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Etiqueta: humor

8 signos inequívocos de que eres un desastre de madre (COMO YO)

Sí, amigas, esto de las Madres Perfectas no es una moda pasajera. Las muy cabronas han llegado para quedarse. Para quedarse y para que nos sintamos culpables porque no somos como ellas. Pero no lo van a conseguir. Porque nosotras, las Imperfectas, somos mayoría, o al menos eso pienso yo para consolarme. Si no tienes claro si eres una Madre Perfecta o una Mala Madre de tres pares, aquí unas pistas.

Tu mejor momento del día NO es desayunar con tus retoños. Es más, te pone del hígado. Tú solo quieres tomarte tu tostada tranquila, sin pegar berridos o limpiar la leche del mantel trescientas veces. No, tú no ansías empezar el día calentándote el café cinco veces porque no ha habido manera de tener dos minutos seguidos de inactividad ante tu taza. A las nueve de la mañana, cuando les dejas en el cole, ya estás agotada y queda todo el día por delante.

Te planteaste levantarte a las 6.30 para tener un ratito de paz antes de enfrentarte a la batalla. Algún día lo llevaste a cabo, pero no siempre una es capaz de pegarse esos madrugones, sobre todo teniendo en cuenta que no vas a tener un puñetero minuto para descansar el resto de la jornada.

Yo voy a confesar algo horrible, terrorífico. Algunas mañanas les despierto y me piro a la cafetería de debajo de mi casa. Y que sea lo que Dios quiera. Aquí paz y después gloria. Que se apañen, que se ensucien, que no desayunen, que no se vistan. Tal cual estén a las 8.45, así saldrán de casa. YO YA NO PUEDO MÁS.

Íntimamente relacionada con la anterior: no haces tortitas, crepes, avena, ni gofres mañaneros. Es más, ya no haces ni tostadas. Unas galletitas y un batido. A poder ser de los que vienen preparados y envasados individualmente, con pajita, así no manchas vaso.

Temes el momento de que hagan los deberes más que al mismísimo Satanás. Empezaste intentando echarles una mano, respiraste abdominalmente, entonaste unos Omms, te bebiste tres litros de tila. Imposible. Esto no lo soporta ni el mismísimo Dalai Lama. Mira niño, ya te apañarás, que es lo que hacía yo.

No planchas la ropa. Antes lo hacías, pero se te han hinchado los ovarios porque, tres minutos después de vestirse, están llenos de mierda. Y encima, cuando se desnudan, en lugar de doblar las camisetas, las convierten en un nudo informe y las dejan en el suelo del baño. Pues que planche Rita, chato. Yo paso.

Dejaste de mirar los ingredientes de las pizzas precongeladas y el Yatekomo hace tiempo, porque algo que te salva la vida no puede ser tan malo. Beatificación para los precocinados, los precongelados, los deshidratados y cualquier cosa que no necesite cazuela, ni sartén, ni para cocinarse.

Te pones la música en los auriculares a toda castaña para no oír como se pelean, para no escuchar el “mamimamimami” continuo. Lo mejor que se ha inventado desde el tampón y la fregona son los EarPods. No, no me pagan en Apple. Es más, me han cobrado un pastón. Pero es la mejor inversión que he hecho EN AÑOS. Te pones unas rancheras, algo de heavy metal, a Gloria Trevi o lo que sea más ruidoso, dejas el móvil en cualquier sitio, te enchufas esos preciosos botones blancos en las orejas y ya pueden hundir el edificio que no te vas a enterar. Los castigos, las broncas, las explicaciones superpedagógicas no han funcionado. Esto sí.

Cuando les bajas al parque para que jueguen te sientas de espaldas a ellos, porque ojos que no ven, corazón que se lee una revista tranquilo. Les acompañas cada tarde a la puñetera plaza y te congelas en invierno o te achicharras en verano. Tú jugabas sola en la calle desde los siete años. Pero, aunque te joda, eso de “Eran otros tiempos” ha calado hondo en ti. Qué coño van a ser otros tiempos, son los mismos, solo que con trescientos canales de televisión, Twitter, Facebook y mil maneras más de que te enteres de todas las bestialidades que han pasado durante las últimas dos horas a 20.000 km. a la redonda. Así que estás cerca por si llega un tsunami, por si cae un meteorito, por si aparecen todos los secuestradores infantiles del planeta, pero no para menudencias tipo: se zurran con uno del barrio o se destrozan las rodillas contra el suelo.

