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Autor: lasclavesdesol

Me llamo Sol, nací en el 73, tengo dos hijos adolescentes y ahora mismo soy coach, escritora y ponente en temas relacionados con el autoconocimiento y el desarrollo personal. Me encanta mi profesión y me encanta mi vida, pero hasta hace ocho años el panorama era bastante diferente: trabajaba en marketing y vivía inmersa en el bloqueo, el desasosiego y el agotamiento. Me sentía totalmente perdida. La empresa y la maternidad se tragaban toda mi energía y no sabía por dónde empezar para salir de esa situación, así que permanecía inmóvil, dejando que el estrés campara por mi cuerpo a sus anchas, con todo lo que ello conlleva: lumbalgias, anginas, herpes,… Hasta que, aún no recuerdo muy bien cómo, reuní fuerzas y decidí decidir. Y desaprender para aprender. Y formularme preguntas muy incómodas. Y respondérmelas. Seguí un proceso de coaching, empecé a investigar cómo funciona el cerebro humano en general y el mío en particular. Me formé como coach, como Practitioner en PNL. Me convertí en mi propio conejillo de Indias y aquí estoy, sintiéndome capaz, libre y plena. Por fin. En este programa voy a compartir contigo, a través de ejemplos del día a día, pautas claras y muchos ejercicios prácticos, todo lo que he aprendido durante estos años y que ha borrado de mi vida la parálisis y la insatisfacción. Todo lo que me ha llevado a la expansión, a priorizarme, a cuidarme, a saberme suficiente, a sentirme alineada con mis decisiones y con mis acciones. A que me pase lo que quiero que me pase.

De qué está hecho mi botiquín emocional

Todas tenemos momentos de bajón, todas. Momentos de confusión, de ansiedad, de querer salir corriendo porque tomar una decisión se nos antoja como algo imposible de afrontar. A estas alturas, ya sabemos que el objetivo no es ni salir corriendo ni dejar de decidir, porque eso no lleva a nada bueno y, además, muchas veces es imposible. El objetivo es volver a nuestro centro, gestionarnos, retomar nuestro poder. A mí me ayuda pensar que tengo un botiquín emocional, una cajita de herramientas a la que acudir cuando la vida se me pone cuesta arriba (porque se me pone, que soy humana). Nuestra parte emocional también necesita cuidados, atención y presencia. El problema es que muchas veces, cuando llega un bajón o una crisis, no sabemos por dónde empezar, qué hacer, o cómo sostenernos. Nos sentimos a la intemperie. Todo es niebla. No sé ni quién soy ni hacia adónde tirar, qué mierda. Por eso hoy quiero proponerte que crees tu botiquín emocional, donde guardes todo eso que te ayuda a volver a ti cuando estás del revés. ¿Por dónde empezar? Lo primero es saber que no todas necesitamos lo mismo. Lo que a mí me reconforta puede que a ti no te sirva para nada. Por eso, este botiquín se construye desde el autoconocimiento, desde la honestidad con lo que te calma, te ancla o te impulsa. La clave es tenerlo preparado antes de que lo necesites, para no tardar demasiado en encontrar lo que te va a ayudar Cada persona es un mundo, pero hay recursos que nos sirven a todas (no lo digo yo, lo dice la ciencia) Elige las que te sirvan y crea las tuyas. • Las personas que son hogar Por si te ayuda: haz una mini lista de personas con las que puedes contar siempre. Esas que, cuando te hablan, piensan en ti. Que te calman, que te alegran, que te acompañan. Solo con saber que existen ya hay alivio. Pongo esta herramienta en primer lugar, porque es la más importante, porque la ciencia ha demostrado que el factor fundamental a la hora de ser felices y, por lo tanto, estar sanas, son las relaciones de calidad. • Canciones que te devuelvan al centro Esa playlist de Spoti que te hace pone contenta, que te hace bailar, que te recuerda quién eres. Te pongo ejemplos míos, como siempre, por si te sirven. Durante el mes que pasé en Nueva York acabando mi novela “Algún día no es un día de la