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Autor: lasclavesdesol

Me llamo Sol, nací en el 73, tengo dos hijos adolescentes y ahora mismo soy coach, escritora y ponente en temas relacionados con el autoconocimiento y el desarrollo personal. Me encanta mi profesión y me encanta mi vida, pero hasta hace ocho años el panorama era bastante diferente: trabajaba en marketing y vivía inmersa en el bloqueo, el desasosiego y el agotamiento. Me sentía totalmente perdida. La empresa y la maternidad se tragaban toda mi energía y no sabía por dónde empezar para salir de esa situación, así que permanecía inmóvil, dejando que el estrés campara por mi cuerpo a sus anchas, con todo lo que ello conlleva: lumbalgias, anginas, herpes,… Hasta que, aún no recuerdo muy bien cómo, reuní fuerzas y decidí decidir. Y desaprender para aprender. Y formularme preguntas muy incómodas. Y respondérmelas. Seguí un proceso de coaching, empecé a investigar cómo funciona el cerebro humano en general y el mío en particular. Me formé como coach, como Practitioner en PNL. Me convertí en mi propio conejillo de Indias y aquí estoy, sintiéndome capaz, libre y plena. Por fin. En este programa voy a compartir contigo, a través de ejemplos del día a día, pautas claras y muchos ejercicios prácticos, todo lo que he aprendido durante estos años y que ha borrado de mi vida la parálisis y la insatisfacción. Todo lo que me ha llevado a la expansión, a priorizarme, a cuidarme, a saberme suficiente, a sentirme alineada con mis decisiones y con mis acciones. A que me pase lo que quiero que me pase.
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Otros ocho libros que deberías leer (si quieres)

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Llega el veranito y sois muchas las que me pedís recomendaciones literarias. Os veis ya a la orilla del mar o de la pisci, libro en mano. No me puede gustar más la estampa, así que aquí tenéis amigas, ocho lecturas que a mí me han hecho muy feliz:

¿Dónde vamos a bailar esta noche?, de Javier Aznar: yo pierdo la objetividad con este hombre. Me conquistó con su columna en «Elle» y en «Jot Down», ahora en «Vanity Fair». Deslumbra su capacidad para narrar hechos cotidianos como si fueran extraordinarios. Consigue que nos interese lo más nimio. Es uno de esos escritores que me gusta porque escribe para ser entendido, no para ser admirado. En este ramillete de relatos cortos he encontrado TANTAS referencias comunes… Nueva York, Madrid, el humor… Os arrancará muchas sonrisas, os dejará buen sabor de boca y ganas de más.

Biografía del silencio, de Pablo d´Ors: lo leí dos veces del tirón. Algo que incluye en su título la palabra «Silencio» me tiene ganada desde el principio. Es un libro breve y ameno donde el autor nos cuenta por qué empezó a meditar, cual ha sido su experiencia en la meditación y qué consecuencias ha tenido esa práctica en su manera de ver la vida. Sorprende que  d´Ors, siendo sacerdote católico, relata anécdotas para nada eclesiásticas. Si te interesa la meditación o, simplemente, te causa curiosidad el tema y no quieres leer un manual, este es tu libro.

Vivir en las nubes anuncia tormenta, de Carolina Levi: esta autora novel es toda ella inteligencia, humor y sarcasmo. Marta, una joven editora, tímida y torpe, está enamorada de un escritor americano. Todo va más o menos bien (o no) hasta que el buen hombre visita Madrid. Y el resto es historia. La de Marta (¿o será la de Carolina?).

Firmamento, de Màxim Huerta: empecé a escribir este post mucho antes de que le nombraran ministro. No quiero ni pensar en la  posibilidad de que Màxim deje de regalarnos maravillas como Firmamento, que está llena de verano, de Mediterràneo, de pasión y de intensidad, como todo él. Encuentros, desencuentros y MUCHA, MUCHA PIEL. Llévatelo a la orilla del mar  y disfrútalo.

«El olvido que seremos», de Héctor Abad Faciolince: lo coloco tras Firmamento porque me lo regaló Màxim. Él si que sabe de lecturas conmovedoras… Aquí el autor describe la figura de su padre, que defendió los derechos humanos en Colombia hasta el día en que fue asesinado. Me fascina cómo dibuja su relación con él, los códigos con toda la familia, la valentía y la inteligencia con la que Abad Faciolince enfrenta la tragedia, la dulzura que desprende todo el libro, a pesar de narrar el preludio de una tragedia. Maravilloso de principio a fin.

