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Etiqueta: blog de humor para mujeres

Receta para el mal de amores

Ayer me escribió una de mis lectoras. La pobre se halla inmersa en un mal de amores de esos que se quedan pegados a tus tripas, a tu piel, a tu corazón “Siento que me tiene que pedir perdón. Han sido tan, tan, tan hijo de puta…”. Me preguntó cómo había superado yo la ruptura más dolorosa de mi vida. Le conté los remedios típicos, lamentando muchísimo no poder arrancarle ese dolor de cuajo. No soy ni psicóloga, ni coach, pero algo sé de la vida: por mi edad, por tanta terapia, por tanto amigo machacado por amores que nunca lo fueron. Así que me he decidido a escribir mi particular receta contra la tristeza.

Toma kilos y kilos de amistad de la buena, de esa que no juzga, que acompaña, que tolera tus gritos, tus locuras, tus llantos descontrolados y los transforma en carcajadas. No estás sola, no te pasa solo a ti. Y si no me crees, échale un ojo a esto, y a esto, y a esto.

Añádele canciones mágicas, de las que te levantan del sofá, que te dibujan una sonrisa: “Young Hearts, run free”, “La Bicicleta”, “Sugar” y tantas más. Me he permitido crear una lista de Spotify para que las tengáis todas a mano. 

Echa un chorro de todas esas gilipolleces que te alegran la vida. Si llevas tanto tiempo triste que no las recuerdas, consulta a tus amiguis. Ve a esa cafetería tan cuqui, cómprate unos calcetines gustosos, date un masaje.

Úntate los labios de rojo, tapa esas ojeras, ve a la pelu, hazte la manipedi, apúntate a yoga, sal a correr, ve en bici. Ponte guapa, mímate, quiérete.

Y luego…

No busques sustituto, la solución no está fuera, sino dentro de ti. Cúrate.

No esperes nada de él. No te vengues. No te rebajes.

No puedes hacer ABSOLUTAMENTE NADA para que él te quiera, para que te pida discupas, para que sea una persona que, en realidad, no es. Solo tienes poder sobre ti, sobre tu cuerpo, sobre tu alma y sobre tu vida.

Sé la persona que tú quieres ser.

Deja de pensar cómo era tu vida con él, cómo sería si siguiera a tu lado. Sueña en cómo será a partir de ahora. Hay todo un mundo esperándote para hacerte feliz, pero solo si tú quieres.

Sé libre, PERO DE VERDAD.

Viaja, conoce gente nueva, explora, lee (especial mención a mi novela. Si no te arranco una sonrisa, te devuelvo los dineros).

Y para terminar, una frase que me dijeron una vez y que siempre tengo muy presente: TÚ YA EXISTÍAS ANTES DE ÉL.

Suerte, amiguis.

 

10 razones para ser soltera (si es que tiene que haber alguna).

Que conste, la única razón válida e indispensable para ser soltera y para cualquier cosa de la vida que solamente te afecte a ti, es que te salga de las narices. Pero, a pesar de que yo no soy de dar muchas explicaciones, hoy estoy de buenas y voy a satisfacer la curiosidad de esos seres para los que mi condición de soltera es algo que precisa justificaciones varias.

  1. Me gusta dormir (y despertarme) sola.
  2. Me gusta viajar sola.
  3. Me gusta ir al cine sola.

(Vale, algunas diréis que se puede tener pareja y cumplir los tres primeros puntos. YA, YA…)

4. No me gusta dar explicaciones sobre lo que hago o dejo de hacer. Sobre nada. Nunca.

(Por si lo estáis pensando: ser una desconsiderada, en mi opinión, consistiría en comprometerme y luego ir a mi bola. Lo que yo hago es ir a mi bola. Sin más.)

5. Me siento una naranja entera. A veces hasta dos naranjas. O tres.

6. No creo que le falte nada a  mi vida. Quizás, si acaso, le sobra. Tengo una existencia rebosante.

7. Si mi maternidad me lo permite, hago lo que me sale del toto a tiempo real. Me voy al cine AHORA. Me voy a dormir AHORA. Me voy a Barcelona AHORA. RIGHT NOW. Sin pedir permiso, sin anunciarlo, sin tan siquiera pensarlo dos veces. Directamente relacionada con el número 4.

