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Autor: lasclavesdesol

Me llamo Sol, nací en el 73, tengo dos hijos adolescentes y ahora mismo soy coach, escritora y ponente en temas relacionados con el autoconocimiento y el desarrollo personal. Me encanta mi profesión y me encanta mi vida, pero hasta hace ocho años el panorama era bastante diferente: trabajaba en marketing y vivía inmersa en el bloqueo, el desasosiego y el agotamiento. Me sentía totalmente perdida. La empresa y la maternidad se tragaban toda mi energía y no sabía por dónde empezar para salir de esa situación, así que permanecía inmóvil, dejando que el estrés campara por mi cuerpo a sus anchas, con todo lo que ello conlleva: lumbalgias, anginas, herpes,… Hasta que, aún no recuerdo muy bien cómo, reuní fuerzas y decidí decidir. Y desaprender para aprender. Y formularme preguntas muy incómodas. Y respondérmelas. Seguí un proceso de coaching, empecé a investigar cómo funciona el cerebro humano en general y el mío en particular. Me formé como coach, como Practitioner en PNL. Me convertí en mi propio conejillo de Indias y aquí estoy, sintiéndome capaz, libre y plena. Por fin. En este programa voy a compartir contigo, a través de ejemplos del día a día, pautas claras y muchos ejercicios prácticos, todo lo que he aprendido durante estos años y que ha borrado de mi vida la parálisis y la insatisfacción. Todo lo que me ha llevado a la expansión, a priorizarme, a cuidarme, a saberme suficiente, a sentirme alineada con mis decisiones y con mis acciones. A que me pase lo que quiero que me pase.

El mejor día de mi vida

Te escribo, querida suscriptora, sentada frente al Bow Bridge, un puente blanco y precioso en pleno Central Park. Emocionada perdida. En este mismo banco donde estoy sentada empieza mi primer libro, que es una novela titulada Algún día no es un día de la semana. En agosto de 2016 terminé, en un apartamento que está a pocas manzanas de aquí, la historia de Sofía Miranda, una chavala que se atreve a preguntarse cómo puede ser más feliz, que no se conforma, que decide decidir. Muchas de vosotras me conocisteis gracias a esa novela. Gracias por seguir aquí. Muchas de vosotras me contasteis que, después de acompañar a Sofía en su camino hacia la plenitud, habíais tomado decisiones. Decisiones difíciles, dolorosas, incómodas y absolutamente maravillosas. Y eso me gustó, así que decidí formarme como coach, porque yo repito lo que me gusta todas las veces que puedo. Sin mesura. El resto es historia. Una que probablemente conoces, compuesta de muchas coachees, muchas formaciones, decenas de miles de alumnas de más de cuarenta países (flipo en colores), cuatro libros más, un podcast y lo que te rondaré, morena. No todo fue bonito en ese camino. Mejor dicho, todo ha sido la hostia de bonito, menos la consecuencia de una mala decisión: la de ceder los derechos de mi Sofía a una editorial. No les demos a otros lo que es nuestro, amigas. NUNCA. No solo eso, sino que esos a los que les regalé mi esfuerzo y mi ilusión lo arrastraron por el fango. Así que decidí enterrar la novela, pediros que no la comprarais hasta que Sofía volviera a casa. De nuevo gracias, porque me hicisteis caso. Os solidarizasteis con mi causa. Me entendisteis TAN bien. Y como la vida es mágica y extraordinaria, puso en mi camino a una abogada a la que las injusticias le joden tanto como a mí. Y peleó. Y lo consiguió. Gracias, churrita, qué regalazo de cumple me hiciste. Hoy, después de nueve años, me siento en este banco junto a mi Sofía, por fin. Hoy es el mejor día de mi vida. No solo porque lo mío vuelve a ser mío y, por ende, vuestro. No porque no haya marrones, dudas y saraos. Hoy es el mejor día de mi vida porque estoy en paz con mis decisiones. Porque he peleado por recuperar lo que es mío, sin pelearme conmigo. Porque tengo mis líneas rojas tatuadas a fuego. El norte claro. Soy sólida, que no rígida, ya tocaba. El mejor día de tu vida no llega por casualidad, ojo. Llega cuando te das permiso para elegir quién eres y cómo vives. Cuando le arreas un manotazo a lo que todo el mundo hace, a lo que el resto piensa. A mí qué coño mi importa, si esto es mi vida, no la de todo el mundo. El mejor día de tu vida llega cuando te dices la verdad aunque te joda, aunque duela, aunque no sea lo más fácil. A veces, el mejor día de tu vida llega después de una renuncia, de una conversación difícil, de una despedida, de un “Hasta aquí”. Porque las decisiones que te acercan a tu norte no siempre son cómodas, pero siempre te hacen libre. La calma de verdad, la que convierte cualquier día en el mejor de tu vida, nace de saber que no estás traicionándote. Que lo que haces, lo que decides, lo que sostienes, tiene sentido para ti. PARA TI. Nace de habitar tu soledad y el silencio sin sentirte sola. De no necesitar que nada ni nadie de fuera te confirme que estás en el lugar correcto. El mejor día de tu vida no está hecho de fuegos artificiales, ya ves, aquí ando, en chándal, sentada frente a un puente extraordinario a las seis y media de la mañana, viendo a los patos nadar tan a gusto. El mejor día de tu vida está hecho de