Me llamo Sol, nací en el 73, tengo dos hijos adolescentes y ahora mismo soy coach, escritora y ponente en temas relacionados con el autoconocimiento y el desarrollo personal. Me encanta mi profesión y me encanta mi vida, pero hasta hace ocho años el panorama era bastante diferente: trabajaba en marketing y vivía inmersa en el bloqueo, el desasosiego y el agotamiento. Me sentía totalmente perdida. La empresa y la maternidad se tragaban toda mi energía y no sabía por dónde empezar para salir de esa situación, así que permanecía inmóvil, dejando que el estrés campara por mi cuerpo a sus anchas, con todo lo que ello conlleva: lumbalgias, anginas, herpes,…
Hasta que, aún no recuerdo muy bien cómo, reuní fuerzas y decidí decidir. Y desaprender para aprender. Y formularme preguntas muy incómodas. Y respondérmelas. Seguí un proceso de coaching, empecé a investigar cómo funciona el cerebro humano en general y el mío en particular. Me formé como coach, como Practitioner en PNL. Me convertí en mi propio conejillo de Indias y aquí estoy, sintiéndome capaz, libre y plena. Por fin.
En este programa voy a compartir contigo, a través de ejemplos del día a día, pautas claras y muchos ejercicios prácticos, todo lo que he aprendido durante estos años y que ha borrado de mi vida la parálisis y la insatisfacción. Todo lo que me ha llevado a la expansión, a priorizarme, a cuidarme, a saberme suficiente, a sentirme alineada con mis decisiones y con mis acciones. A que me pase lo que quiero que me pase.
Desde luego, tengo delito. He escrito sobre casi todo lo que nos envuelve en estas, nuestras vidas de féminas del s. XXI. Pero aunque las he mencionado de soslayo, todavía no les he dedicado un artículo a LAS AMIGAS, a mis amigas.
Tengo las mejores amigas del planeta y ha llegado el momento de daros las gracias, mis chochinguis, por tantísimas razones…
GRACIAS porque si no fuera por vosotras, no estaría aquí escribiendo estas líneas. Me distéis el coñazo (mucho) hasta que me rendí y empecé a plasmar en este blog todas esas burradas que antes solo decía. Ni que decir tiene que no necesito más musas que vosotras. Sería materialmente imposible que a mí sola se me ocurrieran tantísimas salvajadas sobre polvos, piedras coñiles, penes… Sois una fuente inagotable de sabiduría e inspiración.
GRACIAS porque con vosotras puedo ser yo misma y soltar por esta boca cualquier improperio sabiendo que no me lo tendréis en cuenta.
GRACIAS por nuestra complicidad, porque esas miradas telepáticas, porque no hay que contextualizar, dar explicaciones, buscar excusas. No con vosotras.
Muchas GRACIAS por aceptarme tal como soy, no es fácil, lo sé: me quejo, me enfado, me obsesiono, me pongo de muy mala hostia, muchas veces. Y ahí estáis, pasando de mis cabreos, PERO NO DE MÍ.
GRACIAS porque con vosotras puedo ser incoherente, incorrecta, insoportable. Siempre seguís ahí (al menos de momento).
GRACIAS por decirme verdades que no quiero oír, por nunca atacarme con el “ya te lo dijimos”, aunque me hayáis advertido mil veces.
GRACIAS por apoyarme, aunque no siempre me entendáis (algo muy normal, teniendo en cuenta que, normalmente, no me entiendo ni yo).
GRACIAS por respetar mis silencios y mis gritos, por llorar conmigo y, sobre todo, por reír todas juntas hasta hacernos pis y conseguir que el rimmel nos chorree por toda la cara. Nunca fuimos comedidas, PA QUÉ.
GRACIAS por no tener pelos en la lengua, por pasar del qué dirán, POR TENER ESOS OVARIOS TAN GIGANTESCOS. A vuestro lado hay que ser valiente, no hay más remedio.
GRACIAS por no permitir que la distancia nos aleje, por hacer que todo aquello que nos une pese más que unos cientos o miles de kilómetros MUY insignificantes.
Gracias, mis maravillosas compañeras, porque vuestra amistad es la gasolina que mueve el mundo.
