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Etiqueta: Las Claves de Sol

Quiero ser una mujer florero

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Mi cuerpo me manda señales. No es normal intentar pagar el bus con las llaves de casa, teclear un número de teléfono con el mando de la tele ni estar permanentemente resfriada.

El diagnóstico está claro: tengo un cuadro de estrés como la copa de un pino o, lo que es lo mismo: NO PUEDO CON MI VIDA.

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La teoría la tengo clarísima: tómate las cosas con calma, duerme más, come mejor, haz deporte y date cuenta de que el día tiene las horas que tiene.

AJÁ.

Vale, me he dado a la comida orgánica (en la medida de lo posible), hago deporte dos veces por semana (casi siempre), pero sigo sin asimilar que no lo puedo hacer TODO hoy y lo de la calma, QUEMEESTÁSCONTANDO.

Y me siento un bicho raro y entonces miro a mi alrededor y veo a mis amigas/compis/allegadas con la lengua tan fuera como la mía. Todas. Pero mucho más las que tienen hijos.

MUCHO MÁS.

MÚCHÍSIMO MÁS.

Y repito mentalmente la misma frase una y otra vez:

QUIERO SER MUJER FLORERO.

QUIERO SER MUJER FLORERO.

QUIERO SER UNA MUJER MUY FLORERO.

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Me imagino, primero, sin hijos. Porque sí, yo soy de esas zorras asquerosas que es capaz de imaginar cómo sería mi vida sin ellos. Solo tengo que tirar de memoria. NO ES TAN COMPLICADO.

Luego, me rindo a la evidencia: soy madre. Pero la cosa cambiaría mucho si no trabajara, si no me metiera en todos estos saraos (que si blog, que si novela, que si merchandising, que si guiones, que si canciones, que si su puta madre), si tuviera alguien que se encargara de la casa siete días a la semana…

Empiezo a canturrear aquel tema de “Ella baila sola”:

De mayor quiero ser  mujer florero,  metidita en casita  yo te espero.

Las zapatillas de cuadros  preparadas,  todo limpio y muy bien hecha  la cama.

De mayor quiero  hacerte la comida  mientras corren los niños  por la casa.

PERO NO. No es ese el tipo de florero que yo quiero ser. Yo de marido, NADA. De cocinar, NADA. Y de quedarme en casa, Y UNA MIERDA.

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Vamos, que yo lo que quiero es ser un florero rollo dejar a los nenes en el cole, luego irme al gym, desayunar tranquilamente en cualquier cafetería ideal mientras leo mis revistas o uno de los cinco libros que tengo a medias, pasearme por Madrid a mi libre albedrío, comprarme unas velitas chulas, perderme en un par de librerías, luego hacerme un tratamiento facial supertensor y pasar a buscar a los nenes por el cole. Ni que decir tiene que en este “Día ideal de Mujer Florero”, al llegar a casa está todo limpio como una patena y la cena está hecha. Ah, los hijos de la Mujer Florero que quiero ser, lo aprueban todo y no la lían parda JAMÁS. Es por ello que mi “Yo Florero”  tiene una paz espiritual bestial, lo cual se refleja en la ausencia total de ojeras y en un cutis de lo más resplandeciente.

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Yo sería una Mujer Florero no mantenida. ¿De dónde sacaría la pasta? NI IDEA. Pero esto es una fantasía, no vamos a ponernos tiquismiquis con los detalles.

Como buena Mujer Florero, no estaría cansada, así que, al acostar a los niños, aún tendría fuerzas para irme al cine o a cenar con amigos, no como ahora, que a las ocho estoy arrastrándome por los suelos.

Cotilleo en Google, como siempre “mujer + florero”. ¡Pero bueno!, ¡que ponen verdes a las Florero!

  • Que si piensan solo en ellas mismas (como si eso fuera algo malo, malísimo).
  • Que si son egoístas, excéntricas, banales y voluptuosas.
  • Que van siempre arregladas (¿y qué?)

