De bodas gays y otras maravillas del mundo moderno.
Hoy quiero confesar, que diría la Pantoja. ME ENCANTAN LAS BODAS GAYS, y os cuento por qué en mi blog hermano: Weloversize.
Hoy quiero confesar, que diría la Pantoja. ME ENCANTAN LAS BODAS GAYS, y os cuento por qué en mi blog hermano: Weloversize.
Hace unos meses, poco antes de mi cumpleaños, escribí un artículo sobre todas esas cuestiones que, a estas alturas, una ya tiene más que claras. Pero es que lo del autoconocimiento, gracias a Dios, nunca acaba. En este par de meses mi sabiduría ha aumentado a lo salvaje (o eso me creo yo) y como muestra, un botón.
Es mentira que la felicidad está en las pequeñas cosas. Charlar con mi amiga durante horas, sin haberlo planeado, en un banco del parque. Descubrir un escritor con el que, en otra vida, sin duda alguna, compartí útero porque si no son imposibles tantas coincidencias y ya sé que NADA ES CASUALIDAD. Comerme una pizza directamente de la caja mientras veo una peli con mis hijos. Sentarme a escribir en una cafetería bonita, tomarme un té English Breakfast con leche y engullir la mejor napolitana del planeta. Bailar hasta la extenuación con Camilo Sesto y Raffaella Carrá. Ver amanecer. Nada de esto es pequeño, sino GRANDIOSO.

Yo, que me pongo del hígado con la música alta donde no corresponde, con el ruido incesante de mis hijos, con esos bares donde los camareros maltratan la vajilla, y las cafeteras parecen máquinas de vapor, me he dado cuenta de que tampoco soporto el silencio absoluto. Ese que te hace sentir que no hay nadie más en el mundo, pero de verdad, que se te mete en los entresijos y te pone tan triste que no te deja ni pensar.
Me gustan las ciudades y cada vez más. La playa o el pueblecito encantador si no hay más remedio y solo un ratito. Mi último descubrimiento: Ciudad de Méjico. Qué maravilla de clima, señores. Qué gentes tan amables. Qué restaurantes. Qué de todo. Yo, desde que celebré allí mi cumple, solo quiero ser mejicana. Bueno, mejicano-escandinava, por aquello del vikinguismo y tal. No es que reniegue de mi españolidad, es que ya llevo mucho tiempo siendo ibérica y me apetece un cambio.

Esa es otra: no concibo la vida sin cambios. Por mucho que admire a aquellas compis del cole que se quedaron en el pueblo, se casaron con su primer novio y disfrutan de una vida de lo más sosegada, tengo la absoluta seguridad de que, en este caso, uno nace y no se hace. Nací con el culo inquieto y de mal asiento, con una tendencia enfermiza a la actividad; con una fobia tremenda al aburrimiento, al “Y si”, al “Podría haber”, al arrepentimiento por lo no hecho. Cambiaría los muebles cada seis meses, me mudaría de ciudad todos los eneros. Quiero oler a perfumes nuevos; conocer a desconocidos; que Spotify me descubra, cada día, la canción de mi vida.

Tengo clarísimo que la casualidad no existe, ya lo decía más arriba. Es pura estadística: hay cosas que de tan improbables son IMPOSIBLES. Sí, en cambio, las causalidades nos muestran claramente el camino que debemos seguir. Las señales están ahí, esperando a que queramos verlas. Arriba las antenas. Abajo las creencias, los miedos, los complejos.
Ahora sé que reírse de tonterías no es de tontos y sí lo es el postureo, el qué dirán, las apariencias. El humor nos salva la vida. Cada vez. Todos los días.

Pero no todo es sabiduría a medida que arrancamos hojas del calendario. NO. Mi yo de los veinte entendía mucho más de diversión sin medida, de despreocupación, DE MORREOS. Porque algo estoy haciendo mal cuando no me morreo desde el Pleistoceno. De sexo ya ni hablamos, pero es que eso es secundario. Lo que de verdad importa es el besuqueo, y hablo totalmente en serio.
Quién sabe, quizás para los cuarenta y seis haya resuelto también esta cuestión y superado la frustración, o, en el mejor de los casos, ande de nuevo pegando lengüetazos a diestro y siniestro.
Ojalá.