Queridas todas, ayer, cotilleando por Internet, encontré un artículo acerca de maltratos a los que una vagina no debería ser sometida: hablaba de higiene, cuidados mínimos y esas cosas. Yo he querido ir más allá y he redactado siete mandamientos sobre autoestima vaginal que espero nos sean de utilidad a todas.
Los podéis leer en mi blog hermano, Weloversize.
Besis
No podemos negarnos ante la evidencia: nos marean. O nos dejamos marear. El caso es que este fenómeno paranormal se da muchas más veces de lo deseado. Si no, de qué iba a ser mi post sobre ello el más leído de la historia de estas Claves.
Es por ello que la investigación ha de ir mucho más allá. Profundicemos, amigas, porque solo el conocimiento al detalle nos salvará del mareador.
Es común la confusión. Muchas veces no tenemos claro si nos están mareando o no y esto es porque existen tantas tipologías de mareador (y mareadora, supongo) que es imposible enumerar unas características comunes a todos ellos. Yo, hasta el momento, he detectado las siguientes variantes:
El Mareador Común: no hay duda con este. No se corta un pelo. Marea, lo sabe, lo disfruta. Cree que es un derecho innato. Es tan jodidamente descarado que no te lo puedes creer y, de hecho, no te lo crees, por eso sigues ahí, haciendo el gilipollas, sometida a sus vaivenes. Él es el caso más típico. Te llama para quedar, luego cancela. Te manda un whatsapp, cuando contestas él ya ha desaparecido. Y blablabla.
El Mareador Sensible: me atrevería a afirmar que este es aún más peligroso que el anterior. Sus ojitos de cordero degollao, sus excusas, su discurso cariñoso pueden confundirte MUCHO. Es capaz, incluso, de presentarse como víctima cuando tú, ya jartita de sus “te echo de menos”, “muero por verte”, “he soñado contigo” seguidos de sus “me ha dado una insolación, tenemos que posponer”, “maldito corte de digestión, no puedo quedar”, “me he roto una pierna, mejor lo dejamos para otro día”, le mandas a tomar por el jander con todas las letras. Es de los que te preguntará si te pasa algo con él, te reprochará que estás muy borde y, por supuesto, no te hará ni puto caso y seguirá con sus mensajes de amor a las seis de la mañana hasta que le bloquees.
El Mareador Transoceánico: normalmente es un ex-novio, ex-rollo o ex-algo que tuviste cuando pasaste un año en USA, o un verano en Londres, o unas vacaciones en Sicilia. Lo vuestro fue amor del bueno, o no, qué más da. El tema es que, periódicamente, aparece. Te manda fotos suyas subiditas de tono porque, claro, está lejos y si no, la cosa no se calienta. Cuando ya te tiene tontorrona perdida empieza con los “te quiero mucho”, esa frase tan ambigua que le puedes decir a tu hermana, a tu madre, a tu perro o al amor de tu vida. Y ahí te quedas tú pensando a qué se refiere exactamente. En el peor de los casos, la foto se convierte en una cantidad ingente de mensajes que reavivan vuestra pasión hasta límites insospechados. Esta tipología se subdivide en:
a. Mareador Transoceánico ennoviado: aquel que, tras tres mil doscientos mensajes de amor con sus correspondientes fotos picantes, te confiesa que, o tiene novia (y se le había olvidado) o justo acaba de conocer a una que vive en su barrio (qué casualidad) y no a tres mil kilómetros como tú. Así que casi mejor te vas pegando una duchita fría, guapa. OBVIAMENTE, no será él el que confiese, motu proprio, la existencia de la chati. O te lo encuentras de morros en su foto de perfil de Facebook, donde aparecen abrazados y sonrientes, o te lo confiesa tras un interrogatorio que ni la CIA.
b. Mareador Transoceánico desaparecido: de la noche a la mañana se lo traga la tierra. No contesta ni llamadas, ni mensajes, ni mails, ni privados de ninguna red, ni telegramas, ni burofaxes. Es inevitable, tu primer pensamiento será que ha tenido un accidente. Dejas de llamar a los hospitales cuando le ves en Facebook sano, sanísimo y de copazos con los amigos.
c. Mareador transoceánico recurrente: no es más que un mareador común pero que se extiende en el tiempo de forma desorbitada. Cada cinco años aproximadamente, reaparece, te marea y luego ni mú hasta el siguiente lustro. Por razones obvias, esta variedad se da normalmente pasados los cuarenta. Más que nada porque antes no hay margen suficiente. Personalmente, encuentro a este mareador incluso entrañable: lleva media vida contigo, ya sabes de qué va el tema con lo cual no te comes el tarro. Eso sí, aburre.