Varias webs dejan por los suelos a Las Floreros diciendo que, cuando llega el declive físico se operan y se deprimen. O primero se deprimen y luego se operan. No sé, no lo entiendo. Y no me lo creo. Habrá Floreros que no acepten las arrugas, igual que habrá ingenieras aeroespaciales que se hagan liftings. Ay, qué jodidas son las generalizaciones, los estereotipos y la simplificación.

Leo y leo más y llego a una conclusión: nos han convencido de que Las Floreros son la peste más grande del planeta, lo que mola es ser superlista, supercurranta, superautónoma. Hay que rascarse el toto lo menos posible porque eso es de tías superficiales y ser superficial es lo peor de la Galaxia.

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No a las Barbies.

Sí a las Superwomen.

No a la vida contemplativa.

Sí al “Organízate y verás cómo llegas a las 100.000 cosas que tienes que hacer”.

Pues yo estoy hasta el mismísimo jilguero, chiquis.

Ya no me creo nada. No veo yo la recompensa divina por tanto meneo vital y cada vez se me desdibuja más eso de “Ser una mujer del s. XXI”.

“¿Qué dice la majara esta?” Estaréis pensando. “Si no hace más que escribir sobre cumplir los sueños y tomar decisiones“.

Y, ojo, que no he cambiado de idea, solo que quizás se nos ha ido la pinza y, en lugar de soñar, nos estamos volviendo loquis. Nos han vendido una moto y de qué manera. Curra, ten hijos, fija tus objetivos, consíguelos. No importa a qué precio. Tú sigue. No importa si te cansas, no importa si te agotas. El premio bien lo vale.

Pero, ¿lo vale?

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Ayer mismo hablaba de esto en un chat con mis amigas. Clara vive en Los Ángeles desde hace años, luchando como gato panza arriba, siendo la mejor en lo suyo, ganando premios, dejándose la piel. Candela es freelance, organiza proyectos, trabaja los domingos, se levanta muchos días a las cinco de la mañana para coger el AVE y recorrer media España. “Eres lo puto más” es la frase que más nos repetimos las unas a las otras.

“Somos lo puto más”.

En un momento dado, Clara nos dice que su hermana, que vive en el pueblo de Tarragona donde crecieron, que trabaja en la zapatería de su familia y se casó con su novio de toda la vida, es más feliz que nosotras, que vamos como las locas.

Y ahí es donde la realidad me pega un hostión descomunal.

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Imagino la vida de la hermana y se me revuelve un poco el estómago, me palpita el párpado derecho y suelto un pequeño eructo. Y ojo, que no digo que la hermana de Clara sea Florero, digo que en el concepto de “Florerismo” van implícitas una serie de características comunes a las vidas rutinarias, tales como: monotonía, eternidad, ausencia de baches vitales.

Por fin tengo algo claro: la Florero nace, no se hace.

No hay nada que yo pueda hacer para dejar de complicarme la vida, para no querer hacer cosas diferentes, para no arriesgar, para ir contracorriente.

No importa si anhelo una vida tranquila, no la tendré nunca. Igual que nunca tendré el pelo rizado ni me gustarán los crucigramas, por más que lo intente.

Quiero ser una Mujer Florero, pero no lo soy.

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Qué lástima.

 
soy la peor madre del mundo

Soy la peor madre del mundo

soy la peor madre del mundo

Me llamo Sol y tengo dos hijos de diez y once años. Soy madre soltera. Soy la peor madre del mundo.

Cuido de que mis hijos tomen sus tres raciones de fruta y las dos de verdura, también los hidratos, proteínas y grasas correspondientes. No fue fácil. Mis hijos no querían comer. Ah, se me olvidaba, soy madre adoptiva también. Como os decía: no fue fácil. No querían comer. A base de relojes en la mesa, de no ceder ante sus chantajes, de no cocinar otro plato que les gustara más, de que tuvieran claro que, o se comían lo que había o no comerían nada, conseguí que mis hijos comieran DE TODO.

