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Autor: lasclavesdesol

Me llamo Sol, nací en el 73, tengo dos hijos adolescentes y ahora mismo soy coach, escritora y ponente en temas relacionados con el autoconocimiento y el desarrollo personal. Me encanta mi profesión y me encanta mi vida, pero hasta hace ocho años el panorama era bastante diferente: trabajaba en marketing y vivía inmersa en el bloqueo, el desasosiego y el agotamiento. Me sentía totalmente perdida. La empresa y la maternidad se tragaban toda mi energía y no sabía por dónde empezar para salir de esa situación, así que permanecía inmóvil, dejando que el estrés campara por mi cuerpo a sus anchas, con todo lo que ello conlleva: lumbalgias, anginas, herpes,… Hasta que, aún no recuerdo muy bien cómo, reuní fuerzas y decidí decidir. Y desaprender para aprender. Y formularme preguntas muy incómodas. Y respondérmelas. Seguí un proceso de coaching, empecé a investigar cómo funciona el cerebro humano en general y el mío en particular. Me formé como coach, como Practitioner en PNL. Me convertí en mi propio conejillo de Indias y aquí estoy, sintiéndome capaz, libre y plena. Por fin. En este programa voy a compartir contigo, a través de ejemplos del día a día, pautas claras y muchos ejercicios prácticos, todo lo que he aprendido durante estos años y que ha borrado de mi vida la parálisis y la insatisfacción. Todo lo que me ha llevado a la expansión, a priorizarme, a cuidarme, a saberme suficiente, a sentirme alineada con mis decisiones y con mis acciones. A que me pase lo que quiero que me pase.

Mil deseos.

Quiero mudar la piel cada día y sentir, cada mañana, que escribo mi historia desde cero. Hoy es otra oportunidad para soñar, otra vida. Quiero hacer cada noche un inventario de lo bueno y olvidarme de lo malo, porque no sirve, porque solo jode. Quiero pedirle al despertador que me recuerde constantemente ese para qué al que agarrarme y ser feliz.

Quiero pasar  las Navidades frente a la chimenea, bajo la manta, viendo «Love Actually» en bucle, oliendo a madera, rodeada de nieve y de gente que quiero mucho y con la que me río porque sí. Quiero hincharme a chocolate en tazas de borde grueso que compro en Nueva York. Quiero que Nueva York sea (aún más) parte de mi vida. Quiero pasar las Navidades en Nueva York, en bares de madera con luces maravillosas y villancicos americanos. Ir a mi puente de Central Park el primer día del año para recordarle que es mío y de nadie más. Y que soy suya. Y de nadie más. Quiero pasar las Navidades en México, cantando rancheras y con los tacos al pastor saliéndoseme por las orejas, con mis amigos ahogados en tequila y el espíritu de Frida poseyéndonos sin mesura.

Quiero hacer yoga todo el rato, que me den muchos masajes, sustituir los tengo que por los quiero. Quiero que la belleza me rodee y que yo sea capaz de apreciarla, que me sorprenda cada día la magia que es esto de seguir vivo. Quiero, al mirar fotos antiguas, añorar aquella tersura, y sonreir porque hoy soy mucho más sabia: sé que la amistad, las risas y la sobrasada son lo único que realmente importa. Quiero tener cara de p´alante todo el rato. Quiero ir por la vida en plan «Lo hacemos y ya vemos».

Quiero ser más valiente, decidir, hacer borrón y cuenta nueva a cada minuto. Tachar a los que no, subrayar a los que sí. Ser mayúscula, divina, apabullante. Y quererme. Quererme como si no hubiera un mañana. Porque no sé si lo hay, aunque me gustaría. Quiero que la música, el cine y los libros me traguen, me envuelvan, me corroan. Quiero que me besen hasta marearme, revolcarme con tíos que estén buenísimos, pensar cien veces al día «porque yo lo valgo». Quiero salud, de la que se ve y de la que se siente. Quiero dinero para vivir como quiero vivir, para comprar experiencias, recuerdos, vivencias. Quiero estar sola y muy acompañada.

Quiero cantar en el karaoke hasta perder la voz, cenar con los amigos del cole, bailar hasta que amanezca, navegar por mi isla, ir a mil musicales, a mil conciertos. Quiero viajar mucho, sobre todo hacia dentro. Y también a Australia. Quiero recorrer en furgoneta las Highlands escocesas, ver mil castillos, visitar al monstruo del lago Ness. Y volver sin bragas por culpa de un pelirrojo. Voy a invadir Escandinavia, por los vikingos y por el Hygge. Voy a perderme por Montmartre, a reenamorarme de Londres.

