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Etiqueta: blog de humor para mujeres

175 gilipolleces que me hacen inmensamente feliz

Antes de esta lista hubo varias y os aseguro que la seguirán muchas más, porque la felicidad son momentos, queridas. Hagamos que sean muchos. O muchísimos.

151. Esta canción.

152. Una tabla de quesos estupendos en una terraza veraniega, cuando el sol ya no achicharra, mientras digo barbaridades con mis amigos, sin prisas, sin preocupaciones.

153. Los días de playa que se alargan y se convierten en el día siguiente. La sal pegada al cuerpo a las cuatro de la mañana. La libertad. Comprobar que los años pasan, pero que yo sigo aquí, asalvajada perdida.

154. Dormir once horas.

155. Los acantilados del norte de mi isla vistos desde el mar. Esa belleza apabullante de la que no me cansaré jamás.

156. Que mis hijos usen palabras como “Nutritivo” o “Insolente”. Que terminen la segunda persona del plural del imperativo con D.

157. Los besos inesperados. Los regalos inesperados. Los polvos inesperados.

158. Este libro. Su prólogo. Esta frase.

“Quedan entonces el consuelo y el genio y la gracia para (…) poder detener el tiempo por momentos poniéndolo por escrito para luego poder leerlo.

       Y entonces poder sentir tantas ganas de poder escribir así.”

159. Descubrir con mis pollitos el mundo submarino: los peces de colores, los pulpos, los erizos de mar. Que me cojan de la manita cuando aparece el monstruo más temido de la Galaxia: la medusa. Nosotros somos más rápidos, so guarra.

160. Los desayunos en el hostal La Savina de Formentera, frente a s´Estany des Peix. Esa sandía, ese melón. Sentir como mi cerebro se queda calladito, por fin.

161. Encontrarme por la calle a alguien que lleva mi novela en la mano. Indescriptible la alegría y la incredulidad. La cara de la lectora cuando, desquiciada perdida, me acerco para decirle que ese libro lo he escrito yooooooooooooo.

162. Las tostadas con queso fresco y miel.

163. Las pestañas postizas. Tener buena cara nada más levantarte. Hay que ver, lo que hacen cuatro pelillos.

164. La tormenta de hoy, que nos ha refrescado un rato. A ver lo que dura. El olor a tierra mojada.

165. El aire acondicionado. Bendito sea.

166. El gazpacho de cerezas. ¿Cómo he podido vivir hasta ahora sin él?

167. Estrenar gafas de sol. Estrenar gafas de ver. Estrenar.

168. La sobrasada. Sí, estoy obsesionada, QUÉ PASA.

169. Que me hayan presentado, por segunda vez, a Idris Elba. Ya son cuatro besos, dos saludos con la mano, unas 40 palabras y ESTA FOTO. No es por nada, pero la cosa avanza, y a qué nivel.

170. “La casa de las flores”, de Netflix. Por si no me entusiasmaba todo lo mexicano, ahora llega esta serie absolutamente fabulosa. Estoy por mudarme, aviso.

171. Las cuentas de Instagram donde aparecen, exclusivamente, fotos de Italia. Quiero ser italiana, como mi Sofía. También quiero ser escandinava, pero eso es más por el tema vikinguismo. Habrá que ver como tenemos el tema de la doble nacionalidad italo-escandinava.

172. Los altavoces portátiles, ligeros y a prueba de agua que acabo de adquirir en Amazon. No pueden ser más monos y sonar mejor. Me ducho con ellos, me levanto con ellos, los llevo en el coche. Y que viva la música.

173. El viaje a Nueva York que os estoy preparando para el puente de diciembre. En breve os cuento más. Si os interesa, mandadme un correo a lasclavesdesol@gmail.com y os informo en cuanto esté todo listo. No os podéis imaginar lo emocionada que estoy.

174. La manipedi en fucsia chillón.

175. Levantarme muy temprano, ver amanecer desde la playa, contemplar a los que vuelven de marcha y saber que fui uno de ellos. La mezcla perfecta de melancolía y  pereza.