Qué hija de puta, pensarán algunos.

Mis hijos duermen, como mínimo diez horas diarias, cenan dos horas antes de acostarse. Nada de tele hasta las mil, nada de juegos después de las diez de la noche.

Dictadora me han llegado a llamar (no mis hijos, algún adulto).

Les he enseñado que deben ponerse crema porque tienen la piel atópica, he pasado HORAS enseñándoles a lavarse los dientes, les he hecho volvérselos a cepillar en infinidad de ocasiones. Ponen y quitan la mesa; meten los cacharros sucios en el lavaplatos; retiran sus sábanas y las meten en la lavadora, lo mismo con su ropa sucia, les encanta poner el jabón, el Mimosín y apretar el botón; tienden la ropa mojada; recogen la ropa seca; hacen su cama cada mañana; limpian sus zapatos; al desnudarse (casi siempre) doblan su ropa y la meten en el armario.

Supongo que seré una explotadora infantil de mierda.

Ven la tele en inglés, vamos al cine en versión original, les leo libros en inglés, intento que hagan lo mismo.

Vaya tía obsesionada con el rollo de los idiomas, ¿no?

Les explico que tienen que tratar a la gente como les gusta que les traten a ellos, que sus actos tienen consecuencias (ahora y el resto de su vida), que el amor no es dependencia y que, el hecho de que yo salga con mis amigos, no significa que les quiera menos, de la misma manera que ellos no dejan de quererme a mí cuando juegan a fútbol con los suyos. El mayor lloraba cuando venían a recogerme para ir al cine o a cenar. “Pues no vayas” me dijeron algunos. Yo seguí yéndome y le conté a mi hijo (mil veces) que siempre volvería. La semana pasada, cuando pasé medio día fuera con mi mejor amigo, que vive en Méjico, mi hijo me dijo que “Mami, vete, te mereces estar con Ángel porque nunca lo ves”.

Una zorra manipuladora debo ser.

Les llevo a jugar a fútbol en nuestra plaza, a jugar en el Retiro, recorremos Madrid Río en patinete, vamos a exposiciones, al zoo, a Mcdonalds una vez al mes (oh, Dios, qué asquerosa). En verano, nos bañamos juntos en la playa, en la piscina, comemos helado hasta reventar.

Poca cosa, chata. ¿Qué pasa con los museos, con los parques de atracciones, con las clases de cocina para padres e hijos?

No siempre atiendo a sus peticiones, no siempre juego con ellos, no siempre sonrío ni hablo con voz dulce. A veces grito. A veces hasta lloro, porque no puedo más. Un día a la semana meto una pizza precongelada en el horno. En semanas jodidas, incluso dos.

Soy un monstruo, está clarísimo.

Por si no tenía claro que soy una mala madre repugnante, en una reunión del cole la semana pasada, nos plantan el visionado del anuncio de Ikea en el que los nenes les piden a los Reyes Magos que sus padres pasen más tiempo con ellos. Discurso del profe: “DEBÉIS PASAR MÁS TIEMPO CON VUESTROS HIJOS, HACERLES MÁS CASO, HABLÁR MÁS CON ELLOS”.

Así, a lo loco, a todos los padres, los profesores, los de Ikea, en una reunión informativa sobre el funcionamiento del curso.

Miré a mi alrededor, quería saber si yo era la única indignada. Si yo era el único ser que no sabía qué coño pintaban Ikea, los Reyes Magos y los reproches allí todos juntos. No lo era. Una madre levantó la mano. Dijo algo así como “¿A qué viene esto?”. Nadie supo contestar, pero ya os lo digo yo.

NUNCA es suficiente.

SIEMPRE lo haces mal.

TODOS se creen con derecho a opinar.

