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Etiqueta: Las Claves de Sol

Infinity War (o la panda de Vengadores más buenorros de la Galaxia)

Sí, vale, tengo un ligero problemilla de adicción a los superhéroes. Quedó claro por aquí. Y con “Infinity War” ya se me ha ido la pinza totalmente. Me compré entradas para el pre estreno y allá que me fui con mis pollitos, en plan friki total, superemocionados (sobre todo yo)

Están TODOS juntos, chatas, TODOS. No falta ni uno. Bueno, sí, Superman y Batman, pero ni os vais a enterar os lo prometo. Voy a enumerar, brevemente, por qué deberíais ir a ver esta película tan vengadora, tan entretenida y tan maravillosa:

1.Amigas, es materialmente  IMPOSIBLE encontrar más buenorros por centímetro cuadrado de pantalla. Los superhéroes son, también, superEmpotradores. La peli empieza con Thor y nuestro amigo Idris. Una podría pensar que eso es insuperable, PERO NO. Ahí vienen el Capitán América (con barba y melenita QUE PA QUÉ, PA QUÉ, PA QUÉ) y Chris Pratt (que no me acuerdo como se llama en la peli, qué más da). Y luego el Pantero negro, y el amigo del Capitán América que le falta un brazo y que está también tremendísimo, y Tom Hiddleston en plan Loki que te entran ganas de peinarle la melena y lo que no es la melena.

(Vale, tengo yo una debilidad por el rubio del escudo, QUÉ PASA.)

2.Ameniza también la velada Benedict Cumberbatch, como Dr. Strange. Solo por eso hay que ir al cine. Con esas manos y esa voz. Os juro por lo más sagrado que, cuando él aparecía en la pantalla, yo cerraba los ojos para escucharle mejor (como el lobo y Caperucita, o algo así).

3. Las mujeres no aparecen como débiles princesitas que esperan a ser salvadas, NO. Calzan unas hostias que alucinas. Esa Viuda Negra, zasca, zasca, zasca. Y Gamora, ay Gamora, toda verde, atizando a diestro y siniestro. Oye, que la paz en el mundo está muy bien, pero ya que los galácticos la lían parda, por lo menos que las féminas se hostien en igualdad. Lo admito, me gustan esas cosas.

4. Aparte de que la mayoría están tremendamente buenos, aparecen varios de mis actores favoritos: Robert Downey Jr., Mark Ruffalo, Paul Bettany, Peter Dinklage (sí, Tyrion Lannister también anda por el espacio liándola parda). Un gustazo.

5. La peli consigue lo que quiere: se te pasan tres horas pitando. Entretiene, hace que aplaudas cuando aparece tu superhéroe favorito para salvar el planeta, tiene unos efectos especiales del siglo XXV. Y aquí, queridas, me veo en la obligación de aclarar algo y ponerme un tanto reivindicativa en lo que al superheroísmo se refiere: en el género fantástico, como en casi todo, hay pelis buenas y malas. Que parece que solo los dramones sean dignos de buenas críticas, y las comedias y las ciencias ficciones sean cosa de segunda. Dicho esto, Infinity War como peli, en mi opinión, está bien. Mis preferidos siguen siendo los X-Men, sin embargo. Aún no sé por qué…

6. Puedes ir a verlas con tus hijos y no quieres cortarte las venas, que es lo que te pasó con Bob Esponja (que no pude ni dormirme de lo que sufrí en la butaca).

7. Están todos superbuenos. Ah, que ya lo había dicho antes. Perdón, es que me parece la más importante. Que hay que alegrarse la vista, amiguis, y con ella el espíritu y la vida en general. No infravaloremos los músculos, los superpoderes, ni la superficialidad, que la vida son cuatro días y dos estamos con gripe. Chimpún.

   

Yo soy mía. Solo mía.

Esta boca es mía. Mis gritos, mis gemidos y mis palabras son mías.

Mis opiniones, mis valores, mis creencias, mi religión, mi ateísmo: míos.

Mis pensamientos, mis deseos, mi tiempo, mis ganas: MÍOS TODOS.

Mis vicios, mis fornicios, mi lascivia, mi vergüenza y mis pecados: SOLO MÍOS.

Mis bailes, mis minifaldas, mis escotes, mis pantalones ajustados, mis tangas, mis bikinis: míos, míos y míos.

Mis palabrotas, mis indecencias, mis atrevimientos, mis travesuras, mis borracheras: también míos.

Mi vida, cómo (con quién, dónde) quiero vivirla, solo es asunto mío.

Mi desnudez, mi piel, mi pelo, mis manos no son tuyas, sino mías.

Yo soy mía, mi cuerpo es mío. Mi sexo, MÍO.

Mis decisiones, acertadas o erróneas, son solo mías. Mi miedo, lamentablemente, MÍO.

Mi SÍ también es mío. Libre de cambiarlo por un NO cuando me salga del coño que, SORPRESA, también es SOLO MÍO.

Pero tus ganas, tus babas, tu sexo, tus fantasías, tu degradación, tu diversión, tu prepotencia, tu machismo, tu insensibilidad, tu maldad, tu crueldad, tu fuerza, tu violencia, tu desvergüenza, tus ansias de exhibicionismo, tus abusos, tus violaciones no son míos. En absoluto. SON TUYOS. SOLO TUYOS.

MUJERES, HOMBRES: SOMOS NUESTROS. SOLO NUESTROS.

SIN MATICES. SIN INTERPRETACIONES. SIN INVESTIGACIONES. SIN JUICIOS. SIN DUDA ALGUNA.

NO ES NO.

   

8 signos inequívocos de que eres un desastre de madre (COMO YO)

Sí, amigas, esto de las Madres Perfectas no es una moda pasajera. Las muy cabronas han llegado para quedarse. Para quedarse y para que nos sintamos culpables porque no somos como ellas. Pero no lo van a conseguir. Porque nosotras, las Imperfectas, somos mayoría, o al menos eso pienso yo para consolarme. Si no tienes claro si eres una Madre Perfecta o una Mala Madre de tres pares, aquí unas pistas.

Tu mejor momento del día NO es desayunar con tus retoños. Es más, te pone del hígado. Tú solo quieres tomarte tu tostada tranquila, sin pegar berridos o limpiar la leche del mantel trescientas veces. No, tú no ansías empezar el día calentándote el café cinco veces porque no ha habido manera de tener dos minutos seguidos de inactividad ante tu taza. A las nueve de la mañana, cuando les dejas en el cole, ya estás agotada y queda todo el día por delante.

Te planteaste levantarte a las 6.30 para tener un ratito de paz antes de enfrentarte a la batalla. Algún día lo llevaste a cabo, pero no siempre una es capaz de pegarse esos madrugones, sobre todo teniendo en cuenta que no vas a tener un puñetero minuto para descansar el resto de la jornada.

Yo voy a confesar algo horrible, terrorífico. Algunas mañanas les despierto y me piro a la cafetería de debajo de mi casa. Y que sea lo que Dios quiera. Aquí paz y después gloria. Que se apañen, que se ensucien, que no desayunen, que no se vistan. Tal cual estén a las 8.45, así saldrán de casa. YO YA NO PUEDO MÁS.

Íntimamente relacionada con la anterior: no haces tortitas, crepes, avena, ni gofres mañaneros. Es más, ya no haces ni tostadas. Unas galletitas y un batido. A poder ser de los que vienen preparados y envasados individualmente, con pajita, así no manchas vaso.

Temes el momento de que hagan los deberes más que al mismísimo Satanás. Empezaste intentando echarles una mano, respiraste abdominalmente, entonaste unos Omms, te bebiste tres litros de tila. Imposible. Esto no lo soporta ni el mismísimo Dalai Lama. Mira niño, ya te apañarás, que es lo que hacía yo.

No planchas la ropa. Antes lo hacías, pero se te han hinchado los ovarios porque, tres minutos después de vestirse, están llenos de mierda. Y encima, cuando se desnudan, en lugar de doblar las camisetas, las convierten en un nudo informe y las dejan en el suelo del baño. Pues que planche Rita, chato. Yo paso.

Dejaste de mirar los ingredientes de las pizzas precongeladas y el Yatekomo hace tiempo, porque algo que te salva la vida no puede ser tan malo. Beatificación para los precocinados, los precongelados, los deshidratados y cualquier cosa que no necesite cazuela, ni sartén, ni para cocinarse.

Te pones la música en los auriculares a toda castaña para no oír como se pelean, para no escuchar el “mamimamimami” continuo. Lo mejor que se ha inventado desde el tampón y la fregona son los EarPods. No, no me pagan en Apple. Es más, me han cobrado un pastón. Pero es la mejor inversión que he hecho EN AÑOS. Te pones unas rancheras, algo de heavy metal, a Gloria Trevi o lo que sea más ruidoso, dejas el móvil en cualquier sitio, te enchufas esos preciosos botones blancos en las orejas y ya pueden hundir el edificio que no te vas a enterar. Los castigos, las broncas, las explicaciones superpedagógicas no han funcionado. Esto sí.

Cuando les bajas al parque para que jueguen te sientas de espaldas a ellos, porque ojos que no ven, corazón que se lee una revista tranquilo. Les acompañas cada tarde a la puñetera plaza y te congelas en invierno o te achicharras en verano. Tú jugabas sola en la calle desde los siete años. Pero, aunque te joda, eso de “Eran otros tiempos” ha calado hondo en ti. Qué coño van a ser otros tiempos, son los mismos, solo que con trescientos canales de televisión, Twitter, Facebook y mil maneras más de que te enteres de todas las bestialidades que han pasado durante las últimas dos horas a 20.000 km. a la redonda. Así que estás cerca por si llega un tsunami, por si cae un meteorito, por si aparecen todos los secuestradores infantiles del planeta, pero no para menudencias tipo: se zurran con uno del barrio o se destrozan las rodillas contra el suelo.

Invitas a los amiguitos a casa, pero no porque te encante hacer cena para cinco y mirarlos mientras disfrutan de la amistad y la infancia, sino porque así te dejan en paz a ti. Los antes mencionados platos precongelados, los benditos EarPods y Netflix facilitan mucho la labor. Cuatro botes de costillas barbacoa de Mercadona, trescientas rancheras de Luis Miguel en las orejas, te metes en la habitación a leer diez revistas mientras ellos ven “Tiburón 3” por octava vez consecutiva y oye, mano de santo.

Y esto es solo el principio, queridas Madres Horripilantes, seguro que mañana descubro siete señales más de que soy la madre más desastre de la Tierra.

Y tú también (espero).  

Seis ventajas del celibato (o sea, de no comerte un torrao)

Estaba yo el domingo de brunch con mis amiguis, cuando surge la típica conversación de que si hace mil años que no pillo cacho, que si ya ni me acuerdo de la última vez, que si el otro día al ducharme me vi el arbusto y casi grito…

Y es que, queridas, no sé si os pasa a vosotras, pero en mi tribu hay una sequía que ni el Sáhara…

A todo esto, mi amiga Cristina, que es toda ella positivismo, buen rollo y vaso medio lleno (aunque el chirri lo tenga vacío hace ya una eternidad) nos suelta que lo del celibato tiene sus ventajas, y que no son pocas.

Yo es que oigo “Celibato” y visualizo a mis monjitas de la Inmaculada Concepción. Muy majas ellas, pero, hostias, para nada mi modelo de vida. Porque, además, eso suena a “Para siempre”, a “Chiringuito cerrado forever”, a “Se acabó lo que se daba”.

Mientras yo entonaba todas estas afirmaciones, mis coleguitas me miraban muy atentas. Miedo me dan cuando se ponen así.

“Sol, chata, al menos, si te declaras célibe es porque lo eliges tú, porque has tomado una decisión firme, y no porque el mercado esté fatal y no haya manera de engañar a ninguno para que te pegue un meneo.”

Si es que son unas sabias, joder. Por algo las quiero tanto. Dicho y hecho: soy célibe y super convencida, además. Si es que esto es un chollo, ya veréis…

1.Descansas mogollón física y mentalmente: ya no solo porque no forniques, que eso agota ¿Qué hay de toda esa energía desperdiciada en WhatsApp viene, Whatssapp va? Que si quedamos, que si no, que si te digo guarradas, que si te mando foto, que mi abuela se ha muerto, ah que solo estaba mala, venga que por fin vamos a darlo todo. O no. O sí. O yo que sé. Cuando ya has decidido que NUNCA MAIS, ni te marean.

2.Ahorras en bragas: nada de encajes negros, te compras esos paquetes de diez bragas a siete euros, de algodón, con florecitas a lo Laura Ingalls. Total, si solo las vas a ver tú y tus amigas, también célibes, cuando os vayáis a algún retiro espiritual a Segovia.

3.No tienes que depilarte o, al menos, no tan a menudo. Una cosa es ir aseadita y otra sufrir por si  se te ha quedado el más mínimo pelámen fuera de lugar. Las que nos hicimos el láser y luego nos convertimos en célibes acérrimas hicimos una mala inversión. Ay, de haberlo sabido…

4.No sufres por quedarte preñada. Ya, sí, que para eso están los condones, las píldoras, los DIUS y las ligaduras de trompas. Quita, quita, todo super artificial y dañino para nuestro sistema hormonal y nuestras alergias vaginales. Lo orgánico está de moda, por algo será. Hagamos nuestros chirris sostenibles.

5.Hablando de vagina, lo de la no fornicatio te evita un montón de picores, infecciones, inflamaciones (que, de todos es sabido que te pilla uno grandote y te lo deja como una hamburguesa) y funghi por ahí abajo, que son lo peor de lo peor. Hala, otro ahorro de Ginecanestén. Lo veo claro, un año más de célibe y me compro un piso.

6.Te conviertes en una experta en series, que también son cultura. Es un hecho: el tiempo es limitado, y está claro que Netflix, HBO, Yomvi y Prime Video (sí, tengo TODOS los canales de pago habidos y por haber. QUÉ PASA) han sustituido al chocolate como sucedáneo del follaje. Y encima están todos buenos, no hay más que ver “Juego de Tronos“, “Altered Carbon“, “Vikings“, “Outlander“. Y es que los señores directivos de las cadenas estas son unos visionarios y unos investigadores de mercado incansables, así que saben que lo del celibato es tendencia y se aprovechan de ello, los muy cabrones. Para muestra, este botón escocés. QUÉ BESTIALIDAD.

Me he parado a pensar cinco minutitos así a lo tonto y ya tengo seis razones para defenderlo a capa y espada, los de Netflix me apoyan, y los de ING, en cuanto vean la pasta que pueden hacer a base de cuentas de ahorro, me patrocinan el blog.

Y esto es solo el principio.    
las claves de sol

19 cosas que quiero hacer antes de palmarla.

las claves de sol

Ir a Australia. Iba a hacerlo el año que me entregaron a mis hijos. Ahora que ya están creciditos va a ser hora de volver a planearlo. Qué ganas de canguros, de Melbourne, de un continente entero para hacer el gamba.

Escribir muchos libros. Vale, he escrito uno en cuarenta y cinco años, no es que lleve un ritmo trepidante hasta ahora, pero la cosa va a cambiar a partir de octubre. Me lo he prometido a mí misma y a vosotras.

Hablar italiano perfectamente. Porque es un idioma que me encanta, un país que me apasiona, unos tíos con camisa impoluta y una pasta que quita el sentío. Ah, y porque, para qué engañarnos, siendo catalana, es bastante más fácil que el ruso o el alemán.

Vivir en Nueva York más de dos meses. O más de tres. O más de ocho.