8. Mi necesidad de afecto está más que cubierta. Me siento muy, muy, MUY querida por mi familia y mis amigos. (Y apreciada por mis lectoras Fabulosas).

9. No es que no le tenga miedo a la soledad, es que la adoro. A LO BESTIA. (Por si no quedaba claro con el 1, el 2 y el 3).

10. No soy alérgica al compromiso. No es que no sepa. No es que no pueda. Es que no QUIERO comprometerme. 

Y habrá quien me diga que no hable mucho, que cualquier día me echo novio, que eso no lo elige una (Ay, que me da, QUE ME DA), o qué voy a hacer “de mayor”, yo SOLA.

Y contesto (mentalmente porque de palabra ni se me ocurre) que me dicen lo mismo desde hace treinta años, que si no lo elijo yo, quién cojones lo va a hacer, y que hace tiempo que soy adulta pero nunca seré lo suficientemente mayor como para decidir cómo vivo empujada por lo que temo, en lugar de hacerlo por lo que deseo.

Ah, y que tú haz lo que quieras con tu vida, que de la mía ya me encargo yo. Estupendamente, además.

   

La infidelidad: ¿hijoputez o cobardía?

Llevo unos días con ganas de escribir sobre el tema de la infidelidad. Sí, ya lo hice, dos veces, pero quería hacerlo otra vez. Qué pasa. Y, buceando por la red, encuentro este artículo y su título me llama mucho la atención.

TENDENCIAS DEL ADULTERIO EN ESPAÑA

Un estudio concluye que el 30% de la población es infiel

Lo de “tendencias” es, cuanto menos, gracioso. Me recuerda a las modas, a lo que se lleva, a lo que está en voga. Lo del 30% me sorprende. Yo juraría que se les han escapado unos cuantos infieles porque, al menos en mi entorno, la infidelidad ronda el 75%, así a bote pronto.

Yo sigo leyendo, a ver qué descubro. Resulta que el 83% de los encuestados creen que es posible ser fiel durante toda la vida. O sea, por poder, puedes ser fiel, PERO NO TE DA LA GANA. Pues me parece coherente, la verdad. A mí estas cosas de “no he podido remediarlo”, “no lo eliges tú” o “aquello era inevitable” me tocan las narices sobremanera. El humano se distingue de los animales por su raciocinio, o eso me contaron las monjitas de mi cole.

Nos informa una psicóloga de que, por un lado, la mayoría de la población cree en el “amor romántico” ese de “contigo pan y cebolla” y “hasta que la muerte nos separe”, pero que, por otro, ahora vivimos muchos años, o sea, que la muerte como que tarda un poquito demasiado en llegar y, mientras tanto, te has cansado del que tienes al lado. PUES NORMAL. Cuando solo vivían cincuenta añitos debían pensar “Pa lo que me queda, mejor no cambio”. Yo juraría, llámame desconfiada, que esta evolución hacia los cambios de pareja sucesivos, los cuernos sucesivos y el follaje sucesivo, se ha dado sobre todo en las mujeres. De toda la vida, los tíos infieles eran unos machotes y las tías infieles unas pedazo de putas, así que, por muchas ganas que tuvieran, no perreaban con otro que no fuera su pareja. Con el tiempo, no solo vivimos más, sino que quizás algunas se pasen por el forro lo que piensa el resto y le dan rienda suelta a sus furores uterinos.

No sé, digo yo.

Aún así, parece que estamos lejos de la igualdad, también en esto. Los hombres se confiesan infieles en un 29% frente a un 18% de las mujeres (insisto, o la población adúltera se acumula a mi alrededor o hay gente que miente más que habla). Algunas teorías mantienen que esto no es tan así, que las chicas ponen los cuernacos igual que los chicos, pero que nosotras somos más discretas. No vamos cacareando por ahí a cuantos nos hemos tirado. Hay que ver, qué listas somos…