9 cosas que solo entendemos las madres

Los viajes largos en avión (sola) son lo más maravilloso del planeta: lo que antes era un coñazo supino es la oportunidad perfecta para leerte una revista de principio a fin sin interrupciones, para escuchar musica con los ojos cerrados, para mirar al infinito, o sea, al asiento de delante sin pensar EN NADA, descerebrada perdida. Ya no hablemos de los transoceánicos, donde te zampas tres pelis seguidas. Es que ni siquiera te pueden llamar por teléfono. Que viva el aislamiento absoluto.

El madrugón es bien. Te levantas antes que tus hijos para tener diez minutos de silencio mental mientras ingieres el café con leche, el Cola Cao en mi caso. Quién no tenga criaturas pensará que un cafe no es pa tanto, con lo que molan esos diez minutos en la cama ganduleando. Vosotras no sabéis que las papilas gustativas también se estresan y ya te digo yo que ni el café ni el chocolate saben igual cuando lo aderezas con los gritos de tus vástagos o la leche derramada por la mesa.

Temes a la lluvia más que a una vara verde. Sí, ya sé que los hijos de las guays de Instagram, cuando no se puede salir de casa, hacen dibujos preciosos de su armoniosa familia. Los míos, en cambio, parecen cabras desquiciadas en fase de celo. Se hostian, gritan, ni ellos se soportan a sí mismos, cómo les voy a soportar yo.

El cine no es para ver pelis, sino para echar la siesta. Y os preguntaréis si no hay lugares más cómodos y baratos para el sueño que una miserable butaca. Pues mira, a veces lo mejor es enemigo de lo bueno. Más me gustaría a mí que tirarme en mi sofá para estos menesteres, pero allí no hay manera de ensimismar a las criaturas. Y en el cine están tan callados y quietecitos…

Amas a tus padres mucho más que antes, porque ahora se quedan con los nietos y esa es tu única oportunidad de morir en el sofá sin hora límite. Porque no aprovechas esos días para salir como las locas, NO. Lo único que quieres es amortizar tu cuenta de Netflix como si no hubiera un mañana, dormir sin orden ni concierto. Comer si te apetece, cuanto te apetezca. Nada de comidas equilibradas: bollos, queso, chocolate.

Lo que se puede disfrutar cruzando un semáforo de peatones en rojo no es ni medio normal. Porque lo de esperar diez minutos para cruzar sin que haya pasado un puto coche desde que la lucecita se ha puesto colorada es un desafío para los que no somos precisamente pacientes. Y caminas sola por la calle y TOMA, TOMA, TOMA, disco rojo va, disco rojo viene.

Sales con tus amigas a cenar y te quieres morir si se sienta un niño tocapelotas en la mesa de al lado. Antes te pasaba, pero ahora mucho más. Porque para dos horas que dejas de escuchar a los tuyos, lo último que quieres es que te reviente los tímpanos uno que ni te va, ni te viene.

Amas los lunes: sí, ya sé que esto es de mala madre total, pero es lo que hay. Los lunes después de un puente son la hostia. Los que siguen a un puente lluvioso son lo más parecido a un multiorgasmo. Ahí estás tú, amando locamente tu jornada laboral, tan relajada y agradable. Quién te ha visto y quién te ve.

Salir de casa. Me refiero a salir de casa tú sola. Lo que con ellos supone una hora, lo apañas en diez minutos. Nada de pipís de última hora, de no encuentro mi juguete favorito, de justo ahora me he tirado el zumo por encima. Te vistes, coges el bolso y Ciao, Bacalao. Y el resto de majaronerías que solo entendemos nosotras las escribo en otro post, que estoy sin niños y me llama el sofá.  

Solteras, monoparentales, parejas sin hijos y otros bichos extraterrestres.

Hay gente muy cansina. A mí me tocan las narices especialmente esas personas que demuestran interés exacerbado sobre las vidas ajenas. Y no hablo de los amigos, cuyo preocupación está justificada, sino de esos que buscan en las existencias de los demás una excusa para demostrar que las suyas son inmejorables.

Les decía el otro día a unas amigas que, en estos tiempos, todavía algunas opciones como la soltería o la maternidad en soledad se consideran extrañas. Qué va, mujer, hoy en día ya tenemos la mente muy abierta. Es normalísimo. Todo válido. Viva la opción. Cada uno que haga lo que quiera.

Las capas, los sayos, su tía Rita.

Queridas mías, que estáis casadas y tenéis hijos como Dios manda, vuestras afirmaciones son como las de los blancos cuando afirman que no hay racismo o las de los hombres cuando cuentan que no ven el machismo por ningún lado. Si no lo sufres es muy probable que no te enteres.