La maternidad se ha convertido en el nuevo deporte de moda. Y venga teorías, y venga tendencias, Y VENGA JUECES.

Servidora no es de piedra, MUCHAS veces me he planteado si los profes, otras madres o el mundo entero tenían razón, pero ha llegado un punto en el que tanta demagogia ha perdido la razón por sí misma. Al menos para mí. Lo de Ikea ya es la hostia.

Señores (todos los que opinan sobre MI maternidad): me paso sus exigencias por salva sea la parte (o sea, por el mismísimo toto).

Soy la peor madre del mundo y, ¿sabéis qué? También soy la MEJOR madre del mundo.

soy la peor madre del mundo

Algún día no es un día de la semana

  Hoy no pensaba escribir. Tengo algunos textos que corregir y muchos saraos en marcha. Como siempre.

Hoy, al llegar al Starbucks que hay en la esquina de mi oficina, y ante el que normalmente paso de largo porque voy con los minutos contados, me he imaginado dentro, tomándome un delicioso mocca blanco hipercalórico y leyendo una revista para nada interesante.

Y he entrado. Y me he pedido mi mocca. Y he hojeado la revista (porque lo de leerlas me aburre soberanamente, la verdad).

Y mientras disfrutaba de lo lindo en esa situación tan aparentemente ordinaria, pensaba en lo mágica que es la vida.

Sentada en ese sillón supercómodo he hecho un repasito mental de estos últimos cinco años: aquella foto que hice de mis zapatos nuevos para enseñárselos a mi amiga y que más tarde se convertiría en la imagen de portada de esa página de WordPress en la que empecé a guarrear sin saber muy bien para qué, aunque sí por qué. PORQUE QUERÍA ESCRIBIR. Aquellos primeros artículos, tan sumamente desestructurados; los primeros comentarios de mis lectoras; las primeras cien visitas; las primeras mil; las primeras diez mil; el primer guión de microteatro basado en uno de mis post; el segundo; LA DECISIÓN de escribir mucho, de convertir esto en el centro de mi vida; los propósitos de año nuevo en los que apunté que en el 2016 escribiría un libro y Las Claves crecerían mucho (y que me morrearía a diestro y siniestro); ese correo electrónico de una editorial, dos meses después, preguntándome si quería escribir un libro con ellos; la incredulidad; los lagrimones de felicidad; EL PRIMER MILLÓN DE VISITAS.

La ilusión de saber que lo que está pasando es solo el principio de algo que ni siquiera me atreví a soñar.

El convencimiento de que esto va de TOMAR DECISIONES que hagan de tu vida lo que tú quieres que sea y de que cada minuto que las posponemos es un minuto perdido. Porque “Algún día” NO ES UN DÍA DE LA SEMANA. Porque nadie te va a devolver las horas que pasaste a la deriva.

Mi idea de la felicidad consiste, sobre todo, en hacer cosas por primera vez. Pero eso, con el paso de los años se va haciendo cada vez más difícil. Ahora, gracias a esta locurita de escribir, cada artículo es una primera vez, cada lector es una primera vez y, no solo eso, sino que gracias a esa decisión tan majara he escrito mi primera canción, mi primera novela y he recibido mis primeras nominaciones para un premio.

Soy una tía de lo más suertuda: mis amigos no se cuentan con los dedos de una mano, ni con los de las dos, y no creo que los de los pies alcanzaran. NADIE intentó persuadirme cuando anuncié que a los cuarenta tacos y con dos niños me lanzaba a esta aventura, todo lo contrario.

Cuando, de pequeña, me preguntaban qué sería de mayor, yo respondía muy rápidamente: ESCRITORA. Yo escribía a todas horas, en cualquier libreta.

Y un día dejé de escribir. La vida se me tragó.

Y muchos años más tarde llegó la maravillosa crisis de los cuarenta y buceé para encontrarme. Y un enorme ramillete de personas mágicas creyeron tanto en mí que acabaron convenciéndome para que yo hiciera lo mismo. Ellos son  mi eje, mis cimientos, mi brújula.

