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Autor: lasclavesdesol

Me llamo Sol, nací en el 73, tengo dos hijos adolescentes y ahora mismo soy coach, escritora y ponente en temas relacionados con el autoconocimiento y el desarrollo personal. Me encanta mi profesión y me encanta mi vida, pero hasta hace ocho años el panorama era bastante diferente: trabajaba en marketing y vivía inmersa en el bloqueo, el desasosiego y el agotamiento. Me sentía totalmente perdida. La empresa y la maternidad se tragaban toda mi energía y no sabía por dónde empezar para salir de esa situación, así que permanecía inmóvil, dejando que el estrés campara por mi cuerpo a sus anchas, con todo lo que ello conlleva: lumbalgias, anginas, herpes,… Hasta que, aún no recuerdo muy bien cómo, reuní fuerzas y decidí decidir. Y desaprender para aprender. Y formularme preguntas muy incómodas. Y respondérmelas. Seguí un proceso de coaching, empecé a investigar cómo funciona el cerebro humano en general y el mío en particular. Me formé como coach, como Practitioner en PNL. Me convertí en mi propio conejillo de Indias y aquí estoy, sintiéndome capaz, libre y plena. Por fin. En este programa voy a compartir contigo, a través de ejemplos del día a día, pautas claras y muchos ejercicios prácticos, todo lo que he aprendido durante estos años y que ha borrado de mi vida la parálisis y la insatisfacción. Todo lo que me ha llevado a la expansión, a priorizarme, a cuidarme, a saberme suficiente, a sentirme alineada con mis decisiones y con mis acciones. A que me pase lo que quiero que me pase.

De tabús, de maternidad, de Samanta Villar y de hay que joderse.