Quiero ir por la vida sabiendo que lo que tengo no son problemas, sino oportunidades para no cagarla a la próxima. No quiero perder ni un minuto quejándome, porque la queja es una mierda y no te lleva a ninguna parte. No pienso conformarme porque «esto ya me va bien».

No pararé hasta llegar, porque mirar el cielo está muy bien, pero yo prefiero tocarlo.

           

Se me escapa el pis (y no soy la única)

Poco se habla de ese maldito chorro de pis que se nos escapa al mínimo ataque de tos, ante unos pocos saltos en el gimnasio, al sentarnos mientras el pantalón se nos clava en el bajo vientre, o sea, la vejiga. Que si hemos parido, que si tanto ejercicio abdominal mal hecho, que si la menopausia y sus cositas. En esto de la incontinencia hay varias etapas, como en casi todo en la vida. La primera es de incredulidad: esto no me puede estar pasando, habrá sido un chorrito de flujo, debo de estar ovulando. La segunda, una vez comprobado que lo que has soltado es pis del bueno, es de negación. Me habrá cogido frío en la barriga (esa enfermedad tan propia de las abuelas, que lo mismo causa un meado, que una diarrea, que infección de orina), ha sido solo una vez, soy demasiado joven, no puede ser que se me esté cayendo la parte interna del toto (lo de la caída de la parte externa es otro capítulo). La tercera es la crónica de la flaccidez anunciada: está pasando, de hecho, me ha pasado varias veces. En el bus, en la oficina, en el cine. Soy mayor y mi coño lo sabe, CAGONTÓLOQUESEMENEA. Y visualizas a Concha Velasco con sus pañales, te ves tú con los pañales. Se lo cuentas a esa amiga a la que se lo puedes contar todo, o mejor, esa que te confesó hace un par de meses que se le habían escapado unas gotillas. Por supuesto, ahora sospechas que de gotilla nada. A esta se le escapó un bueno chorro, como a ti, pero no quería reconocerlo. Lo normal. La amiga en cuestión, con cara de lástima y complicidad, te traslada toda la información que ha recabado desde la confirmación del chorro maldito. Tienes que comprarte cuarto y mitad de bolas chinas y enchufártelas PERO YA. Apúntate a clases de hipopresivos. Mientras estás frente al ordenador, contrae y suelta, contrae y suelta, y así todo el día. Se te va a quedar el suelo pélvico como el brazo de Schwarzenegger. Ya sabemos cómo vamos a partir nueces de ahora en adelante. Y te pillas unas bolas de lo más monas, con su brilli brilli. A ver si te pasa lo que a una amigui mía que se las plantaba día sí, día también. Tan acostumbrada estaba al tintineo interno, que se fue al Gine y, cual fue la sorpresa del buen hombre, cuando ve un hilito colgando. -Mire usted, que se ha dejado el tampón puesto. -Huy, el tampón no. Son las bolas, señor Gine, que ando fatal del suelo y estoy haciendo músculo. -Ah, pues nada. ¿Procedo a la extracción? -Proceda. Y allí que dejó las bolas en una bañerita de metal de las de quirófano. Todo muy normal. Cómo salió de allí, si le regaló la bañera o le guardó las bolitas en una bolsa con zip, eso ya no lo sé. El caso es que, lo del chorrillo de pis, así como las canas coñiles o los gases vaginales, son de esas cuestiones que nos molestan especialmente porque son inconvenientes que se hallan en lo más profundo de nuestros entresijos. Pero una cosa os voy a decir: las penas compartidas son menos penas, así que charlemos sin vergüenza de nuestros pises y nuestro suelos potorriles, que siempre ha habido incontinencias y siempre las habrá. Solucionemos lo solucionable y aceptemos lo inevitable. No por mucho mearnos, somos menos fabulosas.  

Veinte deseos.