Y ahora llega mi parte favorita. Es a partir de los cinco años de relación cuando suelen comenzar las infidelidades, por aquello de la rutina. Y digo yo… si a los cinco años te aburre tu pareja, ¿por qué coño sigues con ella? No quiero ni imaginarme lo que te pasará al cabo de diez o de veinte. Pero, oye, que ahí sigue la gente, muerta de hastío y cepillándose hasta al apuntador. Qué martirio, madre del amor hermoso. Y, ojo, que no lo digo desde el punto de vista del cornudo, sino del adúltero. Esto no hace más que apoyar mi teoría de que cometemos el ENORME error de considerar las relaciones breves como un fracaso y, claro, antes muerto que fracasado. Yo tengo una relación supermaravillosa de la muerte, veinte años juntos, qué amor, qué estabilidad, qué cosa más bonita. Y me cepillo a mi secretaria, al profe de tenis de mis hijos, a la farmacéutica y al jardinero. Pero oye, que de fracaso nada, porque mi matrimonio es largo DE COJONES.

Otra razón que aducen los infieles, aparte de que se aburren lo más grande, es que su pareja “No les hace suficiente caso”. No entraremos en lo que es “suficiente”, pero sí me encantaría saber qué tiene que ver eso con que otro te la meta o con que la metas en otra. MÍ NO COMPRENDE. Si te sientes ignorada/o, casi mejor te piras, ¿no?

Otros, en la infidelidad, buscan una experiencia diferente, que me parece maravilloso, pero si lo que te va es la variedad, has elegido el camino equivocado. Tú lo que quieres es ser soltero, pero ya es tarde. Lo de estar divorciado es la segunda opción válida. Algunos se justifican diciendo que se acuestan con otros en venganza por los cuernos que les ha puesto su pareja. NORMALÍSIMO, porque de todos es sabido que los polvos se contrarrestan, si tu marido se acuesta con tres y tú haces lo mismo, es como si él no lo hubiera hecho. Digo yo que será algo así porque si no, lo siento, pero VAYA GILIPOLLEZ TAN ENORME.

Lo de que con la infidelidad buscan reavivar la llama del amor matrimonial ya es LO MÁS GRANDE. “Es que así te das cuenta de que lo mejor lo tienes en casa”. Pero, ¿qué es lo mejor? No sé, se me ocurre que quizás es la que mejor la chupa, o el que mejor huele, o la que mejor hace los espagueti carbonara, o el que mejor juega al fútbol… Y, otra pregunta, ¿vas a tener que comparar con el resto de la humanidad para asegurarte de que tu cónyuge es lo más de lo más? Pues guapa, se te va a quedar el toto como una hamburguesa, aviso.

 

La búsqueda de autoestima y confianza en uno mismo es la última de las posibles razones para ser infiel. Porque de todos es sabido que tu valía como persona depende de cuantos estén dispuestos a darle al mambo contigo. Huy, pues entonces yo, ahora mismo, debería pegarme un tiro. Os recuerdo la defunción de mi chirri, que sigue igual, gracias por preguntar.

    

  Y termino el artículo sin que me haya aclarado nada, para empezar porque no me creo ni los porcentajes, ni las razones para andar por ahí engañando al personal. Quizás ya es hora de darnos cuenta de que los humanos, la mayoría de las veces, obramos de una manera u otra porque nos da la gana y punto. Llámale egoísmo, cobardía, patología, qué mas da. También, creo yo, es hora de dejar de justificar nuestras conductas y las del prójimo, y tener la valentía de abandonar a la persona de la que ya no estás enamorado o a la que te está poniendo unos cuernos de metro y medio. Seríamos todos MUCHO más felices.

20 gilipolleces que me sacan de quicio

Es que es lunes y he dormido fatal, y he pensado que lo de escribir algo negativo no molaba, pero luego me he dicho a mí misma, qué coño, hay cosas que te sacan de quicio y quizás les pase lo mismo a otros y, al leerte, se sientan un poco más normales y comprendidos, porque ya se sabe “Mal de muchos, consuelo de tiquismiquis”. En el fondo, con este post, estoy desarrollando una bonita función social (y desahogándome, pa qué engañarnos).

1. Las dependientas que te persiguen por las tiendas cuando ya has aclarado que “Solo estoy mirando, gracias” y ellas ya te han dicho que “Si necesita algo, pregúnteme”.

2. Que el teléfono se apague cuando aún le queda un 13% de batería. Qué cabrón.

3. La maquinita que contesta cuando llamas a Vodafone, que no entiende qué le dices y te mete en un bucle de “pulse 1, pulse 2, pulse 3”. Acabo gritando como una enajenada “QUE ME PASES CON UN OPERADOOOOOOOR”. Y ella repite, “pulse 1 si su consulta…”. A LA MIERDA.