Gracias porque sin vosotros, amigos, yo no estaría aquí, siendo lo que siempre quise ser.

algún día no es un día de la semana

Benedict Cumberbatch, yo te amo.

benedict cumberbatch, yo te amo

Sí, ha pasado: ME HE ENAMORADO.

Pero, ¿qué dice esta loca? andaréis pensando. Estará de broma.

PARA NADA.

Benedict Cumberbatch, yo te amo.

Y, ¿quién es él? Pues él es Benedict Cumberbatch. Sí, vale, es un actor. QUÉ PASA. Cada una se enamora de quien quiere, o puede. Me diréis ahora que lo mismo me pasó con Ryan Gosling. No chatas, NO. Yo nunca dije que estuviera enamorada de él (creo), solo quería que viniera a mí, que es MUY DIFERENTE.

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Alguna también andará confundida porque afirmé y reafirmé que a mí me gustan los guapos y, de hecho, me cayó una buena reprimenda por ello de parte de nuestro amigo Paolo.

Porque mi Benedict guapo no es.

A mí este hombre me ha parecido siempre peculiar, pero no guapo. Qué cara tan rara, qué expresión tan enigmática. Bonita voz, por cierto.

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Y, DE REPENTE, llegó el Doctor Strange. Y caí despatarrada a sus pies. Yo había visto “Sherlock”, “Star Trek”, “The Imitation Game”. Pero no me preguntéis por qué (yo ahora mismo no puedo explicármelo) no le había observado con ojos lascivos. Hasta que vi a ese hombre vestido de cirujano y luego con esa capa, con esos poderes psíquicos, con ese sentido del humor, tan listo… Que vale, que sí, que es un personaje, PERO ME DA IGUAL.

Podríamos pensar que mi amor por los superhéroes hizo el resto. PERO NO. Los superhéroes están superbuenorros, pero no ando yo muriendo de amor verdadero por todos. Solo por Strange.

Benedict Cumberbatch, yo te amo.

Por el amor de Dios, QUÉ MANOS. Manos de hombre de los “de verdad” (homenaje, de nuevo, a nuestro Paolo), grandes, estilizadas, cuidadas pero no demasiado. O sea, Benedict tiene LAS MANOS. Tócame, Cumberbatch, por lo que más quieras.

Benedict Cumberbatch, yo te amo.

Hablábamos de la voz. Insisto. BRUTAL. Según lo escuchaba se me iba derritiendo el Crunch que tenía en la mano. A mí este hombre me susurra algo al oído y la palmo ipso facto.

Si me toca y me habla al unísono, YA PA QUÉ.

Ni que decir tiene que, tras el visionado de la peli, me he dedicado a dos cosas en la vida:

  1. A zamparme en bucle TODOS los episodios de “Sherlock” del planeta, en ocasiones con los ojos cerrados para escucharlo mejor y en ocasiones con los ojos abiertos para verle las manos.
excuse-you2. A ver entrevistas suyas. Y es que es listo de verdad. Y que casó a su amigo gay en Ibiza. A mí solo de pensar que ha estado en mi isla, me dan ganas de chupar todos los suelos ibicencos.

Por favor, que él era la voz del dragón de “El Hobbit” y, POR FAVOR, que podéis escucharlo en este enlace.

Dado que yo vivo en una especie de burbuja vital, pensaba que sería la única rarita a la que le pasaba esto, que solo yo vería ese sex appeal tan sutil y elegante. Y resulta que somos un ejército de majaras que mueren por los huesitos ingleses de Benedict.

Qué ordinaria soy.

En fin, que la cosa se me ha ido de las manos y que he pasado de que me mole una bestia parda y hawaiana como Jason Momoa a enamorarme de este ente enigmático, flemático y británico sin saber muy bien cómo ni por qué, y tenía la necesidad imperiosa de compartirlo.