Invitas a los amiguitos a casa, pero no porque te encante hacer cena para cinco y mirarlos mientras disfrutan de la amistad y la infancia, sino porque así te dejan en paz a ti. Los antes mencionados platos precongelados, los benditos EarPods y Netflix facilitan mucho la labor. Cuatro botes de costillas barbacoa de Mercadona, trescientas rancheras de Luis Miguel en las orejas, te metes en la habitación a leer diez revistas mientras ellos ven “Tiburón 3” por octava vez consecutiva y oye, mano de santo.

Y esto es solo el principio, queridas Madres Horripilantes, seguro que mañana descubro siete señales más de que soy la madre más desastre de la Tierra.

Y tú también (espero).  

Seis ventajas del celibato (o sea, de no comerte un torrao)

Estaba yo el domingo de brunch con mis amiguis, cuando surge la típica conversación de que si hace mil años que no pillo cacho, que si ya ni me acuerdo de la última vez, que si el otro día al ducharme me vi el arbusto y casi grito…

Y es que, queridas, no sé si os pasa a vosotras, pero en mi tribu hay una sequía que ni el Sáhara…

A todo esto, mi amiga Cristina, que es toda ella positivismo, buen rollo y vaso medio lleno (aunque el chirri lo tenga vacío hace ya una eternidad) nos suelta que lo del celibato tiene sus ventajas, y que no son pocas.

Yo es que oigo “Celibato” y visualizo a mis monjitas de la Inmaculada Concepción. Muy majas ellas, pero, hostias, para nada mi modelo de vida. Porque, además, eso suena a “Para siempre”, a “Chiringuito cerrado forever”, a “Se acabó lo que se daba”.

Mientras yo entonaba todas estas afirmaciones, mis coleguitas me miraban muy atentas. Miedo me dan cuando se ponen así.

“Sol, chata, al menos, si te declaras célibe es porque lo eliges tú, porque has tomado una decisión firme, y no porque el mercado esté fatal y no haya manera de engañar a ninguno para que te pegue un meneo.”

Si es que son unas sabias, joder. Por algo las quiero tanto. Dicho y hecho: soy célibe y super convencida, además. Si es que esto es un chollo, ya veréis…

1.Descansas mogollón física y mentalmente: ya no solo porque no forniques, que eso agota ¿Qué hay de toda esa energía desperdiciada en WhatsApp viene, Whatssapp va? Que si quedamos, que si no, que si te digo guarradas, que si te mando foto, que mi abuela se ha muerto, ah que solo estaba mala, venga que por fin vamos a darlo todo. O no. O sí. O yo que sé. Cuando ya has decidido que NUNCA MAIS, ni te marean.

2.Ahorras en bragas: nada de encajes negros, te compras esos paquetes de diez bragas a siete euros, de algodón, con florecitas a lo Laura Ingalls. Total, si solo las vas a ver tú y tus amigas, también célibes, cuando os vayáis a algún retiro espiritual a Segovia.

3.No tienes que depilarte o, al menos, no tan a menudo. Una cosa es ir aseadita y otra sufrir por si  se te ha quedado el más mínimo pelámen fuera de lugar. Las que nos hicimos el láser y luego nos convertimos en célibes acérrimas hicimos una mala inversión. Ay, de haberlo sabido…

4.No sufres por quedarte preñada. Ya, sí, que para eso están los condones, las píldoras, los DIUS y las ligaduras de trompas. Quita, quita, todo super artificial y dañino para nuestro sistema hormonal y nuestras alergias vaginales. Lo orgánico está de moda, por algo será. Hagamos nuestros chirris sostenibles.

5.Hablando de vagina, lo de la no fornicatio te evita un montón de picores, infecciones, inflamaciones (que, de todos es sabido que te pilla uno grandote y te lo deja como una hamburguesa) y funghi por ahí abajo, que son lo peor de lo peor. Hala, otro ahorro de Ginecanestén. Lo veo claro, un año más de célibe y me compro un piso.