Cosas que brillan cuando están rotas, de Nuria Labari: descubrí a Nuria en un coloquio en el que participaba junto a Javier Aznar, ya que comparten editorial. Hablaban sobre el malditismo de los escritores: ¿es necesario estar atormentado para escribir?, la respuesta es NO. Como dijo la autora: para escribir, lo único que se necesita es querer escribir. Y, claro, me conquistó. Y compré su libro. En él, narra las vivencias de una periodista que cubre el 11M mientras su matrimonio se va a pique. Me lo zampé en dos tardes. Leed a la Labari y, si podéis, escuchadla.

Momentos de inadvertida felicidad, de Francesco Piccolo: cuántas pequeñas fuentes de felicidad nos encontramos al cabo del día, todos los días, y pasan totalmente desapercibidas. El autor nos las planta delante de los morros y nos hace sonreír y, en cierta manera, ser más felices. De nuevo, otro escritor que hace brillar lo cotidiano. Es una lectura rápida, agradable, y te deja con ganas de buscar más momentos de inadvertida felicidad.

El universo de lo sencillo, de Pablo Arribas: me habían recomendado este libro mil veces y, gilipollas de mi, había postergado su lectura. Lo bueno que tiene volar dos veces por semana es que lees y lees y lees. Y te encuentras con una lectura que comulga absolutamente con tu forma de ver la vida. Y es que, gente, hasta que se demuestre lo contrario, estamos aquí desde que nacemos hasta que morimos, una sola vez. Así que más nos vale apartar la inercia, el conformismo, y lanzarnos a por nuestros sueños. Arribas es una constante patada en el culo para que tires hacia adelante y te dejes de hostias (solo que él lo cuenta finamente, no como yo). IMPRESCINDIBLE.

Y hasta aquí hoy, queridas. Por favor, compartid en los comentarios vuestras lecturas favoritas y leamos, leamos mucho. Y escribamos, aunque sea para nosotras.

Felices libros.

Loris Karius: el Empotrador Futbolero

Estoy sumamente indignada, amigas, y os voy a contar por qué.

No me gusta el fútbol, es más, me pone hasta de la mala leche esa obsesión de muchos por este deporte. El caso es que a mí el partido del sábado me daba más bien igual. Es más, si no llega a ser porque mis hijos, víctimas de ese furor furgolero para mí incomprensible, querían verlo con los amigos, ni me entero de que lo de la Champions existe.

Y acaba el partido y empiezan los comentarios.

«Campeones, campeones, campeoneeees», fue lo primero que oímos.

«Hay que ver, como lloraba el portero del Liverpool» fue lo segundo (ahí me enteré yo de que jugaba el Liverpool, que no sabía ni que tenía equipo).

«Anda la hostia, cómo está el portero del Liverpool», fue lo tercero que escuché. Básicamente porque mis lectoras me conocen tan bien que me empezaron a mandar fotos del rubio como si no hubiera un mañana.

PERO VAMOS A VER, VAMOS A VER.

¿Cómo puede ser que nadie nos hubiera informado de que un bigardo alemán de 1,89 que es una mezcla de Thor con Paul Bettany y Adam Levine andaba paseándose por los campos de fúrgol del planeta? Hay que ser muy cabrón para mantener esto en secreto. O muy tonto. Porque señores dueños del fútbol, la de seguidoras (y seguidores) que ganarían ustedes si publicitaran estas cosas, la de canales de pago que venderían, y la de palomitas que se iban a consumir.

En serio, ¿dónde estaba escondido este buen hombre? Porque yo no puedo entender que a dos días de detener al preso más guapo del mundo, su foto inundara los Facebooks del planeta. Joder, que eso hay que filtrarlo desde las dependencias policiales, que ese tío está en un calabozo. Y nuestro Loris, que debe salir en la tele cada semana de la vida, estaba ahí, en el más asqueroso de los anonimatos. No somos nadie.

ESTOY ENFADADA  y aún no sé con quién.

Por un lado supongo que los tíos, que son los que más fútbol consumen, dirán que tampoco lo ven para tanto. VENGA, HOMBRE, VA, lo que es la envidia. Por otro, las mujeres futboleras quizás se cortaran porque podrían tomarlas por superficiales (que os lo más repugnante del mundo) y por poco interesadas en lo que realmente importa, que es una panda de tíos cobrando millones por pegarle patadas a una cosa redonda. Yo, de verdad, que no entiendo NADA.

El caso, y vamos al grano, es que Loris es alemán, está tremendo y nos gusta. Así, resumiendo. Es un Empotrador Vikingo de la rama futbolística. Lo tiene todo: melenita, cuerpazo, altura Y TATUAJES.