semana”, escuchaba “We are young” mientras me duchaba. Ahora, cada vez que la pongo, vuelvo a estar en esa ducha neoyorquina, sintiéndome la persona más afortunada y plena del planeta. “De vez en cuando la vida” de Serrat, me da un hostión de realidad, me regala perspectiva. Por la letra, por supuesto. Y porque la compartía con alguien a quién le encantaba tanto como a mí. Él ya no está, pero me sigue recordando cada día que estar sobre el planeta es un milagro, un privilegio que debo honrar. Por mí, por él, por todos los que ya no pueden. Ahora, vete a Spoti y fabrica tu cajita de canciones particular. • Las 1.000 cosas que te gustan Escríbela. No lo dejes en la cabeza. A veces, cuando estás chunga, hasta lo que más te gusta se te olvida. Si necesitas inspiración, ve a mi cuenta de Instagram y busca en destacados #1000Gustazos, hay unos cuantos. No soy nada especialita ni original, así que es probable que lo que me gusta a mí, te guste a ti. • Audios de meditación o respiraciones conscientes Respirar bien es volver a ti. Igual que tu mente puede joderte la vida, puede calmártela. Queremos ser las dueñas de nuestros pensamientos y nuestras emociones, no a la inversa. Te dejo AQUÍ la meditación de la montaña, que me ayuda muchísimo a recordar que todo pasará, que soy fuerte, que yo soy la dueña de lo que pasa en mi coco. Y AQUÍ, una serie de meditaciones super útiles, de varias duraciones. No hay excusa, amiga, algunas duran 3 minutos. • Tus frases, valores o recordatorios Esas frases que te reconectan contigo. Las que te sostienen. También puedes escribir tus valores, para no perder el rumbo cuando todo se tambalea. Los míos son la amistad, el humor, la calma, el aprendizaje. Me agarro a ellos con uñas y dientes. Los defiendo de todos, incluso de mí. • Tus rituales particulares Amo los rituales. Me regalan orden y paz. Crea los tuyos. Mi ritual matutino incluye, siempre, una meditación (últimamente es la visita a mi Yo futura) y mis páginas matutinas. Siempre que puedo, algo de lectura y unos estiramientos. A media mañana, mi taza de té bonita, si hace buen tiempo, en mi balconcito mirando a la montaña. Muchas veces, con los auriculares, escuchando esas canciones de las que te hablaba en el primer punto. La vida no va de evitar, de evadirte. Va de enfrentarte, de agarrar el toro por los cuernos, de ser la dueña de lo que te pasa en la medida de lo posible. Y lo posible es mucho, créeme. No esperes a echar mano de tu botiquín cuando llegue el tsunami, disfrútalo cada día. Úsalo para construir una versión de ti tan sólida como flexible, capaz de disfrutar cada día y afrontar lo que venga sabiendo de, quizás haya tambaleo, pero nunca hundimiento. P.D.: si crees que necesitas retomar las riendas de tu vida, te dejo AQUÍ, un audio de solo 30 minutos con dos ejercicios prácticos que yo uso cuando noto que ando a la deriva. P.D2.: ya te he dicho que las relaciones de calidad son el factor fundamental para estar feliz como una perdiz. Y el fin de semana del 27 de septiembre, tengo la intención de ayudarte a crear esa tribu, o a ampliar la que tienes.
He organizado una formación/experiencia/retiro formada por un sábado de formación y comida rica. La formación se llama “Del DEBERÍA al QUIERO” y aquí encuentras toda la información. En ella voy a compartir contigo herramientas para que definas lo que sí quieres en tu vida y también lo que no. Voy a convencerte de que no necesitas justificarte ni para abrazar todo eso que SÍ, ni para abandonar todo eso que NO.
Y como no hay transformación sin acción, te voy a contar cómo elaboro mis planes de acción para acercarme a mis objetivos en todos los ámbitos de la vida. Si decides quedarte el domingo, te espera un paseo por el valle más bonito que he visto en mi vida, unas zambullidas en un spa espectacular y una comida rica en compañía de unas cuantas mujeres con tus mismas inquietudes y tus mismas ganas. MEREZCO ESTA EXPERIENCIA