Sí, hoy y siempre, desde ayer mismo, aunque ojalá fuera desde hace siglos. Nunca es tarde para empezar, para ponernos en nuestro sitio y aferrarnos a él. No solo hoy. Cada minuto de nuestra existencia. Levántate para que te vean, que ya está bien de cerrar el pico y zampar ruedas de molino, con lo indigestas que son, por Dios. Eres digna y poderosa. Como todos. Como todas. Convéncete tú primero y el resto vendrá después.
Porque los micros desembocan en los macros y porque como no lo tengas tú claro, querida, nadie lo va a entender.
No digas barbaridades: tu pareja no ayuda en casa, porque vive en ella, y no te echa una mano con los niños, porque también son suyos. No es un vecino, no es un amigo, la cosa va con él, Y MUCHO.
NO te está haciendo ningún favor yendo a comprar ni cuidándolos. No tienes por qué buscar excusas para que lo haga, ni morir de agradecimiento por ello. Es su responsabilidad. Punto.
Tus hijos tienen dos brazos y dos manos como tus hijas. La lavadora, la mesa, la cama y el trapo del polvo están ahí para ellos igual que para ellas. Que su generación se enorgullezca de la nuestra porque les enseñamos a no distinguir entre géneros, pero sí entre el detergente y el suavizante.
Hay piropos que no son piropos, sino abusos. No riamos, no callemos. No tengamos miedo a pegar un grito, un puñetazo en la mesa, un HASTA AQUÍ, chato. Qué más da que te juzguen. A quién le importa, que diría Alaska.
Antes de la primera hostia hay una primera mala palabra. Antes de eso, un juicio, una crítica o una orden. Antes, una mirada represiva. Al primer atisbo: ADIÓS, VETE A LA MIERDA, CONMIGO NO. Sin justificaciones ni disculpas. Tu cuerpo, tu cara, tu alma es tuyo, de nadie más.
El techo es de cristal, no de acero. Golpeémoslo con todas nuestras fuerzas como antes hicieron otras gracias a las que podemos votar, trabajar o ponernos minifalda. Como mínimo lo agrietaremos para que las que vengan detrás acaben de reventarlo. Vamos más a la Universidad, sacamos mejores notas, pero nos han hecho creer que ser ambiciosa es feo. Nos lo han grabado en el ADN: marimandona, repelente, sabionda. Competitivo, seguro de sí mismo, inteligente.
No ligas porque les das miedo. Desprendes DEMASIADA seguridad. Hazte la tonta.
Tú, que me estás leyendo, eres parte de esto, seas hombre o mujer. Somos fabulosos granos de arena. Te lo debes. Se lo debemos a otras, a nuestras hijas, a aquellas a las que no se les permite ni respirar libremente. Desde este mismo instante:
Ayer, amiguis, cumplí 45 años.
Yo, que siempre fui muy gilipollas para estas (y para otras) cosas entro en pánico cada vez que se acerca la fecha. Si son números redondos y la decena es mayor de 2, ya ni os cuento. Previendo la catástrofe decidí huir, tomar distancia, ser durante unos días otra Yo: una sin edad, responsabilidades, ni rutina. Y cogí un avión rumbo a un lugar lejano que siento muy cerca, porque los buenos amigos (y la bendita tecnología) consiguen que 9.000 km no sean nada, que la distancia no sea el olvido y que la vida que ellos tienen allí aquí, sea también un poquito mía.
Qué gran decisión, queridas. Porque solo arreándole una patada a la rueda de hámster una vuelve a ser UNA. Solo así puedes sumergirte en eso que eres y no pasar por encima cual lancha motora. He descubierto más cosas sobre mí misma en tres días de maravilloso exilio que en un año de túrmix vital.
He recordado lo que me fascinan los desayunos tranquilos, los paseos, los silencios cómodos; que me manejo tremendamente bien durmiendo cuatro horas cuando lo agradable me rodea; que nunca encontraré palabras para describir lo inmensos son mis amigos, lo bien que me quieren, lo salvajemente ilimitado de nuestro amor.
Me he dado cuenta de que, sin quererlo y gracias a Dios, hace tiempo que me afeité la lengua y vacié el tintero. He puntuado unas cuantas íes, he tachado a algunos y he subrayado a otros. JAMÁS dejaré de cometer locuras por ver a Mi Cantante Favorito, por visitar Mi Lugar en el Mundo, por comerme la vida hasta empacharme y luego volver a empezar.