En esta burbuja en la que vivo, las noticias llegan con retraso, la verdad. La cosa es que me he enterado hace nada de que Samanta Villar había escrito un libro y leí que había concedido una entrevista en la que afirmaba que «Tener hijos es perder calidad de vida, que no era más feliz ahora que antes, que hay un relato único de la maternidad como un estado idílico, que no coincide con la realidad y estigmatiza a las mujeres y que hay que abandonar ya esa idea de que la maternidad es el último escalón en la pirámide de la felicidad de una mujer”. Más o menos. «Ah, mira, una chica sincera», pensé yo. Me alegré de que alguien hablara sin tapujos de este tema. Después de leerme el libro de Orna Donath, tuve claro que aparecerían más voces contando lo que hasta ahora solo se decía en petit comité, ante otras que están en tu misma situación. Pero, hostias, que de repente leo unos titulares tipo  «Una madre le pega un zasca a Samanta», «Una madre pone a Samanta Villar en su lugar». ¿Qué zasca y qué lugar corresponden a alguien que habla de su experiencia? Lo de «UNA MADRE» tampoco tenía desperdicio. Podían haber escrito «Una mujer» o el nombre de la señora en cuestión, pero no, ella era «UNA MADRE», lo cual le da (supongo) más empaque, o más sabiduría, o la dota de algún superpoder que yo no alcanzo a entender. Y me pongo a leer. Ay. Ay. Ay. No quiero entrar mucho en el contenido de los dimes y diretes, pero así de entrada, eso que parece tan ofensivo para algunos 0, perdón, para algunas MADRES, esa frase terrorífica en la que la periodista afirma que ha perdido calidad de vida, me parece, cuanto menos, lógica, a no ser, SEÑORA MADRE SUPREMA que para usted la calidad de vida la proporcionen las noches sin dormir, los llantos a cascoporro, el no poder ducharte tranquila, ni tan siquiera cagar cuando te de la gana. Me vais a perdonar pero yo me siento mucho mejor cuando duermo, como, me ducho y cago tranquilamente. LLAMADME RARA. LLAMADME MALA MADRE. El caso es que eso es lo de menos. Lo de más es que Samanta (que para que conste a mí es una señora que ni me va ni me viene porque no la conozco, ni la veo en la tele) ha contado lo que es para ella la maternidad. No insulta a nadie, no afirma que la maternidad es la puta mierda más grande de la vida, tampoco podemos extraer de su testimonio que trate mal a sus hijos. Vamos, que ella cuenta lo suyo. Y allá que va una MADRE y, por cometer ese pecado, le suelta una sarta de burradas que MADREDELAMORHERMOSO. La cartita de la MADRE empieza diciendo que «No puede estar menos de acuerdo con lo que dice Samanta». O sea, querida MADRE, lo que supongo que quieres decir, hablemos con propiedad, es que tu experiencia no es esa. Porque te aclaro que no puedes estar de acuerdo o en desacuerdo con lo que una persona siente. Son sus sentimientos, su vida, su coco. Es lo que hay. PUNTO. Es subjetivo, NO OPINABLE. Luego la MADRE dice que lo que cuenta Villar es «Preocupante». Querida MADRE SUPREMA, lo preocupante (me parece a mí)  es que alguien juzgue a otra persona por contar sus vivencias que, para colmo, te aseguro que son MUY parecidas a la de otras mujeres que no tienen las narices de contarlo, en gran parte porque les da miedo ser dilapidadas por MADRES como tú.  Dices que «No entiendes su escala de valores/prioridades». NI FALTA QUE TE HACE, que para eso son suyas. Probablemente no entenderías las mías, ni las de una monja de clausura, ni las de mi vecina, ni las de Pablo Motos… Con que entiendas las tuyas, date por satisfecha. Luego entras en una enumeración sobre lo que Samanta y cualquier MADRE del planeta dejan de hacer: dormir, peluquería, blabla y le dices que TAMPOCO PASA NADA. Pues no te pasará nada a ti, igual a ella sí, o no, o qué más da. El caso es que no es asunto tuyo, NI DE NADIE. Y luego, tú, LA MADRE SUPREMA, cuentas que lo que más feliz te hace en el mundo es que tu hijo aprenda a guiñar un ojo. FABULOSO, FANTÁSTICO, MARAVILLOSO. Bien por ti. De verdad. Pero que presupongas que ese Nirvana que tu alcanzas ante el logro de tu hijo debería ser universal, es MUY FUERTE. Ole tú, Madre Perfecta. Para que me entiendas, esto sería algo parecido a que yo cuestionara a todas aquellas personas que no se levantan cada día pensando en el Cola Cao que van a engullir, que es lo que me pasa a mí. O juzgara a alguien porque «La La Land» no le hizo levitar en el asiento. Básicamente, lo que intento decir es que a cada uno le hacen feliz unas cosas que quizás al de al lado se la sudan. Y no por ello es mejor o peor persona. Sigo leyendo y, para mí, el punto álgido es cuando dices que «Puesto que es famosa, tiene la oportunidad de volcar su frustración en un libro y dejar perlas para desahogarse y creerse que ha descubierto la piedra filosofal de la maternidad». Pero si al principio decías que no te habías leído el libro, de qué narices de piedra hablas. Y si ha volcado su frustración, JODER QUÉ BIEN, quizás si lo ha hecho (que no lo sé, porque solo he leído la entrevista, como tú) les servirá a muchas para ver que no están solas, que no son raras, que el encontrarse con que la maternidad NO es ese cuento de hadas que les habían relatado no es solo cosa suya. Qué alivio. Finalizas criticando a Samanta como madre y contando lo que es tu hijo para ti. Llegados a este punto, te voy a contar que Samanta no ha insultado ni criticado a nadie, TÚ SÍ. Samanta ha hablado de su maternidad sin miedo a lo que pudieran pensar de ella LAS PERSONAS COMO TÚ. Samanta ha tendido (quizás inconscientemente) la mano a quién se pueda sentir como ella, mientras tú las has puesto a caer de un burro. Sí, A TODAS ELLAS. A mí su honestidad me parece bastante más inspiradora que tu juicio devastador, querida MADRE. Así de entrada se me ocurre que la Villar les podrá hablar a sus hijos de tolerancia; de que la vida no es siempre perfecta, pero que hay que apechugar y vivir lo más felices posible; de que hay que ser valientes aunque eso suponga ir contra corriente; de que no hay que dejarse amedrentar por los que te atacan; de que las críticas, si no son constructivas, hay que pasárselas por salva sea la parte. No sé qué le puedes enseñar tú al tuyo aparte de ese guiño de ojo que te tiene completamente ojiplática, ni quiero pensar que le pasará a tu ADORADÍSIMO hijo el día que se le ocurra opinar algo con lo que no estés de acuerdo. Dios lo pille confesado.        