Ya no quiero dejarme la piel

Durante la mayor parte de mi vida, me he dejado la piel en todo lo que he hecho. En los estudios, siempre fui una niña de dieces. Hice un máster de dos años en uno (no recuerdo ver la luz del sol durante aquel curso), presenté el Plan de Empresa en junio, en lugar de en septiembre, porque en verano tenía que trabajar. Eso suponía currar doce horas durante los findes. En el trabajo, antes de reinventarme, no me permitía salir de la oficina antes de que anocheciera. Las jornadas de doce horas eran lo habitual, también me zampé unas cuantas de veinticuatro. El estrés carcomiéndome viva por dentro y por fuera. En la crianza de mis hijos, yo sola. Echándome todo a las espaldas, controlando hasta el último detalle. Sin pedir ayuda. Porque eso era una buena madre, eso era una buena mujer (a todas las mujeres que tenéis hijos: PEDID, PAGAD TODA LA AYUDA QUE PODÁIS, yo habría sido mejor madre sin ese agotamiento insoportable. Y sobre todo, habría sido una tía feliz, no una tía desesperada) En todo me he dejado la piel. Siempre me he esforzado más de lo necesario, por si acaso. Por si no era suficiente. Porque sacar un ocho no era una opción. Porque no currar sin descanso no era una opción. Por si alguien dudaba de mí y por si yo misma dudaba de mí, también, claro. Me levantaba, todavía me levanto a veces, con la lista de tareas en la mente, sin plantearme que hoy puedo descansar, no hacer nada, no ser útil. Pasaba los días sin preguntarme qué quería sentir, quién era yo, cómo estaba, qué necesitaba. Y durante mucho tiempo funcionó. O eso creía yo, claro. Porque avanzaba, conseguía. Era buena, joder. Buenísima. A mi alrededor, comentarios que contaban que tú consigues siempre lo que te propones, que no hay nada imposible para ti. Y yo, mientras tanto, perdiéndome, sin darme cuenta. Pero hay en nosotras una sabiduría que siempre se las apaña para salir a la superficie. Una incomodidad que no sabes de dónde viene, ni a dónde va, pero que si observas con atención y paciencia te cuenta cosas sobre ti. Quizás te das cuenta de lo a gusto que estás en un día en el que, por casualidad, la agenda no está llena. O te quedas mirando, embelesada, la imagen de alguien que simplemente lee en una cafetería o en un banco. O te vas una semana de vacaciones y alucinas con todo lo bueno que sientes cuando hay espacios llenos de NADA. (De eso te hablo en ESTE artículo) O sientes un pellizco de incomodidad si alguien de tu edad te comenta que ya no trabaja, que solo disfruta, porque ha ganado el dinero suficiente como para estar tranquila el resto de su vida. Le preguntas a esa incomodidad de donde viene y siempre te lleva al mismo sitio, al lugar en el que creciste escuchando y viendo y sintiendo que hay que trabajar todo el día todos los días. Muy duro. Que si no, no eres nadie y no se consigue nada. Que si paras, si no te dejas la piel, no vales. Todo tiene que costar mucho o no hay mérito en ello. Todo eso duele y te das cuenta de que ni siquiera es tuyo. Sostienes una manera de vivir que no te pertenece, pero te la has creído tanto que ni la cuestionas. Ni miras más allá. Empecé a preguntarme, casi sin notarlo ¿y si no fuera así? ¿Y si no hiciera falta dejarme la piel para tener una vida bonita, que me guste? ¿Y si el esfuerzo no fuera sinónimo de valor, y el descanso no fuera señal de vagancia, sino de autoamor? ¿Y si se pudiera conseguir lo mismo —o incluso más— pensando en mí, eligiendo eficiencia sobre esfuerzo, cuidándome? En esas estoy, ensayando otra manera de estar en el mundo. Más estratégica. Más tranquila. He descubierto que conseguir claridad mental es tan poderoso y productivo como una jornada de trabajo maratoniana. Que el descanso nutre más que cien tareas hechas desde el agotamiento. Quizás sea la edad. O las cosas que una va viendo con los años. Gente que se va demasiado pronto. Vidas que cambian en un segundo. El cuerpo que avisa. O a lo mejor simplemente he llegado a un lugar desde el que me permito parar. Soltar. Elegir. Sin culpa. Ahora pienso mucho más en disfrutar que en conseguir. Me interesa más la calma que la productividad y, adivina, desde ahí, me acerco mucho más rápido y mucho más fácil a todo lo que quiero en la vida. Me muevo más por placer que por presión. Y, sobre todo, ya no me doy cabezazos contra muros ajenos. Cada cual que haga lo que quiera. Yo ya no entro en esa guerra. No necesito medallas. No necesito ser la mejor. No necesito que me validen por lo que hago, ni por cuánto hago, ni por cómo lo hago. He decidido vivir desde otro sitio y ando en ese camino. Yo solo quiero estar a gustísimo, y en el agotamiento no hay de eso. Sigo luchando contra la incomodidad de la contemplación, de una agenda con huecos. Me repito que no soy una tía vaga, sino una tía en vías de ser libre. Y libre es todo lo que queremos ser. P.D.: en todo este camino, me estoy peleando para no justificarme, ni ante mí misma ni ante los demás, por cambiar esta inercia mía. Por si andas en las mismas, te he preparado cinco ejercicios que te ayudarán a honrar tu voluntad, para dejar de posponer lo que quieres, para tomar decisiones desde lo que QUIERES, no desde lo que TIENES QUE. Los tienes AQUÍ. P.D2.: todo esto que te he contado, tiene mucho que ver con el merecimiento y en ESTE episodio de mi podcast con Charuca te hablamos de que te mereces el cielo, de dejar de sentirte culpable por gastar en ti, de tratarte como la maravilla que eres. P.D3.: te mereces muchas cosas maravillosas y yo estoy preparando una de esas. La única experiencia presencial desde 2023, que no se volverá a hacer, al menos, hasta finales de 2027. Será el fin de semana del 27 de septiembre e incluye una formación que se llama “Del Debería al Quiero” y que es para ti si quieres:
  • Despertarte cada mañana con claridad sobre lo que quieres, sin el peso de la confusión constante
  • Tomar decisiones con seguridad, desde la conexión contigo misma, no desde la aprobación ajena
  • Darle la suficiente importancia a tu voluntad como para trabajar por lo que TÚ quieres y abandonar lo que ya no quieres
  • Sentirte libre y disfrutar del tiempo que te dediques
  • Defender lo que quieres ante ti misma y ante los demás, sin necesidad de justificarte constantemente
Puedes convertir la formación en una experiencia de fin de semana en la que compartirás tiempo con otras mujeres que quieren lo mismo que tú. Un fin de semana lleno de gustazos entre valles preciosos, en el spa más espectacular que he visto en mi vida (en esta foto ando yo sumergida en esas piscinas), de comidas ricas y divertidas.