Ahora mismo se me ocurren más prototipos de mareador pero mejor lo dejo aquí, comentamos y, si eso, la semana próxima seguimos con el tema. Ah, por favor, no os cortéis, añadid los tipos de mareador que hayáis descubierto. La lista es larga, amiguis.
Resulta que este finde celebrábamos la despedida de soltera de nuestra amiga Cristina. No puedo dar muchos detalles de la selebreishon por cuestiones de discreción, pero adelanto que me ha inspirado, al menos, diez artículos.
El caso es que estábamos todas sentaditas alrededor de una bonita mesa, en un restaurante de postín de la capital. Me levanto para ir al baño y, cuando vuelvo, dos de ellas están comentando algo sobre “las alianzas de la primera Guerra Mundial” y “el matrimonio de los Reyes Católicos”. El resto, calladitas y atentas.
Ay, Dios mío.
QUIÉNES SOIS Y QUÉ HABÉIS HECHO CON MIS AMIGAS
Yo ya estaba imaginando que alguna abducción extraterrestre se había apoderado de sus pervertidos cerebros mientras yo hacía pis. Ellas seguían con sus debates históricos y a mí se me empezaba a saltar el lagrimón. Qué cabrones los alienígenas. Qué os han hecho. Podían haberos despojado de cualquier otra habilidad que no fuera tan fundamental como la capacidad de decir bestialidades sin cesar. Vuestro tesoro más preciado. Vuestra esencia.
Ya me hallaba al borde del cataclismo ante la explicación detallada sobre la Batalla de Galípoli, cuando se acerca el maÎtre y nos pregunta quién es la novia. “Yo” dice Cristina muy sonriente. Y allá que el caballero suelta “Mira, yo anulé mi boda veinte días antes de la celebración y ahora llevo dieciocho años con Laura”.
Silencio.
Alucine.
¿Quién es Laura y qué pinta en nuestra despedida de soltera?
El hombre prosigue con su explicación, TAN apropiada para una novia en ciernes: “Veinte días antes me enamoré de otra, qué le vamos a hacer”.
A esas alturas estábamos toda bizcas. LA MADRE QUE TE PARIÓ, MAÎTRE
Y allá que salta Inés y le replica “Hombre, veinte días antes no sería”. Miradas inquisidoras, hombre acojonao.
“Bueno, fue un año antes pero decidí dejar a mi novia a los veinte días de la boda”.
TOMA YA, CASTAÑA PILONGA.
Como si nada. Y se pira.
Cómo se puso el gallinero, señores.
“Vaya morro”, “Qué hijoputa”, “Pobres chavalas”, “Imáginate a la pobre novia”, “Yo se la corto” y un largo etcétera de lindezas salieron por esas, nuestras boquitas. Ante tanto insulto, yo me sentí aliviadísima porque era posible que las lecciones de Historia hubieran sido solamente un lapsus, de esos que se dan una vez cada cien mil millones de años, rollo cometa Halley. Pude confirmarlo cuando, tras la intervención del marido de Laura, volvimos a las andadas, como si Juana la Loca y Von Bismarck jamás hubieran existido. Nos encanta poner a caldo a los adúlteros pero cambiamos de tema porque, a diferencia del señor del restaurante, tenemos dos dedos de frente y nos constaba que el abandono ante el altar no era algo a tratar a dos meses del bodorrio de nuestra amiga.
“Candela, cari, ¿cómo te va la piedra lunar?” Le pregunto a mi amiga, la esotérica. (Os recuerdo que Candela nos informó hace meses sobre los huevos de obsidiana que te introduces en la vagina con fines terapéuticos y le dediqué un bonito post)
“Pues ahí está, de momento noto que sueño más intensamente, pero nada más”.