Construir la casa de mis sueños, con una cocina blanca y enorme con isla central que no me serviría absolutamente para nada porque odio cocinar. Con chimenea y pocas habitaciones grandes, una ducha con alcachofa de dimensiones gigantescas y una presión de agua que me reviente el cráneo. Debe ser silenciosa, tener piscina y una terraza con buenas vistas donde poder desayunar.

Ordeñar una vaca. 

Hacerme la Ruta 66 con Bonnie, para celebrar la vida, su nueva libertad, que llevamos juntitas dos tercios de nuestra existencia y que ahora empezamos a saber de qué va esto.

Ir a veinte conciertos seguidos de mi cantante favorito. A poder ser en el Auditorio Nacional de Méjico. A poder ser en la fila tres. Sin mesura, a lo salvaje, como si no hubiera un mañana.

Pegarme un buen viaje por las Escandinavias. Ya sabéis, para conocer el Vikinguismo a fondo, y también porque me fascina su productividad, su Hygge, su Lagom y ese rollo Ikea tan ordenado y tan ideal. Oye, y que los Fiordos parecen espectaculares.

Bañarme en leche de burra o algo similar. Si Cleopatra lo hacía, por algo sería.

Volver a Cuba, porque si me fascinó en el viaje de final de carrera, ahora ni me lo puedo imaginar. Y no es por la playa, ni por la langosta barata. Es por la gente y por el baile.

Por cierto y a colación de lo anterior: quiero ir a clases de baile. Lo dejé a los catorce, cuando no sabía nada de la vida. Ahora que tengo claro qué es lo importante de verdad (o sea, bailar a todas horas) me voy a apuntar a alguna academia. De octubre no pasa.

Conseguir que me guste el vino. Es que no soporto el sabor de ningún alcohol, pero joder, que tengo cuarenta y cinco tacos y ya va siendo hora de ser una tía con clase como la Florrick o como la Pope y endiñarme un buen copón de tinto al llegar a casa y no medio litro de Cola Cao (que no pienso dejar, por cierto. Solo lo minimizaré).

Ir con mis amiguis a Formentera un finde cada verano. Que el año pasado fue que no y todavía lo estoy lamentando. Ver cómo las muy beodas bucean en mojitos y sangrías de cava, decirles burradas a los italianos para luego irnos a sobar solas y muertas de la risa. Bañarnos en bolas en esas aguas cristalinas. Repetir las mismas bromas de cada verano que, inexplicablemente, aún nos hacen gracia. Criticar a nuestros ex. Leer revistas de cotilleo tiradas en la hamaca. Ver la puesta de sol más bonita del mundo. Cantar a gritos “Quince años tiene mi amor” en el coche de alquiler. Burlarme de sus resacas. Olvidar que hay vida más allá de esas paellas deliciosas de la playa de Es Códols. Recordar a Martes y Trece y su sketch de Eva Nasarre y Locomía : metiendo la femoral, expandiendo el glande.

Aprender a meditar, a hacer solo una cosa a la vez, a tomarme las cosas con calma. Sí, ya sé que esto lo he escrito doscientas veces. Sigo en ello.

Tomarme un año sabático. Pero de verdad. Sin ninguna responsabilidad, sin obligaciones, sin preocupaciones, sin rutinas ni reloj. Quiero aprender a no hacer nada. Porque veo esas fotos de hamacas en playas cristalinas y me dan gustirrinín, pero luego me tumbo media hora y me entran las ansias por ser productiva. Quién sabe, quizás mejore justo después de aprender a meditar. O igual no tengo solución y punto. Ya os cuento.

Hacer una jarrón. Como Demi Moore en “Ghost”. Lo del torno y la arcilla me flipa desde pequeña, y en el cole de monjas nos daban un ladrillo de barro envuelto en plástico y una mesa de conglomerado. Nada glamouroso. En cuanto a Patrick, mejor me deja con mi vasija y luego nos montamos un baile a lo “Dirty Dancing” que para entonces ya habré ido a clases y le haré unas piruetas que lo flipas.