certezas. De conversaciones que te reconcilian contigo. De mirar un puente y a unos patos y sentir que no falta nada, que no sobra nada, que si la perfección existe está aquí, contigo. El mejor día de tu vida llega, también, al saber que mañana harás lo posible para que sea, al menos, igual de bueno que este. El mejor día de tu vida no se encuentra, se inventa. Gracias inmensas a todas las que me acompañáis desde hace tanto. A las que habéis abrazado mi historia y la de Sofía como si fuera la vuestra. De hecho, lo es. Vosotras construís un montón de “Mejores días de mi vida”. Espero saber devolveros un poquito de todo esto que me dais. Feliz sábado, chavalas. P.D.: si ha habido un ejercicio que me ha ayudado a definir un buen día en mi vida es este que te dejo aquí. Te indico el paso a paso, todo el detalle para que definas cómo te quieres sentir, la vida que quieres vivir y, de ahí, pasarás al plan de acción. Por favor, no renunciemos a identificar el qué por no conocer aún el cómo. P.D2.: si decides compartir este artículo en Instagram, porfa, añade el enlace. Les facilitas mucho la labor a quiénes lo vean y también a mí. Gracias de antemano.

4 preguntas para saber si tus relaciones fortalecen tu autoestima

Vamos a imaginar, querida mía, que tu autoestima es una planta. La que más te guste. A mí me flipan los geranios. Ahora vamos a pensar en el tipo de jardín en el que quiero plantar mi geranio o la planta que hayas elegido. ¿Quieres tierra fértil, buena luz, bien de abono y mucho espacio para que sus raíces crezcan a sus anchas? ¿O un suelo árido, con sombras y un espacio estrechito? Yo creo que la respuesta está clara. Cómo me gustan las metáforas. Nuestra autoestima está, inevitablemente, relacionada con lo que nos rodea. Con las interacciones, con nuestro entorno. Piensa en las personas con quienes pasas la mayoría de tu tiempo. ¿Cómo te sientes después de estar con ellas? ¿Más grande o más pequeña? ¿Con más energía o agotada? ¿Más relajada o más tensa? Está demostrado científicamente que la calidad de nuestras relaciones predice significativamente los cambios en nuestra autoestima a lo largo del tiempo. Esto lo hemos experimentado, no hace falta que venga la gente lista de la ciencia a decírnoslo, pero a lo mejor así le hacemos más caso a nuestra intuición. Cuando nos rodeamos de gente maja que reconoce y valida nuestros talentos, nuestras habilidades, todo lo bueno que somos y sabemos y tenemos nuestra autoestima crece. Pero si nos rodeamos de gente que critica, que invalida, nuestra autoestima se queda pocha perdida. Thomas Lewis, uno de esos señores listos investigadores, describe este fenómeno como “campos emocionales compartidos”, o sea, que nuestro sistema nervioso se sintoniza con los sistemas nerviosos de quienes nos rodean. Si pasamos mucho tiempo con personas que juzgan, que viven pendientes de sus miedos, que están desquiciadas nuestro sistema nervioso se coloca en esa frecuencia. La buena noticia es que cuando nos juntamos con gente auténtica, alegre, resiliente también nos alineamos con sus maravillas. Todo se pega, la hermosura también. Mira tú si esto es poderoso que un estudio ha demostrado que nuestros niveles de cortisol (hormona del estrés) se sincronizan con los de las personas con quienes pasamos mucho tiempo. ¿A que te suena? ¿A qué sí? Yo ahora mismo estoy pensando en una persona que no es que aumente mis niveles de estrés después de una semana junto a ella, es que a los dos minutos tengo los vellos como escarpias. Ojo, eso no significa que estamos culpando a los demás por nuestros problemas de autoestima, ni que tengamos que esperar a que las personas correctas coloquen nuestra autoestima en el nivel óptimo, porque esa sintonización, ese contagio funciona en ambas direcciones. Hemos de trabajar en esto que somos. Estamos dándonos cuenta para poder hacernos cargo. A partir de aquí, puedo preguntarme: ¿Qué relaciones estoy cuidando y cuáles no? ¿Qué límites necesito establecer para proteger mi estabilidad emocional y mi autoestima? ¿Con qué tipo de personas quiero relacionarme para estar bien? Ya, todas estas preguntas pueden llevar a decisiones difíciles. A lo mejor hay que tener conversaciones incómodas, apartarnos de ciertas personas, buscar nuevos círculos. Un apunte: una autoestima sanota no depende de una sola relación perfecta y maravillosa, eso no nos vale. Necesitamos un tejido de conexiones que nutra todas las caras de este poliedro que somos. Y algo muy importante: ¿qué tipo de plantita eres tú en ese jardín? Porque en este invernadero que nos estamos montando hemos de ser responsables, saber qué hemos de poner de nuestra parte. Validar a los demás, escuchar, aceptar (que no es lo mismo que tragar), porque así no solo elevas la autoestima de los tuyos, es que esa expansión vuelve a ti multiplicada por mucho. A estas alturas de estos tres minutos te estarás preguntando cuáles son esas preguntas de las que habla el título. Vamos allá:
  1. ¿Qué partes de mi personalidad escondo en ciertas relaciones? La respuesta me puede dar pistas de que esas relaciones no son precisamente maravillosas para mi autoestima.