La intención de Candela, aparte de fortalecer su suelo pélvico, era “encontrar amantes guarros”. Sí, así de Fabulosas son mis amigas.
Y continúa su relato, muy ofendida porque en su barrio hay tanta contaminación lumínica que, con tal de cargar el huevo con energía lunar, se había tenido que ir al campo “porque claro, si la pongo en mi ventana, la piedra se carga con la luz de la farola, los rayos láser de la discoteca de al lado y el neón del bar de abajo. Y vete tú a saber qué le podría pasar a mi chirri si me meto eso ahí dentro”.
“Pues, Candela, se te transforma el toto en una tortuga ninja mutante, como mínimo”, le contesta Inés.
Risas.
Descojone.
Chorros de rimmel por nuestros mofletes.
Amigos alienígenas, si en algún momento os planteasteis lobotomizarlas, os habéis arrepentido y os lo agradezco desde lo más profundo de mi corazón.
Cuando Candela se pudo recuperar de las carcajadas, nos contó que ella no pierde la esperanza, que estaba convencida de que la piedra lunar coñil iba a borrar la memoria de sus bajos para así no repetir patrones dañinos. “ADIÓS, PENES DEL PASADO”, espetó ella con los brazos abiertos y la mirada al cielo. “HOLA, PENES DEL FUTURO”, contestamos todas sin acuerdo ni ensayo previo.
Más lagrimones.
Más carjadadas.
Ni que decir tiene que la cosa no acabó aquí y que nos pasamos la noche hablando de piedras coñiles, de la posibilidad de que fornicar se admitiera como deporte olímpico, de que a mi amiga Nuria todos los vibradores le parecen pequeños, de la borrachera de la noche anterior…
Habrá a quien estos diálogos nuestros le puedan parecer soeces, chabacanos e, incluso, gilipollescos. En efecto, lo son. Algunos nos tildarían, escuchándonos, de superficiales y ordinarias. Y lo somos, MUCHO, así como también somos: tolerantes, cachondas mentales, inteligentes, espabiladas, cariñosas, buena gente, honradas, currantas, emprendedoras, valientes, sensibles, madres entregadas, locuelas a veces y amigas SIEMPRE.
Que nadie se equivoque: NADA nos define, nuestras palabras TAMPOCO.
Esta vida nuestra llena de responsabilidades, bien se merece un ramillete de compañeras asalvajadas, siempre dispuestas a decirla más gorda que tú. Que no nos importe el qué dirán. Digamos muchas palabrotas, seamos irreverentes, escandalicemos si nos apetece. No esperemos el premio a las más correctas, nadie nos lo va a dar.
Démosle a la risa la importancia que realmente tiene, que es MUCHÍSIMA. La risa consuela, relaja, cura.
Riamos compañeras, TODO LO POSIBLE y, por el amor de Dios, no me peguéis más disgustos históricos, que me perdéis.
Para escribir esto me he tenido que ir a un Starbucks al más puro estilo Carrie. La ocasión lo merece. Podría deciros que “le pasó a una amiga mía” pero no iba a colar, así que seré sincera.
Me encantan los masajes, no me canso de ser masajeada y mi día ideal SIEMPRE empezaría con un buen masaje. Me he dado masajes en varios países, en Tailandia ya ni os cuento. Con esto lo que quiero decir es que me han dado muchos masajes de muchos tipos, muchas personas.
En Madrid me aficioné a un sitio thai maravilloso y carísimo de esos que abren siete días a la semana, 14 horas al día. Pero hostia, me dejaba el sueldo, así que decidí probar masajes thai más plebeyos y un amigo me recomendó un local que me pareció cutre pero oye, a mitad de precio que las superthai.
Allá voy yo y qué alegría más grande cuando veo que por dentro es monísimo y muy zen.
Y aparece el masajista en cuestión: pelos rasta hasta la cintura y cejas depiladas rollo Spock.