¿A ti te han preguntado alguna vez por qué tienes pareja o por qué decidiste tener hijos con alguien?

Estupendo. Pues no hay mes, desde que cumplí los veinticinco, en el que yo me libre del interrogatorio. Mi vida es eso que sucede entre un “¿Por qué no tienes pareja?” y el siguiente. Desde que soy madre, pasa lo mismo con el “¿Y por qué decidiste ser madre soltera?”.

Lo mismo sufren las que tienen pareja y no viven con ella y /o decidieron no tener hijos.

Por si a alguien le cuesta ponerse en nuestro pellejo, imaginaos que os preguntaran constantemente ¿Por qué te duchas cada día? ¿Por qué te vistes? ¿Por qué hablas por teléfono? Probablemente no sabrías qué contestar. Así de patidifusa me quedo yo, semana sí, semana también.

La cosa está clara: lo NORMAL es tener pareja/vivir con ella/tener descendencia. Y si te desvías debe haber una razón de peso, que va desde una ruptura traumática que te dejó tan pallá que no quieres volver a saber de los hombres (o de las mujeres), hasta una esterilidad de lo más triste, o cualquier otro dramón. Lo de que esta es mi opción de vida no es suficiente.

La curiosidad responde a la creencia de que me salgo del camino establecido. Y está tan arraigado que ni os dais cuenta, chatines. Se busca justificación, explicación, la razón de tan extraña conducta. Porque es muy bonito compartir la vida, porque si te gusta mucho alguien quieres vivir con él, porque  los hijos son una bendición de Dios. Verdades absolutas. Y absolutistas.

-“¿Tú te has enamorado alguna vez?” me preguntaba una compi del cole en nuestra última cena.

-Claro, un par. (Deben ser pocas para mis cuarenta y cinco primaveras, a juzgar por las miradas que me echaron), pero nunca he querido tener pareja.

-No se puede ser tan racional en esta vida.

Soy una mujer de hielo, una tía cerebral a tope. Llamad a los de National Geographic y que me analicen porque esto muy normal no es.

No vamos a entrar en la irracionalidad del amor, ni en el archifamoso “Lo del amor no lo eliges tú”. Yo a Cupido lo metí hace tiempo en el mismo cajón que a los Reyes Magos, perdonen ustedes. Tampoco voy a regodearme en el hecho de que estar con según quién es tremendamente incomprensible. Lo de cuántas parejas se han fraguado sobre los cimientos del que no sabe estar solo también es otra historia de terror que tela.

Pero a lo que íbamos, hay algunos que no solamente cotillean, también se enfadan, se ofenden ante esta cosa nuestra de vivir la vida como nos sale del toto (o de las pelotas). Porque no entienden. Y es que no hay NADA que entender. Yo nací solita, sin pareja y así me he quedado. Si acaso habrá que saber por qué tú decidiste compartir tu vida con alguien. Yo simplemente no hice nada. Y tan a gusto.

Lo peligroso de esas creencias que están tan arraigadas que incluso pasan desapercibidas es que no todo el mundo se las pasa por el arco del triunfo. A algunos les joden la vida entera. De ahí los miedos a estar solos, a las relaciones disfuncionales a las que se agarran cuales clavos ardiendo porque, AY, si te sales de la normalidad. Fracasado. Raro. Egoísta.

Respetar la libertad del de enfrente no consiste solo en aceptar su modo de vida sin criticarlo, sino en saber que no hay nada que juzgar ni que entender. Tampoco no hay nada que preguntar.              

Que Ana Guerra cuelga fotos en bikini y no es feminista (o algo así).

Ay, queridas, que cuando una cree que ya nada puede sorprenderla, ZASCA, llegan las de “Amigas y conocidas” y te dejan al borde del parraque.

Viene ayer mi compi Leire y me dice que me tiene que contar algo que me da para un post, que Ana Guerra, que es una chica de OT (yo es que no veo la tele) ha colgado una foto en bikini en su cuenta de Instagram, y le han dicho en una entrevista que cómo puede ser feminista y mostrar carne así a lo loco.

 Yo es que no entiendo la pregunta. Su cuerpo, su bikini, su red social. Su “Cuelgo lo que me sale del toto”. Me parece todo como muy coherente y tal, ¿no?

Le pregunté a Leire si, en esa piel suya, la muchacha mostraba un texto tipo “Por el mismo curro debemos cobrar la mitad” o “Cualquiera puede meterte mano sin tu permiso”.

NO, me contesta ella, muy resuelta.

Y, claro, no puedo resistir y busco el vídeo de la discordia. Veo que en el programa este de “Amigas y conocidas” todo son mujeres. Y que conste que soy de las que piensa que tan esperpéntico es que esas críticas raras las haga una mujer como un hombre. La gilipollez no tiene género, de momento.

Ana Guerra hablaba sobre lo nocivo de la codependencia, dijo que no cantaría con Maluma a no ser que fuera con mensaje feminista, afirmó que sus principios están por encima del éxito… Todo de lo más normal, que no común.

Y allá que va la señora presentadora rubia y suelta “No sabemos si es una contradicción o no que muestres tu cuerpo. No sabemos si es reivindicativo”.

Lo que siguió a esa frase tan brillante a la par que elocuente fue un cúmulo de despropósitos de dimensiones interestelares: que si puedes traumatizar a las niñas que no tienen tu cuerpo, que si las mujeres muestran carne para aumentar seguidores, que si el mercado te presiona para que te despelotes…

La Guerra las miraba sin entender nada, supongo. Ella, durante los tres segundos en los que la dejaron hablar, afirmó que la colgó porque le gustaba la foto y porque le da la gana. Y esa debería ser razón suficiente para cualquier cosa en la vida. Pues aquellas, como si no la hubieran oído siguieron con su coooocoooroococooooo.

El momento más colosal de todos llego cuando algunas apuntaron que, hace veinticinco años, las feministas la hubieran criticado por exhibir su cuerpo. HOSTIA, HOSTIA, HOSTIA. Señoras, que esta muchacha ha colgado la foto en Instagram en 2018, no en 1820. ¿Y desde cuando el feminismo critica la libertad sobre el cuerpo de una? ¿Y por qué le debería importar a esta mujer si la hubieran criticado las feministas de 1978? He de reconocer que, al escuchar aquello, me invadió una gran preocupación: a ver si me he liado y yo, que soy feminista a tope, no puedo hacer top less y esas cosas, ¿cómo soluciono este desastre?, con lo que me horroriza la marca del bikini y con lo que me gusta pasear los melones.

Y, as usual, me fui a mi RAE del alma para despejar dudas.

feminismo

Del fr. féminisme, y este del lat. femĭna ‘mujer’ y el fr. -isme ‘-ismo’.

1. m. Principio de igualdad de derechos de la mujer y el hombre.

2. m. Movimiento que lucha por la realización efectiva en todos los órdenes del feminismo.

No vi nada de “El top less y el bikini son la peste para las feministas”, así que me fui a mi segunda fuente de conocimiento supremo: Google.

“Feminismo y top less”

Pues oye, que resulta que lo de enseñar los pechotes es bastante feminista, por lo de este es mi cuerpo y a quien no le guste que no mire. Es lo del burka es lo que no mola nada. BURKA CACA para ser feminista. Qué alivio, porque me pilla el verano a medias y comprar tops playeros ahora mismo me va fatal.

Volviendo a Ana Guerra, que contemplaba flipada el cacareo de aquella panda. La muchacha dijo dos cositas más para acabar la mierda de entrevista: “lo triste es que esto sea noticia”, “nos queda mucho camino por recorrer” y “para ser libre hay que ser valiente”. Y una de ellas va y suelta: “Y tener suerte”.

Mujer, de todos es sabido que las grandes conquistas en los derechos humanos han tenido que ver con la suerte. Por suerte la esclavitud se abolió, fue pura chiripa que se derribara el muro de Berlín y, oye, que así porque sí nos dieron el derecho al voto. Nada que ver con echarle ovarios o cojones a la vida y rebelarse contra la mierda establecida.

A ver si os enteráis de que la cosificación no tiene nada que ver con mostrar el propio cuerpo, sino con la mirada ajena. La reivindicación no se basa en palabras, en vestimentas o en pancartas, sino en la ACTITUD. El feminismo es, entre otras cosas, libertad. Para hablar cómo queramos, vivir como nos venga en gana y despelotarnos (o no) sin dar explicaciones.

       

El Mundial y sus buenorros. Gracias, Dios del fúrgol.

Amigas, ha llegado el momento: vamos a hablar sobre los buenorros del Mundial. Se lo merecen. Nos lo merecemos.

Y digo yo, ¿dónde estaban estos bigardos monumentales en el Mundial del 2014? Porque no recuerdo que entonces nos dieran estas alegrías. ¿Se hallaban ocultos o simplemente no nos atrevíamos a decir que había futbolistas buenorros? O quizás el bueno de Karius nos descubrió que el fútbol podía resultar de lo más interesante para todos y todas las que pasamos de ese deporte. El caso es que nos hemos vuelto todas unas hinchas, así en general. Que lo mismo nos da que nos da lo mismo. Si estás tó güeno yo te animo, canto gol y La Traviata si hace falta.

Si tuviéramos que nombrar a todos los Guayabos Furgoleros no acabábamos hasta el Mundial del 2022, así que he creído necesario que nos centremos en tres elementos:

3. La selección de Irán: vale, son varios elementos, pero un solo grupo. Y VAYA GRUPO. La cosa es sencilla: son deportistas, con lo cual lo del buen físico se presupone. Son jovenzuelos. Vale, que si, que hay por el mundo maduritos que están estupendos, pero la probabilidad de estar buenorro (o buenorra) se incrementa cuando el colágeno, la elastina y todas las hormonas del cuerpo están a tope, y eso, lo siento, pero pasa antes de los cuarenta (por mucho que nos joda). En el caso de Irán el buen tono viene de serie. Están tostaditos desde su nacimiento, cosa que también nos gusta. Esos ojazos, ese pelamen estupendo, esas dentaduras que destacan en la morenez de sus hermosas caras… Y encima van los tíos y se plantan traje. Y flipamos. Normal.

Muy fuerte lo de Irán. Rizando el rizo del buenorrismo destacamos a los gemelos Mohammad. Milad y Medrad. Más vale una imagen…

Ya sé, solo hay uno. Era para que no os diera un parraque al ver a los dos brothers junticos. TODO MUY BESTIA.

2.Yann Sommer, portero de la selección suiza: no solo esta bueno, amigas, también habla castellano, además de francés, alemán e inglés. Y toca la guitarra y el piano (con lo que nos gusta a nosotras un buen instrumento…) Ah, y cocina.

Si es que Suiza es un país de lo más avanzado y de lo más neutral. Qué educación, señores, qué modales. Y qué piños, qué brazos y qué morros. Dice Yann El Hermoso que él come siempre productos naturales. No nos digas más, chato, que las ibéricas no tenemos ni conservante ni colorante alguno. Todo muy de la tierra. A partir de ahí, tú verás lo que haces.

1. Y desde Islandia llega Rúrik Gíslason: si es que llevo tiempo diciendo que viva el vikinguismo, las Escandinavias, Odín y la madre que los parió a todos. He creído necesario, dada la importancia del bigardo que nos ocupa, insertar un vídeo. Porque la belleza en movimiento es más belleza.

Y aquí unas instantáneas para complementar y así pillar el concepto Rúrik en toda su extensión.

Ole.

 

Con Ole.

Y requeteole.

Una salvajada, lo sé. La coleta, los tatoos, las cachorras, los ojos. Y el vikinguismo.

Y aquí es dónde yo me encuentro ante una disyuntiva de lo más complicada: ¿nos traemos a Rúrik y al resto de hijos de Odín para acá o directamente convocamos una emigración masiva hacia el norte? Un rollo caravana de mujeres en versión moderna hacia los países helados. ¿Que no ven la luz en seis meses? Yo con Rúrik y sus amigos como si no veo a Lorenzo en tres años, que para algo están las cápsulas de vitamina D. En Islandia hay poca gente, PERO QUÉ GENTE. Yo voto, claramente, por fletar unos aviones e invadir Reikiavik y aledaños.

Ya me decís cuántas plazas os reservo.  

Autoamor vs. relaciones tóxicas.

Lo hablaba hoy con mi psicóloga: ¿qué coño nos pasa a las tías?

Perdón, que empiezo a bocajarro porque la cosa me mosquea, me remueve y me descoloca.

El sábado me contaba una amiga de su primer marido: llegó a las manos, intentó vaciar la cuenta común. Antes quedé con otra a la que también pusieron la zarpa encima. Tuvo que salir de casa con sus dos hijos y en pijama. El domingo, Ana me contaba que, a los veinte días de nacer su hija, el padre de la criatura desapareció con su amante para volver a los tres meses exigiendo sus derechos. Por no hablar de Cristina que, tras mantener a toda la familia durante QUINCE AÑOS, va a tener que pasarle pensión compensatoria al susodicho (otro con orden de alejamiento). Y suma y sigue…

Y que conste que servidora tiene casi más amigos que amigas y, ojo, que en todas partes cuecen habas,  PERO NO TANTAS, JODER. Y ni todos los tíos son unos cabrones, ni todas las tías unas santas. No es eso, PARA NADA.

No lo tenemos fácil, así de entrada. La tradición cristiana que llevamos las mujeres pegadita a la piel por mucho que nos joda y nos pese, nos empuja a entonar como aceptables vocablos tan apestosos como “Compensar” o “Aguantar”. La última frase de moda es “Las parejas hoy en día no duran PORQUE LA GENTE YA NO AGUANTA”. Obviamente, por supuesto, pues claro. Porque las calidad y la duración de las relaciones, sean del tipo que sean, no ha de basarse en la capacidad de sacrificio de uno o de los dos componentes, sino en el amor.

Al grano, queridas. Nos marean más, nos maltratan más. Algo de responsabilidad tendremos, digo yo. Nos vapulean porque nos dejamos, ni más ni menos. Siempre hubo un mal gesto ante el que teníamos que haber salido por patas, PERO LO AGUANTAMOS. Siempre hubo un primer desplante, pero pensamos que sería solo uno, y luego solo dos, y luego trescientos cuarenta y cinco. Cuántas me escribís porque estáis hechas mierda por uno que os promete el oro y el moro y luego os deja tiradas a la primera de cambio, y ahí seguís. Y ahí seguimos.

Porque nos amamantaron con la creencia de que si yo amo locamente como Las Grecas, a mí me querrán igual. Porque si yo estoy siempre ahí, esperando, en algún momento él se dará cuenta de que soy lo mejor que le ha pasado y vendrá a por mí, y dejará de marearme, de ponerme los cuernos, de tratarme como a una mierda. Pues sigue esperando, chata. Y además ¿De verdad te interesa tal gilipollas?

Porque el que es capaz de tratar a alguien como una mierda,  es porque la mierda es él, o ella. Y no queremos gente mierda, queremos gente fabulosa que, gracias a Dios, es la mayoría. ¿Qué por qué a ti te tocan siempre los crueles? Porque ellos tienen un olfato supersónico para detectar a las/los que están dispuestos a que cualquiera meta el dedo en sus grietas hasta convertirlos en pedazos de lo que un día fueron. Y tu disposición al sometimiento huele. A la legua.

Y es que hacemos lo que podemos con lo que tenemos, porque nadie nos contó que el amor más grande lo hemos de guardar para nosotras mismas, que eso no es egoísmo, sino inteligencia y saber estar. Porque el centro del Universo está en nuestro ombligo, no en el del que duerme al lado. A alguien se le olvidó enseñarnos que esto que somos es grandioso, y que nadie lo sabrá si nosotras no lo gritamos a los cuatro vientos. Nadie nos dijo que somos nuestras, SOLO NUESTRAS, por dentro, por fuera, en toda nuestra extensión. Ojalá en el colegio contaran que la obediencia y el sacrificio no son virtudes, sino lastres insoportables, y que no vinimos a esta vida a satisfacer las necesidades de otros, sino las nuestras. 

Nadie nos enseñó, pero nunca es tarde para aprender, para pasarse el guante de crin por el coco y por el cuerpo y dejar que la culpa, el miedo y el sufrimiento se vayan por el desagüe. Nunca es tarde para plantarte, decir basta y dejarte el dedo en el botón de bloqueo del móvil, de Facebook y de la madre que lo parió. 

Échale un ojito a las que decidieron vivir en lugar de sobrevivir, a las que cogieron el toro por los cuernos y no dejaron pasar ni un día más, y compáralas con las que siguen sumergidas en la mierda, sacando la cabeza de vez en cuando para respirar.

Que tú ya existías antes de él, y volverás a hacerlo. Solo que existirás mejor.

Te lo prometo.