 

Y la dentadura, amiguis, la dentadura, que es TREMENDA.

Podría hacer mil chistes sobre los goles que nos podía meter, que si «Mi portería es toda tuya, Karius», que si «No llores, que yo te consuelo, que ven aquí que verás qué bien…».

Para colmo de bienes, hoy mismito, nuestro Adonis ha publicado en Instagram que no ha podido dormir y que pide perdón (otra vez) a la afición. Y, claro, nos lo pone a huevo.

Ven, que te acuno.

Yo sí que te iba a tener despierto.

Te voy a cantar una nana que vas a fliparlo.

Y así hasta la eternidad…

Pero no vamos a caer en esas ordinarieces, no somos así. PARA NADA.

Lo que tenemos que hacer, PERO YA, es reunir firmas para que nuestro portero favorito se venga a las Españas a jugar. Manifestémonos si es necesario. Qué coño hace en las Inglaterras, todo el día lloviendo. Lo bien que le iba a sentar el clima ibérico, lo contento que iba a estar con el jamón, el solete y la simpatía de las españolas. El primer paso, supongo, será ir a Change.org o algo así y presentar la moción. Lo segundo, hacer una colecta. Como lo de Lola Flores y hacienda. Un eurito por español y nos traemos al Vikingo Furgolero porque, seamos realistas, ahora mismo no creo yo que ningún equipo se pelee por él.

Un equipo no, amiguis, pero nosotras sí. Pongámonos manos a la obra, importemos talento germánico, aficionémonos al fútbol que es una cosa muy sana y muy entretenida.

Y, Loris, chato, haz caso de las señales y date cuenta de que lo tuyo no es parar goles, SINO METERLOS. (No he podido contenerme)  

Lo importante de la vida es comer sobrasada

Será la madurez, será la primavera, pero no dejo de pensar en la moto gigante que nos venden en nuestra juventud, haciéndonos creer que la felicidad es una profesión, una casa, una persona. La felicidad, amiguis, son momentos.

Lo importante de la vida es bailar, comer sobrasada, escuchar Kiss FM, dormir en sábanas limpias, el chicle de sandía, los huevos fritos con la puntilla crujiente, las cerezas, la voz de Lianne La Havas, la luz que hay en verano justo después de que se ponga el sol.

Saber que tus amigos están muy cerca, aunque sea a miles de kilómetros. La voz de Andra Day. Tener muy claro que también esto pasará. La seguridad de que volveré a ser joven algún día. Tocarte las puntas del pelo cuando te lo acaban de cortar.

El olor a café aunque no me guste el café. Encontrar un Kit Kat olvidado en el cajón. Ese momento antes de dormirte en el que sabes que te estás durmiendo y te da gustito. Que alguien que no has visto en meses te envíe un mensaje escribiendo justo lo que necesitas leer.

La alerta de Google anunciando que tu cantante favorito viene de gira a España, el instante en el que compras las entradas y gritas de la emoción. El segundo en el que empieza a sonar la música y el corazón te late muy fuerte.

Las fresas con nata. El día que te levantas con el guapo subido. El día que no puedes con tu vida y te dicen lo guapa que estás, y encima es verdad. Un abrazo de los de cortar la respiración. Un morreo de los de verdad. El perfume de aquel chaval que te gustaba mucho (y te vuelve a gustar por unos instantes, mientras respiras su olor). Las pelis que te recuerdan eso que lleva tanto tiempo dormido. ESA canción.

Escuchar a alguien hablar en italiano, tener la seguridad de que vive en un sitio precioso porque todo en su país lo es, incluyendo la pasta carbonara. Recordar aquel viaje de final de BUP a Roma, Florencia y Venecia. Llamar a tu compi del cole para rememorarlo juntas.

Descubrir que todavía existe un helado que comías de pequeña. Comprártelo. Volver a tus ocho años.

Las nubes que parecen de algodón. El olor a champú en el pelo limpio. Abrir la ventana en un amanecer fresquito de verano y disfrutar del frío sabiendo que, en pocas horas, estarás achicharrada perdida. El botón de bloqueo en el móvil. Mirar la luna llena, cuando está enorme y le ves los ojos y la boca.

Viajar a un sitio nuevo y sentir, de inmediato, que te pertenece. Aunque luego cambies de opinión. El acento mejicano. La canción que te recuerda aquel rollete veraniego. Las casualidades bonitas que nunca lo son.