  2. ¿Con qué personas me siento “en casa” versus “con qué personas parece que esté sentada en un cactus”?
  3. ¿Qué relaciones me agotan y qué relaciones me llenan de energía?
  4. ¿Qué tipo de conversaciones tengo con mi entorno? Yo creo que es muy positivo ser honesta con una misma y analizar si tengo muchas conversaciones alrededor de la crítica, la comparación, la queja o de la alegría, las buenas noticias, la ilusión. Porque esas conversaciones acaban moldeándonos y moldeando la relación con nosotras mismas.
P.D.: esta semana me marqué un directo en Instagram sobre dos factores que para mí han sido imprescindibles a la hora de mejorar mi autoestima y de lo que no oigo hablar. Me quedó la mar de bien y, como el algoritmo igual no te lo ha enseñado, te lo dejo AQUÍ, espero que te sirva. P.D2.: hablaremos largo y tendido de este y de otros factores que influyen en nuestra autoestima en mi nueva formación sobre autoestima y autovaloración que tendrá lugar dentro de mi membresía “Té con Sol”. En esta formación no te enseño a poner “tiritas” a tu autoestima, sino a crear una estructura interna que te permita sanar tu relación contigo misma, que te cuente que sí eres capaz y suficiente para resolver, para decidir, para crear. En 6 sesiones (que quedan grabadas), te contaré cómo fortalecer tu relación contigo misma, dejar atrás la autocrítica destructiva y aprender a priorizarte sin culpa. Tienes toda la información y el acceso a la lista de espera AQUÍ. P.D3.: Si quieres: ·Definir cuáles son tus objetivos en cualquier ámbito ·Identificar cuáles son los factores que te llevan a procrastinar ·Decidir desde la claridad y la calma ·Conocerte mejor ·Pasar del pensamiento en bucle a la búsqueda de soluciones Te dejo AQUÍ un audio de solo 30 minutos con dos ejercicios que yo uso para decidir y definir. Espero que te sirva Un abrazo, Sol

La trampa de conformarse con lo mínimo: ¿Por qué no elegimos lo mejor que podemos permitirnos?

“Esto ya me sirve”, “No necesito más”, “Con esto ya estoy bien”. Frases que pronunciamos sin pensar, automáticamente, cuando hablamos de dinero, de tiempo, de lo que sea. A primera vista, podrían ser señal de pragmatismo, de plenitud. Pero no. La mayoría de las veces: NO. La mayoría de las veces, estas afirmaciones no reflejan una vida llena, sino una vida limitada. Las mujeres sufrimos una tendencia tremenda a conformarnos con lo mínimo. Normal, es lo que llevamos haciendo por los siglos de los siglos. Ese conformismo tiene raíces profundas a más no poder, llevamos obedeciendo a esas raíces durante cientos de generaciones Durante siglos, la “buena mujer” ha sido la que sacrifica sus necesidades, la que no pide demasiado, la que se contenta con poco. La abnegación como virtud. Un asco. Piénsalo: ¿cuántas veces has visto a tu madre, abuela o a otras mujeres con las que te has criado renunciar a lo que quieren? Estarás pensando que nunca dijeron lo que querían, que parecían no querer nada más de lo que tenían. Y eso precisamente es lo más peligroso: lo que no se pronuncia, lo que no sacamos a la superficie. A esta herencia le sumamos una cultura en la que un tío que da su opinión, que gana pasta, que es líder, que persigue sus objetivos es algo a admirar. Pero si a una mujer se le ocurre querer todo eso, probablemente el miedo a brillar, a la crítica acabe frenándola, convirtiéndola en la mitad de lo que realmente es y negándonos al resto de la humanidad el impacto que podría generar en nosotros. Buscar lo mínimo se convierte en un acto natural, nos encogemos para encajar en las expectativas sociales. Otro asco. Las consecuencias de este patrón son devastadoras cuando sistemáticamente elegimos lo mínimo que hay en lugar de lo mejor que podríamos permitirnos. Cada vez que hacemos eso, le estamos enviando un mensaje a nuestro inconsciente: “No merezco más”. Y ese no merecimiento se manifiesta en todos los ámbitos: en nuestras relaciones, en nuestros trabajos, en nuestra situación económica, en nuestro autocuidado. La autolimitación se convierte en una profecía autocumplida. No nos permitimos lo mejor dentro de nuestras posibilidades y perdemos la capacidad de imaginar y aspirar a algo mejor, a una vida grande y brillante. A una Yo grande y brillante. Nuestros horizontes se estrechan y la mal llamada zona de confort se convierte en una prisión de la que no sabemos que podemos escapar. Cuando creemos que no merecemos más, difícilmente vamos a crear las condiciones para