6.Te conviertes en una experta en series, que también son cultura. Es un hecho: el tiempo es limitado, y está claro que Netflix, HBO, Yomvi y Prime Video (sí, tengo TODOS los canales de pago habidos y por haber. QUÉ PASA) han sustituido al chocolate como sucedáneo del follaje. Y encima están todos buenos, no hay más que ver “Juego de Tronos“, “Altered Carbon“, “Vikings“, “Outlander“. Y es que los señores directivos de las cadenas estas son unos visionarios y unos investigadores de mercado incansables, así que saben que lo del celibato es tendencia y se aprovechan de ello, los muy cabrones. Para muestra, este botón escocés. QUÉ BESTIALIDAD.

Me he parado a pensar cinco minutitos así a lo tonto y ya tengo seis razones para defenderlo a capa y espada, los de Netflix me apoyan, y los de ING, en cuanto vean la pasta que pueden hacer a base de cuentas de ahorro, me patrocinan el blog.

Y esto es solo el principio.    

Otras 7 cosas que, a mis cuarenta y cinco, tengo clarísimas.

Hace unos meses, poco antes de mi cumpleaños, escribí un artículo sobre todas esas cuestiones que, a estas alturas, una ya tiene más que claras. Pero es que lo del autoconocimiento, gracias a Dios, nunca acaba. En este par de meses mi sabiduría ha aumentado a lo salvaje (o eso me creo yo) y como muestra, un botón.

Es mentira que la felicidad está en las pequeñas cosas. Charlar con mi amiga durante horas, sin haberlo planeado, en un banco del parque. Descubrir un escritor con el que, en otra vida, sin duda alguna, compartí útero porque si no son imposibles tantas coincidencias y ya sé que NADA ES CASUALIDAD. Comerme una pizza directamente de la caja mientras veo una peli con mis hijos. Sentarme a escribir en una cafetería bonita, tomarme un té English Breakfast con leche y engullir la mejor napolitana del planeta. Bailar hasta la extenuación con Camilo Sesto y Raffaella Carrá. Ver amanecer.  Nada de esto es pequeño, sino GRANDIOSO.

Yo, que me pongo del hígado con la música alta donde no corresponde, con el ruido incesante de mis hijos, con esos bares donde los camareros maltratan la vajilla, y las cafeteras parecen máquinas de vapor, me he dado cuenta de que tampoco soporto el silencio absoluto. Ese que te hace sentir que no hay nadie más en el mundo, pero de verdad, que se te mete en los entresijos y te pone tan triste que no te deja ni pensar.

Me gustan las ciudades y cada vez más. La playa o el pueblecito encantador si no hay más remedio y solo un ratito. Mi último descubrimiento: Ciudad de Méjico. Qué maravilla de clima, señores. Qué gentes tan amables. Qué restaurantes. Qué de todo. Yo, desde que celebré allí mi cumple, solo quiero ser mejicana. Bueno, mejicano-escandinava, por aquello del vikinguismo y tal. No es que reniegue de mi españolidad, es que ya llevo mucho tiempo siendo ibérica y me apetece un cambio.

Esa es otra: no concibo la vida sin cambios. Por mucho que admire a aquellas compis del cole que se quedaron en el pueblo, se casaron con su primer novio y disfrutan de una vida de lo más sosegada, tengo la absoluta seguridad de que, en este caso, uno nace y no se hace. Nací con el culo inquieto y de mal asiento, con una tendencia enfermiza a la actividad; con una fobia tremenda al aburrimiento, al “Y si”, al “Podría haber”, al arrepentimiento por lo no hecho. Cambiaría los muebles cada seis meses, me mudaría de ciudad todos los eneros. Quiero oler a perfumes nuevos; conocer a desconocidos; que Spotify me descubra, cada día, la canción de mi vida.

Tengo clarísimo que la casualidad no existe, ya lo decía más arriba. Es pura estadística: hay cosas que de tan improbables son IMPOSIBLES. Sí, en cambio, las causalidades nos muestran claramente el camino que debemos seguir. Las señales están ahí, esperando a que queramos verlas. Arriba las antenas. Abajo las creencias, los miedos, los complejos.

Ahora sé que reírse de tonterías no es de tontos y sí lo es el postureo, el qué dirán, las apariencias. El humor nos salva la vida. Cada vez. Todos los días.

Pero no todo es sabiduría a medida que arrancamos hojas del calendario. NO. Mi yo de los veinte entendía mucho más de diversión sin medida, de despreocupación, DE MORREOS. Porque algo estoy haciendo mal cuando no me morreo desde el Pleistoceno. De sexo ya ni hablamos, pero es que eso es secundario. Lo que de verdad importa es el besuqueo, y hablo totalmente en serio.

