aceptación.
  • Si lo hacemos desde la madre exigente que hay en nosotras nos juzgaremos y nos criticaremos muchísimo.
Es necesario decidir y actuar desde la adulta que somos, alineadas con lo que queremos en la vida y en este episodio te doy algunas pistas de cómo conseguirlo. Puedes escucharlo aquí. P.D.2: cuántas veces esas decisiones equivocadas tienen que ver con un concepto de éxito heredado, que nos vacía más que llenarnos. Hace unas semanas impartí una charla sobre esa redefinición de éxito tan necesaria para nosotras como para nuestros hijos. También te hablo de cómo el mundo laboral está cambiando y cómo es necesario ampliar nuestra perspectiva para observar todas las opciones que existen. Puedes acceder a esa charla sobre el éxito AQUÍ