El Vikingo Empotrador, qué maravilla.

Amigas, es un hecho, el Vikinguismo ha llegado para quedarse. Nos gustan los vikingos, NOS PONEN los vikingos. Y no hablo solamente de los de la serie, QUE TAMBIÉN, hablo de Los Vikingos en general.

No es ningún secreto que allá por tierras escandinavas, los tíos están buenos. De hecho, hasta han hecho un ranking de lo más fiable y lo más científico, y dicen que la crem de la crem está en Estocolmo. Que vale, que  «Para gustos, los colores», que «Sobre gustos no hay nada escrito»… Qué sí, que sí, pero que Los Vikingos están pa comérselos.

beyonce

Yo no sé si es la belleza, la altura, la envergadura, ese rollo «me he puesto lo primero que he pillado y mira tú cómo me queda», el saber que son una sociedad de lo más evolucionada (dicen), o que una imagina que debajo de esos jerseys de lana hay un cúmulo de músculos que no son ni medio normales.

El caso es que Los Vikingos están buenorros a lo bestia.

Para muestra, unos cuantos botones escandinavos.

Travis Fimmel, o Ragnar, lo que prefiráis. Vale, este no es un vikingo de verdad porque es australiano, pero es que es casi lo mismo porque OJO CON LOS AUSTRALIANOS (ese es otro post, ahora estamos por el norte, tranquis). El caso es que lo han caracterizado la mar de bien y encima, antes de ser un salvaje nórdico, estaba igual de bueno. Aquí la demostración:

travis hipster

travissinpelo

Y ahora, en plan salvaje.

ragnar

Seguimos con su hermano en la serie, Rollo o Clive Standen, otro que es más británico que otra cosa. Y es que los british últimamente se están poniendo muy buenorros, no hay más que ver a Henry Cavill. Y al Cumberbatch, que no está bueno pero NOS ENCANTA. Al Standen le pasa lo mismo que a su brother, que está igual de bueno con la espada que de paisano. Vale, aceptamos vikingo como animal de compañía.

clive

rollo2

TOMA, TOMA, TOMA ROLLO, POR EL AMOR DE DIOS.

Ahora vamos a los de verdad, a los que nacieron entre fiordos, nieves y sistemas educativos supersónicos.

Alexander Skarsgård, Tarzán para los amigos. Míralo ahí, todo salvaje, entre orangutanes y lianas. Si es que es lo que tiene esta gente, que se adapta al medio de una manera…

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Nikolaj Coster-Waldau, danés de los de verdad. Cabronazo donde los haya en Juego de Tronos. Ojo mandíbula, ojo dentadura, ojo, barba. OJO, OJO, OJO.

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Viggo Mortensen, que nació en los USA pero tiene sangre danesa en esas venas, de esos brazos, de esos ojos, de esos hoyuelos, de ese Aragorn que hizo que deseara con todas mis fuerzas ser la reina de Gondor.

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Y así para ir acabando, que una es humana y el vikinguismo es algo que, en exceso, es fatal para la retina y para el ritmo cardíaco, tenemos a Lasse Matberg. Este sí que ya me ha dejado loca totalmente. Vamos a ver, vamos a ver, Lasse. Este no es actor, no. Este es oficial de la Marina de Noruega y le han denominado «El Dios Vikingo de Instagram». La bestia parda mide 1,97 y pesa 120 kg. Señoras, 120 kilos de carne vikinga. NO DIGO MÁS.Un empotrador salvaje y melenudo. Por favor, hermanas, buscadlo en las redes Y FLIPAD.

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Y nada, amiguis, que tras este chorreo de testosterona, solo me queda darle gracias a Thor y a todos los Dioses del Olimpo Vikingo.

Viva Odín y su gente.

las claves de sol

Ay, el miedo a vivir…

las claves de sol

«Cada uno que haga de su capa un sayo» es una frase que pienso tatuarme mañana mismo. Para que no haya dudas, Google me comenta que eso significa  “obrar alguien según su propio albedrío y con libertad en cosas o asuntos que a él sólo pertenecen o atañen”. O sea, que cada uno haga lo que le dé la real gana.

La voy a grabar en mi pellejo porque yo, que voy de transigente y de moderna por la vida, a veces soy MUY GILIPOLLAS. Me explico: soy tolerante con aquellas ideas que comulgan con las mías y con otras que, aunque no lo hagan, no choquen de frente con mis valores más profundos. Y eso, señores, según Wordreference.com, es ser intransigente, fanática, terca, obcecada, obstinada y tozuda. MAL, MAL, MAL.

Todo esto viene a que, hace unos días, celebramos una cena con amigos de toda la vida, de esos que ves una o dos veces al año porque vivimos lejos, uno de esos encuentros que acaban en descojono generalizado y con ese chorrito de pis que pedí a los Reyes Magos. Lagrimones de la risa. Conversaciones cochinas. Complicidad. Cariño inmenso. Felicidad enorme. En el fragor de la batalla, en plena exaltación de la amistad, se planteó la posibilidad de pasar un fin de semana juntos. Sin parejas, solo nosotros. Somos unos diez, más chicas que chicos. Joder, qué bien nos lo vamos a pasar. Si en cuatro horas andamos con el rímel por la barbilla, la que podemos liar en cuarenta y ocho…

Yo, que me falta tiempo para liarla parda allá donde voy, espeté «De aquí no se levanta nadie hasta que tengamos fecha». Y dicho y hecho: tal finde de febrero. TODOS. ¿Conformes?. Un sí general.

Oeoeoeoeoeoeoeoeeeeeeeee.

VAMOS, QUE NOS VAMOS.

Hubo quien asomó el morro con alguna duda: ¿pero no es un poco pronto? Solo queda un mes. Gritos. Amenazas. PERO QUÉ COÑO DICES, ANIMAL. Nos queremos. Nos queremos mucho. Veámonos hoy, y en un mes, y luego más. Anda, calla. Anda, calla…

Otro, en un minimomento de intimidad, me confesó que «ya verás, tendré pollo en casa». Y, claro, como la intransigente gilipollas que soy, me lancé a su cuello: pero por qué.

Te vas con tus compis de toda la vida.

Tu libertad es tuya.

No entiendo nada.

No hacemos nada malo.

Vaya tela.

Solo vas a pasártelo bien.

La despedida fue menos dolorosa porque sabíamos que, en poco tiempo, íbamos a pasar el mejor finde de la historia de la humanidad.

Vamos a organizar el tema billetes de tren. AY, AY, AY, QUÉ EMOCIÓN.

En un día, las chicas lo teníamos todo listo y preparado, los chicos ni mú. ¿Chicos? ¿Hola? ¿Chicos? HOLAAAAAAAAAAAAAA.

La respuesta no se hizo esperar. Bueno, un poco sí.

No sé yo si ese finde me va bien.

Id vosotros ya si eso.

Es que tengo un cumpleaños.

Es que los horarios no me van bien.

ES QUE MI ABUELA FUMA Y NO SABES DE QUÉ MANERA.

Otra vez yo, la intransigente gilipollas llama uno por uno a los integrantes masculinos de la banda. ¿Esta desbandada no será porque hay varias personas de la pandi que tienen un coño entre las patas, VERDAAAAAAAAAAD? Porque me parecería muy fuerte. Te vas con tus compis de toda la vida. Tu libertad es tuya. No entiendo nada. No hacemos nada malo. Vaya tela. Solo vas a pasártelo bien.

Resumiendo, os cuento que, en efecto, el finde de amigos se ha transformado en el finde de AMIGAS.

Yo entré en una pequeña cólera interna. Con las ganas que yo tengo. No les hace ilusión. Cómo son capaces de perderse esta puta maravilla. Cómo pueden someterse de esta manera. Joder, qué rabia.

Y le he dado muchas vueltas, muchas más de las que debería, COMO SIEMPRE. Y pienso que le tienen miedo a la libertad, a pasárselo que te mueres un finde por si el resto de la vida luego no es igual de maravillosa. Porque uno de Ellos me comentó que no se acordaba de que uno se podía reír tantísimo después de los cuarenta, y a mí entonces me dieron muchas ganas de abrazarle y sentí un espasmo el estómago. Porque yo en la vida solo quiero comer, dormir, ducharme, escribir y mearme de la risa, si es cada día, pues mejor. Como puede ser que no les pase a TODOS lo mismo.

Llegados a ese pensamiento absolutamente talibán, decido que soy, aparte de talibana, GILIPOLLAS por varias razones:

¿Quién dice que ese miedo a la libertad sea menos dañino que mi terror a perderla?

¿Por qué sus ansias de estabilidad, de tranquilidad, de falta de conflicto son peores que mis ansias de disfrute salvaje, que mi terror al aburrimiento, a morirme sin haber hecho todas esas cosas que me entusiasman?

¿Qué me hace pensar que esta lucha continua mía por SIEMPRE MÁS ARRIBA, por SIEMPRE MEJOR es más válida que el «esto es lo que hay, para qué complicarse»?

¿Desde cuándo pelearse con la vida, con el tiempo, con el cansancio es la única opción que existe?

Porque la libertad no sirve solo para tomar decisiones, también para no tomarlas. Para no hacer, en lugar de hacer. Para querer menos, en lugar de vivir constantemente en el «QUIERO MÁS». Y más. Y luego más. Para dejar que otros decidan, para conformarse con aquello que los demás esperan de ti.

Y mientras decido cómo me curo de esta intransigencia mía, de este pánico a no aprovechar cada minuto de mi existencia, sigo rezando a todos los dioses para que cambiéis de opinión y vengáis a pasar lo que va a ser, SIN DUDA,  el mejor fin de semana del planeta, de la historia, de nuestra vida.

La única que tenemos.

 

Lugares sagrados

Me contaba hoy un amigo que se fue con su amante, o con su novio, o con su lo que sea, a su ciudad favorita. Podría ser París, o Londres, o Roma, qué más da. Le enseñó Su Lugar Favorito para desayunar, Su Lugar Favorito para comer, Su Lugar Favorito para sentarse y contemplar la vida de esa maravillosa urbe.

Regresaron de Su Lugar Sagrado y ese loquesea abandonó a mi amigo (por no decir que le dio largas, lo mareó, para luego desaparecer sin decir ni mú). El loquesea (ahora conocido como El Cabronazo), al cabo de unos días, volvió a Londres, o a Roma, o donde fuera, con otra persona, a la que le mostró todos esos Lugares Favoritos que le había robado a mi amigo. Lo sabemos porque Instagram es MUY perro. Qué horror comprobar que has compartido tus templos con semejante bicharraco. Él le regaló, CRASO ERROR,  Su Lugar en el Mundo. Todos tenemos uno, o deberíamos tenerlo.

El mío, no es ningún secreto, es Nueva York. No sé por qué. Quizás en otra vida fui un pato de Central Park. El caso es que Nueva York es mío, y de nadie más. No lo comparto. He ido con amigos, allí tengo a mis Golondrinas, pero sigue siendo mío. No amantes, no novios, no ningún loquesea. Allí soy más yo que en ningún otro sitio. Es más, a veces pienso que solo allí soy YO. No podría soportar que alguien dejara las huellas de sus manazas en los recuerdos de Mi Ciudad.

No comparto muchas otras cosas.

No comparto mi Cola Cao de la mañana, ni el de la noche. Me levanto diez minutos antes que mis hijos para tomarlo en silencio, mientras miro por la ventana como Madrid amanece. Por la noche, nada más apagar la luz de su habitación, me lanzo a por mi taza de Fish Eddy llena de cacao del bueno.

No comparto mis visitas a los cines Verdi, el Crunch que me zampo viendo esa película de la que no hablaré con nadie al salir de allí, ya de noche (porque solo voy a los Verdi de noche), mientras camino hasta mi casa y contemplo a los jovenzuelos que empiezan su periplo nocturno cuando yo ya tengo un pie en la cama (con lo que yo he sido, joder).

No comparto mis paseos matinales por la playa de Mi Isla, al amanecer, ni mi primer desayuno frente al mar.