Quién sabe, quizás para los cuarenta y seis haya resuelto también esta cuestión y superado la frustración, o, en el mejor de los casos, ande de nuevo pegando lengüetazos a diestro y siniestro.

Ojalá.

“Altered carbon”, o un nuevo Empotrador (sueco) ha llegado a la ciudad.

Amigas, amigas, AMIGAS:

Soy muy feliz y os voy a contar por qué. He encontrado un nuevo Empotrador. Sí, cuando ya parecía que era imposible, que habíamos cribado el planeta entero y estábamos convencidas de que no se nos había pasado NI UNO, va Netflix, se inventa una serie y nos planta a Joel Kinnaman en la pantalla. Poco más y me desmayo cuando el viernes, tras dejar a mis vástagos camino a casa de los abuelos, le doy al mando para cotillear esa serie tan publicitada y ZASCA, la primera en la frente: aparece un bigardo de dos metros en bolas.

Y es que los de Netflix no son tontos, no. Nos conocen, queridas, y saben que somos el mercado y saben lo que nos gusta. Y si no, ya se lo digo yo: LOS EMPOTRADORES. Y van y nos lo sirven en bandeja. A los tres capítulos le hemos visto en bolas veinticinco veces y se ha cepillado a la mitad del reparto. Y eso que, como al buen hombre le han cambiado el cerebro de cuerpo, no andaba muy conforme así de primeras, pero oye, la salida que le da a ese montón de carne perfectamente proporcionada que le ha tocado en el reparto.

Si es que todo es acostumbrarse.

Te aseguro, querido Kinnaman que yo a tu cuerpo me hacía rapidito, vamos, que no te conozco y me iba a costar poquito adaptarme a tu anatomía.

Y ahora vamos al ser en sí. Como buena tía obsesivo-compulsiva, me he ido a Google y ahí he descubierto que Joel es medio sueco. JODER, si es que estos nórdicos no son ni medio normales. Ya decía yo que me recordaba al Skargard por esa altura, esas hechuras, esa pinta de animal escandinavo que lo mismo te inserta en el alicatado que te corta diez árboles en una mañana.

Salió en “Escuadrón Suicida”, me sonaba, pero claro, allí no me lo plantaron en bolas, de ahí mi despiste. Sé que aparece en “The Killing” y espero que se desarrolle en climas tropicales o dentro de un volcán, porque si no sale ligerito de ropa la cosa pierde bastante.

El buen hombre está lleno de tatuajes, otra razón más para que me encante. La parte negativa es que tiene una mujer que no puede estar más buena y que tampoco puede tener más tatoos, la madre que la parió. A ver Joel, que si lo que te va es eso, yo tengo tres dibujos monísimos sobre mi skin, pero en un momento dado, pillo un Rotring y la lío parda.

No sabéis lo entretenida que he estado todo el finde, viendo como Kovacs, que es el nombre que le han puesto en la serie (porque FUCKER SUPREMO era muy descarado) asesinaba a diestro y siniestro, fornicaba a diestro y siniestro y me volvía loqui a diestro y siniestro.

Y es que yo siempre quise ser nórdica y, entre el Hygge, el Lagom, el Skargard y este, estoy por volverme apátrida, teñirme de rubio platino, ponerme ciega a arenques y pedir asilo político en las Escandinavias, siempre que me dejen visitar de vez en cuando las Highlands, que es otro viajecito que tenemos pendiente, queridas.

Mientras llega el momento de tirar mi pasaporte español al retrete seguiré visualizando a mi querido Joel mientras rechupeteo el mando de la tele, que es lo mínimo que puede hacer una ante tal despliegue de músculo y testosterona.

Y que viva el Vikinguismo una vez más, amiguis.        

150 gilipolleces que me hacen inmensamente feliz.

Ay, amiguis, lo que me alegra a mí cada vez que se me ocurre una gilipollez nueva que apuntar en esta lista, que empezó aquí, siguió aquí y ya veremos cuando acaba. Porque las cositas que nos hacen felices deberían ser cada vez más numerosas y lo que nos toca las narices cada más escaso. Escribamos esas chispas de la vida, vaya a ser que se nos olviden.