Se me ha escapado una tribu urbana nueva, está claro. Me quedo un tanto patidifusa y pienso que o se recoge el pelamen o se le llenará de aceites esenciales.
Me lleva muy amablemente a la colchoneta colocada en el suelo que hará las veces camilla. No camilla, rastas hasta el jander… Empiezo a pensar en las posturas y en como lo vamos a hacer para que no me restriegue los mechones por el body (a estas alturas ya veía yo que el joven no se iba a hacer ningún tipo de recogido capilar).
Me pongo las bragas de papel rollo Dodotis (esto va mejorando) y allá que le espero yo boca arriba tapada con unas telas étnicas a juego con las rastas.
Y empezamos.
Rasta Spock tenía las manos totalmente congeladas, JODER. Me cabreo. Poco a poco se le van calentando.
Aquello no era tan thai como mis amadas thai carísimas pero bueno, su aceitito caliente, presión adecuada…
Y me pongo boca abajo.
Qué bien, ha llegado el momento. Tengo contracturas hasta en la rabadilla y el momento masaje espalda es siempre celestial. Además, Rasta Spock me había preguntado dónde las tenía. “Aquí”, había dicho yo, señalando mi lomo. No había pérdida. “Entre los omoplatos, sobretodo” había concretado, por si no percibía las contracturas tamaño mandarina. No podía fallar.
Mujeres del mundo que teneis una talla de sujetador superior a la 85 … Sabéis que cuando te pones boca abajo, el pechamen sale por los lados ¿no? Bien, yo no estoy precisamente plana, con lo cual por los lados sale BASTANTE. Pero el tema es que en los flancos no tengo contracturas, con lo cual las glándulas mamarias no habían molestado jamás para nada, HASTA QUE LLEGÓ RASTA SPOCK.
Prueba gráfica de tetamen asomando.
No me preguntéis en que Escuela Thai estudió, o donde se pensaba que estaban mis omoplatos.
Me masajeó los flancos, o sea la media teta que se me salía por ambos lados, aproximadamente 76 veces.
QUÉ MOMENTO, SEÑORES… ¿Qué hago?, ¿le digo algo?, ¿se trata de un movimiento nuevo desconocido por las thai pero muy en voga entre los masajistas thai semijamaicanos?, ¿o me está metiendo mano descaradamente? Si ese es el caso ¿lo disfruto? Joder, desagradable no es, aunque el rollo Rasta Spock no es lo mío…
Decido relajarme y disfrutarlo, DE MOMENTO.
Ni que decir tiene que, llegado el momento, las contracturas que tengo en el culo las encontró y las trató, PERO A BASE DE BIEN.
Braga dodotis metida por el jander hasta el intestino y, hala, a amasar.
Acaba la manoseada trasera, volvemos a darme la vuelta. “Si por detrás me ha puesto fina, lo de por delante ya puede ser sideral”, pensé yo.
El chaval, muy profesional, me planta una toallita tapándome las tetas (las que ya me había manoseado hasta la saciedad) y ME BAJA LA BRAGA DODOTIS HASTA EL MÁS ALLÁ.
O sea, no me ves las tetas pero me estás viendo el jilguero. BIEN.
Toca el masaje barriguil.
No sé donde pensáis que acaba la barriga por la parte inferior, pero yo os lo voy a aclarar: justo donde empieza la rajita. O sea, la parte superior del chirri pertenece al abdomen, al menos en la zona de Tailandia donde Rasta Spock estudió.
Os recuerdo que para más inri, yo estaba con los ojos cerrados, así que tampoco tenía muy claro por donde pasaba la mano, era todo un rollo sensorial. Pero vaya, que sensorialmente tengo muy claro donde tengo la barriga y donde el parrús.
Ahí ya me empiezo a plantear seriamente que la cosa se puede desmadrar (aún más) y me vuelven a asaltar las dudas: ¿Y si baja más la mano?, ¿me dejo o le fostio? Por un lado la cosa era cachondona, pero cuando lo físico me ponía tontorrona, lo cerebral me recordaba el look Rasta Spock y la líbido se iba a tomar por c**o.
“Y yo que había venido a relajarme y me estoy contracturando aún más…”
Acabamos con la zona pélvica y vamos a la craneal.