4. El wifi que no llega bien a la habitación, con lo cual mi amada Alicia Florrick se queda paralizada cada dos por tres. Del hígado me pongo. No me puedo dormir. Quiero estrujarle el cuello al responsable, que no sé quién es, claro.

5. Que en los establecimientos no tengan cambio y te miren como si fuera culpa tuya el no llevar el importe exacto.

6. La gente que entrecomilla lo “no entrecomillable”. 

7. Los listillos que corren para pillar el primer taxi del aeropuerto cuando tú vas con dos maletas, los niños…

8. Los restaurantes y cafeterías con la música alta. Que no he venido a bailar, COJONES.

9. Esas personas que se colocan a la izquierda en las escaleras mecánicas y no se dan por aludidos cuando te plantas detrás. Déjame subiiiiiiiiir.

10. Los que leen por encima de tu hombro en el metro, en el bus, en el avión.

11. Las teteras que queman y chorrean té por toda la mesa, por tu mano, por el plato. 

12. Los bocatas de jamón que casi no llevan jamón. Cualquier bocata cuyo relleno se transparente. Cóbrame más, pero dale sustancia, POR FAVOR.

13. La cantidad de mierda que hay por las calles de Madrid. Llamar cada día al 010. Que al cabo de doce horas de no haber llamado el zurullo y la bolsa de basura que hay delante de mi puerta sigan ahí.

14. Frases tipo “Mi marido me ayuda mucho con los niños”. Agh, los micromachismos (ese será otro post).

15. LOS QUE ESCRIBEN EL MAIL ENTERO CON MAYÚSCULAS. QUE NO ME GRITES.

16. Los tíos que te tiran los trastos a ti, a tu amiga y a tu prima, y se piensan que no os lo vais a contar. Venga, chaval…

17. Los sonidos corporales: sorbida de mocos, carraspeo contínuo. POR DIOS, QUÉ ASCO.

18. Los comerciales de lo que sea que, ante tu negativa, preguntan ¿Y POR QUÉ NO? Porque no me sale del toto. No se lo digo, cuelgo y ya.

19. Esas personas que hacen “copia/pega” del telediario o el periódico para demostrar lo enterados que están de ABSOLUTAMENTE TODO. Sin opinar, sin argumentar, recitando lo que han oído.

20. Los cotillas. Los que, al saber que soy madre adoptiva, me preguntan si podía tener hijos biológicos. Los que quieren saber si gano pasta con esto de escribir. Los que no tienen suficiente con su vida. Y a ti qué coño te importa.

Lo que Samantha Jones nos enseñó (que es mucho)

Que “Sexo en Nueva York” fue un antes y un después en la historia de las series no es ningún secreto. Que Samantha Jones es el personaje favorito de muchas de nosotras, tampoco. Esta mujer fabulosa nos dio varias lecciones que NUNCA deberíamos olvidar. Te las cuento en mi blog hermano, Weloversize.

Nosotras hablamos, ellos no escuchan. Y así nos va.

De un tiempo a esta parte, he decidido desayunar fuera de la oficina. Me ventilo, me tomo una napolitana de chocolate que, lejos de hacerme sentir culpable, me alegra la mañana, y afronto el día otro talante, quieras que no. Por supuesto, me llevo mi libretita azul y le doy al boli de lo lindo. Porque los bares son un escaparate fascinante para los cotillas como yo. Se puede saber mucho de una persona por lo que desayuna, por cómo lo hace, por qué jeto lleva a las nueve de la mañana.

De todo lo que he descubierto en mis incursiones matinales, hay algo que me llama la atención sobremanera:

El 90% de las mesas están ocupadas por mujeres.
Las mujeres desayunan con otras mujeres, los hombres desayunan solos o con mujeres. 

Curioso, cuanto menos.