126. Que mis amadísimos padres se lleven un fin de semana a mis hijos. Ya, esto no lo dicen las madres perfectas de las revistas, pero yo, que de perfecta tengo más bien poco, lo digo, lo grito y lo reitero.

127. Directamente relacionada con la 126. Tras dejar a las criaturas en el tren, hacerme un masaje tailandés que me deje totalmente anestesiada, pillarme un platazo de pasta en el italiano de la esquina y cenármelo mientras me quedo sopa en el sofá sabiendo que al día siguiente dormiré hasta que reviente.

128. “El Gran Showman”. No solo sale Hugh Jackman, que ya sería razón suficiente para alegrarle la vida a cualquiera. Es que esa música, esas coreos, ese vestuario. Las ganas de saltar en la butaca y gritar  THIS IS MEEEEEEEEEEEEEE.

Ah, y ojito con Zac Efron, que no le veía yo el qué, pero ahora va a ser que sí.

129. Leer durante horas. “El olvido que seremos”, “La verdad sobre el caso Harry Quebert”, “Vivir en las nubes anuncia tormenta”. Todos tan diferentes. Todos me han alegrado las noches últimamente.

130. Vosotras, lectoras amiguis. Vuestros mensajes me hacen llorar de la risa, o de la emoción, o de la felicidad más grande cada día de mi vida. Una vez más, GRACIAS.

131. Los huevos fritos con salchichas Oscar Mayer y pan del bueno.

132. Que Idris Elba esté rodando una nueva temporada de “Luther”. Qué barbaridad,  qué despliegue de sex appeal del bueno, PORELAMORDEDIOS.

133. Zamparme un brunch dominical con mi panda de Grekis. Atragantarme de la risa cada vez. Saber que nuestras barbaridades no tienen límite, QUÉ BIEN.

134. Descubrir sitios nuevos y cuquis donde desayunar, comer bollería hipster y beber té en una tetera ideal.

135. Darle una patada a la rutina, a la rueda de hámster que me tiene frita. Ir al cine entre semana, escaparme para arrearme un tratamiento facial supercalifragilístico, darme un paseo por Madrid porque hoy es hoy.

136. Ir a mi clase de yoga, que me deja los chakras finos filipinos. Falta me hace. Y a la de Body Combat, que liarse a hostias con el aire también relaja que no veas.

137. Que las amiguis que viven fuera de Madrid vengan a visitarme. Pasarnos horas en el sofá poniéndonos mascarillas, comentando las revistas, comiendo pan con queso. Viendo vídeos musicales de los 80, parodias de Martes y Trece, las ocurrencias de Mario Vaquerizo, Alaska y la Juanpe.

138. Empezar una serie nueva y ver que me flipa desde el primer capítulo. Especial mención a “Younger”. Sí, vale, Nico Tortorella tiene mucho que ver. Soy superficial, Y QUÉ.

139. Ver tres tíos buenos por la calle en un día. O cuatro. O cinco. De ahí no he pasado.

140. Planear mi próximo viaje a Nueva York. Queda poquito. Soñar con que esa ciudad forme parte de mi vida aún más. Un ratito aquí, un ratito allí.

141. Pensar que pronto cumpliré cuarenta y cinco tacos, y que lo voy a celebrar de la mejor manera posible. Ya os contaré.

142. Pensar que pronto cumpliré cuarenta y cinco tacos, y que sigo estando como las maracas de Machín. Tener la seguridad de que en veinte años andaré igual, O PEOR MEJOR.

143. Los auriculares inalámbricos. Debería repartirlos la Seguridad Social.

144. La vela de vainilla y rapsberry de Cerería Mollá. Quiero comérmela.

145. El nuevo perfume de Tiffany. El Universo bendiga a la amigui que me lo regaló. Inconmensurable.

146. El masajeador de espalda que me compré en Atocha. Da vueltas sobre mis contracturas gigantescas y se pone calentito. Orgásmico totalmente.

147. Ordenar la casa. Bueno, la sensación después de ordenar la casa. Qué bienestar físico y mental, qué claridad. QUÉ BIEN, COÑO.

148. Que mi amiga, recién divorciada de un Australopithecus egocéntrico y cabrón, y tras MUCHOS años de solo currar, criar hijos y aguantar, se esté cepillando a un montón de buenorros veinteañeros. OLE CON OLE Y CON OLE.