Y ahí es cuando la problemática que yo había planteado al principio, se manifiesta. Rasta Spock sentado en la parte superior de la colchoneta, masajeándome pescuezo (por fin me toca alguna contractura alejada de mis zonas erógenas) y una de sus rastas dando paseíllos por mi jeto.
CANGONTÓ LO QUE SE MENEA.
Vamos terminando y el joven me envuelve cual rollito de primavera en las telas étnicas.
Él que me pregunta qué tal y yo medio adormilada, medio al borde del colapso le balbuceo que “Bien”, añadiendo mentalmente “¿y tú, cari, te has quedado a gustito?”
Y el colega que se abalanza para darme dos besos y yo, que por el desarrollo de los acontecimientos pienso que me puede meter la lengua hasta el duodeno.
No lo hace.
“Chato, si me besas, que tampoco es necesario (las thai no me besan JAMÁS), lo haces cuando esté vestidita y pagando y NO EN BOLAS HECHA UN CANELÓN.”
Ya vestida y por las calles no salía del shock. Y en estos casos lo mejor es llamar a una amiga. A poder ser a alguna que se vaya a descojonar.
-Mabel, querida, salgo de un masaje thai dado por un Rasta Spock y juraría que me ha pegado la metida de mano del siglo.
La otra se descojona, más por imaginar las rastas y las cejas together que porque me metan mano y encima pagando.
Le planteo varias preguntas :
– Tía y si la cosa hubiera ido más lejos, ¿qué hago? ¿me dejo?.
-Pues si te ape…
Siguiente cuestión:
– ¿Y le dejo propina?
– Pero qué dices tía, para nada. Que lo hace porque quiere. Si acaso te tiene que hacer descuento.
Joder, cuanta sabiduría encerrada en un cuerpo tan pequeño.
Pasados los días, cada vez tengo más claro que Rasta Spock se puso fino filipino y me asaltan más dudas… ¿vuelvo? La verdad es que me cobraron la mitad que las thai y tampoco estuvo mal. ¿Si vuelvo pensará que me ha gustado y quiero aún más?
En un momento dado y si lo negocio bien, podría sacar descuento a cambio de disimular y hacer ver que tengo contracturas en sitios donde no hay ni músculos. Al final, lo que más me molestó fue el paseo de su rasta por mi cara…
De repente recuerdo un capítulo de Sexo en Nueva York en el que Samantha se ofende porque un masajista buenorro no le provee del final feliz que le había dado a otras clientes. Con lo que me mola a mí la serie, Samantha y los finales felices.
Superintrépida, cojo el teléfono para pedir hora con Rasta Spock. Y le visualizo, tan Rasta y tan Spock. Y visualizo también al masajista buenorro de Samantha. Joder, nada que ver. Seamos realistas, yo nunca fui de sucedáneos.
Así que decido no llamar y volver a mis queridas thai. Sí, me cobran el doble, PERO ME ESTRESAN LA MITAD.
Estoy de comprar uniformes, libros, libretas y demás bártulos escolares hasta las mismísimas narices. Los niños están del hígado y yo con ellos. Aún no sé qué días tienen las extraescolares. No puedo organizarme. La chica que me ayudaba ha vuelto a Ucrania. Me da vueltas la cabeza. Voy a morir, o algo parecido. Ayer empezó el cole y espero que en una semana mi vida vuelva a sus cauces o me dará un flus de los graves.
En el instante en el que mis pensamientos fatídicos van a desembocar irremediablemente en una crisis histérica necesito escuchar una de esas canciones que quitan el sentío o, en este caso, lo devuelven. A mí la música me calma, me anima, me cura. Durante los últimos días he sobrevivido gracias a “La bicicleta”.
Los niños se peleaban quince veces al día, yo me ponía “La bicicleta”.
No encontraba polos blancos talla ocho en ninguno de los cuatro Corteingleses visitados, me ponía “La bicicleta”.
Tenía que visitar tres webs diferentes para comprar todos los libros de texto, me ponía “La bicicleta”.
Y así estoy, que no sé si tengo cara de Shakira o de Carlos Vives.