No comparto TANTOS textos que nunca verán la luz (creo) porque a nadie le importa lo que yo no quiero contar.

Egoísta me han llamado a veces, y yo, que me analizo hasta la saciedad (y hasta el ridículo), me voy corriendo a la RAE, que me cuenta que :

egoísmo

Del lat. ego ‘yo’ e -ismo.

1. m. Inmoderado y excesivo amor a sí mismo, que hace atender desmedidamente al propio interés, sin cuidarse del de los demás.

Y me digo que nunca me querré excesivamente (más quisiera), que los Lugares Sagrados no tienen nada que ver ni con el interés, ni con los demás, ni mucho menos con la RAE.

Hay Lugares que no deberíamos compartir con nadie porque serían como esos deseos que, al contarlos, nunca se cumplirán. Como explotar una pompa de jabón. Como despertarse de un sueño irrepetible.

Mi amigo ya ha aprendido. No lo haré nunca más, me dice. Ahora tendrá que buscar otro Lugar.

Suerte, querido mío.

 

Después de Navidad, hostión de realidad.

Llegó el 31 de diciembre, pasó el 1 de enero. Llenaste hojas y hojas con propósitos, deseos y posibles milagros. Te lo crees TODO. Porque este año sí que sí. VAS A VER.

Y llega el 8 de enero, empieza el cole. Llegaste anoche de casa de tus padres, no tenías nada para cenar, metiste una pizza precocinada en el horno y no te dio tiempo de deshacer las maletas, que lucen desparramadas en medio de tu habitación, con lo cual tienes que pegar saltos por encima de la cama para pasar de un lado al otro. No empiezas bien, querida. El orden era una de las cosas que ibas a implementar nada más empezara el año. La alimentación saludable y orgánica era otra de ellas.

Vaya tela.

Pensabas descansar estas Navidades y lo hiciste, pero luego la cosa se complicó y entre los niños, tus padres y los viajes, estás agotada. QUÉ BIEN.

A la labor de deshacer las maletas de toda la familia, lavar la ropa sucia y ponerlo todo en su lugar, se suma el tema de quitar el árbol. Para colmo, este año te poseyó el espíritu salvaje de la Navidad y compraste un bicho de dos metros y pico, y trescientos adornos. Desmontar eso te va a costar tres horas y un despelleje de manos importante, porque el abeto, aparte de enorme es muy natural y tiene unos pinchos que ni te cuento.

Hasta volver al trabajo parecía guay, porque este es el año del borrón y cuenta nueva: vas a llevar tus tareas al día, no te estresarás y cumplirás tus objetivos sin pestañear. Has llegado a la oficina con tu agenda nueva maravillosa, con otra que te han regalado y con una de mesa ideal que te compraste porque ahí ves la semana entera y no solo el día. Has apuntado todo lo que tienes que hacer en las tres, no sabes cual mirar ni por dónde empezar. Te da vueltas la cabeza. No acabas este mogollón ni para agosto.

Coño con las vacaciones.

Al sentarte, has notado como tu lorza turronera luchaba contra el botón del pantalón y sobresalía por encima. Ya tienes flotador para el verano. Te desabrochas el botón y la cremallera le sigue. Te estás viendo las bragas y el michelín. FANTÁSTICO.

Vas a comer caldo hasta marzo pero casi que empiezas mañana, que con el follón del viaje no te ha dado tiempo a cocinar nada. Hoy unos espaguetis, que se cocinan rapidito. Salsa de bote, CLARO.

Quieres estrenarlo todo, los bolis, libretas nuevas, hasta los muebles cambiarías. Irás de rebajas, renovación de armario. Huy que no puedo: las extraescolares, la compra del súper que es que no hay nada, las PUTAS LAVADORAS.

El 2018 iba a ser el año de la paciencia maternofilial. Papá Noel, las borracheras y tu índice glucémico desmesurado te han provisto de una templanza importante hasta el 8 de enero pero ayer tus criaturas ya la liaron. Se echaron encima el desayuno, se olvidaron los libros y no han traído lo necesario para hacer los deberes. Estás del hígado. Para variar.

Ya si eso para el 2019 te conviertes en una madre zen.

O no.