149. Esta versión de esta canción. Gracias, Paulo, por descubrírmela. Sara Bareilles. Loren Allred. Me encantan los vozarrones.

150. Una vez más y cada vez más: ESCRIBIR. Porque ya es como respirar. Porque esto no es lo que hago, es lo que soy. (Y mucha de la culpa es vuestra)

 

Las flatulencias vaginales (o tierra trágame right now)

Al leer el título has dado un respingo, has sentido vergüenza, has recordado aquella vez, y aquella otra…

Pues os voy a contar, amiguis, que hoy quiero reivindicar el pedo vaginal, no voy a gritar “Pedorrémonos todas unidas”, pero sí “Chicas, nos pasa a todas, tampoco es para tanto”. 

La cosa viene porque ayer a última hora de la tarde, momento en el que aprovechamos las féminas de la ofi para rajar de lo importante de la vida (cosméticos, zapatos, penes y molestias de nuestras zonas bajas) la más jovencita nos suelta que, en una postura invertida de yoga, se soltó un pedo vaginal de lo más sonoro y se quería morir. Nosotras, las cuarentonas, no nos espantamos lo más mínimo. Normal, llevamos pedorreándonos vaginalmente toda la vida: en yoga, mientras ñakañaka, y en unas cuantas ocasiones más. Pero ella, la pobre, nos contaba superapurada que sonó tan alto que se vio obligada a entonar el mea culpa, levantar la manita como en párvulos y avisar de que “Perdón, me he tirado un pedo vaginal”. La verdad es que la situación es de traca.

Lo mejor del caso es que el profe (es que encima era UN profe, pobrecita…) se le acerca y le dice que eso le pasa porque tiene el suelo pélvico debilucho y que tiene que hacer ejercicios potorriles.

Primero, la criatura tiene veintitrés años y un suelo pélvico que debe parecer el Muro de Berlín. Segundo, la vagina es UN AGUJERO por el cual salen unas cosas y entran otras. En este caso, ha entrado aire y ha salido aire. Es fácil de entender. Tercero, ¿qué pretendes? ¿Sellarle el toto para que nadie se espante?. Cuarto, por esa regla de tres, cuando te tiras pedos anales, ¿es señal de que tienes el recto flojucho?

Gentes del mundo: los pedos coñiles existen al igual que existen los pedos ojetiles y no hay nada que podamos ni debamos hacer para evitarlos. Es más, si hay que elegir, al menos los delanteros no huelen (que yo sepa).

Tras relatar el momento yogui/pedil, pasamos al momento sexual/pedil. La jovenzuela, que seguía roja todavía, nos suelta aliviada que menos mal que a ella le pasa con su novio y no con desconocidos.

Desconocidos con los que follas, se entiende.

Todas asentíamos. A todas nos ha pasado. Todas nos hemos querido morir al oír el PSSSSSSSSSSSSS salir de nuestros entresijos. Y no deja de ser una chorrada, la verdad. Es pura física, el aire entra empujado por el cimborrio masculino y sale haciendo ruidillo porque, en la mayoría de los casos, tenemos el chichi estrechillo. Yo diría que más que un pedo es un silbidito. Un silbidito inevitable. Porque las flatulencias traseras pueden, casi siempre, controlarse un ratito al menos, pero las delanteras NO.

Con todo este rollo semi escatológico lo que quiero decir es que ya está bien de avergonzarnos: que si no nos ha dado tiempo a depilarnos las ingles, que llevo la pedicura fatal, que AY, LAS RAICES, que si mira qué estrías en el culo, que si me sale aire del chichi.

Y no voy a decir que todo es normal, QUE LO ES.

Mejor afirmar que son cosas comunes, que no somos perfectas ni falta que nos hace, que la creencia de que debemos ser princesitas está demodé (y que las princesas también tienen coño, pedos y de todo), que nadie murió por escuchar un psssssss mientras se marca un Sirshasana o echa un polvo, que puedes tener el suelo pélvico como te dé la gana, y que es muy ridículo pasarlo mal por tener una vagina estándar, o sea, AGUJEREADA.

Quizás algunos preferirían que, con el aire, nos saliera purpurina rosa o un tintineo de cascabeles, pero va a ser que no.

Así que churris, relax, tomemos aire y, de ser necesario, soltémoslo (por donde sea).