Quiero pasar del DEBERÍA al QUIERO

Espero, querida, que este artículo te haya servido y ojalá nos veamos pronto entre valles y jacuzzis. Un abrazo, Sol

Hoy he tenido un día de mierda, pero de mierda (y lo he gestionado así)

Podría endulzarlo, pero no tendría sentido: HE TENIDO UN DÍA DE MIERDA, PERO DE MIERDA. Uno de esos en lo que todo parece salir al revés: llevo unos papeles al gestor y se me olvidan otros. Y tengo que volver. Y voy de culo. Hago un banana bread y se me cae en el horno. Todo el horno sucio. El bread he podido medio salvarlo, menos mal. Haciendo la cama se me engancha una uña en el colchón y, joder, qué daño. Mis hijos, en cuanto me doy la vuelta, se comen los arándanos para el banana bread que les voy a hacer mañana a mis amigas, después de haberles contado trescientas veces que mañana hago banana bread para mis amigas. Ahora os vais a buscar un supermercado y me traéis los arándanos, que estoy hasta las narices de que ni escuchéis ni penséis, NI NADA. Quizás te estés preguntando para qué te cuento mis saraos, si no te importan. Toda la razón. No te importan los míos, pero te importan los tuyos. Lo sé, porque he publicado en Instagram mi ración de desidealización del día y he recibido un montón de mensajes contándome que os ayuda mucho saber que yo también tengo días de agotamiento absoluto, de no cumplir con la agenda, de querer mandarlo todo a tomar por el jander. No os gusta saberlo porque seáis mala gente, sino porque, de alguna manera, os sentís entendidas, menos raras. Porque este mostrarnos con nuestras mierdas le lleva la contraria a esa teoría malsana que se inventó alguien muy cabrón y que nos cuenta que hemos de ser perfectas, que tenemos que llegar a todo, que perder la paciencia es de histéricas. La búsqueda de la perfección es una trampa de nuestro coco (alimentada por ciertos esquemas sociales) para contarnos que no somos la hostia, para frenarnos, para dejarnos ciegas y sordas ante nuestros innumerables logros. Así que yo os cuento mis días de mierda y también, claro, cómo los gestiono. Mi obsesión es compartir herramientas para vivir mejor, ya sabes.
  1. Tras el desquicie inicial, los gritos iniciales y los mecagoenlahostia iniciales: respiración, amigas, respiración. Tres respiraciones bien hechas nos calman, modifican la química de nuestro cuerpo estresado perdido.
  2. Me hablo bien. Nada de Eres una inútil, Eres una vaga porque no tienes ganas de hacer nada, Un día totalmente perdido porque no has acabado los #TresMinutos del sábado próximo, blablablabla. Me recuerdo que este cansancio que no me deja ni pensar, estos olvidos, este caos, este bizcocho en el fondo del horno, esta histeria y este caos son la excepción y no la regla. Paro aquí.
Quizás estés en un momento vital en el que sientas que esta sensación es la regla, no la excepción. Te entiendo perfectamente, he estado ahí. He sido una madre soltera de dos niños que parecían veinticuatro niños, en plena reinvención, volviéndome loca, teniéndome lástima, llorando en el espejo del baño porque me levantaba tan agotada que solo quería que llegara la noche. Bien, pues las herramientas son las mismas, ve poco a poco, un avance cada día, aunque sea mínimo. También esto pasará.
  1. Deporte. Menos mal que hoy tenía Pilates. No tenía ningunas ganas, claro, pero DIOSANTO, qué bien me ha sentado. El deporte es un ansiolítico natural, es un dedicarte un rato a ti misma, es conectar con el cuerpo y sanar la mente. Si no es una hora de pilates, que sean diez minutos de estiramientos, media hora de paseo, cinco sentadillas, diez abdominales, cinco flexiones. ALGO.
  2. Qué te voy a contar a estas alturas de lo importante que es para mí, y para cualquiera, escribir. Tomar diez minutos cada mañana para tener una conversación contigo, para preguntarte cómo estás y qué necesitas. Me decía una amiga el otro día que ella solo acudía a la escritura cuando la crisis ya era insoportable. Esto es como todo, querida: si esperas al desastre, la recuperación es más complicada. Si estás acostumbrada a leerte, a escucharte, a conectar con todo lo que eres, la explosión será menor o nunca llegará. Si la explosión ya ha llegado, descríbela en detalle, desgrana sus causas y busca un recurso que puedas usar ya mismo para sentirte mejor.
  3. Ya que me pregunto qué necesito, intento dármelo en la medida de lo posible. En este caso, podía dejarlo todo y sentarme en el sofá, mañana será otro día. Otras veces no puede ser, pero siempre me acerco lo máximo posible a eso que sí quiero y sí puedo.
Ojo, que en el sofá he sentido culpa, incomodidad, malestar. Porque aún no he matado a algunas de esas voces que hay en mi cabeza, que están ahí para joderme, no para impulsarme. La palabra clave es AÚN. Porque me las voy a cargar, lo juro. Que yo he nacido para tratarme bien, no para satisfacer expectativas imposibles. De momento las desafío pasando de ellas, despanzurrada en mi precioso sofá blanco, frente a los últimos episodios de Prison Break. Jodeos, voces, aquí mando yo.   P.D.: pocas cosas liberan más que compartir lo bueno, lo malo y lo regular con otras que están en el mismo camino que nosotras. El entorno trampolín es imprescindible para sentirnos mejor y yo quiero ayudar, en la medida de mis posibilidades, a que construyes o amplíes el tuyo. Por eso he organizado, para el fin de semana del 27 de septiembre, una experiencia/formación/retiro que he llamado DEL DEBERÍA AL QUIERO. Puedes asistir solo a la formación o darte el gustazo extremo de alargar el sarao y quedarte el domingo para pasear por un valle extraordinario, comer en un restaurante de cuento, zambullirte en el spa más espectacular que he visto en mi vida. Todo junto a un ramillete de tías con tus mismas inquietudes y tus mismas ganas. Te dejo toda la información AQUÍ MISMO

¿Hay vida tras la maternidad?