He de decir que a mí me gusta tomarme mi té y mis tostadas integrales en sitios monos, con teteras cuquis, no en bares con cientos de servilletas en el suelo, una máquina tragaperras en la esquina y olor a fritanga. Yo ahí no entro, pero observo desde fuera y ahí sí hay tíos, pero tampoco hablan. Se toman su carajillo, miran esa tele que SIEMPRE está colocada sobre la puerta de entrada y que SIEMPRE tiene puesto el canal de fútbol, dejan sus monedas en la barra, a poder ser de un golpe, y se piran.

Los señores que habitan esos lugares normalmente superan los cincuenta y cinco. Dónde se reúnen los más jóvenes para tomarse un café y charlar, es un misterio.

O no.

Volvamos a esas mujeres que desayunan con otras mujeres. Las hay de todas las edades, de todos los estilos. Todas hablan, sonríen, ríen, se alegran de verse, gesticulan, se tocan, SE COMUNICAN.

El lenguaje, a las mujeres, nos conecta, nos libera, nos consuela, nos alegra la vida.

Recuerdo a esa política que se quejaba hace poco en no sé qué convención de que, cuando las mujeres hablaban, los hombres miraban al suelo, le echaban un ojo al móvil… Básicamente, no les interesaba una mierda lo que ELLAS tuvieran que decir.

Busco la razón de semejante falta de respeto y me encuentro con varios artículos que afirman que la voz de la mujer agobia al hombre por no sé qué del tono agudo y que, en defensa propia, el cerebro desconecta.

Tócate los cojones.

Si esto fuera cierto, queridos estudiosos del pasotismo masculino, tampoco nos escucharíamos entre nosotras porque, de momento, no se ha descubierto que el oído de las féminas sea diferente al masculino. Así que no me lo trago, LO SIENTO.

Se me ocurren muchas otras teorías: pasan de oír lo que no les conviene, no les parece interesante lo que tenemos que decir,  practican el yo, me, mí, conmigo de una manera asalvajada…

En este punto creo necesario hacer una aclaración, que luego aparecen los Paolos del mundo y me la lían parda: estoy generalizando, algunos sí escucháis, sí habláis de vuestras cosillas. Pero muchos, PUES NO.

Recapitulemos. Hasta ahora tenemos: mujeres que hablan, mujeres que escuchan, hombres que no hablan, hombres que no escuchan. Lo que viene siendo darse cabezazos contra un muro una y otra vez. Y venga, y dale. Y nos pensamos que la cosa va a cambiar. Ay, que risa, Maria Luisa.

No hay que ser muy listo para deducir que todo esto NO facilita las relaciones, porque os comento que estas, para ser satisfactorias, necesitan de bilatelaridad, reciprocidad, igualdad. O sea, tú hablas y yo te escucho, y a la inversa tiene que ser exactamente igual. O, en lugar de conversación, tenemos un monólogo de lo más frustrante. Para las tías, que se sienten ignoradas, y para los tíos, porque ese zumbido en forma de palabras es de lo más molesto. Con lo guapas que estaríamos calladitas, ¿eh?

Quizás, amigas y amigos, todo eso de “Es que no entiendo a los tíos” o “Mira que las tías son complicaditas”, se condense en una sola cuestión: SIN COMUNICACIÓN ES IMPOSIBLE que nos comprendamos, amiguis. Y no es que yo sea muy lista, es que es de cajón.

Y, chicos, que sí, que ya, que parece ser que a vuestro organismo le falta no sé qué proteína que favorece el lenguaje, que vuestro cerebro rechaza las notas musicales que salen de nuestras preciosas gargantas, que cada uno es libre de rajar de lo que le venga en gana, que si no queréis desahogaros, pues vale.

No sé cual es la solución, dado que ni nosotras vamos a cerrar el pico (menos mal), ni a ellos se les va a abrir la conexión que va del oído a la sesera, así de repente. Supongo que seguiremos contándoles nuestras penas a nuestras amigas y usando los penes de nuestros amigos.

O, quizás, podríais hacer un pequeño sacrificio y probar un día a ver cómo es eso de sentarse con otra persona de vuestro mismo sexo y contarle qué os emociona, qué os disgusta, qué os preocupa, qué os entusiasma. Y que el de enfrente haga lo mismo. Y si de esa salís vivos, a lo mejor decidís hacer una locura, saltar al vacío en plan kamikaze, hacer lo mismo con una mujer y prestar atención a todo lo que os tenemos que decir.

QUE ES MUCHO.