Benedict Cumberbatch, yo te amo.

Será que estoy madurando.

O no.

(Otras) 25 gilipolleces que te alegran la vida.

lasclavesdesol Lo prometido es deuda. 26. Hugh Jackman y Beyoncé juntos en la ceremonia de los Óscar 27. Esta foto 1449828104_004390_1449830120_noticia_normal 28. Y hablando de Elvis…. “King Creole”, esa canción, esas caderas. 29. Las tostadas con tomate y aguacate. Y aceite de oliva. Y sal. 30. Escribir por primera vez en libretas bonitas con bolis de colores. 31. Las descripciones inigualables de Lucia Berlin, como esta: “Silencio oscuro cargado de humedad” 32. Este gif, sí, ESTE. y 33. El ibuprofeno. 34. Las mantas para el sofá, esas de pelo supersuave. 35. Benedict Cumberbatch. Su voz. SUS MANOS. Su talento. Me tienes loquita, cari. giphy 36. PARÍS. 37. “Maybe”, de Emeli Sandé. La piel de gallina. Cada vez. 38. “Kinky Boots“. La energía arrolladora de Broadway. Los musicales. Las ganas de bailar en mi asiento. kinky   39. El Colacao. Ya tardaba, ¿eh? 40. El momento de “El jardinero fiel” en el que Rachel Weisz le dice a Ralph Fiennes “You can learn me” (pienso tatuarme esa frase). 41. Ese único día de tu vida en el que tienes toda la casa limpia y perfectamente ordenada. No durará, pero lo bueno, si breve… 42. Esta mirada. mirada 43. La luz que hay justo antes de que anochezca, en verano. 44. Pasar un día entero sin quitarme el pijama. 45. La belleza apabullante de Ava. ava 46. Las chimeneas en los sitios donde nieva y las casas son de madera. 47. Ese momento en el que descubro que me gusta alguien (aunque se me pase al cabo de media hora). 48. Encontrarme por casualidad a mi mejor amigo. 49. El descojone generalizado que se traen Alaska, Mario y la Juanpe. Quiero ser su amiga, POR FAVOR. 50. Recordar dónde estaba hace justo un año, comparar y aplaudir de la felicidad: BUEN TRABAJO, NENA. happy  

El día que ganó Trump

El día que ganó Trump

El día que ganó Trump me desperté muy temprano, a pesar de que era fiesta en Madrid. Para no variar, lo primero que hice fue mirar el móvil. ANDA QUE NO: Twitter, Facebook, mi chat con las golondrinas neoyorquinas… Todo echaba chispas. “Joder” pensé para mis adentros. Y luego pensé muchas cosas más que no os voy a contar porque no me gusta hablar de política. Lo dejaremos en que habría sido bonito ver un par de tetas en la cima del mundo.

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Decidí que, ya que las tetas de Hillary se quedan dónde estaban, yo iba a pasear las mías. Hoy no es un buen día pero habrá que mejorarlo. En Madrid hace sol. Desde mi ventana no veo (gracias a Dios) el pelo amarillento de Donald. Vámonos a las calles, que para eso están.

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Me fui a desayunar a “La Central”. Sí, no hago más que retozar entre obras literarias, a ver si se me pega algo bueno. Allí había quedado con una actriz, llamémosla Blanca, hacia la que el destino me ha empujado incansablemente durante los últimos años: amigos comunes que dicen que me parezco mucho a ella, de ahí a leer mutuamente nuestros textos, de ahí a casualidades muchas y de ahí a quedar por Twitter.

Qué modernas somos.

Cómo molamos.

Qué emoción.

Nada más llegar, Blanca me informa de que en la mesa de al lado hay dos italianos. No podía ser de otra manera. Ese universo que me ama y me anima como sea. Los italianos, que son maravillosos porque sí. Siempre he dicho que lo que hay que ser en esta vida es italiano. Y allí estábamos, en nuestro primer encuentro, con la confianza que da el haberse leído y saber que, entre esas líneas nuestras, hay poco de ficción y mucho de desahogo asalvajado, con la complicidad de las que, esa mañana, se sentían un tanto perdedoras.