Suscriptora, he vuelto a hacerlo, otra vez me he marcado una trampa como una catedral. Hoy te ofrezco un texto que escribí allá por 2019. Pero el fin justifica los medios, vas a ver. En este episodio de mi podcast que te dejo aquí, Charuca y yo hablábamos de dejar de sentirnos culpables por gastar pasta en nosotras. El episodio lo petó y, hablando sobre él en una de mis formaciones, mis alumnas me dijeron: Sol, porfa, habla más de pasta y de maternidad. Dos grandes estrellas en lo que a culpa se refiere. Vosotras mandáis y yo obedezco. Siempre. Así que esto que esto que escribí en el 2019, cuando mis hijos tenían doce y trece años (alguna vez lo he dicho: mis hijos han sido movidos hasta decir basta, con el agotamiento que eso conlleva) es plenamente vigente para cualquier madre que quiera, no solo sobrevivir, sino vivir en la medida de lo posible. He conservado los gifs que usaba aquellos días, porque me consta que las que lleváis tiempo por aquí los echáis de menos. Allá va el texto, amiga. Espero que te sirva. Deja lo que te resuene en comentarios, porque en esto de la maternidad la tribu es TAN necesaria…   Últimamente, en todos los encuentros que organizo, ya sean talleres o charlas, surge el tema de la maternidad, su idealización, las verdades y la gran pregunta: ¿por qué nadie nos contó esto? Nada que no haya escrito antes sobre mujeres agotadas, desquiciadas, que buscan algún minuto al día para estar a solas con sus pensamientos, para tenerlos. Para ser una persona y no una piltrafa. La pregunta, una vez que tenemos claro que muchas se han callado que lo de tener hijos no es un campo de amapolas, sino más bien una lucha en el barro, es si esto acaba algún día, si volveremos a tener energía, a sentir que la vida nos pertenece, si volveremos a ser jóvenes. Pues bien, parece que sí, o que, al menos, es posible. De toda la información que he recabado en esas reuniones con mujeres, he llegado a la conclusión de que la mayoría recupera las neuronas que se derritieron durante los años de broncas, deberes, piojos y desesperación. Varios requisitos son necesarios para tal hazaña:
  • Conservar a las amigas a pesar del cansancio y de las agendas rebosantes: una cena al mes, o cada dos meses. Alguna conversación telefónica cada semana. Vamos a juntarnos aunque sea con niños. Bebamos vino y hablemos de buenorros, porelamordedios. Un fin de semana al año para nosotras solas en una casa rural, o en la playa, o dónde coño sea.
  • Mantenerse en forma, mental y físicamente: leo, veo diez minutos de Netflix antes de desmayarme en la cama. Voy al cine al menos una vez al mes. Me esfuerzo por aprender algo nuevo cada día: una app que te enseña a meditar, las propiedades del té verde, qué restaurante está de moda en Madrid. Me zampo los videos de BBVA Aprendemos Juntos, que siempre inspiran mucho y ayudan a relativizar. En el mejor de los casos, voy al gimnasio, a yoga. Si no me cabe en el puzzle vital, camino, subo a pie las escaleras, estiro un poco por la mañana. Me permito una napolitana de chocolate a la semana, pero ahí tengo litros de gazpacho y puré de verduras para cenar ligerito y sano. Bebo agua a raudales. Dedico dos minutos por la mañana y por la noche a limpiarme el jeto e hidratarme. Uso el mejor tapaojeras, el pintamorros rojo. Llevo la manipedi como un pincel, porque yo lo valgo.
  • Tener una lista de ilusiones, sueños y propósitos que van desde viajar a Australia cuando me sea posible hasta apuntarme a un club de lectura, pasando por escribir otro libro y conocer a Idris Elba (flipad, amigas, que esto lo conseguí, y sin currármelo lo más mínimo. Lo de Idris. Lo de los libros ya lo sabéis). Plantar la lista en la mesilla de noche o donde sea que la puedas ver cada día. Para acordarte de todo eso cuando las peleas entre hermanos y el agobio se te zampen viva. Sobrevivirás, ya lo decía Mónica Naranjo. Y te irás a Australia.
  • Darse el gusto, con un masaje o unos pendientes nuevos, o un Diosayuno glorioso en una cafetería ideal. Lo importante es que haya un cajoncito mental en el que estén esas gilipolleces que te hacen feliz. Ponerte ese perfume, darte una ducha larga cuando las criaturas duermen, poner música de los ochenta y bailar. El baile es vida, ya lo sabemos.
  • Tener sentido del humor, porque el humor nos salva la vida cuando todo lo demás no lo hace. Porque ser divertida es un talento sumamente poderoso, para ti y para los que te rodean. Reírnos cada día debería ser el fin último de nuestras acciones. No nos engañemos: algo falla si no te has reído con ganas en veinticuatro horas. Soluciónalo. Rodéate de gente tan inteligente que te provoque carcajadas. Sé tan lista como para provocarlas tú. El humor conservará tu precioso cerebro en medio de los tres millones de pensamientos que tienes cada minuto.
Y, sobre todo, reencontrarte cada día contigo, hablarte un rato, preguntarte cómo estás. Contestarte y decirte la verdad. Sin culpas. Repetirte que eres fabulosa, importante, mayúscula, divina, gloriosa a pesar de las ojeras. Quererte a lo salvaje. Aquí acaba aquel texto. Jo, me ha dado una nostalgia el releerlo… P.D.: Retomo aquí la práctica de pirarte con tus amigas a algún sitio y te recuerdo que te lo pongo fácil, porque el 27 de septiembre tenemos formación presencial, que no es formación presencial, sino sarao de fin de semana entero si así lo quieres. Voy a impartir, durante un día entero (paramos para comer, claro) la formación DEL DEBERÍA AL QUIERO, para que:
  • Definas todo lo que quieres en la vida y también lo que no, desde la claridad y la calma
  • Dejes de justificar tus decisiones
  • Generes un plan de acción que te lleve de tus deseos a tu realidad
Y al día siguiente ya habrá confianza, así que si te apetece, el domingo te vienes a:
  • Pasear entre montañas, en el valle más ideal del planeta
  • Comer en un sitio como de cuento, acogedor y bonito, claro.
  • Zambullirte en un spa espectacular con vistas a las montañas.