crear abundancia y gustazo y nos volvemos unas expertas en racionalizar por qué no necesitamos o no merecemos más. Somos muy listas y lo demostramos tirando piedras sobre nuestro propio tejado. Detrás de este patrón se esconde otra creencia perniciosa: la postergación indefinida. “Ya habrá tiempo para disfrutar”, “Cuando termine esto, me daré ese gusto”, “Más adelante podré…”. Como si fuéramos eternas, como si nos pudiéramos permitir el lujo de posponer la vida. ¿Por qué no disfrutar de ese viaje ahora? ¿Por qué no invertir en esa formación que te mola en lugar de gastar en lo que no te hace crecer? ? ¿Por qué no sentarte ahora mismo a tomarte un té mientras escuchas tu canción favorita? ¿Por qué no decirle a tu pareja que ya no eres feliz, que quieres virar de rumbo? ¿Por qué no elegir esa chaqueta que te flipa, aunque cueste un poco más No estoy hablando de consumismo desenfrenado (la mayoría de los placeres reales son gratis) ni de irresponsabilidad financiera. Ni de ser unas egoístas de narices. Se trata de cuestionar el automatismo con el que nos conformamos, de preguntarnos, por fin: “¿Qué es lo mejor que puedo permitirme en este momento?” Esta pregunta cambia completamente la perspectiva y nos invita a contemplar no solo lo económico, sino también el valor del tiempo, la calidad de la experiencia, y el mensaje que nos enviamos a nosotras mismas. Puede que lo mejor que me puedo permitir ahora mismo es hacerme una taza de té y sentarme en mi sillón a leer en lugar de ponerme a planchar ropa de otros que viven conmigo y tienen una manita para coger la plancha. Puede que lo mejor que me puedo permitir ahora mismo sea irme a echar unas risas con mis amigas. Puede que lo mejor que me puedo permitir ahora sea apuntarme a clases de baile porque bailar me fascina y sé que útil es todo aquello que me da felicidad. Romper este patrón de conformismo heredado requiere que nos demos cuenta y que nos hagamos cargo. Empieza por observar cuándo aparece ese impulso automático de elegir lo mínimo. El mínimo tiempo de descanso, la chaqueta más barata, lo primero que pillo para comer. Cuestiónalo, no desde la culpa, sino desde la curiosidad y las ganas de convertir tu vida en la obra de arte que mereces. Pregúntate: “Si realmente me valorara, si me supiera merecedora de lo mejor de la galaxia ¿qué elegiría?” ¿Elegiría esta pareja, esta manera de pasar mis ratos libres, estos hábitos? ¿Qué sería de nuestras vidas si, en lugar de limitarnos, empezáramos a expandirnos? ¿Si nos preguntáramos constantemente “¿qué es lo mejor que puedo permitirme?” y tuviéramos los ovarios de actuar en consecuencia? A lo mejor descubriríamos que merecemos mucho más de lo que hemos estado dispuestas a reclamar. Si me respondes estas preguntas en los comentarios, inspiras a otras, gracias. P.D.: en el último episodio de mi podcast te hablo de cómo las mujeres le damos poca importancia a eso que queremos (o ya no queremos): → Buscamos justificaciones ENORMES para dejar cosas que ya no nos molan:
  • “Si no hay cuernos o peleas tremendas, no puedo dejar la relación”
  • “Si no me he peleado con alguien, tengo que seguir quedando aunque me drene”
  • “Si no me enfermo, no puedo dejar un trabajo que odio”
→ Posponemos infinitamente lo que deseamos porque “no es necesario o es un lujo”:
  • “Quiero apuntarme a baile, pero tengo mucho lío”
  • “Quiero viajar a Japón, pero hay gastos más importantes”
  • “Quiero quedar más con mis amigas, ya lo haré cuando tenga menos curro”
Lo que vas a descubrir en el episodio:
  • Por qué nuestra voluntad debería ser razón suficiente (sin más explicaciones)
  • Cómo reconocer lo que realmente queremos vs. lo que creemos que deberíamos querer
  • Herramientas prácticas para empezar a honrar tus deseos de Diosa del Olimpo Vikingo
REGALO: Con este episodio viene un PDF descargable con 5 ejercicios potentes para reconectar con tu voluntad. Mira, te lo dejo aquí, por si quieres ir echándole un ojo. QUIERO ESCUCHAR EL EPISODIO Y HONRAR MI VOLUNTAD ¡Feliz semana! Sol

La diferencia entre una vida bonita y una vida perfecta