Tener la certeza de que hay piedras con las que nunca volverás a tropezar. Saber cual es tu lugar en el mundo. Que ese lugar sea frente a una página en blanco. Escribir durante horas.

Vosotras, leyéndome.

Infinity War (o la panda de Vengadores más buenorros de la Galaxia)

Sí, vale, tengo un ligero problemilla de adicción a los superhéroes. Quedó claro por aquí. Y con «Infinity War» ya se me ha ido la pinza totalmente. Me compré entradas para el pre estreno y allá que me fui con mis pollitos, en plan friki total, superemocionados (sobre todo yo)

Están TODOS juntos, chatas, TODOS. No falta ni uno. Bueno, sí, Superman y Batman, pero ni os vais a enterar os lo prometo. Voy a enumerar, brevemente, por qué deberíais ir a ver esta película tan vengadora, tan entretenida y tan maravillosa:

1.Amigas, es materialmente  IMPOSIBLE encontrar más buenorros por centímetro cuadrado de pantalla. Los superhéroes son, también, superEmpotradores. La peli empieza con Thor y nuestro amigo Idris. Una podría pensar que eso es insuperable, PERO NO. Ahí vienen el Capitán América (con barba y melenita QUE PA QUÉ, PA QUÉ, PA QUÉ) y Chris Pratt (que no me acuerdo como se llama en la peli, qué más da). Y luego el Pantero negro, y el amigo del Capitán América que le falta un brazo y que está también tremendísimo, y Tom Hiddleston en plan Loki que te entran ganas de peinarle la melena y lo que no es la melena.

(Vale, tengo yo una debilidad por el rubio del escudo, QUÉ PASA.)

2.Ameniza también la velada Benedict Cumberbatch, como Dr. Strange. Solo por eso hay que ir al cine. Con esas manos y esa voz. Os juro por lo más sagrado que, cuando él aparecía en la pantalla, yo cerraba los ojos para escucharle mejor (como el lobo y Caperucita, o algo así).

3. Las mujeres no aparecen como débiles princesitas que esperan a ser salvadas, NO. Calzan unas hostias que alucinas. Esa Viuda Negra, zasca, zasca, zasca. Y Gamora, ay Gamora, toda verde, atizando a diestro y siniestro. Oye, que la paz en el mundo está muy bien, pero ya que los galácticos la lían parda, por lo menos que las féminas se hostien en igualdad. Lo admito, me gustan esas cosas.

4. Aparte de que la mayoría están tremendamente buenos, aparecen varios de mis actores favoritos: Robert Downey Jr., Mark Ruffalo, Paul Bettany, Peter Dinklage (sí, Tyrion Lannister también anda por el espacio liándola parda). Un gustazo.

5. La peli consigue lo que quiere: se te pasan tres horas pitando. Entretiene, hace que aplaudas cuando aparece tu superhéroe favorito para salvar el planeta, tiene unos efectos especiales del siglo XXV. Y aquí, queridas, me veo en la obligación de aclarar algo y ponerme un tanto reivindicativa en lo que al superheroísmo se refiere: en el género fantástico, como en casi todo, hay pelis buenas y malas. Que parece que solo los dramones sean dignos de buenas críticas, y las comedias y las ciencias ficciones sean cosa de segunda. Dicho esto, Infinity War como peli, en mi opinión, está bien. Mis preferidos siguen siendo los X-Men, sin embargo. Aún no sé por qué…

6. Puedes ir a verlas con tus hijos y no quieres cortarte las venas, que es lo que te pasó con Bob Esponja (que no pude ni dormirme de lo que sufrí en la butaca).

7. Están todos superbuenos. Ah, que ya lo había dicho antes. Perdón, es que me parece la más importante. Que hay que alegrarse la vista, amiguis, y con ella el espíritu y la vida en general. No infravaloremos los músculos, los superpoderes, ni la superficialidad, que la vida son cuatro días y dos estamos con gripe. Chimpún.

   

Tengo una cana en el chirri: mátame camión

En una sola semana dos amigas me han llamado espantadas:

-Tía, me ha salido una cana en el toto, ¿eso es posible?

-Vamos si es posible, como que yo tengo varias desde hace tiempo…

-No me jodas, ahí NO.

Pues sí, queridas. Las canas en la cabeza ya nos amargan la vida, pero oye que nos las teñimos pese a lo rollazo que es y Santas Pascuas. Pero lo del coño es diferente. Y es que ahí, aunque supongo que se pueden teñir, la cosa está más complicada de ocultar. Pero no es ese el problema, creo yo.