Quiero saber más

¿Dónde es el sarao?

En Andorra (si no sabes cómo llegar, tranqui, porque le escribes a hola@ariaexperiences.es que está coordinando las actividades y ella te da todas las instrucciones) Tampoco tienes que encargarte de reservar hotel, porque uno de los packs que hemos preparado y que tienes AQUÍ viene con esa opción incorporada.  

Estas son algunas de las preguntas que me habéis hecho sobre esta experiencia:

¿Crearás grupo de Telegram para que podamos coordinar el viajar juntas si salimos de la misma ciudad? Crearemos un grupo con antelación para que os comuniquéis, sí. Además, sé por experiencia que después de este finde vais a compartir muchos más ratos a vuestra bola. Lo que nos gusta una tribu. ¿Puedo elegir habitación individual? ¿Puedo, ya que voy, alargar el viaje y os encargáis del hotel también esos días? Voy a ir con mis amigas, ¿podemos compartir habitación? Sí, sí, sí. Escribes a hola@ariaexperiences.es y ella te cuenta, te organiza, te todo. ES DIVINA. ¿Esta formación es totalmente nueva? Del-to-do

Merezco esta experiencia, VOY

  No hago nada presencial desde el 2023 y no haré nada más hasta el 2027, como pronto. Imagina mi emoción, suscriptora… Un beso enorme, Sol

¿Soy aburrida o es que he madurado?

Yo prometí en unos #TresMinutos de hace un par de semanas que iba a ser valiente, que me iba a exponer como antes, que escribiría anclada en lo que me pasa por dentro para ayudaros a vosotras a ordenar lo vuestro. Y yo cumplo mi palabra. Te copio aquí un trocito de mis páginas matutinas de ayer mismo: “A veces pienso que me estoy apalancando. Por lo de no querer ir a fiestas, por las pocas ganas que tengo de moverme después de mes y medio fuera de casa. Por las pocas ganas de trabajar a destajo como antes, aunque eso suponga menos proyectos, menos ingresos. ¿O será esto la adultez? ¿Será que antes la velocidad era demasiada? ¿Serán estas ansias de tranquilidad solo una racha? Supongo que el truco, como siempre, será preguntarle a mi Yo de 99, a ver qué me dice. Voy a escribir sobre esto en mis próximos #TresMinutos” Llevo días dándole vueltas a estas ansias incrementadas y exacerbadas de tranquilidad. De las ganas de tés con leche en mi terracita mirando a mis montañas. De leer durante horas en mi sillón. De agendar momentos de NADA, porque la prisa es una de las cuatro cosas que he descubierto que no quiero en mi vida durante este viaje larguísimo (Te lo contaba en este texto). Disfruto asalvajadamente esos pequeños placeres que tienen que ver con el silencio, la soledad, el fresquito de la mañana. Con contemplar a mi vecina trabajando en su huerto desde muy temprano, con su trenza larga y blanca. Por otro lado, echo de menos tener ganas de algunas cosas que antes disfrutaba a lo bestia: los findes en Formentera con mis amigas, que bebían vodka de una jarra llena de Calippos de lima (yo siempre fui abstemia), que eran manteadas por decenas de italianos en los chiringuitos playeros. Echo de menos tener ganas de bailar hasta que se hace de día y llegar a casa con los zapatos en la mano y el rímel por las rodillas. Echo de menos los domingos de resaca de mis amigas, mis domingos de cansancio total (os recuerdo que yo, hasta hace nada, trabajaba en una discoteca ibicenca), tiradas en una hamaca, muertas de la risa, medio adormiladas, comiendo sándwiches de pollo y bacon. Tengo nostalgia de aquellas ganas, muchas. Pero cuando le pregunto a mi Yo de 99 qué es lo que me está pasando, si tengo que esforzarme en retomar aquello, si es compatible aquel asalvajamiento con esta quietud me dice que no me preocupe. Que el problema sería no encontrar el disfrute en ningún sitio, no que el disfrute haya cambiado de lugar. Que lo preocupante sería no tener ilusiones, y la verdad es que esas me sobran. Que lo incoherente sería agarrarme a lo que ya fui, a lo que ya pasó, porque la vida solo va en una dirección y pretender vivir siempre en el mismo contexto, a la larga, se convierte en evasión. Y lo que queremos es presencia, todo el rato. Mi Yo de 99 me dice que lo jodido habría sido no aprovechar aquella energía infinita, juzgarme por salir sin mesura. No divertirme todo lo que pude y más. Antes me divertían unas cosas y ahora, otras. Lo frustrante sería abandonar la Yo de antes sin conocer a la Yo de ahora. No avanzar por miedo a traicionar a otros y acabar traicionándome a mí. Confundir raíces con lastres inútiles. A lo único a lo que hemos de anclarnos es a quiénes somos en cada momento. Mi Yo de 99 es listísima, menos mal, me ha dejado más tranquila todavía. P.D.: quizás, leyéndome, te has dado cuenta de que andas en ese impás en el que no sabes muy bien de qué esta hecha tu voluntad, de que estás posponiendo constantemente tus deseos mientras atiendes los de todos los demás. Imagina despertarte cada día y tomar decisiones desde lo que TÚ quieres, no desde lo que crees que deberías hacer. No necesitamos justificaciones ni excusas para decir “ya no quiero esto” ni postergar infinitamente lo que realmente queremos, querida mía. Si te sientes identificada, te dejo AQUÍ 5 ejercicios super potentes para reconectar con lo que realmente quieres. P.D2.: si ya tienes claro que lo que quieres es dejar de pensar en las listas de “Tengo qué” y lanzarte sobre la lista de todos los “Yo quiero esto”, creo que deberías echarle un ojo a la que va a ser mi única formación presencial hasta el 2027. Más que una formación, es una experiencia, un retiro. Porque puedes compartir, si te apetece, un fin de semana entero con otras mujeres que tienen tus mismas inquietudes y tus mismas ganas de conocerse, priorizarse y pasarlo bien (amigas, que nos vamos al spa más increíble que he visto en mi vida, y he visitado unos cuantos…) Será el 27 de septiembre, en las increíbles montañas de Andorra.

Quiero saber más

Esta formación es para ti si…
· Te mueves por inercia en algún aspecto de tu vida · Justificas ante los demás tus decisiones constantemente · Te cuesta identificar qué quieres realmente más allá de lo que se supone que deberías querer · El desear algo no te parece razón suficiente para ir tras ello · El no estar a gusto en una situación no te parece razón suficiente para salir de ella · Sientes culpa cuando te priorizas
Y lo que quieres es…
· Despertarte cada mañana con claridad sobre lo que quieres, sin el peso de la confusión constante · Tomar decisiones con seguridad, desde la conexión contigo misma, no desde la aprobación ajena · Darle la suficiente importancia a tu voluntad como para trabajar por lo que TÚ quieres y abandonar lo que ya no quieres · Sentirte libre y disfrutar del tiempo que te dediques · Defender lo que quieres ante ti misma y ante los demás, sin necesidad de justificarte constantemente

Merezco esta experiencia

  Si tienes alguna duda, me la puedes dejar en comentarios. Feliz sábado y feliz vida, Sol

He visitado a mi Yo del futuro, flipa

Querida mía, igual flipas, igual dejas de seguirme, igual me bloqueas en todo lo bloqueable, pero es que te prometí hace algunos textos que iba a ser valiente, que lo que os contara aquí tendría que ver con lo que me pasa y creo os puede ser útil, no con callar por miedo al juicio. Pues allá voy, con un par. Desde hace mes y pico, hago la misma meditación/visualización cada mañana. Es una en la que, la narradora, después de hacerme bajar (mentalmente) una escalera de caracol de lo más mullida, me indica que abra una puerta que me lleva a un paisaje, en ese paisaje hay una casa y en esa casa vive mi Yo del futuro. El paisaje que se me ocurra, una casa que me venga a la mente. La Yo que me imagine. No me preguntes por qué, pero mi paisaje es un camino de tierra en medio de unas plantas muy bajas de la familia de las suculentas (he tenido que buscar el nombre. No son cactus, pero guardan mucha agua). Las plantas tienen unas florecitas color fucsia. Mi camino me lleva a una casa blanca de una sola planta que está frente al mar. Y dirás “Ah, “¿Quieres vivir frente al mar?” Pues la verdad es que no. Vamos, que he vivido frente al mar la mayor parte de mi vida y no es algo que sea prioritario para mí, pero oye, la visualización va a su bola y ahí estoy, a pie de playa. En la visualización, me abre la puerta mi Yo del futuro, la imagino vestida de marrón clarito, con unos pantalones anchos de pinzas y una camiseta como de punto y unas sandalias totalmente ideales (como las encuentre, me las compro). Lleva mi peinado veraniego, coleta repegada con raya en medio, pero mucho más perfecta que la mía, no se le sale un pelo del sitio. Curiosamente, mi Yo del futuro está más tersa que mi Yo del presente, un poco como Demi Moore, que tiene menos colgajos a los sesenta que a los treinta. Cada una visualiza lo que le da la gana, no me juzguéis. Mi Yo del futuro me abraza y me invita a que entre. La casa es divina a más no poder, claro. No voy a imaginarme yo en un cuchitril. Qué cocina con isla tan ideal, qué sofás. Hasta biblioteca tiene. Vamos hasta el rincón favorito de mi Yo del futuro, que son dos sillones comodísimos en su/mi/nuestra terraza frente al mar y ella trae una bebida de la cocina. Y, claro, con ese panorama tan idílico dirás, pues te trae un cocktail, un vino. Pues no, mi Yo del futuro sabe que somos abstemias y nada glamurosas en lo que a bebidas se refiere, así que trae…. Atención, que esta no la has visto venir, y yo tampoco: DOS LECHES MERENGADAS. Ella, toda elegante, delgada (que se me había olvidado decírtelo), con unos anillos divinos y allí estamos, sorbiendo con una pajita. Cada una… En ese momento, le puedo preguntar a la Sol de no sé qué año del futuro cómo ha conseguido esa calma, esa elegancia, esa casa, ese todo maravilloso. Y suele contestarme que confiando, haciéndole caso a su intuición, nada de perseguir, nada de prisas, solo crecer, aprender, conectar. Y yendo a lo profundo. Parando. Respirando. Haciéndose