Diré poco sobre las vidas perfectas: NO EXISTEN. Tampoco sé muy bien lo que es una vida perfecta, porque para cada uno sería una cosa diferente, pero en ningún caso real. Las vidas perfectas son fantasía pura porque en ellas no hay imprevistos, desgracias, marrones, duda, tristeza. Vale, vamos ahora a la vida bonita, que sí que existe. Si la creamos, claro. Vamos a ir definiendo todo esto de la belleza, porque a veces nos liamos. Hablar de belleza no es frívolo. También te digo, qué más da si lo es. La belleza no es lujo, es una necesidad humana. Sí, como comer o descansar. No lo digo yo, lo dice la neurociencia, la filosofía, el arte y nosotras mismas, si nos observamos y nos escuchamos un pelín. La belleza no es solo lo estético, aunque lo incluya. Es una forma de mirar y de vivir. Es crear armonía, pausa, respeto, propósito. Es escribir un mensaje cariñoso, escuchar con atención, decir la verdad sin herir. Es ordenar los cajones y también ordenar los pensamientos. Es hablar con palabras que alimentan, tener una casa donde te apetezca estar y una vida donde quieras quedarte. Cuando descuidamos la belleza perdemos dirección y abrazamos el caos. Nos acostumbramos al ruido, a la prisa, al desorden, a lo feo. A lo feo en las formas y en el fondo. A las conversaciones llenas de queja, a los espacios agobiantes, a los cuerpos y los cerebros castigados, a los vínculos que carcomen. Y cuando todo eso se vuelve normal, lo que perdemos no es solo belleza: es energía, propósito, y muchas veces, alegría. Defendamos la alegría, como decía Benedetti. La filósofa Elaine Scarry nos cuenta que la belleza nos saca de nosotras mismas (qué necesaria es esa distancia) y nos conecta con algo más grande. Nos arranca del ego y nos reubica en el asombro, en el “gracias”, en el “qué maravilla esto que estoy viendo/sintiendo/compartiendo”. Y ese sitio no es frívolo, es necesario. Y deberíamos visitarlo más a menudo. Porque desde ahí tomamos mejores decisiones, nos tratamos con más respeto y somos más generosas. Y si eso no es importante, yo ya no sé. No sé tú, pero yo noto cuando descuido lo que me rodea: me vuelvo más caótica, más impaciente, más desagradable. Y noto, también, cuando decido mirar y mirarme con más amabilidad, con más belleza. Me visto mejor (mejor es algo que me gusta a MÍ, tomar el tiempo de cuidarme), prestar más atención a mis amigos. Elegir el silencio, un libro, un banco al solete de primavera. La belleza es una elección constante. Crear belleza es tener las narices de hacer las cosas bien aunque nadie mire. Es cuidar las formas con una misma porque también importan. Es decirle a una amiga que está guapa que lo flipas no solo por lo bien que le ha quedado el pelo, sino porque la quieres a rabiar y el amor de objetivo tiene poco. Es poner orden en los pensamientos, en la casa, en el alma. Porque cuando todo eso pasa, hay paz. Y la paz es belleza a granel. Decía Dostoyevski que la belleza salvará al mundo. Yo creo que, como mínimo, puede salvar un día. Un momento. Una relación. Una vida. Así que te animo a buscar y a crear belleza. En lo que miras, pero también en lo que piensas, en cómo hablas, en cómo eliges. No hace falta tener una casa de revista ni ir siempre como un pincel. Hace falta intención, mucho amor hacia una misma y hacia la vida. Y un poco de entrenamiento, claro. Piénsalo (y me lo dejas en comentarios): ¿dónde puedes crear más belleza hoy? La vida bonita no tiene nada que ver con la perfección desde fuera, sino con la celebración desde dentro. P.D.: hablando de vida bonita, mi admirada Aria Experiències ha organizado un viaje para mujeres que disfrutan de la vida y de la belleza. Es ni más ni menos que a la Toscana, del 20 al 23 de septiembre, y solo le quedan dos plazas disponibles. No tengo palabras para contaros el detalle con el que prepara Estel (el alma de Aria) los viajes y cada actividad, es increíble. En su cuenta de Instagram puedes echarle un ojo al viaje que organizó al mismo destino el pasado abril y aquí puedes ver todos los detalles y reservar tu plaza. P.D2.: en el último episodio de mi podcast comparto micro con Nayla Norryh, una chavala a la que admiro enormemente por la enorme claridad mental que tiene, por lo valiente que es al hablar de ambición en femenino, de dinero, de lo bien que está querer algo mejor para tu vida. Hemos charlado sobre los millones de deafíos a los que nos encontramos las mujeres en todas las áreas de la vida y de cómo transitarlos desde la mayor calma y seguridad posibles. Puedes escucharlo aquí. P.D3.: si andas un poco a la deriva y eso te impide empezar a crear belleza o cualquier otra cosa en tu vida, he creado un audio de 30 minutos para ti con dos ejercicios que a mí me ayudan a retomar las riendas de la vida cuando sientes que se ha ido todo de madre. Puedes descargarlo aquí. Espero que te sirva.