Aprender que, la mayoría de las veces, las normas son autoimpuestas y no tienen sentido, que la Tierra sigue girando mientras me hago un masaje o veo una serie. Que la culpa se la inventó algún cabrón muy envidioso. Que el día de hoy no va a volver. Que soy una partícula diminuta en el Universo. Que mis problemas no lo son.

Decidir que esta lista es solo la primera de muchas. Cumplir todos estos deseos.        

Siete razones por las que adoro a Alicia Florrick

No tengo perdón de Dios. He usado su foto como imagen de portada, he escrito sobre “The Good Wife”  Pero, hasta hoy, no le había dedicado las líneas que se merece. Alicia Florrick es colosal, sublime y fabulosa.

Es valiente. Lo que más me gusta de Alisha es que los tiene MUY bien puestos. Y es que la vida, la de verdad, esa que no es pasar por encima casi sin rozar, va de echarle ovarios, de tomar decisiones y de llevarlas a cabo le pese a quien le pese. Y ahí está ella para recordárnoslo.

Es, a veces, un personaje incoherente (inteligente, fuerte y aguantando a un marido morrudo a más no poder) pero la crees, la entiendes y te identificas con ella. Porque todas la hemos cagado, hemos perdonado a quién no debíamos, hemos creído embustes y nos hemos tragado eso de “Voy a cambiar, palabrita del Niño Jesús”. Resumiendo, todas hemos sido tan gilipollas como Alicia en algún momento. Quizás no era el Gobernador ni el fiscal el que nos tomaba el pelo. Es más, nuestro Mareador, probablemente, no era ni la mitad de atractivo que Peter Florrick y, oye, ahí hemos estado haciendo el idiota a base de bien.

Bebe lo más grande, pero con una elegancia…. Yo, que soy abstemia, adoro esos copazos de vino que se endiña la Florrick. Cada vez que me zampo mi Cola Cao nocturno me siento sumamente ordinaria comparada con ella. Y la tía pasa del vino al tequila a medida que se va asalvajando. Como la vida misma. Eso sí, no prueba un solo bocado en las siete temporadas…

Me encanta su casa, su cocina, su habitación. Le pega todo. Está ordenada, es acogedora, un gustazo de hogar.

Las miradas de la Florrick sentencian, te dejan clavado en el sitio. Y esas frases lapidarias que me tatuaría… Lleva el menos es más a la dialéctica de una manera magistral. Es que Alicia no solamente es inteligente, también es lista (que no siempre es lo mismo) e intuitiva, y eso se nota en sus casos, en sus palabras y en sus acciones. Es toda ella sentido común. Cómo me gusta cuando pone en su sitio a la repelente de su suegra, PORDIOS.

La evolución física, emocional y vital de Alicia es paulatina, potente, discreta y, una vez más, creíble a tope. Cuando vas por la quinta temporada y ves una foto del primer capítulo, no te puedes creer que por un lado no te hayas dado cuenta del cambio y, segundo, que aquella mujer sea esta Alicia. Porque a todas nos pasa, cuando una se viene arriba se pone más guapa, se maquilla mejor, tiene el pelo más brillante y le entran más ganas de fornicar. La valentía es por dentro y es por fuera, como casi todo.

Nunca es tarde para empezar, o para volver. Para vivir, en cualquier caso. Da igual si tienes cuarenta, cincuenta o sesenta tacos. Después de tropecientos años siendo la madre dedicada, la esposa perfecta, el florero de la casa, la tía se lanza al mercado laboral y encima se los come a todos con patatas. La amo, ¿os lo había dicho?

Se hunde, se levanta, se vuelve a hundir, pero siempre digna, siempre en su sitio. Los valores: claros, los principios: inamovibles.

Es una mujer a la que la traición, la infidelidad, no la hace más pequeña, sino más inmensa. Lo de coger el toro por los cuernos no puede ser más literal en este caso. Y así debería ser siempre, porque ser cornuda o no serlo tiene que ver con la calidad de la persona con la que estás, no con la tuya.

Y podría seguir hasta la eternidad porque esta mujer me entretiene, me inspira y me da ganas de ser mejor persona.

Así son los personajes de ficción. O al menos este.