las preguntas correctas, esas que miran hacia adelante, que crean una vida en la que te quieres quedar. Anclándose a lo verdaderamente importante. Mostrándose tal como es, sin compararse, mirando lo de fuera solo como fuente de inspiración, pero evitando que lo ajeno la aparte de sus carriles. Recordando qué esquemas siempre le han servido y qué patrones siempre la han perjudicado. Esto es bastante más esperable que lo de la leche merengada, la verdad. Y luego le pregunto un par de cosas más y me regala más sabiduría de la buena sobre dejar ir lo que pesa, lo que ya no es tuyo. Antes de despedirnos, va a buscar un regalo para mí. Y dirás: ¿una pulsera con mensaje?, ¿un libro? No. Una piedra. ¿Un cuarzo quieres decir? No, un pedrusco entre marrón y granate, que parece el sombrero de una seta. Todas las veces que medito, mi Yo me regala esa misma piedra. Pues vale. Y ahora llega el momento en el que me bloqueas, si no lo has hecho ya… Hace como tres semanas, llegaba pronto a una cita y maté el tiempo metiéndome en un Tiger, o un Ale-hop, o una tienda de esas donde tienen mil mierdas de lo más diversas. Cuál es mi sorpresa cuando veo que hay una estantería con piedras y, cuál es mi flipe total cuando me encuentro con una versión mini y exacta de la piedra que lleva un mes regalándome mi Yo del 2030 (por fijar una fecha). Igualita, pero en chiquitín y con la palabra POWER escrita en dorado. Una horterada bastante considerable que me tuve que comprar, claro. Porque quién no se gasta un euro en un mensaje subliminal de su Yo del campo cuántico futuro. Te preguntarás cómo acaba la historia. Y yo qué sé, si aquí sigo, si aún no es el futuro. ¿Me han pasado cosas buenas desde que tengo mi piedra? Pues sí, pero es que a mí me pasan muchas cosas chulas todo el rato, no sé si es porque estoy atenta a ellas o qué. Lo mejor que me ha pasado, pedruscos y leches merengadas aparte, es que me estoy acostumbrando a esa Yo del futuro calmada y cada vez me meto menos prisas. Me acuerdo de su sabiduría y hago lo posible por hacerme las preguntas que me impulsan. Me recuerdo que ella es Yo y que mi misión es encoger la distancia entre ambas. Hoy te invito, si sigues aún leyendo después de tanta frikada, a que hagas el ejercicio de imaginar una Tú futura que te flipe. Que la imagines tan vívidamente que casi la puedas tocar. Que le preguntes de qué va esto; qué sentir, pensar y hacer para que te pase lo que quieres que te pase. Que le hagas caso. Y si te regala una leche merengada y una piedra, me lo cuentas y flipamos juntas. P.D.: si, Dios no lo quiera, andas bloqueada y ahora mismo piensas “Tía, no tengo ni flores de cómo es mi Yo del futuro”, te dejo AQUÍ tres ejercicios que a mí me van divinamente cuando ando bloqueada. Cuando necesito saber, al menos, cuál es el siguiente paso en la dirección correcta. Espero que te sirva. P.D2.: si te da por compartir esta majaronería de artículo en tu Instagram, pon el enlace, porfa, le haces un favor a quien lo lea y a mí también. Gracias por adelantado. P.D3.: si todavía estás aquí y tienes ganas de que te cuente más majaronerías, pero esta vez cara a cara, te recuerdo que el 27 de septiembre voy a hacer la única formación presencial desde el 2024 y, probablemente, hasta el 2027. Se llama “Del DEBERÍA al QUIERO”, porque os voy a hablar de la importancia de nuestra divina voluntad, os voy a dar herramientas para definir lo que realmente queremos en la vida, para defenderlo a capa y espada y para llevarlo de la idea a la realidad. Y no solo eso, puedes convertir la formación en una experiencia completa de fin de semana con spa, paseo por las montañas y mucha más maravilla.
¿Dónde es esto que te cuento? En Andorra, en medio de las montañas gloriosas que te enseño en este video. Esa naturaleza gigante nos invita a la conexión, con nosotras mismas y con otro montón de tías con las mismas ganas y. la misma ilusión. Te dejo aquí toda la información. Ay, la ilusión loca que me hace esto, amigui. Ganas de que nos tengamos frente a frente en carne y hueso. Ya paro, buen finde, un besazo Sol