El secreto de la felicidad

Hace unas semanas hice trampa, amigas, repetí un texto que había escrito en pandemia con tal de regalarnos perspectiva y celebración. Hoy vuelvo a hacerlo, te cuento por qué. He tenido una semanita complicada, con marrones de curro cuya resolución no dependían de mí (con lo que me jode eso), con el estrés que eso provoca. Y el remolino mental. Y el cabreo monumental. Y la frustración. ¿Te suena? Eso va a volver a pasar, porque forma parte de la vida adulta, no hay otra. Podemos quedarnos ahí, por los siglos de los siglos, dejando que la negatividad nos absorba como un tornado, o plantarnos firmes y repetirnos que esto quizás nos tambalea, pero de ninguna manera va a tumbarnos. Y con tal de conseguir esa estabilidad en medio de la tormenta hemos de colocar mucho peso en el lado correcto de la balanza: el de la felicidad, el de la plenitud, el del “agustismo” inmenso. Este texto que escribí hace ya algunos años resume ese peso, el norte al que deberíamos mirar. Espero que te sirva para llenarte de perspectiva y te ayude como me ha ayudado a mí estos días. Vamos allá:   El secreto de la felicidad consiste en saber qué nos hace felices y rebozarnos en ello, así de simple. Ojo, y he escrito “simple”, no “fácil”. La simplicidad se basaría en los escasos pasos que te separan de lo que quieres. Es lo opuesto a complejo. La facilidad estaría relacionada con el esfuerzo que tienes que hacer para conseguirlo. Es lo opuesto a difícil. Algunos ejemplos de objetivos cuya consecución es simple, pero para algunos nada fácil serían: Hacer ejercicio es simple, solo hay que elegir qué es lo que voy a hacer: puedo correr, subir escaleras, ir a una clase en el gimnasio, apuntarme a baile, etc. Decido y me muevo. Nada más. Pero a algunos no les resulta nada fácil. Lo mismo con comer tres frutas y dos raciones de verduras diarias. Simple a más no poder, entonces ¿por qué no lo hacemos? Para viajar sola solo tienes que comprar un billete e ir al aeropuerto, o a la estación de tren, o ni eso, tan solo coger el coche y enfilar la carretera. Lo mismo con ir sola al cine, o a comer sola. O estar tan a gusto sola. No hay nada más simple, pero para algunas, de tan difícil, se convierte en imposible. O eso creen. Dejar tu trabajo, si no te gusta, no puede ser más simple: carta de renuncia y Ciao, bacalao. Entonces, ¿dónde radica la dificultad? Por el contrario, hay tareas sumamente complicadas, pero de lo más fáciles. Como el funcionamiento de un ordenador: lo encendemos, abrimos una aplicación y a teclear. Sin tener, la inmensa mayoría, ni puñetera idea de lo que albergan las entrañas del aparato. ¿Por qué insisto tanto en la diferencia entre estas dos palabras? Porque el lenguaje determina cómo pensamos, y nuestros pensamientos definen cómo nos comportamos y, por tanto, cómo somos. Vuelve a leer esta frase, querida lectora, porque puede resultar importantísima en tu camino hacia la felicidad. Paremos a pensar qué significan las palabras que nos decimos, para qué nos las decimos, dónde las hemos aprendido. Determinemos si nuestro lenguaje nos impulsa o nos frena y, desde ahí, decidamos cómo lo vamos a usar a partir de ahora. Cuántas veces vamos a dejar que el vocablo “difícil” nos clave al suelo de la insatisfacción. Siguiente paso, una vez tenemos la distinción clarita, hemos de conseguir que lo simple nos sea cada vez más fácil. O, al menos, que la dificultad no suponga un freno invencible. ¿Cómo lo consigo? Pues como se consigue todo, amiga, PRACTICANDO. La práctica consigue que la distancia entre lo simple y lo fácil disminuya. Este “practicando” sería la repetición en la implementación de los hábitos. Practicar sería, también, atravesar el miedo (a viajar sola, a dejar tu trabajo, a decirle adiós a tu pareja, a crear tu propio negocio, a ponerte una minifalda si es lo que te apetece). Porque una vez traspasado el primer miedo, el segundo se nos antoja mucho menos aterrador. Y el tercero, ni te cuento. Practicar sería detectar qué creencias cercenan mi vida. Darme cuenta de lo que no creo merecer, de lo que no me creo capaz, de lo que creo posible o imposible. De nuevo, practicar es simple, pero quizás no fácil. Lo sería mucho más si diéramos el tercer paso: imaginar lo que hay al otro lado de la dificultad, del miedo, de las creencias. Lo que hay al otro lado, te lo digo ya, no es más que la felicidad en la que quieres rebozarte. Lo que hay al otro lado es un cuerpo sano y fuerte del que te sientes orgullosa, la calma que llega cuando eres tu mejor compañía, la libertad que acompaña la seguridad en una misma, un trabajo en el que te sientes realizada, una vida en la que te quieres quedar. La motivación para ponernos en marcha hacia lo que deseamos, solo llega cuando somos capaces de reproducir en nuestra mente lo que seremos, veremos, escucharemos y sentiremos después del esfuerzo, de realizar eso que ahora sabemos que es tan simple, pero que se nos antoja tan difícil. Es necesario desgranar en qué consiste nuestra particular dificultad y generar una estrategia que nos permita ver, a través del muro, la película de nuestra vida, la protagonista que deseamos ser. Conectar tanto con ella que podamos tocarla, observar cada una de sus características, enumerar lo que quiere, lo que no quiere y lo que va a hacer para agarrarse a lo primero y desechar lo segundo. P.D.: para ser felices necesitamos tener energía y sentirnos bien en nuestro cuerpo. Y de eso va el último episodio de mi podcast, en el que Mario Orellana nos cuenta cómo hemos de alimentarnos siempre, pero especialmente en menopausia para manejarnos como las Diosas que somos. Yo os hablo de cómo modificar nuestro diálogo para que nos impulse en lugar de castigarnos. Porque los hábitos nacen del gustazo, o del machaque. Escúchanos aquí

Las 3 conversaciones incómodas que debes tener contigo misma

Querida suscriptora: Cuánto hablo por aquí (y por todas partes) de la importancia de hacernos las preguntas correctas. Y hoy voy a hablarte de esas preguntas que evitamos, esas que nos generan un pellizco de incomodidad y nos hacen cambiar de tema rápidamente en nuestro diálogo interno. Porque todas tenemos esas conversaciones pendientes con nosotras mismas. TODAS. Esos temas que aparcamos para “cuando tenga un momento”, “cuando esté preparada”, “cuando tenga más energía”, “cuando acabe esto que que estoy haciendo” (o sea, nunca). El problema es que lo que no afrontamos nos controla. Lo que no nombramos va creciendo y toma el poder, y eso es una mierda. Así que hoy te propongo tres conversaciones difíciles pero imprescindibles que deberías tener contigo misma. Te va a costar, me vas a coger manía, pero te van a liberar, te lo digo yo, que me enfrento a ellas periódicamente (porque no, esto no acaba nunca, la vida es un camino, no hay otra) 1. La conversación sobre lo que realmente quieres (no lo que crees que deberías querer) Esta es, seguramente, la más complicada porque necesitas diferenciar tu voz de todas esas otras voces que has interiorizado a lo largo de tu vida: la de tu madre, la de la sociedad, la de tu amiga, la de esa versión de ti que construiste cuando tenías 15 o 20 o 30 años y que ya no es la de ahora. ¿Cómo empezar esta conversación? Pregúntate (y quiero que te vuelvas majara perdida, desobediente, rebelde):
  • Si nadie fuera a juzgarme, ¿qué cambiaría de mi vida ahora mismo?
  • ¿Qué parte de mi rutina actual mantengo solo porque es lo que “se debe hacer”?
  • Si pudiera reinventarme completamente, ¿qué conservaría de mi vida actual?
  • ¿Qué me genera ilusión de verdad cuando lo imagino, aunque me dé miedo admitirlo?
Lo fascinante de esta conversación es que, a veces, descubrimos que nuestros deseos de verdad no son tan rarísimos o extravagantes como temíamos. No siempre queremos dejarlo todo y mudarnos a una isla desierta. A veces solo queremos más espacio para leer, para ver a nuestros amigos, para pasear más. O nos gustaría tener menos responsabilidades y compromisos , o dejar de intentar complacer a todo el mundo. 2. La conversación sobre lo que estás tolerando (y el precio que pagas por ello) Esta conversación implica mirar con honestidad y mucho realismo las situaciones, relaciones y dinámicas en las que estás anclada, aunque sabes que no son lo mejor para ti. Porque, amiga, todas tenemos energía limitada, y lo que toleras te quita fuerza para lo que realmente importa. Lo que realmente importa eres tú y todo lo que quieres en tu vida (vete a la conversación número 1). Y observa qué sientes cuando afirmo que LO IMPORTANTE ERES TÚ, porque de ahí a lo mejor surge otra conversación incómoda (esto es un no parar) Atrévete a preguntarte:
  • Si tuviera que decir tres cosas que estoy tolerando y que me drenan, ¿cuáles serían? (no te cortes un pelo)
  • ¿Qué excusas me doy para seguir en esta situación? (“No puedo cambiarlo”, “Podría ser peor”, “Es lo normal”)
  • Si una amiga me contara que está en mi misma situación, ¿qué le aconsejaría?
  • ¿Qué podría hacer o tener si ahorrara la energía que gasto en tolerar esto?
A veces toleramos trabajos que no nos llenan, relaciones que nos joden vivas, hábitos que nos machacan… Y lo justificamos diciendo que “no es para tanto” o que “todas estamos igual”. Pero la verdad es que no es así, lo que pasa es que nuestro cerebro siempre encuentra maneras de darnos la razón y nos fijamos en quien está mal, no en quien vive libre de mierdas que la drenan. Por otra parte, qué más nos da cómo vivan los demás, lo que queremos es estar bien nosotras. Si el resto decide desperdiciar el rato que pasamos en el planeta es asunto suyo, no tuyo. 3. La conversación sobre tus miedos reales (no los que dices tener) Algunos ejemplos…Decimos que tememos fracasar, pero en realidad tememos el juicio ajeno. Decimos que nos da miedo el cambio, pero lo que realmente nos asusta es la incertidumbre. Decimos que tememos no estar a la altura, pero lo que nos paraliza es la idea de brillar demasiado, vaya a ser que me critiquen, vaya a ser que parezca prepotente. Para tener esta conversación sobre tus miedos, pregúntate:
  • ¿Qué es lo peor que podría pasar si hago esto que me da miedo? ¿Y luego qué? ¿Y después?
  • Si este miedo pudiera hablarme, ¿qué me estaría diciendo exactamente? ¿De qué quiere protegerme?
  • ¿Este miedo es realmente mío o lo he heredado?
  • Si este miedo desapareciera mañana, ¿qué sería lo primero que haría?
Cuando identificas el miedo real, muchas veces descubres que es mucho más manejable de lo que pensabas. Y, sobre todo, puedes empezar a distinguir entre los miedos que te protegen y los que solo te limitan. Como te decía al principio, estas tres conversaciones no se tienen de una vez. Son diálogos continuos, que se van profundizando con el tiempo, a medida que vas levantando capas. ¿Qué te sugiero? Que elijas una de estas conversaciones y empieces a trabajarla esta semana. Escribe cinco minutos al día sobre ella. Hazte las preguntas. ¿Con cuál vas a empezar? Me encantaría que me lo cuentes en los comentarios.   P.D.: en el último episodio de mi podcast hablo con Igor Fernández sobre la inmensa diferencia que hay entre priorizarnos y ser egoístas. Analizamos la incomodidad que nos produce el ponernos en primer lugar en nuestra vida, cómo gestionar las reacciones de los demás cuando empezamos a liberarnos de responsabilidades ajenas. En fin, escuchar a Igor, psicólogo y psicoterapeuta es un lujo que hay que disfrutar. Nos puedes escuchar aquí  
P.D2.: Esta noche termina el descuento en mi formación ESCRIBE PARA APRENDERTE. Hasta medianoche vale 59 euros y luego 69. Y el lunes cierro las puertas hasta el 2026.
En solo 4 sesiones, mujeres como tú que hicieron la formación el año pasado han sido capaces de:
  • Deshacer bloqueos internos que llevaban AÑOS impidiéndoles avanzar
  • Identificar patrones de pensamiento que les robaban energía todos los días
  • Tomar decisiones que habían estado posponiendo por miedo o inseguridad
Si decides inscribirte, puedes hacerlo aquí y, en ese caso, nos vemos el 14 de mayo en nuestras pantallas, querida.