Yo quiero quedarme dormida en el sofá, no por agotamiento, sino por gusto. Sabiendo que al día siguiente no tengo que madrugar y al siguiente tampoco. Sin el peso que provoca el despertador día tras día, año tras año. Quiero dormir doce horas sin valerianas, sin melatoninas, sin tapones. No quiero calcular, cada noche, las horas que quedan hasta escuchar esa cancioncita que programé como alarma, que tanto me gustaba y que ahora aborrezco porque me recuerda que la rueda de hámster se pone en marcha otra vez, como ayer y como anteayer. Quiero despertarme tardísimo los sábados, y quedarme en la cama viendo Netflix, morirme de la pereza cuando me entre el pis o el hambre.

Quiero pasar cinco horas leyendo revistas en el sofá, o nueve, porque las intercalo con un capítulo de una serie que ya he visto, pero que me encanta. O doce, porque también echo siestas intermitentes bajo la mantita. Quiero escuchar música porque sí, porque me gusta, porque me llena el alma. Pasar de un cantante a otro sin orden ni concierto, que el día se me vaya entre Queen, El Último de la Fila y la banda sonora de La La Land.

Quiero no tener nada en la nevera porque el Cola Cao y las galletas ya me van bien. Porque no engordo ni me sienta mal. Como cuando tenía veinte años y daba igual lo que comiera, porque lo quemaba bailando como una loca tres noches por semana. Esa es otra: quiero salir. Quiero salir como si no hubiera un mañana, porque nadie sabe si lo hay. Hasta que amanezca. Dejarme la garganta en el karaoke, los pies en las pistas de cualquier garito. Volver a casa con el rimel por las rodillas, muerta de la risa, sin más preocupación que la de encontrar taxi porque los tacones me están matando. Quiero despertarme a las cinco de la tarde el domingo y saltar directamente al sofá, que me llame un amigo para ir al cine y, sin pensármelo, plantarme en la butaca en media hora. Ver a mi pandi cada día, sin buscar hueco, sin hora final.

Quiero ser ignorante de que el tiempo es finito, para pasarlo siendo perezosa y feliz, porque eso es el aquí y ahora tan ansiado. Quiero contestar «Ni idea» a todas las preguntas que tengan que ver con qué vas a hacer mañana, o la semana que viene, o dentro de dos horas. Quiero no planificar cada puto segundo, quiero deshacerme del tetris vital en el que se convierte esto de ser adulto. Quiero no tomar decisiones cada minuto de mi vida. No pensar en las consecuencias de mis actos, no adelantarme catorce pasos ante cualquier acción. Quiero no tener agenda porque no es necesaria, porque hago lo que me sale del toto todo el rato. Porque si me apetece escribir doce horas un día, hasta las cuatro de la mañana, pues no pasa nada. Y si el día siguiente lo paso cotilleando vídeos chorras en Youtube, pues tampoco. Quién decide lo que es perder el tiempo y quién dijo que eso es malo, malísimo.

Quiero ducharme con calma, quiero bañarme más de una vez cada seis años. Quiero apagar el teléfono sin pensar en todo lo que puede pasar si lo hago. Quiero no pensar. Quiero pensar solo en divertirme, en lo que quiero ser de mayor, en soñar, en tíos buenos, en razones para carcajear sin fin. 

Quiero salir a pasear sin destino fijo, parar en cualquier tienda para mirar sin comprar, sentarme en cafeterías ideales a escribir sin mirar el reloj. Quiero no tener reloj.

Lo que nos jode a las mujeres (Parte I)

De un tiempo a esta parte estoy convencida de que la inmensa mayoría de nuestras jodiendas se pueden englobar en dos categorías:

  1. Las (malas) relaciones sentimentales.
  2. El miedo a lo que pensarán de nosotras.

Dentro de esas dos caben casi todas las demás mierdas que nos quitan el sueño: el miedo a la soledad; la presión por ser madre, por no ser buena madre; el sufrimiento por las rupturas; que si me marean que si no; no me divorcio porque le temo al abismo posterior, porque sería un fracaso horroroso, porque mis hijos lo pasarían mucho peor que viendo que sus padres viven juntos, pero no se soportan.

Que si estoy fea, que tengo las tetas grandes o demasiado pequeñas, y soy mayor o gorda; que no me gusta mi trabajo, pero aquí me quedo porque si me voy a recorrer el mundo soy una insensata; que mis padres me dan la lata lo más grande, pero mi obligación es aguantar porque, de lo contrario, soy una mala perra.

Y podríamos seguir hasta el infinito.