Sé, aunque a veces se me olvide, que aún soy capaz de llorar de emoción escuchando una voz, leyendo una frase; que se me erizan los vellos contemplando “La noche estrellada” de Van Gogh, que las mariposas estomacales andan por ahí, esperando que la ocasión lo merezca.
Tengo claro que la vida es más vida desde que decidí escribirla. Y, desde luego, que NUNCA dejaré de hacerlo. Porque me quedan muchos rincones que explorar aquí dentro, muchas Sofías que regalaros, tantísimo que seguir agradeciéndoos.
Nada me devolverá mis veinte, ni mis treinta, ni el día de ayer, en el que me prepararon sorpresas que ni en el mejor de mis sueños aparecerían y en el qué toqué con estas manitas la verdadera felicidad, pero tengo la absoluta seguridad de que lo que está por venir será aún más fascinante.
La vida siempre lo es.
Frita me tiene el tema, amiguis: FRITA. Este no va a ser un artículo de los que dan risa, aviso.

No sé qué narices pasa que, de un tiempo a esta parte, la moda de las Super Mujeres me azota por doquier. Abro una revista y una tal Tory Burch cuenta que se levanta a las 5.45, pasa todo el día trabajando, a las siete de la tarde su labor favorita es hacer los deberes con su hijo, come cada día ensalada griega y bebe agua de coco, duerme cinco horas y se siente FE-NO-ME-NAL.
Tory, chata, NO-ME-JO-DAS.
Miro Instagram y una famosa nacional, perfectamente maquillada y peinada, vestida con el mismo jersey que lleva su hijo, se queja de que se acabe la Semana Blanca, cuando el resto de la humanidad está con los pelos de punta por la misma razón.
Ya he hablado de las Madres Perfectas, no voy a repetirme. O sí. No me las creo. Ya está.
Pero hablamos de otra cosa: de un concepto, de un movimiento, de una creación más del Patriarcado, amigas. Porque no nos engañemos: encargarte de los niños, currar a tiempo completo y seguir viva no es un Superheroísmo, es una Superpringada de cojones. Y es que nos han vendido una moto que tela marinera. Qué bien les va a muchos hacernos creer que esa es nuestra labor y que, al cumplirla, nos convertimos en unos seres tocados por una vara divina, en unas Supermujeres, en las mejores madres de la galaxia, merecedoras de aplausos incluso.
Estudia, trabaja, sé madre.
Y pon lavadoras, ten la casa como un muestrario de Ikea, el finde no te apalanques en el sofá, so cochina. Sal a pasear con las criaturas, sonríe, sé feliz. Ah, y ni se te ocurra quejarte, que toda la vida las mujeres lo han hecho y aquí nadie ha dicho ni mú. Porque nosotras podemos con TODO. Si encima llevas un outfit ideal, los pelos sin rastros de raíces y las uñas estupendas, ya eres LO MÁS DE LO MÁS. Digna de admiración, pero A LO LOCO.
Estoy hasta la mismísima seta del TÚ PUEDES CON TODO.
¿Y qué coño es PODER CON TODO? ¿Será no morir? ¿Será no abandonar a tus hijos y/o mandar a tomar por culo el trabajo? ¿Será no acabar en un psiquiátrico? Por favor, que alguien me lo aclare, porque yo ya no lo sé.
Me niego a entrar en el juego. No, chicas, andar todo el día con ojeras de Panda, no dormir lo suficiente, vivir arrastrándote y derrapando, echándote de menos, llegando a casa reventada y ponerte a cocinar, sin descansar más que unos pocos minutos cuando acuestas a las criaturas, depilándote las patas de una en una… Eso, querida, eso no es PODER CON TODO. Eso es malvivir, por mucho que nos joda reconocerlo.
Para serlo todo, hemos dejado de ser nosotras. Dormir 5 horas no es lo deseable, Trabajar 16 horas no es razón para sentirse orgullosa. No somos mejores personas por cargar con todo. Eso no nos convierte en mujeres biónicas, sino en mujeres agotadas. Aprobadas socialmente, eso sí. Y si no que se lo cuenten a Samanta Villar, la que le ha caído por soltar el pico.