Una cosa llevó a la otra, que si “Italianos queridos, ¿tenéis azúcar moreno?”, que si “Chicas, esto no es azúcar moreno, es blanco pero teñido”, que si “No nos digas eso que es lo que nos falta después de lo de Trump”, para finalizar en una conversación larguísima, con una mesa a modo de Mar Mediterráneo de por medio.

Sin entender muy bien por qué, supe que uno de ellos, un tío de mi edad, simpático (claro, como TODOS los italianos) había perdido la virginidad en un campo precioso (porque así son ellos, nada de la vulgar cama de tus padres), con una chica que se sintió MUY culpable tras el acto, por lo que él le dijo, muy amoroso, que estuviera tranquila, que iría a confesarse a “su” cura (porque los italianos tienen cura propio). Cumplió su palabra y allá que se metió en el confesionario. El cura echó a temblar, las travesuras del chaval hacían estragos en el pueblo. “Cuéntame”, le dijo el sacerdote. “He hecho el amor” contestó el púber. Contra todo pronóstico, el cura salió del chiringuito y espetó un maravilloso “Vaya tontería, pensaba que habías matado a alguien”, seguido de un “¿Hay amor?” y, ante la respuesta afirmativa del chico, terminó con un “Pues entonces está bien. Disfruta”.

VIVA ITALIA, VIVA EL CURA Y VIVA LA PASTA CARBONARA.
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A continuación nos contó que se mudó a Florencia (él era del sur) para estar con esa chica porque “Si hay que hacer el amor, que sea en Florencia”.

VIVA FLORENCIA, VIVA LA CHICA Y VIVA RAFAELLA CARRÁ.
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Tras el tema de la confesión, seguimos con las diferencias entre Barcelona que, según decían nuestros italianos, es como una lasaña, “La gente está por capas, no se mezcla” y Madrid que “Es como un cocido, con el chorizo, la patata y los garbanzos todo junto”.

Cuánta razón. Lo que hace el callejeo desmesurado…

Hablamos del carácter mediterráneo; nos contaron de un pueblo llamado Alba, la capital de la trufa blanca, que hay que visitar sí o sí; elucubramos sobre cómo era Madrid hace veinte años, cuando habían llegado ellos; nos quejamos de que antes la gente soñaba más.

Cuando nos quisimos dar cuenta había pasado hora y pico. Allí estaba yo, con tres desconocidos, arreglando el mundo: el español, el italiano, el americano. Y porque no había más tiempo, que si no…

Volví a mi casa pensando que lo grandioso se manifiesta en los gestos más cotidianos y que NADA ES CASUALIDAD. He desayunado muchas veces en “La Central” normalmente sola, como a mí me gusta. Tomo mi tostada, mi té negro y miro a los transeúntes pasar. Sin más.

Pero el día que ganó Trump no era un día cualquiera, la vida me debía una de arena.

Tras la decepción por saber que no será una persona con ovarios y sí una con peluquín anaranjado, la que va a presidir el planeta, decidí que si el sexo con amor no es pecado para un cura, el sexo a secas es bueno para todos; añadí a mi lista de asuntos pendientes ponerme ciega a trufa blanca en Alba y, por supuesto, hacer el amor en Florencia; recordé que estoy muy orgullosa de haber nacido en el Mediterráneo y que me gusta la lasaña y también el cocido, según el momento.

El día que ganó Trump, no voy a mentir, me puse triste. Sentí que habíamos fracasado. Leí a Beckett y me dije: “Lo intentamos. Fracasamos. No importa. Intentémoslo de nuevo. Fracasemos otra vez. Fracasemos mejor”..

Por esta vez, he fracasado bien (creo).

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