En cuanto a las relaciones sentimentales, mal vamos cuando ni los cimientos están bien colocados. Si no te autoquieres de una manera salvaje, cómo coño vas a decidir bien. Si no te valoras, no te valorará el de enfrente, y de ahí, al cataclismo emocional. Una y otra vez. Día de la marmota por los siglos de los siglos. Que si tengo mala suerte, que si siempre me tocan los tarados, hay que ver lo mal que me trata la vida. La vida te trata como dejas que te trate. Chimpún.

El segundo tema, el del asqueroso QUÉ DIRÁN es aún más peligroso, creo yo. Porque quizás escuece menos, pero jode mucho más. La preocupación por lo que piensa de ti gente de la que no conoces ni el nombre se pega en el esternón, te ahoga y te limita. Te amputa, te paraliza, te convierte en la mitad de lo que podrías ser. Acabas viviendo la vida de otros, sin tener ni idea de lo que de verdad te mueve, o debería moverte.

No eres capaz de recordar que es lo que te encendía de verdad, lo que querías ser cuando aún te ilusionabas, porque llevas tanto tiempo sometida a las opiniones del vecindario, de las madres del cole, de tu pareja, de tu familia, que lo que fuiste se ha ido diluyendo y ahora eres un ente informe que se adapta a todo sin cuestionar nada. Porque no te engañes, querida, aceptación y conformismo no son lo mismo, sino, a veces, todo lo contrario. Créeme, ahí afuera tienes un mundo enorme esperándote, lleno de gente interesante que no juzga, de bares donde bailar, de karaokes donde dejarte la garganta desafinando como la animala que eres.

Porque si no haces daño a nadie, a quién le importa si llevas el pelo rosa, si bajas al súper en pijama, si te echas un novio veinte años más joven que tú, si te cepillas a tres bigardos cada semana, si el escote te llega al ombligo, si dejas a tus hijos con su santo padre para pasar una semana con tus amigas descojonada de la risa. Porque de todos es sabido que donde no llega un Lexatín, llegan las carcajadas. Qué pasa si te gastas tu dinero en infinidad de masajes, de potingues, de zapatos, en lo que te salga del mismísimo toto.

Hay quién se ofenderá porque tú seas feliz, porque te niegas a entrar en la jaula del estereotipo. No pidas perdón, no te justifiques, no les des un poder que no tienen. La libertad no tiene por qué ser comprendida, solamente disfrutada.

 

Cinco lecturas para alegrarte la vida.

Compartir es vivir, y pocas cosas hay que alegren más la vida que un buen libro. Me pedís recomendaciones, y allá van unas cuantas que me han encantado:

Actos obscenos en lugares privados: esta novela de Marco Missiroli huele y sabe. Huele a sexo, pero del bueno, de ese que supone un antes y un después. Porque nuestra sexualidad nos define, por mucho que nos joda a veces. Missiroli escribe de una manera sumamente elegante, sensible y sincera. En la web de Zenda libros podéis leer un poco de esta novela que te mete en la piel del protagonista, en su cama y en sus mujeres. El erotismo y la sexualidad sirven como excusa para contar una historia que podría ser la de cualquiera. Cualquiera que viva de verdad, claro.

Middlesex: Eugenides escribió también «Las vírgenes suicidas», que luego fue una peli de Sofía Coppola. Cal Stephanides, un hermafrodita, va trenzando la historia de su realidad actual con la de su genética. Narra ochenta años en la vida de una familia que emigra a Estados Unidos y nos muestra cómo somos consecuencia de las decisiones de otros que ni conocimos. Qué capacidad para reflejar las situaciones familiares más rocambolescas con total normalidad. La novela se llevó el Pulitzer en el 2003.

Patria: poco voy a decir de la novela de Aramburu que no se haya dicho ya. No la leí en su momento porque me aturdía tanta fama, pero la verdad es que se la merece. Lamentablemente, lo que cuenta nos afectó, y sigue afectando a todos los que vivimos en este país. Hay historias que nunca deberían repetirse.

Elogio del bistrot: cien páginas deliciosas, sobre todo para aquellos que amamos París y sentarnos en una mesa para contemplar la vida de la ciudad, libreta en mano, tomando nota de lo maravilloso que puede resultar lo cotidiano. Marc Augé ha descrito maravillosamente esos lugares que, para algunos, son un segundo hogar.

Minimalismo, de Élodie-Joy Jaubert: me gusta alternar la novela con lecturas prácticas. El minimalismo es una filosofía de vida que, básicamente, defiende el menos es más en nuestro día a día, no solo en cuanto a objetos, sino en cuanto a cualquier asunto que no sea imprescindible para tu felicidad: personas, situaciones, pensamientos,…

Y esto es todo, amiguis. De momento. Disfrutad de la lectura.

Cómo autoquererse: guía práctica

Vaya por delante que aquí la menda no es psicóloga ni coach, pero ante vuestras peticiones, voy a contar lo que he aprendido a mis cuarenta y cinco castañas sobre el autoamor. Lo primero: esto no es pan comido, como casi nada en la vida. Requiere de voluntad, de esfuerzo y de constancia. Es lo que hay, amiguis. Lo segundo: esto depende de ti y de nadie más.

Sabes que te quieres poco porque te sientes inferior al resto. A todo el resto. Ellos son mejores que tú, por eso vives en la desmotivación absoluta. Qué pereza todo. Total para qué. A mí que no me llamen.

No acabas lo que empiezas. Le tienes un miedo impresionante al fracaso. Eres fea y tonta. Fea y tonta de cojones. No dices lo que opinas por miedo a lo que los demás piensen de ti. Crees que no has hecho nada útil en tu puta vida. Ni lo harás. No tomas una decisión así te maten. Resumiendo: tienes una autoestima de mierda. Y ESO NO PUEDE SER.

No es por meterte prisa, pero mientras esperas a que llegue ese verano ideal lleno de palmeras en el que tus problemas se disolverán por arte de magia, la vida pasa. Y, sorpresa, cada día es un día perdido. Si piensas que un día llegarás a un lugar llamado Felicidad, lo llevas clarinete, porque eso es no existe, chata. La cosa está en el camino, ya lo dijo el poeta y luego Serrat.

Aclaremos que pocas tienen la cara de Charlize Theron y el cuerpo de la Bündchen, pero es que resulta que lo de quererse no tiene nada que ver ni con el jeto, ni con el culo, ni con la pasta. Gracias a Dios, por otra parte. Esto va de aceptar lo que no puedes cambiar y mejorar en la medida de lo posible. Los muy espirituales dirían aquí que lo que importa es el interior. Vamos a ver, que sí, pero que unos buenos morros rojos y la eliminación de las puñeteras raíces igual ayudan a que te veas más guapa, te sientas mejor y te quieras más. Así que, venga, a la perfumería. Lo más rojo que haya.

Las comparaciones con el resto de la humanidad sirven de poco, mejor tomas como referencia tu Yo de hoy e intentas que la de mañana sea mejor. ¿Y qué es una Yo mejor? Pues esa que toma una decisión, que se atreve a hablar, a exponer su opinión. Cada día una cosa, siete en una semana, treinta en un mes. Créeme que, cuando una comprueba que abre el pico e, increiblemente, el mundo no se para y nadie muere, la cosa anima. No busques la aprobación de los demás. Tú valía no depende de ellos. Lo bueno no es conseguirlo, sino intentarlo. La gente es libre de opinar, pero eso no significa que deba afectarte. Sus juicios tienen que ver con ellos, con sus mochilas, con sus traumas, no contigo.

Que te importe lo que piensan los que te importan. 

Aquí no hemos venido a ser perfectos (signifique lo que signifique eso), sino felices. Ten claro que tienes derecho, que eres capaz, que hay una habilidad que es solo tuya. Compra experiencias que nadie te pueda robar, porque los bolsos pasan de moda, pero los recuerdos no. Disfruta de lo tuyo (de tus canciones, de tus películas, de tus amigos, de tus jabones que huelen bien) sin pensar en lo que tienen los demás. Autoquererte tiene que ver con cómo te sientes contigo, la palabra ELLOS no entra en su definición. En alguna parte del mundo hay alguien con la autoestima inflada dispuesto a hacerte añicos para sentirse aún más superior: no le dejes. A la mierda. A LA MIERDA DIRECTO.

Tú no eres tus miedos: ciérrales la puerta y quédate fuera, que hay mucho mundo esperando a ser conquistado. Pregúntate los PORQUÉS de eso que te paraliza. Busca el nudo y lo encontrarás. Ten claro que la palabra Fracaso la inventó alguien con pocos cojones y muchas excusas. La culpa es inútil. Perdónate todo el rato. Camina mucho, piensa, come algo rico y  que te siente bien.

Tu vida es solo tuya. Celébrala.