Lo terrorífico del asunto es que, por mucho que no usemos mucho nuestras partes bajas (por cansancio, por ausencia de contrincante, por aburrimiento…), siempre tenemos la esperanza de que resucitarán cual Ave Fénix y volveremos a las andadas;  a esas noches de «Aquí te pillo, aquí te mato»; a la actividad sexual habitual, resumiendo.

Pues a a ser que no, chatas.

Y no es solo por las canas, es porque ni nuestro chirri ni nosotras vamos a viajar en el tiempo. Ni él ni nosotras vamos a tener veinticinco añitos otra vez. Aceptémoslo.

Como pasa con tantos otros temas relacionados con el hacerse mayor, nadie habla de esto. Nadie te dice que el chirri también se cae, se queda canoso e, incluso, calvo. Y eso es una putada, porque no estamos preparadas para esta catástrofe.

Lo de las canas en la cabeza, vale.

Lo de las arrugas en el entrecejo, vale.

Lo de la flaccidez en los brazos, vale.

Pero nuestras madres no nos hablaron del envejecimiento coñil. Por eso te pilla por sorpresa. Por eso te llaman las amigas flipándolo en colores.

Pensábamos que ese triangulito era el único reducto de nuestros cuerpos que se iba a quedar tal cual, inmune a la ausencia de colágeno y elástica. Y mientras tu jilguero sea joven, lo eres tú. Mira que somos gilipollas…

No te engañes, da igual si, en un ataque de histeria, te arrancas ese pelaco blanco que te está amargando la vida. Saldrá otro. Y otro. Y otro. Siempre está la posibilidad de la Total Depileishon, y así pones la excusa de que está de moda llevarlo rasurado del todo en los Países Nórdicos, que siempre han sido muy de marcar tendencias minimalistas. Tienen el Hygge, el Lagom y ahora el Calvên Potörren.

Y te quedas tan ancha.

Esta es otra de esas cosas de la vida que nos va a tocar aceptar, como lo de llevar gafas, no poderte poner ni media hora aquellos tacones con los que patrullabas la ciudad durante toda la noche, o que allí donde había rodillas ahora hay una masa informe tipo pan de payés.

Es lo que hay, hermanas.

Y ni los pelos blancos del coño, ni la celulitis, ni ese pellejillo que empieza a vislumbrarse en la parte alta del pescuezo van a conseguir amargarnos. Que la Fabulosidad no depende del pelo, ni de la epidermis, sino de quererte mogollón, ser una cachonda mental y tener amiguis supercalifragilísticas.

Las canas no están reñidas con las ganas. De reír, de ver pelis con buenorros, de tomar ese solete que ya está llegando.

Recordemos que la ilusión (y no las canas potorriles) es lo que diferencia a los vivos de los supervivientes, y a los mayores de los majaras.

   

Yo soy mía. Solo mía.

Esta boca es mía. Mis gritos, mis gemidos y mis palabras son mías.

Mis opiniones, mis valores, mis creencias, mi religión, mi ateísmo: míos.

Mis pensamientos, mis deseos, mi tiempo, mis ganas: MÍOS TODOS.

Mis vicios, mis fornicios, mi lascivia, mi vergüenza y mis pecados: SOLO MÍOS.

Mis bailes, mis minifaldas, mis escotes, mis pantalones ajustados, mis tangas, mis bikinis: míos, míos y míos.

Mis palabrotas, mis indecencias, mis atrevimientos, mis travesuras, mis borracheras: también míos.

Mi vida, cómo (con quién, dónde) quiero vivirla, solo es asunto mío.

Mi desnudez, mi piel, mi pelo, mis manos no son tuyas, sino mías.

Yo soy mía, mi cuerpo es mío. Mi sexo, MÍO.

Mis decisiones, acertadas o erróneas, son solo mías. Mi miedo, lamentablemente, MÍO.

Mi SÍ también es mío. Libre de cambiarlo por un NO cuando me salga del coño que, SORPRESA, también es SOLO MÍO.

Pero tus ganas, tus babas, tu sexo, tus fantasías, tu degradación, tu diversión, tu prepotencia, tu machismo, tu insensibilidad, tu maldad, tu crueldad, tu fuerza, tu violencia, tu desvergüenza, tus ansias de exhibicionismo, tus abusos, tus violaciones no son míos. En absoluto. SON TUYOS. SOLO TUYOS.

MUJERES, HOMBRES: SOMOS NUESTROS. SOLO NUESTROS.

SIN MATICES. SIN INTERPRETACIONES. SIN INVESTIGACIONES. SIN JUICIOS. SIN DUDA ALGUNA.

NO ES NO.