Pero ahora, que ya tengo los pelos más de punta imposible, los colombianos no me bastan. Necesito un temazo que no solo me alegre la vida, sino que me evada, que me traslade a otra dimensión en la que no existen los carpesanos, los menús diarios, los calcetines azul marino de la talla treinta y cinco, que es la más demandada del planeta y por eso desaparecen antes de que los cuelguen en el expositor.
Ay amiguis, amiguiiiiiiiiiiiiiiiiiiis, qué momentazo siento en mis entresijos. Esa melodía me ha acompañado en Nueva York tantos días, en tantos lugares, durante el tiempo que he pasado allí este verano, escribiendo y disfrutando, que en el fondo viene a ser lo mismo. La escuché en una serie y, como soy tope de obsesiva, me la puse en bucle y a lo loco… Y allá voy, hacia esa galaxia lejana en la que no existen ni las prisas, ni las responsabilidades, ni las papelerías.
Llevo días dándole vueltas a la razón de aquella felicidad que solo puedo calificar como SUBLIME, para poder reproducirla en la vida real. Me niego a pensar que ese estado de nirvana se da exclusivamente en la Gran Manzana.
Sigo escuchando mi canción neoyorquina. Extasiada.
Nos hinchamos (o al menos yo lo hago) a leer textos sobre cómo disfrutar los detalles y agarrarnos al aquí y el ahora, sobre cómo enfocarnos y evitar distracciones que nos roban energía. Pues ahí está, básicamente, el secreto de lo que podríamos denominar “mi alegría manhattaniana”. Aquí la menda se alejó del mundanal ruido, aunque pueda resultar a primera vista paradójico, ya que hablamos de la capital del mundo. Pero es que el aislamiento no depende de dónde esté tu cuerpecito, sino de dónde coloques tu sesera. Y la mía vivía encantada levantándose muy temprano, paseando por Central Park a las siete de la mañana, contemplando ese contraste espectacular entre lagos, árboles y rascacielos. Mi sesera zen se limitaba a caminar, escribir y ver a mis dos amigas. Nada más. Y así cómo el que mucho abarca poco aprieta, el que poco abarca, aprieta a lo salvaje.
Mientras me duchaba no cavilaba sobre qué haría para cenar, solo me duchaba.
Cuando reía con mis amigas sobre la hierba de Bryant Park, quería parar el tiempo.
Si me sentaba a desayunar en un bar, lo hacía sin prisas.
Cual súperhéroe mutante andaba yo, con los sentidos hiperdesarrollados, por esas calles, por esas cafeterías en las que me sentaba a escribir durante horas. Escuchaba conversaciones, observaba a los transeúntes para luego soltar una serie enorme de cavilaciones discordantes en mi preciosa libretita azul de Moleskine. Porque esa es otra: nada como escribir para darte cuenta, para estar presente.
No había prácticamente mensajes de Whatsapp, ni mil amigos con los que quedar. No existían los horarios. En mi nevera, una botella de leche. En mi armario, siete modelitos, unas sandalias y mis zapatillas de deporte. En el baño, eso sí, ochenta potingues (que una es minimalista, pero no tanto). La tranquilidad de que mis hijos se lo estaban pasando de muerte con los abuelos y nuestros varios Facetimes diarios, remataban el plan.
Ahí estaba yo, en un lugar dónde, lejos de huir de mí, era mucho más yo.
Decido que mañana mismo desayunaré con calma mientras le doy al boli sobre mi libreta azul, que apagaré los datos del móvil el rato que me dé la gana, que, de camino a la oficina, respiraré esta ciudad que me gusta tanto como aquella.
Uf, ya me siento mucho mejor, mis pulsaciones han vuelto a la normalidad y la idea de forrar los veinticuatro libros que tengo ante mí ya no me produce convulsiones. Nada es para tanto. Viva mi canción, viva Nueva York, viva el césped de Bryant Park.
Como todos los buenos viajes, este me ha cambiado. Que lo sé yo. Me he visitado y me he gustado. Mucho. He conocido un país nuevo, que está entre mis orejas, mis costillas y mis pies.
Ahora que ya sé dónde estoy, iré a verme a menudo.