Algunas de vosotras me mandáis mensajes contándome que un día os desplomasteis y llevas de baja seis meses. A otras les han diagnosticado una depresión. En el mejor de los casos los problemas se manifiestan en forma de bronquitis, herpes, ciáticas…
¿Y cual es la solución? Diréis vosotras. ¿Por qué nos cuentas todo esto? ¿Para jodernos aún más la vida? Pues amiguis, es que el primer paso para cualquier mejoría es darnos cuenta de que algo no va bien, y eso es lo que quería contar aquí. Sufrir no es NUNCA lo normal, aunque se haya convertido en lo común. Y ni siquiera darte cuenta de que estás sufriendo, ya es el colmo.
Lo primero será mirarnos y vernos; lo segundo, diagnosticar ese agotamiento que ya forma parte de nuestra piel; lo tercero, negarnos a formar parte de esa creencia tan autodestructiva: las Supermujeres no existen, al igual que no existen Spiderman ni el Capitán América.
No busquemos ser una de ellas, no aplaudamos a las que fingen serlo. No nos sintamos halagadas cuando alguien nos dice que lo somos.
Es mentira.
Me he enamorado, San Valentín, y no sabes de qué manera.
Me enamoré el otro día de un sueco monumental, la semana anterior de un Poliamoroso y el mes pasado de un bigardo oscuro que no sabes cómo está. Todos tienen su encanto, con todos me tiemblan los entresijos. Sé que es amor del bueno, del que solo da alegrías y jamás problemas.
Hace tiempo que estoy que me muero por una panda de tías de lo más salvajes, malhabladas y contestatarias. No es para menos: mis amiguis son listas, guapas, y me quieren como necesito que me quieran. No puedo pedir más.
Llevo años con mariposas en el estómago por culpa gracias Mi Cantante. No duermo de la emoción porque en breve lo veré, o mejor, lo escucharé. Bueno, las dos cosas. Carne de gallina. Pelos como escarpias. Lagrimón de la emoción. Valentín, te juro que hasta escalofríos me entran de pensarlo.
Dicen que los buenos amores son aquellos que te hacen mejor persona, que te empujan a ser lo que siempre soñaste. Pues eso me pasa con “La La Land”. Oye, Santo, qué pasa, cada uno se enamora de quién o de lo que le da la gana.
Sigo enamorada de mi primer amor que no es lo mismo que de mi primer novio. Me encanta pensar en cómo le quería. Me gusta muchísimo lo que yo era entonces, tan inocente, tan masticable…
Amo a Nueva York tanto que, si pudiera, la abrazaría. En cambio, es ella la que me agarra fuerte, la que me alimenta, la que me hace no querer estar en ningún otro sitio que no sea perdida entre sus calles. Besaría Mi Puente de Central Park, creo que ya lo he hecho. Me quedaría para siempre sentada en ese banco frente al lago, viendo a la gente pasar, siendo absolutamente yo.
Tengo varios maridos, Valentín. Sí, soy poligámica a tope. Algunos (bastantes) son gays. No, no fornicamos, como tantos matrimonios, pero nos amamos, nos divertimos tanto juntos que nos hacemos pis de la risa. No importa si vivimos en continentes distintos, porque NADA puede separarnos. Sabemos si el otro está triste o contento antes de levantar el teléfono. Siempre saben qué decirme para que me sienta mejor.
El amor por la escritura, querido Santo, me envuelve a cada momento, está dentro y está fuera. Está en todo. Cuando escribo y cuando no. Lo respiro, lo como, lo duermo. Nada ni nadie me ha hecho tan feliz como él, como esa panda de tías Fabulosas que están al otro lado de esta pantalla. A ellas les debo tanto… Espero devolvérselo.
Tengo muchos más amores, Valentín, pero no da la vida para contarlos. O sí, pero será en otra ocasión. Ahora estoy muy liada aprendiendo a auto quererme e intentando que otras hagan lo mismo. No nos lo ponen fácil, no te creas. Hay mucha creencia dañina, mucho estereotipo, mucho juez siempre dispuesto a dictar sentencia. Yo he mandado ya a unos cuantos de esos a tomar por el jander y algunas, gracias a Dios hacen lo mismo. A vosotras, a las que os amáis y a las que os amaréis por encima de todas las cosas: